miércoles, 10 de marzo de 2010

ANDRÉ CRUCHAGA [036]


ANDRÉ CRUCHAGA

Nació en Chalatenango, El Salvador, 1957. Tiene una licenciatura en Ciencias de la Educación. Además de profesor de humanidades, ha desempeñado la función de docente en Educación Básica y Superior. Parte de su obra poética ha sido traducida al francés por Jean Dif, Danièlle Trottier y Valèrie St-Germain. Estas últimas, el libro antológico: “El fuego atrás de la ventana” (Le feu derrière la fenêtre) y  Viajar de la ceniza. La poeta María Eugenia Lizeaga, por su parte,  ha traducido el libro “Oscuridad sin fecha” al Idioma vasco (Euskera); y poemas sueltos, al holandés por Michel Krott. Jurado de Poesía de la XVI Bienal Literaria "José Antonio Ramos Sucre", Venezuela, junio de 2007. Buena parte de su obra se encuentra publicada en diferentes revistas electrónicas de Argentina, Chile, España, Grecia, Estados Unidos, Colombia, México, Perú, Italia, Holanda.

Reconocimientos:

-Primer Premio Juegos Florales de Zacatecoluca, La Paz, 1985.
-Primera Mención de Honor, Juegos Florales de San Miguel, San Miguel, 1988.
-Primera Mención de Honor, Juegos Florales de San Vicente, San Vicente (2001).
-Primer Premio Juegos Florales de Chalatenango, Chalatenango, 2002.
-Primer Premio Juegos Florales de Ahuachapán, Ahuachapán, 2005).
-Finalista. Primer Concurso Internacional de Poesía "Paseo en Verso", Editorial    Pasos en la Azotea, Querétaro, México, 2004/2005.

Encuentros Literarios:

-Primer Festival Internacional de Poesía, El Salvador, 2002.
-Semana Cultural, Universidad de Marylhurts, Pórtland, Oregon.
-VIII Feria Internacional del Libro, El Salvador;
-Jornada Cultural Ars Vivendi Homenaje a Ítalo López Vallecillos, El Salvador (2005);
-IX Feria Internacional del libro en Centroamérica, 2005, El Salvador.
-IV Festival Internacional de Poesía, El Salvador, 2005.
-II Festival Primavera de los Poetas, Alianza Francesa de El Salvador, 2006).
-IV Festival Internacional de Poesía “EL Turno del ofendido, El Salvador, mayo de 2007.

Publicaciones:

-Alegoría de la palabra. Impresos Roqui, San Salvador, El Salvador, 1992.
-Fantasía del agua. Impresos Roqui, San Salvador, El Salvador, 1992.
-Fuego de la intimidad. Impresos Roqui, San Salvador, El Salvador, 1993.
-Espejo del invierno. 1ª edición Suplemento Cultural 3 Mil de Diario Latino, El Salvador, 1993.
-Memoria de Marylhurts. Interface Network, Oregon, USA, 1993.
-Visión de la muerte. 1ª. Edición, Suplemento Cultural 3 Mil, Diario Latino, 1994; 2ª edición, Impresos Roqui, El Salvador, 1994.
-Antigua soledad. 1ª. Edición, revista Cultura del Ministerio de Educación [abril-junio de 1994] El Salvador.
-Insomnio divagante. 1ª. Edición revista Presencia del Centro de Investigaciones Tecnológicas y Científicas [año III, No, 12, 1991].
-Viento. 1ª. Edición, Suplemento Cultural 3 Mil, Diario Latino, El Salvador, 1995.
-Césped sobre el fuego. 1ª. Edición (edición completa), Suplemento Cultural 3000 Mil, Diario Latino, El Salvador, 1995.
-Fugitiva luz de los espejos. 1ª, edición (edición completa), Suplemento Cultural 3 Mil, Diario Latino, El Salvador, 1995.
-Fantasía del bosque. 1ª. Edición, Impresos Roqui, El Salvador, 1996.
-Enigma del tiempo. 1ª. Edición, Impresos Roqui, El Salvador, 1996.
-Roja vigilia. 1ª. Edición, Impresos Roqui, El Salvador, 1997.
-Querencia del follaje. 1ª. Edición, Impresos Roqui, El Salvador, 1998.
-Rumor de pájaros. (Prólogo de María Cristina Orantes) 1ª. Edición, Editorial Clásicos Roxsil, Santa Tecla, El Salvador, 2002.
-Oscuridad sin fecha. (Prólogo de David Escobar Galindo). 1ª. Edición bilingüe español-euskera.  Imprenta y offset Ricaldone, El Salvador, 2006. ISBN: 99923-78-80-8.
Pie en tierra. 1ª. Edición,  Imprenta y offset Ricaldone, El Salvador, 2007. ISBN: 978-99923-78-95-3.
-Viajar de la ceniza. (Prólogo de María Eugenia Caseiro) 1ª. Edición bilingüe español-francés, por Danièlle Trottier y Valèrie Saint Germain, Imprenta y Offset Ricaldone, El Salvador, 

Otras publicaciones:

Antologías:
-Novísima poesía salvadoreña. Revista Presencia, año III, No.12, 1991.
-Poesía a mano. 1ª. Edición, Editorial Universitaria, Universidad de El Salvador, 1997.
-100 escritores salvadoreños. 1ª. Edición, Editorial Clásicos Roxsil, El Salvador, 1997.
-Antología de una década. 1ª, edición, Casa de la Cultura de Zacatecoluca, CONCULTURA, El Salvador, 1998.
-Antología "Paseo en verso", Editorial Pasos en la Azotea, Querétaro, México, marzo de 2005.
-Canto a un prisionero. (Homenaje a los presos políticos en Turquía. Editorial Poetas Antiimperialistas de América, Ottawa, 2005. ISBN 1-894879-10-4..
- IX y X Antología de la Nueva Poesía Hispanoamericana, 1ª. Edición, Editorial Lord Byron, Perú, 2005.
-Muestra poética, Revista Baquiana, Anuario V, 2003-2004, Miami, Florida, Estados Unidos, 2004.
-Rolando, La vida. Antología poética, San Salvador, El Salvador, julio 2005.
-Poemas sueltos (Revista Generación Abierta, Año 15, No.43 Editada por el poeta Luis Raúl Calvo, Buenos Aires, Argentina, 2006.
- Mínima Antología (Tres poetas salvadoreños), Revista Poda, No.3 Editada en Venezuela por el poeta Ramón Ordaz, 2006.
-Asociación de Escritores de Mérida. III Antología de Poesía, entre Eros y Tánatos. Fondo Cultural "Ramón Palomares", Venezuela, 2006.  ISBN: 980-6679-15-6.


André Cruchaga
In Poesía by Analecta Literaria 



Noción de la extrañeza
Antología (1988-2016) 


SIEMPRE SERÁ LA NOCHE.

Siempre será la noche,
el silencio, cómplice conmigo;
exacta realidad al contacto de mis manos.
La sustancia resquebrajada de mi carne
descalza en las tormentas del silencio.

Estoy lleno del intenso maullido de la historia,
del sentido harapiento que emana;
hiriendo con sus vagones retorcidos
la luz informe del alma
que ya avanzada en su noche,
traga el humo espeso de la vida.

¡Ah, los sangrientos sudores de la vida,
lanzando ráfagas de bocas disfrazadas y enigmáticos insomnios!

Parece que la vida
 ―en su desenvoltura incesante―
sólo produce insoportablemente
cortinas negras
como esas que cuelgan
de las calaveras del infierno absoluto
y del paroxismo dramático de la muerte
que conduce a ese túnel sangrante de la tierra.

Sólo queda, entonces,
―entre la vida cotidiana
de dolientes cenizas―
el silencio y la incertidumbre,
el minuto que adivina, enciende y apaga las esquirlas,
los intensos borbollones de la sangre
y los cirios de múltiples campanadas interiores.



MORIR ENTRE LAS PUPILAS DEL SUEÑO

Morir entre las pupilas del sueño.
Morir de súbito en la memoria
o si se quiere
(como suele decirse)
en cuerpo y alma.
Morir y el hastío de la carne en vilo
como un reposo mudo de manteles
junto a la obstinada
uniformidad del llanto;
rodeado de flores y moscardones trasnochados,
que, ―entre las horas
sórdidas de la noche―
de pudrirán silenciosamente
igual que la carroña de la carne
y los pensamientos.

Morir sin dejar conversaciones,
apenas palabras sin huéspedes, vacías,
inmóviles quizá, definitivamente.
Morir en los huesos de la angustia,
en las aceras nefastas de las estaciones
frente a papeles de eternas pestañas,
en la tierra funeral del extravío
en el sagrado abismo de la epidermis.

Morir en el silencio completo de los vientos
sin que nadie sepa
el hacia dónde finalmente.

Morir en el espejo vacío
de los fusilamientos, en el campo minado, en el bombardeo
sin que nadie sangre los océanos
y la dura cicatriz de los dormidos.

Morir en los hirientes brazos de la guerra
olvidando la íntima esencia:
las brasas del rescoldo humano
como surtidores del enigma humano.
Y el húmedo sueño del orgasmo en las sienes.
1989





METÁFORA DEL HOMBRE

Mientras vivimos nunca registramos
Que ya estamos viviendo.
Juan Gil-Albert

Una sed de zapatos se bebe al mundo; allí donde los ciegos sólo tocan el aire
Y Dios cierra los ojos para verse a sí mismo,
entre una multitud de hijos —los hijos ancestrales
que ya han gastado su palabra
y sólo les queda la suela rota de la zozobra
en un vacío donde las mesas imploran
ganarle al viento
el disfraz suicida de sus clavos,
donde las estrellas oscurecen en las sienes del cielo
y el rocío lo envenenan violentas frazadas de codicia…

¿Qué día nos agrieta la comisura de los labios?
¿Qué sangre derramada no corroe el asfalto?
¿Qué soledad sabe a pan para que los ojos
No se debiliten y la mirada reúna Los colores del arco iris?

Alguien se hiere con el filo de la noche.
El bolsillo sube a las sienes sin lunas;
se vive así, en una zona sin ternura.
Desde el interior acecha el animal del hambre.
Desde el interior del hombre titubea el frío
como un cráter encarcelado por la intemperie.
Los dientes abren cicatrices e historias
con enmohecidos silabarios.
En cada hoja el día desnuda su piel,
oscuras formas toman cuerpo de luz,
un bosque de descalzos se vuelve puño,
piedra, acero y mesa.
Los pájaros muerden la vida desde los árboles:
Tragan el aire con una mirada, serpentean en la lluvia,
nunca pierden el hálito que los respira,
ni el propio vuelo alrededor de sus latidos.

La inseguridad del hombre y su herrumbre llega hasta los altares,
a la blasfemia y a los sótanos de la palabra:
el remolino del pensamiento hace trizas
los espejos del sueño y la forma del fruto
                         
para luego girar hacia la Nada.

Pero los hombres están allí, haciéndose siluetas de una sed hipnótica;
pero los hombres están allí, eco mismo de la miseria
                                                          y el abismo,
sin la  posible llave para abrir la existencia
a otros inventarios de fragante memoria.
Barataria, 2003.




AGENDA DEL ABISMO

Tiempo de canto
                            Sin canto
                           Ni soñado
Con brío de fuego
           Sin luna
Más que la marea aturdida
Del crujir de la tierra

Tan lejos de la vida
Y tan cerca de la sal de las heridas
                Sin respuestas
Más que los huesos fríos
                En los labios del viento

En el fin de los tiempos las palabras

             Lentamente caen
             Ecos de desvelo
             La ola en el mar altisonante
Noche incierta
Sorda
Sombra del azar
Sed de sombras muertas
Heridas de ceniza
                          Sobre el bien
                           Sobre el mal
Sobre la indiferencia

Después de todo
                        Cementerio de las semillas
Cruz llorando en las pupilas
        Delirios de encono
La misma sangre
La mordaza de la bruma
La tripulación de los sueños del hombre
La sal perenne de los eclipses
La sombra de los dioses
                     En oscuros espejos

Vacío el vacío del tiempo
Oscuridad de principio a fin
Siega nocturna de pájaros
El brebaje de la muerte
                        
                    En el rocío
                     Eco del cierzo
Medida solitaria del deseo
                  
                    Por la memoria
Que rastrea las cenizas
Y nos concede las esferas del martirio

               Hueco instrumento

Donde empiezan los errantes agujeros
                De los acantilados

Hoguera que nos deja
Una tranquilidad vacía
De metal enmascarado

Hay mármol perplejo de la luna
Alambique petrificado
En el sigilo de rugosas telarañas
                                   Sueño que no ve
—escoria de mariposas
                Por el fermento del terror—
Sino en las lenguas del cieno
Donde los ojos sin orbitas
                Devoran ansiosos candelabros.




DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS

Creo en la esperanza y el gozo de la carne,
En el surco donde el horizonte germina,
En los ojos profundos de la lluvia
Cuando moja la soledad e impregna el olvido.
Creo en la verdad pese a los peligros:
El asombro me fascina cuando no habla.
Sólo la poesía nacida del alma sangra;
Lo demás son chozas que nadie habita.
Los dolores de parto no me importan;
El poeta ha tenido los suyos en secreto.
Busco lo que soy entre la presencia de espejos:
No conozco poetas sin misterio;
Si los hay,  no he visto los periódicos,
Ni la piedra de la noche donde habitan.
Los versos siempre son pájaros en desbanda:
Montaña de sonidos y cántico de mar.
Si no vuelan, ni se oye el eco  verde
De sus ramas es porque nacieron muertos.
La respiración carece de toda medida;
Pero el brazo de su luz nos ilumina.
El verso libre deshiela todo patetismo;
Su mérito está en no tener esposas.
La poesía no tiene ningún lado.
Ni cuadriláteros, ni octogonales. Es lo que es.
Si alguien la quiere definir: Es agua errante:
Salpica como la espuma del mar y se posa en tu memoria
Con gestos de un conjuro transparente...
Barataria, 2004  



ECO DE LOUIS ARMSTRONG

El viento repite historias al oído:
puertas, relojes, sombras insomnes;
todo arde en tardes de tafetán
y en lenguas de fuego sobre vigas crepitantes.
La memoria se extiende en sus resquicios:
una sola nota de Louis Armstrong
me delata como una bocanada de calcinante sigilo.
¿Qué hay en el horizonte de la nostalgia,
oscura amalgama de metales?
Cuesta abajo un país de difuntos, convocado por cuerpos raídos.
Breve ha sido la transición a la Esperanza:
una hoz de lenguas sirve de mortaja
para cubrir el fardo de hormigas sobre la boca.
2004



DESTINO SIN PATRIA

Árbol fiel de la verdad
frente a la noche,…
Emilio Prados


Se rompió la geografía en lágrimas.

En medio del Universo,
el planeta del hambre se desplaza
con barrotes, neblina, sombras y pavor.

En la escuela me enseñaron que la Patria,
era un río cristalino,
un sendero de anhelos,
un recodo de apacibles montañas;
pero no me explicaron los miedos,
el abismo, el suspiro agonizante del crepúsculo,
las espinas del libre mercado.

La esperanza siempre ha sido un cuerpo sin alma.

Tantas décadas de respirar la miseria,
la publicidad siniestra, la muerte
y la vida como rompeolas, huesos de memoria,
sobre el huracán de la sangre.
Cada día cruzamos un laberinto de banderas transnacionales,
la noche llorando brazos salados,
la ficción atrás de paredes ciegas,
candelabros piadosos en la calle, disfrazados de ternura,
carne de cementerio en el patio de las ventanas
y en los aleros, las almas colgando
junto al santo, sus predicados existenciales.

No me hablaron de la trágica tempestad del grito.
No me hablaron de las vísceras en la memoria,
no me hablaron de la gramática cósmica del jade,
ni de los íntimos, verdes mares del nauta.
Me hablaron de indulgentes espectros con cabellera de sol,
no de la catástrofe de los espejos,
no del cortejo informe de la ceniza.
Me hablaron de hombres zarcos,
no del dolor cobrizo de los esclavos,
no de las ojeras al pie del estío.

Un vaho de ecos siniestros representa la voz.
El lobo acecha, rumorean las pestañas y los dientes.
Mis mayores, todavía levan sus túnicas
de azules albahacas y albas de copal,
por donde los espejos de la luna
ponen su ojo de águila o serpiente.
Pese a la deshora del reloj descompuesto,
todavía me siguen diciendo
que la Patria es una luna de flautas,
cuando sabemos,
que alguien puede matarte en la puerta de tu casa
y seguir el hilo de la calle
con la impunidad menesterosa de la justicia…

Hoy la violencia ha elevado su pulso a ser Dios:
sepulcrales son los ojos frente al candil de la Patria;
llagas venéreas los crepúsculos,
nube de tizne el umbral a la vida,
áspero el nido y macabro el Paraíso…
Barataria, 2004. 



E-MAIL PARA UN POETA

Querido poeta:
con el tiempo uno puede distinguir toda altura;
pero nunca explicar la sombra que encarna el poema.
De nada sirve ganar todos los premios,
y creer que estás inventando la memoria del mundo.
Cada poeta tiene su tiempo y su espacio. Al menos eso creo.
Puedes desgarrar tu alma escribiendo y escribiendo;
pese a ello lo que encuentras en tu prójimo
es esa perpetua lucha de contrarios
que ambos aprendimos de  Heráclito:

el país no te conoce;
puedes llenar las páginas de los periódicos
pero al país le da igual:
la gente no te distingue,
ni por la manera en que vistes,
ni por el trabajo al que resistes con tu palabra.

A menudo se te pide un poema.
O que expliques las fronteras de las ventanas,
pero siempre caes en la orfandad del mundo:
al país le vale un bledo tu comunión errante
con los pañuelos del sueño.
Si es posible te mueres de hambre al hacer este tipo de Patria:
el país te priva con sus ráfagas intrépidas.
Al final terminas siendo un fervoroso poeta provinciano.
Y eso duele. Claro que duele. De esto te doy fe.
El País te ofrece un permanente desamparo:
un río de olvidos y carencias, una permanente purga,
un clímax de poderes donde sólo entran los consagrados,
los heroicos que han sido retratados en los sellos postales,
o los ungidos con las mieles milenarias del abolengo.

Tú sigue escribiendo si ese es tu genuino respiro.
Trata que el pabilo de la emoción no se apague.
Camina. Busca. Persigue tu propia sombra y tus convicciones:
nunca fue fácil jugar en las grandes ligas de los sándalos
y salir ileso de la vida, del miedo y la muerte.

Escribe, poeta, con el fuego de la lluvia:
estoy seguro que el agua reconocerá tu cauce
y sabrás encontrarte y desdecir a los exegetas
                                de las verdades inmutables.
Ya cuando eso pase, vuelto a ti mismo,
verás que el anhelo y la fantasía
no tienen que ser dádiva de nadie.

El buen orfebre se reconoce por su obra.
Eso me lo dijo un crítico a mí cuando comenzaba en estas lides.
Haz bien la tuya con los lienzos de la hoguera.
Haz bien la tuya aunque el mundo te ponga barreras.
De todas maneras no eres el único
al que se le niega una mano o se le ignora
                            o lo cunde la zozobra de la noche.

Funde, poeta, el aliento de los sueños en la palabra.
Haz que la humedad llegue en el aroma del suspiro.
Reescribe, si puedes, en un vaso de agua la vida,
que sólo tú eres tú, como dijo Shakespeare.
Barataria, 2005




CONTRASTES DEL ESPEJO

…fuertes vientos sobre todas las caras de este mundo
Saint-John Perse

Las ciudades y el mundo son más oscuros ahora.
Sólo hay que ver las lágrimas que ruedan o se deslizan
sobre las hojas de los periódicos.
La vida pierde sus palabras cuando se escapa de las manos
de la noche, cuando uno se pregunta quién dirige
tanta brutalidad, cuando huele a panfletos
y las sombras invocan antípodas envejecidas.

¿Qué rincón nos dejará reposar en su follaje?

Todo está hecho de huesos y hogueras calcinadas:
las piedras de la luna caen en la cara,
y ya no habrá pájaros que atisben, ni ramas
con trinos, ni días humeando de lluvia.

Fuertes vientos llenan la cara con tizne:
está oscura la conciencia, las paredes cortan las palabras;
en el espejo se dibujan memorias vacías y alcantarillas,
fogonazos de tierra herida en los ojos,
bocas y recuerdos nutriéndose del horror:
piedras cayendo sobre la oquedad del alma.

Oscuro vértigo donde los labios parecen absurdos
y los zapatos se pierden en la apatía de este tiempo.

Barataria, 2005



REFLEJO DE LA EROSIÓN

Detrás del aliento, también el musgo en migajas,
el cristal fugaz del espíritu, el vado hacia el olvido tan necesario
en el trance del invierno. Tan necesario.
Hurgo qué hay en las habitaciones vacías, en esta euforia sin sentido,
sin nomenclatura: cada respiro se torna albedrío;
cada trance en el costado, ardido goce de pañuelos, emanación
de pálpitos, misterio de la conciencia.
Detrás del desvelo hay titubeos y oscuros tragantes donde el viento
sopla durante las noches,
colillas de aviesas sombras, péndulos de murciélagos con trapecios
de almas cruzando el firmamento,
historias que se pierden como en un manicomio.
Cuando llega el cansancio, las aguas se aquietan en olvidos,
y dejan de fluir, las ventanas duplicadas del élitro,
el vaso de la ansiedad con sus tentativas de vértigo, el aroma denso
y giratorio de los muslos, el cardumen con su levedad transparente.
(Me olvido, pues, de todo o, todo sale a flote: las esquinas
del aire en las puntas del rocío,
el pulso grave del trino, la maroma de la melancolía con sus giratorios
anhelos, el consuelo de alcanzar la Gracia perfecta sin andar descalzo
alrededor de las brasas, sobre el rostro virgen de algún pétalo
esperando en la antesala del fuego.
Después de todo, he aprendido a vivir así: mudo ante el mortis
del jadeo, expectante ante los ruidos que devienen de la noche,
cauteloso antes de entrar al mapamundi de la mesa servida, antes
que la carne pierda su sabor a levadura,
antes que los brazos, solos, se pierdan en el vacío del mantel
de los poros enhiestos de la cópula. Luego, frente a mí, los ojos firmes
de la tortura: la realidad jugando a hundirse en mis sienes.)
Barataria, 18.XI.2005



DIARIO DE UN POETA 

"…la última noche
no ha comenzado aún”.
José Corredor Matheos

En estos escombros he aprendido el dolor,
dolor sin respiro, quizá de hambre,
de inclemencia, de vejamen…
¿Acaso siempre seremos los olvidados,
mientras los otros, dueños de los espejos?
Frente al rompecabezas de las doctrinas,
la ternura se vuelve clandestina
y la carne ilusión óptica de vitrales.

¿Qué dicen las uñas de los relojes?
¿Qué dicen las moscas en su rebeldía de aeroplano?
¿Qué dicen las lecturas de los periódicos carentes de ventanas?
¿Qué dicen las joyerías junto a canastos de verdura?
¿Qué dicen las misas frente a la transparencia  del evangelio?
¿Qué hace el Gobierno con los números de los fideicomisos?

¿Qué proclama la Asamblea Legislativa,
                                secular medusa de las palabras?

¿Qué hace un pájaro mordiendo las piedras?
¿Cuántos orgasmos inventan las luciérnagas?
¿Con cuántos pañuelos se secan las lágrimas?
¿Cuántos ojos hambrientos caben en la intemperie?
¿Acaso los relámpagos no estrujan las sienes?
¿En qué País los apóstoles no son mercenarios?

¿Es difícil ser Ave  Fénix en un País de cenizas?

¿Acaso millones debemos beber el incesto del vómito?
¿Desde cuándo el tiempo no es transitorio?
¿Hasta cuándo la alternancia nos dará su veredicto?

Este País se hizo para dormir junto al grito.

En él respira el ojo obsceno y la blasfemia.

Los hilos del poder levantan muros:
los golpes, agujeros a los sueños.
Témpano se torna el milagro;
el silbido, simple racha del aliento.

Aquí crece el desamor como una espiga.
Los brazos mueren sin envejecer.
La fe no es pozo, sino un turbante
de otros abismos
donde la zarza crece
                                      con astucia de catedral.
Para sentirle “sus manos de lirio”,
hay que verlo al revés. Ahora es fantasma.
Así, encarnado en el destino…

¿Podremos botar su esqueleto?
¿Pueden sus faroles angustiosos darnos luz?

El País duele en las manos de la espina.

El País sangra en las tumbas de su maleza…
Barataria, 2007




LAS CALLES DE SAN SALVADOR

Como hierba de gritos, como en humo
como chubasco tupidísimo
y turbio, en ascensión…
Rubén Bonifaz Nuño

Hoy son así, apretadas de transeúntes. Herméticas por más  que en ellas
transiten ríos de sueños y canastos y sopor de pavimento.
Abruman las aceras con sus ojos ardientes, la brisa no renovada de los pavimentos,
la deriva en los afanes de las bocacalles, los sobresaltos en el laberinto
del sudor, el letargo que confluye como viejos ventanales sin mochetas.
Todo está aquí en estas calles: los gritos, la fatiga, el abandono,
                                                              [la tormenta que envuelve la inminencia;
a menudo dejamos de lado el miedo y el misterio:
—tienen una belleza cruel y un olor envolvente; en las horas crecidas
del reloj los cuchillos nos acompañan con el sudor en la nuca, y el aire
sin monedas en los bolsillos; cazadores anónimos colman
de noche la esperanza en el instante cuan do el sol bebe nuestros poros
o la oscuridad saca sus dientes delatores…

Con el paso del tiempo en ellas se ha perdido la inocencia. Cada vez
son formas extrañas de pequeños bares, prostíbulos y asombros.
El abandono nos contagia con su desconfianza de alcohol y armas blancas;
lejos está caminar sin despegarle los ojos al prójimo, renunciar
al cansancio o a la tregua. En las esquinas, seduce el fuego, la obscenidad
de la carne y no los viejos libros apagados, con destino oscuro
que absorban el antiguo aroma de las sombras y el traje del polvo.

Caminamos para deshacernos de los ojos del extraño. Estas calles
nos confunden por sospechosas, por humanas que sean, por dudosas…
A veces caminamos empapados de docilidad canina; en otras, el aliento
muerde los zapatos a cualquier precio sin renunciar a los escapularios.
El nudo del escombro se vuelve sedienta ceniza, crujido de la afrenta.
La vigilia pasa por la balanza de las espinas, dolorosa unidad del miedo
que despunta en jardines de sal sobre las mejillas…

¿Qué nos dan estas calles pertenecientes a un reino de compulsivas
fantasías? ¿Qué guardan estas calles sin escobas?: Viejas paredes
a la intemperie,  rostros oxidados en los techos del espejo,  en la penumbra
de las caricias sin un manual  de almohadas apacibles,
                                                                          [sin el quebranto de la memoria.
Nada reprocho a los tomates en los tragantes ni a los neumáticos en las aceras.
Esto es parte de la inmensidad de la demografía o de ese enigma que
nos torna balbucientes criaturas, sombras hurgando las sombras
en un laberinto de aguas sin respuestas, en una claridad inadvertida.
Todo es combate en la exactitud de las veinticuatro horas; lo real
es cada vez un reino de saliva, una reverencia al respirar en la incertidumbre.

Arden en el asfalto las rosas intangibles de las palabras íntimas.
Las personas se mueven como piezas de un ajedrez desordenado.
Es un juego contra la claridad cotidiana o el juego es,  precisamente,
volver al día hacia el sonambulismo de la noche
                                                               [con sus dictámenes de ardoroso tacto.
En estas calles de San Salvador se toca a profundad la hondura de la noche.
Aquí el teatro rapta lo inacabable, aquí la severidad
                                                                  [y la fatiga nos despojan de la alegría,
de la proximidad de otro cierzo, de otro hidrante,
                                                              [de otro grifo sin absurdos estruendos…
En las horas peores uno invoca la misericordia…
Barataria, 2007



MUDANZA REVERDECIDA

A la memoria  poeta Heriberto Montano

Nada más que una canción
son estos versos bajo el sol nublado.
Vladimir Maiakovski


Fortificada está hoy la memoria:
principio del país y no cárcel del abismo;
la luz se está haciendo benévola muralla;
el silencio, sólo encarnación de la noche.
—Luz la palabra: Acto mismo,
estrofa de la altura donde cabe el vuelo
                 —la voz del pájaro,
guitarra cruzando, sin desvanecerse, la libertad,
colosal sinfonía —donde dolor y muerte—
símbolo de la vida se concibe,
la flecha del verso y el aire abierto de la historia.
A cada rato se padece el mundo:
el País desnuda los deseos  —anillos
en espiral desvela la Esperanza:
artificio para niños, acaso destellos de un  alba
                                                sin misterio.

Todo es tan fugaz como las corrientes
               invisibles del fuego en el poyetón de la cocina.
El grito en el cuerpo, el tiempo con su afán doloroso,
los espejos —ríos hirientes como el alfabeto
goteando su mar de incendio.
Se nace. ¡Todo nacimiento niega la luz!
¡Toda vida  se niega a sí misma para morir!
¡Muerte y luz afirman el aserrín del arco iris!
Se nace —la cruz pende de las sienes:
el interior libra batallas, corazón abierto
                                   al gris del País.
Ahora será la memoria el paisaje.
Una sóla memoria —no sola— a la vista: transparencia
del cuerpo, mar abierto a nuestros ojos
arrojando al abismo las columnas de fuego
                                                     de la noche.
La cárcel ya no será presencia. Ni salir del País,
el futuro. La poesía tiene vuelo infinito;
la ceniza no es su claustro;
el vértice de cada palabra se vuelve
                                                            inapresable.

Por eso, la mano de Heriberto es verde:
—¡presencia es! Aquí está frente a la luz.
¿Eco? No. —Entraña desgarrada entre la neblina:
—liberada alma en flor—,
frente a la caverna del poder:
                       —sombría raíz del suelo.

Aquí está Heriberto. ¿Está aquí?
¡Aquí está! Habitual y renacido.
Entre sus ojos, la luz. La luz misma de su estro.
No la sombra: —la luz naciendo entre ventanas.
No la oscuridad, el cuerpo de sus pupilas
                                                   reunido
en el césped  de las evocaciones: cristal humano,
acaso, bandera abierta a la victoria…

—Sueño, sin duda, de rojas picaduras…

—Árbol, sin duda, árbol de espesa musculatura.
Barataria, 2007.



LA SANGRE AÚLLA

El cuerpo canta; 
la sangre aúlla; 
la mar murmura;… 
Miguel de Unamuno

Esta voz gime sobre la espuma de los mares; esta voz aúlla al cantar
sin olvidar  los yermos que el tiempo va dejando en la memoria.
Me pierdo aquí en la historia de mis recuerdos —el desencanto es
como el sol sobre las piedras: desvela hasta el más ínfimo vilano,
carcome las luciérnagas y hace del insomnio cementerios de agónicos
cirios. El amor a menudo se llena de ficciones —Y esa ilusoria trama
engaña los sentidos: luego se respiran páramos…
—Tú te lo has llevado todo. La barca de las aguas por una paz de ermitaño;
tanto esperar inútil en los balcones de la respiración, hacer maletas,
sentir que en la distancia sólo hay fosforescencias; pero no, en tus ojos
puros sólo veo un cuerpo que ya no es mío y unos labios cerrados
a mi velero. —Ahora son imágenes únicamente el paraguas de tus cabellos
y las aceras donde caminábamos sin miedo. En vez del relámpago
de pájaros y ventanas, hay rostros con máscaras pululando bajo la lluvia
de nuestras propias mañanas…
De tanta ausencia el amor se fue haciendo espada: —espada cuyo filo
corta el jazmín de los deseos y torna en irreal el magnetismo
de dos voces que el tiempo juntó para edificar persianas transparentes.

Aquí, lo eterno se hizo efímero. —Los monólogos desvelan las cortinas
del silencio; el reloj se vuelve un atroz camino: monótonas horas
ahogadas en fotografías  golpeando en los dientes su estertor de almohada.
La noche se hizo un puñal encendido. En nuestra unión, un hueco,
caballos de dudas y ensortijadas  sombrillas. —Éramos dos almas
en la luz del horizonte: llamas corporales, líquidas pupilas de nuestra
materia, extensos espejos en la unidad de los jardines… —Éramos eso,
y sin embargo, hacia dentro, nada es vida. —La ceniza se convirtió
en suceso, el futuro en rescoldo de la herrumbre: cuerpos curvados del lenguaje.

Lo que fue laboriosa tormenta y cielo con cortinas aladas, hoy sangre
de la noche entre la hojarasca. —El sueño de la armonía amanece roto;
y en los labios y las sábanas muros donde la noche pinta sus mejillas.
—Nada ganamos con estos cuerpos que esperaban ser semillas en el bosque
del horizonte; y en cambio,  perdimos la sed y el incendio del lenguaje.
—Sólo la sombra, inútil, crepita en este pecho agónico. Sólo la sombra.
Morir es fácil de pronto “como talando un árbol de raíz”. Así te llevas, alma,
mis pupilas en una noche sin aleros, en una noche sin fosforescencias.
—También se muere cuando una armónica abre armarios de blues
 y en la oscuridad la memoria pasa frenéticas diapositivas…
—La luz fue entre nosotros, redonda, infinita. Ahora tras la batalla sin tregua,
sólo la noche profunda y sus espectros…
Sólo la noche.
Los espectros.
Girasoles de ceniza.
Frío en la piel.
Cinceles de recuerdos.
Un poema soportando las ansiedades del reloj.
Un jardín estéril con una historia inconclusa.
Barataria, 2007



POSTRIMERÍAS DEL PRESENTE

…Quien sabe toca
su fin…
Vicente Aleixandre


Esta época se transpira por los poros. Las palabras en cambio tienen
un sabor de huesos. A veces fingimos mausoleos en la sangre.
Nos espanta el espejo y el río verde de los pañuelos sobre la cara.
El G20 nos trae sueños sin balcones a la calle: filoso alfabeto mastican
al mediodía, el aire supura desde pulmones artificiales —la lluvia
ácida de los bosques es nuestro destino, el viento cuando se torna
en escombros y las negociaciones que contagian el perfume del aire.
En algún punto de la tierra, tú y yo, saldremos ilesos de la maleza:
no importa que al invocar nuevos tiempos nos quememos las manos,
o guardemos las palabras entre las uñas y comamos hambre sobre las aceras.

Hemos llegado a las postrimerías del presente, desvelando opacas
dentaduras; las potencias del mundo andan entre horizontes
de candiles —los pájaros giran en las llaves de las tumbas: el grito merodea
y desata medidas de ocultas aguas y guarniciones de hambrientas
hormigas. El pan sobre la mesa es un decir diario cuando la cocina
es una catástrofe y los niños tragan el polvo impúdico de las calles.
Se nos vende la Esperanza in articulo mortis; antes ha sido mera aritmética;
antes ha sido una sombrilla en la rutina de la lluvia
y no una lección de cierzo. —Hay en los cónclaves de presidentes
grandes promesas disfrazadas de lágrimas y espinas.
La transición nos baña con leche de pepinos y el despilfarro de banderas
solitarias masticando invisibles continentes, desde donde emergen
mazmorras de semen. En la memoria todavía tiritan
los esparadrapos: hoy me imagino un futuro no diferente a este presente
donde la altura se confunde con el suelo de las telarañas  y sus trapos inútiles.

La luz acaba ubicada en la breña. Es como una película alrededor
de los zapatos: sangran los mendigos en el espejo lanzado a la calle;
—las palabras serias carecen de rostro, mientras la vehemencia se vuelve
mera alegoría al punto de una sequía de absurdos. Cada vez la ternura
en un alborozo de nueces y no ese pozo de aire sin epítetos.

Una y otra vez aquí hacinados en el resuello del mar. El riesgo de buscar
la luz es grande: de pronto el presente puede parecernos una hora muda;
de pronto la aridez en vapores de espinas puede negarnos  el bregar diáfano
y sumirnos en témpanos de precaria clorofila.
Sin embargo los niños no sufren el desvelo, ni saben el designio del fuego
que los envuelve. —Ellos caminan y llenan cuadernos inservibles. Su luz
apenas tiene calor humano y no sajan sus sienes las canículas.
Ellos podrán levantar las palabras y abrir las compuertas de Freud
para masticar de frente los vestigios que hereden de nosotros.
Después de todo habrán de coronar con fantasía este diluvio de miseria
que les dejamos. No tendrán tiempo para la injuria, ni la pornografía,
si acaso para extender los escapularios de los futuros peces
que se les presentes retumbando  entre los estómagos  de una tierra
levantada de los escombros…
Barataria, 2007




UMBRAL DEL FUTURO

Todo esto habló el niño en mi interior, así que lo escribí.
Como si su tumba al cerrarse fuera la sonrisa de la tierra.
Derek Walcott

Confiamos en las ventanas. Confiamos en el horizonte.
El viento pasa respirando otra materia, poseyendo otra forma, otro cuerpo,
otras manos: —pero tú y yo ¿en qué ciudad encontraremos la ilusión
del césped y esa caricia crujiente de ramas junto a la turgencia del alba?
A estas alturas del desorden nadie ignora su caos y la voz de protesta
y quejumbrosa de la calle. Un nuevo orden levanta sigilosamente
los cuerpos, el mercado de los sueños cae también en la Bolsa de valores.
Antes que la luz se haga en los rostros y la ironía calle su olor fermentado,
el estupor empieza a respirar su vaho; mientras el tiempo camina
como un guerrero nocturno, las paredes guardan cada centavo de palabras.

Algo diferente empieza a respirar en el buche de las estrellas.
Estamos de pronto envueltos en un tiempo que necesariamente necesita
de tinajas: aquí descansa una estación para encender luciérnagas
y hacer del nuevo orden planetario una bengala de rostros sin moscas.
Queda exterminada la sordera para darle cabida al consenso de los fósforos
y a las ventanas  y no a los grandes sótanos donde se ahogan las campanas.
No se trata de lavar con los mejores detergentes el mea culpa de quienes
especularon con las tijeras del miedo y dejaron que la noche
desenrollara impunemente su hocico de serpiente por todo el planeta.

Aquí floreció el vinagre en vez del azúcar. Y así se proclamó la democracia.
Ahora la dialéctica parece un delantal sucio y el verdugo tiene
menos filo que los cuchillos y las iglesias menos merodeadores usurpando
el diezmo. —Hay más certezas para ver después de sudar los vidrios
de la noche; pero todavía faltan semanas para aceitar todos los meses
del calendario y vernos sin almádanas tratando de escuchar al otro.
La historia siempre ha desarrollado fuegos artificiales —esa historia donde
no faltan hamacas mesiánicas y magnéticos escondrijos de horizontes.
Uno sabe que hay que respirar sin tregua frente a los millones de manos
que gotean monedas de sal sobre caballos sin solsticios.
Esto es así cuando desde la infancia se han extendido fábulas de miedo
y la embriaguez es una enorme espalda de la urbanidad. —En cada invierno
por venir, el aliento no puede ser sólo el elogio del alma, ni la hora
qmbulante de las hojas sobre los andenes, sino el transito natural
de nuevos rostros en la multitud de diáfanos espejos…

El presente actual es una llave gastada que no abre la entraña de las puertas.
Aunque todavía el fuego parezca inhabitable, hay guitarras sin cactus,
habitando cónclaves auspiciadores. —Este tiempo dejó su olor nauseabundo
por profundas llamas de alelíes; ahora mismo la palabra es una forma
de la fantasía y los racimos de espuma cuelgan solos de los balcones
como gastados peces de la sangre, como una bacinica extasiada de toxinas.
Ahora mismo las membranas de los muros se deshacen: las vajillas se han vuelto sonrisa necesaria y no mero espejismo del tiempo.
—Mientras el imperio cultivó el hambre y tuvo séquitos compungidos,
la memoria fue cultivando sus aperos hasta hacer de los fantasmas,
una catedral de mariposas.
Así lo dicen los zapatos después del trueno.
Así es el fondo del futuro mientras la conciencia derrame sus hilos
y las lámparas aplaudan en la sangre…
Bataraia, 2007



LUGAR DEL FUEGO

Por Jason way o Richland Avenue camino sin traje y sin prendas
fastuosas; me gustan las sombras de ciertas araucarias. Y el agua que brilla
en el asfalto. Las autopistas se abren a mi parpadeo de visitante.
—Sombreros de neblina cubren las sienes mías y las de ella, acostumbrada
ya a ese trajín de las grandes urbes.
(Claro, aquí no es igual al paisaje agreste de Lake Oswego, Eugene o Salem:
La saliva de la niebla ondea en Rose Garden; en Jason way el calor quema
la cara y cuesta leer sin sombrilla);
caminamos por andenes de nostalgia; soñamos la desnudez que nos desvela.
Nuestro afán es de viajeros sin un itinerario preciso: carecemos de agenda,
tampoco nos interesa el desplome de la bolsa de valores,
ni los litigios geopolíticos de las grandes naciones. Preferimos hablar
de cosas más sencillas: de nuestras caricias por ejemplo, de las ventanas
que en sosiego nos permiten ver el horizonte…

En sus manos dejo de ser errante. En sus manos, digo, la orfandad mía
no triunfa y la sangre en el pecho avanza ágil.
Caminamos llenos de sol viendo balcones celestes —nos miramos alejados
de la presencia del reloj; recordamos la celebración de la aurora
en Catherine Everett Park o el Garrison Park: da igual para nuestras sienes
llenas de luz; con sus ojos en los míos me bastan sólo dos.

Ahora no nos importan las fronteras si tenemos el deseo, si la voz viene
sin herrajes por la calle prolongando nuestras puertas hasta el pecho.
En su boca puedo encontrar un cielo jugoso de ventanas. —Ese nido
donde mueren las ausencias y el navío de la sed limpia los ojos. Caminamos.
Recuerdo las mañanas y noches de nieve en las calles de Beaverton:
un frío intenso en la estación del ferrocarril o en los aparcaderos. Parecía
una eternidad el ardor en la piel. Un miserable tiempo en el pecho.
Bajo las ardillas fumaba y fumaba casi con desesperación; entre Marlboro
y nieve transcurrían las lecciones diarias de artes liberales.
Ahora hemos vuelto a recuperar las palpitaciones, los cuerpos dados,
a ese sueño que nos vuelve sutil esfera, en medio de vulnerables
combustiones. Con todo eso la capacidad de los latidos aumenta.
Caminar juntos nos permite no sentir el tiempo: —Un día lo haremos
por las calles de La Habana y junto a las olas del mar Caribe pondremos
nuestros pies desnudos tal como fueron siempre sin zapatos.
Otro día lo haremos sobre la arena de Valparaíso, teniendo por espejo
esa legión de barcos amarrados al Océano Pacífico…
Quizá regresemos a los pájaros con nuestra piel ligera, sin que la fatiga
en los ojos se haga evidente. Quizá aquélla luz, hoy sea luz abierta.

Por Jason way o Richland Avenue caminamos sin más destino que esas
calzadas de nuestro hálito. Storm lake quedó en el recuerdo,la calle Séneca
o el rail road estation lamiendo rieles petrificados,
con su trompa helada, con su impaciente nieve en las ventanas:
 —ahora la vida nuevamente nos enciende de pinos y nos besamos
con las hojas verdes del cuerpo, con el fuego vívido de nuestra propia tierra.
Barataria, 2007



TRAGALUZ DEL RESPIRO

Los cuartos oscuros como todos los cuartos oscuros tienen en su interior,
esa lengua húmeda de las cárceles:  Regazos de aniquilante deshora;
la luz no llega con sus infinitos vilanos, la miseria se precipita; lo hostil,
tampoco la trementina con su olfato de pájaros.  La guadaña se adentra.
Cada cierto tiempo, alisto mi equipaje como si fuese al azar de una guerra:
lo único posible que guarda la memoria —palabras benignas al desnudo
en los tabancos de su propia alacena. —Párpados ciegos peregrinan.
Voy de aquí para allá y, por desgracia, —espolea la oquedad de la noche;
es el mismo sitio: el tragaluz como una pupila diminuta, —derroche vívido.
Las cejas verticales de los barrotes, —eclipse total del desvelo y su asedio;
los zapatos de antes,  gastados por los andenes, —lengua pesada
                                                                                                [de la lágrima—
deformes  como colillas arrugadas, —presencia breve del ansia—
pasadas por la boca de muchos fumadores: —sombra honda en su esencia.

Atisbo las ventanas, —en mi mente, por supuesto— el mar embota de hambre;
supongo que cabe la posibilidad de ver los pájaros,  la orilla de lo deseado,
o una araucaria montada en el lomo de las estribaciones, en un reloj de sal
que  el horizonte permee con azul de desvanecidas banderas —ajado amor
donde la herida dibuja insolencias, oprobios y castraciones…

Hay un par de libros apilados a la par de mis costillas. —Libros de alborozo.
Libros de viajes para no viajar nunca. —Libros donde nace y muere la vida.
Libros de aventura chirriando en su aceite de frenéticas fucsinas,
nómadas destellos de caótico estibor, — campanas de yerto quebranto,
espolones de babor escribiendo sobre la salmuera de las aguas,
búhos comiéndose la noche, la lluvia pálida sobre la espuma;
costumbre de lavar el rostro entre la hojarasca.
Esto es, a solas, la vastedad de la vida. —El propio frío del día y su oficio.
Vastedad de vapores en medio de la mudanza, —muebles para el cuerpo
y los gusanos, espejos manchados, desfigurados por la noche: fuego
                                                                                                     [de la ceniza,
universo en fuga girando en la entraña del grito, —en la forma ruina del ser,
en el miedo de los ojos, mordiendo lejanas lámparas de alegría…

Aquí, hacia dónde me lleva el alambre de los sueños. —¿Sueños?
Quién me llama o espera con este hastío de crepúsculos: —sin su espejo,
casa mía torcida por la noche, —casa donde no estoy a flote, ni seguro;
sombra que andando, despide ávidas lenguas de relojes…
Quién me llama o espera, fuera de este cierzo oscuro. —Oscuro trajinar
                                                                                                            [del alma.
Quién me llama o espera,  fuera de estos cirios. —Cirios de alevoso olfato.
Quién me llama o espera,  sobre las sílabas de la hierba. —Hierba sepia.
Quién me llama o espera,  sin esconder la música del viento.
                                                                                              [—Viento a cuestas.
Quién me llama o espera,  fuera del tejado de la tristeza. —Necesaria fosa.
Quien me llama o espera, hoy, con gajos de alegría. —Alegría sin aliento.
Quién me llama o espera,  sobre la leche derretida de la luna. 
Quién me llama o espera,  quitada la maleza de los brazos. —Brazos endebles.
Quién me llama o espera,  en el patio de los alelíes. —Alelíes sin indigencia.
Quien me llama o espera,  con el cántaro fresco de las pupilas.
Quien me llama o espera, —con afable semblante de poema y arco iris.
Quién me llama o espera, sencillamente, con el suave seno de lo humano,
con el palpitar propio de la vida,
                                             —vida y pálpito en el fluir diáfano de las pupilas…
Barataria, 2008.



DESARRAIGO 

Los espejos agonizan en sus piedras transparentes. Oscuro dormitorio
lamiendo las llagas que las serpientes de la angustia han hecho en la garganta:
—una y otra vez despierto en  medio de la oscuridad con tus cabellos,
esperando que la sed haga venir la ternura y el cuerpo encuentre
la ternura ahí donde las pupilas juegan claramente a la sonrisa.
¡Qué páramo de río recibo con furia y grito! —¿Qué vena desangró su útero
que el asombro sencillo de la vida se tornó feroz ángel de la muerte.
Muerte es hoy este viento gris de la noche. Todos los sentidos
                                                                                      [perdieron su fragancia:
hoy es otra voluntad  la del aprendizaje en la deshora de la avaricia.

Ya no sé si en esta tarde de la herida o noche del desapego, eres la misma
que creció conmigo galopando incesantemente en mi conciencia.
Ahora el tiempo nos abrasa con otros alientos y junto al frío líquido del alma,
cobijo el desamparo con mis manos de fallido gozo. A fin de cuentas,
siempre sentí un resuello que no era de gozo, sino de naufragio y tiniebla:
—uno se aferra, sin embargo, a creer en la inmensidad; pero ella no existe.
No hay humanidad sin que la materia sea duradera
                                                         [y el espíritu goce el sosiego necesario.

Hoy me dueles en la niebla de mis sentidos —dueles en mi fe de náufrago.
Entre este sabor de saladas cenizas, dueles en mi tiesa mirada de cadáver.
A veces el huracán de los perros me despierta o cuando el calendario
                                                                       [gime en largas trenzas de la luna;
y paso así,  lamiendo mi propio esqueleto con un olor a cementerio…
De nada me sirvió el invierno de la perseverancia, ni la fidelidad sentada
de parapléjico para aquietar el jardín de las abejas…
¿Quién nos condujo hacia este desfiladero de olvido y sombras y gemidos?
En lo infinito y pleno del día quizá nunca encontramos la simetría de la luz
de un universo que por fuerza hay que ir construyendo con el aplomo
de la sangre. —fue todo lo contrario: la ráfaga súbita, la soledad destructora
angostando lo que bien pudo ser cierzo y terreno de prodigioso adobe.

Las palabras se te han vuelto eriales y los ojos de enojo indescifrable.
Huyes del cierzo y te robas la luz y también los sueños y el camino trazado.
¡Qué soledad, aquí, dentro de mi mundo! ¡Qué aguas sin andar, absortas,
a deshora por las venas de mi amanecida historia —amanecida digo,
porque sin esperarla puso su salmuera en el tapete de la mañana:
lo que fue calor y color humano, hoy apresurada niebla de vacíos, pupila
rota del día, sombra abisal y un espejo de acantilados…

Todo fue fugaz como un tornado arrancado de la carne.
                                                                  [Todo fue dolor desde la luz primera.
Y resistimos como catedral mientras pudimos, pero pudo más la delgadez
del entusiasmo y los matorrales a esa delicia de seguir juntos caminando
por el sendero de la esperanza, aún a sabiendas el camino no sólo tiene
murmullos, sino piedras que incesantemente cierran el paso.

Y ahora pues, entre mis sábanas, el delirio de la sombra
y la lluvia que cae sin ternura en la noche, la soledad que se prolonga
hasta ser mi propia lápida…
Barataria, 2008



MEDIANOCHE DEL MAR

Ahí en la medianoche del mar, todos los imposibles,  todos los tiempos:
 dios suplicante en las olas  de mi pensamiento, la carne
 mordida a dentelladas,  el acecho amordazando en el sueño.
El tiempo nos devora a cada tropiezo,  madura en el aliento;
en lo oscuro, sobre la arena, la necesidad de ver  los manteles
 del día, no el bosque de este dolor  mordiendo los talones;
 a veces la soledad  se cuelga de mis pies sin zapatos:
 —esa soledad  de lo artificial que rasga mis manos, mi cuerpo
y cuanto en ella el bosque de la luz, húmedo, juega a las cadenas.

¿Vendrá la luz, acaso, con su inocente llave?  ¿Saldré de estas
 ausencias con herrumbre  después de atravesar los verbos quemados:
—la caricia, el amor, los labios cálidos de la alegría,  la respiración
 de la armonía compartida?  Ahí las alas a la espera, el pecho
como un mar airoso, el amor indecible en el aliento…
Mientras habito este litoral de mis sueños,   me he internado en la noche
 de mis ojos, en la sed del desvelo, en la corteza amarga  de tanto camino
 que en su savia de panales crece, —crece como un dardo en la sed
de las semillas, en esta profunda fuerza de mi herida.

Como una descarga de ametralladoras caen  las sombrillas en la noche.
 —Imágenes de irreales  jazmines aturden mi paisaje: persianas
de oscuro sabor, siniestros caballos de nostalgia  en el viento, espejos
 suplicantes de postales  sin reivindicación alguna, allí donde nos han dicho
que se encuentra el Paraíso y éste sabe a poluciones  crepitantes,
 a inviernos rasgando la alegría  de los genitales, ardiente arquero
sobre lunas horizontales, sino de los rezos adánicos…

Pero no, la medianoche chorrea sangre  en sus botas de combate.
 —en ella hasta los cabellos  claros se ahogan en su esférico horizonte;
insomne es el último viento que murmura  en las palabras, oscura
 la lengua donde hubo  aliento; lento, este cielo de la agonía…
Cuando la humedad de las hormigas se aleja,  cuando no duelen las sienes,
 la historia se rehace  en los muelles de las pupilas; relampaguea
la memoria, la escarcha dicta su estricto  escote de transeúnte.
 Noche y día y sombras  combaten en el cedro de mi sangre.—Noches,
día y sombras chorrean en el alambique  de su propio grito
 como un mar estrujando  los párpados, como una habitación donde
el hollín ha bebido la transparencia del zodíaco…

Medianoche del mar en las aguas. Media noche  la llama adusta del asedio
tras un fondo de cortinas,
al fondo vacío de los rostros, al fondo
donde el alma se disuelve ciega de tanto  peregrinar allí en los lienzos
de su propia palpitación, honda noche en la cara  y la piel, acaso
otro planeta donde la incertidumbre  se ha vuelto un jinete de espejos,
y el arcano una silueta del alba…

Ahí la medianoche del mar y todos sus imposibles,  solo ahí  con el despojo
 en medio de las pupilas…
Barataria, 2008



ETHOS

Venid a la luz del día,
non traigáis gran compañía
Marqués de Santillana

Aquí la luz imprescindible de los sueños ardiendo en su laberinto.
Luz donde el ángel de lo blanco escribe en papel su liviana curva
misteriosa —Sombra de la luz reservada al cortejo; brilla en su típica sombra
sobre la sima incesante de la voz. Los vientos mojan las raíces
ahí donde las estrellas del sino anuncian constelaciones apretadas.
Los labios pronuncian toda esta luz de mi universo —del universo
entero que gravita en el cuerpo y en el alma. De otro modo sería
un túnel de seres a la deriva, quizá un mar de silencios fijos,
enmohecidos páramos donde sólo tiene cabida la nada,
bocas arrebatadas de la hoguera.
En cada piedra hay una  diadema suprema de cierzo, en cada carne
sueños mordidos —sueños a punto de ser sueños: seminales  días de siembra.

A la noche la bañan caracoles secretos de un río profundo de anhelos.
De sur a norte lanza olas de saliva sobre su cordaje.
Hilo a hilo los peces abrazan los luceros; el torrente toca
los corales bañados por el galope, las arenas movedizas de las alas.
El mar de colores desatado en la cornisa de las olas sólo posible
en la noche de mil espadas, sólo posible en las sienes de la tormenta,
o en las celestiales mortajas de los ojos, descalzas,  
                                                                     [caminando sobre el firmamento.
Nunca faltó en los escapularios la transparencia del jade o el jade
mordiendo los ecos ancestrales de las sombras, el rumbo del viento,
los pájaros perdidos en la memoria del rayo, —desvelado hervor
bullendo hacia el oleaje blanco de la espuma, sombra haciéndose aurora
como manda la sal en los antiguos verdores del regazo.

Olvido y noches habitan mis sábanas. —Pero es que así fue siempre:
y no hubo lecho ni rocío en la piedra que ocultó mi presencia.
El bosque sólo fue la rama desnuda del sueño: —insomnio, desvelo,
me internaron en su luna de libros, en sus cabellos de estertor agonizante.
Fue como descender al sueño lúcido de la llaga, al mediodía quemante,
a la raíz de la cueva donde toda salida tenía desfiladeros profundos.
Ahí el latido abrazó las piedras consumiendo la furia del tiempo;
su filo apartó las sombras de las aguas hasta avanzar hacia la trinchera
de los colores: el arco iris negado al viento, el sigilo  arrebatado a las horas,
la piel impecable de la luz en las manos…

Largo tiempo estuvo el corazón bañado en ceniza. Fue el viento
quien desveló la humedad de mi boca, fue el miedo la trementina
que abrió la entraña y el cielo y dio paso a las escaleras de las ventanas
para salvar palabra y sueño  y amanecer empinado frente al destello.
Aquel reino mojó mis pies. Lavó con campanas mis sienes. Ahí cavé
en cada hoja de mi pecho y la ceniza se espació como los mares…
Barataria, 2008



CAVERNA

¡Me ahogan estas cosas,
me matan de dolor estas escenas!
José María Gabriel y Galán

Avancé solo hacia la lluvia escribiendo cartas de espesa neblina,
bajo la noche nadie hablaba conmigo, salvo la misma noche
con tazas de prolongados bostezos, salvo la misma lluvia
zarandeándome los sueños entre glosas y epitafios y lamentos.
En este afán de viajes inconclusos, he ido perdiendo los segundos
de mis días y este silencio, —de siglos, de ferrocarriles, se ha hecho
salvaje e inhumano, eterna lengua sin zapatos, historia oscura.
Entonces, la historia me hizo más confuso, las máscaras patrióticas,
el sinfín de los relámpagos en las vocales de los periódicos.
Los ataúdes de cansada vida parecen detonar catedrales sin
renunciar a los albañales del día y a las ingles de los sombreros.
No faltan calles que acompañen esta congelada flor del abandono
y la deshora de la lágrima que turba como el calendario.
No faltan ventanas donde concluyan las miradas, ni ojales
para perderse en el borde  de las líneas de un país inconcluso.

Sobre los espejos he llorado algunos siglos. Todavía Dios supura
en la sal de las olas, en el tórrido folclor de los domingos,
en el futuro de esta hambruna —infatigable maquinaria del caos.
Después de noches incesantes, la noche sigue con sus cabellos oscuros,
con su toalla mordiendo al prójimo, con su vieja moneda de póker.
La deshora se aproxima en mis sienes. Y, pese a ello, guardo
todavía cartas para enviárselas a esa ración del calendario,
a ese tragaluz inventado en mi caverna, a esos barcos que se hunden
en el horizonte dejando las aguas dispersas de las olas…

(Hacia qué huesos ensaya mi cabeza su temperatura, hacia qué
machacadas hierbas, el aliento empuja las bocas, y la sombra
de los aserraderos disuelve el espanto de la madera y el olor
a trozos de abejas y a horas de sufridos golpes, hacia qué trocitos
de pájaros, las tablas de multiplicar se vuelven instrumentos
necesarios para sacar  los baúles de culpa debajo del silencio.)
En mis propias cavilaciones zumban los analgésicos su hidrocefalia.
En algún lugar remoto,  las cartas seguramente tienen  alguna perennidad
más allá de los martillazos del consciente y no son muecas del delirio,
como este escribir, hambriento, solo y con una morgue a cuestas.
Ahora los murciélagos del calendario se amontonan en mis sienes.
Ahora entre barricadas de basura, la esperanza inventa inviernos
para lavar el diccionario y reemplazar los muros por ventanas.

Ahora mis seres queridos devalúan la claridad de las lágrimas.
Es decir, mi destierro en la misma tierra, rodeado de adoquines,
asfalto y puertas.  Quizá merezca mi carne todos los reproches,
quizá deba buscar en los armarios el rostro de antes, y el oficio
de hablar con las paredes, dispersarme en las   pupilas
de tantos ojos, lavar secretamente la memoria de mi travesía
y decir un adiós rotundo a este magma donde los colores
se arremolinan para hacer de la boca un aliento de flemas
o simplemente, una sombra donde cielo y tierra se juntan.
Barataria, 2008.



LA PALABRA 

Antes no tuve tiempo para contemplarla —primero desenterré la Esperanza.
Mordí las piedras y la madera y el olvido —ayuné y después tuve pan.
Desde las sábanas presentí su preñez —fue desde el origen del arco iris
 mi propio talismán: vertical mapa y sonido.

Desde la vocación de mi madre 
—del territorio del alfabeto soy visitante: hay noches y días
                                                                                      [y mojada trementina.
Mi primer palabra fue mamá —era mi pasaporte hacia el mundo,
                                                                                                  [lluvia y caricia.
Entonces, cada palabra tenía inofensivos caracoles —territorio de ámbar
y porcelana intacta, lunas de maíz resplandeciente.
En la arena aprendí a escribir el abecedario —luego, la sal del mar formó
con su altar de espuma una plantación de huellas de delirante memoria.
Ahora después de tantos años  —años de porfiado tiempo y canícula,
el hombre la desviste en su cuaderno y combate al País con cada sílaba
                                                                                                        de su ternura.

De la vocal a la palabra —llama entre mis manos, sol en las pupilas,
pequeños relámpagos tirando hojas a las sienes —seno contenido en el cuerpo.
Luz al fin desde el comienzo —tea donde los pájaros andan descalzos.
Puerta de la entraña al alma —remos entreabiertos en el camino, guitarras
en vigilia, en el regazo hondo del suspiro —28 campanadas y amanece.
Hacia lo lejos el tranvía del firmamento  ―el día bebe la luz de la noche.
En las calles los libros como pájaros —innumerable expresión de la lluvia
en los labios. Aquella que salpica desde los neumáticos hasta las fotografías.

A veces la increpo en mi desesperanza —íntima zona vista en espejos.
Entre la tierra y el cielo del sueño —el pensamiento brilla
                                                                                   [contra las abominaciones.

La luna silba con un lápiz en las entrañas —savia de  hormigas bebe el viento.
Atrios de musgo sobre los tejados —la noche  en su vaho como mendigo.

“Cuando el tiempo las haya consumido” —la libertad ya no será tiniebla,
ni laberinto la cruz, amenazando al mundo; ni sombra, sino obra de luz.
Ella da vida al cuerpo, casa del designio —antorcha presidiendo los sueños.
Desgarradora en sus heridas, hiriente en sus tildes — honda entraña
                                                                                                     [de la espesura.
Monótona en el vacío —antorcha ahora de la tierra, antes barro en la faena.
Lágrima a veces rodando en las manos —lágrima muda en la lengua.
Es pura y es cruel en las pupilas —la brisa la recrea y se embriaga
                                                                                                  [para el barbecho.
Toda palabra es un río acechante —la lengua desborda su cauce.
Aprendiz soy de su aserradero —los límites los pone la oscuridad o claridad
        del día, el mirar sin fondo cierto, los zapatos y banderas frente
                                                                                        a la torre del horizonte.

En la comunión del mundo florece —se hizo verbo cuando halló un lugar
para vivir: cuando las hojas de la noche dejaron de alimentar la oscuridad.
La palabra es la otra cara de los trenes —infinitos rieles sostienen su canto.
La palabra es el otro lado del bisturí —otra forma parecida a la hoguera.
Es otra forma de la fiebre y la locura —otra manera de hacer volar los pájaros
desde su nido hasta aquello que trepa a las formas de lo indecible.
La palabra anuncia ventanas y campanas —es la luz misma descarnada.
En el tacto se hace carne, nombra, despierta —es tal vez Diógenes haciendo
el camino, un río andando entre los trompos de las rocas. 
Barataria, 2008.



MONÓLOGO EN LA NIEVE DEL MOUNT HOOD

A Jane Glazer, poeta oregoniense,
por compartir su lectura poética conmigo.

Aquí como una réplica de la blancura, todos los pensamientos son blancos.
El aleteo de los pinos es fiel a este aroma del bosque, quizá por haberse
convertido en un jardín esencial en las cornisas del aliento: aquí es palpable
estar vivo pues el día camina sin fronteras, salvo la niebla espesa
y la transparencia afable de la nieve que cubre las pupilas.
Desde Lake Oswego los jardines son cautivantes: Multnomah County,
el clásico Timberline Lodge, The Historic Columbia River Highway,
—amarrados van mis pensamientos a este vivir entre las aguas
del Willamette River: aquí la memoria la sostienen los caminos cristalinos.
Ahora juego a olvidar las palabras del olvido y lo sombrío.
En Beaverton o Hillsboro,  o Wilsonville, o Tigard , o Sherwood: las calles
me empapan la garganta y no le pido al tiempo más explicaciones.

De la Faculty house camino directo a Shoen library para platicar, en cierto
modo, con las ardillas; en  Clark Commons está la Bookstore. Buscando
bosques me he encontrado con una antología poética de Rafael Alberti.
Es una rareza dentro de la Streff Gallery. —¿Qué hace un poeta español entre
los maples y las esculturas que agitan el espacio duro de las nueces?
Pero me ha servido mucho su poesía en las horas que odian al mediodía.
De repente me duelen los huesos de tanta presencia suya: —no me acompaña
en mis caminatas ni  sobre el césped, ni mucho menos a la hora
en que decido caminar entre los abetos para ver desestiritar el césped.

Al final de cada jornada abro las ventanas para que entre el viento frío
de los cuervos —confieso que me encantan sus gotas de trino: despeñan
las palabras con su plumaje nocturno —de otro modo, quizá no me gustaría
escuchar su voz en la eternidad de estos grises.
Un día después de clases se nos ocurre leer poesía con Jane Glazer:
(—así, la soledad que me das se me disipa; la baranda de la nieve nos deja
la piel de río. —¿Existes o no poesía —me digo— después de sacudir el libro
que ando entre mis manos que ya no es de Rafael Alberti, sino el de mis
respiros —ese que la angustia arrebató al olvido borroso de tus brazos.)

La llave de mi ansiedad cede a la libertad de Salem: imagen de mi sombra
en los cristales. Enfrente del Capitolio el fragor del agua; el cántaro
de tu alma cerrado a este caminar solo en los andenes. A ratos veo los ojos
en los cuadernos de mi esperanza, en esa herida que mana huracanes.
Después de un fin de semana de andar en las montañas y hacer nuestro campground  en pleno invierno he vuelto a Marylhurts, a la Faculty house:
aquí me espera la inexplicable ternura del alfabeto y las puertas
que al abrirse dan al incendio —con cierta terquedad— de la nieve.
En el aula de clases —Ann Chapel, se llama—me despierta el Portland Head Lighthouse: en esta orilla del Pacífico se abren tus poros y los labios
del viento que ríen  frente a mis ojos. Absorto, sobre el cuaderno en blanco,
veo las gaviotas y la arena verbal de tus poros y la inexpresable mariposa
de tu cabellera abierta a las riberas del océano.
Terminan las clases del día y sólo veo mis manos abarcándote en el claustro
de la página sin ninguna caligrafía…
Barataria, 2008




MUNDO CON JUGUETES MORTALES

Si una parte del mundo se debate en la muerte,
¿qué hace el resto para detener la sangre —esa
precisamente que salta a borbollones tras las bombas,
los misiles, los tanques, los fusiles?
No puede haber esperanza con disfraces, ni treguas
cuando la tormenta dibuja codicias y la lágrima
reluce en la niebla y el horizonte  es pálida herida.
Entre noche y día, a diario hay muerte, hay terror,
la humanidad gira en abismo de gargantas;
el viento se abre al gris del dolor y al ciprés del llanto.
El luto camina sin descanso, duros relámpagos
cercenan los ojos de la brisa, lo inhumano
se ha apropiado de la vida como un voraz cuervo.
Nuestro mundo juega con juguetes mortales:
de pronto el grito ladra en la boca de los cañones.
Ahora mismo hay ciudades que humean
con nubarrones de ceniza. Ciudades enteras
que tienen de trinchera la angustia o niños ahogados
en llanto y zanjas de sangre donde el cielo se apaga.
Ahora mismo este siglo canta a las cruces
y glorifica los cañones y no los balcones cristalinos
de la paz. Ahora mismo CNN, BBC, TVE24 horas,
nos salpican con ese desierto sin sombreros,
en cuyo aliento se anuncia la luz disfrazada de muerte
y el espeso remedo de la flama oscura.
No es un juego ver cuando caen los edificios,
ni gratificante el cielo de infrarrojos para asaltar
la pupila indefensa que busca abrir las aguas
y así  resguardar la vida. Es un caminar sin respiro
este mundo de brasas: “las bombas agujerean
los días” y también, el desvelo indefinible, —ramas
de saliva sin pañuelos audibles entre la ráfaga
que rasga y soterra el buen presagio.
Ninguna razón, —¿Ninguna razón, digo—?
Justifica la sal monocorde de la guerra, mucho
menos hacer del aliento una gota quemada de trenes
u otro rehén de agónicas flautas. Nada puede
justificar la oquedad de estos juegos mortales
en los que se desviste la vida para calmar la sed
y ciertos determinismos tan falaces como el progreso
en cadenas, o una almohada de cascajos o el sueño
entre harapos cuando este es carnada para
la combustión del fuego. Entre las sábanas mojadas
de una humanidad agónica, entre ese remedo
de la vida, la harina se disfraza de pólvora;
la incoherencia de los embudos  desangra todos
los caminos: —los últimos reductos crujen en los poros,
ese Mar Muerto de hoguera, luciérnaga de ceniza,
es la respiración envejecida del horizonte.
Esa franja de Gaza sin receso,  es simplemente,
la lengua donde se enredan los cartílagos del ala,
o el surco donde el “Arcángel a caballo”, hará
del llanto y la agonía, un trasiego de hostias
sobre el nido verde de las luciérnagas…
Barataria, 2008



LOS ELEMENTOS DEL DÍA

Cuando las lluvias arrecian, los perros nadan sobre las aguas.
Las calles sirven de bañera, en lugar del crimen los  zapatos en los hidrantes
disuelven el semen, los emails se atascan
                                                              pálidos ataúdes vuelan como sombreros,
albañales de una catedral reconstruida varias veces con sedantes
para el insomnio.
                     En el verano hacen falta las lágrimas del invierno, se olvidan
los cinturones y se camina a pie sobre los espejos para venerar las estatuas.
Si no se muere en los desmantelados cofres del día, le toca a uno, después,
caminar de rodillas como un viudo invocando las glándulas de Darwin.
Nadie está ileso del folclor de nuestras leyes, de los tahúres
                               o la complicidad que se gesta en habitaciones oscuras
con o sin armas, Coca cola o una limonada. Está prohibido ver los grises
del horizonte: Hay que apagar la luz para ver sólo lo oscuro, las películas
                                                                                                            [de horror
o de vez en cuando un sordo mordiéndose la lengua al momento de orinar
alfileres e invocar, de repente tras bostezos,  puertas sin cerrojos.

He visto como en los peores tiempos de la guerra,  degollar niños azules:
algunos dicen que esta barba del subdesarrollo no tiene descuentos,
ni tarjetas de crédito para emprender cruzadas a favor de la humanidad.
Ya no hay patíbulos como los usados en el far  west, pero la horca nos mira
como un taxímetro colocado en todas las calles donde los transeúntes
                      leen su propia anulación en los clasificados de los periódicos.
He de suponer que la vida es una cuestión pasada de moda. Los huesos
nos abrazan con sus hilos de teléfono, los caballos no ríen con guerreros,
ni los velorios son buena costumbre para legitimar las penas o la fatiga
de estar entre tanta palabrería junto a la suciedad de puentes y ríos.
No se pueden mandar cartas a las generaciones venideras,
Mucho menos depositarles el aliento a través de giros bancarios, ni acariciar
                                        una novia con zapatos blancos ni morder los verdes
de su pubis hecho de relinchos y temperaturas galopantes…

Entiendo que los monumentos sufren de anorexia y que los escombros son
esa infancia perdida cuando se llora el sacrificio desenfrenadamente.
Entre nosotros el reloj se harta con su rutina, también el humanismo
de las chicas que gimen por un dólar, dos, tres…
                                 Y de vez en cuando apoyan sus lágrimas en los pájaros
que adornan su retrete.  Pesa la certidumbre de lo incierto en estos días:
y la ternura, qué sarampión la corroe en su piel de papel china?
Y el amor, en qué intemperie la lamen nómadas zopilotes y lo patean
cascos de alevosa ceniza?
                             Uno no sabe adónde irá la luz de los gladiolos ni los pájaros
cuyos sesos sirven de almohada y se secan con los sueños;
las muchachas qué guardarán para el mañana cuando las faldas
tienen equivocada ternura
                                            y los sábados se gastan en descuidadas costumbres.
El jabón no sirve para estas cavilaciones. Sucede que con él no se quitan
los dolores de estar aquí cernidos por la  tempestad de analgésicos,
ni la filosofía ni la teología curan
                                       la hidrocefálica sabiduría que muerde como las vacas
flacas de las predicciones bíblicas…
Barataria, 2008




LOS ELEMENTOS DE LA NOCHE

en medio del descenso, y a través de la venda
de lo nocturno veo lo que esconde la lumbre;
Roberto Manzano Díaz

Alguna noche mordida por la luz será epidermis tirada en las pupilas.
Agónico, entre el mosquitero, los dientes muerden luciérnagas:
                   —escupitajos húmedos trabados en las mochetas de las ventanas.
Salen mariposas como olvidados carbones en tabancos de hollín,
entran bocanadas de oscuridad, perenne cuerpo de roca sin que la horaden
los martillazos del pulso y los idólatras sordos que pervierten el tiempo.
La noche es la palabra más oscura del alfabeto, vitral donde los colores
se hacen tangibles en las pupilas, la creación se hizo sobre los caballos
de siete arco iris, el poema se hizo allí en ese universo de misterio.
Nada fue sin la gracia del vacío móvil. Nada es sin la lucidez de los sentidos,
porfiados a descubrir en la conciencia el oleaje nocturno de la existencia.

Salvo que la miopía rompa los cristales, uno puede perderse en su pabilo.
Pero no, uno se desnuda sin devaluar los violines de los pájaros;
los gatos saben ocupar los tejados sin que la policía les acumule esquelas,
otros animales besan adoquines o deslenguan piojos de los tabancos.
En los velorios la crueldad de la luz ya no importa. Es innecesaria cuando
soñamos con desmesura: allí se hace la duda y los dientes que la mastican.
Me doy cuenta que el tacto habla y se vuelven humanas las profecías.
La hojarasca de la noche sirve de espejo. Inunda la memoria con su traje
de sombra y silencio. Sonidos dibujan tazas de sueños, sonidos como un tren
que  base  acercando a los poros, a las sienes y al delirio del hambre.

Tiene ahora la noche su don de lámpara. Su laberinto nombra lo invisible.
Puerta a la muerte, con sus bodegas de criptas…
Nada es igual después de la palabra, de su lámina hurgando en el agua.
De las tantas muertes clavadas en el aliento gestando otro vuelo en el aluminio
de las alturas,  en el paraíso sin pan de los viejos profetas.

Mientras el día pierde dientes en la espera, la noche me alumbra.
Resplandece, sin embargo, la esperanza en la piel perceptible del umbral.
Ella habita el vértigo del cierzo y la profunda memoria del crepúsculo.
No es razonable, pero sus párpados recuperan el sentido que tiene la ausencia
en las venas, el labio desierto o la lágrima en su propia sombra.
Cavilan los eucaliptos en el silbido hondo del regazo, la luna baja
                           sobre pétalos rizados: la entraña es noche del alba,
—cuerpo donde el mar converge, interminable con el cielo y el barro
 de las nubes.  Detrás de la luz agazapada en la noche, el corazón
y la vigilia y sus miedos. Las manos hacia dentro como herida desangrada.            
¿Qué tiene de diferente la noche liberada en el alma
y la luz que en el vuelo diario corroe su sintaxis? Hiriente es sin duda la luz,
pero lo es más la noche que inquisitiva, abre la vigilia sin fronteras
                                       hasta tocar el fondo encendido de la vida…
Barataria, 2008




PÁJAROS

Lentos pájaros levantan las pestañas
sobre el horizonte tendido en mis ojos.
La lengua de los árboles lame el cierzo:
el cielo desciende como un brazo envuelto
en sábanas de sutiles cabelleras.
El tiempo se volvió rostro de arco iris,
temblor de pupilas, conmovido corazón
en los sentidos. De aquí allá, los pájaros,
suspiran en el río de mis venas; arden
en el torrente, en el pergamino de miel
de tus poros, en el cielo de los barcos
cuando sonríen al ritmo de la ola.
—Nunca dejaré de pensar en tu navío;
jamás habrá otro brío en mis raíces:
sueño mordido por el tropel de ciclones,
revivo en la tormenta de tus pájaros.
—Siempre iré al relieve de tu cuerpo:
ahí en los encajes de las begonias,
y los retoños de las buganvillas, el sol,
la mirra del aliento como un mar de cierzo.
El verano deshoja el río de los labios;
torna en sequía el rumor de las campanas:
uno y otro en el nido, las manos siempre
sobre el júbilo de sabernos vivos…
—En el caballo del suspiro, los tropeles,
las vestimentas desplomadas en el suelo:
rostros en la hora de la sonrisa, almas
oliendo la centella del mediodía…
Sobre el dintel del crepúsculo, los rostros
—el tuyo, el mío— sosteniendo la alígera
ciudad del alma. Mordiendo la red del regocijo.
Sorprende que del ala se hagan largos
cabellos —montañas de alas, desnudas
tentaciones del pálpito, maduras aguas
levantándose de los muslos hasta
los calcañales para luego retornar a las sienes
y liberarse en los granos de las palabras.
Intactos, al final, se alza el vuelo:
el recuerdo siempre vuelve y despierta
los paréntesis del minuto, y nos lleva
a un puente de silencios inabarcables.
En la ventana, los dedos del destello,
los ojos sumergidos en cada instantánea,
la sombra insomne, despierta del viento,
la ceniza habituada de lo vivido…
Barataria, 2009




GIRASOLES CON SOMBRA DE CADÁVERES

…He sobrevivido suficiente
como para recordar desde lejos.
Wislawa Szymborska

Girasoles alzando su sombra a los cadáveres. A las mariposas
enredadas en las pupilas como esos cordeles del arco iris que
inusitadamente se extienden en la  escalera en el horizonte.
Ambiguos se vuelven en la palabra oscura de la noche, yacen
atravesando cementerios urgentes, mundo donde ahoga
el insomnio, pacientes trenes con vagones de abejas —sombras
sobre el óxido de los dormitorios. (Nunca los he visto de otro
modo, sino cuando los párpados de la noche se rinden,
cuando lo oscuro tiembla con  luz  propia, cuando el respiro
cede a la luz  su ración de cielo amarillo)…

Lo mismo que el los muelles la edad en las frondas, la sal
abatida por el musgo, los cabellos ensordecidos por el polen,
el interior aquí con un grito en la carne —los fuegos
de la barba, inmundas lianas como un muro en los poros.
Así han crecido en los jardines confusos de las espigas:
los fantasmas de las sombras y el invierno los corroen
hasta convertirlos en una suplantación de ríos. —Así son
en el apretado respiro del ahogo, en la consumación de las sienes,
en las garras curvadas de la lluvia. En esta lengua donde
el viento lame los barriletes y todo grito y toda forma.

Extrañas páginas de luz disfrazan los papeles. Insectos dejados
por el cieno o, acaso espejos con un asma abierta a los atardeceres.
Ahí están en el púlpito ciego de los jardines. En el techo
inútil de las sombras, en el deseo estéril de los disfraces,
en la cornisa vacía de memoria, en la tinta falsa de los cuentos:
—duendes de frustrada lengua,  con oscurecidos coágulos.
Goterones de párpados abajo del trasmundo que los erige.
Saliva planetaria entre lagartijas de doliente garganta.
Rascacielos donde las mariposas comen el polvo posado
en el delirio de las costillas, de los codos irreparables del día.
Un día existen y sus brazos caen: caen sin reconocerse, sin ser,
bajo la quijada arrancada del sol, como identidad de cadáver.

Tras su muerte desflorada, los amarillos enloquecen.
En la estación de las axilas quedan,  —carpa de los dedos.
En el lenguaje dejan de ser salmos; nada saben a bastones,
sino a una herida del génesis, al periódico pateado por la tinta
insurrecta e irrestañable de las hormigas. A nada saben
después que son breña en el firmamento, pájaros agónicos.
Aunque en el día incendian, ciertamente,  el calendario,
el taller del parpadeo, el tiroteo de las nubes, el cuervo
de lo efímero, los convierte en un promontorio de encorvadas
canículas. Las acequias contemplan su altar deshecho.
Ahora son sólo eso: séquito de sombras dibujadas en
el espejo del rocío. Cuellos sin gramática en la piedra pómez
de las bisuterías, o acaso un póstumo vertedero, sahumerio
roto por la ebullición del sueño…
Barataria, 2009



ROMPECABEZAS

Entre los pies y los pájaros nada culmina, ni el miedo
a tanta puerta colgada en la bisutería de las calles.
A ratos hay relojes póstumos en el viaje, almidonadas
piernas como pinos, cucharas sin callar migajas,
espejos a quemarropa en el yeso de las pizarras,
a veces sacrificios cuyos estornudos  agazapan
el memorable zurcir la gramática en la garganta.
El plomo de las mañanas jamás finge treguas, jamás
deja de ser orgasmo en el parpadear del firmamento.
El alma no mengua como el mar en su mundo de sal:
prodigio de la luz palpitante de los ventanales,
libro donde el tiempo juega al equilibrio de las gaviotas.
A la danza de los goznes, a los alfileres, al pequeño
ruido de la respiración, —perceptibles en la penumbra.
¿Quiénes amanecen en la lucidez de las planicies?
¿Quiénes beben el bulto de las sombras en la penumbra?
¿Quién reprime la muralla de los jardines o la inclinación
final  del suave tacto de los violines?
En cada lágrima congregada hay días, tardes, noches,
presencia de un juego sin colores, ávidos años en la piel.
¿Hasta cuándo el granito en su piedad silenciosa?
—Entresueño acumulado en las cuartillas del frío.
El agolpamiento de las estrellas parece inocente: pero aquí,
su probable porcelana no deja ser una elegía interrumpida,
en las burbujas del jabón, en los pasillos de la espuma.
Hacia el día hay necesidad de salir con armadura:
y en sigilo caminar junto a los alelíes y los abrojos.
Uno no sabe qué continúa más allá de los ojos, y esa
cotidiana naturalidad de los vecinos, y esa luz que en seguida
desvanece cada momento para convertirse en postrera.
Todo pasa entre una rama de sombras: sombras de luz,
o simplemente sombras en la merienda de la crispación
humana. Todo queda, sin embargo, en el sueño, aunque
éste no desvele por completo el extraño paraguas
de la intemperie, el lenguaje imprevisible del viento.
Tantear se vuelve un arriesgado periplo para el patíbulo.
Y sin embargo en cada noche perdemos horas.  Y sin embargo
en cada hora la noche asesina vestiduras e inocencia.
Entre ser y no ser el lenguaje incierto del hombre: el duelo
de la llama, el quejido reventado de la lluvia…
A la espalda la solapa de nuestro siglo, viejas cenizas
en un juego de paroxismo, tenazas de escombros, el paisaje
de la suerte que no da buenos fines de semana,
agotados espejos sin ángeles, bigotes hechos témpanos,
para no deshacerse en el vinagre del horizonte.
En las calles siempre lo mismo: inconscientes identidades
del barniz, luciérnagas chorreando en los poros,
latas sordas de coca-cola como los conventos. Pasamos
del misterio al lucro, huraños aprendices de los pájaros,
pasamos y los grises nos roban  todo mediodía…
Barataria, 2009




LA CASA

A Gaston Bachelard, en memoria.

Si yo fuera un poeta 
galante, cantaría
a vuestros ojos un cantar tan puro
como en el mármol blanco el agua limpia.
Antonio Machado

Vienen aquí, en cofres alados, el aroma de los cuartos,
y la penitencia del musgo en el tejado y el tabanco.
Ahí la infancia heredó corredores de sed y cálidas
transparencias que el tiempo y la vida volvieron hoguera.
Hoy, después de tanto imaginármela entre las frondas,
se ve el adobe desvelado y el taburete entre horcones
de madrecacao —se siente el soplo creciente del jade.
La noche, ciega,  ladra como un perro entre los aleros.
Sobre el poyetón, el fuego, y el pabilo del candil,
ardiendo en aquella ilusión de la cocina junto a mi madre.
Todo lo aprendí ahí entre sus cuatro paredes de barro,
entre el sofoco de las buganvillas, audacia del anhelo
y la fantasía. Pero también,  todo quedó en ese sitio:
—los abrazos, el aura del agua, el aliento verde del camino.
La mesa era un manuscrito de apacibles platos:
lo humano asumía el azúcar de la canela y la respiración
de la sal como una alfombra blanca…
La casa sin delantales perdió su trino, quedó ciega
y huérfana, pendiendo sólo del recuerdo —de esas evocaciones
en un territorio de ráfagas, entre el goteo sonámbulo
del insomnio. Fue la casa de mi infancia un libro
en la intemperie del follaje, entre un bosque de húmedas
luciérnagas: Aquí aprendí el sigilo del búho
y ese mirar amarillo del tiempo, a veces sordo en los domingos.
En esa casa asumí el heroísmo de los suspiros,
el sereno aprendizaje de las penurias y la oscuridad
secreta en mis hombros y los clavos del pensamiento
intentando descifrar la llama que consumía el aliento.
Esa fue la casa de mi infancia: Ahora las telarañas se han
robado el paisaje y cuelgan como herrumbrosas banderas.
(O al menos es lo que supongo cuando  el tiempo
ha consumido todo mientras dormía bajo la complicidad
del vértigo, bajo redes de agónicos espectros.)
Hoy no tengo casa. No como la de mi infancia a la orilla
del río, no como un pozo de música junto al mar de mi madre.
Se fue ella y también la casa y los sueños de la infancia.
La única herencia es su querencia en mi memoria:
es su hilo sobrehumano resucitando en mi bruma.
—Hilo que une la voz con las palabras, sábana de luz
donde el arcano trasiega la gracia del misterio. Sólo así
se explica este respiro entre las ergástulas del calendario.
Ah, la casa de mi infancia: ahora escombro compulsivo.
Azogue en mis sienes, balbuciente martillo en mis venas.
Ah, la casa de mi infancia, coloquio en llamas
resistiéndose a los cipreses y al oleaje de mi indigencia.
Barataria, 2009




LA LUZ SIEMPRE FUE TORMENTA

La luz siempre fue tormenta —suena en el territorio de los sueños:
vive dejando huellas en el surco, abre la noche de las armaduras,
navegantes  del asombro entre espinas de claridad
 —claridad distinta, perpetua sangre donde las ciudades cruzan
veredas inverosímiles: la luz siempre ha sido una sombra
en los Pañuelos del aire: ahí invade, enhiesta, la memoria, todo el sudor
y el horizonte de las pupilas —las aguas del olvido siempre fueron
recuerdos—camino de amaranto sobre la ribera de las sienes.
Siempre fue pupilas abiertas al presente. Hamaca sobre delantales
de fuego, Patria del tamaño del horizonte, osado ojo en los ríos
de la herida —esa herida clamorosa de la historia donde
la esterilidad no goza de ciudadanía. —Luz no en el atavío
del vómito,  ni la saliva: la noche gobierna cada palabra de miedo.

La luz es un puño de municiones: Camino donde se ven sudarios
y ataúdes; la libertad no tiene hastíos, sólo tormentas inevitables.
En el frío hay espejos que la revelan, cortinas sin aldabas ahogadas.
Un día y otro, en la pestaña de los puertos o los muelles,
las ventanas de la espuma como páginas en el aliento de la sal.
—Crecen las piedras del día sobre las sombras, crece el escalpelo
de la vigilia, el azúcar de la tempestad en el dintel de un corpiño.
Ciega la luz desde los techos del agua; ahí hundo mi cóncava carne:
ciegas tú el cristal de los párpados, la sábana del suelo sin registro,
la ropa sin lavar, ceñida al destrozo: —la indigencia sin espectros
que se pierde en el escarnio con perjurio, el estrago hostil
de los gusanos, súbitos dedos desprendidos de la noche…

La luz es un hilo sobre el asfalto de las premoniciones. Azul, no.
—Manos de arco iris, ramas de audaz olfato, tendidas sobre
las sienes. En la noche es abeja y entre el zumbido que la sostiene,
puerta inevitable siempre en las pupilas…
Siempre testiga en la bruma de las parábolas, —suma permanente
de la albahaca u otro portal donde galopan caballos sin fatiga.
La luz galopa, entonces, entre radiantes bóvedas: ¿Qué hay
de la caverna mayor de estar despiertos? —¿salir  hacia días sin insomnio,
sin ceniza, sin relevo? Aclaro que abundan pañuelos amargos
en los vitrales; pintar umbrales no es de carpinteros, aunque
el serrucho sea sagaz con el aserrín. ¿Qué hay de la vehemencia?
La luz en su horno, —sin duda—, guarda epifanías para gozar
otros afluentes menos oscuros que el bocado de los proverbios.

La luz desnuda la herrumbre de los portales. Rompe las venas
de la alegoría, desayuna en las aceras, su lengua felina lame
los zapatos. Visible, húmeda, invade cementerios de recuerdos.
Visible, sobre todo, lame hasta hundir los grises de la garganta.
Visible, como la risa, sus dientes resisten a los pétalos:
—si hay alguna claridad mayor no la conozco. Si hay otro mar
en las claves de la oscuridad nunca lo he visto.
Si hay otra espesura, nunca he braceado en ella: —en la noche
me reconcilio con sus ojos, —ojos de vértigo desafiante,
ojos hondos como lo real del sueño…
Barataria, 2009




PUNCTUM CONTRA PUNCTUM

Agua ciega el agua del ansia. El agua lenta de los ojos.
Aquí la voz golpeando las paredes, el musgo salado
de los días, los pájaros torpes que arden en el viento.
El filo de tu voz, el filo de las armas, el filo de los cónclaves,
en donde reina la joroba de los patetismos: un blues
quiebra la respiración de mayo, —cada vez el mundo
es una sola duda sobre la mesa global de las inquisiciones:
entre la breña se tantean las oscuridades o, en todo caso,
la sonrisa ausente, inventada en esos pequeños cenáculos.
No confío en las palabras de espuma, ni en la promesa
de los plazos, ni en los rostros que intercambian besos
atrás de los balcones y salen en primera plana en los periódicos.

Una y otra vez la boca muerde la cara sin apartar los ojos:
(“El tema de la locura ejerce tal sugestión en las páginas
de Cervantes, que no dejan de perseguirle los locos, a lo
don Quijote; espíritus cuerdos que desbarran nada más
al contacto del libro de caballerías; el Libro, como le nombra
D. Miguel de Unamuno y debemos todos nombrarle”)…
Los caballos de las estrellas evaporan el agua, la respiración
impotente se vuelve leve en los pétalos: —libros negros
donde no se reconoce la memoria, calles donde cuelgan
arañas de sed y extrañas carrozas de aguardiente y costurerías.
Cada vez el vuelo debería tornarse una farmacia abierta,
un pañal para limpiar la soberanía de las puertas,
o quizá un cuento de hadas dicho por nuestros abuelos
con la intensidad nutritiva del jade…

(“El infierno —dijo Mefistófeles— no tiene límites, ni queda
circunscrito a un solo lugar, porque el infierno
es aquí donde estamos
y aquí donde es el infierno tenemos que permanecer…”) Aquí
es donde somos torturados gregariamente y donde triunfa
el escombro con todo su juego de ratones, y luciérnagas como
una luna sin destellos. La caspa suelta manojos de cabellos muertos,
ahí donde las manos aprietan las sienes, ahí donde la carne
aguarda paraguas y las hormigas inundan el suelo…
Al final si algo queda como rostro son las palabras, los tejados
con degollados verdores de polvo, con ciegas gotas en la cabeza.

Al salir a la calle los pensamientos se desintegran: es hielo o fuego
el valor de la vida o, simplemente contienda de frases hechas
para cada ocasión. La prehistoria de las parábolas cobra vida
—el miedo carcome los cartílagos; la concertina de la noche lanza
abanicos de saliva y fósforos de corroídos ecos.
Así,  mientras el aliento respira  —la noche, la locura, el miedo,
son los naipes  el aire irremediable en la almohada…
Barataria, 2009




PERRO QUE PERDIÓ SU DUEÑO

Igual que un perro que perdió su dueño…
Raúl Contreras

Igual que un perro que perdió su dueño. Angustias todas.
Horas afiladas en un calendario en desuso, en un orgasmo
de sal quemada —sal quemada en las palabras, muerto
embozado desde el horizonte de la infancia, desde la noche
de todas las ausencias, desde el viento de todos los pájaros
desolados, desde los miedos movedizos de los circos…
Desde el fondo de los nombres: rotos, irreales, fríos,
la presencia de nadie como rieles en la intemperie, como
durmientes muriéndose en el balastro anudado a la sed
gris de la noche, a la noche que martilla como una cripta.
Algo no es ya razonable en el nudo de las sienes:
el río deshabitado de las constelaciones, el polen sin destellos
de abejas, el labio aterido   frente a papiros de vieja data,
la ineptitud del ala ante la saliva de la noche,
noche proscrita en la deidad de la nada como dardos
de hormigas. Y así, ni Descartes, ni Pitágoras son raíces,
sino simple aleteo, silbante algoritmo de la sal…
La respiración asumió todos los escombros posibles:
aquí no hay alelíes inmemoriales, sólo magma en el ápice
de la lengua y párpados como un péndulo de flamas.
Ahora soy abanderado de los fantasmas: —fermento, acaso,
de todo lo que derramó el hambre y la sequía;
los cipreses cuelgan como espíritus —ciegas válvulas
o grifos de mi memoria íngrima, materia sin epifanía.
La luz en su remota gracia no existe: la piel endureció
de tanta aguja, sórdido lecho sin retornos, arenas
desafiantes y prolíficas en la ceniza del cuerpo.
Hoy desconfío de los parques con estatuas, de las inocencias
destinadas a ser prolífico rebaño. Desconfío del sollozo
y del plano cartesiano, de las humedades azules, inclinadas
a ser miedo, de los siglos asimétricos de la desnudez,
de esa entrañable espuma que crece en su fragilidad.
He andado entre escombros de plazas insomnes; ahí
las ideas se han vuelto torcida porcelana, cartílagos
de polen entre candelabros y catacumbas de fiero ritmo.
Entre los espejos inventados, cohabitan los escupitajos
de los chupamieles, las palabras enfriándose en su propia
amnesia, el sol como el último fósforo inventado
en el costado de la herida, —paradoja de los ríos
en su penúltima fosa, atrio donde cruje la herrumbre.
Sin el fuego de las sábanas, sin el bosque, todo se torna
un monólogo de círculos, sólo un recuerdo repartido
entre las ramas abandonadas del hielo.
Igual que un perro sin dueño, este río de aleteos:
—río salpicado por el sahumerio de la propia vida hecha nudos…
Barataria, 2009 




MEDIANOCHE DEL MAR

Ahí en la medianoche del mar, todos los imposibles,  todos los tiempos:
 Dios suplicante en las olas  de mi pensamiento, la carne
 mordida a dentelladas,  el acecho amordazando en el sueño.
El tiempo nos devora a cada tropiezo,  madura en el aliento;
en lo oscuro, sobre la arena, la necesidad de ver  los manteles
 del día, no el bosque de este dolor  mordiendo los talones;
 a veces la soledad  se cuelga de mis pies sin zapatos:
 —esa soledad  de lo artificial que rasga mis manos, mi cuerpo
y cuanto en ella el bosque de la luz, húmedo, juega a las cadenas.

¿Vendrá la luz, acaso, con su inocente llave?  ¿Saldré de estas
 ausencias con herrumbre  después de atravesar los verbos quemados:
—la caricia, el amor, los labios cálidos de la alegría,  la respiración
 de la armonía compartida?  Ahí las alas a la espera, el pecho
como un mar airoso, el amor indecible en el aliento…
Mientras habito este litoral de mis sueños,  me he internado en la noche
 de mis ojos, en la sed del desvelo, en la corteza amarga  de tanto camino
 que en su savia de panales crece, —crece como un dardo en la sed
de las semillas, en esta profunda fuerza de mi herida.

Como una descarga de ametralladoras caen  las sombrillas en la noche.
 —Imágenes de irreales  jazmines aturden mi paisaje: persianas
de oscuro sabor, siniestros caballos de nostalgia  en el viento, espejos
 suplicantes de postales  sin reivindicación alguna, allí donde nos han dicho
que se encuentra el Paraíso y éste sabe a poluciones  crepitantes,
 A inviernos rasgando la alegría  de los genitales, ardiente arquero
sobre lunas horizontales, sino de los rezos adánicos…

Pero no, la medianoche chorrea sangre  en sus botas de combate.
 —en ella hasta los cabellos  claros se ahogan en su esférico horizonte;
insomne es el último viento que murmura  en las palabras, oscura
 la lengua donde hubo  aliento; lento, este cielo de la agonía…
Cuando la humedad de las hormigas se aleja,  cuando no duelen las sienes,
 la historia se rehace  en los muelles de las pupilas; relampaguea
la memoria, la escarcha dicta su estricto  escote de transeúnte.
 Noche y día y sombras  combaten en el cedro de mi sangre. —Noches,
día y sombras chorrean en el alambique  de su propio grito
 como un mar estrujando  los párpados, como una habitación donde
el hollín ha bebido la transparencia del zodíaco…

Medianoche del mar en las aguas. Media noche  la llama adusta del asedio
tras un fondo de cortinas,
al fondo vacío de los rostros, al fondo
donde el alma se disuelve ciega de tanto  peregrinar allí en los lienzos
de su propia palpitación, honda noche en la cara  y la piel, acaso
otro planeta donde la incertidumbre  se ha vuelto un jinete de espejos,
y el arcano una silueta del alba…

Ahí la medianoche del mar y todos sus imposibles,  solo ahí con el despojo
 en medio de las pupilas…
Barataria, 2009



BLASFEMIA DEL SUBSUELO

En las sienes el rocío se vuelve tinta de la vida. La luz es extraña
en las cacerolas del fuego —El absurdo también es un camino
en la penumbra, una casa con mesas transcurridas.
El deseo redondo del caos está aquí en el sudor de la fatiga,
o en algunos objetos donde la sal  se convierte en estatuas.
El ojo es menos fiel que los pensamientos confesos, que los deseos.
Alguien es diferente a mí en lo relativo a los temores:
todavía está aquí la edad de los uniformes jugando a los colores,
las hamacas en el invierno vertical de las horas,
el trapiche con su olor de muchachas —tendidas éstas sobre
el césped del gozo. Aliento de palabras extrañas y oscuras.
—Jamás duermo en las noches de invierno, en el borbollón de poderes
que desvanecen las sábanas.
A veces digo que el musgo es oficiante de la noche: abro el cofre
del resuello y en segundos la ráfaga de sombras es piel, o vacío o árbol.
Cuando amanece la respiración tiene encajes de pájaro.
(“En el verdadero sentido hegeliano, es fundamentalmente contradictorio a
esta metafísica; la doctrina destila relaciones internas;
el principio de la razón suficiente es difícil de formular con precisión.
La identidad en la diferencia es imposible”)…
La negación arde en las sales de la orfandad, en ese frío de contradicciones
donde las libélulas son el ojo doble de este mantel con gusanos.
No sé si este viaje ciego es transitivo. O apenas el túmulo de esa mujer
abriéndose a mi propia tortura: —rito irascible en las venas.
Ahora recuerdo que decir ciertas cosas o la verdad misma es un acto
revolucionario que por supuesto no entumece como la artritis.
(Un día menos pensado vendrás a mi lecho con tus labios inextinguibles,
Levantaremos los iceberg de la miel,
hasta alcanzar la balanza del aliento, guarumos cóncavos en la flauta
de estas bocas aleteantes en determinado abismo.
Abismo que nos come en la propia llama de la oscuridad,
abismo que usa de trasfondo los pañuelos de la angustia.)
En cada círculo la resina, descalza, resucita sus espinas.
El clímax siempre es una isla de umbrales agitados. De sombras Patrias.
Los manantiales del tacto nacen en la fragua de los espejos:
—duelen las pupilas en los caracoles de la arena sacudida.
La caricia sedienta sin huella de peces, este mundo donde crezco
sin brazos, sin garganta, con pétalos de afonía insomne.
La tempestad rompe las arterias de la clorofila. Trunca el olivo
de la música, arranca los cuadernos del pecho.
Bajo los inminentes pies del automatismo, San Salvador no tiene ascensores
con alfombra roja, tampoco se celebran los festivales de MTV,
Ni túneles húmedos donde invaden las hamburguesas.
(Aquí la tierra es más que sed y fuego. Nostalgia, ternura desolada.
Aquí te puedes morir conmigo a falta de sed y nada pasa.
Aquí te puedes olvidar de mi y consumirme en la muerte.
Aquí puedes resucitar a los tres días y no pasa nada en los periódicos.
Aquí, sin embargo, puedes crepitar conmigo en medio de la flama
hasta consumirnos en la pira inmolada.
Aquí, vos, en mi soledad con tu mágica semilla, con tu madreselva tibia.)
Esta locura organiza mis fuerzas hasta desaparecer en el abismo.
Quiero empezar a vivir el olvido, escribir un catálogo de zapatos,
o, sencillamente, escribir un epitafio en tus poros, ahora que hemos
entrado al del desarraigo de la otredad…
Barataria, 2009




ESTA LUZ DEL TIEMPO

Las llamas que hago recortar de tiempo en tiempo por el peluquero 
son las únicas en delatar el negro infierno interior que me habita
Louis Aragon

con cada tumultuoso amanecer,
la luz arrasa el reino de la noche
y emprende su combate.
Carlos Marzal

Un día, al nacer el agua  hizo la luz. Cedió el gris del tiempo.
Desde entonces la abrazo, aunque a menudo sea huidiza.
A menudo la putrefacción de los taburetes la vuelve charco
de viscosidades inciertas.
Siendo extensión de los nombres guarda la hoguera
del silabario, y la transparencia hormigueante de los rayos.
En los colores me borra el suspiro de la noche.
En el rostro es cruel el ala de los pájaros. Los cielos inasibles
que nunca he visto, la creación hecha de arrebatados metales.
Lo que sucede cuando se disuelve en el ansia es horrible:
—no hay Dios que borre el eco de los aserraderos,
ni cambie los establos nocturnos del aliento.
Siempre es así cuando el pan desvaría en el hambre.
Cuando la piel se vuelve un trozo de hollín,
y los tabancos oscurecen de insectos. Y la mañana es una
lágrima sin fluir sobre las calcinadas moscas del fuego.
A menudo la luz es la misma sombra inconfundible de las piedras.
iceberg de fallidas cucarachas,
o simplemente piscuchas enarbolando pañuelos etéreos.
En mi costado el aire hiende sus almácigos —hiende, digo,
agolpadas ventanas, cerillas como astillas dulces,
inviernos de aceras, donde los trenes cuelgan sus vagones.
Esta luz del tiempo tan real en la cruz desgastada
de mis zapatos, sucesión de ventanas en zanjas yertas.
Esta luz en la saliva. Desvelada y húmeda en el tiempo.
Evidencia es de los colmillos que trituran pastizales. Ceñida
tapicería de la intemperie.
Cada sábana hace su trama de entrañas. Cada júbilo salta
en las monedas del sueño, cada color se vuelve inicial desvarío.
Siempre es muro de infinita libertad. Abrigo frente a la penumbra.
Ya en los ojos, grotescas resultan las fisuras en el sueño.
En la razón no cabe la porcelana del calendario.
Jamás el tránsito heroico carece de misericordia: —la luz agita
las formas, y el abanico inexorable del mar.
Ahí no hay que interrogar a los espejos, ni extraviar los días
amables, ni saltar sobre las astillas de lo ininteligible.
De pronto hasta las estatuas parecen menos oscuras y los lobos
vacilan en la alegoría de las pupilas.
El aire se agolpa en las lámparas del mediodía, en el hilo
de lo humano. Aquí no caduca en los bolsillos como una moneda
gastada, sino que danza como un juego de sombreros.
Así la certidumbre conmemora al ala.
La rebelión contra lo oscuro y desconocido. La  oquedad del polvo
sin gloria, sin la presentida espuma en el olfato.
La luz deshizo los acantilados de la desolación,
y forjó sin piedras, el destino intermitente del asombro.
Barataria, 2009




HASTÍO DE LA NEBLINA

Apuntamos utilizando un espejo sobre la infantería
diezmada
Guillaume Apollinaire

Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
sus alas …le impiden caminar.
Charles Baudelaire


Pesa el hastío de la neblina en las pestañas. Pesa el miasma
de las fábulas en los folios de cada calendario.
En lo grotesco y sádico son insuficientes los sahumerios.
La limpia de las esferas, los puros que arrastran sus lenguas húmedas.
En los días de frío se llagan los poros de fatalidad.
—A menudo uno se vuelve víctima de las clarividencias.
Dónde están los profetas sin patrañas, dónde lloran las estatuas
su intemperie galopante, ese universo hecho mordiscos,
Esas máscaras que impiden ver la grandeza.
Los rostros de tanto mirar se han tornado decrépitas libélulas.
Cada día hay clowns tediosos en las calles, adivinando la suerte.
En algún sitio una lágrima estalla simulando incensarios.
(Entre lirios y líquenes, juegan los dientes al silencio.
Por más azufre que le ponga a mi carne, las vírgenes pastan
en la ceniza, montan como amazonas en las varices,
abren el espejo frente a mis pupilas torpes de tanto mirar
a ningún lado —de tanto hacer esqueletos de tórrida invalidez.
Uno siempre vive con este horror de los sueños.
Con estos caminos negados en muletas, con este Cristo en los muelles
queriendo partir las aguas o escribir sobre las olas una parábola.
Uno de pronto anhela un prostíbulo para vaciar la muerte.)
Uno se hastía del cuarto de baño sin el ruido de los poros.
Uno se hastía de flotar en la alta mar de la sal.
Uno se hastía de la luz y los jardines, de los viejos tabancos del delirio.
Uno se hastía de desvestir los pétalos, de galopar sin puertos.
Uno se hastía de ciertos nombres colgados en las paredes
de túneles inciertos, debajo de la miseria que acecha.
Uno se hastía de la masa informe de la indiferencia,
del mapa astral que hacen los astrólogos con la bruma del polen.
Uno se hastía de las cartas sin gladiolos, con tinta moribunda.
Uno se hastía de los vitrales que cruzan la locura,
de los semáforos que atajan el libre tránsito del arco iris.
Uno se hastía de la noche que baja de los arroyos,
de los signos que amanecen inmutables, de los amores arreglados.
Uno se hastía de las multiplicaciones en poros opacos,
de los relojes que dejan las comisuras de los labios en el hollín,
de esta manía [de desterrarte —ah, sabueso de cementerios
que soy sin esquivar los adobes de las cripta:
uno se hastía en fin de los puentes colgantes de los sordomudos,
de esperar la última palabra en el desván de los tabancos,
en el quicio, los aleros de las vigas o los tragaluces…
Uno se cansa de ser en fin, la vieja cara de la inocencia,
o el vómito que lamen los perros en las aceras.
Barataria, 2009




HISTORIA DEL ASEDIO

Hay jardines que mis ojos no ven. Ningún pie cabe en el lugar
donde guardo las colillas que las manos tiran a cucharas.
Ningún día me habla con sombreros impermeables, con tazas
de café o con el corazón abierto de los niños. En la pizarra
del grito hay furias, —y hasta rostros de infatigable ceniza.
Los días son como los recuerdos dormidos en el talpetate:
una costurera se rompe el corazón de las agujas, los carretes
giran como un rueda marchita. Con un rastrillo recojo
la hojarasca de los muertos, —de mis muertos, los que amaba
en el silencio de la pena. Claro que están aquí sin olvidarme:
siento su lengua recorrer el tórax de las hormigas,
las canciones demasiado atroces para el celofán de mi sonrisa.
La barba de la lluvia crece sin pudor hasta mis brazos.
Recuerdo el agua titubeando en el rostro, los arsenales
de cascos en el hocico de los perros, la chatarra de mis juguetes
y los cuadernos como un mercado en ruinas.
A través de los escarabajos, los astros pululando: bestias
de hierro en los trenes del rocío —¡Qué idioma más extraño
tienen las moscardones en los retretes!  Zumba el entrecejo
en la cavilación de los dedos. Es un fastidio trepar a la nostalgia.
El viento silba en la carroza de las cejas: mañana los árboles
aparecerán en las ingles. ¡Que pena el cabello del tamaño
de la lluvia! Las nubes que viajan sin rendirse en las espinas.
Aún con abrigo es pródigo el frío. Las sombras se pierden
en las esquirlas del sol: el resplandor baña todas las tumbas.
El reloj despertador duerme sin sábanas en el armario.
Desde ahí saltan las horas asustadas, la escoba de las costillas,
las olas desorbitadas de la risa, las alas de la cama.
Mis manos disuelven cada presente del día. A solas por supuesto,
entre raíces y piedras, entre gestos y caretas, contra todo.
La historia comienza con el azogue insólito de los dioses:
después es sólo ir completando las torturas, le herida ácida
de las guitarras, el brocal de las pupilas en el vientre de alguien.
Los días son más ciertos cuando  uno se lava las manos
y la carroña de los pájaros  se pierde en el desove del musgo.
A cada hora mastico los adjetivos del Apocalipsis y los pronombres
del último ciego en subir en las escaleras de la iniquidad.
A menudo la dulzura me asombra entre frutos de dudosa
procedencia —pero entiendo que hoy todo eso puede ser posible
quizá un vértigo a borbotones entre la insolencia de las abejas. 
Todos los días de la semana son nefastos: —alguien los inventó
con el mismo sollozo del calendario, con fisuras en los párpados,
de rodillas y balbucientes para la gran oración de las subastas.
El silencio alcanza temporadas de fantasmas. En la alacena
del conjuro, el brebaje y la densidad de los escapularios alcanza
siglos de ataúdes. En los charcos de la inocencia, el río
transporta las mismas aguas, el mismo eclipse del augurio.
En el trasmundo que a mí se me revela, los ojos en su lucha,
sangran de una corrosión agónica, voz de la memoria en clavos
balbucientes, —formas sin decoro, y acaso aliento al acecho
de su propia suerte: visceral fuego del azoro en mi penuria.
Barataria, 2009




DE UN DÍA A OTRO

De un día a otro cambian las imágenes del día y de la noche.
El porvenir que se tornó signo del abismo, terreno para
los malos recuerdos. De un día a otro cambia la vida
con sus tafetanes: cavan los contrarios hasta dejar hueca la respiración.
La propia carne duele cuando gotea en las dentaduras;
en vez de granizos, hay sacos de verano en el lomo:
—vierten el respiradero  humano en una cárcava alucinante.
La lija de mis equívocos me sale ahora al paso como perro
que busca carroña, como una olla de pústulas,
como un látigo de axilas fermentadas —caminar fundado
en lo huraño,  pájaro que pierde su luz en los bisontes  habitados
por el sopor ambulante de la garganta...
Sacos de peces ciegos leen en la curva de la espuma lenguajes
inciertos, —babeles capaces de beberse la sangre,
calendario en fin de fracasos donde uno no puede guarecerse.
Aún el alba no llega con buenos augurios: —hay esqueletos,
y ventisca de gusanos sobre la semilla sin ocultar su agónica
Palpitación, sin apagar sus voraces mandíbulas.
De un día a otro se tributa la basura y los ácidos sepultados
en ella, la nada hasta el cuello, en la terraza de las sienes.
De un día a otro usar sueños zurcidos, sin monedas en el bolsillo.
De un día a otro el hartazgo de la polilla y la salmuera esparcida
en los ojos, sentada en los meridianos de mi espalda.
De un día  a otro la luz se precipita,
de un día a otro la otredad deja de ser fantasía,
de un día a otro el tabaco en las cabriolas del humo,
de un día a otro el futuro en vertedero,
de un día a otro demasiada noche para mis pupilas cansadas,
de un día a otro la fosa sin sombreros,
de un día a otro el puño del trueno en las costillas,
de un día a otro porciones de manos rancias en mis ojos,
de un día a otro laderas abruptas en el espejo
de un día a otro el humo del abatimiento,
de un día a otro jardines sin alelíes y sin pájaros,
de un día a otro el cansancio del gemido en los labios,
de un día a otro sensaciones de pérdida sin límites,
de un día a otro el ala tendida en la hojarasca,
de un día a otro pocilgas de palabras,
de un día a otro el hermano, el amigo que no existen,
de un día a otro la carcajada en la última esquina de las estatuas,
de un día a otro la nada en los bajorrelieves de la almohada,
de un día a otro los brazos cansados de tanta derrota,
de un día a otro la costumbre de la mendicidad sin llaves,
de un día a otro el pañuelo con cruces sedientas,
de un día a otro pueden más los azores que el suspiro bienhechor,
de un día a otro los ojos que viste siempre y ahora no te ven,
de un día a otro tanta muerte acumulada en el pensamiento,
de un día a otro un parto de sombras, zumo en las venas,
de un día a otro el amor a cuentagotas en el alambique del sueño,
de un día a otro hirsutos los párpados en su deshueso,
de un día a otro libélulas de nada, brisa errada,
de un día a otro fatigado de tanta piedra azotando el rostro,
de un día a otro noche en mi garganta, siglos imprevistos,
de un día a otro témpanos de desvelo en el azar de mi odisea,
de un día a otro el aliento rutilante de la vigilia…
Barataria, 2010




OLEAJE

…y con ruedas de espuma en el insomnio,
Giró el acuario rápido del sueño.
Jaime Torres Bodet

Los ojos caen en pedazos, descienden con la lluvia.
Imágenes quemadas, las alas en la ciudad. Luz flotante
cada rostro, el mismo rostro sucio de la noche.
Los labios se vuelven inverosímiles frente a los trenes
de Iowa. Alguien sueña con la aparición de pájaros.
Los dedos abren las ramas de la neblina o los párpados
de la humedad. Las noches se vuelven incongruentes
con el frío que desciende como un insecto sobre los espejos.
Aquí quedo de rehén sin haberle ganado siglos al viento.
El futuro hay que pulirlo con piedra pómez y coronarlo
con el rumor de las enredaderas para evitar el desastre
de los nuevos aullidos del polvo.
Los peces en el mar bailan danzas macabras y beben
los ajos de la usura y los cánticos de la angustia que arden
en las bocinas de las iglesias: aquí no se ablanda el cemento,
ni cambian los asnos sus pezuñas sangrientas,
ni el cielo deja de ser esa blasfemia de dientes afilados.
Huele a rabia canina. Siniestra es la insolencia de los satélites.
Los colores me parecen gritos sobre las piedras del calendario.
El arco iris es apenas un naufragio con gotas de vómito.
Las estatuas tienen la primicia de cantarle a las estrellas
durante las veinticuatro horas sin pedir receso o cansarse.
Cada vez que veo la esperma aparecen soles verdes:
soles del trópico, aquí junto a la demencia de las campanas.
Soles donde caen fatigados alfileres, hojas, ventanas
y bullicios desparramados en los aserraderos de la resina.
¿Dónde está el azúcar de las oficinas? Muslos posesos.
¿Qué de la sal en la lengua de los armarios, en las gavetas
del cráneo, en las hélices de los dedos sobre la vellosidad
de un ave mostrando su desnudez absoluta?
En todas partes el día sufre de fatiga: amanece con el estómago
vacío; el filo de los dientes muerde los cabellos,
—vos y yo sonriéndole  a cada derrota, pensando en la Trinidad
del silencio, en la sábana del césped, no en la ternura
de las vocales, alborotada de las ingles.
—VosTú y yo como vigías del velamen con sabor a mordida
en el océano, hinchadas aves de bengalas.
Todas las esquinas gritan abiertas a los pinos. Adentro del costado
los pechos se duplican. Callamos cuando las axilas
transpiran y explican el ala de las persianas:
uno desciende hasta tocar el fondo del sueño. El árbol
de los meses crece en la bóveda geométrica del rocío, en las sienes,
aprietan desnudas las huellas del invierno.
El animal de la herida atraviesa el respiro de las sombras.
Cuando la noche ya no existe con luciérnagas,
zarpan los ojos: atraviesan los manglares, lamen el incienso,
cavilan entre la sazón de las ventanas…
Cuando los ojos caen en pedazos,  la Patria sabe a ruina.
Cuando la carretera de la noche avanza, pienso en la gracia
de un corpiño o en las abejas del alfabeto…
Barataria, 2010.



HORA DE TRENES

Lleno de barcos amanece el día. Llenas de trenes van
las horas. En los ojos el tropel de las cicatrices: los rastros
del viento en la voz del sollozo. Las tormentas
perennes de la tristeza con su holocausto de cristos quebrados.
Abejas como ojos graban las cruces del portento.
En el cielo falso giran las pestañas del mundo. Las ventanas
se desprenden de la garganta —Esa noche de caballos
moribundos donde el rocío pierde sus encajes.
Los brazos invocan pastores en la tierra y no en el cielo.
Los ramajes del pulso se han vuelto fiera tormenta:
ruidos más allá de los labios y el suelo. Ásperos campanarios
en la callosidad de las manos, en los ojos del ciego
que busca lunas remotas en los grises de su propia sombra.
Al parecer llegamos a los límites que sostienen al día:
la desnudez del grito suelta su cabellera negra, ¿dónde
está el ungüento para aplacar esta llaga de siniestra fatiga?
Lacera la tristeza en las pestañas. Lacera la mecánica
furtiva del reloj colgado de paredes oscuras.
La monotonía besa la piel sin alternancias. Aquí pedazos
de sonrisa metálica, muros gastados de la ternura
rompiendo el abismo del rostro en los ojos.
Los días son menos ciertos que la gallina de los huevos de oro;
o que el zarpazo donde la hoguera se come el horizonte.
O que los candelabros aturdidos en el fuego propio,
o que el deletreo de las hojas en una telaraña,
o que la noche en los brazos de los cerros,
o que los delirios negros en la boca del crepúsculo,
o que el sueño atado con las correas hambrientas de los trenes,
o que el sonambulismo no mida su propio tránsito,
o que la lluvia sin brida le dé rienda suelta a las aguas,
o que los huesos bailen sin vacilación en la noche.
Hay días hambrientos colgados del hilo de la torpeza: días
como túneles sobresaltados, —días donde el riel de la lengua
la invade el frío, palabras aisladas trepando solas en la sed.
Horas confusas como los murciélagos, mojadas tijeras
en la distracción de las fotografías, pestañas secas
en el alambre del horizonte, pájaros muriendo en el viaje
de mis manos torpes, espejo de mí mismo en la proa de las ventanas.
De metal están hechas la tempestad y las vigas de mi casa.
Años de relojes mirando los cuadernos; pétalos de sombras
esperando el tránsito: habilitar los peces en mi cama,
hasta sobresaltar los caballos de la sed, el bosque de las luciérnagas.
Hoy es tiempo de apuntalar el arco iris, pese a la niebla.
Hoy es tiempo de apartar la cáscara de los zapatos.
Hoy es tiempo de sacudir la saliva de las letras del alfabeto.
Hoy es tiempo de ser equilibrista e izar los estandartes
de los violines como pescadores entusiastas…
Hoy igual que los rieles en el follaje verde. —Hoy como los puertos
en el designio, sin muros. Sólo ola y marea.
Sólo como el viento en los brazos, lamiendo otras piedras,
otras heridas, otras aguas en el pozo de las sienes…
Barataria, 2010



CAMPANARIO DEL OMBLIGO

alba rosada sobre el gris de un gato,
con las puntas nocturnas de los pechos
Carlos Barral


En el fondo, la saliva prolonga las bajas aguas del postigo. Plantar
pupilas en la redondez del papel, avanzar en el grosor del viento,
madurar el trino en cada espacio de la caricia.
Este campanario de tibia ramazón, tensa la rotación de los relojes,
muerde el soplo redondo del temporal.
Para cuando la sangre quiebre sus sábanas, el día será costilla
en este desvelo de filosa ventana. Y vendrán los perfumes petrificados
en las manos. Y la lengua jugando al abismo.
Hemos recorrido kilómetros de ternura. Mediodías de muslos.
La sal, líquida, recorre como una hamaca la piel y la lluvia del sigilo.
Por fortuna las aguas del lecho no nos pierden,
en la sedienta colmena de la espesura.
Entre el índigo de las velas, las aristas de la espuma en el litoral,
—el pétalo en la pipa del bosque,
la insomne aurora de las bragas, la fértil pupila de la sed,
el otro yo en el dolmen del toro. En el montículo lindando en la aurora.
Estoy. Estamos en la ola norte del oleaje. En el ritmo acantilado
de la roca, en el clamor elevado a incendio.
Hace pasos el agua en la llama. Barco de sangre la fuente ígnea
de la hora en la luz del horizonte.
No llega la noche ni el día se extingue. Sólo es ola y vuelo el mar
del pálpito en su brisa circular de isla.
El verdor se enreda en las pupilas. El verde exhalado de la atalaya,
la garza ascendida a hojerío,
el efluvio inmenso de la escritura en el ombligo.
Estremecen los arcanos rotos del velamen. El lodo del firmamento.
Esta bermeja intuición del ansia. Este viril oficio en el encaje.
Y no es para menos el manglar en el espejismo.
Y no es para menos, el errátil horizonte, después que se enfunda
la tiza en la mordida del paisaje.
Y no es para menos, la imagen y los símbolos: la luz hostial de la yedra,
el abanico lunar al pie de la caligrafía. Al pie del alero del pan.
En el torrente de la mesa o el taburete duplicado
de aguas y faroles incandescentes.
Esta suerte de campanario salta entre las gaviotas del pecho.
Blanco y negro, párpados y pesca en la fuga, chimeneas y redes,
trenes azules en los ojos. Trenes de colores confundidos. Barcos salados.
Ocres tutelares en la boca.
Lentos óleos de los faroles en el espejo del salmo trasegado.
Aguas todas en el aeroplano líquido del jardín, en el ojo de las cuartillas,
en el verde nido del filo, en la pupila absorta de la fronda.
Barataria, 2010



OFICIO DE LA EXTRAÑEZA

Los racionalistas, con sombreros cuadrados,
piensan, en estancias cuadradas…
Wallace Stevens


Después de la desnudez quedan las palabras y las postales.
La historia que transcurre de la puerta a la cama, el paisaje vivido
—reducido a la memoria, la escalera de los recuerdos.
Hay instantes de bienaventuranza para respirar la luz del amanecer.
Cada día, sitiados por la hoguera, hacemos el fuego: es decir,
palpitamos y frotamos las manos como un haz de orégano.
El mayor oficio de la extrañeza es escribir en tu ombligo palabras
no dichas. Palabras, digamos, que nos adviertan umbrales.
Ante el frío, busco el libro de las sábanas.
Cuando deseo escribir un poema, me siento a mirar fijamente
el horizonte, —el principio de la idea está en la desnudez del verde.
A menudo el silencio se vuelve eco de cenizas e incluso, abierto
equilibrio en la doble agua del espejo.
Cuando hay neblina, el cielo baja a las calles a realizar sus quehaceres
de transeúnte doméstico.
Dos cuerpos constituyen una sombra obstinada: sombra
de un jardín espeso de saliva, alcobas del tacto.
Escribir un poema siempre es una forma de morir: cada palabra
nos libera de los cuchitriles y de las asas rotas de los significados.
Cuando dos almas se miran, es una sola gota de azúcar la que brota
de todo el firmamento de la ficción.
No hay nada más frágil que la irrealidad del arcoíris, en los ojos
de la espera, en ese otro mar que la piel transpira en sal.
Digamos que la respiración es el aleteo supremo de la vida.
Cuando llega el crepúsculo a mis manos, impera la tinta blanca de la luz
con todos sus pájaros de tinta.
Cuando los zapatos se cansan de caminar, pongo a descansar
mis calcetines: lo benigno siempre es leve. Lo benigno es inamovible.
Por más huracán en las sienes, la audacia es un apero
infalible. No hay puño que derribe las palabras, ni saña que arrase
el buen pensar y sentir.
(Ah, pero cuando te presiento, me es suficiente el olfato; entran
por la ventana los alelíes; en las pupilas, las olas de la respiración.
La alegría de las puertas acumuladas, abre la madera y empieza
la fuerza de la ráfaga a subir la escalera del bosque.
Cuando estás, estamos, en ese extrañamiento del estertor: el murmullo
siempre es una tarea difícil de ocultar,
cuando color y luz empiezan a cambiar de lenguaje.
Cuando estás, estamos, paladeando el obsceno laberinto del sendero.
Cuando estás, estamos, visibles, irreconocibles: es el ejercicio de libertad
decantando, indispensable frente a la mojigatería…)
Barataria, 2010



MONÓLOGO EN EL FRÍO 

Escribir poesía es abrirse camino en uno mismo.
Marina Tsvetáieva


Escribir siempre es una rareza. Leer también es una rareza.
Platicar con sinceridad es una rareza
valen más mis perros que las pústulas de ciertas miradas.
A mis perros siempre les doy el beneficio de la duda:
ellos saben que hay lealtad mutua y no afecto inmerecido.
Salvo excepciones, uno se vuelve serpiente en nido de serpientes.
También en los funerales se ven bestias con montura.
El absurdo nos da las fotografías del contrasentido.
Pobre el olvido que se vuelve astillero de herrumbre.
Pobres los pobres de conciencia, los que flotan en labios ajenos.
Cuando escucho la palabra amor pienso en las moscas sobre las latas
de soda. Cuando me hablan de Dios, pienso en los cementerios:
es la palabra más dudosa que conozco en los fetos.
Mi poesía tiene que ver mucho con Aristófanes, pero no con todos
los clásicos. Hay caras como mesones que inspiran lástima,
con todo y lo respetable que son los mesones.
Muchos viven en el infierno y desde ahí destilan veneno.
Algunos son alacranes y tarántulas.
Otros simplemente esqueletos. Otros simplemente cementerios.
Cuando uno escribe muerden las palabras.
La Santísima Trinidad mantiene a flote muchas sábanas sucias.
A menudo el moho cerebral legitima las conciencias oscuras.
En las esquinas ciegas de los establos, las ovejas ciegas.
Resulta que sólo el viaje al más allá es memorable.
Resulta una pérdida de tiempo hablar de la felicidad entre ciertos
enjambres de avispas.
Desde la poesía veo los silbidos agonizantes de los espejos.
La contrariedad no siempre es la contrariedad dialéctica.
—Usted y yo sabemos de la hipocresía que nos rodea. De las semanas
inconfortables de veneno.
A la luz de la luz nos depredan la inteligencia y muerden el afrecho
de San Antonio del Monte, y el Cristo azul de las bienandanzas.
A la luz de la luz rompen la garganta.
A la luz de la luz el guante derramado sobre las pupilas.
A oscuras es más horrible la tiniebla del alma.
No sé si el silencio en la mesa sea mejor que el del púlpito.
No sé si la noche pueda tragarse la lágrima falsa de los malhechores.
Espero que la razón sea la inmaculada algún día, no el fermento
de la esquizofrenia, no el oído de las agujas,
no el hip hop de la sombra estrafalaria, no la sarna en los días felices,
no la mala leche de los criminales investidos frac,
no el reptil abriendo las venas, no el pus locuaz declarando
la guerra contra el sano paisaje de los jardines…
Barataria, 2010 



KAFKIANO

el ojo a velocidad reducida
mastica fragmentos de sueño
mastica dientes de sol dientes cargados de sueño
Tristan Tzara

A menudo me despierto como un gran escarabajo en medio
de la noche. En la garganta los insectos clavan sus cuchillos,
el poema que se vuelve sombra del firmamento.
Debajo de la piel hay eternos miedos que esconden la lluvia,
espían el gris de la ceniza hasta que sale la noche con su lengua
de siniestro espectro.
La habitación del poema tiene una sola ventana: el alfabeto donde pasa
el tiempo y se disipan todos los miedos.
A menudo somos el gusano samsiano de los esqueletos, el espectro
amartillo de la memoria, el lecho sucio de la ceniza,
el ojo roto sobre la rodilla del abismo.
Un día mordemos la piedra filosofal de los caballos; otro, los crisantemos
azules de las monedas en las corcholatas del suicidio.

En la sábana impune de lo maloliente,
el olvido llega hasta la boca como estiércol de peces furibundos.
—El cuerpo juega a los viejos dolores de la náusea:
al chillido de la saliva en los armarios,
a la siempre piedra del dibujo reptando en el mal de ojo de la pesadilla.
No es nuevo festejar las cuatro patas de la cruz,
el antes y el después donde grita el semen, el atroz pies del pánico,
la incubación in vitro de las campanas,
la célula madre de los faroles encendida de hombres araña.
Debajo de la luz están las flautas de las estatuas.
Están los pájaros de piedra al acecho, los condenados en el retrete
de la oscuridad, la escarcha agónica de las lámparas.

Saltan a la vista limusinas de heces. Balcones de sarro. Bichos cabalgando
de los pies al cuello,
del insomnio a los recuerdos, del hueso a la carne, del fuego
a la escoria de los bolsillos, del humor al horror del sexo chamuscado
de las moscas, del espejo al ciervo disecado en las pupilas,
de la posta de la caricia, al acordeón facial de ciertas parálisis.
Un día invoco el lupanar de las diademas y el seno tatuado por cantos
gregorianos, por abadías oscuras de cabellos y camellos.
Espero caminar con mis ilusiones junto a los hombres.
Junto al codo del susurro incesante, jugando a los insectos.
De pronto despertamos de la barra show del manicomio con rocolas
ardientes de aullidos, jadeos desconocidos del estrépito.
Nos muerde el cuello la pulga de los muebles rotos, el patio aterido
de la desnudez, todos los nombres de la baba:
Jericó en la noche gris del miedo, la somnolencia reptando al espejo,
el castillo del crepúsculo rodeado de risas viscosas.
De cierto, he acumulado candelabros en el agujero paciente de la piedra,
en este cielo con espaldas de cocodrilo…
Barataria, 2010




EFÍMERO PÁJARO

Cuando sobrepasemos la raya que separa 
la tarde de la noche, pondremos un caballo 
a la puerta del sueño…
María Victoria Atencia

Efímero el pájaro que en el azúcar nos sonríe. Discurre el labio
transitorio del vilano. El cristal del instinto en la bruma. El labio
en la ceniza. La vida es esta entraña desgarrada que se repite desde
cada palabra en la arteria de la insistencia.
Navegamos en la llama íntegra del fósforo, en las aguas, sin embargo,
que nos da la carne del sueño, la antorcha visceral de lo oscuro,
la adicción por la respiración de las luciérnagas.
El tiempo siempre es una lección de creciente herida:
—el tiempo, digo; pero en realidad es todo el vértigo de la historia
en su nefasta quemadura que nos adentra en el oficio de la espina.
Después de la sombra herida en el latido, los caballos quebrados
del viento, y la obsesa boca convocada por la sal.
Cuando cada letra nos da sus señales visibles, uno puede sacar el soplo
del alambique y beber el gozo que ahí se decanta.
Desde luego estamos conscientes de cuanto nos habita: —la parábola
aprendida en el vado del hambre y los alisios fuertes de lo pasajero.
El sueño está ahí como una adicción de los veleros sobre las aguas
ensimismadas del agüero.
Está ahí, tenaz, hurgando la plenitud de la espuma. Repetido en el tejado
y en el alero, en el camino del alquimista.)
Detrás de cada pájaro o sueño, el aliento impar del albedrío; es decir,
el calendario, con su órgica mesa de números.
Repta la tarde y la noche: sólo un tranca sutil separa el vuelo
y la respiración; la intuición y la indigencia feroz de cada rocío quemado
en el trajín del guijarro o el azogue.
De pronto una puerta salva los miedos o los anhelos.
La sangre anochecida del fuego.
La piedra que se empoza en el alma.
Las sienes arqueadas en el instante del tránsito.
El humo que se quema en la herida desvivida.
—Sólo queda el sueño en la conciencia después del desatino de sobrepasar
el tiempo como parte del juego de las linternas.
Lo demás es agua o brújula transitoria. Agua disgregada en el sueño.
Desvela, después, la llama entumecida; el ala rota del vitral, colgada
del cordel de la respiración.
La noche y el día rompen, en cierto modo, los vínculos del sueño,
aunque parpadee el cordón umbilical de las indigencias.
Después de todo, uno se queda escuchando la bocina del agua. Donde
el surco quebró los símbolos y el camino se hizo añicos.
Ahora sé que desciendo después del último recurso: —cada estrella
madura en los gusanos de la ceniza, en la llama incompleta de la lengua.
Barataria, 2010



CENICERO DE HORAS

Cuando la espera se transforme
en el último umbral de todos los viajes,…
Ángela Serna


Como si perteneciera a esa tinta gris, el humo consume los dedos
del tabaco, la colilla apagada del puño, la hora quemada en la nicotina.
Espero en la desesperación trasnochada del cenicero.
Días de extensos pergaminos: títulos valores de la escoria.
Los recuerdos son inevitables como una peste de tormenta fría:
la razón no entiende la multitud de la ceniza en el coro de humo
que crepitan las pupilas.
Me desvelo frente al mundo de la duda, aunque sólo sea mera curiosidad:
—invención de la herida ahogada en la almohada del vuelo.
A menudo me pierdo en el humo insano de la nicotina: pero así
se desnuda el reloj en sus anhelos de pronto desvelados.
Un día tras otro, también, el cenicero del cielo con sus recónditas colillas,
el trago amargo del café sin azúcar,
la bendita espera en medio del escombro. El fuego sitiado por la lluvia.
Los días de militante sonambulismo. El labio reseco de la ráfaga.
—¿Hasta cuándo este deshacer el tabaco y luego tirarlo como un acto
de supremo exorcismo al tragante del viento,
a la fábula de la sed no saciada. Al apretado labio del azar.
Siempre se torna ansiedad esta respiración circular de la cruz.
Siempre Vallejo en los vitrales negros del humo, —la armónica
de la penuria entre el polvo, la calle que sólo sirve de bodega para tirar
el escupitajo, puerta de la demencia.
La sintaxis de las manos fragmenta e interpela los anillos de los ojos.
Cada fósforo es hijo de las persianas, del caballo de la noche,
de los murciélagos. Y el cenicero, un gran día donde florecen las sombras.
—Un gran día de velámenes oscuros donde caen de cansancio
las ventanas, las puertas, los toboganes.
[Al final, no discutiré lo oneroso que resulta cada día, ni siquiera
si muero o vivo en la espera: de suerte estoy sentado en el taburete
escarlata de mi propio cuerpo. Nadie vendrá aquí conmigo, eso lo sé.
Sólo estará, por si acaso, la armónica de las telarañas, no vos
que me ayudaste a ignorar lo ignorado: el mea culpa del calambur,
o el quiasmo del pez en su centelleo.]
La única realidad tangible es que anochece: morimos mereciendo vivir,
como dijo Tolkien. Vivimos en esta olla de presión de la náusea.
Al final, ni siquiera la sal es inocente para preservar la pureza…
Barataria, 2010



EXTRAÑEZAS

Huye de mí, palabra:
y que el aire te asista.
David Escobar Galindo


Huye de esta miseria, materia de mi propio espanto. Huye de la queja,
del viento negro que existe en los féretros. De la ceniza
del alfabeto sin rescoldo. Del presente líquido de los sudarios.
Huye conmigo de esta tierra extraña, huye del trono desnudo
de las vestiduras, de este museo de puertas vacías, de los metales encendidos.
Huye del balcón que horada el otoño circundante de los ensombrecidos
ardores del alma. De esta alta brasa donde vivimos.  De este hedor del paraíso.
Huye de la espina que desgarra las carnes. Huye del cuerpo gris del asfalto.
Huye del escondite de la lluvia donde se ahogan los ramajes.
Huye del ceño adusto que acaba siendo sepultura en la frente.
Huye de las talabarterías que gozan dibujando jeroglíficos.
Huye de la semilla regada sobre las piedras. Huy del resplandor del cristal.
Huye, también, del campo abierto donde el horizonte no tiene fronteras.
Huye de los pañuelos blancos que se tornan lagos salados.
Huye del horror perenne de los rostros gastados y del tiempo
                                                                                  [con los puños cerrados.
Huye del decoro con cejas artificiales, de los remos fallidos del semen,
huye de la sombra hiriente de los espejos, de la sartén con furia
de resuellos, de la melancolía tibia de los cirios. Del cometa del deletreo.
Huye de los parques hieráticos de las paredes. Del consuelo fortuito.
Huye de la cercanía de los dientes y el pan con hongos. Huye de tanta pirueta.
Huye del clown que ordena cadenas de radio y televisión.
Huye de cuanta piedad se muestre en los atrios de las iglesias.
Huye de Platón, Sócrates, Leibniz, Marx, Engels, huye de Heráclito,
huye de Racine, Lope de Vega, Goethe, Descartes, Quevedo, Góngora,
huye de Heidegger, Jaspers y Sartre y Camus y Beauvoir,
huye de Eurípides, Sófocles y Esquilo y Marceline Desbordes-Valmore 
y Auguste Villiers y François Villon y Thomas Chatterton,
Aloysius Bertrand y  Gérard de Nerval y Lautréamont y Petrus Borel
y Charles Cros. Huye de la penumbra de los establos.
Huye del pesebre donde pastan los alacranes. Huye de Artaud.
Huye de Jean Genet, pero no del  Eclesiastés, de los Salmos
y el libro de Job. Huye del rocío azorado de las estrellas. Huye.
Huye de la valium del silencio, huye de los areópagos
sacrosantos de la ceniza. Huye de los caballos rotos de la giba.
Pero no de los trenes y los barcos…
Barataria, 2010




REMANSO DEL FERMENTO

Hacia mi litoral, ¿quién, pues se acercaría? 
Sin casa y sin puerta por donde huir de mí: 
una mirada muerta y un sueño sin cojín.
Josep Palau i Fabre


Dentro de las cerraduras las raíces del tiempo: la boca en su celda
de dientes,  afiladas cavernas del insomnio, cautiva la sábana en el vértigo
de los cuchillos, página tras página la vigilia galopando sobre muros,
ciego fragor del pespunte de los sueños, estribación de sollozos
en el telar de la intemperie: las semanas gastadas en el traje de la lluvia.
Sucede que ya, todo sueño es innecesario, el vacío se confunde
con las pestañas, y contagia el tacto zurcido de los domingos;
es hermoso quitarle la ropa a las palabras, y leer el apremio del poro
en sus mansos adjetivos de agua: allí la plenitud del ojo enmudecido,
las tantas consonantes de lo posible,
que evidencian el fermento entregado a la memoria de la sombra.
Pero duele la sed en la espera, la hamaca deshabitada del cuerpo,
la cortina inminente de los párpados en el instante en que la propia
vida hace acopio de la carne de la muerte,
la orfandad se obstina a deambular por fronteras desconocidas,
fluvial el remanso de pétalos buscando el arroyo del aliento,
la impetuosidad de la batalla que emprende la duda: antes de llegar
a la verdad, fue la duda la turbulencia del ojo,
la esperanza sobre la piedra, el ungüento sobre la herida,
la fosa común de la herida, rescoldo y llave de la sed.
¿En qué insurrección de aguas, las aguas sometidas al aliento
del tiempo proscrito y estéril? ¿Vuelvo a la estación del hambre
con sus calles estrechas, al harapo sumiso del martirio,
a la nomenclatura escrita en catacumbas, odre de mortificada boca?
Es más sutil el filo del bisturí a la tormenta de la sal en el relámpago,
a todos los atrios donde se quiebran las begonias y los tulipanes,
a la hoguera que propaga dudosas estandartes.
De cierto, la noche fermenta el incienso del aliento,
¿alguien deja de rendir pleitesía al hastío cuando se gesta la diadema
de las alegorías, la pompa de jabón sometida al viento?
Por cierto que cualquier fermento nos llena de pretéritos,
así lo ve el ojo cuando el remanso se obstina a la fiebre del vinagre,
al vaho de la carcoma que subsiste en el cuerpo: y ya, en el escondite
del ijar, todo es zona de peligro, oráculo de sal,
alacena residual de la noche en el libro de la vigilia.
Al final, toco la cajita de música del embudo, la esponja balbuciente
del centro del reloj, el borde del grifo doméstico: el desvelo
recluido en la sábana, casi a oscuras el tragaluz sinuoso.
Al final me quedo con el calzado agrio de los gérmenes, tiempo
reconstruido, allí, en la memoria, cómplice del antídoto
para subvertir cualquier premonición, noción estacionaria del anhelo
el zaguán idéntico a la bruma que padezco.
Barataria, 2011




DESTINO DE TRENES

I'm coming up only to hold you under
I'm coming up only to show you wrong
And to know you is hard and we wonder
To know you all wrong,…
Band of horses


Cuando el tren  me regrese a casa, habrán escapado las ventanas:
la fuga siempre ha sido un remedio de almohadas.
El olvido es un tren donde fluye el abandono: partes de uno,
substancias, epitafios, largas abstracciones de rieles, líquidos
itinerarios donde juegan los vagones su desgaste natural.
En cada tren, los vagones comparan la brújula del paisaje:
de cara a los recuerdos, me resisto a cambiar el rostro del espejo.
Siempre estoy de paso respirando las palabras que van conmigo:
rieles, calles, adioses, duelos, es lo mismo,
sobre todo cuando no hay razones para quedarse,
salvo el sótano, el asedio de los ataúdes, el límite total del aire
en la boca, todo lo más próximo a los epitafios.
¿Es posible quemar el destino de las palabras, los archivos del hombre,
la miseria del parpadeo con su argamasa de sal,
la topografía del itinerario,
todos los nombres que condujeron a la soledad?
—En el sueño hay distancias de polvo sin alternancias, sentidos
adversos de la dulzura, resúmenes gratuitos de silencio, rostros
demasiado adustos para trepar escaleras;
cuando amanece el sueño ha transpirado todos los maleficios,
la quimera pendular de la ceniza, el sigilo intrépido de los vagones,
las calles líquidas del próximo deseo,
el espejo que siempre me acompaña desde la equidad de la balanza.
(En las estaciones hay otros ojos moribundos iguales a los míos:
negras bodegas de párpados, celdas opacas,
cablegramas que nunca llegaron a sus destinatarios,
dedos amontonados en el esqueleto de las aguas, distancias
del arrepentimiento, indigestiones de una ciudad que ya no existe.)
Siempre hay desesperación en esta fuga permanente:
es un ir incesante hacia los retratos, hacia donde el pájaro
se pierde en el dolor, insectos disecados en los jardines,
alfileres de quemadas ansias, ojales parcialmente cerrados,
caminos duros de todos los días, noches lentas debajo del harapo.
Siempre es una fuga el parpadeo del calendario:
el estrépito de las tijeras, esta condición de peregrino,
la migración irrestañable de los vitrales, —el respiro que cambia
tras los nudos de la ansiedad,
 el candil efímero de la llama: los trenes gritan al anochecer,
arrastran cuadernos consumidos, beben los brazos del latido,
endosan los folios de la noche y el día.
Hay un relámpago de silencios en la marcha, los alfileres del frío
desnudan el paisaje, la consigna es ir atardeciendo en los adioses,
como lo hacen los rieles en la hoguera del retumbo,
labios diseminados en la respiración del viento…
Barataria, 2011




EL ESTRECHO DUDOSO DE LAS PALABRAS

I Look up to the sky
and i raise my voice…
Divine Fire


Hemos inventado las palabras para darle aire al tiempo, pero no siempre
en la boca son apacibles aguas, sino estrechos de dudoso aliento, alcancías
de herrumbre, cerrados puños del zarpazo.
A ratos quisiera tender el pañuelo en el petate y que se humedezca
de cuerpo entero y no sólo de ojos, de otros mundos,
otros conjuros como granos de mostaza,
otros pulmones posesos de agua hasta el ahogo incierto,
caminos inmolados del alfabeto.
No es que camine necesariamente todos los días por sendas estrechas,
es que la metamorfosis también tiene sus propias acepciones,
formas diversas de resplandor,
cuestas, lavanderías, jarcias, veredas que el tacto asume con estoicismo,
claridades de creciente oscuridad, y hasta secos silencios.
Balbuciente tinta ha sido cada rostro irreal de las palabras, melodrama,
despliegue de abanicos como acertijos del pino en el páramo;
adusta la materia del pólipo en la sílabas, en la cresta diacrítica
de la lengua, en el pulso desecho de la hojarasca en la ventana.
Siempre me toca caminar sobre el campo minado de las vocales rotas
de la ansiedad y las reminiscencias; y juro que todo me parece
dudoso, desde el candelabro hasta las fotografías,
desde el pájaro en la viga del firmamento, hasta el sapo cegado
en el charco del alfabeto.
Me confunde el sentido plural de los hisopos, la sinonimia del enjambre,
la ortología en comales de barro, en cambio me conforta el clítoris
del horizonte, el arrebato del esperma en la alborada de los astros,
la  apoteosis de la campana morfosintáctica de los molinos,
los puntos suspensivos de los helechos
y hasta el aliento de las consonantes líquida y fricativas;
pero detesto las antonomasias y las anfibologías, y los retruécanos:
prefiero la simplicidad honda del cuerpo, las veraneras embalsamadas
en los poros, la claridad de los jardines en la hoja en blanco,
con el zumo exhalado de los arrayanes.
Prefiero el camino llano del surco, el arroyo en la cópula íntima,
que huela a tierra la espiga,
y no los artificios del ay  debajo de la sábana.
Me aburren las palabras huecas, —esas que la cortesía embalsama,
para postreras unciones. Me harto de la muela cordal de lo áspero,
de ciertos miedos al ver la caducidad de las estrellas en la estaca
de la involución; me conmueven, sin embargo, los balbuceos del frío,
cuando a tiempo y germinación,
cuando la lejanía es cumbre, ebrias sienes del día,
alas donde no caben las cacofonías, ni el barbarismo del guijarro
en la garganta, ni la tozudez del durmiente sobre el riel,
ni el aire viciado de los antros a fuerza de tabaco.
busco la sencillez de las palabras y no ese pasadizo se secretos
túneles. No la oblicuidad, ni el epíteto, no el metaplasmo,
ni las imprecaciones, el ojo encendido de escoria…
Barataria, 2011



GERMINACIÓN

Después de todo la poesía respira en la germinación del rictus
enhebrado en las andaduras de la hojarasca. Después de todo,
caminar es ir sucediéndose en el fluir de las aceras
que abren el camino asumido por el fermento, estertores
de la semilla amanecida, dentro del fuego que nos sostiene.
En la enredadera del viento, ciñen las aguas su cintura,
tiempo a revelarse en la redondez de las palabras,
digamos respiración propiciatoria
que hace fragor en los papiros del hálito, estanque de trópicos
y paradojas, definitivo invierno, hondo peldaño de la garganta.

A veces la distancia es la compañía más cierta que tenemos;
germinan incontables las ausencias, la edad que pierde el jadeo,
el final del asombro cuando llega la partida,
la brisa donde inmolamos los paréntesis de ayer, hoy y mañana.
Todo cuanto nos es dado lo reconozco en la respiración:
aprendí del pinar el chirrido de las ramas de la conciencia,
el aliento de la luz en la trementina,
la inminencia del viento en las semillas, también la ventana
que se inunda de atropellos,
libros semiabiertos del entresueño, el ahogo de la tinta en la mirada.

Pese a todo, sostengo la respiración de los almácigos,
el paraíso es esta faena de escribir todos los días con lámpara
y tinta y cuaderno, con recuerdos, empuñando el candil
hasta ver luz en la herida, porque vivir es todavía, una invitación
al poema, al cruce del mar sin descanso y sin fatiga.
Tengo prisa, desde luego, por eso no me detengo en bagatelas,
ni en los armarios oxidados que guardaron mi pecho:
el tiempo nace en cada alabastro del poema,
nace en el panal del relámpago, en el oficio de las raíces;
el tiempo es cada uno dentro del tugurio de las sombras,
el mundo, una prolongación adusta de los panales,
donde los dedos hunden sus propias cavilaciones.
El poema empieza cuando algo muere: todo fulgor tiene vigas
de ceniza, aires indefinibles, pálpitos misteriosos que luego
escapan de las ventanas como los vilanos.

¿Cómo no pensar, después de todo, en el encaje de los litorales,
en la labor del recuerdo que limpia la casa, en las señales visibles
de la tierra? En cada lágrima hay incesantes pañuelos:
la lluvia hace su labor para limpiar el alma, germinan las formas
más diversas de la luz, el asombro sin amputaciones,
el aura en el ojo del verso, la semilla derramada en la tinta.
Nada ha muerto y sin embargo todo muere: la piel disuelve
El sexo en la expiración: el amor es una boca de larga agonía,
Donde obra la incandescencia. La respiración hace lo suyo:
Desvela el espejo y hace florecer la sed…
Barataria, 2011



ANATOMÍA DE LA HERRUMBRE

Atroz historia venidera,
¿en qué manos estamos, cuántas trampas
tendrá que urdir la vida para seguir viviendo?
José Manuel Caballero Bonald


Y qué de la mesa de otoño en el mantel de la herrumbre,
sepia el trino en este viaje de maletas purulentas,
herido en las llagas del murmullo, sal retorcida en los zapatos,
hierro sinuoso en las baldosas de la lengua, perros carcomidos
por la sarna de las laderas,
lámparas a media asta del declive, sin más responsos que el folio
de las osamentas, la claridad ensombrecida por las sombras.
Y qué del litoral duplicado de los féretros, caídos en las manos
del despojo, calcados en la salmuera de las puertas,
en el marchito ojo de los candiles: inciertos cuadernos como frutas
podridas, maduras de tanto caer en el tarro inaccesible
de compuertas hechas de cascos y naufragios, de respiraciones
sucedidas, cercenadas por la broca del aliento.
En las paredes está dibujado el reloj de las sombras, los meses
cerrados de las ventanas, las luciérnagas redondas de las agujas,
todos los golpes que se han ido acumulando en silencio,
la escoria con su espesor de neumáticos: giro en el vaho liso
del vómito; es densa la verticalidad de los metales, las tantas
coordenadas difusas del tacto, la amenaza que broquea la lucidez
aparente de los domingos;
en los rastrojos de los pañuelos, las llaves ciegas de los ascensores,
el sol desgastado por el forcejeo de vigilia y paredes,
la sonrisa, ¿dónde aspiramos a la sonrisa, cuando todo se ha vuelto
constante barro de amenazas, escrutinios de escoria,
lanzallamas de zozobra, sábanas para albergar la destrucción?
Crece la piedra alrededor de la boca, la perennidad del escondrijo,
el hervor de la noche en las llagas fatigadas,
la basura a mordidas del alma, las mismas palabras del despojo.
¿Y qué decir de la inclemencia, de las flotas de pus transitando
en el dolor, de lámparas que palidecen cada mañana,
proscrita la luz en las aceras, en el hombros donde se carga el sigilo?
¿Qué divinidad nos puede devolver la transparencia,
qué calle no es una maquinaria de oscuridades hoy en día?
¿Qué salmo está ileso de este inframundo, muerde solapada
en cada esquina de la neblina, días de absurdos amarillos, sepia
el falso jardín de los encajes, las aldabas del matorral, los pasos
al vaivén del sigilo, sangre coagulada en el rostro?
—Vos lo sabés después de caminar tantas noches de óxido,
sordas miradas de horizonte, peces hundidos en las aguas,
los besos colgando de hisopos oscuros, como murciélagos sobre
la grava del olfato, a punto de cruzar la noche.
¿Y qué decir de los tantos inviernos acumulados en las paredes?
Una tras otra la sorda estridencia, el firmamento de lo árido,
este turbio cobijo de mi propia anatomía que se ha vuelto parte
duplicada de la infamia, tumba del sueño…
barataria, 2011



CAMPGROUND

…el que no se recuerda, ardió sin un motivo 
porque, según parece, no se avenía a ser talado de unos árboles sí 
y de otros no.
Vicente Molina Foix


Calendarios oscuros en donde nos deslizamos cada día, al oído,
sin embargo, nos desgarra la lectura de la zarza, los brazos
que nos devuelven a la noche, solos, la ausencia y el hambre,
vos embriagada de miedos, ojos de amargas hamacas, el silencio
que nos quema en la piel, fosas donde la esperanza guarda sus heridas.
Diré que fui rehén en la idolatría de tus poros:
al pie del dintel, la dentadura, la melancolía del vigía
que fue pájaro, el tropel duro sobre los muertos en el alba.
A veces sollozar, madura la nostalgia, la porfía de ciertas flautas
al trepar en los parpados: supongo que es triste el sollozo al filo
de las aceras, en la trompeta desnuda de las sombras;
tras el escombro hay nudos ciegos de sed que no sacia la tormenta,
en el fuego reinvento el valor de las palabras, el seno o el labio
tiritante, la audacia que persiste en las espinas.
Siempre espero que el eco de tus poros germine en mis manos,
sin fronteras, hasta que armonía y ternura sean afables entre nosotros,
vos y yo en la tierra de lo posible, sitiados solo por el semen del aleteo,
ardidos en el aroma del deseo,
sin preguntas, sin muertos, únicamente el vértigo natural del jadeo,
arraigados a la alegría y no a tanta grieta, acequia oscura del féretro,
no a esos meses encerrados en alambradas.
Duele lo inerme y el submundo del granito, las ventanas disueltas
en los dientes, el alambique roto de los zapatos, las telarañas
o la casa cerrada de tus muslos, los espejos que somos en este ahogo
que también es de las Patria, aunque nos niegue con sus gemidos
desvelados de tanto estrujar la esperanza.
Vos me dolés entre tantos chiriviscos, alimentados acaso por la respiración
de las tumbas, por tanta criminalidad sobre nuestras sienes.
Vos me dolés, no lo niego. Me dolés como los armarios o la fe convulsiva,
la aurora en desatino del tabanco, el pulso que muerde el zodiaco,
con las vocales colgadas de los aleros,
me dolés como la neblina posesa en las ventanas: me hundo
en la herrumbre dejada en cada poema, —a menudo es así, sencillamente.
Está desteñido el pulso de los desodorantes, todo aquel óxido inconfeso
de la polilla, algún almanaque sin misterio, cruzando la antigüedad
de las brasas, la llama que nos consume en la transparencia
o la oscuridad, lengua inseparable en el ámbito de la almohada.
Después de todo, lo vivido contrasta con el pañuelo filtrado
en el paraguas, con las palabras secretas que nos fueron consumiendo:
ansiedades, rostros húmedos en las sombras, laberintos habitados
por fantasmas. No sé si por fin un día acampamos: perdí cualquier  
noción del tiempo. Por hoy, solo recuerdo la agonía…
Salt Lake City, 2011



TE QUEDAS CABALLO AZUL

Te quedas caballo azul en el lavatorio blanco del cielo junto a la luz oscura de los ascensores de las nubes, cuyos dinteles me recuerdan los sombreros ceñidos al último recuerdo, al espejo púrpura del sexo cruzando la estampida del fuego. La lluvia tiene frondas de ascuas, ríos donde la imagen bebe las flechas de las olas anudadas a los pezones de cada silbido del cuerpo; es una ciudad destilando catedrales de enredaderas, atrios de luz incendiando los ojos, ¡qué oquedad es está donde se hunden mis manos como la sombra del folio en la fruta madura, en la sed sin capitular en la lengua? Azul, también este cuerpo en la extrañeza, meses de transpirar sin oxidarnos, espejos innumerables como juego de trenes, abiertos al vilo en el vagón del gozo; de par en par siempre en la redondez del orgasmo, en la cubeta de la memoria donde el vaho es ráfaga de viento. En el río de la piel, la balsa sacudida de la fantasía, las aguas en la red de los párpados, cada folio en la vitrina del quejido. En el silencio, los pájaros y la espuma, el rastro dactilar sobre el relieve embalsamado de lo poseso: la llave al mar del tránsito…
Barataria, 2011




OFICIO DE LA TINTA [ARTE POÉTICA]

Entendí entonces que siempre es la palabra 
quien aprieta el gatillo,
armada de miedos y tormentas,…
Marian Raméntol


En el firmamento de los sonambulismos, el oficio de la tinta
apacienta el palpitar desbordado del horizonte;
forma la corporeidad de las palabras, acorde al silabeo de la respiración,
sobre la alberca de la página, piel de la metáfora susurrando,
océano del tacto en la vendimia del pecho;
debato desvestido con las alegorías, los años balbucientes de parábolas,
camino tocando el balcón de las palabras perseverando en el camino,
contando las puertas alrededor del frío, la sábana del pájaro
que gotea entre la foja incendiada de la sangre, entre lo exhausto
que significa sostener el vértigo de la trementina.
En el taller del poeta, la bellota del diccionario, los pulsos de tantos
libros, los punzones de las sombras sobre los párpados:
en cada letra voy adivinando o mejor dicho, poniendo en la alacena
de la memoria, ciertas reminiscencias, quizá para acortar la distancia
entre el humo y la niebla, entre los pretéritos y los ahora galopantes,
entre el ojo humano y el ojo de agua de los espejismos,
el pensamiento y el desvelo, el despunte de la tormenta.
En la carpintería del alfabeto, la garlopa de la pluma, la cinta métrica
del aliento, el serrucho del jadeo entregado al vértigo del poema;
entiendo al poeta confinado en el folio de sus palabras,
—fácil o difícil—, la luz tanteando la sartén de la aurora, el albor
en el yeso del papel, el molino de la artillerías con su propio fuego.
Cada mañana el poeta esparce los insomnios en el sudor,
unge los materiales del cuerpo, acomete contra el tedio, comparece
ante las asimetrías del galope: nacen barcos en el mundo despoblado
de la respiración, desecha la zozobra que produce la melancolía,
deja que el trapiche se llene de palpitaciones y las luciérnagas
crucen el umbral, sin herrumbre, dando paso al aire necesario.
Mientras en el exterior sólo hay ventanas borrosas y rapiña y patraña,
en el cuaderno va quedando aquélla lámpara,
—el fuego de cipreses que luego se volvió jardín, el milagro de la tinta,
sobre el vitral del horizonte,
veleros en el puño de la claridad, bolsillos de ardientes ojos.
Ahora, en el taller del poeta, el oficio de la tinta, esparce la sábana
del tejado, mientras el barro de la almohada quema los labios,
el balcón del sobresalto, los andenes y escaleras de la memoria.
Y luego, cuando entra de nuevo a la noche, también despide las muecas
acerbas, olvida los meses de combate: nace el poema de las manos;
y, en ese oleaje consumado, el pan compartido, el panal íntimo
del espejo, la piel de la poesía…
Barataria, 2011




MUNDO 

Would you dare to take a little journey
All aboard, all ashore
At your leasure take a pleasure trip
On shore, ashore
Everybody needs a pleasure trip…
Mamas & The Papas


De pronto nos hacen falta alas para respirar este mundo:
ganamos o perdemos la batalla, la memoria que rescatamos
de la fragua entre tantos vértigos y remolinos.
El tiempo suele ser un labio agrietado en el rostro,
metamorfosis del estupor atravesando raíces,
el idioma que aspiramos en la borrasca del muro,
las estrías rotas del cristal, los tantos bautismos circulares
de la extrañeza. —Diría que este mundo transpira múltiples laberintos
y después los disemina en el aliento de las aceras,
en la procesión acústica del polvo, en el casco estigmatizado
de los credos.( Ha sido, lucha desde tiempos remotos, buscar la luz
después del remolino de las oscuridades o sin presencia
de esos torbellinos, sólo que sin presencia de esas tormentas oscuras,
sería pose y no desgarrada entraña que  tras pálpitos y pálpitos,
busca el alero  —aunque sea del embudo—, para salir.
Y no es precisamente sólo tarea de místicos, ni de abades,
ni monjas mojadas silenciosamente en su sexo: San Juan,
Santa Teresa y tantos otros, que ya no están en este ámbito,
sino en la laicidad; Goethe, por ejemplo, pidiendo más luz,
envuelto en el frac de Mefistófeles: demonios tenemos
y en abundancia. Pero siempre hay un resquicio;
quizá el de nosotros más atormentado que el de la gente común
y corriente. Tampoco Descartes nos ayuda en esta búsqueda
o este sacudón del alma, con sus lengüetazos de racionalidad,
ni Spinoza, ni otros... la búsqueda sigue quizá en las aguas
del sueño de Perséfone, quizá en la claridad que queda después
que los vientos han arrasado con máscaras y labios insustanciales.
Aún así, subimos y caemos, Ícaros, sobre balcones,
verjas y céspedes: vaginas que nos abren al frío,
terribles catedrales de oscuridad. Al final, el poeta siempre respira:
ordena las semillas del aire en el odre de la rama del pájaro.) 
Hay una especie de víscera rota en la lengua del brebaje
de la respiración: los poderes de la hojarasca y el hollín,
asumen la vida cotidiana, las consignas, las madrigueras,
el bajo vientre del orgasmo en un tablón de nostalgias.
A casi días de convocar, de nuevo, la alegría, viene el tanto por ciento
de la náusea, el cautiverio que el cauterio del estambre
del fuego en el espejo.  Desde la ceniza o el humo,
remontamos los siglos del deslumbramiento; ¿Ha sido la lucidez,
nuestra arma secreta para enfrentar los coágulos grises
de la hostia, el quizá en pedazos de los cielos?
—Debo creer que todo, a fin de cuentas, es mero espejismo;
y que los jeroglíficos en las costillas son parte de la bestia
inscrita en las paredes, en la semilla del desvarío. Puede que,
al final del túnel, exista alguna respuesta, entre las tantas
respuestas que dan los politólogos, los tratadistas del derecho,
los economistas del espantapájaros de la levedad.
Sin duda el presente de las escaleras se mide por el número
de peldaños que tiene la esperanza.
Lo demás es la teoría pura de la inmolación.
Barataria, 2011




CÁNTARO (COLLAGE)

En el traspié quebramos la vasija de la sed e inventamos
formas sutiles de pájaros, aires que luego destruyen
a las gaviotas del poro erizado por la crispación de las sombras
pululando en las esquinas;
la conciencia ahonda los fragmentos del pecho, —en el miedo
a lo oscuro suenan las sonajas, aquí la escopeta del fuego
en la fragua, el brocal a gritos del día, fieros equilibristas de la sal
del destello sobre el poro de la hora quemada de los balcones,
mercados del adobe donde la sonrisa se vuelve hermética cerradura,
como manchas abatidas de hollín.
En cada puzzle del tiro de gracias del barro, los juegos
violentos del acorde de la noche con los grifos de la gruta
del murciélago en la garganta, parpadeo de sombras sin ropa,
avanza la mecedora mordida de los párpados, la vena rota
del muerto en el bosque humano de la saliva. (Jamás duermes.
Jamás duermo en la pocilga del barrio libre de armas y miedo,
desnudo, señalando el horizonte, si no es con el bastón escondido
del anhelo en tiempos, donde la democracia, es todavía
encaje marginal del musgo golpeado en el hierro de las verjas.
Dormimos entre homicidas y homicidios, su incandescencia desafía
nuestros zapatos, nuestros brazos puros,
muerde, incluso, la hora del seno y el orgasmo, —tus muslos ciegos
de desvarío, la lengua que grita en la tela de los poros.)
Nos abate el mercado de pulgas de las ideas,
cuando la palabra es un laberinto de veleidades, una rueca
de cieno que hay que seguir con la risa, casi con la unanimidad
vegetal de la sangre: entramos a un bosque de abanicos,
rapados de mesa y utensilios, de rodillas junto a las moscas
que posan en los platos, convirtiendose en parque del delirio.
Hay cántaros de adusta feligresía, vasijas, tiestos, enajenados
vidrios colgando de las ventanas,
huecos habitados por nefastos invernaderos,
púas flotantes de almohadas, pozos sin escaleras para socorrer
al prójimo de los sótanos flotantes de la niebla. Nadie escapa
a los fósforos que diariamente expiran al trasluz de violados ecos;
lo sabemos cuando las estrellas caen en las laderas,
—se ha vuelto inefable tu respiro después de todo. Después de todo,
casi te palpo en la gota de rocío, en el sondeo invisible de mis pies,
en el silencio que de pronto es el único instrumento que nos sirve
para desnudarnos, para quitarnos esta modorra inclemente.
El tiempo se nos quiebra en el cántaro astillado de los destellos
que nosotros mismos invocamos a la hora de ascender a las poluciones.
¿Cuánto nos queda de mudez? ¿Cuánto tiempo para fotografiar
el sueño, sin convertirnos en ese siniestro juego de contarios?
Para saberlo hay que colgar del alero nuestra propia respiración.
Barataria, 2012




LABERINTO DEL PODER

y desde aquí otra vez
y vuelta a ir de vuelta y sin aliento
y del principio o término del precipicio íntimo
hasta el extremo o medio o resurrecto resto de éste o aquello o de lo opuesto
Oliverio Girondo



En la llave de lo obsceno, lo abyecto; el poder que lo transgrede
todo, la muerte allí en el hilo del semen, el tiempo en la pesadilla
de los crucifijos, el mundo oscuro de los murciélagos:
el suicidio para desterrar al enemigo, en medio de la truculencia
del delirio. —Ahora sueño con sueños de caníbales,
con el Terminator del destino, con las moscas que juegan a ser
pájaros, ilegibles habitaciones con escamas afiladas donde
se corta la lengua y salta a borbollones la saliva putrefacta.
El suicidio político es una forma de exterminar al adversario,
cuando a ciegas se bracea junto con los peces, expertos en aguas
superficiales y profundas. Rezo ante la luz con los labios cosidos,
invoco las formas santas para sobrevivir cada noche,
las paredes oyen a las arañas que suben hasta los tejados,
entran al laberinto del frío, a la macabra imagen del Paraíso.

(Entre extravío y ostracismo, el riesgo de subir al eco del musgo,
y luego salir del huerto con los ojos vaciados de la carne.
Siempre tu cuerpo húmedo en mi lengua, como esa locura
del susurro en los ijares, la serpiente del fuego abre el incienso,
nos llenamos de la utopía dialéctica de la locura,
el pan nuestro de la conciencia lógica y la teoría con su objeto
de conocimiento, con su labor ontológica de identidad.
Nos fusionamos sobre bases idealistas, luego la cognoscencia
orgánica, activa la teoría del conocimiento hasta que la materia
con sus leyes, nos hace sudar, despellejarnos en el jadeo,
morder las contradicciones en esta práctica hasta llegar al propio
objeto del deseo: el badajo, alto, en la oquedad del pubis.)

De pronto, creo que la locura es la forma más razonable de entender
la selva en que vivimos; —yo muero, tú mueres, morimos
arrastrados por ciertos estribillos y slogans, vivimos en una especie
de fiesta abominable. Nos muerde la sordidez del viento,
y su feroz campanario de herrumbre,
y su interminable silogismo para usurpar enmohecidos lupanares.
Un día quizá ya no sea necesario escondernos de la tormenta,
cuando ésta pulule con sus turbios zapatos en la calle;
un día quizá, aunque ya hayamos perdido nuestros pies
y sólo nos quede, por si acaso, resguardar el muñón de la Esperanza
debajo de la sábana del hollín,
de aquella cerrazón de aguas oprimidas…
Barataria, 2012




CUADERNO DE CENIZA

Ignora el dolor. 
No hay tiempo para el llanto: 
Sólo leña ardida.
Pere Bessó


¿Es posible disfrazar las palabras donde impera la ceniza? Llevamos días sordos escribiendo en el cuaderno; el hollín, sin tregua, aturde nuestras sábanas. ¿Hay algún manual para leer las paredes, volver a la limpidez del diccionario? En ventanas y puertas, el crepúsculo poseso, los colmillos hambrientos de lo indecible, la iracundia del tiempo chorreando peces ciegos, pocillos de escombro donde se enredan las lámparas, la ebriedad absurda del escombro. ¿Habrá, después de todo, cuadernos sin cementerios, y suspiros leves, sin verrugas, niños que no le den crédito a las agujas? (Me río, de verdad ante tanto aullido. Aunque anden escapulario y soplen el incensario, no creo en esos dolores de huesos, ni en la seudoesencia de los atrios que se nos han vendido como paraísos de concordia. No sé si un día dejaremos de ser sordos carneros, sólo silencio para seguir muriendo. No lo sé.) ¿A quién le escribo, después de todo, en este vacío lleno de párpados inútiles, agrias pupilas empozadas en la hiel de la penumbra que los habita? A quienes se olvidaron del vuelo, les devuelvo el poderío del odio en llamas, les devuelvo el fango, las rejas de sus propios cuchillos. (Nosotros, amor, nacimos para el amor, aunque la libertad nos cueste la garganta: quizá en la esquina, en cualquier esquina, nos encontremos con el poema, con la luz detrás de nuestras sombras, pero felices de no haber sucumbido. Aun siendo prófugos, la claridad es nuestra, lo dice la ternura que emerge del espejo, la lámpara que arde en nuestro viaje solitario.    
Barataria, 2012



EL INFIERNO DE LA POESÍA

La poesía es realmente el infierno.
María Zambrano


Parecido a este mundo de novela negra, la poesía se vuelve cada vez una necesidad para morir en esta realidad de contaminaciones. Más allá del aúllo de esta Sodoma, el tambor de los cementerios equivale al plato diario de comida, la ficción nos ha metido en una risa sarcástica: cada vez estamos más cerca de los patetismos que del lecho cálido de la luz. En vos, poesía, los seudónimos de la escritura, las falacias del teatro convertidas en pánico, el aliento de los pájaros chamuscados como el odio que se ha vuelto inmaculado. Como los golpes de las sombras, el infierno perturbador de la pornografía. Tengo deseos de romper el alfabeto, con el riesgo de quedarme sin palabras; de todas formas, éstas son poco útiles cuando las esquinas no son sujetas de juicios finales ni sumarios. Diógenes, aquí, en su resplandeciente miseria de lágrimas, fosforescente en la extrema virtud, sumergidos sus pies en sus aguas terrestres. En la sombra mortecina, el sol decapitado; en el diluvio, las puertas abatidas, la lluvia jadeante de lenguas petrificadas; en el filtro de los sueños, la cárcel con su rostro espiritual de colectivo, de río marginal y enfermo. Así, poesía, me metes en estos designios del amor al prójimo y la democracia, de la hipoteca del absurdo. Así, poesía, te vuelves cuerpo rabioso, sexo desabrido, desvelo orgásmico de la moral, personaje de burdel. Con todo, amo tu desnudez de bestia politizada en el mercado de pulgas, amo tu carnaval próximo al delito, amo los buenos modales de los gánsteres y sus bolsillos expansionistas.
Barataria, 2012



FOLLAJE CLAUSTRAL

Desde las rendijas de la corteza láctea de los sueños,  cualquier coleccionista de antigüedades ve colgado el calendario de la luna,  en el ruiseñor que volando emerge del subsuelo del pétalo clandestino del oleaje.  En medio de la hondura del estribillo del pellizco, la danza casi apocalíptica del cordero incauto de las penas, el remojo del ascua del pozo de los deseos,  encima el bosque de cuervos zurciendo cada rama del grito, echado en el azúcar del ombligo.  El claustro es absorbente. Me que aquí, jugando a huésped de cactus dentro del trasmundo entresacado del olvido, al florecido hurto de las pupilas que reclama fluviales arco iris, o coágulos de desnudez sobre la piedra de moler el nixtamal, el poyetón hacia el final del desvarío. Intuyo que este pulso no es transferible a la ceniza, sino al espejo fluctuante del zumo de la piedra tocada por las manos de la lluvia, insomne túnica del rocío sobre el diámetro seminal del sabor. No hay tiempo para el bostezo  cuando en el cráter bracea inevitable el campanario en el domicilio de la arcilla. En la tierra de las ojeras de la noche,  las cerraduras del tiempo destinadas al polvo, los cadáveres palpitantes de las aceras, la grieta hasta el fondo de la lluvia. Aquí, en este follaje claustral donde busco los peldaños del rastrojo, has rotas sábanas y suspiros, y atrevidos fantasmas que cortan las ramas del aire. Entonces, busco la puerta para entrar a la normalidad, juego a las posibilidades de la levadura.
Barataria, 2012



MATORRAL DISPERSO

Aúlla con tu voz en todos los rincones.
Olga Orozco


disperso y trascendido todo el matorral de los últimos ecos del resuello donde ya nadie más alumbra después de la tormenta que sacudió todo lo audible hasta dejar postrado el pulso y seca y devastada la garganta sin ninguna posibilidad de certidumbre ahora bajo una noche de graznidos el movimiento lúdico de las hormigas en la hoja fortuita del silencio juro que en los tiempos venideros caminaré descalzo en las aceras sin la zozobra de la piedra en mis calcañales porque todo lugar habrá sufrido transformación en mi pecho: tampoco será necesario esconderme bajo las siete cabritas cercenadas del cuento ni tendré necesidad de cuidarme de los cielos falsos de la montaña entumecida en los goznes de mi respiración en el infierno de tus piernas los antiguos sofismas de siempre la llave invisible de la transparencia siguiendo al chupamiel del herbario de la bestia que soy yo al margen de la civilización en realidad la saliva es cosa vana como lo es el gozo sin recaudo atrapado en el pescuezo de la noche me gustaría tomarme en serio el ojo sobre el ombligo del delirio pero de pronto la realidad se impone a todo el dictamen de la fantasía:  en esencia sólo me llega el zumo extraño de los días de cuarentena la extraña incoherencia de la sed y el desollado invierno de la esperma en el matorral sacudido por la niebla que queda después del baño sauna  del fuego diluido de las cordales al final creo que pensar racionalmente es terrible yo no puedo hacerlo tristemente porque en mi habita la ignorancia de las campanas y el ojo limpio de mosquitos y el mal de ojo en torno a mis resuellos de Ícaro languidecido los viejos pétalos despeinados del hollín en el tabanco el olor a canela cabeceando en la mesa y aquella mujer frívola aunque a veces delirante dentro de mi lengua atolondrada —juro que sueño en los rincones de sus axilas en su vientre dispuesto a caminar en  mi vigilia en la pira reluciente de los puntos suspensivos: dentro del arca de la noche sangran mis costados y bebo los huesos de la noche el espejismo del ijar es un ventarrón de éter o azufre luego alguien me dice: (“La búsqueda interior no te hará un solitario. Qué difícil hablar y más oírnos los unos a los otros. Y mucho más compartir —sin premisas— la vida, como se oye comparte el tedioso mosquito del calor tropical con la puertas abiertas mientras la anciana espulga al muchacho más sabio de la casa y las loras anuncian que la soledad no existe,”…)  después de todo sólo me toca desvivirme en el ala del inocente velero que busca comida y aunque la espera tulla el hervor del trasiego yo sigo en este matorral disperso al borde del abismo porque a fin de cuentas nada pierdo cuando ya el convite sofocó toda ternura. 
Barataria, 2012





DIARIO DE DISPERSIONES

aquello que no pudo resonar en la piedra.
César Rosales


en el escondrijo de la prisión o el exilio el estiércol masticado por la noche los cuerpos convulsos frente a su propia historia la de todos los días el gusano de la sombra  como un cataclismo en la oscuridad: siempre es así en la superficie de los sentidos cada quien muerde sus propios laberintos se inventan parlamentos en el cenicero de los cuervos —los museos pierden su razón de ser y en cambio tenemos un creciente número de hospitales esperando por el cadáver de los sombreros el sol telúrico del cuerpo que se apaga la mano negra del paisaje lunar junto a cierta cojera de dolor y miseria en los almacenes del tórax el lento tabanco de las linternas y las arterias rotas de las calles hacia un abismo de relojes: aunque no se exprese  está ahí el luto la cuota de tristeza y el vejamen que se paga ante el machete que se hunde en los costados o corta sencillamente la garganta llevo días de degüello  el silencio es una manera de morir lejos de la casa de la infancia enmudecen: el ladrillo la ventana  la tumba los zapatos y el andamio de las campanas incluso muere el apetito por los acertijos y aunque la suerte esté echada con letras mayúsculas en el testamento de las sienes y la memoria  sólo hay trifulca días de grotescos tugurios y absurdos nísperos haciéndole orificios al aroma todo vuelve a ser como antes —en realidad nada ha cambiado—: mueren los crisantemos a la altura del tejado no existen los nombres que escribí en la arcilla ni pervive el refugio salvo lo salobre y el estado guarapo del lavamanos con su infinita miseria de manchas  vivo en un paraguas de semillas que pernoctan en el guacal de las picaduras siempre anuncian aguacero y valijas vacías me harto de chamuscar el rocío y la invertebrada geografía de la trinidad sí porque todo es huidizo desde que nace desde el bestiario gris de las colillas que sangran en el sórdido monólogo del aguacero huelen a semen los sahumerios derretidos de las calles: la muerte de día y noche de mi cuerpo y los extravíos viscerales  del grafiti en las cafeterías donde se anticipan las monedas manchadas de orina hasta el incienso me parece un abrupto y una desfachatez cuando parpadeo en la antesala del gemido: me callo ahora de todas maneras para escribir el poema después de todo es lo que me salva del paredón de los sueños  de las razones que tienen las hormigas para morder a estas alturas de la vida ya he perdido las fechas de todas las palabras que mordí en las esquinas de las heces sólo van quedando para mi glosario: los ojos dispersos de las carpinterías y ese vacío de la compañía que nunca tuve —queman los trenes como el café negro en mi boca como el escalofrío que antecede a la muerte: lo sé cuando recojo el paisaje en su estado de sigilo…
Barataria, 2012




MANO ABIERTA

Al poeta Andrei Langa


el tiempo no está a nuestra medida…
Louis Aragon

Las sombras que tú creas no tienen derecho a la noche. 
Paul Eluard




la mano abierta del reloj en los meses de invierno del poema sacamos del tiempo los molinos de la melancolía para que esté despejado el camino de las palabras: para nosotros los poetas los otros tiempos de la luz el alhelí del poema que canta la vida y la palabra en el dintel de sol y no en las manos de anticuarios ahí reside la fuerza de los párpados en medio del conglomerado de las estrellas florece el pecho de girasoles verdes en tu mano anclada en el poema el sombrero del pájaro retenido en el cuenco de la tinta posesa de las manos canta enternece el viento en el fuego del poyetón del bosque la sombra oval de los hemisferios de la voz y ese abrir el bolsillo sin egolatrías el poema siempre es un fluir en los despojos del Edén: nos grita el infierno furioso entre túneles y ergástulas entre esas adivinaciones de la posmodernidad que nos acecha con el vómito de las aceras y los burdeles y también los brazos no explorados de los ríos la ruleta rusa de la sangre de los telares la estación de un almácigo picoteado por los zapatos del suicida entretanto hacemos un filme de las espigas mientras escribimos en la joroba de la oscuridad de las carretas del cielo lo que queda del rompeolas de las fotografías es el caracol del poema los lavamanos destrozados de la geografía el futuro que quiere suicidarse al primer segundo de ceniza los poetas sabemos cómo y cuándo incinerar la poesía deformarla sajarla quitarle las pústulas morderle los encaje de la sintaxis hacer girar las hélices de las estrellas caducas prematuramente los poetas sabemos que el día no cicatriza sus heridas en la garganta ni en los cerillos del foco del éxtasis ni en el frío oculto en el pasamontañas del tiempo: los poetas sabemos estrangular los grises cuando ya se volvieron un fastidio ahorcar las ventanas quemar los bolsillos diminutos de los centavos y hasta sollozar en una tarde sin puentes sin ríos desnudos como las aguas del mar en la celosía de las alas con las manos abiertas siempre es posible volver a gemir en el goteo del cierzo y hacer de los minutos un balcón de vértigos y sobre los paraguas mordidos de la noche un techo de botellas tropicales —Vos ya lo sabés poeta: un poema escrito al mediodía es una furia en la noche la muerte se cobija con la saliva del alma todo instante es una rama fugaz de contrarios no hablo claro del teorema del abismo sino de los filos del desvarío del poema de la eterna sinalefa disfraza de caricia o del rumor que siempre subvierte los jardines vos lo sabés poeta: siempre estamos registrando los extravíos del tiempo los eructos de la luna y el bosque de las aceras que gime frente a nuestros ojos así da fe el poeta del hollín del fuego de las poleas de sus soledades…
Barataria, 2012



SIMETRÍA DE PUERTAS

The time changes of mood…
Nirvana


llegó a casa después de la faena quemado por el estiércol del fuego que sabe a calles y a burdeles azules y a olores de combate: nada me hace ya tambalear bajo las siete espadas de los sueños seguro veo los andenes del sollozo del hijo pródigo de las herrerías del tráfico abro las mochetas simétricas de la espuma y el badajo que cuelga del traje de espinas de los libros: allí hundo mis sueños y hago mis propios cráteres siempre a campo abierto derribando puertas sin duda junto al tiempo que transcurre quemo mis manos deshago las grietas que me dejaron los altares ah este innumerable abismo de las luciérnagas en el retrete oscuro de la noche en el paladar duro de las destrucciones del fermento: camino voy hacia la totalidad de los paraguas triturados hacia el beso desprendido del dintel del rocío hacia el despojo de la mata de majoncho entre milímetros de telarañas —siempre busco umbrales con nombres perfectos monacales si se quiere como las estatuas que velan la intemperie desde el ave rota de las sienes (y hablando de simetrías prefiero el silencio de la piedra o las resbaladizas paredes de las colmena en el firmamento de mis párpados —pero claro no está de más un puchito de susurros abrumados en el calendario de metal de los barcos) pero ¿quién dijo que las simetrías son simétricas cuando en el umbral de la boca sangra lo genésico cuando el yute se hace evidente en el taburete avergonzado del crepúsculo? aun así la garlopa yerra en los milímetros de madera del aliento: estoy ante la puerta de la tormenta ¿quién duerme junto conmigo con las alas rotas? ¿quién quiere inmolarse conmigo bebiendo el café negro de las sombras a la deshora del poema entre las piernas dentro de la ráfaga del bisturí del azúcar? en la alta noche de los embudos el tiro fijo del semen de la muerte circundante de los sueños muerde combate en nombre de la cruz de mis vaguedades ¿quién afirma tarde o temprano que la voz sangra sobre las rocas que muerden las heridas que trituran los huesos? —voy desde la noche hacia la noche del fuego hacia el fuego de pe a pa en la alborada de las osamentas sin más sellos postales que la tórrida filatelia de las escuelas en su afán de ahorcar la alegría y dibujar ramas de ceniza en las sienes después de atravesar los albañales de la saliva y los retorcidos curules de la tierra debo pensar más de una vez en las máscaras: ¿entro o salgo? por suerte el viento aparta sin quererlo la breña del camino y así puedo contorsionarme en el disparo colectivo de las paredes hasta el punto de convertir mis zapatos en arqueología en esa simple bisutería que se vende en los muelles donde las moscas se disputan el territorio en algún lugar las espigas del mar entran por la puerta ancha de la conciencia
Barataria, 2012




CATARSIS

Quisiera hablar de mí en el poema, pero temo que en cada verso,
sólo haya desvelado los ataúdes de mi aliento:
verdadera razón de mi silencio y del viaje final para el cual
me ejercité en los acantilados.
Sé que me acuesto cada día con los rincones de la muerte:
mi única certeza es haber agotado el mito de Ícaro y autoflagelarme
en la bienaventuranza del poema que bucea en el olvido.
Detrás de cada imaginario, la cena feroz de los altares.
Dentro de los párpados, la piedra con la cual tropieza la ramazón de la lluvia.
Barataria, 2012




LAVATORIO

Bajo las aguas oscuras de la noche, el blanco curtido de la farsa. Fluyen los trechos dudosos de los dedos de los pies, el ritual diamantino de los séquitos, negra la conciencia, sinuosa la voz que quita la escoria. Jamás me fío del crepúsculo y sus manos sucias, de la laboriosidad inútil del pavimento, de los juguetes mágicos que sacuden las pestañas. En el rincón de la fragua, la palangana o el cáliz, la ablución de la espuma, el cisne del aire que vuela en la irrealidad y desciende, cadáver y fosa de la sombra. ¿Hay analgésicos para el olvido? ¿Pueden los pies revertir la perversión de las sábanas? Platiquemos de la alcoba, sobre la almohada, de los pecados capitales. Me pregunto si no son cuervos los que riegan el aceite en los calcañales, sólo la ceniza sin heroísmos, allí en el disfraz violento de la contrición. En la dialéctica no es fortuita la sobremesa, ni lo lavados de conciencia entre ángeles infieles. Al final, ¿qué nos lavamos? Estamos en la antesala de la saliva, desplegados en una meditación que va más allá del tímpano creciente de las olas, sin brújula, casi a merced de la tiniebla de los santos. En el suspiro solitario se muere sin abrigo: morimos arrodillados junto al granito, a esa porcelana amarga del aliento, refugio del contraluz del alma. Cuando estas escenas me invaden, renuncio a las especias y me quedo con el pañuelo que resume mi respiración. Lo demás ya se sabe. No sé si alguien ve el evangelio en la densidad de los cirios. Yo prefiero el pájaro de la poesía y el búho sangrante del anhelo.
Barataria, 2012



LITORAL

germinan los juegos agitados de la espuma en la sal incendiaria de las banderas junto a las aguas el Paraíso perdido del tacto deshojado de la arena hay tantas dispersiones que ya no recuerdo la risa de la arcilla sacudida por la lluvia: días de pupilas ciegas en el tallo de la aurora antes sangre el caracol de los espejos las ávidas incandescencias del sexo con sus cadáveres prematuros —hoy el horizonte es un aterido pájaro bajo la invisible plegaria del insomnio ¿Cuándo fue la última vez que subí los andamios de la alegría? (la nostalgia gravita imposible a la orilla de los litorales en horas sin sostenes en la sed olvidada en una lágrima) ya no recuerdo la pira inmolada del invierno ni la fría flama del arco iris ni las ingles fértiles de lo lacustre pienso en el paraguas núbil de las semillas esa otra sombra de azadones jubilosos henchidos a la hora de la carne alucinada en pos del espacio de los ijares te ríes —me dijo la piedra pómez de pronto cálida dentro de la sangre no no río —he respondido a lo insólito e inevitable de la ceniza aún tibia en el sollozo (ofrendo la espiga con todo y los motivos de las lianas amotinadas en el refugio perdido de los cuatro vientos de la piel flagelada) con la simplicidad de mi ropa es suficiente para abrigar el fervor o el poro yerto de los portales el cenit que venda mis ojos cuando muero el alborozo indeleble de los afluentes: pese a todo lo que se va quedando busco la a la b la c de la geografía y hasta el césped perecedero de la ternura la p la m de lo perenne el itinerario del candil en las manos todos mis pedernales póstumos y el frío que arde en el nido —vos sabés seguramente lo que significa lo irreparable y todos los desvelos desplomados de la memoria: los cascos del alborozo cada presagio de la niebla como tela de araña la espuma evasiva del azogue si hacemos un recuento ay encender tanto nombre fatuo acercar los veleros consumidos de la noche exhalar de nuevo oscuros cirios abrir otra vez el candil del firmamento prefiero entonces pensar en las orillas errantes del sueño en la simples humedades del rocío en el claustro de ciertos arcaísmos todavía vigentes en el abanico del crepúsculo prefiero oír el chirrido del aceite a ciertos suspiros aletargados: las consonantes solas no son promisorias e f g h i j sobre la yesca inverosímil de la tarde es difícil —me digo, pensar en la piel marrón de Penélope— pensar desde aquí en los barcos que se pierden en el triángulo de la destrucción del semen vuelvo a la a b c d e sólo para hacer más obstinada la niebla el columpio con paraguas el azul impávido de Darío la vehemencia del charco del espíritu el murmullo arrastra la embarcación de los ojos ¿es música la vibración de los acantilados? ¿es cuerpo la noche ungida en el contorno del tacto? —ahora sé que la epidermis adolece de nostalgias: las vocales me recuerdan la primer victoria de la luz: a e i o u la primera espina clavada en las sienes (ríete si quieres entre los dedos de las palabras jamás seas vehemente en la ciudadela de la alcoba suelta el nido como una rebelión de brasas suelta tus labios de nitroglicerina suelta tus pájaros de última noche)…
Barataria, 2012




VÍA LIBRE

En la colina que hace el horizonte con sus velámenes, el relámpago
a la altura de mis sienes, y los dedos lumínicos sobre el espejo.
(Hoy no hay esquirlas en las esquinas del horizonte, ni semáforos oscuros
en la lejanía, sino vía libre para los mástiles solares.)
A esta luz de la sortija efervescente, los dos hemisferios de la risa
y la subversión simultánea del prisma.
En el autorretrato del rascacielos de los trenes, el azúcar juega a ser temporal
en el balcón pulverizado del polen.
Después que la pleamar rompió los ojales del zodíaco, la alta marea
posibilita hoy, borrar las esdrújulas de los peces.
A través del viento, el cordaje del aliento y su mosaico de reflejos.
Barataria, 2013




INVIERNO

Vos en el instante preciso del firmamento con toda la madera del invierno.
Llueve en el cereal quemado de mis poros, en el pájaro que siega
la alta luz del día, sudo el misterio de tu sangre, la aurora que se aventura
cada mañana en el follaje de la memoria.
(En la creación del mar también asumimos nosotros todas las aguas.)
—¿Ves el río de incontable olfato, el puente en las manos del tránsito?
¿Qué campana líquida nos presta su sonido?
Desnudas arden las palabras en los labios: llueve el solo océano de los trapos,
somos las mitades inevitables del sonido, los aleros crecidos en las piernas,
todos los trenes amarrados a nuestro aliento.
Así crece el invierno en la estantería de los párpados.
Barataria, 2013



AFÁN

Mi único afán es escribir el poema diario. En él, el vaso de las sombras
y algún pájaro. ¿Cómo nace y muere el poema? ¿De qué hierro o tiempo hablo?
La rosa de la tarde en el cántaro del horizonte,
igual que todos los cuerpos que esperé un día en la rama del árbol,
igual que todas las historias que olvidé un día cualquiera.
En torno a mí, el único afán posible: escribir el no sé qué desde los ojos,
subirme a los encajes del rastrojo,
despertar en el hangar de las aguas, en las cuatro dimensiones de los puntos
cardinales: (escribir es un destino de cimientos y abismos),
lo sé ahora frente a todo lo inmóvil. Lo sé cuando los zapatos deshacen
el trajín y la luz asoma en las palabras.
Aún empieza mi infancia, pero gozo. Cómo no gozar el vuelo de la tinta,
y el aguacero que descubro en la ventana, el perro que lame la alegría
de su lengua, y el tiempo que nace y discurre.
En este designio compartido, dialogan mis palabras, las semillas convocan
a la página, total estación del pulso.
Barataria, 2013



HISTORIA ÍNTIMA

Me desviví en el pánico de mis propias ficciones, —ficción voraz, incandescente—: nunca supe, —hasta hoy— que era inmune o vulnerable
al desgastado oleaje de la herrumbre:
todo fue exilio o estanque ciego, tormenta ciega hasta
el despojo funerario.
¿Fui el personaje central del arrebato o sólo envoltura para cubrir viejas
estrías? (Aún con mis dudas caminé y ascendí entre el ramaje,
pero de pronto me dio pánico el apogeo,
y el imperio de calles desiertas, burdeles, estatuas, casas de préstamos,
iglesias y estrellas a punto de inmolar el rocío.)
—Desde luego todos aquellos días de ráfaga, ahora son de ceniza:
sé que nada se petrifica. Nada. Si hay huellas y recuerdos, son únicamente
los vestigios de la pared manchada de naufragios:
la nostalgia es sólo la armónica rota de peces que bracean en la garganta.
Desde luego, un día escribiré un misal de mis catástrofes…
Barataria, 2013




CLAROSCURO

Salga de las aguas negras la embriaguez sonámbula de los cabellos,
la imagen patética que aún existe como una herida fúnebre a través
de las migajas. Díscolo el fantasma de la sombra,
(aquel pelambre de falsa hostia) —en algún lugar de lo inverosímil
—lo confieso— la saliva irremediable de la trivialidad. Sólo la mueca
apoyándose en el campanario, el colorido del granizo
atardecido en el aserrín de la risa. (No quiero fotografías de girasoles muertos,
ni de bocas que se agrietan en el rezo del día a día.
Las devuelvo por sus quebradizos ecos.)
Ya tuve bastante con dispensadores de maniquíes: no necesito señales
de avidez en tazas de barro,
ni de absurdo de espejos bajo la niebla de una tristeza emplumada.
Bajo la bandera de pájaro, el reloj muerde la armadura de lo inerme.
(Confieso que necesito lágrimas artificiales para ver con claridad el terreno
boscoso del otro ojo que me mira sin palabras.)
Barataria, 2013




ADVERSIDAD

La realidad siempre es otra, y no la que ven nuestros sentidos;
por eso, existe la confusión y de pronto se alargan las distancias,
las paredes del insomnio, el hollín del desvelo con su secuela
de sombreros mortuorios. —Quizá debamos entender la lluvia amarga
de la breña, descifrar el sangrado mortecino de la polilla,
y fugacidad del viento, decirle adiós a los días que caen
como castillo de naipes. Siempre resulta difícil adueñarse de la luz
de las ventanas, descifrar los mensajes del arrepentimiento,
no permitir que los recuerdos conviertan en sal el calendario,
ni en hollín, el trabajo diario del tiempo. (Ante la adversidad,
son necesarios trocitos de paciencia; ante lo insensible,
el mejor antídoto es la indiferencia: así he salido de la locura
—ahora bebo de los manuales que escribí junto al espejo.
Desde luego, no hay recetas, ni arte culinario que valga
para atizar los ojos o quitar los fetiches que pululan como seres normales
en la calle de todos los días. Evito el prurito de las almas contritas:
pienso en la fetidez del cielo: ya antes, la ambigüedad
atizó mis sentidos; lo irracional mordió las cortinas del aliento.
Descubrí los significados desvanecidos de los centavos con un puñado
de tierra putrefacta en la boca. Nunca ha sido fácil entender la ficción
de la luz, el gris de las palabras con piñatas, el arco iris a punto
de ser daga. A tiempo he descubierto el chip de las simulaciones,
el inconsciente anterior a la escritura.
En algún lugar los lavatorios, la cerradura, haciéndose arca…
Barataria, 2013



ANATOMÍA

Crece la piedra alrededor de la boca, la perennidad del escondrijo,
el hervor de la noche en la llaga fatigada,
la basura a mordidas del alma, las mismas palabras del despojo.
¿Y qué decir de la inclemencia, de las flotas de pus transitando
en el dolor, de lámparas que palidecen cada mañana,
proscrita la luz en las aceras, en el hombro donde se carga el sigilo?
¿Qué divinidad nos puede devolver la transparencia,
qué calle no es una maquinaria de oscuridades hoy en día?
¿Qué salmo está ileso de este inframundo, muerde la solapada
en cada esquina de la neblina, días de absurdos amarillos, sepia
el falso jardín de los encajes, las aldabas del matorral, los pasos
al vaivén del sigilo, sangre coagulada en el rostro?
—(Vos lo sabés después de caminar tantas noches de óxido,
sordas miradas de horizonte, peces hundidos en las aguas,
los besos colgando de hisopos oscuros, como murciélagos sobre
la grava del olfato, a punto de cruzar la noche.
¿Y qué decir de los tantos inviernos acumulados en las paredes?
Una tras otra la sorda estridencia, el firmamento de lo árido,
este turbio cobijo de mi propia anatomía que se ha vuelto parte
duplicada de la infamia, tumba del sueño)…
Barataria, 2013




EXISTENCIA 

Fue toda la luz en la carne desnuda de la noche. Aún no sé si existo frente
al pavor de la salmuera, a ese hundirse la tierra en las rodillas:
—conciencia o no del mausoleo o la vida, del granito o la tierra.
¿Quiénes fuimos, aquí, sacados de la casa para perdernos en el desierto
de la esperma, para morir entre sangre y orina, ruina sin la boca de Jesús?
—Espectros de un orgasmo disfuncional en la tempestad de la noche,
papeles donde los pájaros no llegan a ser Fénix, sino ese suspiro feroz
de los harapos, ese búho sin palabras sobre los cadáveres…
Al final debemos tragarnos el asombro de las luciérnagas, arrastrar
el abismo de lo inhóspito y quemarnos en los cauterios antiguos del suspiro.
Esta niebla violenta sobre el mundo, hace del madero un brazo aterido;
y de la alegría, un grito del hambre…
Barataria, 2013




CANÍCULA

En la canícula del insomnio, ya no caben las yemas de mis dedos.
El augurio ventisquero de la pólvora, la cesta de serpientes en la mesa,
la página yugular de las palpitaciones,
la palidez de las estatuas frente al filo orgásmico de las luciérnagas.
—¿Saldremos ilesos de este parpadeo agónico, candil, acaso de tanta
herencia, llovido firmamento de los recuerdos, repentino cuervo
sobre la piedra en muletas?
De cierto que lo sé. En días felices hemos probado el calostro
con todos los aditivos de una cena suculenta;
hemos comido bocanadas de sonidos, nombres, pájaros, follajes.
(Vos y yo, no pertenecemos a esta obscenidad de la historia por más
que nos aferremos a la dialéctica del post mortem, a los veredictos
constitucionales, a las ausencias de la suerte, al éxtasis secular
de los mosquiteros, al libro blanco colgado de las axilas…)
No pertenecemos al fin de semana del antro, ni al súbito cambio de status
del galope, ni a la página social de los periódicos,
sino a la baldosa con zapatos rotos. Es extraño al cambio de piel
de las palabras. Es increíble el fango como génesis. Vos, brasa en mi
hogaza diaria, —el día o la noche nos rasura, le pone sombrillas rotas
al destino del tamaño cenagoso de un cirio en la franja larga
de los candelabros.
Asisto, como es costumbre, a la repartición de los mitines. Este clima
de túneles hace evidente mis ojos.
De pronto, muerdo las escamas de las campanas eclipsadas
de lo irremediable: a menudo es bonito recordarte en esta oscuridad.
Por eso garabateo el balbuceo en la lluvia en medio de la sequía…
Barataria, 2013




LUZ RESTITUIDA

…i la volta del cel era una foradada 
sense llums als vagons: 
i he fet un foc d'estelles dins la gola del llop.
Joan Salvat-Papasseit


—La vida está abierta a la aurora. Y, aunque sigamos
siendo peregrinos, amanece la piedra con nuevo cierzo: algo despierta
en cada cuerpo sucedido, en los poros despejados del agua.
Algo nos reinventa lo sentidos, —el hambre del tacto, acaso puerta
de luz, ojos ascendidos de la noche, verde cuaderno del horóscopo.
Sacamos de cada golpe, el azúcar circular de los pájaros.
La luz reunida es posible. Subimos en clave la órbita de las pupilas,
y desamarramos las gotas de nostalgia, la multitud de féretros,
la batalla inversa de la sangre,
los números ciegos del afán.
Ahora entramos transparentes al polen. A ese otro poniente sin alfileres;
de frente madura la transparencia del fuego, aquí,
donde llegados, —nosotros— los grises se desploman.
Los brazos tienen presencia de ferrocarriles: cada cuerpo tangible
en el sonido; los puntos cardinales nos encarnan: cada luz es la quietud
de sí misma, —la llama aspirada por el subconsciente.
Cada quien cosecha según lo pensado: esto es más que un designio
de renovadas aguas. Es el tiempo restituido del día.
Barataria, 2013





ÁMBITO DE LA MADRUGADA

Terrible juego de los victimarios.
Julio Llinás


la mañana mece brazadas de espejos ahí donde los transeúntes dejan su convulso rastro y aunque parezca irracional respiro con claridad las aguas de la memoria: en el tranvía de la meditación las calles transversales del aliento y junto el cuaderno de las heridas sobre la mesa de trabajo afuera la juventud de los árboles y en cierto modo un sesgo de luz a través de las ventanas todo confluye así en las líneas del tiempo y la germinación de los brazos en los muslos invertidos de la tinta en esta fiebre por el aire al abrir los sueños hacia lo real y ascendente todos los sentidos se concentran en el taller y hago por supuesto que desfallezcan las disonancias de las ramas que caen en los ojos en la humanidad del viento y el murmullo decanto el surco con el arado y se abren los caminos de la compensación así es como muero a diario en la boca del cuaderno ¿perdurará la memoria del aliento? —me pregunto después de escribir y callar— sobre mi sombra otras sombras acumuladas los recuerdos diseminados en cada rosa del alfabeto todos los días muertos sin la lumbre del ocote del golpeteo del nido en él quedan todos los silencios la vena rota en la intimidad de cada palabra todo lo que pareció una eternidad y fue efímero: a qué camino voy después de todo sin una boca que hable sin una puerta que respire umbrales con los ojos apretados de tumbas casi como la ciencia del olvido sobre la hoja descendí a la herrumbre y al fuego atizado sin más camino que la fosa donde se petrifica la demencia de los bolsillos esperé en el desván del hambre y sólo obtuve los días de aguas residuales y el tizne desmedido del azar también en el poema he jugado con los pañuelos y me han herido también en la deshora los verbos rotundos y esa sombra de las prestidigitaciones al roce de la piel el filo indefinible de la sangre agitada el dolor de estar vivo y ser disparado desde una azotea pero en vez de huir seguí con el poema apreté las colillas del páramo y desde el ritmo interior del aliento las manos fueron así apartando el matorral de la tierra de labranza —más valdría claro no haber clavado mis ojos en el horizonte que la soledad es mayor cuando se marchitan los jardines: alrededor del poema queda el espejismo y la sospecha de que uno ya no es el mismo cuando deviene el cansancio en el ámbito de la madrugada el cristal de zinc de la piel derramada la ceniza honda de la brasa y la indolencia de la tinta ¿qué me queda después de todo este juego de aguas del poniente rasgado en mis ojos? el cuerpo entero del poema y “el camino sobre el campo inverso” de la voz… 
Barataria, 2012




PRINCIPIO DE TRAVESÍA

Sólo llegando al final, supe cuál era el principio. (Ahora, ya desnudo
puedo caminar sobre las aguas.)
En la flor de la memoria, ya no me asusta la rigidez de los balcones;
de aquella inicial batalla, perviven únicamente los venablos como pechos
adheridos a un árbol.
Lo mío, —después de cruzar el aire— sigue la travesía natural del agua.
Al fin y al cabo, —con méritos o sin ellos— caminar no es un juego
automático, sino un ajedrez capaz de humanizar el poema.
Barataria, 2013




TEMPESTAD

Cuando la tinta se derrama arrastra todas las cicatrices de la página.
Hay una fosa común para el grito, el silabario a punto de convertirse
en poema: No hay lavanderías para la ropa sucia del poema,
ni quirófano para las asonancias.
Tampoco hay farmacias que curen las cicatrices que deja la felonía
de los ijares en plena geografía de las arterias. (Yo le llamo amor a las palabras
más febriles, el harapo de las estrellas en mi aliento,
todos los lupanares que recuerda mi memoria, parajes de cuerpos azules.)
Toda la nostalgia fue cierta al tercer día: Lázaro en los centímetros
de su propia soñolencia…
Algo quedó en mis dientes después de masticar la urbanidad.
Barataria, 2013





MUNDO

¿Cuándo podré crear uno diferente a este poema que perdí en la infancia?
—Un mundo distinto, cerca la luz y el oído, lejos del rastrojo y la prisa.
(Río adentro las aguas nunca quitan la sed.)
Un mundo crecido en memoria, sin las asimetrías de lo distante.
¿Cuándo veré un mundo sin esa cruz de la bruma, sin el manotazo
de la noche, yendo hacia los armarios vivos de la alegría?
Hay tantos barcos y mástiles que descienden: sorda la sal en su pupila
náufraga, tarde el baile de la alevosía.
(El perro de la fatiga muerde con sus dientes enmohecidos, los brazos
de los meridianos; esta siempre indiferencia de las escaleras para pocos.)
Abunda la voz sin ninguna puerta en las calles…
¿Dónde está el cielo?...
Barataria, 2013




LECTURA

En el estanque, el libro de las aguas, la poza de la tinta en su vértigo.
Al pie de la página, los años de escritura y el silencio; nací en ese caminito
filial del alfabeto: aquí, sencillamente leo el imaginario de las aguas.
¿Hacia qué rumbo gotea el desvelo?
¿Bajo qué rumbo del arbusto, el poema y sus escalofríos?
(En cada lectura el mundo desata sus estratagemas, se gana el infinito
o, sencillamente se pierde la eternidad.)
En la tormenta del paroxismo, la neblina evoca el aliento ¿escapa?
—Ahora sé, desde luego, que es un camino peligroso: es linterna…
Barataria, 2013




VEREDA

Sobre el camino de hojas, el aliento de los zapatos recorridos.
Algo hay en este juego de azúcar de las aguas: las ramas del arroyo y el ruidito
negro de la tinta sobre la página. ¿Bajo qué techo el plafón del espejo,
ese tiempo de enfrente con un hilo de cadáveres?
(Ignoro si los años fueron inventados con bujías para acelerar los ojos
del fermento de cada día, o si son las ojeras, todas las luciérnagas
que murieron sosteniendo los desiertos de la garganta.)
—Ya antes había caminado sobre estos mecates desgastados. Por si acaso,
retorno cada día a deslizar la lejanía (los recuerdos son la mejor compañía
para el enjambre ciego de los párpados.)
En el sombrero del pájaro guardián resguardo mi amuleto…
Llena de alas se quema la vereda del aliento: soy experto en sed y sueños.
Barataria, 2013




MUSGO

Para María Roibu, 


En la orilla imposible de los ahoras, me entrego al musgo. Verde de fuego
en la llama de mis zapatos, incendiado rumor en mi lágrima subterránea.
¿Es pira oculta el rescoldo inmolado, el invierno frío del absoluto?
—Sé que en el labio vegetal de las palabras, la piel y sus rumores;
en la última estación de los azadones, olvidé el júbilo.
(En todo nombre existen sombras que propagan la fugacidad hasta disolver
el polvo de las alucinaciones.)
Un día, al ras del suelo, ya no seré ala, sino esa superficie de olvidos
por donde todo mundo transita sin darse cuenta que cada día descendemos
a lo inhabitado, a ese silencio precipitado y sin compuertas.
(Quizá el musgo tenga su propio fervor como una lámpara intacta.)
En el afán del vilano, el oráculo sembrado de caminos: en el horizonte
las palabras le hacen de labriego…
Barataria, 2013



AUREOLA

Como un pájaro en las sienes, los nombres irrestañables del tiempo.
Yo que no entiendo de santidades, me persigno en la asfixia
de la profundidad. (Sin duda puedo compartir el insomnio con toda
complicidad) la de hoy y la de siempre: cada diente es rapaz mientras
duermo, cada ojo en la encrucijada que cohabita en los metales.
—De cierto, no necesito aureolas para tantos despojos, ni santificar
párpados y entrañas.
¿Pueden los sentidos deformados despertar en la otra mejilla de mañana?
A menudo la cuchara de la misericordia no llega hasta el fuego, esto
es demasiado látigo para la pared de mis poros.
(Un día mediré todos los nudos que amarran mi locura)…
Barataria, 2013



DÍA

Comienzo el día sabiendo que el mundo galopa. En el candil de la sangre,
el reloj bisiesto de los ecos, el percance ante lo ilusorio.
(La infancia es un viejo barco donde ya no juegan los jóvenes):
lo sé ahora después de confabular contra el alfabeto, lo sé en esta noche
de galopes y amaneceres comiéndose la desnudez.
—Ahora juego a esa otra lluvia inconcebible, respiro el hambre,
doy fe de la honradez de los burdeles.
(A ratos debo insistir en la tierra redonda de las sombras, en la terquedad
feliz de la infancia, quizá en el trencito de madera incandescente.)
Toda la vida me la paso poniéndole nombres a los poros de los dedos:
descubrí así, el pecado del polen y la cadencia del galope…
Barataria, 2013




RINCÓN

Ahí, los arroyuelos y los ladridos como en la casa de Maldoror: siempre
agarrado del frío, inmune ya a la intemperie. (Subterráneos los espíritus,
infatigable la piedra dispersa en el aliento.)
¿Qué día o qué noche precede a lo inmóvil? ¿Qué vuelo fortifica
lo implacable de las esferas, el viento con la avidez del azogue?
(A ratos el camino sólo constituye el horizonte imaginado, el vía crucis
del instinto, esa parte en pedazos de los recuerdos que luego queremos
rearmar con pinzas de nostalgia.)
—Por cierto que, en el monólogo de los pretéritos, el infinito cuelga
del aliento; y los peces, abruptos, nadan a coro en el apetito del reloj.
Un día decidí quedarme aquí, humano e inseparable de las geometrías
Imborrables del murmullo…
Barataria, 2013




NIEBLA

Fecunda en su sombra de apagadas luciérnagas, la niebla como un ánfora
desplomada, ¿habrá mutilado las distancias?, ¿habrá roto el diario
de las umbelas —húmeda se rompe en las pupilas. Oscuro viaje sumergido
en la clarividencia del pétalo roto por el andrajo.
(El mundo siempre sesga las rotaciones del aliento, difumina la utopía.)
¿Cómo ver el alma en el telar del sofoco, lo entrañable en trenes
eventuales, el seno o el vientre en el gozne del vinagre?
—Ya hemos caminado largos paladares de caracoles; ya hemos sido
la demora de la moneda, la arritmia absoluta.
(En la primera plana de los periódicos, los cielos simbólicos en la férula
del poder.) Ahora por si acaso, me divorcio de la Patria…
Barataria,.2013




ARCILLA

Fui haciendo el nombre de los crisantemos con la arcilla de los anhelos.
Nombres infinitos manchados con geografía, nombres amasados
con valijas y sombreros: algunos han sido irrecuperables en las sábanas;
otros, quedaron en la hojarasca, huidizos, con cierto letargo.
(He dialogado con el sordo lenguaje de los sahumerios: en las calles
el aguacero público de las noticias.)
En el mural de los ojos, la antesala en torrentes de algún cuerpo,
una taberna con cipreses de sueños, los catálogos ahogados en las oficinas,
cien mil razones para no encontrarme en el calendario.
He sido hecho con un glosario de espejos: la fragilidad la puedo ver
en la ecuación de la linterna; en la otra esquina de las carpinterías,
certifico el dilema de mis huesos.
Cada vez, unto de barro mi neurosis, el frenesí que recojo en las esquinas
de la muerte: ¿en cuántos centavos ordeno mi garganta?
—Desmemoriado, he cruzado las aguas residuales del olvido…
Barataria, 2013




NOCHE

Me muerdes noche de galeones y centauros me muerdes noche de apátridas y exilios me muerdes noche de paradojas  me muerdes  opaca moneda de la sed las arenas convocadas los médanos y vaguadas del infierno muerdes los pesares del aliento las paredes ávidas de tempestad los desiertos del tiempo y las vallas publicitarias—ahora cuando las escaleras descienden al ceno y no queda tiempo ni vestigio muerde el búho su propio letargo de sombras los despojos presentidos de los retratos ahí donde no sobreviven las calles de antaño ni la juventud ida irremediablemente como una gota del éter en las estaciones de la herida los hierros repiten su sueño despiadado: ¿hay alba para la indiferencia?  desnudo el celofán de lo remoto el columpio perdido en las sombras envolventes hoy solo habitan las sombras vanas del polvo somos indefensos ante el rito del llanto nos estremecen los abanicos de la tormenta el in media res de la sangre usurpada las invasiones irremediables a la esperanza ¿guarda alguna indulgencia el follaje de la noche?  he vivido allí entre cántaros marchitos no sé si haya sobrevivientes en los días postreros a esta confusión inmensa de ceniza bajo a los sombreros de la salmuera ásperos los días como las certezas el sudario irrevocable de la paciencia siempre estuve al filo del destierro: jamás dije palabra alguna me quedé por cierto sin manos ni brazos tal vez por eso todo el fragor se tornó herrumbre: alguien camina en medio de la noche como un sobreviviente enlutado la polvareda cumple su misión de sombra: no sé si al callar he ganado no sé si el karma enciende ramitas de hierbabuena de culantro de incienso hoy vivo en las regiones más inhóspitas del sueño (supongo que la claridad siempre es legítima aspiración una conquista o un mero artificio ¡cuántas calles de sal prodigan el anhelo! Lo sé porque siempre he vivido en el desamparo y aunque todo es efímero los atavismos avivan ciertos desvelos) en la otra calle de la memoria encontré por cierto el letargo de los sedimentos y esos trofeos sin vida de la exasperación encontré muertos una y otra vez muertos una y otra vez el estampido de la violencia ¿Quién me alumbra en esta aridez?  ¿Quién me quita este destino mortecino el desdén de las monedas?  Y hay otro exilio: vivir entre las asperezas la hostilidad de ser mordido ser colmado por crecientes y continuas emboscadas  ¿Quién me escucha? Me he quedado un poco más debajo de los muertos ciego de tierra y silencios muerto de vivir en el desierto  cercano a todos los que duermen definitivo como el duelo todo cae de golpe hasta la inocencia hasta los tejados y los que hablan de guerras callar se tornó un nicho dentro de tantos sombreros de alarde en mis huesos últimos la dignidad que no claudica aunque me abrigue el hambre y el harapo voy ligero en el desvelo ligero como los breves días de la eternidad ¡que se apaguen todas las luces de las ventanas! Vengo del mundo voy al mundo…
Barataria, 2013




PÁJARO

Aúlla entre los comercios donde la nieve es roja.
Francisco Madariaga


la brújula del ala perfecta los números exactos del vuelo incluyendo los números impares el infinito al borde del infinito de Dios las fotografías en el volumen a veces avieso de los sueños pinto el absoluto lo escribo deletreo bajo la niebla oculta de los retratos  muerdo el áurea inédita de la llama  la vía del aforismo errante ¿cuántos juguetes inanimados enterramos en el anaquel oscuro del calendario? ¿cuántos espejos atravesaron la garganta desde la esquina del ave en vuelo? pienso en la melancolía de las peleterías (no sé en verdad si esto tiene algún misterio) sorbo pañuelos postizos de sábanas aún veo el biplano del pájaro alrededor de mi cabeza tosen de bruma las nubes froto con mis manos la cocina del horizonte los activos y pasivos de la niebla pienso en el escribano del caballero andante en las muñecas inflables que no alcanzo a cubrir con mi paraguas comprado en uno de los mercados de pulgas de Salt lake city mientras mastico los prospectos de la buena urbanidad la severidad de las romerías —divertido o no— tuerzo mis ojos con algún cinismo le escribo un prólogo desnudo a la muerte o río de aquel orgasmo cubista sobre ataúdes  en las postrimerías de mis veinte años (con todo y aunque me tilden de cursi adoro los jardines a la diestra de mis ojos la tortuosidad de ciertos bichos como las babosas o moluscos gasterópodos) mientras vuela el pájaro en Do menor  el vuelo de la sedimentación las deducciones implacables los mundos ensamblados en la devastación de los vientos propiciando el sofoco en el telar de la asfixia las curvas del vuelo cóncavos ombligos del gozne estrabismos en la muralla del horizonte me enternece cómo vuela un pájaro:  las alas como dos bracitos de niño recién descubiertas sus manos pero también los cementerios inconfesables los minutos grises vistos desde un balcón al estilo del medioevo yo por fin amaestrado en caminos sinuosos miro las estatuas cansadas del suplicio (este cielo del trópico me lame las vértebras del dolor) como un gran farallón este hueco en el pecho y también en los que me desahuciaron crecen en gajos las alas  crecen las tenazas los espejos los simbolismos de las espátulas el perro del bisturí o el plomo en la partida de nacimiento y de defunción —debo vivir hasta agotar lo deleznable no hay hipérboles azules ni monedas benignas  sólo existen frenéticas cárcavas aun en las aspas del vuelo en el doblez de las esquinas y en el espejeo de tantos argonautas luego orino como todos los mortales  en las pestañas de los puntos cardinales ante los clavos del madero la proclama hirviente de la aurora los amarillos que cuelgan de lo vertiginoso (¿hay necesidad de estrambote para el aliento después de agrietar los hemisferios y depilar el ciprés de las solapas?) me temo que no me temo que nunca palparé otras contexturas: es tiempo de nuevas enterezas ¿nos salvaremos?...
Barataria, 2013






DUREZA

y su nombre es la vida y es la muerte…
Pere Gimferrer


como el pedernal  las sábanas la cortina adusta del horizonte los baúles y estas manos que perdieron la noción del pétalo días remotos días de sílice la penumbra en las enredaderas del solsticio hacia el gris los tapiales moribundos los faroles dormidos en la nostalgia ¿qué fantasmas trotan en medio de la tormenta? —entra la espina como un juego de alfileres es el cadáver de los tantos inviernos transcurridos caducas las fotografías como losas prehistóricas hablo de los trenes y del cine mudo sé que hay una isla anochecida en el alma isla que declinó a la geografía al mapa de otras fantasías duelen las callosidades de la tarde confundo el matapalo con la más común de las enredaderas ahora el poniente me parece una mortaja: cada vez me acerco a la caja de Pandora de las inundaciones suda el tren de mis ojos su rancia maquinaria en el cántaro de la hoguera  todos los eucaliptos como largos vagones de un paisaje indefinible es como si siempre asistiera al matadero de las lámparas: solemnes los relojes en las redes del óxido desde la ventana los pájaros que me dicen adiós como una iglesia arropada de melancolía más allá la brújula en la niebla del alfabeto todo el mapa a la sombra del candil gritan los días condenados a las abejas al ruido anegado de adustas estaciones (por supuesto nadie piensa en la escarcha que proclamaron los espejos nadie piensa en aquellos días trizados por la pólvora en los muros que fue necesario derribar con los estandartes de la muerte lo cierto es que el recuerdo se abre al polvo golpea el musgo en la garganta décadas despidiendo sus alucinaciones) si algo he detestado siempre es no saber con quién hablo a quién le doy la mano  y quién quiere morder mis cenizas ¿están hechas las llagas para ocultar los sueños o sólo es otra forma de las aguas pútridas que circulan alrededor de la piel? a veces el desencanto flota simplemente como un navío en las altas esferas de lo humano otras veces expía muerde los manteles se viste de comensal fosforescente en realidad nunca he sabido quien acompaña mis pasos: si la muerte o su mueca si la memoria o el aliento avergonzado de las promesas si la memoria con su salmuera sonámbula o esa otra parte de los retratos que llevo muertos desde el último tren que derramó rieles de dudoso brebaje  (al final me enternece ser viajero de un clima resignado a las estrías de un tiempo de aullidos que no es mi tiempo: alguien dirá que soy críptico como la piedra que nunca responde a los girasoles) mientras me aparto de las disputas a voluntad propia río como una bestia en celo es lo que no me pueden quitar aun sofocando mi sangre y coraje río como lo hace el soldado de infantería sólo fío mi galope a la almohada y al calendario al hechizo de la infancia río aún cuando me juzgan río del perdón y las disculpas de las llaves del relámpago de lo amargo nunca he sido el hijo Pródigo sigo mi camino el que ha elegido mi propio sudario…
Barataria, 2013





MONÓLOGO

Olvida el alba lo inmóvil; la noche, esa eternidad ciega de la desmemoria:
todo el umbral fue espejo oscuro, infieles las palabras:
—espero mientras tanto entregarme a lo inexpugnable.
Barataria, 2013




FINAL DE LOS TIEMPOS

Algo habla conmigo desde la roca que discurre dentro del agua:
el lenguaje es el mismo que aprendí en el huracán de las parábolas;
—los colores descubiertos en el postrero designio, y disueltos
en el bullir del fuego que arrecia en el último cáliz del espejismo.
(La lejanía del firmamento me invade siempre con sus preguntas:
aprendí del despojo toda la filosofía de la vida; el trajín se desvanece
en una sola palabra: me asomo al ojo de la felicidad última)…
¿Sirven de algo los cónclaves cuando se prima el orgasmo de la ráfaga?
Aumenta la nube de heces en los transatlánticos...
Barataria, 2013





LEJANÍA

Suena la voz distante sumergida en el entresueño. Vuelvo al asombro
buscando mi propio cuerpo repartido.
—Ahora debo escapar de las cercanías del espejo; debo respirar
el sentido de los pensamientos y deshacerme de las crepitaciones
amaestradas de un ciego.
(En los ocho brazos del horizonte no hay recuerdos enmohecidos,
sólo el viento desprendido de los brazos de un niño.)
Sobre el sombrero del viento,  el confín del reloj en la garganta, los ecos
rompiéndose en la abundancia del día…
Barataria, 2013




DESVELO

¿Sirven de algo los desvelos? —Vivir para morir, pelearnos con el tiempo;
el pensamiento nos arrastra hacia otras voces de la ficción: sombras
conmigo hasta la luz de las palabras, ciega espera en el taburete
de la muerte, batalla que escinde las cerraduras.
(Siempre es extraño y confuso contar las sábanas póstumas e íngrimas
de la ventana amarilla de los años.)
—Más allá de las ramas de los brazos, del esqueleto que lame la noche,
está la inmunidad derritiéndose en el barro que soy:
uno siempre se codea con el hambre en los andenes, —hay tantas bocas
que los zaguanes resultan insuficientes para la transparencia…
Barataria, 2013




PEÑÓN

¿En qué tapiales, en qué piedra se encuentra el sosiego? —Ya desde
el peñón del alba, los días que juegan a ficciones.
Por doquier el torbellino de los velorios, el reverso de las semanas, allí,
como el pasmo que me deja un violín derruido.
(Detrás de los ecos, otras puertas y otros visitantes: no hay milagro,
si acaso los barrotes que aún persisten, los movimientos calculados
para el degüello.)
—Ahora me dedico a pensar en los pormenores de la inflación y en los golpes
de pecho que llegan hasta la espalda.
Señoras y señores: tengo derecho a la sedición, para ello cuezo el semen
de los metales y abro el pulmón de los arrayanes al amanecer.
Junto al adobe de la pendiente, las espuelas del día…
Barataria, 2013




INMOLACIÓN

Dejé la niebla en el vahído de la noche. Dejé el vértigo ahogado
de las jaulas, los relámpagos. Sacrifiqué las cercanías y cada palabra
para que fueran otras palabras: ningún vinagre me dio tanta tormenta;
ningún estanque me inundó de tanta agua como los ojos,
ninguna funeraria me proveyó tanta eternidad,
ningún espejo tantos personajes como estos que veo a diario
en la primera plana de los periódicos,
ningún desgarramiento fue mayor a mi propia escritura, —lo sé ahora
(justo ahora) cuando desciendo a la barca de los muertos.
(Entonces dejé de ver las películas en blanco y negro de las escamas:
entre la timidez de mis piernas, oigo un blues remoto de Memphis,
el mismo que experimentaron las calles con tabaco y whisky, el Sur negro
que aún gotea en los vitrales.)
—Ahora debo partir ya destrozados los chupamieles del desvarío…
Barataria, 2013



PALABRAS

Cuántas se han dicho y nunca llegan a un destino cierto.
Hay un grito desde la garganta y los ojos, desde la historia de la boca,
(un día, —supongo—, ya no será precipicio la página ni esta múltiple
lluvia de perros subastando la realidad.)
—Vos, en medio de un paisaje amargo de acordeones, a media luz
el cargamento del alba,
cuando el tiempo pierde su brillo en los trastos tirados sobre la mesa.
Después de todo, ninguna estación fue mejor a aquélla llena de antros
e incendios, a aquélla que parecía redimir la salmuera.
En el invierno del nosotros, lentos pañuelos y embarcaciones, el filo
de lo profético: el día ha terminado para vivir en la transparencia.
Siento curiosidad por la noche y sus contradicciones.
Jamás el tiempo tendrá los antídotos necesarios a nuestra medida.
Barataria, 2013




PÁGINA CLANDESTINA

Escribiendo todos los días, me pierdo en el ala del sombrero, de la polea
sujeta a la cuerda de la saliva que prolonga la respiración en los excrementos.
A mayor eclosión, las muestras de nuestro patriotismo a ultranza,
de los viejos semáforos de las consignas.
Ya veréis cómo cambian los colores cuando uno cree estar cerca del infinito;
al respecto, el tiempo siempre está a la medida de las circunstancias.
En la página paradisíaca de los poros nunca acaba la vertiente
de los relámpagos, ni la avería que deja el declive del abismo.
Asediado por las sillas del césped, quemo adentro, el mar cultivado.
Mañana seremos distintos: habremos de estar en el deshielo amenazados
por el óxido de las calaveras…
Barataria, 2014




DIGRESIÓN

Absorto, en medio de la lengua presurosa de la hoguera. Anclado el vuelo
en la miseria del Paraíso.
(Donde hay noticias debo poner mi barba en remojo.)
En los adentros de la claridad, gime el lecho oscuro de los sofistas,
ese ámbito donde el sol no repta ni da escalofríos.
Hoy respiro imprecisiones cuando el ojo depreda maniquíes, y las mercancías
se llenan de viscosidades.
Abaniquea el sex show en las mortajas: parezco un coleccionista
del muérdago en vasijas de morro. La cicatriz de las palabras es mayor
a una tragedia de comensales ciegos: cuando crece la impudicia,
procuro quitarle el vinagre a los preservativos…
Barataria, 2014




RAÍCES

En las raíces del tiempo y el calendario, encontrarás las banderas transformadas
del aliento, y los dedos del aire anidando en las ramas.
(Todo es tiempo en los labios de la brasa), tiempo de martirio y memoria.
Quizá la arcilla sea demasiado débil para soportar tantos brazos,
quizá la espalda esté cansada de la carga: toda la bruma que arrecia,
toda la espina que avienta su vendaval amargo.
¿Qué raíces y qué tiempo dejarán de adversarnos? —A cada quien, el abismo sordo de las diademas y las contradicciones ulteriores
de lo innombrable. En el subsuelo descuelga su oralidad la indigencia.
(Los sepultureros son extraños seres que adivinan la escritura de las lápidas;
saben cuando el cuervo se quita el sombrero y se torna poseso
de las mercancías del horizonte.)
Bartaria, 2014




UÑA DE CUERVO

una voz se entreabre para mostrar su oscuro deseo
el amante negro sube las escaleras arrebatado por
la danza frenética
Aldo Pellegrini


sobre la rama agonizante del crepúsculo vocifera y rasga el cuervo: sus uñas encorvadas tocan la aldaba del sigilo la carroña que siempre está a disposición del charco de sal convulso de los transeúntes en la temeridad de los días ningúno pasa desapercibido ningún día es inocente no hay misterio en los zapatos de la muerte sólo madrigueras allí de pájaros fríos pájaros como gotas de noches indecisas  plenitudes castrantes por donde avanzan las sombras  ¿quién se anticipa a abrir el ojo de la cerradura, a morder lo inverosímil de la zarza sembrada en el pecho?   son meses aviesos allá las embarcaciones dispersas de la niebla heridas las manos de tanto atajar las losas anónimas de muchos respiros (vos quemás mi pecho cualquier meditación que rumia en la memoria cualquier vacío que nos deja la historia amarillas bicicletas trapos viejos y otros tiliches de menor cuantía y otras almádanas retorcidas en la lengua y otros presentes que sólo caben en los sepultureros y sus códigos de epitafios) no sé si alguna neutralidad posible haga lo suyo mientras trasciende el bajorrelieve de la saliva te escribo en última instancia una arqueología de lejanías creo que vale al menos la pena picotear las esquinas de los sobres el crimen garrapatoso de los amantes  rompernos las vísceras en las páginas superponer la locura de los periódicos pinchar la piel de las doctrinas hasta desinflarlas nos volvemos irreconocibles en la uña del maniqueísmo  en el testamento mutilado por la marea cuando abrimos el espejismo nos encontramos con la enredadera de las plumas manchadas de sangre el ijillo de los arcanos es atroz  como los velorios en el mercado de la poesía nosotros sabemos claro hacia dónde van las aguas estamos a punto de ponerle otro nombre a los desgarramientos tu besos y el beso acendrado inaccesible confuso para otros esperamos que crezca la resina del entresueño para contar por puchitos la luz una nube sorda y ciega un abismo del tamaño de los escapularios  el jazmín convaleciente del ungüento después de todo conjugamos inocentes la aspereza la llave mineral de las abejas la piel profética del paraíso creo que jamás dejaremos de ser corderos siempre estará allí la mística turbia de la ceniza el matapolo sacramental y ahuecado de ciertas palabras de ciertas aves de cierta identidad hecha a merced de las migajas es así cuando escucho la hermosura de ese trino ahuecado como un caserío despoblado así de profundo es el lugar donde cava la vigilia sé que mis brazos y pupilas son inútiles hay relámpagos que carecen de cordura y en cambio es patente la afasia  la voz deliberadamente oscura a ratos asumo mi propia nulidad siempre vivo amordazado por el poderío estéril del sollozo siempre fugitivo e inasible pidiéndole a los ojos que no se cierren siempre la intemperie delatora de mis redundancias la historia imposible con sus máscaras los estertores acumulados en los albañales y la odisea negra de los relieves ahora es obvio morderle el cordón umbilical a las sacristías al velorio permanente de las lámparas a la astilla de ocote del inconsciente  a ratos naufrago en la campana de mi sangre en cada golpe de pecho que doy frente al espejo: vivir da igual después de todo morir a perpetuidad rasgado por el cuerpo de la borrasca picoteado de cabeza a pies desabrigado por el mundo (con tu jerga ya me habías dicho que nos salvaríamos casi de manera inmisericorde por eso no he impugnado trenes ni barcos ni piscuchas creo que un día negaremos nuestra propia memoria y eso está bien para nuestra propia salud mental)…
Barataria, 2014 



IMPOSIBLES

Tal vez la tormenta desclave la puerta coagulada de la memoria y sea otro
el asombro que nos amanezca, ese otro pecho ciego que se llevó la ceniza,
y que sin descanso, ciega el júbilo de otras ventanas.
—Dejó aquí petrificada la tiniebla, ese temblor de pan y lluvia.
(A menudo el recuerdo es un agresor impertinente, pero está ahí,
con sus absurdas cataras de impotencia.)
Si al menos fuese anónimo este tumulto de sombras, no tendríamos que pensar
en afonías, ni en el rostro donde duele la singularidad.
¿Puede la luz devolvernos las pupilas? —Odio la bóveda que agrede
mi libertad. Al final, sólo recojo el sabor de la caverna.
Barataria, 2014



SED

Ofrezco este océano, la fe un corazón de piedra;
mi esperanza en la frente la corona de hiedra.
Max Jacob


Tengo sed de luz (me sacudo las soledades calcinadas) el cuerpo a ciegas en el equinoccio de los pájaros sed de las regiones más ocultas de la tinta —me exacerban las consignas la república del alfabeto disperso y a veces alevoso en medio de la ostentación de una boca ávida de morder los caminos  cambio el sentido de las palabras pongo de cabeza las alacenas los estantes las repisas ninguna palabra cabe en la transparencia ningún espejo lo es por sí solo  necesita de un talabartero que le cuelgue una luna  de una escritura que niegue los cartílagos: me son imposibles las muletas en los zapatos sin embargo debo pensar en  la realidad: quizá en la subasta de la caligrafía me viene a la mente por ejemplo Christie's u otra que me dé el golpe de suerte que necesito debo aceptar la idea que a menudo sólo tengo remedos y remiendos de los meses hay vasos llenos de tautologías pócimas para lentas muertes —vos mordiendo mis testículos y las llaves de la corporeidad ¿de qué realidad hablamos cuando decimos alma? hay perros ladrando dentro de los timbales o canicas de la dimensión de los planetas o monedas que no sean espejismo a simple vista todo parece normal la piedra monumental de la iglesia la piedra del vacío la piedra de los sueños la piedra de las similitudes la piedra de fornicar la piscucha ontológica de la espiga o la flecha del crepúsculo ancestral para cazar bisontes en la calle aúlla el sol con su comal de hijo pródigo (algunas omnipresencias son atávicas irremediablemente nudos en la respiración) otras son mera trampas para un filme negro desde mi corta edad creí en la filantropía luego me di cuenta que la inocencia se pierde en un santiamén sí existen tantas dicotomías paradojas y otras posibilidades un poco inverisímiles  (la noche es cóncava e intensa quizá me ahogue ese poco de ruda en el ambiente ah benditos gorgoritos de universalidad de leche pasteurizada en los semáforos de mierda revolcada en la angustia Dios conmigo al contado y no al crédito mordiendo mis confidencias —Ella del tamaño de mis divagaciones es lo único que tengo enfrente después de todo) no no es lo único —rectifico—están las bisuterías bien debajo de la orilla de los encajes bien adentro de los 500 años que tenemos de vida ciudadana a veces pienso en realidad que vale la pena desahogarse vaciar la película de la memoria encharcarse en el fango de la historia mecerse en la hamaca de la inocencia nada pierdes que otros piensen que sos tonto reírse de uno mismo jajajajajaj la risa es un puerto de aguas dulces no el mar o sí un mar tímido con gaviotas y delfines y bolsitas de plástico con cáscaras de mango de golosinas diversas la risa claro hubo un tiempo que me reí bastante: tenía entonces sed de risa —risa sin píldoras ni cerveza mucho tabaco y laxitud: así me era difícil encontrarte en medio de vidrios polarizados entre la fosforescencia del burdel de la almohada y la realidad se me acabaron todas las dudas cuando vi tu cuerpo desnudo en las sesiones con el siquiatra me perdí en el furgón de tu tórax luego pensé en la realidad de los embalses: siempre la vaguedad me digo ahora tiene sus curiosidades…
Barataria, 2014




AUTORRETRATO

Allí, desvencijada la sábana, el cuerpo invisible, la pared encalada de rostros:
En medio de la rendija del poniente, la infancia que ya no existe, el Hades
en la vieja película de las palabras.
Juego con mis torpes ojos a mirar el mundo. Reclamo a los mercados
la podredumbre y, a los trenes, esa caricia extraña de los rieles.
¿En qué pedazo de tierra vive el futuro?
Adentro, el hambre llena de antigüedades mi cuerpo, espejo frío, ciega
ventana con manías advocatorias. (Tal es la tinta y la poesía, que me volví bebedor consuetudinario.)
A veces sólo espero contar las horas en los caracoles…
Barataria, 2014





BOLSILLOS

En el ahogo de la tarde, son insuficientes los bolsillos para tanta ebriedad.
Entre los contratiempos del rescoldo,  el inframundo y su periferia.
¿De qué alevosos centavos nutres mi muerte diaria, la neurosis
que viaja junto al viento?
Cada vez alucinan mis pantalones en los andenes: el despojo
es multitudinario cuando toca mi ceguera.
(Así de simple, la oscuridad también termina con mis manos; la moneda ebria
con tantos nombres y ninguno.) La oscuridad comienza a disipar mi cuerpo.
Mientras el hambre repercute en el ojo, desciendo al éxtasis de la miseria.
Quizá me salve cuando salga de este trance…
Barataria, 2014





“RÍETE DE TI MISMO”

pintar las impresiones sentidas, estando con los ojos cerrados, ante los mares,
frente al cielo, bajo el sol, bajo la luna, rozándonos el viento, escuchando
el movimiento de los árboles o los ruidos nocturnos.
Antonio Saura



Da miedo dejar el cuerpo en la página en blanco miedo a las ratas y al estiércol en los establos bang bang  boom crac crash ding ding me dices que encienda el foco para ver mis manos pero la noche muerde el escroto de mis recuerdos toc toc mi ser es otra cosa a veces necesito mi dosis de juguetes espantar a los gatos del tejado limpiarme la baba de los disparos acostarme sobre mis recuerdos zas zas  glup glup en la caja torácica no caben todos los aullidos: las ideas son como un túnel infinito en la cabeza (gotas que luego se disipan como las nubes) libertad en mis días de senectud para qué tanta batalla después de todo si los mismos son los posesos de la antorcha y la comida zzz zzz zzz hum santero santerío samaquión sarro retozón reumatís picadillo picado pichinga meque merengue mengala machucón formulina fregado chichita chichuisa culillo chicharronear cucazo cuatazo buuuu tanta palabra bailarina ay país ay ebrio calor: el tiempo nuevo es multitudinario nos desviste y danza en el umbral de las puertas ¿qué sílabas muerden mis párpados? ¿qué vacíos son felizmente como un tren? (la escritura sobre la piedra del más allá) hágase el horizonte y la Tablet los mails para enviárselos al santo patrono las verdades que consumimos enlatadas sin mayor esfuerzo hay infinitos arrobamientos en mi alma que de pronto sólo pienso en la mística en esa relación elevada del ascenso  en los proxenetas ideólogos del paraíso expertos en el face to face de la agudeza mental: arquitectos arúspices de los debates sobre temas nacionales en la atalaya yo inquisidor en brama brusco y con la buchaca llena ríete (me río con mi lenguaje de bestia)  a qué lado de la luz solar me pongo sobre esas paredes quemadas por el musgo mordidas por reliquias de mortajas abandonadas ante la ausencia del vuelo me quedo pálido frente a esa gran cuchara del océano se rompen las venas del hedor la herida ¿quién la ve? es grande devaluada como ciertos follajes alguien me habla desde la cueva de los atrios es una cueva milenaria como el universo como Dahpne púrpura en los santuarios del guijarro como Yocasta excavando sus tribulaciones como el sueño erótico hasta los tobillos en invierno de pronto ummm uff toda hecha la oscuridad en el ojo sin agotarse el infinito sí sin agotarse porque qué sería de nosotros sin Dios sin alguien que nos recuerde el cielo o el más allá confieso que la miel es toda una gesta para tragarla y más si la demencia es póstuma pienso en el país es decir en el valle de las hamacas en la danza del torito pinto sobre las alas del torogoz Escila aquí el Hades la virgen de Candelaria allí multiplicada en los dones —lávate los pies —me dices— luego haz vibrar a todo pulmón el cantar de los cantares las sábanas del cielo con las hijas de Lot mis cinco letras a la orilla del alba donde braceamos hasta saciar la espesura de los peces siempre el extravío nos salva del vaho desatado del te quiero único del poema jejeje jijiji iii aah  ah con qué placer dibujamos el infinito el crepúsculo es mi brazo derecho mientras pienso en el caminito que se hace a través de un túnel: en mi gramática el ícono del pájaro sobre el árbol las ramas con formas de sílabas y consonantes país en el absurdo de mis ojos desde siempre habitación para mi poema la ciudad es increíble la ciudad mata…
Barataria, 2014




ABERTURA

En algún lugar de la puerta, el silencio rastrero del césped y el geranio
de antaño, inenarrable cuando el paisaje es extraño y poseso.
(Llevo calendarios atascados en la sospecha de algún puerto; de pronto,
solo la abertura sin reemplazo de la jaula. Solo la juerga de las calles.)
—Ya me dirás si es posible evadir los agujeros del aliento, el grito
                                                                                                      [de la sombra,
los postreros paraísos de la saliva.
Alguna abertura habrá para seducir al rocío: hay hambre y sed en mi cadáver
prostituido, ¿recuerdas los extraños aguijones de lo fatuo?
En la abnegada forma de las marionetas, no cabe nuestra demencia,
si acaso las cloacas del pánico, algún ultraje contra las begonias y los claveles.
Vos, simplemente buscás —en la pizarra de la salmuera—, limpiar
la conciencia, cerrar las grietas del humo de los ceniceros…
Barataria, 2014 





GOLPES DE PECHO

A cambio de nada la respiración de los pinos: salir ileso después de todo.
(Permanezco junto a mis viejos libros, esos libros con la dentadura gastada
de las hojas, amarillos de tanta complicidad.)
Pienso en las antípodas, después de todo. En los trenes marchitos
del desconsuelo y las consiguientes adversidades.
Al igual que ciertas lloviznas, la multitud gris del horizonte.
¿En dónde alumbran mis ojos ciegos, el espejo de tanto ver hacia dentro?
El tizne resulta ser siempre la primicia del torrente: me ensordecen
todos los absurdos, el estruendo arrancado a las cebollas, a este ultramar
de mesa y ventana.
¿Cómo adentrarnos a lo empañado de los relojes y curar los resfríos
del tiempo? Ya me dirás con tus manos cómo es el mapamundi
                                                                                               [de las punzadas,
cómo la colmena de la noche nos ahoga con su fermento endurecido.
Camino así, porque me acostumbré a los caminos de la muerte…
Barataria, 2014




TIEMPO

Todos somos culpables de la ebriedad suicida del tiempo. La banca vacía
del absoluto como una tumba, los nudos derramados sobre la madera.
Todos los días de la sed han muerto en el cuerpo: los nombres, las palabras,
el lenguaje, los anillos irreparables del aliento.
¿En qué vigilia sangra el infierno? ¿En qué lápida quedaron escritos
los ardimientos, la cosecha que creció como un ídolo?
(Todo es sórdido en la hojarasca desparramada de las tardes indecisas.)
Ya el horizonte es memoria y fatiga el umbral que se abre frente a los vidrios
del futuro: ahora se precipitan los inviernos y atraviesan la piel gastada
de las sombras, —entonces, sólo entonces, me doy cuenta que el tiempo
es distancia: cava en los ojos el martillo del calendario.
Barataria, 2014





NOCHES DISPERSAS

¿Cuántas noches reúne el tiempo, después de todo, y cuántos equipajes
guardan los recuerdos, y cuántos silencios adentro del aliento?
—Habría que hurgar en la memoria todas las noches dispersas, el insomnio
y los cansados paisajes, los desfiladeros con sus lunas hambrientas.
(La desesperación no deja de ser un pájaro aterido, agria lágrima que nos
recuerda otros rostros en desconcierto.)
Ya hemos llegado a la profundidad del vértigo: ahora hay que reunir
todas las noches en un solo petate. Para seguir el camino, es menester leer
el signo de los tiempos, acometer contra el manicomio del crimen e iluminar
las trincheras del pálpito: quizá mañana sangremos de nuevo,
de nuevo lo imposible en lo cotidiano…
Barataria, 2014




ASEDIOS

Entre las espinas que asedian, el nudo de los pensamientos en la garganta.
Toca fondo el pecho del agua en la salmuera, la hosquedad y sus fragmentos
de astillas: todo el abismo afilado en la sombra de los zapatos.
¿Hacia qué rumbo cardinal derribo los muros de la patria y esta acumulación
de deshoras y los nombres con sabor a vinagre de los espejos y los héroes?
Debajo de la sábana, el grito quebrado
de todas las rejas oxidadas: el apotegma o la falacia, el circo compartido,
la saliva cóncava de ciertas bocas, los genes seudopitágoricos
en vísperas siempre del ascua.
¿De qué orgasmos de astronómica apoplejía nos salvamos o huimos?
(El crimen resulta ser tan rentable como el silencio.) ¿Quién le gana la batalla?
Aprendimos a dividirnos en la ceniza. No somos el ave Fénix, ni deidad alguna.
Apenas, amnésicos candelabros en la castración del escupitajo.
Barataria, 2014





TALLER DE OTOÑO

Siempre hay desatinos en el incienso extraviado de las sombras. (El tiempo
es ese dolor de cabeza que nos sacude la infancia.)
Dura mientras vivimos este trabajo de cadáveres, ¿qué nombre le damos
al magnetismo de los relojes, al invierno desagradable de las arrugas?
—Detrás de todo existen bocanadas de sueños y días como rieles o litorales.
(Siempre pensé en los matorrales e insectos que se llevan dentro;
sorda es la carne con sus envolventes escombros; merodean las aguas
del más allá de manera impune.)
En mi taller respira la garlopa del aliento, el aserrín redondo de los años
desvanecidos. Aquí o en cualquier parte, el espejo como arenas movedizas.
No hay razón para temer a lo irrevocable, —me digo.
¿Qué rumbo tienen las litografías del hambre?
Siempre fueron indecibles las sábanas y los manuales del calendario.
En el castillo de naipes, la ceniza que nos muerde sin tregua los ijares.
En mi taller de otoño, las calles y las estatuas que no envejecen.
(Para esta vocación de mar y muelle, solo mis ojos descalzos en el torrente
de la memoria. Mañana quizá sea otra voz la que estruje el horizonte.)
Barataria, 2014




BAHAREQUE

Nos divertimos mucho en nuestro pequeño pueblo
Vamos a edificar una nueva escuela
Vamos a elegir nuevo alcalde y cambiar los días de mercado
Estamos en el centro del mundo ahora estamos cerca del río
       océano que corroe el horizonte
Un poema es muy poca cosa.
Raymond Queneau




Mientras amanece el perro degollado del alba el débil paraíso en el cuarto de los ojos el tiempo que se amplía en los escarabajos a veces piadosos de lo inaplazable a menudo los absurdos me provocan nostalgias lo cómico los arrebatos de la introspección: dejo pasar el hambre de la idealización la mitología de la carroña los rostros modélicos en los rincones de la caja negra de lo ficticio resucito después de cada agotamiento en los resortes de las fotografías subo y bajo la marea de lo no permitido e insoportable muchos confunden el sectarismo con la toma de conciencia no soy diferente a las circunstancias siempre reparto mi trabajo entre la escritura y el divagar a ratos me quedo como maniquí escuchando a Muddy Waters a Stivie Ray Vaughan tarareo The sky is crying o The look at Little sister qué más da cuando veo el disparate de las hojas los ríos crecidos de las brasas y esa fea costumbre de la amenaza no puedo contenerlo titubeo trasnocho junto a ciertas obsesiones alrededor de mí las consecuencias de la soga al cuello los días ennegrecidos del infierno es absoluta la oscuridad en el bahareque de las semanas ¿alumbran las palabras como los focos como una astilla de ocote o papel periódico con kerosene? no es abstracción la insistencia del granito en mi pijama y en la alacena entro y salgo humanizado merced al botiquín de mis libros soy pequeño tan pequeño y aun así me alcanzan los arañazos las sucias toallas de la realidad de pronto cojo una tijera y empiezo a hacer trocitos de papel para luego aprender a leer lo contemporáneo las mariposas de neón de pronto golpeando mis ojos desde la distancia en la revista Forbes no hay penumbras sombras salvo la concentración de otras penumbras y otras tentaciones propias de lo suntuoso busco la luz para disolverla en mis manos y repartirla unitaria infinita inalterable despojada de facciones lo único cierto son mis brazos y mis ojos que vocalizan los discernimientos toda boca o cuerpo es inexistente en el vacío en el bolsillo frenético del maquillaje qué puedo encontrar mojo mi pañuelo por partes el agua en la emoción es abundante así explico la voracidad de estos días mis preocupaciones que desde luego carecen de arcoíris el polvo que recubre mis párpados la otra mejilla vejada también sin ninguna excusa entonces pienso en lo útil que son las baldosas y el grafito para desayunar mis impaciencias mientras abro el resuello de los autoritarismos me hablan las múltiples posibilidades de las pelucas otras cansadas semanas de bocas en la oscuridad veo perfectamente el horror y las celebridades que fabulan con mi respiración hacia la desnudez del papel en blanco esa sensación incompleta de las cirugías los traumas que provoca el absurdo el trabajo perenne del subterfugio al otro lado de la pared cualquier silencio nos da cuenta del tiempo y sus dolencias
Barataria, 2014




DESCUBRIMIENTO DE LA DUDA

…cruzo las épocas cantando como un gran sueño deforme, mi verdad es la verdadera verdad, el corazón orquestal, musical, orquestal, dionisíaco, flota en la augusta, perfecta, la eximia resonancia unánime, los fenómenos convergen a él, y agrandan su sonora sonoridad sonora, sonora;…
Pablo de Rokha


Dudo a cada instante de los ríos que fluyen en los cirios. Del descalzo.
De la rama que da sombra, de los profetas, de la luz vista
en el sueño, de las frases de cortesía colgadas en los altares.
La verdad a menudo pulula en manos friolentas.
La historia, como sabemos, es difusa y espectral: un ventarrón
de catacumbas, donde el aire apenas llena las habitaciones.
¿Existo? El azúcar se trunca en el crepúsculo. ¿Existo?
—Las garzas de los pañuelos mojan la lejanía. ¿Vuela la escritura
en la luna llena de los domingos?
Dudo del arco iris y las camándulas. Dudo del feligrés que asume
la devoción de los salmos, del asombro que se lleva la brisa,
de las predicciones en la medianoche de la fe.
¿Cuántos alcanzan la verdad de los jardines? ¿Quién se bebe al agua
invisible de los veleros?
Cada pregunta tiene un siglo de oficio. Ayer es hoy cuando lo nombran
los pájaros. Los cirios de Dios no abren la puerta de los muertos,
ni uno escapa a las vísceras de guerrero.
En este viaje irrepetible de la identidad, salta la duda como hoguera.
No hay noches cosméticas, sólo espinas de apacible profundidad.
¿Dónde está la fragancia en la lengua del espíritu? Casi el césped
inventado por los ojos, la sabiduría  ciega de cascos y tropeles,
las orquídeas en su peripecia de parásitas, el Manto azul del olfato.
Uno no sabe qué pensar después de tantos SOS sin respuesta.
Después de vaciar los claveles en las bacinicas. Después de un mechero
de ascos. De las raciones inmoladas de cielo.
Cuando buscamos el bien surgen párpados frenéticos.
Abajo, las aceras ávidas de la sed. Las cornetas de lo sombrío.
El dame y te doy con un dejo de cipreses. La extraña avidez del aroma.
Lentamente y en creciente hemos astillado el pecho de galopes
siniestros.  ¿Qué mana de la transparencia?
¿Quién siembra alegría entre odio y cadáveres? ¿Quién cose lienzos
de carne derruida, la lengua en la brasa de las pesadillas?
Dudo de los gajos de flores sobre las tarimas y los altares.
Del narciso que se ahoga en la nitidez del espejo, del lento para caminar
y del pedagogo,  del economista y político de alcoba.
Dudo de los mercados con palabras bonitas. De los golpes de pecho
con nitroglicerina en la epidermis, de la limpidez de los santos patronos.
Dudo de los monumentos con semillas hambrientas,
dudo del olfato cuando la calma no es escombro, sino un vaivén
de algodones florecidos:
(“nunca fue tan hermosa la basura”) y ciertas palabras como
la honestidad, y la filosofía de los tatuajes y los “piercing” en las manos
de Heidegger o Nostradamus…
Barataria, 2014




EN EL FRÍO, ¿HAY PALABRAS?

Debajo de las sábanas el frío sin palabras. Sobre los platos, las sombras
del aire, el ojo de la página tiritando, el frío hecho horizonte y cama.
El frío del poro enlutado, El frío de la semilla sin barco,
el frío de los remos sin aguas,
el frío de la arena en las pupilas. —¿Sin palabras? No. Palabras
sin camino, tal vez. Noches con maderos y jinetes, tal vez. Sin palabras
ni azúcar este mantel de los meses: el juego de trajes, pelucas
y antifaces: lenguas de apretada ceniza en los platos.
Todavía nos falta caminar entre párpados depredados, oscuros senderos
de paisaje subterráneo, pestañas de sigilosos abanicos, y largas filas
de piedras desmayadas por el asedio de lo insano.
Jirones de palabras turbias erigen la voz del día, —aguas de cóncava
cal lamen los poros y la calle de los zapatos.
Luego le otorgamos a la deriva su más ostentoso horizonte: abrir
las compuertas del veneno para que corroa suelo y cuerpo y mente.
—¿Hacia qué desnudez absoluta van los brazos y el alborozo huérfano
del calendario, las raíces depredadas por la queja,
el empujón sin ropa sobre la escalera?
—Hay un barco de grises, sin vértebras en el paisaje cotidiano.
Días de pesquisa. Días de podrido olfato. Aire de caballos sin cascos.
Jaulas de crujiente herrumbre. Dientes de amarillo filo. Perpetuas
espinas masticando el reloj. Bustos de ansiedad estrafalaria.
—¿Están las palabras en este frío desprovistas de espinas? —Ni Dios
se salva de esta rama punzante de la hipocresía.
Hay golpes en la vida, dijo Vallejo:
—decibles e indecibles— pero golpes
a fin de cuentas que cierran el ojo frente al espejo,
que aclaran u oscurecen el paisaje. Que beben del minuto destruido.
Con el paso de los días uno va descubriendo la estrechez del aliento
o la lejanía del aroma de las palabras: —la razón de la perennidad
de la luz, o la jaula apretada de las enredaderas,
 sombras de aviesa noche.
Sólo en el relámpago de la noche conocemos los rostros.
La oscuridad de cada quien es oíble en el braceo heredado de los peces,
en el tragaluz voraz del pétalo,
en la duna que levita en los poros.
Siempre es sospechoso el rostro frente al estrépito.
Lo es también el ruido
del silencio con su báculo de apagadas palabras.
Nunca puede fiarse uno, de la boca que no tiembla, ni del rostro súbito
de la sonrisa con empeines, ni del diente hecho en pluscuamperfecto,
ni el súbito altruismo de la lengua proclamando el rocío.
El amor es más que la suma del azúcar. Más que la luz misma
en el aliento. Más que el viento en los aleros de los lóbulos.
—En el frío, ¿no hay palabras?  Si las hay, pertenecen a la intemperie.
Si las hay,  es necesario buscarlas en el humo de nuestra propia casa.
Barataria, 2014




COVACHA

Garfios invisibles de los árboles se contonean
obscena marcha de maniquíes somníferos,
la sombra de los astros es un zorro en su gruta.
Michael Leiris


La mugre al alcance de las manos esa tragedia de rodillas que casi nadie ve incluso ni revelándose leo los días de la semana desde estos miserables candelabros que cada día se prolongan en la litografía indefinida de las pantuflas siempre me pervierten los días oscuros el chasquido de los bolsillos sin monedas y los golpes los pantalones viejos del grito las bocas las pequeñas bocas sin camisa como el mudo espesor del índigo los estómagos atravesados por bodegas vacías tintinean los ídolos y la saliva la agonía de Dios y los cuchillos la espera de los dientes frente a las sombras en medio de taburetes agachados la lejanía quemada en la garganta me estremezco ante el ojo negro que lanza señales de humo (soy otro más que engorda con sorbos de miseria) otro que muerde los pulgares de los semanas y los meses otro ingenuo pensando en la indulgencia desde la propia inocencia o ingenuidad aquí apenas llega la voz desentonada de los periódicos solo la caravana divertida de los ataúdes la espera que a veces sesga toda racionalidad —pero vos al otro lado de la marcha triunfal reís sin agonizar aquí se pudren las monotonías en medio de la ceniza el humo y la chatarra que sueñan el paraíso ¿hacia qué transparencia van todas las ansiedades vestigios del futuro? nacimos así en la tumba del ojo de la noche entre los ilusionismos que alienta el espejismo oscuros sombreros de polilla sobreviven a mi ignorancia no tengo más suerte que la de los desposeídos: despierto siempre con la misma ración de recuerdos entre bocanadas de crepitantes dolores voy como van los descalzos redoblando los caminos bajo la fruición de algún hígado putrefacto aun así rasco las piedrecillas para sacar canciones el yugo en mi cuello a veces la noche se devana en mis manos pero no importa si acaso lo importante es que la oscuridad es mi casa este mundo de complicidades siniestras donde uno siempre está en el vestíbulo del frío ante el murmullo de la lluvia frunzo mis carnes el duro puerto de los deseos dilatados el ayuno nunca es transitorio sino definitivo dónde está la luz y su almacén de divisas es raro aquí este callejón de innumerables insectos nada hace distinto el juego ni siquiera las abstracciones del vía crucis ni siquiera la puerta entreabierta de los atrios con sus comensales diurnos salvo alguna ventana donde se prolonga el abismo y el equívoco —me torturás cada vez con eso del rescate del folclor nacional con  eso de las complejidades de la oferta y la demanda odio las nimiedades de la claridad hurgo por si acaso en la salmuera en las fotografías ensimismadas de la publicidad aguardo sin codicia ésta es de otros de otros la fuerza descomunal para vaciarme ¡qué extraño es el lenguaje! soy solo animal acechando en los alrededores del aullido soy solo mercancía en el ático de los periódicos y las revistas supongo que es divertido fomentar el pánico y fruncir el entrecejo al final siempre es cómodo hablar de la dignidad humana increíble incolora a decir verdad todo tiene sentido del humor en realidad son extraños los simbolismos lenguaje…
Barataria, 2015



VUELTA

En la línea del dintel, la vuelta del poema o la mosca: la duda hacia la página
del sueño, desintegrándose en la mínima vocal de la sílaba.
(Entre otras cosas, busco en los adentros de la raíz, las siete lámparas
del bosque, o el santuario de la sábana.)
Regreso al aire, con el arrebato de la locura; después de todo lo andado,
queda aun abierta la grandeza del barro, la clarividencia del césped en la hoja
que sostiene al pájaro de la sed.
Vuelto a mis imposibles, negro el aluvión de personajes en la ciudad.
Desde el autorretrato de la tribu, es póstumo, a juzgar, cualquier desobediencia.
Me temo que ayer y hoy, nunca se jubilan.
Hablar del alma está prohibido; de ahí que prefiera los drenajes…
Barataria, 2015





ALZAR EL VUELO

Mi servidumbre es la palabra impura,…
Jorge Luis Borges


Álzate pájaro sobre la rama gris del cielo en la música alada de los huesos sacude la angustia al borde de las palabras la nada siempre el fuego que purifica la sal de los caminos Louis Armstrong oculta el poema en su pipa caminar sin moscas sobre el gorrión de la mañana pájaro girasol del tren de mi vigilia aquí la actitud del ojo arraigado a las raíces siempre es extraño Rilke estar muerto verse uno muerto caminar muerto tocar los muertos envueltos en otros muertos escribo al oído de los ataúdes me importa poco los otros nombres que tienen los escapularios el hombre el hombre el tronco del árbol la incitación que provoca el sinfín al borde de tanta angustia  donde la duda socava los ocres posibles del otoño de las palabras desde el gozo de morir la noche respira sobre el petate de lo oscuro es sencillo morir en sosiego desvanecerse en los faroles de la luz disolver los zapatos en el agua despojarse de las criptas del poema —y vos en los despojos de mi memoria en la espuma del eco de lo mísero dónde crece el aire de la vida sin acabarse dónde la Nada o la irrealidad la misericordia aunque sea mero espejismo bebo la desnuda ceniza de las calles leo en cada piedra las certezas de las sombras y el espejo las sombras ruidosas que consumen y niegan la oscuridad que adivina los diálogos del silencio entre alegría y duelo descubro los platos rotos del hambre insaciada los comunicados de prensa como meros paisajes de los oscuros designios del tiempo en el agua sucia la memoria del tiempo los solitarios de siempre y sus presagios muere la conciencia y su delirio de muertos muere de vergüenza el tiempo mueren los zapatos sobre los andenes y la hojarasca desahuciada en el puño de semillas del pálpito quiero devolverle el aire a los espejos quiero regresar a remover el aullido de los perros callejeros que de vez en cuando lamen la esperanza los ojos visibles del granito ¿ves? ¿me ves ahuyentado del tiesto de café de los tantos imaginarios que incomodan a otros del prensapapel de los orgasmos en medio de la turba de los astros? como vos yo rompiendo el aire el calendario que se adueña de mis días felices dulce amargor del poro indecible de la madera indivisible en la sombra de los ojos como vos descendiendo al camposanto de los recuerdos persiguiendo trenes con gaviotas (mañana a la luz de otras vidas es posible el reencuentro no del ultraje ni el rastrojo sino de la voz y la luz sé que todo es transitorio y que cada cosa tiene su propia escoria: la historia el abandono la rama del deseo aun la agitación del cántaro de la esperma) habrá otros horizontes que seduzcan Nietsche el prodigio de lo nuevo y lo viejo la caverna y la fatalidad la intemperie con espigas atormentadas la mesa confundida de bocas la cacerola del invierno como desvarío nunca supe otra cosa que no fuese alzar el vuelo: partir partir siempre ante el bajomundo de la borrasca lustrar mis zapatos ante lo indefinible cerrar los ojos al óxido del espantapájaros Borges por Dios nunca vi a plenitud los ahoras sino siempre las partidas…
Barataria, 2015




DISUELTA HUELLA

Todo está allí, y sigue estando allí, en las palabras
misteriosas, que fueron dichas, pronunciadas,
rotas en una voz…
Carlos Bousoño


Después de fenecidos los claveles esta sangre mía disuelta en la incandescencia de los cristales: cada quien es desde su escritura el fuego o la sombra su propio vía crucis en el entramado en la grieta de la conciencia destruida esos intentos de respirar en el viento y derretir lo inasible uno se harta del polvo y la hojarasca de la noche sin estribos de todo cuanto anida el veneno ¿Quién se fía de la sífilis en el ojo ajeno? alrededor de tanta piedra la hedentina de los días colapsados la furia anónima de la herrumbre las estrofas calcadas de las criptas (que se coman su propia crítica sobre los charcos del día aquellos que sufren la carencia de ventanas aquellos que sólo crepitan en zumbidos) yo simplemente respiro y me aparto de los guantes del estampido ante los ruidos del vértigo renazco en la ceremonia del cierzo estoy mudo frente al carbón el laberinto de ese reino no me interesa ni la calle insólita de alientos perversos en este país gótico dejé de darle importancia a las catacumbas siempre me resultan patéticos los siglos de alcantarillas y el pensamiento de algunos días poco afortunados cada quien es su universo a la medida del caos que lo habita me río ante la concavidad de los cuchillos me río de las batallas campales sin adversario me río de las telarañas ateridas y del miedo que tiene su propia vigilia ¡cuánta saliva iracunda revela la boca! ¡cuánto vinagre como deidad del gusto! sí no tiene rumbo la apoplejía ni el charco en el que se hace reverencia al moho ahora emergen terribles válvulas de escape como rejillas de pequeños sueños sobre lo vítreo del horizonte dejo que la polilla preñe otros sueños no los míos que fermenten su pulso ciego sobre los chiriviscos no en mis párpados dejo que las asimetrías roan neumáticos asfalto quimeras sopores de otra intimidad que no me pertenece (es triste no poder dormir o perder la claridad en lo estático de los túneles escanciar los pájaros ajenos vivir día a día en la prisión del ascua tensos de urgida perversidad) entonces conmueve todo este acendrado ejercicio de vivir del prójimo sin miramiento a la cárcava que se construye sobre el propio espacio de la sombra quizá nada quede después de ese fuego avieso: no existe manantial crecido que perviva sobre la superficie de las convulsiones salvo el botín de las propias frustraciones quién es quién después de la diafanidad del poema solo el que aprende a navegar desde su herida sin duda el espejo tiene su fluir: claro que a veces disfraza los insomnios muerde la tinta ajena arrecia con su bestia genética todo lo impensable puedo hablar de todas las amarguras que atraviesan como dardo el aliento pero resulta difícil deshabitarse de todas esas criptas retorcidas acaso porque prevalece la carencia de luz supongo que nadie busca “en su palabra la blandura ni busca su mano ni descifra” la causa de sus “horas muertas” en el jardín de ciertos simbolismos hay que brindarle una flor al enemigo…
Barataria, 2015



DI, VOS, PALABRA

En aquella tierra impenetrable, vos, palabra, ilustras los mugidos del frío.
Di cuantas madrugadas defendemos al filo del tiempo, los candiles ciegos
que nos acompañan, los caminos del sudor que arrastramos.
Di los colmillos de los termómetros en los dientes,
di los insectos húmedos que masticamos en la constelación de los tejados,
di las agujas que reman en la memoria, los toros escapados de los mataderos,
di los huesos del alfabeto permeando la garganta de las ventanas.
Di lo que madura en las manos sangrientas del paisaje, en el motín de algún gallo desparramado en los aleros del tabanco.
(Dilo, palabra, sin desteñirte y sin deshojarte, como niño fosforescente.
Yo apenas soy remedo. Remedo de viajes y estridencias. Remedo de apostol
enredado en tantas heridas. Anillo para no sé qué dedo de grito.)
Ahuyentá de este reino, palabra, el cactus en la estrofa de mi sonambulismo.
Di lo que yo he callado en puntillas frente a las bocinas de las moscas.
Barataria, 2015




METÁFORA

En el incensario del salmo vital, todo el imaginario de los brazos, las palabras
sedientas de ternura. Un litoral de apego ante la dureza del frío.
Ante el aire deshojado del alma, la fuerza alada del espejo de los deseos.
Ante la sintaxis de ciertos discursos, prefiero la alborada de un candil:
sé que es inútil abrir los ojos en tierra ciega, (alguien quiere hacer
                                                                                                    [de las aceras
su propia mercancía; en la cárcel de la penumbra, da igual cualquier ropa;
—vos, debés golpearle el pecho a la esperanza y quemar de una vez,
esa gran noche, la miseria que se nutre en las esquinas de lo obtuso.)
Es necesario rebatir las razones del engaño e incinerar las fábulas.
Frente a tantos sueños calcinados, la vieja mesa de los atrios y los naipes.
De pronto, el espejo es otro féretro u otra brújula resignada al contagio.
De pronto, el aire viciado se torna ingobernable en la conciencia.
Cuando la ternura eche raíces, le habremos ganado a la niebla su intemperie
perturbadora. Después de los recuerdos, la lámpara del inconsciente
hace lo suyo. El torrente de la brisa y el calendario, siempre insinúan ese largo
viaje de posibles espigas. O de espinas para el aprendizaje.
Mientras oscurece de nuevo, abro el ala y hablo con el reloj de las palabras.
(Es decir, con ese reloj de tripulante memorioso desflorándose
en el fregadero de la infinitud de tiempo)…
Barataria, 2015




DEMENCIA

Vivo debajo de los poros calcinados del fósil innumerable del alba.
Muerdo con el cortaplumas la saliva de la cuerda floja del pájaro moribundo.
—Siempre es prolijo el desenfreno en los ijares, en la ingle del bostezo,
y hasta los estereotipos del plumaje que mecen la lengua del columpio.
¿ A cuántos grados baja la escalera de la lucha de contrarios,
su flamante cáscara de fruta putrefacta?
Por cierto, en la ganzúa del cielo, no caben tantos parias como yo, ni colchones,
ni laboratorios feroces para vaciar cerebros.
En los íntimos tragantes del asfalto, buscamos los desagües, los paraguas
vaticinadores de la esquizofrenia, el mal de ojo sublime de la realidad.
¿A cuántos grados Celsius se deshiela la sangre, la felicidad de ovejas interminables, el vestigio hacinado de los orgasmos?
(En algún lugar remoto de horas decapitadas, sigo siendo la leche oscura
del crepúsculo y su escombro real de tercer mundo. A fin de cuentas, pertenezco a esa sorda oscuridad del alfabeto. A esa violenta sal que desnuda
los espectros en una bañera de agoreros dientes.)
Barataria, 2015




QUINTAESENCIA

Quiero escuchar el ronquido sarnoso del perro que masculla en la intemperie,
del ebrio de colillas y otros desperdicios: los que fornican en las tumbas ígneas
del universo, los fragmentos fósiles de la saliva, el tobogán del escroto
en los juegos sádicos, el precipicio de las tijeras (vacíate en el retrete oscuro
de los paraguas, en el abanico de los objetos caseros), allí por fin la mecedora
de los párpados en el tejado.
¿En qué fogata sudan de horror las telarañas?
¿En qué bacinica hacen sus quimeras los ángeles? ¿en qué hocico se congregan
las feligresías? ¿Dónde el trencito de madera de la añoranza?
En la mesita de noche de los años perdidos, el bolsillo con sus monólogos
de paralítico, los roedores y criminales de la lividez.
Alrededor de las peluquerías del bajomundo, el hacinamiento y sus extravíos.
(En el homenaje a los cuervos, olvidé la sonata a aquel antro que pagó por adelantado el aullido. Todas las lecturas de las leyes que rigen las heces. Siempre me resulta interesante ver a los cerdos degollados colgado del armario de los husos horarios. Ah, mis ojos malolientes a risa.)
Muchos lloran y corren y juegan ante los falsos espectros del poema.
Barataria, 2015




CUADERNO DE PIEDRA

En el cuaderno de la piedra, cava el ojo su corteza de búhos.
Goya en los toros salvajes de cazador diurno de raíces: sumidas, luz y frente
en la tierra rumorosa de las sombras.
En las regiones del entresueño, los dientes donde el cuervo ensucia las bóvedas
del día. Torpe el dolor desnudo que invade cuanto de blanco tiene la desnudez
derramada en el zumo del aliento. Debajo de los pasos, quedan los espejos
y el ojo húmedo que convoca ríos.
(Si algo es firme, la movilidad del calendario y su historia de reemplazos.
Se vive a la luz transitoria de las palabras, pero no hay garantías de infinito. Quien vive en la roca, los ardores afilados del combate y los nombres insepultos.)
En cada hoja escribimos los proyectiles de los pájaros.
En cada alambre desparramado de la tinta, se abre el pez del aliento
y ese braceo silábico de la sed.
En cada puerta del grito o el silencio, tantos abismos como palabras: la dureza
no nos hace un cuadro sinóptico del mundo y sus parpadeos globales.
Barataria, 2015





DEBAJO DE LA PIEDRA

Veo alguna luz en la oscuridad, pero es posible que se apague.
Arthur Conan Doyle


Debajo del lecho de la piedra, ávidos caracoles del hambre.
Siempre la sal del mar nos salpica los tobillos; no duerme la sangre derramada
en la noche, y apenas oyen las paredes quemadas de los relojes, la ternura
disecada en las paredes, o la trinchera que muerde los fósforos del insomnio.
Giro en la ruleta rusa donde juegan los almanaques: encima del eco, la ramazón
del grito, el lázaro crepuscular de la boca,
el escalofrío que producen tantos desfiladeros.
En la lectura ciega de las cataratas, todos los matices de la joroba de la noche.
El aire o el suspiro, es esa otra forma inclinada del aire para cantarle
obsesivamente a las gárgaras. (Siempre hay un problema en las fotografías:
el moho que acumulan o la humedad que se torna tesis del espejismo.
En la ventana única de la realidad, el ojo de cíclope de la violencia y sus fieles
seguidores. El problema, al parecer es de oferta y demanda.)
Lo peor que he visto hasta hoy es el paraíso perdido del umbral: desconozco
otras erratas que no sean cicatrices. Ante quién, después de todo, tocamos
la puerta para no seguir siendo boceto de resignaciones.
Resulta que las ambigüedades, son parte de este laberinto en que vivimos.
Sé que nunca más tendremos la liquidez necesaria para el desayuno.
Barataria, 2015




AL BORDE DEL CAMINO




Al borde del camino, (vos) gritando en mi propio silencio: se agolpa el polvo
y el fervor de los espejos. En el aliento, la hueste de alfileres de siempre.
Sobre el guijarro el imposible susurro de los miedos.
Duele, —he dicho—, la estación del aliento sin emolumentos (despertar en los ojos del absurdo, entre el quinqué colgando de ciertas aberraciones: perdido
en un antro de dientes, como animal de extraños huesos.)
Allí bailan los espectros un crepúsculo de demencias, un vago horizonte
de ciegos, un éter de acuchilladas sastrerías.
¿En que otro lugar gravitan los tejados? ¿En qué vaso ésta sinfonía sicótica
de apagar las esquinas del polvo con el vómito?
—De cierto, habrás de masticar la telaraña y su telar de saliva impura.
(La noche, sin pájaros, me ofrece su sexo.)
No tengo otros haberes, sino estas larvas que seducen mi carne:
siento sus torpes caricias, la sed que me provocan los zapatos del poema.
Antes nunca entendí el pájaro del reloj y su asedio de minutos…
Barataria, 2015




REPTA LA MAÑANA

Hoy, vacilante el gallo, mientras repta la mañana, mientras pasa la niebla
sobre el árbol. Algunas ojeras tienen la similitud del cuervo del desvelo.
(A veces no tiene sentido la alegría, ni la poesía, ni el viejo acordeón del deshielo, ni los nombres quemados o pronunciados en estado de demencia,
ni el pájaro que cuelga del tabanco, ni la hoja de la emoción
que ahoga la lengua, ni la taltuza que muerde el matocho de los zapatos.)
Supongo que hay demasiados chiriviscos sobre la cripta del amanecer.
Ladra la distancia con sus lejanos trenes.
Deletrea el viento, el mugido del cierzo cuando cae sobre la piedra
                                                                                                      [y enloquece.
Hay de todo al abrir la puerta: el frío erecto de las mochetas, el cáñamo
herrumbroso que sostiene las aldabas del aliento, los muertos que horadan
la infancia o la risa, el grito que arde detrás de los barrotes.
Empapada de viejas consignas, la almohada y el sello postal de las abejas.
Y mientras le zurcimos el ojal al infinito, la hora benigna de los calcetines,
el atado de dulce de la sombra del país, o la piel abyecta de antaño.
Uno siempre acaba siendo señuelo, —perenne o momentáneo—,
de los travesaños de las más adustas profecías. Así lo dice la hipnosis…
Barataria, 2015




ÁRBOL ARRAIGADO

Me quedo aquí junto al matapalo de las ausencias, en blanco y negro el umbral
de la herida, la gota de hálito en la brasa, el prensapapel en el taburete
de la respiración: te nombro, perplejidad, para reinventar el tronco del sigilo,
y el trajín de la sal en el pañuelo.
Vos, memoria, mi árbol arraigado a los dedos de la herrumbre.
Ante el presente me quedo aquí, ardiendo en mi propia pira, entre alfileres.
Me quedo aquí, amante de la humareda de las tumbas.
Mientras me despojo de los hacinamientos, dejo que los templos momificados
vomiten su escoria.
En la oscuridad estoy próximo a ser parte del escombro, ¿cabe lo humano
en la travesía del tatuaje? ¿Tocan fondo las ventanas en la bruma?
Yo vengo, por si lo han olvidado, de olores miopes. (Hay palabras huecas por todas partes, brazos de corta vista, ojos dormidos, sin explicarse. Nada es extraño cuando la mesa permanece desteñida y la eternidad es sólo una mancha de sangre en el papel asfaltado de la ráfaga.)
Adentro, arraigada la voz de los cuchillos, y el quinqué intemporal del aliento.
Después de todo, el tiempo lo explica: desgastados ya los anacronismos
no se necesitan anteojos, ni las astillas amarillas del artificio.
Me quedo aquí, recogiendo las servilletas fraguadas del hedor y su historia.
Barataria, 2015




OSCURIDAD COMPARTIDA

Sobre mi nacimiento, los costados en el absurdo de las palabras y el tiempo.
Los féretros están allí, como golpes en las pupilas, como manchas de tinta
quemada, hendidos los gestos y la dignidad de rodillas.
Todos queremos borrar estas imágenes de huesos en perpetuo movimiento.
No hay lugar en donde se pueda evitar lo irremediable: nos persigue la pared
manchada a ritmo de grafiti,
—su sombra nos acompaña, la oscura sal del aliento, ese negro túnel
que nos desnuda, insoluble de conspiraciones y adversidades.
Toda la ceniza nos arrasa el pecho con sus inútiles dientes: es el terror
la única compañía, la materia hurgada en los nichos, la polilla que nos
                                                                                                            [adormece
en el desamparo, a través de oscuros poderíos.
Durante las semanas se oxida la alegría. Camino sin rostro sobre las baldosas
de la soledad; dejo que los candelabros expíen los monólogos, otros nombres,
otros soles posibles a este que se ha erigido en templo.
(En el ojal de la ojera, todo el hedor impensado de la brasa, los minutos
amargos de la catástrofe diaria, el tintero tortuoso del nosotros.
También el ala y los encajes en los embudos del kerosene: lagrimea la sombra
detrás de la ventana, la oscuridad ciega colgando del olfato.)
¿Hacia qué rumbo quedan ilesas las veredas? ¿En qué pronombres no está
presente el moho, ni el turbio presente de los automatismos?
—Nuestra casa, el país, sobre el quinqué cedido a la oscuridad…
Barataria, 2015




EPÍSTOLA DEL RETORNO

En algún lugar, al amanecer, el horizonte colgado en el dintel del tiempo.
Desde el espejo los regresos y el camino andado: las esquinas del país manchadas de fantasmas, algún anciano en mi sed de niebla.
Nada es al azar la limosna de la asfixia, ni “El Libro de los seres imaginarios”,
de Borges, ni Marcel Proust, ni Anacreonte.
Al evocar lo andado en la crónica de los desaparecidos, uno relee la trama del teatro con la singularidad que lo haría San Juan de la Cruz o Heráclito.
Pasada la tormenta y después de hurgar en el calendario, el cadáver de la puerta
y sus jirones de telarañas que juegan desnudas en los ojos.
Nadie nos reivindica en el puñado de polvo de la noche, ni siquiera la diadema
del lupanar, o el crucifijo aullando en los mercados.
Uno siempre es viajero, diría  Nietzcche, por más sedimentos que acumule
el aliento en el toro negro no disuelto del fuego. El camino resulta ser variante
de los recuerdos devorados. O solo huella. O solo lágrima.
Sobre el polvo de la memoria, el equipaje amarillo de lo insospechado.
(Nunca sé si hay demasiada vida o demasiada muerte, en este oficio hueco del reloj;entonces miro la imagen en el espejo antes de claudicar.)
Es solo cuestión de tiempo —me digo—, para descubrir la esquina
                                                                                                     [de los epitafios
y sus atajos de herrumbre y sus trenes de sombras y sus paredes
de indiferencia. Quien regresa, es otra muerte profunda como un monólogo…
Barataria, 16.VI.2015





CAMINANTE

Los caminos como un pecho abierto, con sólo la alforja del instinto:
fluye la sal hacia el horizonte, fluyen los recuerdos como los tantos destinos rotos y ahora escombro.
Soy un caminante cuyos zapatos se derraman en la niebla. Sobre el ojo fluye
la rama verde de tus ijares, el collar de la brisa, la bóveda mordida
por los juegos de la fantasía. En medio de la noche, los peces impasibles
del pulso, las aguas en el sendero de la noche.
En la claridad de las ventanas, el pájaro antóloga almanaques de vilanos.
(Es otra manera de caminar y comulgar con ciertos fermentos. Sé que camino
todos los días de norte a sur, de este a oeste: las distancias, me parece, tienen
el aroma de los eucaliptus.
Existen andenes solitarios en donde siempre escribo sin urgencia mis epílogos.
A veces una ladera muerde la sombra de mi sombra.)
En las esquinas de la ciudad, una estantería de periódicos mira el aire
envejecido de los periódicos. Alguien desde mi infancia, me conduce por vados
y muelles, por noches húmedas de caracoles y paraguas;
en las defunciones es perenne la memoria, insepulta la memoria
de los muertos, redondo el minuto inesperado que muerde al cedro insondable.
Inédita es siempre la realidad reflejada en mis costados; perenne el puerto
que golpea las pupilas.
De todo, sólo puedo abarcar la línea del horizonte y esos pasillos de forma
interminable por donde crece el mundo.
Barataria, 2015





CONFIESO

Nos quedamos, pues, cada uno entregado a sí mismo, en la desolación de sentirse vivir. Un barco parece ser un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos encontramos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos. Reproducimos así, en la especie dolorosa, la fórmula aventurera de los argonautas: navegar es preciso, vivir no es preciso.
Fernando Pessoa


Hay situaciones de las cuales no hay retorno. Sin horario, sin país, sin nada.  Cansa la soledad como un costal demasiado viejo, cansa escuchar las lecciones del aullido todos los días, aquel ángel demonio en la humedad de los candelabros. El ojo devora todos los sinsentidos, los pájaros siempre condenados al vuelo, o las mortajas entre mis manos como una noche densamente oscura. La ternura, el amor, no dejan siempre de ser un pésimo estribillo; prefiero la piedra a secas aunque rompa las semanas de mis sienes. Escribir el poema diario puede ser mi propia destrucción, en él leo los espejos y las vidas del poema. Confieso que este frío visceral que tengo puede ser mi epílogo. He esperado hasta el último instante, llover la línea seminal del pájaro, el orgasmo profundo del alma, la sombra que nunca he logrado disipar sino hasta que me ahogue en mi propio sendero. Confieso que a menudo uno parece morir, agonizar, irse de este mundo. Siempre existen pequeñas y grandes tristezas; el tiempo nos mata sin abreviaturas de ningún tipo. El tiempo y su ponzoña de lobos; los grises jardines de la lejanía. Lejos, cerca, no existe el retorno, ni la reposición de los días y las noches, ni aquella primera posible palabra enterrada en los juguetes del parpadeo. Sólo recuerdo mis ojeras amarillas y los zapatos descalzos en la boca de los imposibles; me ata la otra parte de mi condición humana: el animal que se estremece en mi locura, el aliento calcinado de mis sueños, un blues implacable como las aceras de mi país, el lenguaje muerto de las promesas que empiezan a caminar como púas, como signos desmedidos de la perversidad. Confieso que la opacidad esconde mis opacidades, mi alfabeto diestro a la piel, mi historia a la par de los adioses. Uno recibe tantos golpes que hasta los olvida: olvida la premisa de los juegos; olvida que cada quien debe hacer su carrera. No sé a qué es parecida una promesa, si a río, a tiempo, a moscas, a hollín, a nada. Pronto las palabras se cubren de ceniza, siempre de noches rancias, de gargantas disecadas y pájaros devastados de escombros; hay recuerdos que aprietan los tobillos y muerden las más íntimas cicatrices: grietas de la sombra que transitan en las calles detenidas del invierno. Nos quedamos en algún sitio del tiempo o la memoria; jamás regresamos o duplicamos los instantes del ensimismamiento, los ojos ardidos de candiles, un cuerpo encima de la sombra del pan o del aire. No sé si las noches por si solas se convierten en memoria, o sólo es confusión la desnudez recordada, el aire decadente que transita en medio de los ijares, la oscuridad que duele en el filo de la luz. Tampoco sabe uno si existe diálogo en las arqueologías, en estos ojos que ya no existen, en esta lluvia adolescente que ya no existe, en el sol cárdeno, ahora en los anaqueles del polvo. Detrás de los inventarios de la salmuera, está el puño de las últimas palabras: residuos, quizá, o simples dibujos que nos deja la muerte. Al final la vida nos lleva por árboles diferentes y no siempre existe el olvido, como tampoco dejan de existir los vacíos en la garganta, como tampoco dejan de tener sed los espejos…
Barataria, 2015




BOCA DE LA ASFIXIA

Recién llegado por definición es: aquella diferente persona notada en seguida por todos, que llegado recién a un país de la clase de los diferentes, tiene el aire digno de un hombre que no sabe si se ha puesto los pantalones al revés, o el sombrero derecho en la cabeza izquierda, y no se decide a cerciorarse del desperfecto en público, sino que se concentra en una meditación sobre eclipses, ceguera de los transeúntes, huelga de los repartidores de luz, invisibilidad de los átomos y del dinero de papá, y así logra no ser visto.
Macedonio Fernández



Me ahogas de rodillas en el vacío. Aquí un golpe tras otro donde sólo van quedando ruinas. Donde sólo las magulladuras quedan impregnadas en la cobija. La cerradura es la caja negra de mis miedos, ¿qué lejos vivo de la mano del día? En las manos crecen sigilosos los días dolientes de la semana y su retórica, los silencios apagados de las paredes. Duele el ojal del  hambre en la yema de los dedos cuando éstos suben a la mesa; duele el hoy al despertar en el ayer de los trastos metálicos colgando de la garganta; duele el aliento sajado del postigo y la cosecha de musgo en la hojarasca del tejado; arde la albarda o el aparejo en el ojo de luz después de un trajín y otro, sin parar.  Siento fuego en el crespón del aliento; en tus aguas, el filón del sexo con su ajuar ciclónico. Las dos sombras de ceniza mientras dormimos. Las dos noches sobre las baldosas y su terquedad galopante. En la frente los vía crucis de granito como otro extraño río de silencios desmembrados. Sobre el viento maduran los ojos su inocencia de recuerdos. ¿Quién es el héroe o el antihéroe en este relincho desencajado de la entraña? El calendario nos hace naufragar, abierto, en el costado de las aguas, lento como una entraña dolorida, páramo en el caracol del asfalto, ruin tal el follaje en los tragantes. En la cueva de la asfixia, tocamos la serpiente de la miseria y ese olvido al que tanto aspiro, después de abandonar el mercado de la nostalgia. (Siempre fueron desesperantes las palabras cuando le castramos los pájaros y dejamos, apenas, los harapos. Cada sofoco fue un latigazo fúnebre como el ojo gastado al borde de las aceras. Hoy son irreales todos los litorales del gemido, las solapas de la herida, la redonda flor del tacto, la voz rendida ante las pupilas. Hoy, la breña nos desnuda y quedan impunes las puñaladas y queda al descubierto el semen derramado. ¿Es brasa toda esta oscuridad que nos desvive? ¿Cuándo, hasta cuándo el disfraz apropiándose de la conciencia?) Mientras se nos rompen las uñas de los dedos, ¿dónde reposa la humedad que acumulamos? Toda la boca en el goteo del cordero. Todo el pasamontañas para andar o quitarle llave al país. Todo el sollozo en la imagen macabra, en la mueca de la infancia o la adultez. Siempre vasto de incendios alrededor de las arrugas, siempre mortal el paraíso y los adanes y las evas y las manzanas y las serpientes y los ojos en vos danzando en el sagrario absurdo de la sombra. En realidad el tiempo es absurdo: simplemente hay que ver al espejo donde descansa la sed o el misterio y su horrendo bisturí. Después de todo, ya ni se si estoy loco o me he convertido en imbécil, el humo desespera con sus sarcasmos; ante ciertas noticias, tapo los agujeros del insulto, este dolor de animal engangrenado, y los estribillos del drama nacional. A la luz de tanta sordidez me torno incomprensible: yo y la mierda de mi mortalidad. En las esquinas del delirio, siempre hay esa sensación de malestar despierto, siempre la duda como única dirección postal para enviar las haces del absurdo. Desde hoy aborrezco los diversos nombres que tiene la polilla. Ah, tus muslos para empezar a subir el mundo…
Barataria, 2015





EXASPERACIÓN

Muerdes el frío gangoso de los insectos, el frío que babea en la mugre.
Perece que las alcantarillas de pronto se han convertido en el paraíso del deseo.
Uno nunca sabe dónde terminan los juegos de la noche, los infiernos del día,
los sueños en cuclillas de la ceniza y los osarios.
La ira no cabe en las pepitorias de la inocencia, ni en la estridencia
                                                                                                          [del alcanfor.
En la mosca oscura del enfado, el mundo gira como una pesadilla al trasluz
de cierto río de tristeza; lenta esta orilla del sollozo y su miope telaraña de sal.
A veces todo se desmiembra en la piel (no es cuestión de borrón y cuenta nueva); es claro que el tiempo se nos tornó herradura, y no lavandería;
Quizá la realidad tenga otra bifocalidad para leer plácidamente los periódicos.
Uno acaba pensando en una eternidad inexistente.
Para la alegría o la tristeza, o el odio, no hay alternabilidad, salvo
en las facciones cromáticas del poder: ocurre que siempre es así, más allá
de la noche y sus cuarenta sombras. Más allá de las torpezas inesperadas.
El umbral es un buen sitio para que todos los transeúntes se tiren al vacío.
En el fuego virgen de las escaleras, se derrite la sombra de las pupilas
y estas manos torpes, nada inmaculadas.
La avidez del horizonte es mi peor enemigo: muerde las palabras hasta destrozar el vigor de la tinta: abre mis heridas hasta el punto de las funerarias.
(Si algo me exaspera es el frío en la cima del azúcar de tus pezones;
                                                                                                          [y el silabeo
para morder la lluvia del animal que soy: la sintaxis nace en esos lugares
de permanente suicidio. Nace, también, la metamorfosis.)
Barataria, 2015




AUSENCIAS

Me sangran todos los pájaros acuáticos de la ausencia: sobre el paisaje ardiente
del pantano del pecho, este invierno a borbotones de peces.
Nada hay, también en mis bolsillos, salvo la brutalidad de tantas carencias.
Sobrevivimos al ojo montado en el paraíso, o a la caries del vejamen;
abajo, siempre de bruces la condición de herradura.
(Me faltas cuando la pesadez del murmullo sangra los jardines y la eternidad
se torna un drama; aquí nos entregamos a la frialdad de los huesos,
a la madera sorda del falso estupor, a bocas enlutadas que brotan de la ruina.
Me faltas en esta melancolía de girasoles desvaídos y desmemoriados.)
Cada espacio encorva nuestra esperanza, nos empuja hacia la sombra del grito,
a la piedra oscura donde no se permea la respiración,
ni se alzan diáfanos los espejos.
Uno aprende a caminar diluyendo todas las extrañezas ante las verjas curvas
del aullido: no es extraño el país de largas horas de tristeza; no lo es, también,
la turbia hazaña del granizo, la ternura que queda desnuda frente al horror,
la pesadilla del sudor de los prostíbulos,
los estornudos amarillentos de las tardes sobre la ventisca del calendario.
—En cada niño, cuelgan a menudo otras infancias, interminables lutos,
y silencios que solo se entienden en el silencio.
Dentro de los dominios de la herrumbre, (vos) desprendida de los moscardones
de mis costillas, como una campana sorda en mi sangre, muertos mis ojos
y dispersa la palpitación de los vacíos…
Barataria, 2016





OTOÑO DEL VIGÍA

Sobra la hojarasca para picotear el aliento: el calendario araña los años
derretidos, los gramos de semen en las escaleras del alba: uno debe caminar
sin caerse, sin dejar de pensar en los exorcismos de las golondrinas.
A ras de lo difuso, uno debe preservar la orfebrería de los caracoles, afilar
el ápice de ojo de los trampolines,
meterle el diente a la prolongación de las aceras.
A más otoño, los vacíos se tornan inevitables: husmea la cruz y sus estaciones
siniestras; nos atrapan las arrugas de las fechas, el polen de los bajorrelieves,
en tintineo de la carne sobre el tejado,
los poros abiertos, como astilla de ocote en la infancia devuelta.
En cada ruptura de la sed y el hambre, el cántaro de las ojeras a cuentagotas.
(Vos sabés de todos los rostros embalsamados que habitan en el pecho.
Sabés de facciones y cejas hirsutas, sabés de peces oxidados en funerales,
de esas postreras imágenes deshuesadas a instancias del vértigo,
de la piedra y el bostezo, de la fugacidad, aquí entre nosotros para siempre.
Cada día agregamos un gramo de andamio a esta condición de recuerdos.)
Hay ciertos nombres tardíos en la copa de los árboles:
en barricada cae sobre mis hombros el violín de la hoja desprendida del árbol.
Sin alas, tampoco me sirven los anteojos, tampoco el nudo de sal en mi otoño,
tampoco la alta luz del tiempo.
Hay un solo instante cierto en el silencio: la condición postrera del ijillo.
Barataria, 2016





CORNISA

En el agujero del aliento, la piedra del espejo como un funeral de pájaros.
Pulsan desde la altura los hilos de la medianoche y el mapamundi sublevado.
Sobre el acantilado, el tintero y las inmundicias de la caligrafía;
después de todo, el viento arrastra rastrojos y vestigios.
Desnuda la saliva traspasa las monedas, la sombra vasta de la memoria, el reino
insólito de los zapatos. ¿De dónde emerge esta sed de hoguera?
¿De dónde los destinos inconclusos y santificados, la fiebre por un plato
de vacío? —Quiero entender la gota de semen digerida por los girasoles;
me santifico del tamaño de la dureza,
me quedo estupefacto ante la sabia cerradura de las parábolas.
El fin es sangrar ante los extraños misterios del instante: me toca la hoja íntegra
de la zozobra, el hollín de los encajes, las tantas quemaduras en mis huesos,
el filo de las alacenas entre los ojos.
Soy habitante de esta sal arraigada que corre entre la tinta y las palabras.
El tiempo en mis ojos muerde las vísceras y la neblina de la inconciencia.
Del grito, las paredes afiebradas y los alfileres de la destrucción.
(Una tormenta no es tan poderosa como el arpón del miedo: danza la espina
invasora, frente al decoro. También en los sótanos nos raptan las nostalgias,
la herrumbre y su lengua tumultuosa, la miseria a menudo disfraza de ángel.
La brizna inmemorial corroe las entrañas: hacia las rodillas,
la corporeidad de la intemperie y sus duendes)…
Barataria,.2016




LUGARES COMO LA BRASA O EL SURCO

¿Existen otros lugares más habitados que la brasa o el surco, que la hoguera
sin ropa, cernida en los acantilados de cada poro? —quizá un poeta
como Ginsberg, el viejo  Whitman, Rimbaud, Aragon, Éluard, Desnos, Péret,
Crevel, Carpentier, Artaud, Hugnet, Picasso, Gisèle Prassinos, Arp,  Moro
Remedios Varo y la Carrington puedan responder sin que se desmoronen
las navajas de luz del cielo, o caiga al suelo la hamaca del estupor.
Supongo que es hora de pensar con detalle en el pasado de las bocas, sacar
el sol de las paredes, obstinarse en las esquinas del surco sin siquiera bostezar,
beber algunas curvas de la noche sin titubear en los detalles de la brasa.
En la punta del olfato, la memoria prohíbe el azar y el sonambulismo,
la grafología oculta de las orejas,
o los brazos de lenguas angelicales, al pie de las sombras del pavimento.
Existen ángeles con la acidez del vinagre y demonios de dientes en las pupilas.
En cierto modo cualquier lugar es una fogata de féretros: el amor, por ejemplo;
la parálisis que produce el martirio de la basura, o el coágulo de realidad
castrado en la cavidad que deja la pústula.
Son escaleras en fuga, los colores de la brasa a la hora de taladrar la piedra
que crece adentro del fuego. Pienso en todas las asfixias sin pararrayos.
Pienso en toda la gente embozada en el surco: los azadones han acumulado
raíces y vestiduras, desfiles a perpetuidad como el volumen de un recuerdo erguido en esa respiración un poco dudosa de los escapularios.
Hay lugares como la brasa o el surco, y es horrible la neblina arrancada
a la inflorescencia del goteo del semen en cerraduras oxidadas…
Barataria, 2016




GEOGRAFÍA PROFUNDA

Antes, nadie había entrado a estas cavidades profundas de la geografía.
Nadie sabía de tanta dureza: desperté en la noche arrojado por las sombras;
envuelto en hollín, el desvelo en la piel y el áspero despojo de la piedra.
No sé en qué remolino de bestias la sed emerja intacta,
cuando en  todas direcciones se vive el diluvio, el abandono y las carnicerías.
Desconozco si los roperos esperan desenlaces mejores, al desplome
de la noche y su cordel de pájaros ardiendo en el fuego. El miedo es todo
lo que tengo de esta geografía, la ropa dejándome: vos lo sabés porque vivís
también estos juegos peligrosos, estas agrias hondonadas de conciencia.
En cada acera o camino hay cicatrices abiertas, esquinas impactadas
por la emboscada y  olores con residuos de historias diarias, horizontes oxidados capaces de cegar los ojos. Capaces de nublar el mediodía.
(Arqueado el aliento y amortajada esta tragedia de falsas llaves y vastos jadeos,¿qué me queda? ¿A quién acudo con este moho de las semanas, a quién
sino a este matadero que es el país, donde existe una fascinación inexplicable
por la muerte? Hay en todo esto cierta farsa y cierta anulación: lo saben
los paréntesis, los símbolos patrios  y la saliva y los  llamados
                                                                                             [a la no violencia:
después de todo se habla de cualquier cosa menos de la imaginación.)
En el disfraz del arcoíris, la sobremesa posible es el esplendor de la ceniza
y el verdugo con sórdidos argumentos. Otros, —entretanto—, escrutan
las ventanas, las puertas y hasta la sintaxis de la muchedumbre…
Barataria, 2016





ENTRE RUINAS

El dolor es esta incertidumbre de no saber en dónde terminará mi locura.
Hoy son más los miedos que las alegrías, los hechos que fundan eclipses,
y monólogos adentro del pozo de la historia.
La percusión de su escritura es agridulce, como un epitafio por adelantado.
Las estrofas de huesos muerden el paraíso terrenal: los travesaños del grito
caen sobre las atrocidades del camuflaje.
En la fila india de los agujeros, el estribillo de las antenas parabólicas.
Llueven histerias mientras centellea la sal en el arpa de los párpados.
(Los huesos acaban siendo los espejos de la semana, la espléndida historia
de nuestras tristezas, la antesala a las vacas flacas del apocalipsis.
Para armonizar con todas estas anulaciones, el silencio es necesario;
en modo alguno, la súplica o el pudor o la irradiación del Evangelio.)
En la fisura de las lavanderías públicas, el intrincado alfabeto de la espuma.
En realidad todo destiempo aprieta las costillas.
En este campo de batalla, la neutralidad perdió su ciudadanía: ahora tenemos
un trasmundo de hollín y el consecuente ixcanal en el aliento.
Al final, uno no sabe en dónde desemboca tanta atrocidad y en qué hangar
duermen los cuervos; aun recuerdo el rastrojo amargo de los piojos.
Existen ojos de desenfreno en medio de todos los escombros.
Tal vez la ropa ya no sea necesaria cuando la alta noche regresa a los pies.
Lo inexplicable de no ser tiene sentido en esta condición en que vivimos.
(Siempre te recuerdo por el absurdo de los poros en mi olfato,
                                                                                              [por la luz sonora
del tacto en el alambique, por tus orillas de garganta sin naufragio.)
—En cada quemadura, vos, y el doble tatuaje que fluye en el aliento…
Barataria, 2016



NOCIÓN DE LA EXTRAÑEZA

Disecadas las sombras del espejo, me queda el pájaro enredado en las sienes.
No sé si en medio de este lenguaje desaparezcan las palabras,
la frontera de la tinta, o el ascenso de las pupilas a la voz imposible.
Ante la noche la sombra del día que nos amanece, el innumerable vacío sobre las líneas de la hojarasca: un fonógrafo olvidado muerde mi boca,
una vajilla de peltre existe en el hocico de los perros, (siempre me hago conjeturas respecto al séptimo día), a los extravíos que emergen del espejismo.
Todavía juego con mis juguetes infantiles: la estación encantada
de las veredas y sus prolongadas ráfagas de verdor,
y las piscuchas entre la savia del aire.
En mis zapatos las varias travesías de peregrino incorregible. El caudal de mi sed, la arcilla, también, sobre los estertores de la claridad.
De pronto no hay límites para gozar el quinqué sobre el taburete de la tarde.
De pronto la voz del espacio rompe en vuelo los pulmones. La hoja del tiempo
acaba en infancia, o en plegaria, o en paisaje desvanecido, o en nada.
En mi noción de mundo, la rama filial de los brazos, las manos;
                                                                                             [luego los colores
de la palabra, su pasado y su presente, el interior de los ojos,
los ojos creciendo en el despojo de los ecos.
En la noción de firmamento se levanta mi abecedario: desnudo deshago
la sombra de la ceniza más allá del esplendor que tienen mis silencios.
Para la memoria, este diálogo inevitable con las palabras encendidas del Todo.
Barataria, 2016




EL CUERPO EN LA CALLE

En la almohada de mis pájaros, el ala absoluta de las distancias: días, noches,
y lámparas, brotan para empujar el vuelo. Siempre hay un reverbero de calles
en los litorales, cazadores de pañuelos, objetos, huecos.
Resulta cruel encontrarse con rostros ennegrecidos, como zapatos de violines
dolorosos, como maderas de confusa polilla: en torno a los ojos se ahonda
el riel gris de las sombras, este haz de pelo que se enreda en el aliento.
Ando entonces, trepando las escaleras de lo absorto.
Ando, sí, entre paredes que duelen a bocas.
A veces los sueños tienen las estrías de los declives, o la niebla triste del alba
en los muelles, o los goterones desmayados de las esquinas del antro.
¿Quién olvida los miedos en un país con cuchillos?
¿Quién camina ausente, distante de tantos tiliches, conversaciones indecibles,
bocas de cavidades donde nos golpea la existencia?
Es cierto, el smog oscurece de igual manera al país; sí, es terrible la plegaria
que nos golpea, la mesa despierta y con hambre, tal mis días de uñas y fuga.
A menudo solo nos desnuda la bolsita de golosinas que pasa alrededor
de ojos y olfato, entre tanta gente goteando féretros y alambiques mortuorios.
De pronto una sonrisa hace la diferencia frente al sollozo.
Todo parece claro visto los años desde la oscuridad. Cunetas, zanjas, el tiempo
en las escenas del destrozo, —vos olor a madrugada mínima, confundida
entre la cobija irreal de la esperanza, obstinada en esta prisión de los afueras.
Enmudezco. Y ya eso es bastante…
Barataria, 2016




OLVIDAR EL INFINITO

La única versión del infinito que tenía ya la he olvidado. (Es un poco —o nada—la multiplicidad del polvo en los armarios, en aquellas viejas
                                                                                                   [ fotografías
de la vida, o de la muerte, o de la escritura, o del adulterio de la mosca chirriante sobre la mesa, o la escritura del sexo sobre el armario,
la lectura homologada de los sentidos, ese otro texto agrietado
                                                                                                 [de la hojarasca.
Uno no sabe, por cierto, —yo no lo sé—, de qué goma de masticar proviene
la saliva, ciertas perversiones o servilismos, ciertos clisés del destiempo.
El verdadero sentido del sentido está al otro lado de las brújulas, en el pulso
matutino de los espejos, sobre el espejo roto del tejado.
Duele la oscuridad con una bitácora de orgasmos inciertos: duele esa extraña
posibilidad de no encontrarse. Duele el filo de la cuenca de los ojos.)
—En el universo de las palabras también es menester tener afilados los dientes,
trasegar desde la tinta el árbol de los imposibles.
Hierve el ojal de agua frente a los ojos; aquí, uno vive en permanentes absolutos, sin que nadie cambie su mansedumbre, o su extraña perversión.
Ignoro si alguien más quiera olvidar el infinito y sus monedas y sus hot dogs.
¿Acaso no se ven las ojeras colgadas de las pesadillas o de las criptas?
Es un tiempo donde no debieran de haber deudos, ni azadones, ni maremotos,
ni manos ajenas en las propias manos.
Posiblemente no podamos olvidar el infinito: es casi juego de la infancia,
tronarse los dedos y luego tirar la desnudez en una cachanflaca* hasta alcanzar
el milagro de las distancias. Siempre hay otras miradas en el firmamento.
Yo por si acaso, también juego al filo de lo inminente…
Barataria, 2016



QUEBRADA LUZ

Se escuchan los disparos desiertos de los espejos, el ruido a lluvia, —los ecos
en los meses dispersos de los sombreros, las extrañas, amortajadas escaleras
de este calendario sin campánulas.
Hay moscardones y prostíbulos alrededor del sueño, solemnes como la cresta
de sal de las ojeras, como la expiación de los guijarros debajo de durmientes
añejados por la niebla de la noche.
—Siempre es una suerte de extrañeza, caminar entre calles de humo implacable
sin saber a dónde culmina el muladar, esa voz rota de la historia.
Uno no lo sabe. De repente sólo hay patios de cipreses y solapas de conciencia
gastadas por el uso.
Uno empieza  a caminar diciéndole adiós a todas las mañanas.
No existe luz y ala, —ni cordura—, en esta sombra que acuna miedos
por doquier: cada vez la fogata del vacío y sus crímenes es inmensa.
Rechinan los dientes de los falsos predicadores, los bolsillos de la medianoche,
cierto perfume viscoso en los ijares.
Hacia los peldaños del polvo, la soledad alienada del desamparo y esta gregaria
embriaguez del jengibre y esa luciérnaga profética en el pulso.
De cada quien un manicomio de pocilgas, el mundo imposible de la ternura
en las pupilas, —el niño que crece impasible entre putas, y la pira de ceniza
de todos los días: sé que moriremos junto a la rosa del asfalto.
¿Dejará de reverdecer la sed en medio de esta angustia de azadones?...
—Vos y yo, contando las noches con nuestros ojos marchitos de cataratas…



PÁJARO A LA ORILLA

Ebria el alba a la orilla de los pájaros, —sobre la rama de la ternura, la ceniza
y el tiempo de barro sobre la piel. El musgo ennegrecido de la garganta,
arde en el delantal de la sombra, en los austeros calendarios de la entraña.
Las ventanas cuelgan de los ojos, el único rito de la altura: rumbo al cuerpo
alado, la alacena del silencio con sus años de telúrico combate.
Sobre los médanos del alma me duele miserablemente el aliento, los zapatos,
la almohada y sus viejos amuletos, los barcos y los trenes y los cardúmenes,
la grieta que no redime los olvidos,
la boca abierta de los días violentos, los caballos del grito en los féretros
del trópico. Los milímetros de la niebla roban mi intimidad.
Como un huésped en reino extraño, el surco y su abierta faena, las mil fantasías
en medio de las aguas arrastradas hasta el litoral pálido de la espuma.
Rompo en el contagio con las huestes todos los escapularios y altares.
No me sirve la humedad de las axilas, ni las dentelladas de los muros de tinta,
en mi forma de respirar el mundo.
Desciendo de la carne para salvar la lejanía: íntegramente busco la luz.
No existe argumento en el bostezo de los rincones o esquinas, en la sombra
del ojo, (salvo en los brazos abriendo puertas. Salvo en la flor perfecta de unos labios, salvo en el día insistido de verde.)
¿Acaso es una eternidad estar dolido en las aceras, con el lomo incendiado
y en llagas, con la torpeza siempre del extravío?  —Yo aquella ala ignorante
de alas. Confundido de caracoles oscuros, duro de avidez y espinas…




TRAJES DIVERSOS

Al abrir la puerta, los diversos trajes de la calle, el pedestal de piedra, ancho
de la trama: me harta la crisis, la guerra que vivimos, los tiliches en la deshora
del aliento, los alaridos entre una pared y otra, como manos extendidas
sin tocarse. Al ras del suelo las masturbaciones de la ciudad, los escapularios políglotas de la conciencia, los crucifijos colgando irremediablemente
de roperos o de algún espejo inasible. (Son innumerables los suicidios naturales y premeditados, los duelos que estrujan el infinito.
En medio de estas calles, el amargor de las palabras y las marionetas.)
La neblina termina por vaciar o hundir mis ojeras en la alcantarilla rota
de la inmensidad; ahogan las raciones de verdad y los encaje del absurdo.
En los tantos kilómetros sordos del país, caen en actos (tal una pieza de teatro)
lentos, los cuerpos que se lanzan al vacío.
Si alguno lo duda, el horizonte es sospechoso, lo es el pez de los reflectores,
las sanguijuelas y sus propios atributos, aun las aguas con escamas que arden
en el párpado del conocimiento: toda la materia juega a diversos trajes.
A veces, me dicen: —es inútil la misericordia. Inútil hurgar en las ventanas.
Lo único cierto, o al menos innegable, es el escombro ahuecado que vivimos,
la erosión que deja el sollozo, la cobija de sangre en el pulso.
Uno quiere entender dónde, en qué momento se engendran estas obsesiones por el cerco de espinas, estas noches de extrañas mandíbulas, la dura orfandad
de las hamacas, el trance a lo oscuro del aliento.
Aquí, en el poema, el hollín calloso de las palabras, el braceo de una mojarra.




YO SÓLO ESCRIBO

Nunca le hago mal a nadie. De las esquinas de las semanas resulta la desgracia.
La vida no es segura cuando hay muchas calles por recorrer.
(Y sin embargo, me entretengo en algunas historias de Virginia Wolf,
en poemas de Vladimir Holan), siempre existen extraños espectáculos
como el pájaro que se desvanece en la memoria: en ciertas regiones
de la opacidad, el crimen omnipresente en los delantales raídos del horizonte.
Centellean ruidos de excavadores en los tejados. Gritan las sombras posesas
en el musgo y el follaje; muerden, entonces, tantos ataúdes la boca.
Siempre amanece con los remanentes de una noche agria y brumas espesas
a la altura de los ojos.
Yo solo escribo en esta noche de niebla todos mis recuerdos: y, en este punto,
necesito pensar en los silencios, quedarme en el silencio, reclamarle a mi edad
las tantas eyaculaciones perdidas en el grito de no sé qué equívocos.
La historia es más que unos  brackets en la geografía de la boca.
A la mitad del búho, el tic tac atrapado en mi desnudez, los  grises mensajeros
en los colmillos de la penumbra.
Sobre la mesita de noche, las colillas apiladas todavía como ladrillos de barro.
El índigo del frío se desvanece en la medida en que se llenan  todos los huecos
de la página: galopa o vuela, —según sea el caso—, el tren de la infancia.
Como sepultura o nicho, después, el poema escrito en la esquina del aliento.
En la otra parte del sollozo, el silencio iluminado de las sombras…




PARADOJAS

Uno no se distingue entre el ala siniestra del cuervo y el de las moscas.
Entre un troll y los cachivaches en los andenes, a fin de cuentas esta geografía
es un concepto decadente en donde el morbo y la obscenidad pululan
como los ciudadanos del hampa. Uno se acostumbra a ver el pillaje a diario.
No es locura mórbida el búho de la ignominia mordiendo las heridas.
A veces las libélulas de la ficción tienen sombrillas y paraguas, por si acaso.
A veces, el azul solo es posible en la asimetría de los ojos.
A veces, en una página se oxida el pedal del cardumen, el interior ciego
del polen, los ojos multifocales de los comedores públicos.
A veces, uno trepa al cielo, a través del delantal del viento.  Desde el nudo enmohecido de las agujas, ¿quién pespunta el farol de las luciérnagas?
Existen balanzas con rostro de trapecio sobre la espalda y galopes oscuros
en el camuflaje de la hojarasca. (Entre tantos nombres, el de la madre sola
y la tarde con sus baches incontables y el aliento tupido de la oscuridad
y la bolsa de los ojos con sus arrugas de cansancio y este ambiente de calles
con cuetes silbadores y esa enfermedad prolongada por el poder
y esos absolutos como un puntapiés o manotazo y ese escabullirse sin disimulo
y ese cántaro de la memoria que se quiebra con la adustez.)
—Uno quiere hablar sin dañar la mollera del  establishment, sin que se quiebre
el pocillo de sed, ni se cuartee el alma con el mal de ojo de las ojeras.
Vos sabés que a ratos hay necesidad de hacerse el sordo. La cruz Pispilea,
—de pronto—, como el rezo de tantos difuntos…




EXCAVACIÓN DE LA PENUMBRA

Excavo el terraplén de las gavetas del insomnio y allí, los huesos irascibles
de la historia, el equívoco apoteósico hasta el último hangar del granito.
En la penumbra exactamente, la edad del extravío y el diluvio de sequedad
que atraviesa boca y pálpito.
Del otro lado de la fosa, ya no quedan imaginarios, sino la arqueología
de las luciérnagas o el pulso del pez petrificado en la solapa de la noche.
(Hablamos a menudo de verdad y de verdades, ¿acaso no las conocemos,
o es mero clisé el habla entre sepultureros? Unos agachan la cabeza
sobre su tumba, y entre el moho, hacen juicios y atascan de saliva el alma
del demonio, llenan las aceras de cachivaches. Uno dice hasta cuándo,
hasta cuándo las sombras y las tumbas sin identificar sus nombres...
Me harta, —me dice alguien con dejo de desencanto y recriminación—
eso de historias paralelas en nuestro país. Mientras sigue la perorata
                                                                                                       [del poder,
es horroroso cómo se engangrenan y oxidan las voluntades en la zambullida
de la almohada y en los garabateos del murmullo político.)
—Nosotros seguramente como resultado de esta catarsis de abnegada ficción,
seguiremos destinados a la escritura. Uno no entiende tanta discusión
absurda, en tanto,  los huesos de los desaciertos se hacen polvo.
Debajo de las alambradas del aliento, vos y mi soledad profunda, mortal
en la enredadera de la penumbra, diversa y única como una melodía efímera.
Dentro de lo excavado, la rama del escalofrío en las manos, la pulsión de luz
que se levanta desde los cementerios, la rosa de tierra de la memoria.



PÁJAROS DE CENIZA

¿Tiene la rosa de luz el frenesí desnudo de la ceniza, la forma impúdica
de los relojes, o  es únicamente la mueca del ala amarilla de los columpios?
En torno a la danza de los semáforos la memoria de los pájaros de ceniza,
alrededor de los güishtes del miedo en la garganta.
—Vos, siempre en medio de esos enjambres  de cielo falso, desbordando
los ojos ante el zapateo en las aceras.
¿Quién más sabe de las luciérnagas drogadas de las ventanas? ¿Quién más a estas manos que devoran calendarios de madera y hacen tajuillas en la arcilla?
¿Quién mordió los abanicos de salmuera en un plato con lombrices?
Uno se acostumbra a morder los residuos de las brasas.
Uno se estremece cuando cuelgan de los párpados las enredaderas.
Delante de la saliva seca las tantas regresiones de los cascos, la franela
de la luna a punto de romperse, las flechas del polvo como el mapamundi
que uno jamás desea: agonizan los merenderos públicos del horizonte,
y las ramitas de incienso de la ira.
Uno ya no sabe si para salvar la boca es necesario un bozal, o un esparadrapo.
¿Qué hay de cierto de los campanarios en perpetuo fermento? ¿Tiene sentido
aquel amor que se desnudó sobre la efusión de escamas de los minutos?
Amanecida la tierra,  la porfía y la escarcha, los cementerios de lo recóndito.
En el mundo de la ceniza, sin duda hay una rosa de epístolas a la altura del libro de los imaginarios: en el lóbulo de la sed, las noticias de los periódicos asesinando a mansalva como los alfileres de humo en las pupilas…




SOBRESALTOS

En la lectura de los portones el termómetro de la conciencia igual que la lluvia.
Caen en trace los paraguas de las letras y el hierro petrificado de la intemperie,
y el gris mojado del ala del pájaro entre las manos.
(Uno sabe hacia dónde van las súplicas y las linternas, la piel de la noche,
el embudo arrugado de tantos náufragos. Claro, uno no se toma el atol
con el dedo, aunque la otra orilla de la garganta esté sitiada. Cualquiera puede creer que son meras sospechas. Y no, tras el último golpe uno se hace del ojo pacho, porque si no, le derriban a uno la puerta.)
El arte de la política es una miserable ensalada, el mismo cuento con diferentes
francotiradores: la misma sed en nuestra apiñada geografía.
Cada quien anuda una piedra en el cuello.
En el coro infinito de la expiación, persevera el vacío de escaleras
para encontrar cobija. A menudo es inútil ser sólo sombra el paladar cuando duele la boca del estómago. Y no hay esparadrapos para cubrir la herida.
En los andenes de la congoja, la condena propia y ese más acá del ojo sumido
en el abrevadero de sal de las tapicerías.
Sobre las lápidas derruidas de la trama, las continuas hipotecas de la esperanza.
(No es rumor ni simple percepción la marea rota de la tormenta
que nos arrastra hacia las oxidadas vigilias del lucro.)
Sufrimos el aullido irremediable de los tantos vinagres del fuego.
Estamos entre secretas carpinterías cortando el sonido de la madera…
(Ignoro si en los costados se pueden leer los remordimientos, o al menos
el viento con sus ojos expansivos. Al menos el aliento y su posible polilla.)




ALERO DE LA NOCHE

Ladra la noche de los aleros sobre el poyetón de la luna. Camina el aura
de la oscuridad sobre mi pecho. (El vértigo replica su camisa.)
En el acantilado de los párpados, la naturaleza muerta de las mortajas;
el cuchillo gris de la nicotina, o el candil sorbido del musgo por mis ojos 
de amortajadas úlceras: siempre deambulan con sus afonías
los depredadores de alas, el cuentagotas de las linternas de ocote sobre el ojal
descalzo de los espejismos. (Nunca la luz se hizo frotándose uno las manos.)
En los aleros inconclusos de la noche, el mar amarillo del escombro, lento,
como el cuerpo denso de la hojarasca, como la sospecha de un pájaro tragado
por los sueños: vos en la escritura de este río líquido de ojos y memoria.
Salta a la palestra la gramática de la piedra pómez.
En la saliva ahuecada del insomnio, el taller unánime de la yugular
                                                                           [y la llovizna
repentina de alfileres. En la reverberación de las cerraduras nada es restañable.
La cobija oscila en medio de las confusiones del sueño.
Quiero un respiro para darle viento a los genitales del zodíaco.
A veces no es sólo la tribu la que aúlla, sino también la grieta
                                                                       [del amor póstumo,
la boca en los coágulos del granito, los rieles de fuego que ahogan el aliento.
Uno, ─a fin de cuentas─, se puede hacer tantas preguntas, como caricias hace una mosca sobre una cópula muerta.
Pero nadie, nadie,  puede entender este hueco hondo de las ausencias.
En el libro de la tormenta, uno aprende todas las vicisitudes de la noche.
Quien ha caminado lo necesario, sabe dónde está el próximo oasis…




TIERRA

Ahogada en mi geografía, el pan nocturno de la carne y su rigor de sombra.
Incesantes los dientes de las palabras y su sola señal de fríos habitados.
Cabalgan, abruptos, los hombros de la noche hasta estallar en miradas muertas y silencios infinitos y  lenguajes inmóviles.
(Uno presiente la tormenta, fiera y desencadenada, interior, ansiada de islas y edades postreras. Los buitres amurallan esta condición de inclemencia.
Los ojos escapan absolutos con todas las dudas que me deja el pájaro
                                                                                                            [en vuelo.
La sed en mi boca seca, las puertas en la claridad de lo inhóspito.
Por si acaso, me sublevo como lo hacen los guijarros debajo
                                                                                               [de los durmientes.
Hay que estar muerto para soportar la vida: la luz es fiera en el dictado
de la página, fiera y necesaria como la vida.
Desde mi infancia cualquier combate fue lícito: solo así tienen sentido
las proclamas y las diversas resurrecciones, la claridad incorporada
                                                                                                        [al cuerpo.
Pero la tierra absoluta de lo profundo, reunida en definitiva en mis manos.
Y sin embargo, tengo alas eternamente perecederas.
En el orden del mundo, roídos féretros y ciegos lodazales en los ojos.
Uno se queda ligado a ciertas historias como fiel degolladura.
Mientras la boca mastica imposibles, el rostro refleja el puño de golpes que recibe, desde el silencio tirado a la calle.) Es la tierra, me digo.
                                                                                            [La cavidad húmeda.
Avanzo firme para cumplir el mandato del bajomundo, dudar de las pocas monedas en mi bolsillo, horadar el ansia del harapo hasta alcanzar el gesto
de la arcilla en esta tierra desmenuzada en gritos.




CLARO FUEGO

Mis ojos solo quieren guardar la tierra sin pañuelos en las pupilas.
En la intensidad de la penumbra abundan los plurales, y ese mundo
progresivo de la suciedad. Mundos, al cabo, negros e impuros.
Raído el cuerpo hasta la agonía de los huesos, desemboco en el claro fuego
de esa tribulación que no excluye a los adverbios.
A ratos cuelgo las palabras de los horcones de la flama y su reiterativo parpadeo, y su abrasador metal amarillo. La claridad canta en los cabellos.
En el cuello del candil o de los cirios pongo mi ritmo y pensamientos.
El cuerpo juzga hasta la garganta, los hilos que atraviesan la gota de semen
al punto de anticiparse a las aliteraciones del poema.
Justo en el arco del pétalo, la luz es necesariamente habitable como la íntima
tensión de la entraña en su posesa fantasía.
Después de esa dualidad dialéctica, no hay disyuntiva en la noche o el día,
ni en la boca que muerde el dolor o el frío, ni en la sed progresiva de la tumba.
A veces los temores se nos vienen en clave. Lo sabe el agua y los olvidos.
Lo sabe la paradoja y su semántica. La cercanía de la piel y su filo erizo.
Exhausta es la noche que nos empuja al día. Corro entre cráteres.
En la noche soy sujeto para descender al país y mirar la claridad
desde mi propia ceguera, desde la no violencia de la posibilidad: es imposible,
claro, este cabalgar en la fugacidad de mis torpes combates.
Si de algo no me olvido es de toda la tierra inhabitable que tiene mi país:
De toda esa sed, clara u oscura, ensordecida por la dureza del tiempo…




TRAS OTRAS HERIDAS

Tras otras heridas, el ojo o el destino en el barco de la almohada.
Uno aprende a bracear, después de todo, siguiendo al pez azul del asombro.
Mientras hago mi recuento, aparto las ojeras del luto, dejo que el relincho
siga su propia línea y prolongue los zapatos.
(Un día se cansarán de desvestirme sin decirlo. Avanzo no obstante
                                                                                                      [y al hacerlo
curo esas otras heridas del tiempo; jamás me quedaré ciego, sino es porque
la sombra predestinada así lo disponga.
Aun no es creciente el cansancio en mis costados, ni el párpado cae curvado
al suelo, ni el murmullo o la carcajada me perturban.
Existe la luz alta, la que en cascada cae sobre los tejados y mis sienes.
A veces callo sólo para entibiar mi sed de mundo.
Soy como la tinta que tiembla en las manos frente a la hazaña del poema.
A menudo me toca caminar entre sombras, puertas, humo, alfileres.
Procuro caminar sin que me vean, sin que mi aliento se endurezca en la calle.)
A veces todo es cuestión de sombras o espejos.
Entre los tantos ojos y sed, uno logra entender el curso de la historia.
Siempre el camino supone abrir otras compuertas y concavidades.
Siempre ha sido afán mío, nombrar el horizonte con mi boca.
A veces la noche atraviesa la deshora de mis palabras, el aquí del mundo:
hay una lucha incesante por quitar la opacidad de lo oscuro.
Y, en ese afán, nunca dejo de caminar sobre los cráteres de la respiraci





GOLPES ROTOS

Mientras la  voluntad no cierre el ojo, es posible ver hirviendo el sinfín.
En los golpes rotos de las palabras quizá los periódicos como astillas del árbol de la noche, apiñada la mirada hacia el absoluto.
Todo pasa: duele la tristeza cuando se bebe por completo al día.
A veces sólo somos bultos amarillos sobre la piedra fija de la indiferencia.
A veces los recuerdos nos arrancan las palabras del pecho: el puño de la sombra cae en el aliento, el grito, la súplica, el frío.
Aquí o allá la luz en desorden sobre la mesa, incierto el candil del tabanco
sobre la desnudez indemne.
Roza la piedra que descansa en las sienes. Cada golpe se adentra en la bóveda
flamígera de los ahoras, en la rama oscura del ardor, en la palabra fija
que no responde a nada, sólo al descenso siniestro de la voluntad.
El desvarío acumula sombras y hace de los acasos un ardor perenne, incierto.
Todo se viene a la cara: la lluvia repentina, el cuerpo inasible de la claridad,
la niebla como una tristeza amarga en mi pecho.
Todos los golpes quedan en la conciencia, nos gruñe todo cuanto existe alrededor, la hoja de ceniza del fuego, el río de súplica de los brazos.
El suelo se alza hasta la altura.
La monotonía es un largo camino de pájaros muertos, huesos del confín labrados en el aliento, espejos obstinados a esta jauría de asechanzas del hoy.
En medio de toda la fosforescencia apagada, tenue el aire y las alas.





DESTINO

Un coro de hollín gotea sobre los escarabajos fortuitos de mi sed y poros.
En los líquenes oscuros del aliento, todo lo inanimado.
En el pájaro endurecido en medio de los dientes, sólo el cráter y la entraña
raída, los límites derruidos que crepitan en el espejo,
el cuerpo ya salpicado por el silencio absoluto.
Ignoro el sitio en el que se apaga mi boca: el horizonte definitivo de la palabra,
aquel oscuro resplandor entre mis manos endebles.
El tiempo nos revela sus cobijas amarillas, la tierra vuelta chiriviscos
o andrajos, este dolor en fin sin salvoconductos, sin luz ya para colmar.
Toda la oscuridad amontona el filo sobre las crepitaciones desnudas
de los brazos. A lo mejor, alguien desde el paraíso, grite: ¡Aleluya!
O disocie los candiles que alumbran las monedas, o camine sobre el último clavo de las letanías, o las acequias envejecidas del bramido.
¿Hacia dónde caminan las axilas del andrajo, el tiempo que tambalea
en mis zapatos, la sílaba rota de la página?
Voy como van los féretros y su espesura siniestra. Voy  de repente en silencio.
Hacia lo abandonado, el desánimo de las luciérnagas. El hollín real del eco.
Pasa siempre cuando uno ya ha caminado todo lo humano que tienen los vacíos
y los olvidos, y la extensa rosa del pulso donde ciego anda el desvarío.
En la hoja que está ahí, la memoria ha hundido todas sus sombras.
Hace ya mucho me salpicó la esperanza. Soy materia peregrina frente a cada muro, frente a todas esas lavanderías y sarcófagos de la noche.




MEMORIA DEL VÉRTIGO

En el último entrepaño de telarañas, el vértigo arqueando los inviernos,
o esa rotación acerca de los calambres, o ese ritmo a punto de perder
el equilibrio, o todos los relojes ahí, en la corteza del matapalos.
Uno llega al punto sólo de los recuerdos insomnes, descalzos andan los meses que escriben sobre nuestros costados.
Ahora ya están todos los fuegos apagados y la luz enturbiada por las sombras;
debajo de las extensiones del aliento, el páramo y su escritura gris,
todos los días como infancias congeladas en la historia.
Salpica todo el granito del mundo en las aguas que cubren los silencios
del cuerpo: estupefacto, sí, frente a todas las calamidades.
Luego se siente una soledad entre la risa y los dientes.
La sal enturbia desde la altura, estos ojos rotos sobre la tierra.
Uno no sabe, al final, cuánto en realidad pesa la lucidez y los postreros días.
Cada quien sostiene u olvida lo que puede.
Detrás de la puerta, todos los desvaríos quemados de los pétalos.
Allá, la muerte callada, durable como el infinito. (Supongo que todo pensamiento posee sus propios duelos, esos que desembocan en monedas oscuras, o en extendidas cenizas.)
Muerde el agua del pulso. Quema la luz de al lado de los candiles.
Llegamos a los ponientes llenos de pañuelos y sombras y soledad en el cuenco
de los ojos: gira, acaso, traslúcida la muerte, hasta sentirla sorda en el olfato.
Es creciente, después de todo, la luz convocada y su guacal de lluvia…




CAMINO DE TIERRA

El camino de tierra que conducía al manicomio 
se despliega otra vez como los ojos…
Roberto Bolaño


Arde la lluvia del cuerpo, despedazados pañuelos de este oleaje
de trajinar en medio de antiguas identidades; consume
desde la ventana de los poros, huésped la sal que meció los alelíes
del cansancio y la desconfianza; también la duda ha saltado
de su recinto de sombras, los vedados paraguas del follaje:
la realidad siempre es otra, y no la que ven nuestros sentidos,
por eso existe la confusión y de pronto se alargan las distancias,
las paredes del insomnio, el hollín del desvelo con su secuela
de sombreros mortuorios. —Quizá debamos entender la lluvia amarga
de la breña, descifrar el sangrado mortecino de la polilla,
entender la fugacidad del viento, decirle adiós a los días que caen
como castillo de naipes. Siempre resulta difícil adueñarse de la luz
de las ventanas, descifrar los mensajes del arrepentimiento,
no permitir que los recuerdos conviertan en sal el calendario,
ni en hollín el trabajo diario del tiempo.

(Ante la adversidad,
son necesarios trocitos de paciencia; ante lo insensible,
el mejor antídoto es la indiferencia: así he salido de la locura
y bebo de los manuales que escribí junto al espejo.
Aunque desde luego, no hay recetas, ni arte culinario que valga
para atizar los ojos o quitar las máscaras que pululan como seres normales
en la calle de todos los días. Evito el prurito de las almas contritas:
pienso en la fetidez del cielo: ya antes, la ambigüedad
atizó mis sentidos; lo irracional mordió las cortinas del aliento.
Descubrí los significados desvanecidos de los centavos con un puñado
de tierra putrefacta en la boca. Nunca ha sido fácil entender el ADN
de la luz, el gris de las palabras con piñatas, el arco iris a punto
de ser daga. A tiempo he descubierto el chip de las simulaciones,
el inconsciente anterior a la escritura.)

Ahora debo entender el suicidio de cada uno de los días:
aquel puñado de relativismos que la gente común no entiende;
transitar las magnificencias del futuro con esos pensamientos fundamentalistas
de las esquinas: a menudo sesgamos la lucha
diaria con la intriga; nos persignamos, pero envenenamos
con el desastre los propios pensamientos.
Después de tanta violencia vivida, lo único que deseo es ascender
al sosiego despojado de alambradas y otros materiales deleznables.
Ha llegado el momento de decirle adiós a toda pesadilla:
los ruidos en vez de los destellos; la ficción en vez de lo real.
Todo ha sido atroz: junto al sarcasmo, el pecho vencido por el humo;
junto a la red de los pescadores, la podredumbre de las estaciones,
los cielos filtrados en los andenes, la piel mordida por el desmayo…




TRASUNTO DEL FRÍO

Pálida la embriaguez de aquellos brazos oscuros de la intemperie, frío el cálido césped de lo inexorable, mórbido el riel roto de los trenes en plena marcha.
Debajo de la tormenta las axilas escapadas de las aguas.
En toda la redondez de los cansancios brama el feroz ojo de la oscuridad.
Uno acaba siendo la rama desgreñada del viento, o la orilla del jadeo, siempre
el jirón del sesgo, o la esquirla hacia el ojo de la herrumbre.
A veces sólo se es dueño del sustantivo que lo nombra a uno, de las caídas
y de los bocetos de la muerte, de las asfixias que ahogan los dientes, 
de los truenos del moho que la soledad cárdena guarda en el pecho.
No es posible fiarse del destello de los acasos, sin inquirir en la boca que abre
sus aperos: uno vive o se disuelve en la claridad o la sombra.
Uno, por cierto, es humano aguacero hecho de tiempo y viento y de carpas
y de silencios. Aquí o allá la flecha del reloj nos abrasa con potente rabia,
hasta hacernos sangrar de noches y olvidos.
Uno es dócil a la palabra que asoma su alma y la revela en la conciencia.
En el trasunto del frío, ─supongo─, también existen abismos de anticipadas
sombras, ─hoy lo advierto cuando los zapatos miran con cautela
todas las noches amarradas al aliento.
(El pabilo en las sienes une la luz mientras asciendo al delirio que me crea.
Quizá todo sea fúnebre, el río de lava blanca, la súbita flor que me embriaga,
desde la infancia ya ida, hasta la ciega materia de la flama.
Quizá solo al final podamos gozar la libertad aun entre legiones de miedos.)




IMPOSIBLES CONSTANTES

Suenan dolientes las sombras en las manos. Esos imposibles de corpórea beatitud, mientras todo espacio se cierra.
Por la tierra los pies cansados y a la deriva como el ascua febril de la brisa.
Sobre las escamas de los círculos trazo mis propias coordenadas:
existe un filo crucial en los párpados, los vagos amores que siempre permanecieron en el umbral de la negación de la piedra de la noche.
En la garganta nunca se cumplen las profecías del tiempo,
ni amanece limpio el regazo de los ojos,
ni se sostiene el galope cercenado por los trenes,
ni la miseria deja de ser lágrima después de todo ante la piel deshabitada,
ni la remota hoja de sal habla en el pecho.
A veces sólo quiero cambiar de esqueleto, para tal caso hablo con los muertos.
También quiero vaciar el infierno de los espejismos.
(Morder los litorales descampados del aliento, apartar la dura limosna
del infinito, masticar la sed hasta ya no recordar el hambre.
Echarle tierra a las distancias y acercar las voces y clausurar los pañuelos.)
Más allá de nuestras narices, la soledad inmola lo tangible de las melodías.
Quizá nada quede de los espejos de ascua de las palabras borradas;
desterrar los sofocos es la siempreviva de las ocultas líneas del musgo.
Hay días que avanzan y nunca perseveran, días que escapan de las manos
como la espuma, días ciegos detrás de las ventanas.
En el dolor gimiente de mis torpezas, pía la luz enceguecida.
Antes del éxtasis, desnuda puse la página sobre la superficie de la mesa:
era elegante el sigilo y espléndido el fulgor abierto del principio.
Nadie pausaba ahogado en medio de las vocales…




FIGURA DE LA DESNUDEZ

En la hoja de luto que nos invade, toda la posible dureza de los fierros.
Es oscura la cáscara de leña que nos dibuja la ceniza.
En derredor aúllan los eucaliptos grises junto a las tantas estrías del aliento.
Cada quien descansa sobre las imágenes de su propia desnudez;
nadie puede negar las sombras que acumula la conciencia,
ni la respiración que abre los vacíos.
Hay tantas formas leves de resbalar sobre los andenes, y arder en la gravitación de piedra de los armarios, en el fuego de río de las pupilas, en el escupitajo
de la noche sobre el cuerpo.
El mundo del cuerpo tiene mundos que no alcanzan a ver los ojos a simple vista: desde la súbita hoja del árbol que cae y me ciega,
hasta la navaja de vidrio, o el reloj de aire en la garganta, o el oculto ijar
del quejido. ─Llevamos largos dientes a la deriva, y convulsas brasas
donde no caben las manos, ni el paraíso cristalino de la infancia.
La única túnica en el cuerpo son los recuerdos y el roce del cansado pájaro sobre las sienes; lo demás es el murmullo de otros nombres en la boca.
A través de lo revelado por ella, uno conoce el remoto pecho
en el que se recuesta la humana forma que nos sostiene, a veces la salmuera que llega a silencio. A veces el deseo lamiendo los brazos.
La fugacidad es otra forma de descender a los infiernos, de saltar la ventana
y salpicarla de todo el soplo giratorio de las pupilas.




AMPLIACIÓN DEL CAMINO

Es el otro camino de la ampliación del viento, la libertad peligrosa de la locura.
Durante muchos años la única prevalencia ha sido la farsa.
A veces se nos arrima la bestia con todas y sus nostalgias juntas, se quiebran
los imaginarios, demasiados renglones tiene la carudad de la noche.
Demasiadas bóvedas con pupilas ciegas, demasiados ojos estrechos en el vacío.
Duele el ijar en la bocacalle del polvo, mortal acaso como el universo;
el ala del pálpito derramado en el remanso alto de la boca,
también la desnudez de la muerte entre las manos, la oscuridad del estertor buscando la ternura, los otros rostros que tiemblan en la memoria.
Por este lado de la dureza del granito, el mismo manicomio y sus figuraciones,
los kilómetros de entonces ahuecados, clínicos en el aullido.
Ante todos estos laberintos, siempre muerdo las vértebras de la tierra,
pero nunca escarmiento de ese desgarrón que provoca el abismo.
(¿Qué puedo decir aquí de todos los miedos, de las tantas noches colgadas
de las sienes, de las rodillas que no caben en los bolsillos?
¿Qué puedo decir de todos los que partimos junto a tantas pesadillas?
Al final, ¿cuántas sonrisas tienen las semanas, un nosotros en el montón
de madrugadas del frío? Ya no sé si ampliamos o reducimos los caminos.
Tampoco sé si el infinito es infinito cuando la sombra es el arma blanca
del paisaje, y no hay manteles como flores en el zumo.)
A lo largo de los dientes, muerdo los fuegos crecientes de la lengua.
Sólo sé que en el espejo, uno acaba siendo el otro espejo blanco del sollozo.




PAISAJES CON INCENDIOS

Uno ve los incendios, pero en realidad no son los incendios acostumbrados.
¿Qué es falso, advierto, después de todo?
¿En qué oscuridad veo las manos como pájaros, en qué luz el ciego lee
su instinto, los trenes del paisaje fundacional, la soledad con su profunda compañía, inmóvil la calle con su metal de cicatrices?
─Nadie está exento de los ojos de la semana, ni del inminente despojo.
Uno a veces puede ser esa suerte de destello en medio de la oscuridad: siempre arden los pies alrededor de los candiles;
desnudo en la avidez, ciego de incendios absolutos.
Busco la ventana que me bañe de aire, que el ojo muerda los imposibles
del viento, los diminutos dientes de luz sobre la madera.
Uno no sabe qué pájaro enloquece junto con uno, desesperado de destino
y muerte, sublevado en la declaración del frío.
También hay incendios en las aguas esparcidas en la cara.
También la memoria evoca muros y trenes y verdes pájaros sobre la nube
del césped y bocanadas de luz que de pronto blanquean huesos y pupilas.
Uno se ciñe o adscribe a ciertos paisajes, a esa oscuridad del fuego, dulce porción de invisibles alegorías.
Mis paisajes con incendios son sombríos: medito en los huecos que dejan
los ojos cuando deshacen la herrumbre. (Todo es espectral en la confusión
de mi conciencia, en el sendero de destrucción que muerde como un juego salvaje. Quizá el aullido sea sed eterna en el fuego robado.)





NO HAY SILENCIO

En boca con sed y hambre no hay silencio. En el miedo y la ceniza tampoco
lo hay; cuelgo el ojo de las vallas publicitarias y no existen sombreros,
salvo esparadrapos y otros chunches que la lluvia acarrea.
En la carne magullada por la pesadumbre, sólo los oídos y su artillería,
esa pestilencia que no cabe en el olfato.
Quiero ajustar todas las fábulas a los pájaros de mi infancia. Allí, luz y sueños,
o sólo suicidios, como todas las espinas del mapamundi.
Las colillas nos hablan de madrigueras y entretelones sombríos de alfileres.
Hemos llegado al punto de querer silenciar también los desvaríos,
¡Cómo puedo cerrar los ojos ante el abanico de salmuera en la dentadura postiza del tiempo?
Sorprende cada ángel que sale de ciertos vestíbulos.
Sorprenden los corazones nobles al momento de repartir de las nubes.
Sorprende la desnudez cuando pide socorro desde una ventana.
En cada silencio hay miles de bocas pronunciando nombres y tristezas fieras.
Con el polvillo del altísimo no alcanzamos a cubrirnos todos, ni evitar
                                                                                                         [el miedo,
ni elevar los brazos para confundirlos con el azul.
Nunca evadimos en el ahogo el limo del silencio, ni la historia es capaz
de dejarnos inmunes: cada quien pone la razón en sus zapatos.
Cada hombre puede nadar en la frondosidad de un pubis, pero no en silencio.
No en silencio los encantamientos del olfato y sus desamarradas pesadillas.
A veces es cruel el hecho de no emancipar las palabras: el silencio las castra.




DENTRO DE LOS OJOS

Se ahoga el tiempo y la última ala del paisaje. Los pies, acaso, fugaces
como las pupilas, como el aliento invisible de todas las huidas.
En medio de las calles nos tortura el pavimento. Gotea el evangelio.
Quizá en el remanso de los brazos, aniden las ramas de los sueños y sus puentes colgantes y los ídolos que un día, de seguro, terminarán en el olvido.
Nunca hay quietud cuando la bruma se cierne sobre las sábanas y los cipreses pasan a primer plano. Los olvidos acechan con sus maullidos.
El odre de las ojeras habita como un rebaño de desvelos.
Desde la hoja de afeitar hasta el espejo, hay meses de iracundas balanzas.
Mientras juego con la flama de los cirios, saltan los futuros cadáveres de entre las telarañas del calendario.
Dentro de los ojos, por cierto, existe un paisaje austero.
Todo huele a la estrechez de los hedores, al barro ennegrecido de los cuerpos desnudos, a los bolsillos apesadumbrados de sed.
Pronto las miradas serán cercenadas por la lluvia filtrada de la angustia;
he aprendido a conocer el abandono en cada fotografía, la gota de infinito
sobre la piedra, la puerta que no conoce de peces durísimos.
Cada día repaso el cuaderno de agua del olvido y su ardor de norte.
En medio de la sal permanecen las zonas quemadas, áridas, de los puñales.
Vivo al filo de la sombra, al borde de la palidez de los párpados.
En el punto ciego del lagrimal, la repugnancia insepulta de las llamas…




REALIDADES VACÍAS

Nos arrastran hacia el estío,  estos metales de códigos vacíos, los cofres
con ratas, en medio del ultraje y muerte que vivimos.
No hay misterio en las monedas desgastadas de los preceptos, ni azúcar
en la niebla precipitada de las destrucciones, ni rumbo en el viento mutilado
de los bolsillos, salvo en las cataratas,
en los ruidos de antaño sin cerrojo, en el país de monumentos de dudosos brazos: todo es tan real como lo inexistente. Como el aullido duro de la ceniza del país, como los nombres que levantan puños de lágrimas,
y corrompen con su boca inagotable.
(Siempre nos hablan y nos quieren enseñar cosas extrañas, episodios proféticos de santos que no existen; llegado a tal insensatez, quedan en mi memoria todas las amputaciones posibles, las diversiones privadas que uno no ve, las formas de darle ciudadanía a la ignorancia, al bestiario de invierno en nuestra conciencia, a las borrosas imágenes de cierto vampirismo.
Por supuesto, durante  las semanas, me gasto las noches en cigarros y en una
y otra angustia entre las tantas que deben acompañarme.
Dicho sea de paso, por equívoco me río, desgraciadamente; descubro, claro está, desconciertos en esta venerable soledad de los brazos.)
Ante lo innumerable uno quiere creer que la realidad es diferente; no es así.
Mientras desciendo a las ojeras del insomnio, otros se adueñan de la memoria.
Aun no sé cuál es la diferencia entre una tormenta o una jaula.
Sólo sé de las noches amarillas de la nostalgia y de alguna lejanía…




HILVANES

Mientras descanso del invierno, una almohada de tristeza se apodera
del tiempo. (Supongo que no hay inocencia en la miseria, pobreza, injusticia,
ni un tren que derribe las paredes sin ser trompeta.)
Hilvano papeles viejos como mis manos de cansados silencios tal ese repentino litoral apretado en la piel: la pulsación denuncia el cuerpo de la escritura.
Existe un aluvión de pespuntes en la escoria formada en los dientes.
Alguien desde cierta oscuridad estridente, devora los hilvanes que dejan
las navajas, la proximidad laboriosa que nos dan las arañas,
o en todo caso, el sordo aire rastrero de los insectos.
La sombra de la aguja capotera, hace del aliento trapos descoloridos, 
y despojos donde flamean bañeras para paralíticos y cuervos de hilarante obscenidad e insomnios irreparables.
Uno va mordiendo la hojarasca que se revela contra el cielo.
Sea el poema o el espejo, vierten allí, todas las miserias y sus caminos oscuros, inmundos, detenidos apenas por degolladas sombras.
Hay hilvanes que son interminables como la corona de espinas y su rudimento.
Nadie apacigua el galope ante el paisaje de frío que muerde el búho.
Uno acaba siendo la alegoría roída de la niebla,
el número impar de los escalofríos, o el simple vómito de lo implacable.
En el próximo viaje de los murciélagos, las palabras rectangulares del futuro
y su variante de aguas enfurecidas y su gran sueño de saliva.
Por si alguien lo duda, los hilvanes resultan ser más expresivos que los peces,
los trenes, los chuchos callejeros o el ave que mutó y ahora berrea…




MAGULLADURA

Son ciertos los declives y la confusión que se vive en los letargos.
Cierto el golpe en los ojos de los tatuajes, y su telaraña de angustia sembrada
en los pasadizos del día a día.
Nuestro mundo se sostiene en los zumbidos ahogados de las moscas.
A la hora de mayor circulación se descarrilan las emociones y vuelve
                                                                                                    [lo sinuoso
a ser parte de la complicidad en los múltiples extravíos del presente.
Nuestro tiempo ha convertido en carcoma todo el esplendor:
a la puerta de cada quien el poder de la hostilidad, los magullones de la bruma
y ese solamente recuerdo de lo inconcluso.
Uno deja de fiarse de esa larga fatiga de los muertos porque cansa el cardo
y la saliva y las noches alrededor de los matorrales.
Aún desde cierta cobardía se ejerce hostilidad: todo hace suponer lo vacío
de los sueños y su maquillaje de plegaria o conjuro.
En toda esta extensa circuncisión, nos volvemos paciente activo de la desdicha.
Ni siquiera los cementerios se resisten a tanto esqueleto (frente a mí,
las infancias continuando en el círculo siniestro del juego.
Ahora no sirven, ni son posibles las distancias, ni la pared que sostenga
una puerta, crece como levadura este infierno peligroso de discursos.)
Yo no sé hasta dónde llegará este tiempo de memoria dolorosa, ni en qué manos cobrará más vidas, ni qué voces, allá, despierten mañana.
Yo no sé si haya una luz que se encienda entre la respiración y el alba y eleve
a sahumerio todas esas infancias quebradas y tristes y sin ojos…





ECO DE LA NOSTALGIA

Para Pere Bessó y Gregorio Muelas Bermúdez


En esa otra parte del poema en cuya página transformamos lágrima y cierzo,
hay ojos oscuros como el asco y los vacíos provocados por el desvelo.
Uno se arrima de espaldas a las paredes sólo para mirar tantos imposibles
y que la piel suture las heridas provocadas por el grafiti.
Salpicado de bestias y fotografías, las tantas colillas desabrochadas del tabaco,
o el pulgar de piedra suelto del infinito.
Al lado del grito del pájaro, los excrementos disecados del paisaje, ciertos simulacros y la desproporción del día en la boca: uno intenta salir ileso
de los andenes, salir de los afilados dientes del calendario, ocultar los relieves del páramo en el cántaro de barro donde se encuentran simplemente fósiles.
Resulta arduo el más acá de los encajes mortuorios del hastío.
Siempre me pregunto qué hace un loco contemplando los platos y tenedores
con el ápice de su desaforada carcajada,
qué hace del centelleo de las luciérnagas un rascacielos, o un fuego de números ahumados por la niebla despedazada de las calles.
Del otro lado de las miradas, el castillo de naipes de los adivinos
y sus truculencias, el pacto de las costurerías y los espejos, o los espejos solos
y su historia de ventanas grises.
Uno, ─por cierto─, sigue caminando alrededor de las antinomias.
(A menudo se repite el mismo puñito de sombras como dioses sedientos
de universo; en la escena decapitada de la fosforescencia, algún fuego
como piedrecilla en los ojos. Déjame aquí junto a los ecos de la nostalgia.)
Cada sombra tiene caras ilusorias, nombres que nos golpean hasta
el cansancio de lo desabrido. Mañana, sólo, la rebeldía del poema y su filo.



EN EL SENO DEL POEMA

Para Aitor Arjol



En la gota de frío de la ventana, la respiración y su dudosa sed de ojos.
La espina de los cansancios ha deshojado casi todo el árbol del calendario.
Como mi palabra tenue, el cielo falso del poniente y sus largos brazos
de dolor: uno siempre está invadido por un puñado de carcajadas,
en medio de la disputa de algún sueño.
Uno va, cada día, desenterrando las ojeras flotantes de los espejos; debajo
de los trajes de la aridez, las mascarillas y los signos zodiacales de la moral
y sus piedrecillas de sombras inminentes.
(A menudo nos quedamos absortos contemplando la historia de nuestros sueños, las edades inciertas de las paredes, el semblante de una lágrima
antes de rebasar el mapa del aliento y sus monedas de agonía.
En algún lugar, el ojo de la llovizna rendirá sus frutos: allí la rosa de agua
y sus mástiles, el imantado diálogo de la locura.)
De seguro en el seno de la poesía, es perfecta la llave de luz del alba.
La verdad, siempre estoy espantando los moscardones de la mesa,
o la metamorfosis del abismo en un candil inmenso de caricias y sin tizne.
Me distrae el paisaje de los sótanos, o la sombra amordazada del eco,
los cuerpos ciegos posesos de no sé qué grietas y confusas salivas.
Entre el clamor de lo irrevocable, el pájaro verde del fuego: la palabra
y su historia de conquistas, el caballo de los ecos, el asedio de puertas.
Todo nos pesa en la sal incesante de la tarde que desgasta nuestras manos.




CONCAVIDAD ESTÉRIL

En la concavidad estéril de la sombra, las coyunturas solas de los vacíos.
El horizonte hundido nos avienta hacia el fondo sordo de los fósforos:
Años de caminar en el mismo sitio, aquí, allí, a veces a tientas, descubriendo apenas, estas siempre imprecaciones de los ahoras.
Nada nuevo, sino el mismo catecismo destrozado, agolpados los bultos
y los muros, los rotos juguetes de la infancia.
Hay siempre huidas profundas como el luto silencioso del pájaro de la noche;
en alguna piedra, el rumor de la piel y los ojos inexplicables del aturdimiento.
Desde el sonido ahuecado de los cascos del calendario, el dolor largo
como una sombra de cuchillos, como una brisa adusta sobre el pecho,
honda la desnudez que no se agarra con la sombra de los dientes.
Ningún rastro pronuncia palabras nuevas.
¡Hacia dónde este pálpito asido con las manos?
Está cerca aquel silencio que se pliega en la concavidad de las horas.
Existe otra bóveda en las esquinas del aliento. Existen otras asfixias, claro.
Los delirios también son ojos que quieren tener alas u otra sombra igual, quizá, a la sombra de la realidad: en cada rincón despilfarrado de las ventanas,
conviene dejar a un lado los muertos,
dejarlos en otro espacio inmóvil de paraguas, hasta que reciban
toda la eternidad posible, sin desesperación, ni llantos.
Después sólo hay que bajar el telón y guardar los ojos en alguna oscuridad;
dejar que el olvido nos recuerde en alguna operación matemática…




LA LUZ, NO OTRA COSA

En el seno de lo azul, la noche embriagada sobre las azoteas. Nada es razón
sino locura, el roce casi olvidado de la piel y la puerta que retiene el torrente
de los tantos caminos y sombras para alcanzar la lejanía.
No otra cosa, sino la luz hasta perderme en su desesperación.
Todo guijarro es una pocilga en mis zapatos: el tren polvoriento de la memoria,
los despojos estivales de la tormenta, el viento azotando el bulto
de mis cenizas, como hoy a tientas con mi carne.
A veces me atrevo a caminar en medio de los muros de la niebla; mientras
la sensación del día persiste, me escapo de los ojos profundos la violencia, aunque luego retorne a la demencia.
La hojarasca, de pronto, se mueve en medio de la luz como cualquier pájaro.
Por la boca del candil, veo que se escapa el mundo de los muelles.
El ojo se cansa del suplicio. Veo los umbrales desangrados, las arcadas de  sed,
los pañuelos hechos nudos siempre por los que parten.
Lavo mi cara y la noche de plomo, ávida como el diluvio del crimen.
Tantas artes desmedidas al filo de lo indefinible: existo tal cual el hollín,
el asco, el desnudo carbón embriagado de fuego.
Vengo del caos y sus cansancios, vengo de la fatiga del ocote, vengo de ciertos puertos memorables: el sueño y sus lunas insepultas.
Vengo de la sepultura de los espejos y de tu carne ahogada en mis manos.
Vengo del principio de lo inmóvil.
Vengo de lo hondo del ritmo de tu desnudez: danza el aire, huelo su paroxismo.
Sos vos la que abre mi aliento para mostrarme el símil del caracol, 
el cráter dócil del poema, la luz, no otra cosa…



LENTAS DECAPITACIONES

Al trasluz de la polilla el lento fósil de los jardines y la madera y las ventanas.
De la sombra desvencijada de la carcoma, las decapitaciones del tiempo
y su sangre dolorida y sus bocas rotas de sepulturas.
Me importa morder la piel de las cefaleas, las centenarias jaquecas
que producen los golpes en el vacío, las veces que uno copula desmesuradamente hasta lograr la desproporción de los acordeones.
(Nunca es fácil lamer los agujeros de la brizna, hacer insoluble el azúcar
de tus entrepiernas, sacar toda la saliva sin dejar a secas el lenguaje.
Sos visible en la ranura de la lágrima, en la palabra doméstica del extravío.
De niño juntaba todas las tortillas y los ponía al fuego.
Mamá  en el quicio de la puerta espantado las sombras con un trapo viejo.
En la calle, las lentas decapitaciones de mis anhelos, los siglos de incesto,
o la desnudez del país tirada a la humillación.
Uno muere decapitado por el frío, pero también por esos discursos
de la deshora disfrazados de Paraíso.
Veo los abismos como una sucesión de vitrinas, allí donde las moscas sin piedad muerden el subsuelo. La solapa agazapada de lo falaz.)
Siempre resulta grotesco el acecho a las ventanas y a los absurdos.
Uno duerme alrededor de los secretos de las uñas, de las altas piedras
de la tristeza, o en todo caso, de la nube de humo que pespunta las pupilas.
─ ¿En qué puntapié de guijarros, entierro finalmente mis cachivaches?
 Uno conoce todos los pulgares de hambre que secan los charcos del sexo.
Vos, ya habías jugado a traspapelar esta brisa salpicada de fotografías…



RAMAS DE HOLLÍN

En medio de esta claridad inacabada, entre el pecho y el aliento y el ala,
se va haciendo hondo el cauce de las aguas y duro el desfallecimiento.
A menudo uno transita sobre el granito enajenado de la intolerancia:
como las aguas en desbandada la masa informe,
de los remotos fuegos de las credulidades, del frío yerto de las cadenas.
Por momentos sólo es visible la tristeza o la vileza, el rigoroso carbón
de lo inmóvil, la rugosa corteza de la destrucción.
Todo pasa por cierta hipnosis colectiva.
Uno ve el camino de azúcar ensombrecido frente a la lectura gris y árida
de los interruptores: en el pájaro ciego de las sienes sólo va quedando
el turbio contratiempo de los relojes y su picoteo de herrumbre sin sentido,
y su joroba de oscuro centinela y su soledad de cerrojo acurrucado.
Nadie se alimentará después de estas ramas de hollín.
Nadie querrá poner candelabros sobre la mesa en vez de candiles en desuso.
Nadie repartirá sus ganancias después de sus suculentos crepúsculos.
Uno piensa según la comodidad donde duerme.
Después de todo lo que ya he visto, sólo quiero ascender de las alcantarillas;
los arcoíris sordos me robaron la tranquilidad al punto del insomnio.
De la noche sólo me quedan las esquirlas de los grises.
No quiero volver a los fósiles de la opacidad y la lengua encadenada.
Entre tanto crucifijo de espinas, uno le tiene miedo a la sombra
                                                                                              [de los umbrales.
Por cierto, nadie se extraña del embudo ciego que nos alumbra.





VENTANA TOTAL

Total la noche con sus trasiegos de ventanas y barnices. (Ese tender la mirada sobre la luz del aire, honda vertiente de los abismos, el mundo y sus burdeles,
el mundo y sus colillas de miseria y sus oscuros torrentes de ropa insepulta.)
La lectura de tantas profecías me harta las semanas.
Prefiero pensar en mis remotos días de cadáver o escarabajo.
A veces quisiera escribir apartando toda la insania que nos han traído
los miedos y el falso traje de las ventanas y la compra de la dignidad
o la herencia de los estertores de la ropa sucia.
Es el momento para la hospitalidad de los malhechores, para las parentelas
y su cautividad, para la desconfianza de aquellos que recogen la esperanza,
o nos hacen esperar hincados frente al sinfín.
Uno se harta de toda esta luz ajena, de todo este tiempo sin gloria ni sustento.
Nadie lo ignora, ya la piel está curtida del falso arado y del crucifijo
a cuestas: ¿Quién respira una distancia suficiente de ebriedad plena?
¿Quién ahora, avanza y se anticipa sin confusiones a la ventana virgen?
(Andamos días de victoriosos ataúdes. Lo sabe usted. Lo sé yo.
Usted sabe que zumban las sombras y se arquea el aliento en el humano ruido
de las heridas, en ese negocio de oscuros zapatos.)
Dicen que son viscosas las disecciones en ayunas, las bocas infatigables
de los escapularios, el resplandor imposible cuando crece la asfixia.
Del paraíso que me libre Lázaro, ya he danzado lo suficiente en el infierno:
de aquí hacia abajo me toca la carcoma de la sed…





ESCRITURA DE LA DESMEMORIA

Uno va dejando en el camino que la desmemoria fecunde todos los  olvidos.
Ante la desesperación no podemos ya pensar en los retornos, ni en esas extrañas diatribas del cansancio, porque sería darle más oscuridad al aliento.
Debemos retornar a la inexistencia total de los puntos suspensivos.
La lucidez y el deshielo no necesitan de mordazas, ni de la pre-escritura
entre las líneas de los ojos, ni de la salmuera que cruza el calendario.
La desmemoria tiene sus propias úlceras y repertorio de laboriosos vacíos.
Siempre nos vence el cuenco del aliento, la faena amanecida, los rencores,
el frío, la distante niñez y sus gárgaras, la lluvia descalza y la ropa sucia.
Yo escribo para ir de a poco borrando las ventanas: si algo queda, serán días
de polilla, o la pared maltrecha de la oscuridad.
Si algo necesito es una almohada de luz para la salvación del más allá.
Ahora debo caminar sobre rieles inexplicables para luego dispersar
las hormigas y cuanto sea posible borrar  las circunferencias.
Una lágrima acurruca los horizontes de la memoria: escribo para el imaginario
siempre perecedero de lo putrefacto, para calentar un poquito aquella puerta de la risa, el pudor y el rapto de las verbigracias.
Quiero olvidar todas las rutas hacia los prostíbulos o quedarme en ellos, morder la gimnasia sólo de lo que va quedando en la calle,
disgregar los paracaídas, hundirme en el cadáver de los semáforos.
A riesgo todo el azar, la constelación telescópica de la tinta, el ojo del aullido,
y el parpadeo de la escritura como la primera cobija cubriendo el destello.
Escribo, entonces, para ocuparme de los trajes vacíos que tiene el Paraíso.













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