jueves, 30 de junio de 2011

4049.- JAVIER PÉREZ WALIAS


Javier Pérez Walias, nació en Plasencia, Cáceres el 21 de abril de 1960. Es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura. Ha publicado los siguientes libros de poemas: Ceremonias del barro, Ed. Ángel Caffarena, Ángel / Poesía, Málaga, 1988. Impresiones y vértigos de invierno, XVII Premio de Poesía Ciudad de Vélez-Málaga, Excmo. Ayuntamiento de Vélez Málaga, 1989. A este lado oscuro del cauce, (Taller de Creación Literaria), Universidad de Málaga, 1992. Cazador de lunas, (Colección Virazón de Poesía, núm.11), Málaga, 1998. Versos para Olimpia, Ediciones Imperdonables (Francisco Cumpián), Málaga, 2003. Antología Poética (1988-2003) (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2004) Los días imposibles, Calambur Poesía, 53, Madrid, 2005. Cazador de lunas / 6 Aguafuertes de Juan Carlos Mestre (Málaga, Colección Monosabio, nº 20, Ayuntamiento de Málaga, 2007), Largueza del instante, 2009

http://www.javierperezwalias.com/







BAJO LAS AGUAS

He aquí, bajo las aguas, el beso prometido
en las arenas del bosque;
en aquel oleaje del bosque
que no era tuyo ni mío sino del cielo,
solamente del cielo.
He aquí mis dos manos acariciando las luces
que caían sedientas
desde cien mil estalactitas verdes.
He aquí aquel cielo.
Aquel cielo
que no era tuyo ni mío sino de tu licor
en ascuas,
de mi latir alado,
de nuestras lágrimas unidas bajo el tiritar
de las vértebras.

He aquí, bajo las aguas, el beso prometido
como una burbuja de aire;
como aquella burbuja de aire
que no era tuya ni mía sino del fuego,
solamente del fuego.
He aquí tus dos ojos acariciando las sombras
que caían sedientas
desde cien mil estalactitas verdes.
He aquí aquel fuego.
Aquel fuego
que no era tuyo ni mío sino de mi latir
en ascuas,
de tu licor alado,
de nuestras vértebras unidas bajo el tiritar
de las lágrimas.

He aquí, bajo las aguas, el beso prometido
como una burbuja de aire en las arenas del bosque.

(De Ceremonias del barro, Ángel Caffarena, 1988)













TRES FRAGMENTOS ÍNTIMOS


1

Y es que estas soledades
de callejas conocidas
hacen resucitar en mi interior
—siempre que regreso—
el amor desnudo con que la luna se detiene
sobre las baldosas de barro
y leve alumbra
los portalones antiguos.


2

Amable es la sombra
de estos árboles, que en volandas se agitan,
a la vera
del camino más triste
junto al río de la isla y las murallas.

A la vera y tras los ojos
del nuevo puente
que sobre remolinos y cantos
plenos de aire
respiran.


3

La luz de la mañana
se acomoda en el estanque
bajo el sosiego y la esencia fresca que da la piedra.

El bullicio de la claridad
y el cromatismo del sol sobre las copas
al entorno y a mí mismo quitan lindes.

(De Cazador de lunas, Monosabio, Ayto. Málaga, 2007)









DESDE LOS HAYEDOS DE BÉRTIZ

(elegía)


Fuiste
árbol
en tu tronco y en tus hojas
para que yo escuchara,
en pausado silencio,
todas las sombras del Señorío de Bértiz.

La niebla purifica aquí el alma
y el limón de los hayedos
otorga, en esencia, claros de luz
al que camina.

Humedeciste mis manos y mi espíritu
en el círculo frágil,
en el reflejo que pasa
de estas aguas bajando
como trazos de muerte
por entre el silbar
agudo y triste
de las cumbres.

Fuiste
árbol
en tu tronco y en tus hojas
para asirme, en un leve soplo,
a todas las sombras, a todas las tinieblas,
tinieblas o sombras
enmarañadas de Bértiz.

Déjame aquí, sereno, en descanso,
oyendo la caracola vacía
que me dejó tu silencio
y la claridad del bosque.

(De Cazador de lunas, Monosabio, Ayto. Málaga, 2007)






JARDINES DEL INFIERNO

No soy presente sólo, sino fuga raudal de cabo a fin.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

En el principio, alejados del murmullo del mundo,
apenas éramos la ausencia.

Un ventanal abierto hacia la nada,
un jardín celeste.

Un bosque de pájaros entre la cal líquida y nuestros ojos.

Y ante nuestros ojos todo el movimiento del agua,
todo el sonido
por los umbrales diminutos de las horas crueles,
desangrándose por los desfiladeros
y por los lagos
como un péndulo que no conoce el sosiego ni la noche.

El paisaje del mundo vierte aquí
para el que escucha
su instante
de silencio,
sobrevuela los árboles,
nos acerca con su mano la cicatriz tibia de la memoria
mientras el asedio de las horas crueles
se quiebra
y cae
del otro lado del horizonte.

Aquí, muy cerca se nos muestra ya el embarcadero,
próximos
a la otra orilla.

Al instante,
reflejos, siluetas, troncos, lava que se desmadeja como un ovillo
por los íntimos arrecifes.

Hacia los profundos recovecos del silencio.

Como un río de mercurio preñado bajo la tierra,
como un espejo transparente
que lo refleja único
o como un glaciar de voces sobre el lado agrio de las sienes

―piel con piel―

y el vértigo a la osadía y la lluvia
columpiándose como tantas otras madrugadas
por escapar de los labios.

En medio del paisaje y del verbo y del asombro,
una inmensa
huida
que se nubla,
un verso en fuga o un libro entero acuchillado o una quilla
solitaria.

Todos los movimientos de todos los planetas
y de toda una vida
se asoman por los agujeros celestes del lenguaje
como cualquier náufrago sobre ausente, como cualquier viento
o ráfaga o nube o arenisca
de intacta imperfección
o de belleza
efímera.







LAS PALABRAS SON PARA LA VIDA

Me enseñaste
que las palabras son para la vida
como los besos lo son para el germinar de las flores
en los barrios de la periferia.

A menudo la melancolía es una cárcel para el sufrimiento
por tanta bondad que se extingue

y da vueltas y vueltas junto a nosotros como un carrusel
que nos llama desde el umbral de la caverna y el grito.

Las palabras son la conciencia
para nombrar el pétalo fértil en el centro de la esperanza

y mientras
―me dijiste―,
algún día, la noche caerá pesada sobre nosotros
como un aluvión de clavos
fríos.

Sobre otros límites.

Sobre otro instante de eternidad.

Sobre otras ciénagas.







«BORNOVA»


Bornova es solo un nombre.

Tal vez
es el nombre de una bailarina rusa o de una marioneta con
mecanismo.

Tal vez es el nombre
de una de las amantes del soldado desconocido
que regresó a casa
igual que el hijo pródigo.

O quizás
lo viera, por primera vez, escrito en una de las lápidas
que descansan
en el Viejo Cementerio Judío de la Ciudad Vieja

o, tal vez,
en el Cementerio Alemán.

Bornova quizás es, tan solo, el nombre de una princesa
austrohúngara que montaba en monociclo
sin pedales
y sin salir
de los jardines de palacio.


Quizás
lo encontré en el interior de una botella de cristal de Bohemia
o en medio de las aguas del Moldava
antes de ir a la Ópera.

Tal vez
tan solo sea el nombre de un Barco de Vapor


―The Bornova―
que navegara por los Mares de Escandinavia, allá por el 1800.

O quizás, sólo es el nombre de un paisaje lunar
al atardecer.

¡Oh, gran Bornova!
eres el nombre de un pequeño río
en medio del silencio de un bosque, junto a un camino…





MUJER CON PAÑUELO

Esta mujer con pañuelo que viene ahora, tan de mañana,
a conversar a mi memoria
contempla la luz de un pozo
en las laderas del sueño, en la lejanía de las estribaciones del sur.

La luz de este pozo es de arcilla

―huérfano de dátiles―

y está cubierto por la escarcha de los días y por el insomnio
de las noches.

Es un pozo acostumbrado a la pobreza
y a la oscuridad de los escorpiones,

un pozo ya amarillento, casi pálido,

así golpee
el sol o la estación del año o la tristeza
que acude extranjera
como un azote ante los ojos de esta mujer con pañuelo
y que viene ahora, tan de mañana,
a conversar a mi memoria.

Un pozo
cuyos deseos más impúdicos quedaron hace ya tiempo a la
intemperie,
abrazados al corazón de los hombres.

Es un pozo
de los que ya no quedan casi ninguno en mi lejano valle.

Diferente de los de brocal de piedra

y soga

y cubo

y agua

y escalones

para descender y poder así adecentar
el olvido y la picadura
mortal de la impudicia.
Su mirada me atraviesa como atraviesa una aguja ardiendo
el horizonte de mi amargura,
el horizonte de las sábanas blancas en los soportales de las
grandes avenidas
y es entonces cuando todo el desprecio aparece con su cáscara
más cruel,
cuando se agrietan los labios y se oscurecen los dientes de la
vergüenza.

Y es
cuando todo gruñe como una jauría famélica
dentro de mi estómago,
y huyo
hacia las madrigueras en las que se escondieron los cobardes
desmemoriados,
hacia las madrigueras en medio de los estercoleros
del allanamiento.

En mi memoria unas cuantos ojos
se agitan casi abatidos
y en círculo.

Todo está aquí. En la tensa calma de mi memoria.

Bajo el agudo chirriar de las cerraduras
y de las aguas dormidas,
como si la llamada sorda de la miseria
no fuera un zumbido molesto de abejas que volasen, desde
siempre,
y en cuántas latitudes.

Y así,
esta mujer con pañuelo que viene ahora, tan de mañana,
a conversar a mi memoria,
cabizbaja por la desolación,
esta mujer imaginó que un día el viento y la lluvia suaves
nos traerían cerezas nuevas
en el regazo.

Esta mujer con pañuelo
que vive bajo la desnudez de las sílabas y el azogue de las
hogazas de pan,
esta mujer alimenta con palabras
todo aquello que no estuvo en otro lugar que no fueran las
palabras,
y se mira los ojos en el espejo del pozo ya sin aire,
y se mira en el oscuro agujero del pozo ya sin fondo,
cada día al amanecer
y se retuerce.

Pero esta mujer con pañuelo que viene ahora, tan de mañana,
a conversar a mi memoria
se pone en camino y desciende, descalza, desde las
laderas del sur

al par del aire seco de los sueños

y todos los recuerdos suben galopando hasta mi lengua

y las hormigas de la razón se agolpan sobre mi frente

y la nube es ya un agujero sin vida

y mis ojos se empapan de lluvia

y otorgan nuevo pulso a los ojos de aquel pozo.

Es esta la mujer con pañuelo
que imaginó junto a mí que un día el viento y la lluvia y el
agua de los estanques
nos traerían cerezas nuevas
en el regazo.

Es esta la mujer
que sacudió su rostro contra el espejo de las alcobas
para escribir el nombre invertebrado de la mentira.

En medio de las estribaciones del odio y de la nada.

(de Largueza del instante, 2009)

4048.- IVÁN CABRERA CARTAYA


IVÁN CABRERA CARTAYA (Tenerife, 1980) cursó estudios de Filología Hispánica en la Universidad de La Laguna, donde actualmente cursa estudios de Filología Clásica y de Filosofía. Ha obtenido con anterioridad los premios de poesía Pedro García Cabrera en 1999, el Premio Internacional de Poesía Luis Feria en 2000, el Premio de Poesía Félix Francisco Casanova en 2001, el Premio de Poesía Julio Tovar en 2002, el XIX Premio de Poesía Emeterio Gutiérrez Albelo en 2005, un accésit del Premio de Poesía Tomás Morales en 2006, el Segundo Premio de relato corto Juventud-Cultura Canaria en 2006 y el XXVII Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez en 2007. Participó en el programa cultural Canarias Crea en 2003 (Casa de América, Madrid), en el curso Filosofía y Poesía organizado por la Facultad de Filología de la Universidad de la Laguna durante el curso 2004-2005 y en la exposición La poesía en sus trazos organizada por la Biblioteca municipal de Guía de Isora (Tenerife). Intervino en el III Congreso de Poesía Canaria celebrado en 2006 en la ciudad de La Laguna y en el II Encuentro de Jóvenes Escritoras y Escritores Canarios celebrado en el Cabildo Insular de Tenerife durante febrero de 2009. Colabora habitualmente con poemas, ensayos, relatos, reseñas, entrevistas y notas en la prensa insular y en revistas como Can Mayor, Vulcane, Piedra y cielo, Cuadernos del Ateneo, Cuadernos Literarios, La alegría de los naufragios, Cuadernos Hispanoamericanos, Isla negra y en el Anuario del Instituto de Estudios Canarios. Ha publicado los libros de poemas Arena (2001), Fragmentos de sentido (2006), Bajo el cielo innumerable (2007), Cariátides (2007), Diálogo en el desierto (en preparación) y el libro de entrevistas Bajo la bóveda del tiempo. Conversaciones con Miguel Martinón (2009), además de realizar el prólogo para la reedición del libro La vida de Rubén Darío escrita por el mismo seguida de Historia de mis libros (2007) y colaborar en la realización de la Enciclopedia de la Literatura Canaria (2007). Ha sido profesor de español y realizado guiones para documentales de arquitectura en Canarias.






HUELVA, PASADA PRIMAVERA


A Luis Cernuda

Tú también estuviste aquí
y no lo supe hasta más tarde,
cuando pasó ya un año
desde que atravesé
ese campo de olivos sin final.

El tedio del camino
vio los cortijos y la adelfa,
intuyó las marismas,
el diálogo circunstancial
y el sopor de una tórrida
primavera andaluza.

Sin saber nada,
fui a buscar tu memoria
donde ya sólo eras olvido;
pero no para mí,
que sabía tus versos
y me habían alimentado
tus palabras, bebidas
como fuego o un vino
espeso y negro.

Después de atravesar el mar
y conocer mi nombre en otra tierra,
encontré la ciudad anochecida,
el ágave de mi isla
y aquella hermosa forma
de articular la lengua.

Cené solo, paseé solo,
hablé a solas conmigo mismo,
y tarde divagué en las calles inéditas,
en las plazas del sur,
en los jardines árabes.

Visité cementerios,
vi los ríos que se unen.
La Rábida, Moguer,
Mazagón, Palos, Aljaraque...

Las barcas que se pudren en la orilla,
la palmera sedienta del Atlántico,
la efigie colosal del Almirante,
monstruoso orgullo de este país,
insigne, infausta gloria de esta España
que tú sentiste ajena
y que yo no termino de entender como mía:
también me ha sido inevitable
ignorar u olvidar «A sus paisanos»,
sus tradiciones, sus costumbres.

Allí no pude
estar más tiempo del preciso,
mas me quisieron bien
y generosos me ofrecieron
todo cuanto tenían.

Prometí regresar
y todavía
tengo una deuda
—una deuda de amor—
con tu espíritu insobornable
y conmigo, que estuve
más tarde ante tu casa
y sigo viéndote
en la belleza diáfana del Aire.

(inédito)





ESCRITO JUNTO AL RÍO

(Calle Betis)

En el agua de este río
se imprime tu silencio,
y fluye con el agua
lo visto en esta noche:
la luna, las terrazas,
la sombra de los cuerpos
que no pasan y pesan
en la balanza del deseo.

Para entender su espíritu
me uní con esos cuerpos
y pregunté a la piel.
Para aprender los nombres del deseo,
crucé paisajes luminosos
que encendían la noche
con un fuego desconocido,
con una luz más pura.

(inédito)











FINAL DE PRIMAVERA EN SEVILLA

(Recuerdo para Y.)

Yo sé que ahora,
en la ciudad de los naranjos,
habita mi silencio
y mi voz nace en otros labios.
Sé que mi cuerpo
vuelve a temblar en otras manos,
y la piel se examina en otra piel.

Yo sé que ahora
es primavera, y hay allí
alguien que no soy yo y es una
parte frágil de mí.
Sé que he de regresar
y sé que no he salido nunca
de la ciudad de la belleza.

Quisiera estar de nuevo allí,
pero quizá no pueda
volver jamás.

(inédito)









MEMORIA DE SEVILLA

Recuerdas los jardines de Sevilla
y guardas en la piel aquellas noches,
enajenadas de azahar.

Quisieras ser el aire que la envuelve
en una primavera inacabable.
Quisieras ser el agua que va al mar.

Recuerdas el Alcázar y los Mármoles,
y haber temblado de emoción
ante una casa y una calle.

Quisieras ser el puente y ser el río
que pasa en la mirada de los jóvenes.
Quisieras ser un sueño de verdad.

Acuérdate del oro y de la torre.
Acuérdate
del tiempo y de la luna.

Acuérdate
de la belleza y de tu edad.

(inédito)









EL GUAYDIL

El tarajal se bate con el viento,
acantilado en el que rompe el mar.
Caminas, camino hacia el final de la tarde
junto a esa miríada de pájaros
negros, sin canto.
El viento inventa la mareta
liminar de las olas. En el aire
pareciera distinguirse un rumor de ahogados.
Nadie va por esta luz hacia
el fondo de la tierra, sólo pájaros
hacia el final del día.
Arranco una flor muerta en la memoria,
su raíz húmeda. No sé qué significa
ese signo en mi mano.

(de Arena)










CADA CUERPO SERÁ igual que un país distinto,
abierto para el extranjero
e iluminado, cada vez,
con una claridad incierta.
Recorrerlos será, de nuevo,
una lección, un ejercicio
para llegar a la ignorancia.

(de Fragmentos de sentido)









LAS LINARIAS

Las linarias que nunca nacieron junto al muro,
como siempre, mantienen su esplendor.
Mi tacto evoca sus aromas
y esta cadencia sabe a sus imágenes.
Para alcanzar su altura
me inclino a lo más hondo:
allí detengo el fuego que alimenta su carne,
y la nieve más roja
me quema las pupilas.
Ahora las contemplo ciego,
su liturgia pagana.
Parece provocarles, mi trabajo,
el pudor demorado
de una conciencia vigilada
por quien las sabe transparentes.

(de Bajo el cielo innumerable)








YVES KLEIN

No es agua ni profundidad: el mar es un color. Las botellas vacías, los patios vacíos. Los paisajes que vuelven, una y otra vez, para quemarse en los dedos. Y morir tan joven. Morir, tal vez, cuando la vida comienza a aburrirnos, descubriendo que es un lujo insostenible, y nosotros somos tan pobres.

(de Cariátides)




4047.- JOSÉ RAMÓN SÁNCHEZ LEYVA




José Ramón Sánchez Leyva, (Guantánamo, CUBA 3.11.1972)
Poeta y editor.
Graduado de Técnico en Geodesia y Cartografía, actualmente se desempeña como Instructor literario y es editor de la revista literaria La Noria. Es miembro de la UNEAC.
Ha publicado el poemario “Aislada noche”, Letras Cubanas, 2005; y ha obtenido el Premio “Regino E. Boti” de Poesía, 1998.
( Dirección de correo electrónico: marabuzal@yahoo.com )



del libro Aislada noche, 2005

AJEDREZ

En jaque mate comienza la partida.
Y en todo disminuye por el tablero
su enigma interrogado. Y a su contacto bicolor
no me sustraigo, que su contacto fija la mano
a otro descanso si el adversario no me coincide
y va a otro extremo en el tambor batido
por la seca colmena de mi oído.
…...Y en vano el eco florece en otro centro,
pues la palabra contraria del ajeno va resultando odiosa
donde habitar los giros del tablón expresivo
que se atrapa y concilia por las esquinas
respiradas del aire sujeto a los cuerpos
y cubierto de palabras hasta el techo
y hambriento casi por el suelo y las hormigas
y las dispersas sombras que se suceden invariables
como objetos cerrados como el cerrado olvido
de cuanto falta para tener el despido que agita.
......Por entre horas no rehúso por el juego la sorpresa,
volver a mí que expulso de la partida sin ocasiones
(que no concluye) la solución que se da como triunfo.
......Están con otra luz las piezas para un barniz de polvo.
Marcadas sin huellas no responden al desastre asumido.
Y para luego el verde de sus frutos tiernos
con su deleite comedor que posesiona lo agresivo
de los cuerpos en tales ramas y en los intentos perdidos
a cada paso de la jugada entregada y posible,
si yo la arriesgo al dictado que me impulsa
colgado en el revés seguro y su madera.
......Descuelga por gotas el alero su denuncia en las mejillas
acariciadas al llover para abrigar rendiciones y desearlas
mintiendo el apetito de mantener lo vivo porque crece.
......Que la partida acabe es mi pregunta. En un peón está
y avanza de nacer finales.









MURCIÉLAGOS

Hay murciélagos. Supuestamente existen:
Yo los creo.
......Giros erráticos. Desligada procedencia
los apresura.
......Baten. Baten las alas
y puede tejerse el viento como idea
que se inclina a mis espaldas
y de pronto volverse perpetuo
el deseo de la palabra.
......Una. Diez vueltas más y no terminan.
Cualquier paloma es bella imagen
pero ellos siguen.
.............................. ¿Adónde?
De vuelta siempre y cierran un círculo mayor.
Están y el aleteo prohíbe el incendio de los sentidos.
Enlazar el espacio con el grito que me pertenece.
O solamente que mis manos marquen el papel.










CUBIERTO EL LOBO

El lobo: cordel veloz que por mi odio pasa,
Me admite. Estoy asistido por la baba que gasta.
Me supone el vestigio que lleva soportado.
Colmillada fiel y regustada en fuego tenaz.
Fuego que seduce y recibe los rojizos copos de bronce.
......Del lobo, la pelambre miente cañaveral de liebres.
......Mastico personajes que me iniciaron y habitan.
Entiendo sólo a este. Su trabazón y el banquete.
Ronquido voraz como un idiota tenido en el sabor
que el gusto concede.
......Hablado el sol deshace su éxito. Artesanal voz
y redonda. Obispado que interpretan los vivientes
mientras la punta de pelo gris se repite en formas
de agotarme para sentirse avergonzado. Yo fui
avergonzado. Para imitarme, desnuda lengua del valle,
barriendo este animal en juego que recita la luz
(marino en años) de un puerto que interroga.
......Pero al otro estío vacilaba, más allá de la cabeza
guardiana, su peso comprendido. Y el lobo, que no me piensa,
alerta de músculo colmillazo. Y en el gruñido,
fuertes las patas tiesas: todos así.
......¿Diré que el lobo es un ácido corruptor y combativo?
......El miedo con la garganta hundida.
Su harto estómago asimilable. Letanía del cuerpo
que me acompaña en resistencia, puesto a no morir
mientras me alcanza llevar el rastro con párpados cerrados,
la trompa herida.
......Las hojas tenaces del lobo son yemas cultivadas
en el bastón tuberoso. Su fiebre asoma confundida
con el hombre de rodillas servidas en caer,
y maniatadas para su aliento que es odio tímido,
no abierto, errante por sudorosos cuartos
traseros y golpeados.
......De veras el hambre da su acento en el lobo.
......Y en la guarida al patio nuestro, de veras basta
despojarse por el otoño y re-crearse, ser rebasado.
......En cántico por el sonido oscuro
extrañamente anuda los azules juguetes de la tarde.
Luego sentado se incorpora al perro y lo seduce
con las rojizas gotas de su lengua, por el cuero lamidas,
y más adentro engorda, maduro por el tronco,
quizá perfecto bajo la sombra que entrega.










CABALLOS Y EN LA CRIN LA NOCHE

Caballos que la noche llevan a sus crines
y habitan de trotes la piel de la memoria
con chispas, coces, sudores al espacio,
se viran a mí. Sus marcas la pregunta abren.
La forma se pierde. Un largo quehacer de árboles
embosca el templo, y la oración suspende el trote
que deshace y le bebe piedras.
Soltarse de la mano caída que el pelo roza,
suspende un trote largo, extendido aún más.
Parece algo que el miedo dibuja sobre la blanca sombra
y disipa en agujeros de sombra densa
que existe cuando escucha un temblor
en ecos sostenido, y al límite color deriva:
Aquí, donde la forma cambia para tener
la taciturna condición que espera, que ofrece.
¿Qué regreso ofrece? si yo no evito (y lo parezco)
que atrás quede un desnudo cubierto por la hierba.





del libro Marabú, 2009 (inédito)

MARABÚ

Escribo como quien alza
hornos de marabú:
cada letra una espina
pues ya la inocencia
me sirve de poco. (Las vacas
que se lo comen
dan leche buena).








LAVARSE LAS MANOS

Acostado en la calle hay un hombre
que convulsiona con dolores en el pecho.
No se queja. Está sucio y maloliente.
Lo agarro por las piernas. Ayudo
a subirlo a un coche. Los caballos parten
al hospital. Cuando llegue a mi casa
me lavaré las manos cuidadosamente.









BELMONTE

Cuidaba animales en una granja del ejército
y una noche (veinte o treinta metros)
les disparé con mi carabina a dos hombres
que robaban encerrados en un rectángulo
de intensa luz amarilla. El impulso de matar
fue tan grande que no pude contenerme.
Cuando el humo y el fragor se disiparon
ya corrían por lo oscuro rompiendo miles
de ramas secas. Loma abajo. Como un incendio.
Los llamé y no se detuvieron. Volví a disparar.
Días después supe que eran hermanos.









EL POZO

Me ordenaron buscar agua
pero no confiaban en mí
y decidieron que uno de ellos
me acompañaría. El pozo
era circular y ancho
con el brocal de ladrillos.
Tuve que meterme dentro
agarrarme del borde
inclinarme y sacar el agua
con una lata sucia de conservas:
hasta que el bidón estuvo lleno.
Entonces para divertirse amenazó
con tirarme al agua. Paciente y asustado
le pedí que me ayudara a salir.
Por fin lo hizo. Me dio la mano y gritó:
¡Sube! Yo moví el torso fingiendo la subida.
Era el impulso que necesitaba para enviarlo
al fondo. Después le tiré el bidón a la cabeza:
a veces tengo buena puntería.



http://alascuba.blogspot.com/2011/06/jose-ramon-sanchez-guantanamo-1972.html









CARLOS ALCORTA [4.047]



Carlos Alcorta

Torrelavega, (Cantabria, 1959)

Carlos Alcorta es un poeta español. Codirigió las revistas y colecciones poéticas "Scriptvm" y "Ultramar". En la actualidad, es corresponsable de las Veladas Poéticas de la UIMP en Santander y de la colección de poesía de Quálea Editorial.1

Obra en verso

Dureios Hippos, (Torrelavega, 1986)
Un lugar en la memoria, (Málaga, 1988)
Lusitania, (Torrelavega, 1988)
Condiciones de Vida, (Mérida, 1992)
Cuestiones personales, (Santander, 1997, premio de poesía Alegría)
Compás de espera, (Zaragoza, Prensas Universitarias, 2001)
Trama, (Sevilla, Algaida, 2003)
Corriente subterránea, (Barcelona, 2003, premio de poesía Hermanos Argensola)
Sutura, (Madrid, 2007)
Sol de Resurrección, (Madrid, 2009)
Ahora es la noche (Valparaíso Ediciones, 2015)




ROTACIÓN


Criaturas ignorantes de la soledad, gente de horda, lo
estorninos viven en la proximidad de los estorninos.
ANTONIO CABRERA


Expulsados con saña de jardines
y lujosas terrazas arboladas
de la ciudad por un sofisticado
artefacto que emite graznidos
desenfrenados e intimidatorios
de pájaros atrozmente hostigados,
inquietos estorninos se acomodan
en un poblado y tenso cable eléctrico
que corre paralelo a la costa vecina.
Con cautela me observan cuando palmo
a palmo, pero familiarizado
ya con el escenario, me aproximo
al precipicio con el objetivo
inicial de avistar olas batiéndose
contra los farallones que fielmente
reconstruyen el cuerpo arrinconado
de un pesado mamífero.

Esa es la realidad, mi reino, aunque se sientan
vigilados y la pasión traicione
el infalible instinto de su especie,
porque no voy tras ellos.
Quietas están mis manos, y mis ojos
no se detienen en su algarabía
innecesaria, tratan tan sólo de entender
lo inentendible para describirlo
más tarde: lo que oculta al otro lado
ese horizonte abovedado,
si es verdad o no que en la lejanía
una luz espectral marca la cinta gris
que separa el presente del futuro.

¿De qué les sirve entonces levantar
violentamente el vuelo, agitando sus alas
en el aire enlutado que se extiende
ante mí, si esa imperceptible red
que despliega el temor, la molicie
que disimula su peregrinaje
infinito, acobarda y zarandea,
como a un enjambre de hojas
resecas la amaestrada polvareda,
a la bandada precavida
y en la naturaleza ya no pueden
reconocer la alianza con el cielo,
el paraíso en que se reinventaban
las formas regulares de la calma,
de su lejano origen?



NECESIDAD DEL HÉROE


“Producir, por la fuerza, pruebas de valor, de devoción y de grandeza.”
RAINER MARIA RILKE
“Es grande todo aquel que procura ser lo que ya es por naturaleza.”
RALPH. WALDO EMERSON


Desmiente a Hegel el desinteresado
gesto del hombre anónimo.

Desde lejos no puedo distinguir
su rostro, enmarcado en el espejo
retrovisor en el que se revela
la luz ya acontecida, el desnivel
falseado por la lente entre costumbre
y asombro.
¿Cuándo, cuándo se acalló
la inmaculada voz del instinto animal,
la piel, la grasa, el polvo de los días,
los astros de la noche y sus confines
borrados por la niebla?

De repente ha regresado el espíritu
a su naturaleza, a su forma primera.

No ha prescrito el impulso
solidario, el horror a la injusticia,
esa potencia de la fe que mueve
el mundo, porque cuando le desborda
la realidad, le espolea con la furia
de un relámpago, con un exigente
mandamiento, en otro se transforma,
otro postrado ante las arbitrarias
leyes de la supervivencia
otro en quien la mecánica
de sus actos precede al pensamiento.

Enraizado en la periferia, ese gesto
busca la redención sin pretenderlo.
Hay algo en el aire que lo certifica.

Yo mismo, que jamás he consumado
nada que tenga un mínimo valor,
y sumergido en la desesperanza
sólo accidentalmente he estimulado
el coraje y la generosidad,
puesto a prueba, en la misma situación,
como si ese acto fuera rutinario,
puedo representar fielmente al héroe
que describo.



CABALLOS DOMÉSTICOS


Descienden lentamente, olisqueando
con su hocico aterido fríos tallos quebrados
por el granizo y el hielo de la noche,
hacia gargantas y llanuras fértiles
cuando prevalece la primavera.
Protegida del viento la manada
por un tupido muro de follaje,
de bardas enrolladas al alambre de espino,
el único horizonte que sus ojos
divisan es un cielo encapotado
y sucio que somete sus instintos.

No ansía mansedumbre
ni prisión el deseo.

Dentro de ti, ese mismo cielo gris
cobija grandes playas, lejanías
del alma que en la adversidad se crece.
A la intemperie el corazón salvaje
se hace más fuerte. Sólo la traición
que impunemente rompe coaliciones,
y pactos y deroga el juramento
sagrado de lealtad a los que amamos,
puede obligarte a renunciar sin lucha
a esa parte de ti insumisa, indócil
que mantiene despierta tu conciencia.



OLIMPIADAS


El cántaro de arcilla que contemplo
en la zona mejor iluminada
y prominente del escaparate
muestra el esfuerzo de un atleta en plena
disputa, infibulado para proporcionar
una mínima resistencia al aire.
No trasmite la imagen vigorosa
información alguna sobre sus pensamientos,
pero es fácil concluir que la victoria
significaba mucho más que honor
y reconocimiento ciudadano.
Un campeón olímpico merece
el inefable don de la inmortalidad.
En las Odas ensalza Píndaro al vencedor,
comparándolo en ánimo y belleza
a fabulosos héroes o dioses.
Esa antigua veneración me aturde.
No le interesan a la poesía
actual agotadores desafíos.
Las carreras de fondo cuentan menos
que los velocistas de los cien metros.
Arranque súbito y final confuso.
Eso es lo que celebran en la línea
de meta, más que peculiaridad,
la verificación del duplicado,
otra variante ociosa de la nada.



LA FRAGANCIA DEL VASO

Orientada al sudeste, en las primeras
horas de la mañana repta el sol
por la ventana de la cocina entre
setos anormalmente verdecidos,
depositando sobre la encimera
invadida por restos de la cena
y vajilla grasienta el esplendor
de un cielo anaranjado que comienzan
a surcar nubes y tempranos pájaros.

Tú duermes, contrariada por esa adversidad
que no crees merecer, con las extremidades
enmarañadas sobre la sumisa
almohada esponjosa en el balasto
del sueño y escucho tu respiración
irregular, profunda igual que si surgiera
del subsuelo arenoso
y contemplo la luz reciente acariciando
el cristal fileteado con la delicadeza
de una mariposa, su sigiloso
tránsito, la osadía de su triunfo
diurno que se prolonga
por las frías paredes hasta llenar el vaso
antes vacío de una sustancia inmaterial,
mientras en la terraza se disipa
como una emanación el insano
rocío mañanero y en la eucaristía
de su deslumbramiento, detenida
en un instante eterno, se dispensan
los favores del gozo, la gracia de la ausencia
que me empuja a confiar en lo que no
veo, porque el recipiente dio forma
a lo impalpable, y sólo cuando vuelve
la noche a su dominio, soy capaz
de perseguir el rastro de orín, de óxido
que tras de sí deja la luz ya ida.



STUPOR MUNDI


Estaba adormilado en el vistoso
sofá recién comprado, imposibilitado
en la práctica para emitir algún juicio
sino ecuánime, frío e irrefutable,
sobre las trágicas contradicciones
morales que me afligen y torturan
cuando estoy más despierto. No pensaba
en nada establecido de ante mano,
deambulaba mi mente por oscilantes
crujías salpicadas de recuerdos
propiciatorios, aunque al parecer
los tentáculos de la percepción
se mantenían vigilantes porque
el fugaz aleteo enloquecido
de un canario, adquirido
la víspera, en la jaula
común, me ha conducido
al patio acristalado y reluciente,
atiborrado siempre de flores llamativas,
de mi casa natal. Trinos, cadencia,
colisiones de plumas con el rígido alambre
de la enlazada celda suspendida
pellizcan el oído. Poco importa
desde qué parte llega ese galimatías,
si de afuera, infiltrándose
como un virus letal en lo que soy,
o estaba en mí, callado, razonándome.

Cuando expira la infancia se revela
el mundo como intransitable ciénaga
y sé que en mi memoria, ya menguante
aunque se oigan las voces del pasado
rectificando errores de por vida,
retumbará su eco, buscando el fin,
como salmones envalentonados
que remontan el río ignorando sedal
y zarpa hasta llegar al oscuro naciente
y allí, sus branquias dilatadas
y casi eviscerado,
en el centro de su aniquilación
en brillar la luz que alumbra su principio.



de Ahora es la noche (2015),
de Carlos Alcorta



Caballos domésticos

Desciende lentamente, olisqueando
con el amoratado hocico duros tallos quebrados
por el granizo y el hielo de la noche,
hacia gargantas y llanuras fértiles
cuando despunta un sol primaveral,
bituminoso y aún con defectos,
sobre las fluorescentes cumbres trapeadas a intervalos.

Protegida del viento por un muro
de follaje, de bardas enrolladas al alambre de espino,
la manada parece ciega. El único
horizonte que sus ojos vislumbran
es un cielo interior, encapotado
y sucio que desoye a sus instintos.

No ansía mansedumbre
ni prisión el deseo.

Dentro de ti, ese mismo cielo gris
cobija grandes playas, lejanías
del alma que en la adversidad se crece.
A la intemperie, el corazón salvaje
se hace más fuerte, aunque desde el seno
materno se construyan los primeros
contornos de la identidad futura,
esa que se acomoda a la memoria
de la raza y te amansa con los otros.

Tener conciencia de las cosas te hace
sublevarte, cruzar la raya, amar
el riesgo, no asustarte de los lobos
y las aves rapaces. Eres un cimarrón,
trotas por las praderas libremente.

La vida no es un juego. Si alguien debe
pagar por sus errores, ha llegado el momento
de exigirlo. No temas al dolor,
la sangre se desliza por tu piel,
pero pronto la llaga se hace costra.
Un látigo o una valla no te sujetarán.
Relampaguean tus sentidos. Cambias
de escenario. Es ahora el horizonte
una incógnita por esclarecer,
la posibilidad de poner fin al miedo,
manumitido y dueño ya de tu propia historia.



Punto de partida

Estoy feliz es decir desprovisto de ilusiones
Zbigniew Herbert

Contradiciendo a mis instintos, a la naturaleza,
negando que la unión haga la fuerza,
como un Caín resucitado, violando
las leyes de defensa en la retaguardia
o quebrantando, como las higueras
cuando crecen en riscos, la estrategia
familiar de la solidaridad
entre los hombres, vivo ahora solo
—la piel cubierta ya de oscuras manchas,
los ojos sepultados en sus concavidades,
las articulaciones con reúma—,
intentando recuperar el tiempo
sin matices, el tiempo de la inocencia,
porque sé cuán artera es la presunta
honestidad del prójimo, su irrefutable
verdad, que alaba sin decir su nombre
el orden absoluto del mundo. No deseo
paz o armonía, quiero lo salvaje,
no lo domesticado, un garabato,
pensar algo que pueda avergonzarme,
escribir y pensar, pensar lo escrito,
fabricar una nueva armadura, una cámara
blindada para el ser, que así se crece,
mirándose a sí mismo, sin sufrir las coacciones
del ayer, que no existe, del presente
o del futuro, que persigo sin éxito.
Quien busca contemplar las cosas
como si no tuvieran forma definida,
con candor, pero con la desconfianza
de un recluso indultado después de muchos años,
sabe que no hay tiempo muerto en la memoria,
todo tiene un lugar que se dispone
según herméticas fatalidades,
más propias de diablillos o de ángeles
caprichosos que de la voluntad.
del hombre.

Miro al cielo, la tenue dilución
de las nubes que en su pereza imitan
deshilachadas hebras de algodón
de feria, comestible, parcialmente
teñido el mástil caramelizado
de un rojo equinoccial. Ahora brilla
el sol a través de la claraboya
y yo registro rigurosamente
las variaciones súbitas del tiempo,
los colores cambiantes del crepúsculo
en los pequeños márgenes en blanco
de las hojas del calendario.
Evalúo los destrozos que el granizo
y la irregularidad de las mareas
provocan en el huerto, como si las acciones
de la naturaleza estuvieran dispuestas
para desmoralizarme.

Ha empezado a llover sin darme cuenta.

Memorizo el perfil afeminado
de la luz que dibuja sobre el agua
estancada, un sinuoso laberinto
de carne que hipnotiza mi retina. Auguro,
en oscilante transparencia, el cruel
futuro que me espera, ahora que carezco
de grandes esperanzas y del higiénico
hábito del resentimiento.

El azar del destino nos enseña
a valorar las cosas como se merecen,
afirman los convalecientes,
para quienes el tiempo se detuvo en un punto
de una falsa línea recta.

Ya nada más puedo perder, si acaso
la vehemente calma que me quita
el aliento cuando me da la vida,
algo que me sucede también frente
a la página en blanco si me empeño,
con un estilo audaz impropio de los hechos,
en ordenar las piezas del desastre
y dar nombre a la voz de ese otro yo
que ha salido indemne,
mientras el ritmo urgente y enfebrecido
de las palabras enmaraña mis dedos
y se hermanan en un extraño cóctel
imaginación y experiencia.



Visiones del amén

Pensé que la experiencia de vivir
durante tantos años en el filo de la navaja
me volvería un hombre más ecuánime,
pero creo que no lo he conseguido.
Pensé que desde ese futuro
que no podré explorar, cuando ya sea
mi cuerpo nada entre la nada,
merecería un poco de sosiego, esa tregua
que precede al olvido permanente,
aunque algunos recuerden que fui huraño,
irascible, despótico, enrocado
en fogosas certezas de carácter privado,
ya trasnochadas. Pero yo bendigo
la solvencia de la imaginación,
capaz de fabricarnos ilusiones
y mentiras para seguir viviendo
mientras la muerte nos persigue.

Tal vez el hombre que pensaba ser
nunca existió y revele, tras la disolución
venidera, su imagen, su auténtico
perfil entre las cosas que caducan.
No propongo a quien esto lea un debate
sobre las apariencias, es algo más trágico.
Cada arruga del rostro tiene un significado,
posee su propia justificación,
es la secuela no de elementales
querellas filosóficas sobre el amor o la amistad,
sino de la degradación, como le ocurre
a los objetos cotidianos o a esas grietas irreparables
que surgen en el techo abovedado de tu cuarto
por el uso y la saña de los tiempos.

Si elevara la vista por encima
de mis prejuicios y dejara
de mirar hacia atrás, tal vez podría
encontrar otra forma más sutil de contradecirme,
de expresar el desorden que afecta a mis ideas
y sentimientos sin hacer ningún
daño a nadie; podría preguntarle
a los que están al otro lado si quieren algo
de mí, si aún me quieren. Hell is here.


Cama deshecha

(Adolf Menzel)

La luz crea en los pliegues de las sábanas
innumerable sombras. Aún arde
la brasa de los cuerpos que se han ido
en la cama vacía, aún se intuyen
restos de la aplacada agitación
que precedía al sueño, sostenida
por la cautela, por la inexistencia
de espinosas revelaciones.

Hubo mucho voluntarismo mutuo
para que se impusieran los fines del deseo
en esta noche que termina.

Esa pasión que propició la alianza
es la misma que pude malograrla.


Conversación

(Matisse)

Ha amanecido hace horas.
La claridad que tiñe de azul la habitación
desnuda se desplaza igual que un gasterópodo
por el hueco de la ventana,
con sumisión, sin jerarquía.
Al otro lado de la pared hojas
de abedul cortan los holgados lienzos
de un cielo rutinario, inofensivo.

Al calor del hogar las confidencias
se hacen más íntimas, se afirman
en palabras, en gestos, en silencios,
porque flotan como burbujas
ingrávidas pasiones enfrentadas,
contradictorias.

A la verdad se puede llegar por diferentes
caminos. Muchos hablan del sendero
que prescribe la indeterminación
como el de máxima complejidad
por sus innumerables laberintos.
Tú te has aventurado en él con prudencia,
no exenta de entusiasmo, y encontraste
en sus sofismas buenos argumentos
para apartarlo de tus preferencias.

La mente se detiene. Reflexiona.
Es carbón apagado, como decía Shelley.

Pero nadie es más sordo que quien no quiere oír.
Privarse de un sentido es otra forma
de ver el mundo, de reconocerse
en lo imperfecto.


Tratado de navegación

No salgas al jardín, es una putrescente
selva. En esta pequeña habitación
con paredes forradas de libros y algún cuadro
de interior que decora los ángulos perdidos
estarás más seguro. Nada puede ocurrirte
en este amurallado lugar donde alimentas
tus sueños y al alcance de tus manos
se ofrece un universo de batallas
de papel, duelos de honor, travesías
y naufragios, disturbios religiosos,
epidemias, lujuria, privaciones
y enloquecidos enamoramientos.
Ilion y Macbeth, Conrad, Jenofonte,
Charles Wright caminando pensativo
por los alrededores enfangados
de San Zeno Maggiore vestido de uniforme.

El silencio es tu patria. Una forma de ser y estar,
un pronombre, un adverbio, un adjetivo.
El silencio es una isla, es el cielo en que algunos
ven la revelación del paraíso.
El silencio es un viaje, una ambición.
Ya estaba fulminado en el silencio
cuando llegué a París, escribe Claude Roy.
En el silencio escribes, creas el mundo
desde tu puesto de vigía, con las palabras
de siempre, repitiéndote para que se vacíe
en ti y se haga carne, fraterna carne tuya.
¿No es esta luz que salva las cortinas
y se posa en los libros de las estanterías
la misma luz con la que se salpican
los dioses en sus juegos inocentes?

Aquí eres todo un rey, a ti solo te ofrendas.
Aquí la vida es credo y gratitud,
no duración, es una lista de aniversarios
por cumplir en cada una de las páginas.
Más tarde, cuando intentes fijar en tu memoria
la tersura de un cuerpo, una ciudad con niebla
o el ruido condensado de una sombra
al caer y no logres que las imágenes
suplanten las presencias invocadas,
no te juzgues con la severidad
con la que juzgas al traidor o al siervo.
Inventa la memoria lo que evoca
y tú has sido capaz de reconstruir
a tu manera, real aunque doliente,
una parte de ti, de tu alegría
con la frágil sutura de la imaginación.



Partes de la historia

Un día como éste, también ventoso
y húmedo, cuando apenas faltaban unas horas
para embarcar con rumbo
a la Península y era el uniforme
militar, restituido ya al celoso furriel,
un colgajo arrugado y maloliente,
baqueteado en marchas nocturnas y maniobras
intimidatorias en la frontera;
un doce de febrero por la tarde,
de hace ya más de treinta años organizaba
mi equipaje y decía adiós al campo
de instrucción, a los gritos del oficial
al mando — Joseph Roth las describió
en Puesto de vigía como “amargas
vejaciones” — y al miedo acuartelado
en el cuerpo de guardia, persuadido
de que finalizaba una etapa superflua
de mi vida. Tricornios, metralletas,
amenazantes ráfagas de fuego amotinado
dentro del hemiciclo me sorprenden
varios días después, mientras reparo
algunos desperfectos en mi casa
con más voluntad que pericia. Vuelve
el tiempo de la espada y la cruz. Oficiales
conjurados y guardias civiles a sus órdenes
pretenden convertir la faz de España
en un cuartel inmenso sometido
a sus delirios. Tengo frío, el pánico
no me deja pensar con claridad.
Mis ojos no se apartan
de la pantalla del televisor.
Pasé la noche en vela hasta que supe
que habían fracasado. No podía
imaginar entonces que la suerte
de poeta joven que estrené meses
después me atribuiría responsabilidades
futuras en el curso de la historia,
y en mi propia manera de entenderla.








.

JOSÉ MARÍA CUMBREÑO [4.045]


José María Cumbreño 

(Cáceres, 1972) es licenciado en filología hispánica y profesor de secundaria. Ha publicado los poemarios Las ciudades de la llanura (ERE, 2000), Árbol sin sombra (Algaida, 2003, Premio de poesía Ciudad de Badajoz), Estrategias y métodos para la composición de rompecabezas (El Bardo, 2008), Diccionario de dudas (Calambur, 2009), Breve biografía apócrifa de Walt Disney (Algaida, 2009, Premio de poesía Alegría/José Hierro) y, en Portugal, la antología bilingüe Teorias da ordem (Edições Sempre-em-pé, 2009). Es también autor del libro de relatos De los espacios cerrados (Fundación José Manuel Lara, 2006, Premio de narrativa breve Generación del 27), del ensayo literario Retórica para zurdos (ERE, 2010) y del diario Límites y progresiones (Baile del Sol, 2010) y  Contar. Papelesmínimos Ediciones, 2016.





El peso del aire

Esta mañana, en el parque, Irene me ha pedido que le compre un globo.
Un lazo alrededor de su muñeca evitaba que Bob Esponja saliese volando.
Ato el nudo con una fuerza contradictoria:
suficiente como para que no se deshaga,
pero no tanta como para que le duela.
Después abro mucho los ojos.
El frío. Su abrigo nuevo.
Las botas con los pantalones de pana por dentro.
No se me puede olvidar esta forma de sonreírme.
Un nudo que no se deshaga.
Porque el aire pesa más que algunos gases.
Y la vida, menos que los recuerdos.


Pensión compensatoria

Mi padre y mi madre se separaron unos años antes que yo.
Mi madre se quedó con la casa y los garajes.
Mi padre debe pasarle todos los meses a mi madre una pensión compensatoria.
Mi madre se sacó el carnet de conducir.
Mi madre se compró un coche nuevo.
En la puerta del frigorífico de mi madre hay un montón de imanes que se ha traído como recuerdo de sus viajes.
Mi madre tiene el salón lleno de portarretratos con fotos suyas: en Atenas, en San Petersburgo, en Malta, en Varsovia …
Mi madre ha estado en sitios cuyos nombres ni recuerda.
La especialidad de mi madre son los cruceros por el Mediterráneo.
Mi madre presume de todas las amigas que se ha echado.
Mi madre ha conocido a un señor viudo que la trata como a una reina (dicho por ella).
Mi madre ve a sus nietos una vez cada dos meses.
Más o menos lo mismo que a mí.
Mi madre escucha por las noches música clásica.
Deutsche Grammophon.
En la colección de discos de vinilo que hizo mi padre.
(De Genealogías, en prensa)


ESTRATEGIAS Y MÉTODOS 
PARA LA COMPOSICIÓN DE ROMPECABEZAS



Ir de fuera hacia dentro
resuelve algunos dilemas iniciales:
por dónde comenzar,
qué hacer con un buen número de piezas
(aquellas que al menos tienen
uno de sus cantos liso)
o cómo conocer
el tamaño del tablero.

El orden implica
que existe un lugar
para cada cosa.

Los colores no se diferencian de las manchas.

La forma de pintar
es el cuadro mismo.

La caja ofrece permanentemente
el modelo
que habrá de intentarse componer.
De modo que, a simple vista,
la dificultad,
superadas las primeras dudas,
no parece tan grande,
porque se diría que, por una vez,
la solución precede al problema.

Pero, al igual que el reloj
no es el tiempo
(y sin embargo lo contiene),
la figura propuesta
no está en ninguna de sus partes,
aunque todas son ella.

Llevan los niños el nombre
que seguirán llevando
cuando sean adultos.

Se supone que un juguete
sirve para divertirse.
Y de paso aprender.

Los adultos recuerdan
cómo los llamaban cuando eran niños.

Pero, mientras que todos los juegos
se quedan siempre en ensayos,
con el reloj sólo es posible
(una tribu necesita símbolos)
perder y jugar en serio.

El número de fracciones
en que se divide una imagen
altera la percepción de la imagen
y a la imagen en sí.

La erosión convirtió
las rocas en desiertos;
el viento, los desiertos en arena.

Particiones sucesivas y constantes.

Asusta saber
que, si no hubiese rozamiento,
las hélices
continuarían moviéndose
hasta el infinito.

En conclusión, un somero estudio
de las teorías de lo fragmentario
basta para demostrar:
a) Que las combinaciones aleatorias de cifras,
tarde o temprano,
dan como resultado cero.
b) Que los que habríamos sido
(por un cálculo de probabilidades)
terminan devorando
a los que hemos llegado a ser.
c) Que el sentido del rompecabezas,
en condiciones normales
de presión y temperatura,
lo aporta
no lo que poco a poco
va mostrándose,
sino aquello que los huecos no muestran.




ESTADOS DE LA MATERIA

El cuchillo existe porque hiere.
Porque quema existe el fuego.
O quizá no.
No estoy seguro de que lo contrario
no sea también verdad.

Aún no he aprendido
a reconocer las setas venenosas.

Hay hombres que se comen a las vacas
y hombres que las consideran sagradas.
El oído de los ciegos
se desarrolla más.
Los sordos saben leer los labios.

Cuando un imán se rompe,
cada trozo se convierte
en un nuevo imán.

La materia tiene estados
como los tiene la conciencia.

En una progresión ascendente
cualquier término
posee mayor valor que el anterior.

Las fases son partes de un proceso.
Pero con los procesos ocurre
como con el cuchillo y el fuego,
que para ser necesitan
algo que quemar
o alguien a quien herir.

Las líneas verticales …
¿caen o se elevan?

El orden, combinatoria y fábula,
se inventa.
Es un mecanismo de ficción
que a su vez crea ficciones.

Miles de personas se han levantado
al mismo tiempo para ir al trabajo.

El orden, oposición y fábula,
se inventa.
Teje redes imaginarias
que atrapan vidas reales.

De diez a dos y de cinco a ocho
para pagar una hipoteca
durante treinta años.

La falsa proporción
entre el delito y la pena.

Los herederos aguardan su turno
en el registro de la propiedad.

Muere el creyente confiando
en la resurrección de la carne.

Hay hombres que se comen a los cerdos
y hombres que los consideran impuros.

Ya no quiero entender lo que digo.

Si escribiese de derecha a izquierda,
el hielo del que están hechas las letras
comenzaría a derretirse.



DEMOLICIONES

He vuelto a colocar en el armario
la ropa de invierno.

El frío es un animal transparente.
El hielo es sed endurecida.

La luz, al chocar contra una superficie
que no la absorbe, se refleja
o cambia de dirección.

Penélope no tejía y destejía:
tejía para destejer.

Los bolsillos de los abrigos
se comunican
con los inviernos anteriores.
El sonido metálico
de las perchas que se cuelgan
y se descuelgan de las barras.
Cambiar una cosa por otra.

Límites y progresiones.

La luz, al pasar del aire al agua,
se desvía.

El destinatario
ya no vive aquí.

Caminaba a oscuras por tu casa
(sabía dónde estaba todo)
sin golpearme contra los muebles.

Cambiar una cosa por otra.
Cambiar una casa por otra.
Mudanzas.
Mitad irse, mitad estar.

La ciudad separa su basura.
El plástico, el papel y el vidrio
(una tribu necesita símbolos)
se tiran en contenedores distintos.

La luz, a medida que la vidriera
iba filtrándola,
se convertía en palabra de Dios.

Recuperar, reemplazar, recobrar.

La forma del edificio
descansa en los materiales utilizados.

O una verdad
dicha una sola vez
o una mentira
contada muchas veces.

Los rascacielos construidos
después del incendio.
Las catedrales levantadas
en el solar donde antes
hubo otros templos.

Apuntalar, restaurar, reforzar.

Me he mirado en demasiados espejos.

Las empresas de demoliciones
ofrecen sus servicios
en las guías de teléfonos.

Crece la ciudad a costa
de alimentarse
de sus propios escombros.

Puede que vivir se reduzca a eso:
a doblar y desdoblar ropa,
a vaciar y llenar armarios.

Mitad irse, mitad estar.
Tejer para destejer.

Las fórmulas matemáticas
definen las proporciones de la utopía.




ÚLTIMA NOCHE EN SODOMA

No me lo reproches.

Además,
¿quién sino tú me enseñó la costumbre
de dejar siempre unas nueces
y un poco de vino caliente sobre el mantel?
¿Quién sino tú ponía sábanas limpias
en la habitación de los invitados,
a pesar de que nadie, lo que se dice nadie,
podía llamar a la puerta a tales horas?
¿Quién sino tú?

Así que, por favor, deja de repetir
que debo darme prisa,
que para qué me entretengo en hacer todo esto
si sé que no voy a volver.

Aún no ha amanecido.
Aún me queda algo de tiempo,
lo presiento,
para regar la higuera del jardín
con la paciencia con que tú solías,
para dar de comer a los perros.

Fíjate.
Fíjate en lo quieta que está
el agua del estanque.
En la manera que tiene
de aceptar su destino
de océano triste
cubierto por la hojarasca.
Fíjate.
El lugar de la devastación
ha de ser algo semejante
a esas sillas de mimbre
olvidadas por descuido bajo la tormenta.

No, no me lo reproches.
¿No entiendes que es preciso
que todas las luces de la casa
permanezcan encendidas?
¿No entiendes que sólo así,
cuando por última vez vuelva el rostro
desde el último recodo,
me marcharé convencido
de que en efecto hubo una ciudad?

Y será esta ventana lo que brille a lo lejos.
Mientras dure el aceite en las lámparas.
Y resultará sencillo creer que tú me esperas
detrás de su indolencia.
Que me pedirías que entrase
como si hiciese mucho
que estuvieras esperando
y me lavarías los pies en silencio.

Y es que aún no ha amanecido.
Y es que aún puedo pararme a coger
unos cuantos higos verdes por el simple deseo
de notar la quemazón de mi esqueleto
entre la inercia de las sombras.

Así que, por favor, deja de repetir
que debo darme prisa,
que para qué me entretengo en hacer todo esto
si sé que no voy a volver.

A fin de cuentas,
tampoco sé cómo comprenderé,
qué señal
(un cambio en el color del agua,
un frío repentino)
me indicará que he llegado
por fin.

Y tú eras quien insistía,
acuérdate,
en que los preparativos de un viaje,
aunque lo parezcan,
no son las corbatas ni los pocos libros
que uno decide meter en la maleta.



LA ESTATUA DE SAL

Y la rueda resbala sin avanzar,
resbala sin avanzar ...
- Pablo García Baena -

Se han ido las aves acostumbrando
a anidar en mi boca.

Han descubierto al fin
que al tronco aquel, retorcido y nocturno
en lo alto del cerro,
jamás suben las serpientes.

Bajo la lluvia, Sodoma conserva
el candor de las piras apagadas.

Veo ciegos que se sientan alrededor de un pozo.
Veo mujeres con el vientre
abierto por el eclipse.
Veo panes sin cocer.
Veo niños que derraman
su saliva sobre los hormigueros.
Veo dátiles y nueces encima de una mesa
donde no hay comensales.
Veo el rumor oculto de las premoniciones.
Veo la higuera, los perros.
Veo el sigilo, transparente y dócil,
del veneno en las copas.
Me veo a mí misma,
caminando sin entender nada:
huyendo; simplemente huyendo.

No conoce la sombra el rostro de su esclavo
ni el fuego es rama que arde.

Ninguna puerta puede cerrarse por completo,
porque no volver no es no regresar.

Bajo la lluvia, Sodoma
va rindiendo sus piedras como bosques al fuego,
va olvidando, gota a gota,
el lugar al que sus calles llevaban.

Hay días en los que aún me pregunto
por qué miré hacia atrás.

Puede que algo asustase a los asnos.
Puede que Lot no me oyera.
Ya no lo recuerdo.

Desde aquí, la llanura cobra su dimensión
de hoguera y aljibe,
de espacio donde las aves
se reúnen y emprenden el camino del sur
para pasar otro invierno.

Llueve.

Llueve como si el agua
pesase más que la piedra,
más que el esfuerzo del carro
atrapado en el lodo.

Llueve.

Llueve como si nada fuese a sobrevivir
a la lluvia, como si esta lluvia
se llevase consigo
lo que ni tan siquiera la sal pudo quitarme.



SOMBRA SIN ÁRBOL

¿Quién no lleva un nombre que antes
no haya sido el de un muerto?

El agua de la desembocadura
no ha regado ningún jardín.

Impide la cría más fuerte que la otra coma.

Las flores trasplantadas
no arraigarán.

La mujer que no sobrevive al parto.

Una palabra dicha entre la luz
no proyecta luz.

El pescador está cebando los anzuelos.

Dibuja el compás un círculo
cuyo eje delimita magnitudes
como el tiempo o la distancia.

Son opacas las puertas de madera.

La esterilización de los sementales.

Las raíces han atraído a la noche.

El célibe mira al sol fijamente.

Un niño marca con cal
el contorno de la sombra
que dan los árboles que aún no han talado.



MÚSICA PARA CASTRATI

Antes se castraba a la gente para que su voz
sonase mejor; ahora, para que no suene.
-Ángel Crespo –


Si escribiese que leo
en dirección contraria a como escribo,
o no sería cierto que leo
o no sería cierto que escribo
o ambas cosas serían ciertas
o ninguna.

En cualquier caso,
la verosimilitud del argumento
tiene mucho más que ver
con las contradicciones
que con las evidencias.

De igual modo que el camino que asciende
debe más a las curvas
que a las rectas.

Los libros habría que empezarlos
por el final.

Entre el cero y el nueve
ocurren todas las variantes
del límite y del infinito.

Contar y perder la cuenta.
Mejor aún,
contar hasta perder la cuenta.

Porque la escala no ordena notas,
sino cifras y silencios.

Un número dividido por sí mismo.

La melancolía
es una incógnita sin despejar.
Y es precisamente la melancolía
el material dúctil y extraño
del que está hecha la música.

Ha habido soldados que,
mientras agonizaban,
han comenzado de pronto
a susurrar, delirando,
la letra de las nanas
que sus madres les cantaban.

De noche las puertas
se cierran por dentro.

A los indecisos se les repetía
(el poder se consigue
con figuras retóricas)
una fábula de renuncia y pureza:
la poda sacrifica unas ramas
para que el resto del árbol
conozca la altura.

La diferencia entre nosotros y ellos
estriba en que nosotros tenemos
un cuchillo.
Y ellos no.

El flautista continúa tocando
a cambio de unas monedas.

Los actores, en efecto, mienten de memoria.
Pero el público, que ha pagado
la entrada, sabe que son actores.

Sin embargo, aunque la función
no nos guste o ni siquiera
hayamos ido al teatro,
nunca ha de dejarse
de pagar al flautista.

De nuevo otra fábula.

Los instrumentos de viento
deforman la boca.

El mal menor no existe.

Puedo decir que leo
en dirección contraria a como escribo
o puedo de verdad leer al revés
lo que ya está escrito
y tener así el valor
de darle la vuelta al argumento
de este relato de vencedores
que (al tiempo que el himno suena
reforzando la identidad del grupo)
castran a sus prisioneros.





Contar. Papelesmínimos Ediciones, 2016


I

Cuando escribo me gusta utilizar elementos que sean opuestos. O que al menos lo parezcan. No sé, alto y bajo, por ejemplo, dentro de una frase, a veces consiguen crear un tercer espacio que ya no es alto ni bajo, sino ambos y ninguno de ellos.
Aunque eso me pasa cuando escribo. La vida es otra cosa.
Llevo once años viajando todos los días de Cáceres a Mérida. Ida y vuelta. 140 kilómetros. Todos los días.
Once años viajando sin viajar, viajando para no llegar a ningún sitio.
O quizá sí.
Luego, en clase, sigo con la sensación de estar parado en medio del movimiento.
Porque los nombres de la lista cada curso son distintos. Pero siempre tienen la misma edad.
Escribo espacio y escribo tiempo. Y me doy cuenta de que en realidad no sé qué significa ninguno de los dos.


II

Pasar todas las mañanas a la misma hora por el mismo sitio confiere a ese sitio y a esa hora la capacidad de volverse invisibles.
No siempre.
Sólo a veces.
Según el día. 


III

El nombre que tengo por las mañanas no es el que tengo por las tardes.


IV

Italo Calvino escribió que una ciudad era distinta si se llegaba a ella por mar o por tierra.
Conduzco entre la niebla agarrando el volante como si fuese el timón de un barco encallado.


V

En casa me pongo camisetas que llevan impreso el nombre de ciudades a las que nunca he ido.


VI

Los días en que me toca viajar solo, pongo música en el coche.
Los días en que me toca viajar solo, no me gusta mirar por el espejo retrovisor.


VII

Ulises intentando llegar a casa.


VIII

El horario de las clases.
El horario de los coches.
Si no le toca conducir, Pablo se queda dormido.
Cuando conduce, se pellizca los dedos sobre el volante para no dormirse.


IX

En clase casi siempre me siento un impostor.


X

Media vida pasando lista,
acostumbrado a escribir sólo
el nombre de los ausentes.

  
DRAMA EM GENTE

El padre de Fernando Pessoa en realidad no era su padre.
Con su madre hablaba en un idioma extranjero.
Sus hermanos eran hermanos suyos sólo a medias.
La lengua en la que aprendió a hablar no era la lengua en la que luego escribió.
Escribía en medio de una multitud, pero vivía solo.
Escribía de pie. Escribía de noche.
Su único amor llevaba el nombre de una heroína suicida.
Se mudó más de veinte veces dentro de la misma ciudad.
Jamás salió de Lisboa. Aunque varias veces llegó al fin del mundo. Y regresó.


JUNIO

Cada vez escribo menos.
Cada vez me da más vergüenza escribir.
Por lo general, se piensa que la inseguridad suele ser el lastre de quien empieza, aunque quizá el momento en que se duda de verdad llega después.
Al principio las cosas sencillamente se hacen.
Luego uno empieza a preguntarse no tanto por qué las hace (cualquier palabra, convenientemente golpeada, se convierte en una excusa), sino a quién cree que va a engañar con todo esto.







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