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miércoles, 31 de mayo de 2017

AICHA MAGHRABI [20.166]

© Karlos Zurutuza



Aicha Maghrabi

Poesía de color feminista

Aicha Idris al Maghrabi es una de las pocas mujeres de Libia que han conseguido alzar su voz, una voz de poesía, durante la dictadura de Gadafi, y una de las muy pocas que continúan haciéndolo ahora, cuando el absolutismo de un jefe único ha sido reemplazada por innumerables pequeñas dictaduras locales de las milicias, que a menudo le agregan islamismo al absolutismo.

La vida en la época de Gadafi no era fácil para los literatos: A partir de 1979, numerosos escritores fueron detenidos y pasaron una década en la cárcel, entre ellos el propio marido de Maghrabi, Fathi Nasib, según recordó la poeta en una entrevista con el diario digital saudí Sauress en 2011.  En un país donde incluso los libros importados estaban sometidos a censura y control, el silencio fue para muchos escritores la única manera de sobrevivir, añadió.

La vida en la época de las milicias islamistas no es fácil para las mujeres. Y Aicha al Maghrabi sigue levantando su voz contra esa opresión, por ejemplo encabezando una marcha de mujeres a favor del derecho de circular sin “hombre protector” (un concepto islamista instaurado por alguna fetua reciente) como relató a M’Sur en una entrevista en 2014. “Hoy, las mujeres libias no somos más que un botín de guerra”, critica la poeta. “Fuimos parte de la revolución, tuvimos nuestras propias mártires pero a diferencia de los hombres no hemos conseguido ningún beneficio político de todo ello”.

Pero además de su compromiso activista, es la propia poesía, fuerte, colorida, lanzada como a brochazos, de Aicha al Maghrabi la que deja intuir la vivencia feminista de la autora: trasluce una frescura sensual (Estábamos distraídas / en el robo del día / de los regazos del atardecer…” “Fui yo la primera de las naranjas”) combinada con un juego travieso de imágenes: “Las habladurías treparon / como las campanillas / hasta mi balcón…”).

Profesora de Filosofía de la Estética, Maghrabi se graduó en esta materia en la Universidad Qar Yunes de Bengasi y estudió para su tesis en la Sorbona. En 1986 publicó su primer poemario, Las cosas buenas, al que siguió diez años más tarde Divulgando el secreto de mi hembra. En 1997 siguió La princesa de las hojas y en 2007,  El silencio de las violetas. En 2013 publicó una obra de teatro, La vendedora de flores. Y esperando la imprenta están los poemarios Pasajes de viento y Apuntes en los márgenes de los libros, así como el tomo de relatos Fantasmas de polvo.

Maghrabi se ha definido como “una poeta a tiempo completo” y ha sido invitada al Festival de poesía árabe moderna en Tozeur en Túnez (2011) y a la Feria del Libro tunecina en 2013. En 2014 cedió a la revista gaditana Caleta tres poemas suyos, que se retoman aquí en la traducción de la arabista Eva Chaves: Mujeres de naranja, La noche de ayer y Postal de Año Nuevo.

[Ilya U. Topper]



Mujeres de naranja

نساء البرتقال

Ocurrió que las estrellas
se lucían provocando
a una luna
distraída en su seducciónEstaba la noche
insomne con su taza naranja
Nos reunimos
las mujeres naranja
cuando
nos cayó encima el naranja
que irradiaba el sol
justo antes de partir

Estábamos distraídas
en el robo del día
de los regazos del atardecer
y fuimos las primeras en salir
a combatirlo

Fui yo la primera de las naranjas
en narrar la historia
en revelar el ocaso
me vigilaba
un policía astrónomo
y un inspector
de las noticias del tiempo.

Se retrasaba la luna
y las estrellas jugueteaban
con el azul
y el naranja

se confundían
noche y día
y era
un noche insomne con su taza
de colores.

Verano 2010




La noche de ayer

ليلة البارحة


Ayer
la tristeza pasó por mi puerta
guiñando un ojo, riéndose
metió el dedo índice en la ventana del corazón:
Me quedaré aquí.Ayer
los racimos iluminaban la oscuridad,
mi camino.
Tropecé con ellos
los exprimí
los bebí.
Ayer
los amigos pasaron
y no me saludaron.
Pasó el río sin desbordarse
y las cargadas nubes se calmaron
sin llover.
Las habladurías treparon
como las campanillas
hasta mi balcón.

Ayer
la ciudad palidecía
a pesar de la fiesta.
Se estrechó el horizonte
se durmieron las estrellas
y huyó la luna,
dejaron al cielo
suplicando ayuda.

Ayer
la alegría pasó con su jaleo
y no se despertaron las violetas.
La noche durmió profundamente
dejando a los sueños
en el sótano.

Ayer
mis sueños querían
una puerta a la que llamara el día.

Ayer
todos cruzaron
al lado del afecto,
se montaron a la embriaguez de la salida
les vendí los billetes de subida
y no quedó un sitio para mí.

Ayer
la lluvia estaba invitada
donde mi vecina.
Canté para ella
en el camino de al lado.
Las espigas de mi campo le bailaron
pero se disculpó por haber llegado.
Estaba cansada de caer.
Cargó con las nubes a la espalda
y nos dijo adiós con la mano.

Ayer
pasó el invierno
pesado y frío
a pesar de las chimeneas encendidas.
Pasó la tristeza por mi galería
arrastrando sus pesadas maletas.
Burlona, señalaba:
Me quedaré aquí.

Ayer, qué sabes tú de ayer.

Trípoli. Otoño, 2007.




Postal de Año Nuevo

بطاقة معايدة للعام الجديد

Cuando el mar se despojó
de las conchas
y los lugares del mundo se adormecieron
al acabar el año
anoté los deseos del año que viene
sin olor a plástico
ni a hierro
ni los cadáveres del día.Te bauticé, mis deseos
en las velas de Navidad.
Te coloreé con el dulce de los pequeños
y el letargo del día
en sus sueños.Robé del regazo de mi madre
el calor del invierno
de sus manos la henna
de su voz
el tejido de los cuentos
y su ternura son regalos
para aquellos ojos parados
al borde de la melancolía.
Te envié, mi amor
a un cartero
en la noche del Año
a los lugares de la tierra
donde las direcciones se borran con la lluvia
esparciendo, mi amor
tus estrellas sobre su oscuridad
porque
tienes lo que me basta
y abunda para la felicidad del mundo.

Te dibujé
una postal de felicitación
en los poros del Año Nuevo.

Trípoli. Invierno de 2006

© Aicha al Maghrabi  (2014). Traducción del árabe: © Eva Chaves · 





Aicha Almaghrabi: "Las mujeres libias no somos más que un botín de guerra"

Por Karlos Zurutuza

“Si no se imponen cambios inmediatos, Libia se abocaría a un modelo `afgano´ en cuanto a los derechos de la población femenina”  opina Aicha Idris Almaghrabi (Bengasi, 1956). Escritora y profesora universitaria, Almaghrabi preside también la Organización para la Defensa de la Libertad de Pensamiento. Es autora de cuatro libros de poesía, una novela y una obra de teatro, solo publicadas en árabe. Actualmente trabaja en otros tres libros, tarea que compagina con su activismo y las clases que dicta sobre filosofía de las artes plásticas.

En octubre pasado se cumplieron dos años desde el brutal asesinato de Muamar Gadafi. ¿Qué ha cambiado para las mujeres libias desde entonces?

Las cosas ciertamente han cambiado pero no a mejor. Hemos perdido los pocos derechos que teníamos. A modo de ejemplo, la poligamia sigue siendo habitual en Libia pero, al menos, el hombre necesitaba la aprobación de su esposa para casarse con una segunda vez durante el mandato de Gadafi. Hoy ya no hay necesidad de eso. En realidad, Mahmud Jibril –antiguo presidente del Consejo Nacional de Transición- en su famoso discurso tras el final de la guerra mencionó la revisión de la ley sobre la poligamia incluso antes de hablar de la reconstrucción del país y de su sociedad civil. ¿Cambios? Hoy las mujeres libias no somos más que un botín de guerra. A nivel de la calle, aquellas que reclaman sus derechos son constantemente insultadas, hostigadas y amenazadas. Fuimos parte de la revolución, tuvimos nuestras propias mártires pero, a diferencia de los hombres no hemos conseguido ningún beneficio político de todo ello.

Pero varios cargos del Gobierno sí que son ocupados por mujeres, ¿no es así?

Es cierto pero también lo es que apenas pueden conservar sus puestos porque fueron utilizadas como meros reclamos electorales. Sin ir más lejos, en el llamado “Comité de los 60” – el grupo que ha de redactar la Constitución de Libia- tan sólo hay seis escaños reservados a mujeres. Por si fuera poco, uno de los miembros del Congreso Nacional -la autoridad legislativa general en Libia- incluso pidió medidas para evitar que hombres y mujeres compartan el mismo espacio durante las reuniones. Algunas cifras también son elocuentes: un 90 % del profesorado en Libia son mujeres pero sólo un 2% participan en la toma de decisiones.

En cualquier caso, se podría pensar que la política en Libia palidece ante la figura del muftí –máxima autoridad religiosa.

El muftí ostenta la autoridad religiosa pero en Libia ésta es respaldada tanto por el aparato político como el militar. Se busca que la sharia -ley islámica- sea el núcleo del código penal y de la futura Constitución. Lo que persiguen es institucionalizar su propia interpretación del Corán, algo que resulta mucho más peligroso que el libro en sí mismo. Además, existe un debate sobre la sharia pero a menudo olvidamos que hay muchas versiones de la misma: ¿queremos la iraní ? ¿Quizás la afgana? Tal vez la marroquí?

Pero todos tienen algo en común…

Uno de sus objetivos principales es controlar a las mujeres a través de su propia visión del Corán. No me canso de insistir en que es prioritario separar la religión de la política. Desgraciadamente, las niñas en la escuela son ya obligadas a usar el hijab -velo islámico- y el muftí también está impulsando una campaña para que el resto de las mujeres cubran siempre su cabello. Soy profesora en la Universidad de Zaytuna -centro de Trípoli- pero soy la única que no cubre su cabello. El resto de mis colegas utiliza el hijab, o incluso el niqab -un paño que cubre la cara. Su número no está creciendo debido a la ley sino que es la propia presión del grupo la que se encarga de ello.

¿Qué sabe de los rumores sobre una nueva fetua –edicto islámico- que entraría en vigor a partir del próximo enero, y según la cual las libias no podrán desplazarse por el país sin un muharrim -compañero masculino?

No me sorprendería en absoluto. Vivo fuera de la ciudad y el 13 de febrero fui retenida durante una hora y media por un grupo de hombres armados de camino al trabajo porque no tenía un muharrim a mi lado. Llevé el asunto a los medios de comunicación y el 14 de marzo organizamos una protesta que dimos en llamar “la marcha por la dignidad de la mujer.” Como de costumbre, nos insultaron y amenazaron, y algunas de mis compañeras fueron incluso golpeadas.

¿Es la creciente violencia el problema más acuciante de las mujeres libias?

Es sólo uno entre muchos. Las mujeres en Libia soportamos la carga familiar en toda su dimensión. Las calles no son seguras para nosotras y sufrimos muchos asaltos e incluso secuestros. Por otra parte, todavía no hay una voluntad de garantizar los derechos de las mujeres en la nueva Constitución. La cada vez menor participación en la sociedad civil es también muy preocupante. Empezamos muy fuertes pero la creciente presión ha hecho disminuir nuestra presencia progresivamente. Hoy contemplamos con estupor cómo intentan transformar nuestros ideales de libertad y justicia a través de fetuas y discursos religiosos que tienen una fuerte influencia en las nuevas generaciones. Incluso Gadafi cambió su discurso hacia uno más religioso en los años 80, cuando se dio cuenta de que el islam podía ser una herramienta eficaz para obtener una mayor influencia sobre el pueblo. Sin embargo, la falta de derechos y libertades durante su gobierno impulsó a muchos a posiciones más extremas, como las de los Hermanos Musulmanes o los yihadistas .

¿Qué puede ayudar a desbloquear una coyuntura tan difícil para las mujeres libias?

Incluso en el improbable caso de que finalmente tengamos una Constitución basada en los derechos humanos, todavía será necesario para llevar a cabo otra revolución para cambiar la mentalidad de las mujeres libias. Pero antes de redactar la Constitución es clave acabar con la impunidad de las milicias así como la de todos los grupos armados actuando al margen del Ejército Nacional y la Policía. De no producirse cambios de forma inmediata, nos veremos abocadas a un modelo “afgano” en lo que respecta a los derechos de la mujer.








-




martes, 30 de mayo de 2017

BILAL MASRI [20.164]


Bilal Masri

Bilal Masri (Trípoli, Libia 1974).

Prácticamente desconocido aún en Europa, es uno de los poetas más importantes de la joven generación en los circuitos de la literatura árabe, no solo en su Líbano natal, con apenas un libro de relatos (Las paredes se desnudan para mi sombra), uno infantil y tres poemarios: La ceguera de los espejos, Sube el jazmín como plomo (2012) y Ligero como aceite luminoso (2015). Con este último, el poeta ha recibido críticas positivas desde Egipto a Kuwait e Iraq, pasando por Arabia Saudí, donde reside el escritor. Sin embargo, aún no constan traducciones del libanés a idiomas europeos y su nombre, fácil de encontrar en las páginas de lírica árabe, no ha saltado aún las fronteras de esta lengua.

El poeta, tanto en su lírica como en su narrativa “construye su relación con la lengua sobre una exacerbada intimidad y una bella trama que hace encontrar a las palabras un acceso a un espíritu poético profundo”, resumió la escritora argelina Zayneb Laouedj el estilo de sus obras.

Masri, que escribe en árabe fus·ha, como es habitual en la lírica.  ha cedido los poemas Ligero como aceite luminoso y Pájaro a M’Sur para su publicación en la Revista Caleta. La traducción es del poeta iraquí Abdul Hadi Sadoun.

[Ilya U. Topper]




Ligero como aceite luminoso

خفيفاً كزيت يضيئ

Oh hijo
Te envuelvo en la bufanda de las palabras
y persigo tu aliento
En una imagen – en cuyo marco no estoy –
te levanto en mis manos,
Ligero como un aceite luminoso.
Pliego el aire
y mis alientos
y te abrazo en una imagen en cuyo marco no estás.
Te veo en todas las caras
Atacas con una sonrisa
Y nos une un baile al borde de un abismo,
Como si fuéramos este aguacero
Y el ojo
Que ahoga en la palidez del agua.
Al mundo le falta nuestro encuentro
Y estas palabras como clavos
que fijo en la pared del silencio,
para clavarlos en el marco de la imagen
con mi corazón.
·· 




يا بني

ألفك بوشاح الكلمات

أتعقب انفاسك

في صورة لستُ فى إطارها

أرفعك بيدي

خفيفاً كزيت يضيئ.

أطوي الهواء

و نفسي

أضمك في صورة لستَ في اطارها

في كل الوجوه أراك

تهجم بضحكتك

تجمعنا رقصة على حافة

كأننا هذا الهطول

و العين

التى تغرق في شحوب الماء

العالم ينقصه لقاءنا

والكلمات التى اغرزها كالمسامير

في جدار الصمت

على أطراف الصورة

أدقها بقلبي

·· 



Pájaro

عصفور    

Voltea tus alas
Oh pájaro pequeño
Para que vuele mi corazón contigo.
Reúne de mí todo lo que deseas
De trigo y hierbas,
Y llévate el cielo en tu pico
Para anidar en las ramas.

Muchas hojas verdes te esperan
Muchas hojas verdes vuelan,
Oh pájaro
Y enséñame ser ligero como las hojas.



أيها العصفور 

الصغير أخفق بجناحيك 

..ليطير قلبي معك

لملم مني ما تشتهي

من القمح والعشب

أحمل السماء بمنقارك

.وحط بها على الأغصان

الكثير من الأوراق الخضراء تنتظر

الكثير من الأوراق تطير و تطير 

أيها العصفور

.علمني أن أكون خفيفاً كالأوراق


© Bilal al Masri · Traducción: © Abdel Hadi Sadoun· 










-


viernes, 3 de mayo de 2013

KHALED MATTAWA [9742]



Khaled Mattawa
Khaled Mattawa (nacido en 1964) es un poeta libio, y un reconocido escritor árabe-estadounidense, también es traductor centrándose en la traducción de la poesía árabe al Inglés. Trabaja como profesor asistente de escritura creativa en la Universidad de Michigan, Ann Arbor, Michigan, EE.UU., donde actualmente vive y escribe.

Khaled Mattawa nació en Bengasi, la segunda ciudad más grande de Libia, donde pasó su infancia y adolescencia. En 1979 emigró a los Estados Unidos. Vivió en el Sur desde hace muchos años, terminando la escuela secundaria en Louisiana y completó licenciaturas en ciencias políticas y economía en la Universidad de Tennessee en Chattanooga. Llegó a ganar una maestría en Inglés y una maestría en escritura creativa de la Universidad de Indiana, donde fue profesor de escritura creativa. 
Fue profesor de Inglés y Escritura Creativa en la Universidad Estatal de California, Northridge.
Su trabajo ha aparecido en la Kenyon Review, Blackbird, Crazyhorse, New England Repase, Callaloo, poesía oriental, Michigan Quarterly Review, The Iowa opinión, Negro Warrior revisión y el Premio Pushcart XIX, The Best American Poetry 1997 antologías. 
Khaled Mattawa comenzó a escribir poesía en la década de 1980. Su primera colección de poemas fue publicada en 1995. Luego comenzó a trabajar en la traducción de la poesía árabe de reconocidos poetas árabes en Inglés. 

BIBLIOGRAFÍA:

POESÍA:

Tocqueville New Issues, 2010 ISBN 978-1-930974-90-6
Amorisco Ausable Press, 2008, ISBN 978-1-931337-44-1
Zodiac of Echoes. Ausable Press. 2003. ISBN 978-1-931337-16-8.
Ismailia Eclipse The Sheep Meadow Press, 1995, ISBN 978-1-878818-44-7

TRADUCCIONES AL ÁRABE:

Adonis: Selected Poems (The Margellos World Republic of Letters), Yale 2010, ISBN 978-0-300-15306-4 (shortlisted for the 2011 Griffin Poetry Prize)
Amjad Nasser, (2009). Shepherd of solitude: selected poems, 1979-2004, Banipal Books, ISBN 978-0-9549666-8-3
Joumana Haddad, (2008). Invitation to a Secret Feast, Tupelo Press, ISBN 978-1-932195-62-0
Iman Mirsal, (2008). These are not oranges, my love: selected poems, Sheep Meadow Press, ISBN 978-1-931357-54-8
Maram Al-Massri, (2004). A Red Cherry on a White-Tiled Floor: Selected Poems by Bloodaxe Books, UK, 2004, ISBN 978-1-85224-640-2; Copper Canyon Press, USA, 2007
Fadhil Al Azzawi (2004). Miracle Maker, Selected Poems. BOA Editions. ISBN 978-1-929918-45-4.
Saadi Youssef, (2002). Without An Alphabet, Without A Face: Selected Poems Graywolf Press, ISBN 978-1-55597-371-1
Fadhil Al Azzawi, (1997). In Every Well A Joseph Is Weeping, poems of Quarterly Review of Books
Hatif Janabi (1996). Questions and Their Retinue: Selected Poems. University of Arkansas Press. ISBN 978-1-55728-432-7.

ANTOLOGÍAS:

Dinarzad's Children: An Anthology of Arab American Fiction, University of Arkansas Press, 2004 ISBN 978-1-55728-912-4
Post Gibran: Anthology of New Arab American Writing, Kitab, 1999, ISBN 978-0-9652031-3-5




La historia de mi rostro

Mis labios vinieron con una caravana de esclavos
Que pertenecieron al Gran Sanussi
En Al-Jaghbub fueron liberados.
Siguien viviendo en el sector pobre de Benghazi
Cerca del hospital donde yo nací.

Nunca quisieron instalarse
En Tokara aquellos griegos
Cuyas cejas yo porto
-luego olfatearon la salvia salvaje
Y declararon a mi país su lugar de nacimiento

Los caballeros de San Juan invadieron Trípoli
Los residentes de la ciudad
Divisaron ayuda de Estambul. En 1531
Los turcos trajeron mi nariz.

Mi cabello se extiende
Hasta una concubina de Septimio Severo
Ella le hacía el desayuno
Dio a luz a cuatro de sus hijos

Uqba tomó mi ciudad
En el nombre de Dios.
Nos sentamos al lado de su tumba
Y te canto:
Dulces pestañas, filoso como una flecha
¿Es ese mi rostro el que veo
Reflejado en tus ojos?

Publicado em http://www.pbs.org/newshour/art/blog/2011/03/conversation-khaled-mattawa.html
Traducido del inglés por Myriam Rozenberg








ECO &  ELIXIR 2                     

Los taxistas de El Cairo me hablan en inglés.
Respondo, y dicen tu árabe es bueno.
¿Cuánto hace que estás con nosotros? Toda la vida
digo, pero nunca me creen.
Me hablan en farsi, me hablan en griego,
respondo montañas de oro y plata,
navíos fantasma navegando mares enfangados.
Y cuando me hablan en español,
digo moriscos y Alhambra.
Digo judíos rescatados por barcos otomanos.
Y cuando me hablan en portugués,
toda mi vida les digo, café, cacao,
indios y lanzas envenenadas.
Digo Alfonso rey de Bikong escribiendo
a Manuel para que libere a sus hijos esclavizados.
Y los taxistas de El Cairo me dicen
tu árabe es sorprendentemente bueno.
Entonces me hablan en italiano,
y les cuento como yací envuelto en vendas
a un mes de camino de aquí. Les cuento
campos en el desierto, alambre de espino, viudas
e hijas muriendo, camellos babeando enfermedad,
la arena que se extiende en un pozo sin fin.
Y dicen qué bien qué bien.
¿Cuánto tiempo has estado con nosotros?
Toda mi vida, pero nunca me creen.
Entonces me hablan en francés,
y contesto Jamila, Leopold, Stanley,
cestas de manos y pies cortados.
Digo el horror, batallas de Argel.
Y me hablan en inglés
y digo Lucknow, Arbenz. Digo índigo,
Hiroshima, continentes empapados en té.
Toco el ritmo de los sellos. Invoco
a la señora Cummings, cónsul de EEUU en Atenas,
digo Ishi, Custer, Rodilla Herida.
Y los taxistas de El Cairo me dicen
tu árabe es increíblemente bueno.
Ahora dinos la verdad, di la verdad,
¿cuánto tiempo has estado con nosotros?
Digo me llamo cachorro de león,
me apellido rama rota.
Canto “Happiness uncontainable”
y “fields greening in March”
hasta hacerme arena, cansado de tanta verdad,
y como de costumbre no me creen.
Entonces me llevan a través de los embotellamientos,
el aire arenoso, las estrechas calles llenas
de Pepsi y Daewwo y las caras chupadas
de los pobres. Y cuando llegamos, los taxistas
de El Cairo y yo hablamos todas las lenguas
del mundo, y hablamos y hablamos sobre
corrupción, desilusión, las oportunidades perdidas,
las jodidas obligaciones, las tarifas astronómicas.

Traducción del inglés: Laura Casielles








GROWING UP WITH A SEARS CATALOG
IN BENGHAZI, LIBYA

Omar pointed to a pink man
riding a red lawn mower,
rose bushes, yellow tulips,
orchids framing slick sod.
Owners of villas in Jilyana,
my brother's friends
desperately needed
"the grass machines."
He planned to charge triple
his cost, build a house
by the sea. Eyes half-shut,
cigarette clouds above him,
he snored leaving unfinished
a recitation of truncated schemes.
In my room I gazed
at the pink man again,
marveled at pictures
of women in transparent bras.
How I loved their black nipples
and full gray breasts!
I fancied camping
with the blue-eyed one
in the $42 Coleman tent,
the two of us fishing
at a lake without mosquitoes,
sailing the boat on page 613.
After watching soaps
on our mahogony-cased
(27 inch) color TV,
we galloped lime green scooters
on "scabrous terrains,"
returned to our 4-bedroom home,
mud up to our knees,
to make love on the mattress
on page 1219.
One morning,
my brother and I, landed
in New Orleans, in the heat.
The city's stench nauseated us,
mosquitoes slipping through
our window screen.
At the Lake Shore Sears
he caressed lipstick
red fenders, sank fingers
in the comfort of seats.
The smallest model
was striped with silver,
and he hugged it
like a long lost niece.
In a patois of his own,
he bargained, told
universal dirty jokes.
We rode two on a nearby lawn,
sunshine, cool morning breeze.
We parked them outside
Morrison's where our waitress
said she bought all
her clothes from Sears.
That night I undressed her
gently, stroked her breasts
with my cheeks.
She sighed, and I heaved,
the air in her room
scented with my dreams.
In the morning she said
I talked in my sleep,
raved at someone,
kept asking
"What kind of flower
you want planted
next to your grave?"







RAMADAN

My mother forgets to feed her animals
because it's only fair.
She rushes to them when
she hears hoarse roosters crowing
and billy goats butting
over a last straw.
This month the moon becomes a princess.
The stars fan her,
Jupiter pours cups of wine,
Mars sings melancholy mawals.
Bearded men holding prayer beads
and yellow booklets stare at her
and point aching fingers at her waist.

In our house we break a fast
with dates from Huun
and glasses of buttermilk.
Then on to bowls of lamb soup
flavored with mint, trays
of stuffed grape leaves,
spiced fava beans drenched
in olive oil and lemon juice.
And that is only the beginning.

The spirits of Johnny Walker and gin
hide in the trunks of white Peugeots.
In the nightclubs of my city, waiters
serve only non-alcoholic beer
and belly dancers cover themselves.

Father of sixteen children, our neighbor
visits bringing two kilos of baklava.
He washes them down with a dozen
demitasses of sweet sage tea.
Before dawn he runs to one
of his two wives, both named Salma,
and loves her hurriedly,
his hands barely touching a breast.

A Mawal is an unaccompanied improvisational vocal solo regularly performed by singers of traditional Arabic music to show their poetic as well as singing prowess.







THREE KITCHENS

I pace a friend's house. On the walls,
abstracted hearts of fruit, papayas
figs and pears. The kitchen, white
and plain like a restaurant plate,
the air crisp, not a trace of food.
A year ago a cousin sent me
a video cassette of my family--
winter--mud on the stone fence
and cars, on shoes and hems.
Everyone was in the kitchen.
Through the window near the ceiling
the sun poured an avalanche of milk.
Kerosene stove on the floor,
my sister frying eggplant and squash,
curried steam wafting from a pot of rice.
Someone mentioned a wedding
and they broke into song.
I could not watch any longer.
In my kitchen, I paced between
oven and sink, diced onions,
cut tomatoes into square-inch cubes,
potatoes, carrots and celery
for stew, pressed garlic, the flavor
tarrying on my finger tips.
Forgive me. My friend's kitchen
wasn't so bad, ours not a blissful place.
On my left foot, a burn mark from tripping
on the kerosene stove, the beatings
I got there, my mother humiliated,
my father raging, his dinner late.
But the light pouring in early afternoon!
And the way at night, my bedroom window,
streetlight penetrating the curtains,
I stand in the doorway breathing the haze
and I'm at home when the electricity
had just gone out, everyone scurrying
for candles, lanterns, hurricane lamps.
Shadows large and eerie, the air thick,
we move as though under water,
careful not to stave whomever
the darkness has summoned in.
One night I told my father about
the times my heart stopped beating.
Indignant, eyes half-shut, he looked
as if to say such miracles
were expected on nights like this.
The lights would flash back on,
but we would switch off and wait
until dawn for angels to reappear.







THE PYRAMID OF KHUFU

With each step upward
another was necessary,
and every time I looked down
the familiar world seemed
a dangerous place.
I had never intended
to climb this summit,
never thought I could find
refuge in the sky.
The sand below
shimmered and disappeared
behind a boiling mirage.
With guides and camels
the tourists turbaned
in red satin were a circus
on a hot plate.
Ten steps down
I could have heard
faints echoes of their laughs.

The world crawled,
slow enough for me
to be lost and safe,
enough to be surprised
by what I had forgotten:
Near the tombs of the slaves,
my parents sat
where I left them
in the shade
fanning themselves,
nibbling on pumpkin seeds.








TWO-RIVER LEDGER

Joke used to be:
if you don't like it,
drink from the sea. Now
drink from the Nile.
Year 2030 all the fish will die
before reaching Dimietta.
Sometimes the world breaks
into shards aiming for your face.
Before they reach you
they turn into bubbles
and what joy to see them burst!

I'm talking about Lethe,
not the neighborhood in Benghazi,
five kilometers from the airport
where my father is building a house--
no architect, no map,
no contractor, no frills.
My mother says too big;
my brother, just
like the old house;
my sister, too far.
My father tells them:
Go drink from the sea.

Sadly, Fadil recites
"The waves beat ceaselessly
against my heart."
His neighbors console
"O Eye, be brave!"

Which do you think is resurrection,
the soul chiseling its way
back into the body,
or the body like a doughnut
rewrapping itself around a hole?
Is there such a thing as the art
of farewelling? Is there any other art?

Fadil now cries from a minaret,
"How I wish to drink
from the waters of Lethe,
how I wish to die
on a mountain of fruit."
His neighbors hand him
a spoonful of hashish.

Here's my father again,
drowning in his own water,
tubes out of arms and nose,
mouth open, lavender tongue.

What do you make of the dead,
their voices drifting to outer space,
and the radar we've built
to recapture them?

"Do not forget the blue shoes
I bought you when you were four.
Do not forget the nights
I carried you to the doctor,
frail, choking with coughs.
Do not forget to love your mother.
Do not forget the rosemary bush."







IN THE GLORIOUS YEMEN RESTAURANT

25 on Atlantic Avenue, faces kneaded
from Hadramout clay, and walls
the color of canned peaches. The men
and their moustaches come from a country
where all questions were answered
when Solomon glimpsed Sheba's thighs.
Here a man tells his story by the way
he drinks his tea. One named Anwar
asks about a charm he'd lost. His mother
tucked it in his pocket the day he left.
Mine I lost when an officer rummaged
through my clothes. My knees caved in,
my charm dubbed immigrant trash.
Haji Ahmad sits next to me because
my face is familiar. He opens an envelope,
shows me a picture of a niece's wedding.
When did you come here Haji?
He stares, puts on a reminiscent Sinbad:
I was young, took the first ship to Java.
Never returned. In Oran
a woman promised never to forget me.
In Jirba, I kissed the hand of a Jew
because his wife came from Sana'a.
I live here now, but I'm settled everywhere.
The cook wails Ya lail, Ya lail, a song
about tonight, how I'll walk to my room
in George and Donna's house where
Donna will be fucking another man.
Ya lail, Ya lail, Ya lail...
The waiter hands Anwar a basket
filled with lost charms--prayer beads,
photographs, false jewels. He searches
and I'm caught between laughing and weeping
because tonight I sipped sweet mint tea,
ate with my hands and licked my fingers
to satisfy a memory, to water its roots
with frankenscence and cloves.
Ya lail, Ya lail... I am here, I am there,
I am lost between Carroll Street and Smith.
I slip to full moon summers,
stars dancing to the pilgrims' return.
I slip to dreams that happened in dreams.
Ya lail, which means O night!, is a common refrain in Arabic music.