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domingo, 6 de noviembre de 2016

MANUEL GONZÁLEZ MAGARIÑO [19.480]


Manuel González Magariño   

Manuel González Magariño nace en San Sebastián, en febrero de 1971, ciudad en la que residió hasta los dieciséis años, a cuya edad se traslada a Valladolid donde fija su residencia. Ya desde muy joven siente inclinación por la literatura, siendo alumno durante dos años de Miguel Casado, poeta y crítico literario, quien le aconseja cursar estudios de filología hispánica.

Ha publicado en diversas revistas literarias de Valladolid, obteniendo el premio nacional de poesía de la revista “Poetas a corazón abierto”, de la cátedra de tertulia poética José Zorrilla, en mayo de 2010.

Sus libros:

-Eslabón roto (2011)
-Diario de una tristeza (2014)
-Interiores, (2015), ganador del III premio nacional de poesía Treciembre, con prólogo del premio Cervantes del 2002,  José Gómez Lozano, y epílogo del escritor placentino Iván Sánchez.
-Cicatrices en los tobillos, (Ed. Amargord, 2015),
-Etapas, (Renacimiento, 2016)


Cuando…

Cuando olvidemos nuestras canciones
bailaremos a su compás.

Cuando el viento llore ceniza
será demasiado tarde.

Cuando la razón no se tenga en pie
nos doblarán la otra rodilla.

Cuando levantemos los brazos
colgarán sus paraguas.

Cuando el hambre llame a la puerta
señalarán su camino con migas de pan.

Cuando vuelvan las golondrinas
harán de su metáfora propiedad privada.

Cuando nos quitemos el mono
veremos al esclavo.

Cuando hablen en nombre de la libertad
el eco agachará la cabeza.

Pero cuando abramos las manos
florecerá la revolución en ellas.


Generación

Fuimos una generación del siglo pasado
que defendió verdades
con el entusiasmo de los poetas jóvenes.

Una generación de barrio, objetores de conciencia,
amores a primera vista.

Vestida siempre dentro de la misma chaqueta
y barbas a remojo
desengañada de la novena sinfonía de Beethoven.
Una generación que escribía cartas
y soñaba viajar a Londres.
De cuenta conmigo, mochila al hombro,
de calimocho
y toallas con olor a madre
si pintaban bastos.
Una generación de sabores a fresa ácida
que volvía a celebrar su cumpleaños
cada veintitrés de febrero.


Tu nombre

Tu nombre es una trinchera donde se celebra la vida.
Es un muchacho abierto
a toda clase de locuras
que faltan por cometer
con el corazón virgen de los veinte años.
Es el gemido
de aquel túnel mientras atravesábamos Madrid
sin mirarle a los ojos.
La primera lluvia de primavera.
Un acierto en la verdad más profunda.
Tu nombre es una nueva oportunidad
al final de una larga fila
de no importas.
La ocasión que ambos merecemos.
El traductor simultáneo
convirtiendo cualquier bandera en causa justa.
Un futuro con vocación de amante.
Ese acto revolucionario de tirar la toalla
y volver a ser un niño.


*

A pesar de todo,
los poetas nunca nos cansamos de vivir.

Esta bendita locura
de disculparnos una y otra vez
sabiendo que mentíamos sin ningún pudor
porque todos los excesos merecían la pena
para alcanzar el poema perfecto.

Hubo incluso un tiempo
en el que creímos en nosotros mismos.
Protegíamos la mano de las espinas del mundo
y rechazábamos manzanas porque no quedaban paraísos.
Pero fue tarde.
Nos convertimos en los hijos malditos de Víctor Hugo.
Y así fue como nos exiliamos de espejos sin espalda
a las puertas del abismo,
y maldecimos nuestras almohadas
porque sabían demasiado.


*


Mi abuelo creía en el mar
– a pesar de sus traiciones -.
En sus amigos de la cuadrilla
y los vinos compartidos en la parte vieja.
Callaba el golpe de las olas
rompiendo bajo sus párpados.
Era un cero a la derecha
con conciencia de clase.

De vez en cuando
hablaba de golpes y arañazos
en el interior de algunas puertas.
Su juventud había envejecido
en las trincheras de una revolución
a la que seguía esperando.

Siempre acompañó mi infancia
con cualquiera de sus manos.
Los domingos por la mañana
me daba veinticinco pesetas
para que terminara con la paciencia
del dueño del quiosco,
y siempre decía que la muerte es de izquierdas
porque a todos nos llega por igual.


*

Nosotros
no dejamos ningún viaje pendiente.
No necesitamos equipaje
porque siempre hacemos todo por primera vez.
Somos la suma perfecta
de todos los pecados
que siempre quisimos cometer.


Necesidad

Necesito sucederme.
Esculpirme.
Crearme de nuevo
y volverme absoluto.


Gafas

A los once años
me llevaron al oftalmólogo.
El diagnóstico, sencillo.
Vista cansada.
No me extraña.
A esa edad
había visto demasiado.



Invierno

El invierno no dio para más.
Ahora puedo decirlo.
Ahora puedo gritarlo.
Hay infancias con el cielo siempre cubierto
a las que no se asoma nadie.
Hechas de madera.
Sin bicicleta.

Pero algún día,
la mía,
tendrá nombre de mujer.



Miedo

Me asustaban los uniformes
cuando pasaban por delante.
Sus botas decididas, implacables,
siempre iban con prisa.
Dejaban heridas las plazas,
la hierba, las palabras en voz baja.

Una vez pasadas, sin hacer prisioneros,
tras el polvo,
los antiguos idiomas salían del mar,
volvía a coser las flores,
y llamar infancia al cuarto del fondo
donde se guardaban las pistolas.



DE: ‘Cicatrices en los tobillos’ (Ed. Amargord, 2015)


No te engañes

No te engañes amigo
la felicidad reside en lo cotidiano,
justo antes de esos momentos
cuando se estiran luces y desengaños
y la ciudad enseña su cara
por debajo de la puerta.
Reconciliarme con mis derrotas,
perderme en Buenos Aires,
hablar tu idioma,
llevar los bolsillos llenos de estrellas.
Que alguien me regale una camiseta
de los Rolling Stones,
su cremallera abierta las veinticuatro horas,
gritar la verdad con el puño en alto
y que entren en razón los antidisturbios.
Ver a obreros comiendo en restaurantes de moda,
arreglar mis paredes
y acostarme contigo.
Poner tu nombre a mi cuaderno,
adornar habitaciones con objetos perdidos,
tomar café con la Señora de la limpieza
a la que nadie saluda,
y parecerme de lejos
al protagonista de tus películas favoritas.



Creo

Creo en la verdad desbordada en tu pecho.
Los cristales empañados del coche
cualquier noche entre semana.
En la luna de Panero
y el banco del parque
que no traiciona mis cuentas.
En las jornadas de puertas abiertas.
La biblioteca que compartimos.
Los ceros a la izquierda
y el resultado final
donde perdemos los mismos de siempre.

Creo en los bares de buena muerte
llenos de gente con la verdad esposada.
En las cartas sin postdata
porque ya está todo escrito.
En perder varias cabezas por tu misma causa
y el denominador común de nuestras bocas.
En no salir vivo de este poema.
Los pequeños sonidos de la casa.
Las películas que vemos a medias
bajo la manta verde
y la novena compañía
peleando por la libertad de otros
a cambio de llamarles exiliados.

Creo en los necios
porque mi silla no necesita su respaldo.
En vaciarme hasta volver a mi punto de encuentro.
En el ejemplo de los poetas malditos
y esas cosas tuyas
que todavía me sorprenden.



Recuerdo

Recuerdo aquel sábado.
Recuerdo quedarme sin aire en medio del bar
a pesar de las corrientes provocadas
por tu pelo demasiado suelto.
Acercarme a ti sin cartas de presentación
como quien cruza la calle sin cedas el paso
porque al otro lado, de repente,
todas las canciones cobran sentido.
Sonreírnos sin guardar distancias de seguridad.
Hablar entre juegos de palabras
dejando al lado tratados y cláusulas
que no pensábamos cumplir.
Olvidarnos de todo,
también del resto.
Desprendernos de etiquetas,
de salidas sin puertas de emergencia
y pedirte que te abras de piernas
para celebrar mi lugar en el mundo.



Diario de una tristeza, de Manuel González

Presentado por Yolanda Izard, ayer jueves por la tarde compartimos la presentación de Diario de una tristeza, último libro de poemas de Manuel González. La presentadora nos ha pasado amablemente el texto que leyó para dar a conocer el poemario de González.

Yolanda Izard

Buenas tardes, queridos amigos, bienvenidos a este espacio de encuentro con la poesía y muchas gracias por acompañarnos. Voy a intentar ser breve pero al mismo tiempo no dejarme nada en el tintero sobre este libro de poemas, “Diario de una tristeza”, que contiene una buena cantidad de sustancia, y por tanto seguiré la máxima de Juan Ramón Jiménez: la suprema moralidad de la brevedad. Manuel González ya recibió su bautismo de poeta impreso con su poemario “Eslabón roto”, que presentó el año pasado en la Casa Zorrilla, pero no se agota el poeta en una sola visión, que diría Aníbal Núñez, y tenía mucho todavía que decir, como lo demuestra con este segundo poemario, publicado por la editorial Origami. Manuel González, aclararé a quienes no lo conozcáis, aunque procede de San Sebastián, lleva viviendo entre nosotros desde los dieciséis años y es licenciado en Filología Hispánica, pero sobre todo es poeta en el sentido más amplio del término. Yo al menos, aunque no lo conozca demasiado, lo veo así: un poeta entregado a su oficio con una pasión y una incondicionalidad solo dignas de aquellos que llevan la escritura en su sangre y en su corazón.

¿Por qué diario de una tristeza? Todos sabemos lo que es un diario, qué nos arranca del silencio para hacernos palabra, y todos sabemos lo que es la tristeza, qué condiciones tiene que soportar el hombre para adquirir la conciencia de que no es posible separarnos de la melancolía o la pesadumbre, qué sueños se nos habrán de romper por el camino de la vida, y cuánto daño hemos de soportar. A veces la tristeza no es sino una sencilla protesta contra el desamparo. A veces la tristeza no es sino una modesta toma de posición contra la injusticia del mundo. Contra la falta de cordura, de amor, de comprensión, de compasión. Pero a veces también, como veremos en este poemario, la tristeza es el punto de partida del ser que no se conforma con los desatinos terrestres y que busca en sí mismo y en lo otro, en el gran Ello del mundo, la liquidación del transitorio estar y su sustitución por el ser verdadero. Decir todo esto con palabras es todo cuanto puede hacer un poeta, pero qué importante es su labor. Los sentimientos, las emociones, una vez vividas, pasan y se desvanecen, pero las palabras, si son el reflejo verdadero de esas emociones, abren la conciencia y, como en un espejo, multiplican la sensación de verdad, no solo en el poeta, sino en el propio lector. Y además perduran.




La conciencia de ser hombre sobre esta tierra no sería la misma sin los poetas. NI siquiera los científicos son capaces de ofrecernos tanta información sobre lo que habita y late en nuestro interior, lo que en nuestras entrañas se gesta. Cuando un poeta como Manuel dice: “El amor, cuando llega, / lo hace a través de lágrimas de ceniza, / luego deja máscaras en la almohada” no está hablando solo del amor, ni de la ceniza en que se convierte su ausencia, ni de cuántas caras puede mostrarnos, además está hablando de cada uno de nosotros, de nuestros sueños perseguidos y malogrados, de nuestra incapacidad para sostenerlos. Está hablando de una tristeza esencial que tiene que ver con el simple hecho de estar vivo, de algo cuya explicación se nos escapará siempre pero cuyo reflejo, aunque huidizo, podremos leer en versos como estos de Manuel. El poema abre el duro caparazón de la realidad y muestra lo oculto, lo invisible, lo inasible.

Escribir un diario también puede ser un desahogo. El  diario además puede tener una función descubridora ya que es el depositario de esas emergencias del subconsciente que solo brotan cuando somos capaces de suspender parte de nuestra lógica. Por tanto, no puede haber mejor forma de acercarse al diario en cuanto vehículo de conocimiento  de uno mismo que la poesía, que es la gran aliada del subconsciente, pues funciona más que con lo racional, con la intuición, que es la que da sabiduría a nuestro corazón.

Manuel González y su Diario pactan con las estaciones la entrega de su vida íntima presidida por una tristeza que tiene mucho que ver con un preguntarse sobre la propia identidad y sobre el desencuentro amoroso. La división del poemario en cuatro partes correspondientes a cada una de las estaciones, comienza en este libro con el invierno, que, paradójicamente, en el mundo de los topoi literarios representa el final, el punto de llegada sin más posibilidad de regreso. Pero aquí Manuel invierte los esquemas y nos muestra el invierno, la desolación del desamor, como un punto de inflexión necesario para construir sobre las cenizas, sobre sus escombros, sobre el naufragio afectivo, los paramentos de una regeneración. Porque, no sé si lo he dicho, este es un libro de desamor que se va convirtiendo progresivamente en un libro de amor. Es más, este es un libro de desamor y de amor que se va convirtiendo paulatinamente en un libro de búsqueda espiritual que se resuelve en el hallazgo del otro, a través de la comunión con el mundo.





Nadie dice el amor de la misma manera. Manuel lo dice en voz baja, como su ángel de la guarda, lo dice con humildad, sin grandilocuencia ni aspavientos. Tiene una emoción y trata de expresarla con una escritura cercana y sencilla, quizá por eso mismo cuando llegan sus metáforas, sus prosopopeyas, estas brillan y casi resplandecen. Y todas ellas se sustentan de tres elementos temáticos:  el amor o el desamor, la tristeza y la meditación sobre lo que sea ser hombre; y de un correlato poético: lo inanimado como trasunto de su sentir. Desde el primer poema de la primera parte, Invierno, se nos muestra este deseo del amor en toda su plenitud:

“Como el tacto de gotas de lluvia / dormidas sobre una flor / tuve el sueño de ser parte de ti.”

El invierno de Manuel tiene sed de un amor que parece escapársele siempre. Hay fechas explícitas, 11 de febrero, que es como se titula uno de sus poemas, y temas diversos que siempre remiten y desembocan en el cuerpo de la amada, visto como un paisaje de heridas que el poeta prefiere olvidar: p. 8: “Prefiero cerrar el mapa / y no tropezarme con tu recuerdo.” El otoño es aún la estación del amor triste, de un amor que no acaba de vivirse en los pronombres, como diría Salinas, porque su sentir nace ya lleno de pesadumbre y por eso sus poemas se ciernen en metáforas y personificaciones, caen llenando los versos de objetos y realidades que son el trasunto poético de su desolación, como esas manos, por ejemplo, que caen con la misma tristeza de las hojas de otoño.

Es el invierno, es el otoño que habitan entre el deseo y la inquietud vital, la frustración y el vacío desesperanzado y que tiene su indiscutible alianza con la tristeza que preside estas dos primeras partes del libro. ¿Qué hay detrás de esa tristeza que se proclama inseparable de la existencia? Hay una “llama exhausta”. Un “jardín de rosas negras”, “Una casa en ruinas”. Hay “un hombre que duerme rodeado de escombros”, un hombre que “no se reconoce en el espejo, que es la imagen del hombre partido”. Hay “el espacio feroz de la noche y su lenguaje cruel ante el espejo”. Y hay sobre todo una soledad que lo envuelve con un helado manto de emociones que tienen que ver con el desarraigo: La sensación de ser un extraño en la propia tierra. La de vivir una vida a la que le han robado su misterio. La de ser el último fantasma cosido al viento.

Es una soledad tan vívida, tan intensa, que ni siquiera puede matizarla la comunicación amorosa; es más, del propio cuerpo, ensamblado a la palabra, nace esta soledad, como tan bien lo expresa Manuel en estos versos: “Llegada la noche, /  bebí de tus pecados / con el ansia del hombre moribundo, / y vi la soledad cómo brotaba / de tu palabra desnuda.” ¿No hay remedio contra la soledad? No en estas dos partes, que tientan el nihilismo, que desconfían incluso de la capacidad del amor para someterla: “Amarla fue abrazar la soledad. / Las palabras se desprendían amarillas, / escondieron los caminos de vuelta”. P. 26

Pero el poeta sabe que de la sombra puede nacer la luz, que de los escombros alzarse una nueva vida y regenerarse, como el ave Fénix de su poema: “Fue necesario decirte adiós / para quemarme. / Mi verbo necesitó luz, / pronombres personales, / beber de hortensias azules.” Y aunque estemos escindidos, aunque, como él tan bien expresa, “La mano derecha escribe versos de acero” y “la izquierda concluye con violetas.” (p. 19) Manuel sabe también que desde nuestra identidad contradictoria, desde nuestra doble y a veces irreconciliable naturaleza, puede emerger aquel que se alce sobre el desamor, sobre el desarraigo, sobre la soledad, sobre la falta de comunicación con el mundo y con la amada, y ello gracias al amor. Sí, Manuel nos dibuja una verdadera resucitación sobre el nihilismo, la que permite que el desencanto anterior se traduzca ahora en una cita prometedora de Mihai Beniuc, que es la que abre la tercera parte, Verano: Igual que en el mes de agosto, / lloraré estrellas a montones.

“Déjame entrar”, dice Manuel. “Lo haré a través de tus ojos”. Y efectivamente, Manuel comienza a mirar aquí de otro forma el mundo. Mira y define la felicidad. Mira y define los tópicos culturales. Mira y vuela con los pájaros, los hijos del aire, ángeles de gesto rápido / que sacian su sed / con lágrimas del viento. Se mira, sobre todo, a sí mismo, desde ópticas distintas y quiere dejar de ser alguien lejano, alguien que aprenda a vivir sin temor a la belleza. Es ya ese otro que se plantea preguntas relativas a su naufragio, pues sabe que las preguntas son el inicio, que de las preguntas bebe el conocimiento. De esta forma surge el hombre nuevo, el que madura y tantea las infinitas posibilidades de la redención.

¿Y quién puede ser ese alguien nuevo sino el que se ama a sí mismo y es por tanto capaz de amar? La primavera, última parte del recorrido vital del poeta,  viene presidida por estos versos de Benedetti: “Qué buen insomnio / si me desvelo sobre tu cuerpo”. El camino espiritual de la búsqueda de uno mismo en el otro está llegando a su fin. Desamor, soledad, desarraigo han girado inexorables sobre versos sostenidos por una atmósfera de vacío, que ahora se abre a otro mundo de plenitud y significación. Se reconstruye la identidad desbaratada desde la hoguera, las llamas y la ceniza para amanecer convertido en un hombre nuevo. “Quiero ser árbol, sendero”, dice en un poema. Todas las personificaciones en que sostuvo su identidad en las partes anteriores se convierten ahora en parte de un recorrido de plenitud, en el que la comunión con la naturaleza es esencial. Ahora sabemos que este libro trata también de un recorrido espiritual que, como en los ascetas, parte de la destrucción para hallar la luz. Por eso el poeta dice: Búscame en el lenguaje secreto de los pájaros o “en el mercado comprando algo de aliento”. Porque, “si unimos manos en un mismo pálpito”, llegará el tiempo de poner nombres a las cosas.

Sí, la primera y última función del poeta es la de nominar, la de poner nombre a nuestros sentimientos de vacío o de deseo, la de ir fijando con las palabras las claves de nuestra andadura por la tierra, la de preservarnos en ellas, porque ellas son lo que somos, porque somos  lo que ellas nos dicen. Hablar del desamor y entenderlo ha sido posible con las palabras de Manuel, y asimismo hablar del encuentro con el amor y entenderlo. Entenderlo  a través de versos como estos de Manuel: “A tu vientre llegan golondrinas, / y se quedan, / y anidan metáforas alrededor de tu cintura, / y la luz se hace humana / y el sueño un hecho posible / detrás del silencio.

O de estos otros, de absoluta comunión con ese mundo que, como dijo Jorge Guillén, a pesar de todo está bien hecho, y con los que acabo:

"Termina mi búsqueda.
Respiro el mar,
doy gracias,
el universo me ha prestado sus ojos.
Contigo acaba y empieza todo.
Es propicio el tiempo.
Vamos a vivirnos."





ETAPAS de Manuel González (por Gema Estudillo)

ETAPAS
Manuel González
Ed. Renacimiento
Sevilla, 2016

Bucear en la memoria y aceptar los fragmentos que inevitablemente habrán de alojarse en nuestras  entrañas para siempre, requiere cierto tiempo y cierto ejercicio de distanciamiento. Etapas (Renacimiento, 2016) es el último libro del poeta Manuel González (San Sebastián, 1971) y es precisamente el intento de atrapar, o de hacer inventario, de esos últimos recuerdos que marcan el rumbo de toda una vida.

Plagado de referencias autobiográficas, el libro se divide en tres etapas: la infancia, marcada por la ciudad lluviosa, la presencia de armas, uniformes y pistolas en aquellos “años de plomo” que fueron los años ochenta en el País Vasco. El poema que abre el libro, "Gafas", es todo un adelanto de lo que vamos a encontrar:

A los once años
me llevaron al oftalmólogo. 
El diagnóstico, sencillo.
Vista cansada.
No me extraña.
A esa edad/ había visto demasiado. 

El niño comienza pronto a hacerse preguntas, a intuir que el mundo de los mayores guarda un oscuro secreto (“La infancia conjugó el verbo buscar/ y el mar trajo respuestas”) y su carácter sensible se rebela pronto (“Cerraba mucho los ojos./ Lo hacía muy a menudo,/ siempre que podía/... Ante los uniformes escondidos/ detrás del humo de los cigarros. En las banderas de guerra/ que ondeaban en casa” o “Me asustaban los uniformes/ cuando pasaban por delante”). 

El niño crece, adquiere conciencia, comienza su viaje hacia el amor y así la segunda etapa, el reconocimiento del yo y del otro en “Solo tú y yo", la juventud sin dinero, la búsqueda de la identidad en “Autorretrato", el primer amor en “Ella", las ilusiones en  “Sueños", la incertidumbre en “Mañana será distinto", la emancipación en “Busco casa", el amor nuevo, el amor roto, el amor usado, el amor consolidado, el amor eje vital. Unos versos de Luis García Montero a modo de dintel nos dan la clave de la tercera etapa, la madurez: 

Porque sé que los sueños se corrompen
abandoné los sueños. 

La realidad se impone. Llega el “Insomnio”, la "Mentira", el "Ego". La voz poética se condensa en formas más breves, a veces apenas unos versos que recogen lo esencial de un momento o una reflexión (“De las palabras frente al mar/ nadie puede defenderse”). Y la poesía se consolida como parte esencial de una vida:

Por encima de los años
la madera conserva su olor a bosque.
Ahí aguarda el último poema.
Ahí reposa el cuerpo del delito.

            
Es la voz de Manuel González una voz limpia, sin artificios, de dardo certero, “armada de palabras cotidianas” como dice Raquel Lanseros en el prólogo. El poema se concibe como un fragmento de cristal en el que se refleja la emoción o la experiencia de un momento. La unión de todos ellos conforma el prisma poliédrico que constituye una vida. Una vida para vivirla. Una vida para contarla. Fiel a la estela poética de los poetas del norte, accesible y cercana, la voz de Manuel González no defrauda.

Gema Estudillo






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lunes, 31 de octubre de 2016

MARÍA DOLORES ARANA [19.428]


MARÍA DOLORES ARANA

Nació en Zumaia, Guipúzcoa el 24 de julio de 1910  -  Falleció en Hermosillo, al norte de México, el 5 de abril de 1999.

Recuerdo de María Dolores Arana, 
exiliada en México

Hamaikabide Elkartea

María Dolores Arana era la primogénita de una familia profundamente tradicional, religiosa y acomodada de Guipúzcoa. Nació en Zumaia el 24 de julio de 1910, hija de Victoriano Arana y Remedios Ilarduya. Su padre era administrador de la aduana de dicha localidad. A causa del nuevo destino de Victoriano Arana, administrador de aduana de Irún, la familia regresó a la casa familiar de San Sebastián, donde María Dolores creció junto a sus ocho hermanos. Agobiada por el ambiente familiar, pronto entró en contacto con los círculos intelectuales. Todavía en San Sebastián, junto con otras amigas pintoras como Menchu Gal o Mari Paz Angoso, se integró en la sociedad GU, una sociedad gastronómica y cultural, ubicada en Angel 13, refugio de artistas e intelectuales, encabezada por José Manuel Aizpurua, el arquitecto que diseñó el edificio del Club Náutico de Donostia, preeminente miembro de Falange. Jesús Olasagasti, Juan Cabanas y otros frecuentaban esa sociedad, varios de los cuales compartían ideas con Aizpurua aunque también asistían otros artistas como Mauricio Flores Kaperotxipi y habían sido invitados además de Jose Antonio Primo de Rivera, Federico García Lorca, Max Aub o Picasso.

Dolores siguió en un principio los pasos de su padre y se presentó a las oposiciones para el cuerpo auxiliar de aduanas, pero también fue a Madrid a estudiar Filosofía y Letras. En 1935 publicó su primer libro de poesía, Canciones en azul (Zaragoza: Cierzo), y colaboró en distintas publicaciones de la época, como la zaragozana Noreste o la barcelonesa Hoja literaria. A pesar de trabajar como auxiliar de aduanas durante un tiempo, Arana quería presentarse a las oposiciones como profesora de literatura, pero el estallido de la guerra impidió que iniciara la carrera que la acercaría más a su vocación literaria. Arana inició su trayectoria literaria durante la II República. Con la guerra afloró su conciencia más política y consiguió aunar ambas inquietudes trabajando como secretaria de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura. Durante la guerra trabajó también para el gobierno republicano y prestó sus servicios en Caspe, donde conoció a quien sería su pareja, José Ruiz Borau —cuya identidad cambiaría más tarde en Francia adoptando el apellido Arana, José Ramón Arana—, líder de la UGT, entonces consejero de Obras Públicas y después de Hacienda en el gobierno autónomo de Aragón. Su compromiso con el gobierno de la República la obligó a marchar al exilio, junto a su compañero José Ramón Arana, en enero de 1939.

Después de una estancia en Francia, concretamente en Bayona, durante la cual su compañero estuvo recluido en el campo de Gurs y donde nacería su primer hijo, Juan Ramón, marcharon a América desde el puerto de Marsella, gracias a la ayuda de la norteamericana Margaret Palmer. Primero tuvieron que pasar algunos meses en Martinica, en la República Dominicana y en Cuba antes de recalar finalmente en México, en 1942. En Martinica precisamente nacería su segundo hijo, Federico.

Los primeros años en la ciudad de México fueron extraordinariamente difíciles. Para sobrevivir María Dolores Arana tuvo que emplearse como fabricante de colonia, como vendedora de golosinas, como comerciante de muñecas o como profesora particular de piano. Trabajó también como maestra en algunas escuelas, entre ellas el Colegio Madrid, fundado por exiliados españoles. No obstante, al mismo tiempo, continuaba su labor literaria en revistas del exilio como Aragón o Las Españas, con reseñas de libros y otros artículos de índole cultural, firmados con el seudónimo Medea.

Tampoco abandonaba su actividad poética, y así en 1953 publicó en el exilio su segundo libro de poemas, Árbol de sueños, con prólogo de Concha Méndez. Se trata de una poesía muy intimista, de un pesimismo marcado por las duras circunstancias del exilio, la cual surge como arma para la introspección. La soledad, la nostalgia y cierta tristeza son los rasgos predominantes del poemario, contrapuestos a destellos de optimismo y de vitalidad que explican finalmente la perseverancia en la poesía y en la vida. Por otra parte, su rigor y gran capacidad intelectual le posibilitaron colaboraciones en diversas publicaciones mexicanas.

En 1960 Arana y su compañero José Ramón se separan. Este episodio se sumará al dolor que le causaba el exilio. Su único refugio fueron entonces los libros y sus dos hijos. Su vida tuvo un gran paralelismo con la de su amiga, la también poeta, Concha Méndez. Al llegar a Cuba los Arana habían conocido a Concha Méndez y a Manuel Altolaguirre, amistad que se afianzaría posteriormente en México al reencontrarse ambas familias. Arana compartió inquietudes y experiencias con Méndez, lo cual les llevó a una admiración mutua que se puede observar en los prólogos a los poemarios que ambas poetas publicaron en México. A esta amistad se le añadió el poeta Luis Cernuda quien, desde su llegada a México, vivió en casa de Concha Méndez, a la cual fue muy asidua la propia Arana. Concha de Albornoz se sumó también a este círculo de amistad.

Las dificultades económicas remitieron un poco cuando hacia 1960 entró a trabajar en un taller de redacción de la Facultad de Economía de la UNAM y, sobre todo, cuando algo más tarde la contrataron como correctora de estilo en la Secretaría de la Presidencia de la República. Allí escribía discursos, llevaba a cabo investigaciones culturales para la presidencia, y traducía y corregía artículos.

En 1966 publicó Arrio y su querella, un breve libro de historia de la filosofía cristiana, en una colección de cuadernos de lectura popular editados por la Secretaría de Educación Pública. En la misma colección publicó más tarde otro título sobre la figura de Recaredo. Por otra parte, desde su estancia en La Martinica se había interesado por el vudú y la magia negra; fruto de este interés publicó en 1987 un libro sobre ello que tituló Zombies. El misterio de los muertos vivientes (México: Posada).

Nunca dejó de estar conectada intelectualmente con el País Vasco y España. Trabó amistad con distintos poetas y escritores del interior, con quienes mantenía correspondencia, y, a partir de la muerte del dictador, hizo algunos viajes en los que priorizaba sus estancias en la casa familiar de San Sebastián. A partir de 1961, y por mediación de su amigo Luis Cernuda, colaboró en la revista Papeles de Son Armadans, dirigida por Camilo José Cela, con quien entabló una larga amistad. Tal como le señaló el propio Cela, Arana asumió el papel de cónsul de Papeles… en México, por lo que ésta le mandaba periódicamente reseñas de libros de autores mexicanos.

Arana no volvió a España hasta después de la muerte de Franco. En el verano de 1976 realizó su primer viaje al acompañar a su hijo mayor al Festival de Cine de San Sebastián. En los 80 hizo algún viaje más y gran parte de su estancia la pasaba en la casa familiar donde había crecido. Pasados algunos años se trasladó a vivir con su hijo Juan Ramón a Hermosillo, al norte de México, donde falleció el 5 de abril de 1999.

Mar Trallero




María Dolores Arana (Zumaya, Guipúzcoa 1910-1999)  295 publicó un único libro, Canciones en azul (1935), previamente a la Guerra Civil, tras la cual se marchó al exilioen México, país en el que desarrolló una intensa actividad. Durante esta etapa, la autora,casada con el escritor aragonés José Ramón Arana, editor de Las Españas, se dedicó, adiversas actividades didácticas, editoriales y periodísticas, al tiempo que colaboró enalgunas publicaciones como Novedades, Las Españas, El ruedo ibérico, Mujeres y Papeles de Son Armadans. Con posterioridad al año 1936, publicó, así, un poemario sin título y editado manualmente en el año 1940 en Bayona, y Árbol de sueños (1953), en México, con prólogo de Concha Méndez (Rivera Rosas 141).

_________________________________________
295 A pesar de la intensa actividad de esta escritora durante su exilio en México, se tienen pocos datos de su trayectoria previa a la Guerra, con la excepción de la publicación del poemario Canciones en azul en 1935. Esta carrera literaria iniciada previamente al año 1936 continuó durante el exilio, publicando.
Durante su etapa como exiliada, se dedicó a actividades didácticas, editoriales y periodísticas y colaboró en diversas publicaciones como Novedades, Las Españas, El ruedo ibérico, Mujeres y Papeles de Son Armadans. María Dolores Arana estaba casada con el escritor aragonés José Ramón Arana, editor de Las Españas (Rivera Rosas 141).

Canciones en azul se publicó en la Colección de la Revista Noreste de Zaragoza, en Cuadernos de Poesía. La ornamentación corre a cargo de Comps Sellés, al tiempo que todo el libro está presidido por una cita de Gerardo Diego: “Porque es azul la mano del grumete, amor, amor, amor de seis a siete”. Como su mismo título indica, el libro está conformado por poemas breves y generalmente en versos de arte menor, de inspiración popular y en los que el azul, color del mar y del cielo, se convierte en símbolo de la libertad que añora un sujeto poético que ansía salir de sí hacia el mundo para poder alcanzar la realización personal: 

“Te regalo mis días 
y mis noches, 
azul viento,
viento azul.
Que así te quiero, 
con ese esmalte 
de ojos, ese bogar
marinero y esas
ráfagas, antojos
de destrozar mi velero” 

(Arana 1935a: 38). 


El viento se concreta, asimismo, como el vehículo que posibilita ese camino hacia la liberación, hacia la esencialidad y la desposesión total, ya que permite y facilita el movimiento tanto de los barcos como del propio sujeto: 


“¡Que me desnude el viento! 
¡Que me amortaje el viento!
¡Quiero vivir y morir en el viento!” 

(ibid. 46). 


En algunas ocasiones, este deseo de libertad está expresado de un modo extremadamente minimalista, en poemas brevísimos, en los que cada sema tiene significado en sí mismo: 


“Yo quiero un velero azul; 
como el de aquel marinero 
de gorra azul” 

(ibid. 28).


El sueño y la ensoñación se convierten asimismo en otra vía para alcanzar una cierta liberación mediante la salida a un espacio en el que es posible vivir nuevas vidas.
El sujeto poético se presenta, por consiguiente, como un ser lleno de anhelos y deseos, cuya sangre y pulso bullen en ansias de libertad: “Percibo el latir violento de los pulsos que derraman mi sangre bermeja por todas las esquinas. En no sé qué noche aprisionante de misterios y fatalidades” (ibid. 24). Con todo, incluso el camino de los sueños no está libre de peligros y dificultades que le causan temores irracionales: 


“He vivido en mil sueños 
mil vidas magníficas.
Cerradas las pupilas,
el pensamiento ignoto. 

¡Y tengo miedo siempre…! 
¡Y huyo de mi sombra…! 
Mi alma, gota a gota, 
en ansia se desborda” 

(ibid. 14). 


Este tono de angustia existencial y de miedo se puede identificar en numerosos poemas del libro que constituyen, sin duda, la otra cara, la visión alternativa a aquello que el título en principio parece sugerir. Así, por ejemplo, el siguiente texto constituye una desmitificación de la eternidad, que es vista como un estado que no resulta deseable, como un invento de Dios, tras el cual sólo queda la nada: 


“Eternidad fría,
insípida, falsa.
Oscilación sin pausa.
Muerte y vida. (…) 
Pulsación en el tiempo. 
Noche y día. 
Descarnada 
mentira de Dios 
y NADA” 

(ibid. 22).


En otros poemas, sin embargo, la influencia de la lírica popular resulta más evidente, de manera que es posible identificar algunos recursos característicos como la repetición de un estribillo que contribuye a dotar de una cierta musicalidad al texto.
Obsérvese, así, el siguiente poema en el que el sujeto poético parece estar reclamando el abrazo del día y la desaparición de la noche: 


“¡Bésame! 
Traga la luna 
y lávate la cara. 
Se enroscó mi alegría 
en los flecos 
de la madrugada. 
¡Bésame!
Traga la luna 
y lávate la cara
antes que nazca 
la mañana” 

(ibid. 43). 

En algunos poemas es posible identificar un cierto tono infantil, que viene dado por la sencillez del lenguaje, el minimalismo en la expresión y la simplicidad en las ideas expresadas. Así, por ejemplo, en el siguiente poema -que se sirve de la forma de la canción infantil- tenemos como protagonista a un pirata, al tiempo que una rima fácil y deliberada –riman entre sí casi todos los versos en consonante- , da la sensación de que el poema está puesto en boca de un niño: 


“No mata el pirata. 
No quiere oro y plata 
ni vestir su capa escarlata. 
Han falsificado su estrella 
¡tan bella!- 
con hoja de lata. 
¡Ay! Qué dolor tiene 
el pobre pirata 
de estrella barata” 

(ibid. 15). 


[Texto: IMÁGENES FEMENINAS EN LA POESÍA DE LAS ESCRITORAS ESPAÑOLAS DE PREGUERRA (1900- 1936)
Doctoranda: Inmaculada Plaza Agudo] 






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