jueves, 19 de agosto de 2010

533.- GRACIELA CROS


Graciela Cros nació en Carlos Casares (Buenos Aires) en 1945 y reside en San Carlos de Bariloche desde hace 36 años. Estudió Lenguas y Literaturas Modernas en la UBA, Universidad de Buenos Aires.

Libros de poesía: Poemas con bicho raro y cornisas (Ediciones Ensayo Cultural, 1968); Pares Partes (Ediciones de la Flor, 1985); Flor Azteca (Ediciones del Dock, 1991); Decimos (Ediciones Bariloche, co-autoría, 1992); La escena imperfecta (Ediciones Último Reino, 1996); Urca (Editorial Libros de Tierra Firme, 1999); Cordelia en Guatemala (Editorial Siesta, 2001); Libro de Boock (Ediciones en Danza, 2004). La Cuna de Newton (Ediciones en Danza, 2007). Como antóloga preparó Marcas en el tránsito, Antología de Poetas Jóvenes de Bariloche , Selección y prólogo, (Ediciones Último Reino, 1995) y trabajó con el poeta viedmense Raúl Artola en la primera etapa de la Antología de la Poesía de Río Negro, editada por el FER y presentada en la Feria del Libro de Buenos Aires, 2007. En narrativa publicó la novela Muere más tarde (Ediciones Colihue, 2004), Primer Premio de la Secretaría de Cultura de la Nación por la Región Patagónica, además de tres volúmenes de cuentos, entre ellos, Sin venganza no hay madera. En 2003 editó el disco compacto Cordelia en Guatemala / Poemas leidos por su autora. Su obra, distinguida en numerosas oportunidades y traducida al inglés y portugués, aparece en antologías del país y del extranjero como las recientes: Poesía en tierra (Fondo de Cultura Económica, 2005); Antología de Poesía de la Patagonia (Málaga, España, 2006); En el revés del cielo, Diálogo entre dos orillas (Paradiso Ediciones, 2006); Poetas Argentinas (selección y prólogo de Irene Gruss) (Ediciones del Dock, 2006). En septiembre de 2005 organizó junto al Grupo de Poesía El diente en el ojo el Primer Festival Internacional de Poesía Bariloche. Actuó como jurado en diversos certámenes y formó parte de la Primera Comisión Técnica del FER (Fondo Editorial Rionegrino) en su trienio inaugural (1986/89).


TEMPORADA DE PÉRDIDAS

El jardinero me avisa que
en la canilla del jardín
hay una rotura
y corre un chorro de agua desde hace días,
que a fin de mes
me va a llegar una factura de locos.
Le agradezco y le cuento que también
pierde
el depósito del baño
y que el tanque intermediario no funciona
y hay un goteo continuo en la conexión,
que, sin duda, cuando vean el medidor
los de la junta vecinal que provee el agua
me van a arrancar la cabeza.
Por mantener la conversación
en un estado cordial
le digo sin pensar:
es mi temporada de pérdidas
y después me doy cuenta de lo dicho
pero de la muerte llevándote, nada,
nada puedo decir.

(De Mansilla -Inédito,
de próxima aparición en
Ediciones en Danza)




A LA NOCHECITA

A la nochecita me pongo a cocinar una feijoada
para Mansilla que viene del desierto
buscando un porqué.
Alguien le dijo que la sé hacer.
Que aprendí en Itabira do Mato, Minas Gerais,
la ciudad donde nació Carlos Drummond de Andrade
y adonde todos saben nunca fui
pero sueño ir.

Con jugo de maracujá, leche condensada
y vodka
hice una jarra de capeta bahiana,
bebida del demonio,
y por si hace falta pasar a la caipirinha
dejé a mano una cachaça envelhecida
del valle de Paraiba que promete.

Un rato antes piqué unos ajos barrigones
en la tabla y un par de cebollas.
Lloré un poco aprovechando la ocasión.
Me sentí feliz de estar tan triste.

El cuchillo no tenía filo y lo pasé por la piedra
como si supiera.
Hice igual con la feijoada:
anoche dejé los porotos negros en remojo,
la carne temperada con diversos aromas,
y ahora
mientras pongo el arroz,
espero a la visita,
confío en la inspiración.

(De Mansilla -Inédito,
de próxima aparición en
Ediciones en Danza)




SUEÑO DE DICKENS (*)


Tengo la cabeza metida en una campana
y zapateo americano en un plato de latón.

Tengo la cabeza metida en una campana
y los obreros que construyen la celda
están paleando sobre mi boca.

Zapateo americano en el plato de latón
y una enfermera golpea duro la campana
y duro con el palo de Vallejo.

En los últimos barcos partieron los isquémicos.

Mis amigos se abrazan y temen por mi suerte.

Así terminan las historias de amor, campos de peligro.

Tu ausencia se propaga como el fuego
y escribe en la pantalla del resonador:

Hay demasiado Hollywood en tus sueños.

Esto no es Dickens, muñeca.

Tengo la cabeza metida en una campana
y te veo detrás de los cristales empañados
con tu espléndido pavo salpicado de arándanos,
el centelleante pino de Navidad junto a la chimenea.


Escena prolija donde todos conversan suavemente.

Estás comiendo con retratos.

No hay que confiar en Hollywood.

Este es un callejón sin salida
donde sólo los retratos sonríen.

Una irisada pompa de jabón
sujeta a la más extrema melancolía.

No hay que confiar en Hollywood.

Es tal mi estado de necesidad

y en el sueño de Dickens todos somos mendigos.


(*) (El texto es una re/escritura de un poema de Graciela Cros aparecido en LA ESCENA IMPERFECTA, Ediciones Último Reino, Bs. As., 1996)



La Cuna de Newton

Al rebajar la dosis
mis días
se alargaron.

Abandonaba el cuarto
con una urgencia
inexplicable
(¡si no iba a ninguna parte!)

Después
sin tener qué hacer,
adónde ir o a quién ver,
esa energía
inadecuada
pasaba a ser
una amenaza.

Para sentir
que llevaba
una vida
(que iba a algún sitio)
salía
a caminar.

Tenía
un circuito
establecido.

Conocía
cada jardín,
cada portón,
cada perro.

Mientras marchaba
a paso regular
pensaba
en tres cosas:
la caída,
el cráneo
estallado
contra el piso
y la sangre
por entre el pelo
abierto.

Me
distraía
imaginar
esa
cadena
de
perturbación.



Tampa, Tacna, Atacama, Alaska, Arkansas, Alabama

entre dientes
repite
su mantra
geográfico
mientras
busca
distintas combinaciones
al orden musical
de las palabras.

Camina
una hora
por prescripción
médica.

Al pasar
por un teléfono
público
se deja
un mensaje
en el contestador.

Es saludable
llegar a casa
y
descubrir
que alguien
ha llamado.

Sabe
además
que
la poesía
se desvanece
rápido.



Insomnio en Rocha


La almohada huele a cera,
las sábanas a sudor,
el colchón a orina.

Este cuarto de hotel no es, ni lejos,
lo que solíamos
entender
por diversión,
amor mío.

Olvidar el Alprazolam de Andrómaco
a 300 km. de aquí,
ha sido una pésima jugarreta del destino
ya que me he puesto a dudar
de casi todo
y cuando eso ocurre
mi cara
se deshace
en amenazas
y me asfixio
en la tensa
cordura
que nos ata.




El día que maté a mi gata

en la ficción
pensaba
en los personajes
de Chéjov
y en esa clase de humor
que desemboca
en seres
profundamente desdichados.

De pronto
sonó el teléfono
y una tipa empezó
a darme lata
con el objeto
de pedir prestado
un libro
para estudiar
poesía
y otros sublimes
que deseaba
hacer suyos.

Le dije
que probara
con escribir
guarradas.

Que
escribiera
abyecto,
que
eso
funcionaba.



32 º en la cordillera

Es verano
en el sur.

Hace calor.

Cuesta
imaginar
que
en unos meses
el frío
nos aislará
en las cocinas.

Nos volverá
hostiles,
temerosos,
desconfiados.

Como ahora
pero
sin
sol.


Censo canino

Un hombre
toca el timbre.

Al salir
me pregunta
si tengo perro.

Le digo que no.

¿Y la cuchita?
señala,
apuntando con el mentón.

Es empleado municipal
y tiene el aire triunfal
de haber
descubierto
una falta.

Se me murió, le digo,
guardo la cucha
de recuerdo.

La mención de la muerte
lo trastorna
y me pide disculpas.

Lo veo alejarse
y pienso
en mi padre.

En
lo
de
él
que
no
guardo.




Cine hogareño

La masajista le pregunta
si hay alguna parte de su cuerpo
que le molesta
le toquen.

No sabe qué responder,
es una pregunta
inusual
y hasta inquietante
o incómoda
(por señalar adjetivos
que comienzan con in).

Elige decir que no
a pesar de la tensión
que repercute en superficie.

Sospecha que algo
puede aprender de la pregunta
pero no está dispuesta
a involucrarse
en situaciones delicadas.

Esa mano
apoyada
en su espalda
habla
entre
bastidores.





Resonancia

El enfermero no encuentra
dónde inyectar
el líquido
para el contraste.

Dice que las venas
no se ven.

Que las tiene finitas.

Finalmente
lo hace
en la cara interna
de la muñeca derecha
y logra
que le duela
muchísimo.

Pasan
siete minutos
de encierro
en la máquina
y vuelve a su lado.

Descubre que
se rompió la vena
y se hizo un globo
(por eso le duele
muchísimo).

Hay que reiniciar
todo el proceso.

Ella le pide
que busque refuerzos.

Lo hace
y viene otro
con guardapolvo blanco.

El blanco tiene jerarquía,
tranquiliza.

El primero iba de bordó,
no es un color confiable
cuando se está
en el fucking resonador
y ahí dentro se siente uno
más cerca del sarcófago
que de una marimba.




Baurú

Ensalada rusa, choclo, arvejas, lechuga y tomate,
pollo, ají, huevo, pickles y jamón.

Por afuera un pan tierno y dulzón
del diámetro de un plato.

Se llama baurú
–dicen que es de Brasil-
y en el balneario de Aguas Dulces
eliminó por puntos
al chivito de La Paloma.

En Aguas Dulces
comimos baurú,
allí dejamos el usted
y pasamos al tú,

cantamos
durante
un rato
de eternidad.

Después
íbamos en auto por la ruta
y el final parecía
una mancha de aceite
comiéndonos
el
suelo
que
pisábamos.



Primera comunión

Este hombre
es un baboso
pero yo no lo sé
porque soy una niña.

Este hombre
es mi tío
y vive
en la ciudad.

No en el campo
como papá, mamá,
mi hermana y yo.

Tengo puestos mis guantes
de hilo de algodón.
Es mi primera comunión
y soy hermosa.

Me siento un hada
con la falda amplia y larga,
una princesa envuelta
en runrunes de organza y almidón.

Él me habla y sonríe.
Dice que parezco un pato
con los dedos abiertos
por estos guantecitos al crochet.

A mí me arde la cara.

No me atrevo a mirarlo.
Ya no me siento hermosa
y tengo miedo.

Él dice que ha perdido
algo muy importante
y va a buscarlo
debajo de la enagua,
que yo me quede
calladita y quieta
para que pueda encontrarlo.

Que es el día de mi primera comunión
y no debo hacer nada
que enoje al Señor.

A mí me arde la cara
y no me atrevo a mirarlo.
Ya no me siento hermosa

y tengo miedo.

Luego pide
que me saque los guantes
y me chupa los dedos
mientras cierra los ojos
y dice en voz baja
cosas que no entiendo.

Después
pide que lo toque
ahí
entre sus piernas
y me dice
que
ése
será
nuestro
secreto.




Cita en lunes


La mujer cuenta de sus amores
como si hablara de empleos,
o jefes que tuvo, cosas que comprar,
trámites que hacer.

La tarde se marchita en el salón familias
y en sus mejillas cargadas de rubor
esparcido a pincel.

El hombre la mira sin hablar.

¿Qué es lo que una quiere?
pregunta.

Un árbol, se responde.
Un árbol para descansar.
Que dé sombra y flores con perfume
y frutos.

Un hombre es un árbol, dice.

No quiero uno que venga
dos veces por semana,
quiero un hombre que esté,
ahí, como un árbol, dice.

La mujer explica sin que él pregunte.

¿Qué espera una de la vida?

Yo no pretendo más
que una compañía,
mirar una película, comentarla,
salir a comer algo una noche.

A esta altura no querés estar
con alguien de otra generación.

¿De qué podés hablar,
pregunta, de cumbia,
pasta base, pegamento?

No hay nada peor que esa sensación de desperdicio.
Al oeste del mar, en la llanura

Cuando nací
mi abuelo esperaba
un nieto, un varón.

Superada
apenas
la decepción
por el género
de la nueva criatura
quiso
que me llamaran
Francisca
como mi abuela, su mujer.

La negativa de mi madre
fue
terminante
y el nombre elegido por ella
quedó
como el mío.

Para demostrar
su fastidio
el abuelo
me llamaba
Glicina.

Decía que
por lo menos
era el nombre de una flor.

A pocos meses
de nacer yo
él estaba
muerto.

No pude escucharlo
llamarme Glicina
ese nombre de flor
volcado
sobre mí
por
su
disgusto.




¡Véngase al Paraguay!


Venga al Paraguay y juntemos nuestros
desencantos para ver sonriendo pasar la vida.
Venga pues a la fiesta donde tendremos
ríos espléndidos, el Chaco incendiado,
música, bullicio y animación. Venga,
que no sabe la bella durmiente lo que se pierde
de su príncipe encantado.

Carta de Sarmiento a Aurelia Vélez.


Ocupada
en no quemarse
con el fuego
que crece
alrededor;
a la espera
también
de un cambio
atractivo;
preocupada
por esconder
su debilidad;
presa de la
tendencia
a resguardar
las apariencias;
incapaz
de romper el hielo,
tomar la iniciativa
y contemplar
sonriendo
lo que
pasa,
sospecha
que
la riqueza de la vida
no viene
de los logros
sino de lo que
se sabe
y se comprende.
Sospecha
que
un
gato
por
compañía
es
soledad.




Conyugal



La cara es una almohada de plumas.

Se hunde al tomar contacto con un puño o una mano abierta.

La cara se te infla de un lado.
La comisura rueda
y un mapa aparece en tu mejilla.
Primero es rojo, luego verde,
después azul, morado, azufre, negro.

La cara gira hacia la izquierda
bruscamente.

La cara da un portazo
y en el cerebro
hay
un estallido.

La cara pasa
por encima del hombro
pero no ve
para atrás
porque cierra los ojos.

El dolor
hace cerrar los ojos.

Sentís miedo
y el cuerpo entero se agazapa
y contrae
a la espera del próximo.

Saltan lágrimas, mocos, sangre.
Transpirás frío, estás ardiendo,
el pelo se te pega en la nuca.

Después la cara vuelve a su lugar,
retorna.

Un huevo en la pared interna
empieza a crecer,
algo áspero
molesta allí.

Un hilo de sangre va
de esa pared carnosa
a los dientes
y de ahí
a la lengua.

Escupís con temor de que salte un diente.

La cara se hunde.
La cara se hunde
como el mundo.
La cara se hunde
como un cuerpo
en el lago.
La cara
muere.


Si el personaje no está muerto, la vida continúa

La esposa
corta los brazos de su hombre
con una motosierra.

Después enciende un cigarrillo
y escribe un cuento
donde se pregunta
qué parte es verdad
y si ella es protagonista,
víctima o victimaria.

Piensa en la legítima defensa,
en lo poco consistente de la frase
a la hora de explicar un charco de sangre.

Por la noche
cocina carnes rojas.

Hace avioncitos
con la cuchara
y pone en la boca del marido
la cena suculenta.

Esa imagen
prefigura la historia:
hay algo en el final
que estaba en el principio.


Con el miedo en los talones*

Esta mañana crucé el parque del Teleférico
como lo hago a diario.

No había bandurrias ni caballos.
No había chicos ni perros.
Nadie.

El parque
era mío.

De pronto
un tero
chilló fuerte y rápido
y no dejó de hacerlo mientras alzaba vuelo
y se arrojaba sobre mí
en picada veloz
directo a mi cabeza.

Me agaché
y recordé la escena de Arizona Dream
en la que Vincent Gallo imita a Cary Grant
cuando es atacado por el avión fumigador.

La escena original es de Hitchcock
y Kusturica la recrea a modo de homenaje.

Me agaché
y me quedó picando en los oídos
el aletear feroz.

Vino al ataque seis o siete veces más.
Me cubrí la cabeza con los brazos,
me la tapé con la campera,
agarré una rama del suelo
y la usé como espada.

El tero estaba cada vez más furioso.

Como en Los Pájaros, otra de Hitchcock,
salí corriendo del campo expulsada por un ave.

Me quedé pensando en la naturaleza,
en su perturbación, en esos tincazos
de la fragilidad, el débil equilibrio.

* film de Alfred Hitchcock.




La idea de modernidad

Ahí donde Ud. nada, ella se ahoga,
dicen que Jung le dijo a Joyce
cuando éste le pidió una opinión
sobre los textos de su hija psicótica.

La anécdota forma parte de mis recuerdos.

Mis recuerdos son de otros.

Una memoria es como un campo
de margaritas silvestres junto al lago.

Un campo en trance.





Un león en la nieve

Escribe sobre la mesa de la cocina
en un cuaderno de tapas duras
forrado de rojo.

Anota la fecha sobre el margen izquierdo
y después cosas como:

Llevar 2 bolsas Cemento Obra Castelar.
Pagué 200$ Varela Adelanto Revoque fino.
”Vecino”: anoche estuve a punto de matarlo.

Es mi padre.

Escribe pero no hace literatura.
Su estilo se remite al registro del caos.

Es mi padre.

Narra sus transacciones con el mundo.

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