domingo, 13 de marzo de 2011

3376.- ISVÁN ÁLVAREZ HERRERA



Isván Álvarez Herrera
(Caibarién, Villa Clara, CUBA, 1976)

Poeta y Médico.
Actualmente es residente de la especialidad Neurofisiología Clínica.
Tiene publicado los poemarios:
En la madera del viento (Premio Pinos Nuevos, Editorial Letras cubanas, 2005)
Desfiguraciones (Premio Calendario, Editora Abril, 2006)
Algunas cosas ciertas (Editorial Sed de Belleza, 2006)
Además, fue finalista del Concurso de Poesía de la revista La Gaceta de Cuba, 2007.

( Direcciones de correo electrónico: isalvahe@gmail.com - isvan@giron.sld.cu )



EL ANZUELO

A la orilla del mar, o de la mar,
como prefieren los viejos pescadores,
me llevaba mi padre, escenas que la memoria funde
en un solo capítulo paradigmático.

Aprendí nombres, gestos viriles
esforzado por llegar a la altura de sus ojos
a veces en el agua absortos
entre los instantes que medía
mis ademanes, mi potencia para lanzar
las piedras planas que crecen en la orilla.

Se intenta acostar la piedra sobre el mar,
se lanza, y ella rebota como otro hijo de Dios
necesitado de caminar sobre las olas.
Las de mi padre, cuatro pasos, cinco,
para sumergirse; las mías buscaban el fondo
apenas rozar la inmensidad
como si el temor en mi mano al impulsarlas
las contagiara a ellas.
Parecía ganarme la vida en aquel juego.

Otros días llevábamos las pitas, el anzuelo
para tentar el deseo de los peces.
Quieto esperaba, con el mar dormido en el sedal.
Hasta que el nervio, de pronto tenso,
indicaba un renacer, un dolor
en el seno de la bestia húmeda.

Los peces aparecían por milagros.
Cobraba la pita: más interés ponía en las cabriolas
del pez, en su portento
que en la eficacia técnica del acto.
Quedaban quietos, con el relumbre salado del cuerpo
expuesto a la brisa que les cuajaba los ojos,
pequeñas agallas marmóreas temblando
como las ruedas dentadas de un reloj.
Yo imaginaba que para respirar
algo debía de dar vueltas.

Otros días alzaba mi cabeza mirando el aire.
Días en que mi padre podía no entender
qué me tornaba tan liviano.
A veces el aire se entreabría y aparecía el anzuelo
y yo mordía esas chispas en la claridad
pidiendo que algo me elevara
en el anhelo curioso de emerger en otra orilla del mundo.

Quién va a pescarme a mí, le preguntaba,
cuál anzuelo morderé.

Por la faja del mundo en que mueren los peces,
cuando cuento los anzuelos que en mi cuerpo afloran,
recuerdo a mi padre,
ya cansado de esperar en mí,
sin contestar, la mirada perdida
en la insistencia del oleaje, en su puño apretando
a otra piedra pulida, las respuestas.






MATICES

...........¡A qué ceremonial nos obligan la gravedad de los sentidos
.........................y la seriedad del cuerpo!.
[ E. M. Cifran ]

Aunque esté oscura la casa
en su interior late un corazón despierto.
Aunque a nuestro lado caminen las criatura ciegas
levantaremos ofrendas por todo lo bello y todo lo lejano.

Y no importan las fugas que hemos perseguido
aferrados a algo que no deje de ser cuando se toca.
Cada uno abriendo en el deseo del otro,
espigas en un vaso, plenas de músicas calladas.

Quién ve los oros,
qué ven los otros si son invisibles los matices.
Cantigas, castigos de invisibles matices.

Somos bultos que no logra desleír la luz,
cuerpos mojados que escogieron la intemperie para redimirse.
Sufrimos el pedestal que nos esconde,
sobre el cual disimular tantos raudales.
Somos espíritus que han encontrado un camino
a cambio de la piedra en su boca.

Apretados en la misma ceremonia,
por la misma vena de la espiga ascenderá el castigo,
otra flor posible, simultánea, otro deseo dorado
que trocaremos en piedra.







DUDA

Lloro en soledad, siento que no hay amor que podamos compartir.

Podrá venir el Hijo del Hombre a decir su sermón,
pero comprendemos lo que somos, y es mejor acaparar reliquias.
En las puertas del templo otros también las preferirán,
no la bondad acusadora, no el polvo pisoteado de sus ojos
y la voz como nube desleída en tibio cáliz.

Lloro en soledad, siento que no hay amor
que nos redima, ni limpie manchas de sangre coagulada ha tanto.
Él puede pasar bajo la imagen del niño
que se resiste a caminar porque atiende
los deslices del aire que el padre endurecido no percibe.
Nosotros, condenados a vestir el cuerpo
y los ojos del hombre. A no ver. A castigar.

Son difíciles las pruebas. Lloro en soledad,
acepto todas las consecuencias de mi mal o mi ignorancia.
Es más difícil ser perfecto cuando los otros no lo son.
Si me abres los brazos, abriré los míos
y por un instante seré digno de Ti.
Si escupes a mi paso, desearé quemarte
aunque no tenga el poder de esterilizar la higuera.
O inclemente te dejaré saber mi perdón,
o cruel anunciaré las veces que me traicionarás.

Luego que el gallo cante, nada importa.
Déjame llorar solitario. Déjame negarme.
Para entonces no preguntes por qué te han abandonado.
También tú sentirás que no es suficiente el amor
que se puede compartir,
sino resignación;
de vez en cuando un buen cordero
y vino.






LA ÚLTIMA VELA

I
Otra vida, Señor, otra aventura,
otra gente cercana a quien no hiera
cuando soy el que soy, donde no quiera
yo otra vida, Señor, otra atadura.

Otra vida, Señor, otra atadura,
otro cuerpo, otro amor, otra quimera,
donde siendo el que sea, ser cualquiera
a quien baste su vida, su aventura.

A quien baste su vida, su aventura,
de mí lleno ser algo que no duela,
alguien que encuentre en vivir contentura,
no un ejercicio que apenas consuela.

Eso pido, Señor, bajo la oscura
penumbra que encendió la última vela.


II
Vuelve ciego al papel, al papel ciego,
del capullo del aire a su otra piel
a entregar lo vivido, incauto, infiel,
en soberbia maroma, también ruego.

Justifica tal vez en su otro juego
una escena, un equívoco papel,
frente al mismo auditorio que su hiel
derramó sobre él y olvidó luego.

¿Quién redime a aquel niño lastimado?
Solo en uno pervive, limpia espuela,
la memoria doliente, su otro lado.

En las formas esbeltas que revela
no se cura el mañana ni el pasado
ni se apaga la sed de su candela.


III
Salgo a mojarme el rostro en la mañana
aun crepuscular bajo un noviembre,
tablas toscas enjugo del pesebre
donde vahos del sueño me reclaman.

La aventura de un cuerpo que se afana
por armarse otra vez en la rompiente
a pesar del colmillo de la fiebre
la ilumina algún sol desde su rama.

Así, malsano, me ataca el nuevo día,
los pasados y a veces los siguientes
con un tufo lejano de perdones,
y mi sangre por la alcantarillas
se empapa de algodones y alfileres
con que se unta la muerte mis dolores.


IV
Mi bajel en el mar de las desdichas
o en el mar de la dicha, casi el mismo
—uno ignora el discreto cataclismo
que trastoca la suerte de las fichas—

navega hacia horizontes donde habita
otro ser parecido al ser que existo
—¡ojalá se presente un imprevisto
que me obligue a llegar tarde a la cita!—.

Aquel ser hondo y fijo que me aguarda
ya no escucha la voz de las sirenas
y en ningún sitio preguntan por qué tarda.

Eslabón terminal de mis cadenas,
mi ojo claro será pupila parda
cuando se ancle mi sangre entre sus venas.


V
Piedra de la confianza, qué edificio
se ha despertado lento de la nada,
solo con una voz y una mirada.
Sea esta vez la Casa, no un hospicio.

Solo con una voz y una mirada
se construye otra vez el precipicio.
Torna la soledad como el Alisio
a cercenar la espiga fecundada.

Del caracol entonces toma ejemplo:
una vuelta de espira más adentro
sus vísceras esconde desconfiado.

Yo, Señor, en sus dudas me contemplo:
¿cómo puede insistir en el encuentro
sin saber por qué le has abandonado?








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