lunes, 1 de abril de 2013

RAFAEL MILLÁN PINILLOS [9589]



Rafael Millán

Rafael Millán Pinillos

Nació en Castro del Río (Córdoba) en 1919 – Falleció en Cambridge (Massachusetts, EEUU) en 2010
De la localidad cordobesa de Castro del Río, el impresor, editor y poeta Rafael Millán Pinillos, era uno de sus mejores embajadores culturales. 
La vida de este castreño, nacido el 1 de noviembre de 1919, estuvo ligada desde la infancia a la tipografía ya que comenzó como aprendiz a los 10 años. Durante la Guerra Civil apoyó al bando republicano, lo que le supuso ciertas represalias tras la contienda.

Millán abandonó su localidad natal para asentarse en Madrid, donde se dedicó a la impresión. Su inquietud por la cultura que fluía en la capital le hizo pronto volcarse también en actividades literarias y editoriales. Allí fundó la colección de cuadernos de poesía Ágora y la revista del mismo nombre, de gran importancia en las décadas de los 50 y 60 y en las que participaron el abogado cordobés Rafael Mir Jordano, Gloria Fuertes, Edmundo de Ory, Gabriel Celaya y la también cordobesa Concha Lagos (que fue directora de la publicación durante varios años), entre otros muchos intelectuales de la época. Las ilustraciones de Ágora venían de la mano del pintor y grabador José Ortega y del artista cordobés Antonio Povedano. Estas colaboraciones demuestran que, en Madrid, Millán logró hacerse un hueco y se convirtió en uno de los hombres más influyentes de la cultura que poco a poco resurgía tras los corsés impuestos por el régimen franquista.

Poco tiempo después, el poeta castreño comenzó a trabajar en la editorial Aguilar como impresor, empresa con la que se desplazó hasta Brasil en 1958. Tras unos años de estancia allí, en 1963 viajó a EEUU, donde continuó con su labor editorial y poética, además de desarrollar diferentes actividades artísticas como la traducción, la fotografía y el diseño gráfico.

Antes de su marcha al extranjero, sus amigos poetas le organizaron en Madrid un homenaje al que acudieron, para mostrarle su apoyo y gratutid, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, José García Nieto, Gabriel Celaya, Federico Carlos Sainz de Robles, Antonio y Carlos Murciano, Ángel Crespo y Pablo Corbalán, entre otros muchos.

Millán, falleció el 9 de enero del año 2000 en EEUU, ha pasado a la historia de la Literatura por ser un destacado representante de la poesía de la postguerra española. En su labor editorial, publicó libros suyos como Hombre triste, Presencia, De la Niebla, Poemas, Amante amigo, De las cosas y el hombre, y de multitud de poetas de su época.




Hombre triste (1952)



Hombre triste

TRISTE bípedo ciego
hombre crujiente que escupes espesas sonrisa
al suelo,
rumias con la afilada prisa del cuchilla
que llevas adentro,
una anunciación de gestos maquinales
sin color
sin calor de cosa viva,
macilentos...

(Gestos,
inacabados gestos,
y un sabor de parábolas absurdas
acunadas en el pecho.)

¿Qué arpón de oscuras frases
—o silencios—
hundió un mar de confuso oleaje
en tus ojos?
¿Cuándo,
lento,
empezaste a morir con ese triste
descorazonamiento?

(Hundid estás,
hombre triste,
en las mínimas guerra que incendian tus raíces.)







Sensación

A veces me sorprendo de espaldas a las cosas
embebido en un hambre de esperanzas despiertas
y siento que en la sangre se me coagulan miedos,
oscuros miedos torpes que la sangre atropellan.

Estéril es gritar, en voz sin resonancia
madura lentamente el gesto torpe y terco,
sobran entonces las frases que resbalan
sobre la vida, sobra el pensamiento.

Y no puedo llenarme las venas a puñados
de sencillos ensalmos que alejen la pereza
que obstruye los camino reacios a mi paso.






Presencia (1954)



A Miss Diana Nil

Quien quisiere ser amado,
trabaje por ser presente,
que cuan presto fuere ausente,
ten presto será olvidado:
y pierda toda esperanza
quien no estuviere en presencia,
pues son olvido y mudanza
las condiciones de ausencia.
Jorge Manrique
Estoy triste, amiga

ESTOY triste, amiga, y no conozco
la raíz de esta espesa tolvanera
que sacude mis nervios y los aplana
tras frío y silencioso forcejeo.
La verdad, tornadiza y cambiante,
me rehuye
como se nos hurta en la vida.
He rechazado su mágica evidencia
otras veces,
enajenando la posible entrega
que pudiera colmarme de tibieza,
de la dulce tibieza de sentirme
un poco santuario,
un poco campo florecido de vivas
sensaciones.
     Ahora, siempre y todos,
cobardemente rehuímos las esquinas
donde puede sorprendernos, donde
puede bañarnos la sorpresa limpia
de su clara presencia;
entonces abocados al llanto,
al desconsuelo,
al seco llanto del temor sin causa,
inventamos razones que no valen.
Entonces somos barcos anclados en un muelle
que añoran la lejana bahía
de la infancia,
donde todo floraba verdadero
ante los ojos nuevos y asombrados.
Amiga,
el tiempo ha puesto tépidos cristales
entre la verde granazón de lo cierto
y nuestros pobres, ciegos corazones
ansiosos.

Estoy triste, amiga, y no conozco
la verdad de mi tristeza.

Presencia (Madrid: 1954): 13-14







El agua del río...

EL agua del río a nuestro encuentro
parecía venir.

(Tu mano en mi mano era un dócil
timón invisible;
y en tu mano la mía era el apoyo
que enhebraba la ruta.)

Gris en su cauce el agua desdoblada
de la recién nacida primavera,
acunando un claro sol temprano
nos pedía silencio en un susurro.

(Calladamente por la verde orilla
ascendimos.
Y ya en el puente,
los ojos sabían que no era la tristeza
—nuestra par tristeza—
más que un resquicio para la esperanza.)

Bajo los arcos, pasaba sin descanso
el río.

Presencia (Madrid: 1954): 17-18


Rafael Millán, junto a una máquina de impresión por tipos.








De la niebla (1956)



De la niebla

RODEADOS estamos de fantasmas:
desdibujados rostros y presencias
que emergen de la niebla.

Vuelven los olvidados
amigos de la infancia ya lejana;
y mujeres que acaso nos amaron.
(Nunca lo supimos hasta ahora,
cuando el hondo viraje de la vida
evidenció distancia.)

También pequeñas cosas vuelven, traen
silenciosos contornos, desvaídos
recuerdos tintos en escalofríos
o en alegría ingenua.

Idos hermanos vuelven que al marcharse
apenas si dejaron febles mimbres
para reconstruirlos
con sus gestos, su voz,
con sus pequeñas luces débiles ante el soplo
que vencer no pudieron.
Y entonces nos habita la garganta
un agua gruesa
y naufragan asombros y palabras.

Mas no podemos hilvanarnos miedos:
son de la niebla, 
de la niebla vienen,
y vuelven a la niebla tras hablarnos.

De la niebla (Madrid: Ágora, 1956): 9-10







Crecía la muerte

MIENTRAS la muerte crecía en tus ojos,
mi corazón se hacía pequeño.

Después se ha henchido de nuevo,
de nuevo volvió a ser
plétora de un vivir acostumbrado a la alegría,
a los vaivenes que los días ofrecen
como un regalo preciado o despreciable.

A veces he olvidado que tu muerte dejaba
un vacío en mi aliento;
otras, he percibido cómo una mano fuerte
—acaso era la tuya—
me exprimía en sollozos.

Desde que me dejaste, el tiempo ha escrito tristes
pensamientos sobre me frente: mira,
ve las tristes arrugas que te dicen
de mis acongojadas peripecias.

También las alegrías hicieron huellas
sobre esta frente que te enseño ahora
como un mapa fiel de mi persona;
ellas hicieron que el camino arisco
que mis pies pisaban
no fuera interrumpido por la sima
de una accesible muerte.

Hoy —desde hace tantos años— te recuerdo
y no tengo lágrimas ahora
para llorarte un poco.

De la niebla (Madrid: Ágora, 1956): 11-12






Poemas (1958)


1

...algo nuestro de ayer, que todavía
vemos vagar por estas calles viejas!

Antonio Machado





A una pianista

En la raíz misma de la música
estás.

Allí donde nace el sonido
cama el aliento sin mácula de un ave
pequeña.

El sencillo prodigo se consuma
imperceptiblemente:
sonoras aguas afluyen,
complementan colores,
vibran por los profundos ríos
que el tacto te revela.

Estás ahí,
en la raíz o ala o misterio envolvente;
en su tibia estructura te recluyes,
alejada y cercana de mis manos
—oh mis manos que saben de tus fibras,
de tus miedos a nada—,
en mis manos cuando regresas.

(Amor es entonces vuelo herido
en tus ojos.)

Te pienso
en ese mundo ingrávido y puro
donde se gesta el sonido,
donde tejes las líquidas voces
que vives y te viven,
oh amiga,
mientras yo permanezco en tus orillas
apacentando tenues escalofríos.






Regreso

A una triste humillación he vuelto
arrepentido desde mi palabra,
zaherido por sonrisas en silencio,
con torpeza hilvanadas.

Vacilante caída que me duele
como el desvío de la amiga carne;
fallo imprevisto que detiene —enfría—
mi corazón en la tarde.

Hay momentos, como hijos desgraciados,
que no supieron de la paz en vida:
vienen a mis umbrales con los rostros
de una raza enemiga.




Quedan siempre

Quedan los viejos pasos,
las pisadas cargadas de cansancio
de muchos años de la inútil vida;
pasos envueltos, inmersos en el barro
del espíritu absorto.

Clamar, preguntarse la incógnita
de los pasos perdidos en el tiempo,
en el juego arriesgado de la vida,
inútil es.

Quedan siempre, constantemente,
los viejos pasos
envolviendo nuestro amado hoy,
nuestro lento caminar descalzos.





Amante amigo (1963)




A Martie

...en paz las horas cuéntelas conmigo,
una de amante, veintitrés de amigo.
José Vargas y Ponce
E te amo como se ama un passarinho morto.
Manuel Bandeira

Deseo

El día en que yo muera, cuando
mi cuerpo rompa las amarras
que lo unen al tuyo,
no debes llorar;
ese día la tristeza
habrá llegado al ápice en mi último
momento,
y ojalá que el miedo no se asome
a mis ojos entonces,
porque al margen de la vida
y de la muerte
yo seré siempre parte de tu cuerpo,
de tu alma también
y muriendo en ti mi parte de vida
vivirás tú en mi muerte.

No llorarás, te pido, en ese día;
no deberás pensar en el espacio
que yo ocupaba;
leyendo mis palabras en poemas
o cartas,
la voz ya no existente te dirá
lo que estando hablaría si aquí;
y al ver la flor de que gustaban mis ojos
te parecerá que con los tuyos
para mí la acaricias.

Sé que esto no es bastante,
que no basta pensar en lo que fuera
un hombre,
pero déjame sentirme inolvidado,
para siempre menos muerto
que el común de los muertos anónimos
sin nombre,
sin nombre siquiera en el recuerdo
de nadie.

Triste consuelo, tonto
querer ser recordado más allá
de la indecisa frontera de sombra;
tonta vanidad pensar ahora
en cosas tristes sin motivo.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Acércate, mujer,
besa mis labios con tu amplia ternura
de vida hembra;
el optimismo nace en cada instante
para mí de tu aliento.
     La vida
es contigo en mi ser para siempre.





Momento

Ayer, cuando mi mano se posaba
sobre un suave macizo de albahaca,
al olerla sabía que la vida
merecía la pena de vivirse.

Hoy que la misma mano te acaricia
y sabe de tu cuerpo los secretos,
canta la alegría en tus sorpresas
y la vida es bellamente deseable.




Yo

Lo sabes: mi pozo
no es triste, le rie
dentro luz de sol.






Paisaje

El paisaje me atrae tenazmente
y dejo que penetre por mis poros
con su tépida y suave languidez.

El bem-te-vi prende su grito alegre
de las ramas más altas,
y pájaro y grito caen después
sobre todo un mundo de optimismo.

Con amorosa pericia, cada beija-flor
clava el pico en los rincones
más escondidos de la belleza.

Todo es música simple, todo ritmo
en el paisaje.
     Y tú,
integrada en la espesura o flotando
sobre el agua del dorado riachuelo,
eres palpitante medida de las horas.
De las horas empapadas de calma
que pasan sin sentir bajo las ondas
del aire que acaricia tenuemente
nuestros cuerpos en paz
bajo el sol de la tarde.





De las cosas y el hombre (1989)



I

POEMAS DEL ENFERMO

Hueso que te copo en parte
Rroelo con sotil arte.

Alfonso Alvarez de Villasandino

Fiebre

El poeta despertó con una rosa
en la mano.

De los dobleces del sueño la traía
y, maravillado,
por la tierna raíz del milagro preguntaba.

(Por su aire adentro le oyó la mañana
sus interrogantes maduras de sorpresa,
de enajenamiento).

Más tarde, la rosa, envuelta en silencio,
fue lentamente regresando al sueño
de donde naciera.





Juego

Como en un tonto juego,
como si fuese un tontear el juego
de la vida y de la muerte,
a veces el dolor sorprende al hombre
con las artimañas del que sabe
herir a destiempo.

(Siempre es a destiempo llegada
la mueca,
la espantada postura forzada que clava
miembros en el aire).

Y no sirve esconder bajo el ala
la salud y el gozo,
con su hálito perverso
y la falacia como paso venenoso
el dolor nos penetra
la armazón sorprendida y un día
malamente amanecemos.

(Y un día malamente amanecemos
al borde de insospechado abismo.
O tal vez hundidos
en el fondo de una noche).




Noche oscura

Hay una noche oscura del recuerdo.
Hay una noche oscura en los sentidos.
Hay una noche oscura de miserias
en los momentos más alegres.
Hay una noche oscura en cada hora
en que se vive y muere pese a todo.
Hay una noche oscura si se miente
y una noche oscura si se calla
y una noche oscura si caemos
en palabras estériles, vacías.
Hay una noche oscura que acechante
siempre lo cubre todo.
     Pero en ella está la raíz donde arde
vivo y claro día.






Insomnio

Apoyado en nada,
todo limitado del peso de ausencias
imposible se hace mantenerse
con el increíble equilibrio de los justos.

No es que la boca diga, que gestos indiquen,
que cualquier cosa revele
furias como ácidos;
ni que vísceras duelan más de lo que solían
—oh frío frío frío dolor—,
es que la deidad traidora acecha
con sus múltiples filos
y, uno a uno, los caminos todos
que llevan al sueño
son por ella cortados inapelablemente.

¿Qué hacer de la noche
desmesurada y sin soporte?
¿Qué hacer con el vacío que sólo puede
henchirse
de manante sueño como tibia leche
de la grande ubre nocturna?

Apoyado en nada
—pasan horas como lentas letanías aburridas—,
espero el día.






Dolor

Cuando llega, felinamente artero,
desprevenidos estamos.
Puede pensarse en él a todas horas,
su helado silbido conocer,
pero cuando llega con garras y dientes,
desprevenidos estamos.
Y nuestra entereza de súbito es talada
como un bosquecillo de flébiles arbustos.
La lágrima, blandamente agria,
asoma su brillo y espera,
paciente junto a nuestra espera,
por si su presencia, total como un ay,
fuese necesaria
(hay dolor tan fuerte como mil dolores).

Es inútil aguardarlo,
la vigilia puede ser infructuosa:
sólo una cosecha de temor y miedos.
Mejor sustraerse, pensar en Ann Arbor,
en los verdes campos de la Pennsilvania,
en Málaga, en Cuenca, en las olorosas
tascas cordobesas...
Y cuando ya estemos a orillas de todo,
el dolor vendrá
     —sorprendentemente—.





Anestesia total

No sabría decide cómo el aire
es en esta tarde en que el otoño
finge ser alegre para darme
un motivo de contentamiento;
no sabría, no, cómo contarte
que intimida, encoge, la inminencia
de perder la noción de plena vida,
de saber que el limite se acerca
entre ver tus ojos y el no verte.
ajeno en voluntad y pensamiento,
enajenado el cuerpo, los sentidos,
lejos y tan cerca del dolor,
lejos y tan cerca del presente
a tu lado, contigo...

Que me tienes al lado, pese a todo,
tras la hábil artificiosa muerte
que el hombre creara para el hombre.

Ya de vuelta, todo dolorido,
todo confundido de memorias
enredadas como mis raíces,
vivir en tu presencia con la mía
es la verdad que admito como cierta.





Solitario

Extrañas cataratas de notas,
plenilunios sensibles.
     (Anda diciendo tu madre...)

Cuando el alba tiene sueño
los colores son niños.
     (... no quiero que me desprecies...)

Y el gato rompe silencios con su voz
de noche hambrienta.
     (... anda diciendo...)

Están las cosas sobre el alma
como en mercado de inútiles trastos,
y él te aguarda en la mesa como un niño
que quiere juguetes sorprendidos
a solas.
     (La niña se está lavando...)

Ah la noche con sus múltiples
esquinas como acordes,
con sus oscuras previsiones...
     (... ha recibido la morenilla..)

El coñac tiene finos dientes como espirales
y saluda en sombras al devoto de su culto.
     (Ay, ay,, aaaaayyy...)

Café, noche, coñac,
noche, noche, noche...



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