jueves, 3 de marzo de 2011

3230.- FÉLIX HANGELINI


Félix Hangelini (La Habana, 1977) es autor de los libros La construcción de las olas (2003) y La Devastación (La imaginación de la Bestia) (2006). También del cuaderno de sonetos Restauración de la luz (2007). Ha publicado varios artículos en revistas, anuarios, ediciones y antologías en Cuba, México, Francia, España, Hungría, Portugal y Estados Unidos; y obtenido premios nacionales e internacionales de literatura.

Ha ejercido como profesor de Análisis Poético, Literatura General (XIX y XX), Literatura Española y Literatura Comparada en la Universidad de La Habana, la Universitat Autònoma de Barcelona y la Universidad Autónoma de Madrid; y como redactor-editor en Ediciones UNIÓN (Cuba). Doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la U. Autónoma de Barcelona.

Actualmente reside entre Madrid, Barcelona y París.






Entre el borde de la pared y mi silencio

Y acaso me pregunten
por qué sigo tejiendo esas grandes semejanzas
entre el borde de la pared y mi silencio:
cuando en la luz de los parques
caía La Habana
y en el asombro de su demencia
los ojos aprendían a creer
hubo también una sonrisa
en la poca luz un cerco de palabras
insinuando esta gotera interminable

desde las gotas
lentamente como cadáveres
supimos del olor de nuestras moscas
día tras día aún sin sol aún sin el otoño
bajo un cielo de pertinaz aceite
cruzamos los recuerdos
nunca el verde fue un color tan transparente
entre mi ciego esfuerzo y las distancias
nunca tuve el aplomo que existía
en los pinsapos extravagantes
que otros sueños ingenuos conquistaban

al verme partir
lloraba por las ausencias irreparables
como si en la mañana todos se despidieran
y me dejaran solo
en medio de parques desconocidos
algo en mi voz podía romperse
bajo la lluvia adornando el lento
sitio donde no estaba o la esperanza
de ver lagos remotos abrazarlos
una otra vez hasta volver a casa
con el mundo incrustado en mis rodillas
acaso las orquestas
presagiaron una armonía más precisa
que la miserable belleza del castrato
volviendo de la noche a la atroz semejanza
entre el borde de la pared y mi silencio
(nada fue más ligero que la cruz
en el Miserere Mei, Deus de Allegri
levantada con la simulación del martirio
donde hubo un rostro aferrado al dolor
y un punto de partida)

tal vez no me ennoblezca
si busco en mi carne el signo abandonado
con la huella de sus ojos al dorso
tal vez en mis jarrones
no quepa la arena del tiempo ni las húmedas
uñas del mar que nos separa
tal vez lea el destino
como palabra arcaica
que no rime en ningún poema
o acaso me pregunten
desde el borde de la pared o en mi silencio
si sea el bosque
escrito una imagen pétrea de mi imagen
donde las grandes semejanzas se reducen
a ese país de hierba donde un día regresaré a morir.






La belleza es el poder que se diluye

Ah que yo tenga que seguir
lamentándome en los pinos
de que acaben los sueños
como cortas sanguijuelas
aún sin saber la hora que marca tu reloj
detenido en el vasto sueño envolvente
donde pones el verso de Shakespeare
a orillas del retrato
y la belleza es el poder que se diluye
entre las velas ah que yo tenga
que seguir parado en las aceras
hablando de ti contigo a través del viento
susurrando la piedra con que te describen las estatuas
las arrugas las cifras
tan semejante al plomo miserable de los días
no sé si lamentaré tu huida hacia otra parte
o si desde la concupiscencia de tus palidísimos ojos negros
encuentre algo así como el opio
de esos barcos que encallan al borde del abismo
caribdis escila o la clepsidra jamás escrita
en los húmedos papeles del sosiego
apetecible como el gran mar y los sardineros
ah que yo tenga que seguirme escondiendo
en la furia de febrero
como lenta bocanada
de humo en los tibios lupanares de la devastación
todo vale en el momento en que no hay nada
más cadencioso que tu lengua batiendo a la espalda
que borra el oscuro pómulo coagula las fechas
entre los candelabros donde alguna vez habló John Donne
es esta la clase de geografía para otros cabellos
esta la mínima ausencia la iluminación súbita
de una forma que no existe
ah si te llamara pájaro luz sutileza
negación ángel asmático
y te fueras construyendo con las palabras.

tomado de La Devastación. La imaginación de la Bestia,
Valladolid: Fundación Jorge Guillén, 2006, p. 28-29





Existo con suficiente libertad

Existo con suficiente libertad en la imaginación de quien no me piensa.
Aquel que pasó por mi vida o a cuya vida me asomé por un instante,
aquel que ya no recuerda ese minuto en que cubrí cualquier ángulo de su visión
y es mi más digno semejante.
Si desconoce cuánto estoy recordándolo desde esta blanda soledad
(en un plácido sitio conveniente),
si sonríe con una sonrisa similar a aquellas tardes secretas
en que mi mente congeló el estricto decir
sobre el año y las cosas,
si en el laberíntico espectáculo
en que estoy sentado -un mero espectador-
siendo la más oscura de las partes
aquella donde el otro que no me recuerda desliza una servilleta con mi nombre
al de la mesa más próxima
para alojar una noche y ser…
Si cada palabra que con temor poseo
multiplicara la forma en que pierde la imaginación
esa figura de belleza que sin querer deseamos.
Mas yo existo con una libertad pura e imparable, como un engendro humano
en un pensamiento que no me cuenta,
en una vida que me rehúye,
en un vacío donde hoy y siempre soy un punto de turbia inmensidad.






(invierno, 1839)

“Los relojes de Stuttgart acaban de dar las doce de la noche"
F. CHOPIN

Amada Polonia los ojos de Armandine
se parecen a los tuyos: tienen grandes valles
y espesos montes sin carreteras
el brillo de la nieve esperando un dios descontrolado
los ojos de Armandine con la furia del hombre
que ya ha vencido
el humo de sus cigarros se mezcla
con la histeria ah Polonia esos ojos
nadie sabe retenerlos ni aun el cielo de la Tramontana
derramándose en mí tendrías que pensar
qué durará de ti tras el invierno
volcado a una distancia irascible a esos paseos
frágiles por Montmartre o las mansiones de la mano
de Armandine bajo la airada visión de sus amantes
tendrías que pensar amada Polonia cuánto de ti
aún sangra esta nariz que soporta velozmente sus charcos
y busca apresurada angostos caminos
de una muerte sin importancia
qué podría saber esta copa de plata
que ha pellizcado el seno cauteloso
de tu tierra qué más da el puñado de tierra cansada
y seca que han de instaurar sobre el cadáver
del niño vacío ah Armandine
no estás llegando mientras te pienso
en el tamborileo de las gotas
llueve incluso
llueve desesperadamente sobre esta nube sin signos sin dios
y sin Polonia llueve sobre el largo camino que me aleja de ti
apenas siento un la bemol
golpeando incesantemente en el oído
como un dedo payés que me horroriza
detén ah Armandine la carga esas piedras que te arrancan
voces tediosas de la conciencia como animales
salvajes ah Armandine tras la Polonia que me asiste
en caminos angostos hasta una cima mental
hasta una puerta que conduce a ningún sitio
al hambre en esta noche de brazos caídos
al centro de la mesa entíbiame los pies
apenas llegues apenas rompas el estar solo
con la enorme oscuridad que también te abarcaría
ah Armandine con tus labios de pólvora
si tus ojos no están no existe Polonia
ni esa bahía que me paro a contemplar
mientras toso fuertemente y una lluvia fría invade mi esperanza
sombra fría cal viajando dentro de mí
como caballo de fuego
como lenguas de cerdos de almavisca y grana
puntuales como la hora sagrada en los relojes de Stuttgart
que se posan en la ermita de la Trinidad
pronto seré uno más sonreiré en la fila armoniosa de los elegidos
y desde allí ah Armandine tus ojos sabrán la anhelante belleza
de un blanco guante que no ha estado en las teclas
de mi piano y este invierno lleno de naranjos fértiles
desde la primavera de Botticelli instalada en los parterres
de la razón en esta celda número cuatro
donde el polvo se va tragando la fuga
no apareces si te pienso

que ninguna verdad se parece a tus ojos
aún habrás de acudir con el veneno estoy
perdido en el tintineo de la gota de agua
que romperá el techo violará mi carne
entrará en el angosto camino en la usada Polonia
para ver al caballo de fuego
orinando mi noche como a una alcancía de eternidades
que se cierran intactas en tus ojos.

tomado de La Devastación. La imaginación de la Bestia,
Valladolid: Fundación Jorge Guillén, 2006, p. 22-24






No te busques no estarás

He vuelto
a esas cenizas calles de adoquines
donde la mente martilla esfuerzos
y está el viejo Konstantinos
tras el disfraz de un muchacho
tan bello que hace olvidar los adoquines
y las enhiestas voces
soplando alrededor el peligro de toda osamenta

ahora ambos corremos a su encuentro
tras el mismo aguacero
derrumbados sobre el muelle en señal de asesinato
sobre la bala de agrietar la razón
urdiendo telarañas entre los techos

un disfraz es un destello
en la abundancia
(confiesa el viejo Konstantinos
la mano en el aire como amapola
si la gota de lluvia inunda el ojo
de calles adoquinadas)
en todo gesto cabe una sonrisa
entre la mía y la del hombre
hay demasiadas curvas y da vértigo nombrarlas

así dijo alejando su mano
de los golpes de viento interminables
y entonces salimos a encontrar
en las difusas calles
los colores que el hormigón y el hombre van perdiendo.

Félix Hangelini en La Devastación. La imaginación de la bestia
(Fundación Jorge Guillén, 2006).



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