martes, 10 de enero de 2012

5612.- JOSÉ MANUEL POVEDA







José Manuel Poveda
"Alma Rubens"
(1888 - 1926)

(Santiago de Cuba, 23 ó 25.2.1888-Manzanillo, Oriente, 2 ó 3.1. 1926). Cursó la primaria en Santo Domingo (República Dominicana) -a donde se había trasladado su familia durante la guerra de independencia-, en Guantánamo (Oriente) y en Santiago de Cuba. A los once años de edad redactaba el semanario manuscrito titulado Cuba.

Su primer trabajo impreso, de humorismo político, fue publicado, probablemente, en La Voz del Pueblo o en El Managüí. En 1902, ya en Santiago de Cuba con su familia, inicia el bachillerato. Con Marco Antonio Dolz y otros estudiantes fundó, ese mismo año, la revista El Estímulo. Se trasladó a La Habana en 1904. En el Instituto de la capital continuó el bachillerato y reeditó El Estímulo (1905), donde publicó su primer poema impreso. Colaboró además en Arpas Cubanas. De regreso en Santiago de Cuba ese mismo año de 1905, editó Ciencias y Letras -en el que ocupó la jefatura de redacción-, órgano del Instituto santiaguero, y trabajó como agente de El Estímulo, de La Habana. Colaboró en El Progreso (Gibara, Oriente), Urbi et Orbe (La Habana) y La Liga (Santiago de Cuba), y fue corresponsal de El Moderado (Matanzas) y La Opinión (Cienfuegos, Las Villas). Editó, en 1906, El Gorro Frigio, semanario cómico-satírico. Ese mismo año trabaja como jefe de redacción de la revista Oriente -en la que tiene a su cargo la sección «Baturrillo»- y se gradúa de bachiller. Un año más tarde es jefe de redacción de Revista de Santiago, colabora en Cuba y América e inicia su interesante y fecunda relación epistolar con Regino E. Boti. Tuvo a su cargo la redacción de Heraldo Nacionalista. En 1908 comienza a trabajar en el bufete del Dr. Rovira para adquirir experiencia profesional. Ese mismo año se trasladó de nuevo a La Habana. Colabora en El Pensil (1908-1910) y luego en Renacimiento (1910), de Santiago de Cuba, a través de las secciones «Vida literaria» y «Página extranjera», en las que publicaba sus trabajos sin firma y daba a conocer noticias de otros autores o traducciones de escritores extranjeros. Por esa época fue el animador principal de un cenáculo literario integrado por escritores de intenciones renovadoras que se reunían en una casa situada en Calvario No. 18, de Santiago de Cuba, en la que residía el dominicano Sócrates Nolasco. De este grupo formaban parte, además del ya mencionado, Fernando Torralba, Alberto Giraudy, Luis Vázquez de Cuberos, entre otros. Colaboró en La Independencia (1909-1911). En La Habana, en 1912, fundó Poveda la Sociedad de Estudios I.iterarios, en la que pronunció conferencias. Dos años más tarde, desaparecida ésta, funda el Grupo Nacional de Acción de Arte, en el que también divulgó la cultura a través de sus conferencias. Colaboró, también, en Camagüey Ilustrado, Oriente Literario, Minerva (La Habana), El Estudiante (Matanzas), Orto (Manzanillo) -desde sus inicios en 1912-, El Fígaro, Letras, El Cubano Libre, Juvenil, Mercurio (Cienfuegos), Heraldo de Cuba -en forma asidua a partir de 1914-, Cuba Contemporánea, El Estudiante (Santa Clara), El Sol (Marianao, La Habana), Labor Nueva (La Habana), Oriente, La Defensa (Manzanillo) -a través de su columna «Crónicas de los lunes»-, La Antorcha, La Nación -donde publicó sus conocidas «Crónicas sobreactuales» entre 1918 y 1920-. Este último año sufre prisión por breve tiempo acusado de faltar al presidente de la República en una de sus «Crónicas». En 1921, después de haber cursado sus estudios universitarios de manera irregular, se graduó de Doctor en Derecho Civil en la Universidad de La Habana. Ese mismo año instaló su bufete profesional. A mediados de 1923 se dedicó por entero al ejercicio de la profesión. Trabajó como juez suplente de Manzanillo. Durante años, a través de las publicaciones periódicas con las que estuvo rnás o menos vinculado y mediante su entusiasta labor de conferenciante y traductor, realizó Poveda una amplia labor en la difusión de la literatura y de la cultura en general y trató los temas de la actualidad política del país en múltiples crónicas periodísticas.

Su obra lírica, junto con la de Regino Boti y Agustín Acosta, constituye el legado más importante de los primeros años de la República. Es autor de varios relatos. Los manuscritos de su novela Senderos de montaña fueron destruidos por la esposa.

Dejó importantes trabajos de carácter ensayístico. Sus poemas han aparecido en diversas antologías nacionales y extranjeras. Algunos han sido traducidos al inglés, al alemán y al ruso.

Tradujo textos de Henri de Regnier, Lorrain, Rodenbach, Bonville, Augusto de Armas, Stewart Merrill, entre otros.

Utilizó los seudónimos Mirval de Eteocles, Filián de Montalver, Darío Notho, Raúl de Nangis, Fabio Stabia y Alma Rubens, el más importante de todos, con el que firmó un grupo de poemas bajo el título de «Poemetos de Alma Rubens».









Sol de los humildes


Todo el barrio pobre,
el meandro de callejas, charcas,
y tablados de repente,
se ha bañado en el cobre del poniente.


Fulge como una prenda falsa en el barrio bajo,
y son de óxido verde los polveros
que, al volver del trabajo, alza el tropel de obreros.


El sol alarga este ocaso,
contento al ver las gentes, los perros y los chicos,
saludarle con cariño al paso,
y no con el desdén glacial de los suburbios ricos.


Y así el sátiro en celo
del sol, no ve pasar una chiquilla
sin que, haciendo de jovial abuelo
le abrase a besos la mejilla.


Y así a todos en el barrio deja un mimo:
a las moscas de estiércol, en la escama,
al pantano, sobre el verde limo,
a la freidora, en la sartén que se inflama,


al vertedero, en los retales inmundos;
y acaba culebreando alegre el sol
en los negros torsos de los vagabundos
que juegan al base-ball.


Penetra en la cantina,
buen bebedor, cuando en los vasos arde
la cerveza, y se inclina,
sobre nosotros, a beber la tarde.


Pero entonces comprende
que se ha retrasado,
y en la especie de fuga que emprende
se sube al tejado.


Un minuto, y adviene la hora de esplín,
la oración misteriosa y sin brillo,
y el nocturno, medroso violín del grillo.










Serenata


Por José Manuel Poveda


Con la voz de otro tiempo, con la antigua voz pura
de las viejas jornadas sin dolor ni amargura,
vengo a darle al silencio, cerca de tu ventana,
una serenata insegura
que te recuerde otra lejana.


En pugna con la suerte, vencedor del destino,
mil veces extraviado, recobré mi camino;
y hoy vuelvo a hacerte ofrenda de mis canciones tristes,
vaso de muerte, negro vino,
aun cuando sé que ya no existes.


A la voz conocida tú acudirás, quién sabe
más amante que nunca y más bella y más grave,
y exhalará mi pecho, por sobre del olvido,
una armonía sobria y suave
que solamente oirá tu oído.


Pondrás tu mano blanca entre mi mano bruna
mientras cante mi boca la canción oportuna,
y si alguien cruza entonces el sendero sombrío,
verá sólo un rayo de Luna
y sentirá un poco de frío...













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