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domingo, 25 de junio de 2017

DANIEL ACEVEDO [20.236]


DANIEL ACEVEDO

Daniel José Acevedo (Medellín, Colombia 1986) Historiador de la Universidad Nacional, magister en estudios literarios y tallerista de escritura creativa en el Retiro desde el 2014. Pertenece al comité editorial de la Revista Innombrable. Ha participado del I Encuentro Nacional de Poetas Jóvenes 2014.

Sus poemas y escritos han salido en varias de sus ediciones. También ha publicado en la Revista Homo Sacer de México y la Revista “Coma” de Argentina. Ha participado del I Encuentro Nacional de Poetas Jóvenes 2014 y en el evento Nuevas Voces de la Poesía en Medellín en el marco del XXVI Festival Internacional de Poesía. Hizo parte de una novela colectiva llamada “Ella, La puta” de actual circulación en la Argentina y ha participado en varios talleres literarios de ese país. Tiene un libro de cuentos inédito llamado “El Ferrocarril de los sueños perdidos” y un poemario inédito que se titula “Los Rituales del Viento”.

Maneja un Taller de Escritura Creativa. Aquí su blog: http://deveniresprosaicos.blogspot.com.co/.




Devenires Prosaicos (poemas de Daniel Acevedo)


ABISMO LUNAR

Y entonces miraba perdidamente aquel punto sonoro. Intentaba descifrar el acertijo que me presentaban aquellos labios, dos pequeñas puertas de cristal que se abrían y cerraban en un torpe concilio de palabras, un discurso que hablaba de un “nosotros” pero que quería decir “yo”. Cuando la voz se apagaba solo quedaba el horizonte de su rostro: pequeñas dunas y montañas por donde habían fluido alguna vez corrientes de luz. Pero estas ya no estaban, el suelo se había secado y fragmentado, la esperanza se diluía por las grietas de la decepción. El silencio imperaba, como un dictador somnoliento, ordenaba a la voz obedecer su régimen, le hacía caminar lejos, por los senderos del eco, para perderse en una búsqueda sin fin. Pero él, aquel hombre, seguía allí parado, un poco terco, nadie más podía llevar a cabo su misión. Y esa era una verdad temblorosa, una verdad que desestabilizaba la columna central: nadie más podía quitarse la manzana de la superficie de su rostro, nadie más podía encontrar una cuerda que amarrara los dos lados del abismo lunar. Nadie más podía convertirse en funambulista, intentar cruzar al otro lado, aceptar el riesgo de caer y hundirse, entregarse de lleno a la ausencia, a una criatura que devora gatos, recuerdos y almohadas, a una oscuridad que se expande como un torbellino bajo las cuevas subterráneas de la piel.




ASFALTO

Juan se desplomó en la calle. Su cuerpo no aguantó y cayó en el asfalto. Pequeños ríos de sangre desembocaron en las alcantarillas. Abajo, en las cloacas, el olvido se alimentaba con voracidad. Sólo lo recordarán su familia y amigos.
Pero, nadie recordará a Juan, estudiante de tercer semestre de arquitectura. Nadie recordará que le gustaba ir a cine a ver películas de Almodovar y Roberto Benigni. Nadie recordará a Juan y su baile de celebración cuando el Atletico le metía cinco a Millonarios, ni sus besos azucarados y su fetiche por las orejas femeninas. Nadie recordará su pasión por coleccionar tapas de refresco, ni sus pegajosos riffs cuando tocaba el bajo. Nadie recordará a Juan y sus estadías en el parque Malibú. Allí, prendía un cigarro, se recostaba en el banco y miraba absorto las estrellas.

Nadie recordará a Juan. Pero sí lo recordarán los gallinazos que sueñan con una cena memorable. Sí lo recordará la gente ensimismada que rodea su cadáver y disfruta del teatro de la muerte. Sí lo recordará el periodista del boletín informativo que toma fotos para el morbo. Sí lo recordará la lluvia que cae a cantaros y llora lo no-llorable. Sí lo recordará el espejo en el que se vio antes de salir ese día para su trabajo. Sí lo recordará la bala perdida que desvió su camino y atravesó su cabeza de lado a lado.

Y Juan lo sabe. Lo sabe todo. Lo sabe mientras cierra los ojos y se entrega al abismo y al silencio. Lo sabe, pero pronto lo olvidará.




EL REDENTOR DE ESCARCHA

Todo poeta tiene, potencialmente hablando, persiguiéndole en la penumbra, un vehículo, un carro de escarcha. Es el emisario del silencio, el ángel que aparece en el instante preciso, el toro con cabeza de hombre, el redentor de su alma sensible y torturada.

Pronto caerá la ciudad, la muralla de cabello, piel y palabras. No hay voz o suplica que valga ante el ariete del olvido, ante su golpe que aniquila el fuego inmanente, la vitalidad, nuestra admirable insignificancia.

¿Qué rostro tienes redentor mío?




Trayectos nebulares

Hoy he decidido arrancar las cortinas que esconden el universo. Su vista turbia, sus pliegues danzantes, ya no pueden afectarme. Salgo y me paro sobre la cornisa y salto por encima de los microabismos de runas y cemento. He visto la sombra de un pelicano que cruza la ciudad primigenia, aquella bifurcación nebular, un cielo sin brazos. He deseado mientras cruzaba mis dedos, y mi tacto diluía una barrera sin nombre, provocar ligeros cataclismos. He buscado un poco de un “yo” difuso perdido en el eco proveniente de un espejo roto.

Soy un caballito que cabalga las corrientes del cosmos y, se agita, con la danza de los nenúfares, la estela que deja con sus pasos, una mujer con ojos de ocelote. Mujer que es una y doscientos setenta y siete y se balancea en una hamaca que cuelga de los pilares del templo. Quizás, con un poco de suerte, logré descifrar la escritura cuneiforme de su abrazo. Entender porque no se cae, cuando yo torpe choco, con los cimientos de su cuerpo, polvo volcánico que simula ser piel y forja una escultura de carne.




Espectador de lo inefable

Mi abuelo es el páramo y mi abuela la fría brisa que sale de los entresijos de la montaña. Me han bendecido con su aliento fecundo mientras me bañaba en un riachuelo en Santa Elena. Quiero pensar por un instante que es posible esbozar un rostro con las piedras cercanas. Que es posible pensar en un lienzo que, mirado desde la bóveda celeste, sea digno de un museo de criaturas astrales. Allí, regocijados, con un sexto dedo apoyado en el mentón, se burlan de los colores extintos de las metrópolis y de la insignificancia de nuestros rezos. 
Aun así la brisa sigue soplando y toca sus pómulos. Aun así la brisa sigue…y trae un canto ancestral que evoca un paraíso perdido.




Aborto de los nimbos

Adentro, en el útero de la niebla, crece el feto de un burócrata. Tiene sombrero,  maleta y abrigo, del color del tucán. A su lado, una anciana le canta una nana en código binario. Sus ojos se abren y cierran, como dos ventanales, de dos solteronas, el día de San Valentín. Sus piernas se doblan y simulan ser arcos romanos para sostener un acueducto de sumas y restas. Sus manos intentan alcanzar una birome imaginaria para escribir un inventario, interminable, de suspiros bajo la lluvia.  Y pronto, cuando se escuche el aullido del semáforo, el parto iniciará. Se abrirán las puertas giratorias y la niebla desaparecerá.




537

Me ha tocado el turno quinientos treinta y siete. Tres horas y cinco minutos serán, quizás, tan sólo el inicio que saque a los primeros cincuenta caminantes fuera del escenario y el telón. Sólo sé que tengo quinientas treinta y siete razones para manifestar mi desprecio. Quinientos treinta y siete augurios de que no se abrirán los labios verdes y que, mediante un corto manifiesto y una falsa danza de papeles ambarinos, se me obligará a abdicar. Para volver luego y volver a empezar el ciclo. Quizás ya no sea el quinientos treinta y siete, sino el cuarenta y cuatro o el doscientos ochenta y dos. Poco importa, si se piensa, los números como las bisagras de un laberinto y la larga espera como un formulario que nunca se termina de rellenar.

¿Cuánto llevo aquí? ¿Dos, tres, cuatro horas? Quinientas treinta y siete conversaciones con el techo que ya no puedo recordar. Quinientos treinta y siete maldiciones que he lanzado contra el azul infausto de su oficina y sus corbatas que se asemejan a horcas para pájaros. Sacrificar un ala, registrar y consignar como pago la pluma quinientos treinta y siete, el aviso de “No se aceptan soñadores” está colgado en el gran portal. No hay un lugar para la palabra y el diálogo en el piso diez. Los vidrios de las ventanas están blindados contra las suplicas de una madre enferma, las lágrimas de los estudiantes y los aviones de papel.

La celda número quinientos treinta y siete es habitada por el cadáver de una quimera y dos gnomos barbados que registran con furia, en un folio largo, las quinientas treinta y siete veces que el viento choca contra las paredes de la prisión. Sus barrotes son intereses al doscientos por ciento que se cobran a las nubes por dejar pasar, por pequeñas aberturas, la costosa luz del sol. Quinientos treinta y siete mil pesos dice el hombre obeso de camisa de rayas es la cifra a pagar. Quinientos treinta y siete mil pesos que se repiten cada mes, un miércoles cualquiera, y que traen el advenimiento de la catástrofe, de la lluvia en las mejillas, del silencio incomodo que se extiende entre los esclavos del capital.




La Danza de los Espejos

En la colina sinuosa de Salamina
van rodando los espejos
unos, lentos, disfrutan el ritmo de las sacudidas
otros, con más prisa,
Caen, danzan y aceleran
como torpedos en el báltico

Ruedan, ruedan, los espejos
como planetas por fuera de su eje
como canicas bajo la lluvia
Ruedan, ruedan, los espejos
con el recuerdo del último rostro
y los cuerpos que desaparecen

Ruedan como protesta
contra la imposibilidad del desdoblamiento
un grito sale de sus grietas vidriosas
"Soy yo"
"Existo"
"Mis dedos son callosos y respiro el mismo aire"
"No soy tu reflejo"

Ruedan, ruedan, los espejos
sin saber que habitan la ilusión del movimiento
Ruedan, ruedan, los espejos
caminan los senderos de los hombres
y se estallan, como caracoles salinos,
Al llegar al pavimento





CLEPTÓMETROS

Un cleptómetro se posa en tu rostro
Te roba los ojos, la piel y la voz
Desarma tu lengua de palabras
Luego escapa y se escabullé 
En medio de las calles
De la ciudad del río
De la urbe de la luz.
Un cleptómetro vuela silencioso
Se mueve como un fuego fatuo 
Aparece en un breve estallido
Desaparece en la bruma
con un parpadeo agitado
o una canción de desamor.
Un cleptómetro sube por un cabello
De la montaña asesina
La parca muerte ha iniciado su discurso
Y las balas son una audiencia cumplida
Que no ven al pequeño clepto
Que excitado les roba su voz.
Un cleptómetro camina los senderos
Del cuerpo de una mujer
Navega el río que va 
de su espalda a sus nalgas
Se alimenta de suspiros y besos
Desaparece en medio de la lluvia
De las sábanas mojadas
Un cleptómetro defeca en un confesionario
Allí no puede alimentarse
Palabras travestidas
Palabras maquilladas
Palabras que les falta la pimienta
Del verdadero dolor.
Un cleptómetro casi es aplastado
Por la multitud en el metro
Metidos en sus hipnóticos rituales
De apretar teclas de símbolos
Para intentar ocultar el abismo
de su soledad de cristal.
Un cleptómetro saborea
Un helado dulce y frío
Son las palabras y el llanto
De una madre que perdió a su hijo
En la guerra del tráfico 
De esperanzas de salvación.
Un cleptómetro llega a su colmena
Aglomera las palabras en pequeños agujeros
Guarda alimento para el invierno
Y le da sopa a sus pequeñas larvas
Que sacan sus dientes
Y sonríen satisfechas.
Y en la ciudad solo queda el silencio
Ya no hay cleptómetros
Ni palabras
No queda nada
Más que el susurro del viento
El olvido y el adiós.










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jueves, 22 de junio de 2017

SALOMÓN VERHELST MONTENEGRO [20.226]


SALOMÓN VERHELST MONTENEGRO 

Salomón Verhelst Montenegro (Cartagena, Colombia   1981) estudió Filosofía en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá y se especializó en Cooperación Internacional para el Desarrollo en la Universidad San Buenaventura - Universidad de Pavía. Actualmente es docente en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad San Buenaventura (seccional Cartagena) y en la Facultad de Educación de la Universidad Santo Tomás (CAU-Cartagena). ha publicado. “A las puertas del Apsu” (2011) y El canto de la libélula (2012).



A las puertas del Apsu

A las puertas del Apsu está compuesto por cinco libros —Transeúntes, Diálogos, Epifanías, Quaestiones morales y Tetraktys—, cada uno de los cuales viene acompañado de una obra del pintor bogotano Jean Paul Moulin. Se aprecian también los otros textos que le acompañan de los escritores Ernesto Zarza González (prólogo) y David Herrera Serna (epílogo).

Se caracteriza por ser un libro que retoma formas antiguas y crea nuevas para darles legitimidad, cuando la poesía colombiana pasa por un momento de oscuridad —dada la supremacía de la narrativa y de otras artes—, puesto que no se conoce, no se edita y, según dicen las casas editoriales, no se vende.

Sobre la lírica de Verhelst Montenegro dice Zarza González: “En su arsenal de versos encontramos diversas formas métricas que van desde los trabajados pentasílabos a los laboriosos heptasílabos y de los esmerados octosílabos a los complicados decasílabos. Incluso, versos alejandrinos y mezcolanzas que forman sextillas, cuartetas, sonetos, tetraktys, etc. [...] Además, Verhelst Montenegro nos impresiona con los diálogos filosóficos que versifica espléndidamente [y] nos muestran de forma diáfana la sapiencia con la cual el autor supo afrontar los temas que plantea, de la misma manera en que nos divierte con los relatos y las moralejas que semejan las fábulas clásicas en las que la concepción etiológica prevalece”.

Por eso este libro es un esfuerzo conjunto que brilla y se abre camino frente al imperante verso libre y las formas postmodernas, como una propuesta que, desde su clasicismo, nos devuelve a reflexiones y sentires universales y contemporáneos: el destino, la muerte, la locura, la desesperanza y el amor, tratados desde una postura filosófica.

Verhelst Montenegro, a su vez, realiza traducciones y versiones poéticas de otros textos, rescatando y dándoles validez de esa manera a autores que él cree que merecen ser leídos hoy y tener reconocimiento. Pero este libro es, sobre todo, un homenaje a la familia, a los amigos y al Caribe.




Los desterrados

A Eduardo Ribón

El tiempo en su corcel
cabalga en la llanura
jinete entonces él
procede con premura
vástago de Azrael
con adarga y armadura
mira desde el dintel
y ataca con bravura.





Monólogo I

Séneca:

Nuestro paso por la Tierra es exilio,
una ruptura interna, un sinsentido;
no es sólo una cuestión de domicilio,
es como si ya hubiéramos partido.
Para curarlo no existe utensilio,
no está cabe las cosas presentido
y lo exacerba todo hasta un graznido
y no lo aplaca Bruto, ni M. Atilio.
Lucio está solo pero está consigo.
Tocan la puerta y no llama un amigo.
Un tiempo corto, se escucha un sonido.
Lucio está solo, mas no está consigo.
Un tiempo corto, y ni un leve sonido.
Es como si ya hubiésemos partido.





Escombros

Los palacios se construyen con
los escombros de los sueños.

Nicolás Gómez Dávila

Hay despedidas que anticipan nuestra partida;
fracasos que simulan nuestra impotencia.

Aislados, miramos con desdén la Moira implacable,
escribiendo con sangre el libro de los ensueños rotos.

¡Ya nada nos convoca!

Asistimos a la última puesta de sol ante un mar inclemente.

Se desvanece la espuma, mientras murmuramos su nombre en las aguas.

La marea termina por destruir todos los baluartes.

La arena es el material de nuestras vagas ilusiones.

Una voz ciega nos conmina entre la niebla.

Retorna el abandono y la amargura, y se hacen las estaciones de los años.

Se escurre de pronto una mirada, una grieta diluye nuestro mundo:
es Dios caminando entre la hierba.



Fuente:
Verhelst Montenegro, Salomón. A las puertas del Apsu. Domingo Atrasado, Bogotá, 2011.








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SANTIAGO RODAS QUINTERO [20.225]


SANTIAGO RODAS QUINTERO

Santiago Rodas Quintero. Medellín, Colombia. 1990. Ha publicado los libros Gestual (Editorial U.P.B, 2014) y Trampas Tropicales (Atarraya editores, 2015).



Es un saludo extraño
el de los cangrejos
Los cangrejos buscan sus túneles 
con la llegada de los visitantes,
el niño curioso penetra con su índice
en uno de los agujeros,
las tenazas atrapan el dedo

y sacan lágrimas al
niño que no entiende.

Es un saludo extraño
el de los cangrejos.






Carta a un joven ladrón
Recomiendo
A quien robó mis libretas
No publicar bajo ninguna circunstancia
Lo que allí se encuentra escrito.

Puede vender las hojas en blanco
pues son, en realidad,
el verdadero tesoro.






Geometrías
En círculos
los gallinazos
celebran
la geometría de la muerte.






Se necesita tener
un mar siempre cerca

A Inés Posada

Se necesita tener un mar siempre cerca
en la espesura de las montañas
en el tráfico de la ciudad
en las memorias del sueño
en las clases de filología
en la fila del banco
en el nochero de la habitación.

Se necesita tener un mar siempre cerca
del cuerpo y del alma
que nos recuerde
cada vez, que somos
insignificantes.

Animales aplastados

Algún animal es atropellado
y queda su cuerpo
tendido en el pavimento

Los carros les pasan por encima
y los aplastan hasta hacerlos
una masa negra

los mismos carros
a las mismas horas

Lentamente los cuerpos
desaparecen
como si alguien limpiara,
en silencio,
la piel y los huesos.





Fuck

Siento el rumor suave del helicóptero
que pasa sobre mi cabeza
y yo lo miro
tantear, ponderar las cosas desde arriba
bailar entre las nubes,
las montañas.
Dando tumbos acá y allá
bamboleándose
con su cuerpo de insecto negro
por el aire sucio, enrarecido
de los últimos días.
Y veo que se acerca,
que se mese
casi estático,
baja
en una línea vertical,
se me acerca.

Mientras el helicóptero me observa
yo le hago
la señal con el dedo
que aprendí en mi infancia
y no tiene traducción al español
pero en inglés
se escribe
fuck.  





Las manos

A Luis Rodas
Esta tarde he pensado
en las manos de mi tío Luis,
unas manos duras, ásperas
donde no cabe un callo más.

Cuando uno le da la mano
él la aprieta firme
y se siente el peso
de días bajo el sol y la lluvia,
el peso
de los millones de golpes
con un martillo
que han derribado
y construido cientos de muros.

Cuando él me suelta
queda un vacío,
como si la mano de mi tío
por un momento
me protegiera con su fuerza
y luego mi mano quedara abandonada a mi destino.

Pienso
que esas personas
que son capaces de levantar una casa con sus manos
saben algo que a los demás
se nos escapa. 






Carl Marx

A Juan Carlos Rodas

Desde pequeño he visto
un cuadro de Carl Marx
en mi casa.
Un tío se lo regaló a mi padre
pensando que tal vez
sería un buen regalo para un
estudiante de filosofía y letras.

Creo que el cuadro hizo
lo mismo
que hizo el corazón de Jesús
con mis amigos.

Todas las mañanas
antes de bañarme, veo sus ojos
en blanco y negro
le hago un ademán
él me da su bendición, o algo parecido.





Fuego en el espejo

Era diciembre del 97
y  en el barrio
echaban globos.
El reto era coger
el mayor número posible:
en el proceso
casi me atropellan 3 veces
subí a techos de vecinos, sin permiso,
me corté con alambre de púas,
me apuntaron con una escopeta,
caí en canaletas y huecos más de 10 veces.
Tan sólo cogí 4 globos en mi vida.

Había una técnica
que consistía en apuntar con espejos
en la mecha del globo
hasta apagar el fuego,
el globo caía y sólo hacía falta
ser el primero en agarrar la candileja.

Dudé de la veracidad del proceso
hasta ahora
cuando me veo en el espejo
y confirmo que 
la llama se hace más débil.





Los que miran aterrizar aviones

Los que miran aterrizar aviones
se sientan con sus fiambres a esperar.

Una sombra los cubre cada tanto,
sostienen la mirada en semicírculo
hasta que el avión aterriza en la pista,
satisfechos toman sorbos de su bebida.

Saben qué avión aterrizará por su ruido
-Allá viene el vuelo 9892, o el 1235- murmuran.
los aviones previstos planean por encima de sus cabezas

Su oficio es sencillo y discreto,
pasan las tardes oteando,
se aseguran que todo esté en orden.

Terminada su labor vuelven a sus oficios
de albañiles, cajeros o ciclistas.
Y el mundo continúa sin problema.

Quién sabe que pueda pasar
si tan solo una vez
los que miran aterrizar aviones
dejaran de hacerlo.





El Poeta

En el barrio donde crecí
hay un hombre que le dicen El Poeta
tiene por oficio vender pólvora de todo tipo.
Huidobro dijo que todo poema es un incendio.

Nadie en el barrio sabe con seguridad
por qué le dicen Poeta.
Algunos explican que es porque su padre era maestro.
otros dicen que él escribe versos escondido
y nunca se los enseña a nadie.

Una vez me quemé la pierna
con pólvora que compré al Poeta,
todavía conservo la marca en mi piel.
Tal vez esa sea su escritura
que como la poesía deja verdaderas cicatrices.





La espalda del río

Los cuerpos bajan por el río,
un hombre con un palo espera,
es su trabajo.

Abajo el río se parte en dos,
el hombre desvía cada cuerpo
siempre por la derecha,
para eso le pagan.

El pueblo ya tiene suficientes muertos
como para que el río
traiga más, como si nada,
en su espalda.





La poesía

Hay que tener cuidado con la poesía:
Wittgenstein atizó con un palo a B. Russel
por impedirle leer poemas de Hölderlin
en una conferencia de lógica.
Luis Vidales se trenzaba a golpes
cuando a los lectores que no les gustaba su obra se lo decían.
Huidobro expresó que la poesía de Neruda
estaba al alcance de cualquier plumífero,
Roberto Bolaño estuvo de acuerdo.
León de Greiff le escribió varios poemas
a Ciro Mendía para elogiar su enorme nariz.
Quevedo compró la casa de Madrid en la que vivía Góngora
para dejarlo en la calle.
Borges podría haber puesto la cuota inicial.
Rodolfo Enrique Fogwill escribió Los pichiciegos
según él, en lo que tardan en consumirse doce gramos de cocaína.
Joyce buscaba pelea y para no quebrar sus gafas, ni despeinar su bigote
llamaba a Hemingway que siempre estaba en el bar de al lado
y resolvía todo.
Marlowe murió por una puñalada en el ojo
por un malentendido con la cuenta de un bar.
Alguien le dijo alguna vez a Muhammad Alí, medio en broma,
“¡Hey danos un poema!” y éste dijo:
“We, Me”.









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CARLOS ANDRÉS JARAMILLO [20.224]


CARLOS ANDRÉS JARAMILLO

Carlos Andrés Jaramillo Gómez (Medellín, Colombia 1986) es estudiante de filosofía de la Universidad de Antioquia. “Extinciones”, su primer libro de poemas, fue ganador en 2014 de las becas Estímulos al Talento Creativo de la Gobernación de Antioquia.




Presentación del autor
por Cristian Bedoya


* * *

A través de un lenguaje mesurado, Extinciones devela un mundo en el que las palabras se tornan nocivas; en el que tanto la tristeza como la felicidad escapan al lenguaje; en el que el silencio no deja de manar. Establece, pues, una intercambio simbólico entre un infinito que desea ser nombrado y el silencio que encuentra a cambio, en la imposibilidad de las palabras.

Luis Eduardo Martínez

Fiel lector de autores como los argentinos Alejandra Pizarnik, Jorge Luis Borges y Hugo Mujica, el colombiano Elkin Restrepo y algunos poetas persas o japoneses, Carlos Andrés Jaramillo asevera que algunas de esas inspiraciones le han hecho entender que la poesía “es como alcanzar un gran vacío dentro de uno mismo; es algo vivencial y subjetivo”.

Por esto, y por la satisfacción de saber que al menos una persona leerá sus versos después de esta primera publicación, el escritor dice que la literatura seguirá acompañando su camino y complementando su visión filosófica.

Juan Pablo Ramírez


Extinciones
Sílaba Editores


Nada, sino esa luz inhabitable 
como en la acera un perro muerto
o llevar las vísceras en las manos
y la mirada turbia de quien se fue en la memoria.

Nada, sino esa luz,
de quieta soledad, de blancas alas
danzando en torno a la vacuidad del ser.


*


Somos un diálogo incesante, 
una palabra unida al silencio
desde la raíz.

(Un volverse contra sí mismo).

Días en que hablar,
es escuchar lo perdido. 


*


Era el tiempo.

Tú dijiste: guárdalo,
entre tus manos que escriben.

Guárdalo, en cada ojo
con el que me ves y no ves en la mañana,
con cada esperanza que has perdido
o todavía guardas.

Es el tiempo, dijiste, 
Ámalo, en cada hora que se abre
para mostrar su vacío.



*

Hemos abierto nuestra soledad:
las semillas del tiempo
(Horas que crecen en la boca,
como una floración vacía)

Nidos de la tristeza
(pájaros del pesar)

Y hemos puesto en la madera,
la fragilidad de las larvas
En el acero,
el orín de la corrosión
Amado la luz al desleírse, noche:
como los cuerpos al entrar en la muerte.

Hemos olvidado la palabra del comienzo
y la palabra del final.




Tiempo en que una hora abre sus manos,
y un hombre cierra, en sí, todas las puertas

(El ángel de la soledad se posó en tu boca).

Mudas a la destrucción,
se agitan las sombras

Todo arderá sin fuego
callará porque no calla

comí parte de mi corazón.




Sé que en la tristeza las palabras se rompen como los huesos
(no trates de pronunciarlas)

Sé que la muerte teje tus cabellos,
las hebras del río
que llega una hora desapacible,
en que la luz fenece
(un pájaro desespera en su vuelo)

Una hora en que el muerto encuentra un espejo
para mirar su boca:
el llanto de los enmudecidos,
de los que no pueden hablar.

Fuente:

Jaramillo Gómez, Carlos Andrés. Extinciones. Estímulo al Talento Creativo de la Gobernación de Antioquia, Sílaba Editores, Colección Sílabas del viento, Medellín, 2014.









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