lunes, 30 de enero de 2012

5725.- JUAN GARCÍA GAYO




Juan García Gayo (Buenos Aires, 1932) Poeta, traductor y periodista. Publicó entre otros títulos De emblemas y Viajeros (1966); Jardín Botánico (1968, Premio Fondo Nacional de las Artes); Blue Lines (2000, Premio Municipal de Poesía). Como traductor ha vertido al castellano a Emily Dickinson, Stephen Spender, Edwin Muir, Fernando Pessoa y Adelia Prado, entre otras voces de la poesía universal.







¡Esas historias de muñecas rusas salidas de otra muñeca mayor!
La primera hace la imitación perfecta
de una popularísima actriz y gana con el novio
una noche de hotel en el barrio Norte
y una semana en las sierras de Córdoba.
La segunda muñeca es sordomuda,
abusa del maquillaje, hipnotiza con palabras de dedos,
busca en los portales de Internet un alma
que la comprenda.
Las dos siguientes muñecas
fueron embarazadas por el mismo señor
y ahora no saben qué demonios hacer, si lo bueno o lo malo.
A ellas les sigue la anacrónica muñeca estudiantil,
jamás correspondida, que pensó en el suicidio
y al final confiesa: me gustaría vivir en la casa
de la muñeca Inosha, la cual no ve la hora
de mudarse con Juan, a una de esas terminales de tren
construidas por los ingleses,
donde uno no se cansa de mirar el aspecto de los pasajeros,
de preguntarles a dónde van
y saber qué les pasa.










Buenos Aires mata a los pájaros que quiero,
desliza confusiones
y un vapor único que viene de las alcantarillas.
El filo de tus ojos deja una estela
cuya sombra produce mayor serenidad
que el perdón de los grandes errores.
Mis pensamientos, el ponerse amarillos, esconden una suma
y ay, las palabras crujen como papeles bajo el sol
y las respuestas de hoy, ¿de qué nos sirven?
Brota un agua de vos y otra de mí
mezclada con nuestras sales.
¿Será verdad que nos amamos?
El manto de la luz invita y amenaza, como de costumbre,
y te veo tan linda en tu camino que se pierde.
Frutilla
o crema con frutas secas o naranjas amargas.
Nuestros padres se acercan para compartir los helados
y el día termina, se termina.










Diariamente cruzo la frontera
escondido en una lancha de la gendarmería.
Con el miedo pegado
a mujeres y hombres desconocidos
interpelo a la soledad.
Y ella me hace poner de pie para que vea la costa
y saque mis propias conclusiones.
Tomándose su tiempo,
a todos nos acariciará la frente.


Consuela oir el ruido de los motores
y la respuesta del agua.










Los países que desaparecieron del mapa
Regresan en los libros de la historia del arte.
Tus pulmones dan un enérgico soplido
y los rojos comienzan de inmediato a decidir
qué cosas del mundo tomarán nuevamente.
También yo vuelvo a ser como era: alegre, feliz.
Tus gestos no se perdieron,
Tu descendencia encaja con lo universal.
¡Cuánta vitalidad para injustificados temores!


Como si fuera un niño me arrincono
mientras el mes de mayo se acerca.
Ya no hablamos del ansia de los viajeros por llegar a destino.
Finalmente nuestra ambición de ser naturales,
discretos y sensibles llegó a la madurez,
que trae misterio y confusión.


Pisé la muerte,
oí de nuevo tu voz, vi tu figura iluminada,
sierras azules a cientos de kilómetros de aquí
y el río de la Plata reservando, ¿para quién?, sus enormes
secretos.










La semana que ella se fue
me deshice de todas mis posesiones,
montículos de lianas trenzadas con alegría y paciencia
por los dos.
Es imposible ser rico en este reino.
Y de un plumazo aporté soluciones
para la floreciente industria de los residuos:
muebles, cubiertos, enseres de cocinas,
artefactos eléctricos, libros, perfumes, trapos.


Solamente guardé las flores que la siguieron
- blancas, blancas, blancas –
hasta la tumba.




“Inosha 23”, Inosha, Tiago Biavez, 2004.










La mesa de mi cocina es muy pequeña
pero para la mosca que revolotea a mi alrededor es enorme.
Mi mesa es de madera maciza
pero un neutrino puede atravesarla fácilmente sin dejar rastros.
Vista desde el espacio sideral gira,
como todo en la tierra, a miles de kilómetros por hora.
Si mi mesa de cinco kilos estuviera en la Luna
pesaría solamente dos kilos
y si llegara al campo de una estrella de gran intensidad
pesaría cien mil.
Mi mesa está pintada de blanco (yo mismo la desfiguré)
pero de noche es azul ultramar
y cuando apago la luz desaparece.
Mi mesa se alegra con las conversaciones,
le disgustan la radio y la televisión,
no quiere que esté solo
y prefiee las manchas de vino
a una esponja embebida con detergente.
No sé si sabe algo acerca del Universo,
de la física quántica, del recalentamiento de la atmósfera,
pero cuando la miro tiernamente,
en un bello lugar del mundo
dos hermanos que se habían jurado odio eterno
se abrazan.












El Himno Nacional


El himno nacional apagó las velas y salió por la puerta de servicio,
bordeó el parque Lezama, entró en el bar Británico
y esperó su café cortado con medialunas de manteca.
Los cartoneros, tirados en el pasto como cueros al sol,
se preguntaron sin palabras:
Ey, ¿no será ése el himno nacional?
El himno no sabía que su vestido había pasado de moda
y que lo llaman túnica, pero en cambio advirtió
que su túnica estaba manchada y desflecada.
Al bajar por la calle Brasil
tocó la campanilla de la iglesia ortodoxa
interrumpiendo la lenta combustión de un salmo.
Los celebrantes envolvieron al himno y, como caridad,
lo adornaron con lentejuelas bizantinas.
Uno de ellos le retocó las cejas y le tiñó los pelos de la barba
con una crema que se extrae del petróleo, importada de Rusia.
Sin dar las gracias, el himno bajó por las escaleras de dos en dos,
cruzó Paseo Colón, alucinado y enfiló hacia la costa.
Nadie le cortó el paso. El himno nacional es mudo cuando quiere,
también es invisible. Al divisar el río
descubrió que las aguas se abrían invitándolo
pero aumentó el olor, la pestilencia y no quizo y no pudo bañarse,
prefirió descansar a la sombra de un ceibo
y recordar detalles de su vida: dos padres, la ausencia de una madre,
cómo se fracturó las costillas en un festejo patrio
y cómo perdió el brazo que sostenía una antorcha
y cómo le injertaron otro brazo.
Lo engañaron al himno, lo convidaron con vinagre,
lo obligaron a contar chistes en una cervecería del Bajo.
Hizo de arco de triunfo, funcionario, milico,
maestro y estudiante al mismo tiempo.
Él, que nunca se tuvo por sublime, se cansó de ser todos.
Desorientado y huérfano, la marejada se lo entregó a la noche
y la noche sin que él se diera cuenta,
lo tomó de los pliegues traseros de la túnica
y cuando amanecía lo devolvió al museo.
¡Qué pena, qué alegría reconocer los muebles portugueses,
las condecoraciones, las cartas, el silencio!
Y el himno entonces recuperó la voz.












King Kong


No hay música de fondo ni es Navidad.


Las balas dieron en el blanco.
La última mirada fue para la tonta secretaria rubia
nacida y criada en Nueva York.
El rascacielos destrabó sus raíces
y comenzó a subir, subir rumbo a una vida diferente.
La tragedia, compuesta de piedad y algo de medicina,
se entregó a la locura
y el mono finalmente cayó
como un peñasco vivo y blando.


El director de la película llegó tarde a la cita.
El productor hizo cambiar, sin aviso, el guión.
Un piano se deshizo en el agua.
Los bares bajan las cortinas.











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