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miércoles, 7 de junio de 2017

ADRIÁN A. ASTORGANO [20.194]


ADRIÁN A. ASTORGANO

Adrián A. Astorgano (León, España 1990). Es ilustrador y diseñador gráfico,  Licenciado en Bellas Artes y Máster en Educación por la Universidad de Salamanca. Colabora activamente con publicaciones independientes como Revista Pangea, Sie7e, Revista El Humo, Mordistritus, La Fanzine, Obituario… o escribe reseñas literarias para Notodo.com. Bueno, también dibuja o se aburre a la par que desempeña labores varias: como el ensamblaje de hamburguesas e impresor multicopista.



El desencanto

(torres de humo)
al igual que el bautizado
(con mucha gracia)
como efecto 2000
             no ocurrió nada después
de cada premonición azteca
de cada best seller del montón
y seguimos esperando por Nostradamus
planes de fomento de lectura
             y de natalidad
se llenan los campos
de agua anegada (de agencias de modelos)
y huele a algo que nos se percibe
desde el autocar, tras el cristal
ponen una película de principios de los 90
una de esas
             en las que los perros hablan
cosa que de sobra sabemos, no ocurre
y sin embargo
             hay un amplio catálogo
en materiales y modelos
de ropa para mascotas
de cualquier reino animal, a preservar
(medidas contra la extinción)
una vez vi preservativos para langostas
(el amor, aún por definir)




Eterno retorno

una canción
ahora, cuando
conozco ciertos lugares
de extrema sordidez
y luces amables
                            no diré nombres
paseos de césped artificial,
presbicia desde los jueves,
al cambio de turno
oír demasiado cerca coches, derrapar
                            no conozco sus matrículas
para el apartado musical
ubicar los acordes de cualquier hit nocturno
que mas dará
de todos modos, siempre
se trata de vender tiempo
con frecuencia, uniformes;
                            no diré colores corporativos
ni mi nombre de pila
tan sólo un número de teléfono
y una cuenta bancaria,
mientras tanto
digo adiós
a lo que queda de mis uñas
y a su función,
-entre otras cosas-
de abrir ciertos envases prensados
                         que no volveré a usar.




Serenata

y el circo sigue aún encendido
tras la verja
hay una boca de riego aplastada
por el emplazamiento improvisado
de una autocaravana
y corre el agua
pavimento abajo
renacuajos sombríos
e imagino y recorro
las tripas de la ciudad
el intestino compartido
las tripas de la ciudad y su erosión
por cada uno de sus poros, se escapa
para ser comida y cagada
una y otra vez mientras llovizna
como azúcar sobre violencia
de este modo el sudor
adquiere su visado internacional
mientras cada farola
ilumina la escena del crimen
como una película (muda)
de banda sonora predecible




Sucedáneo

                                            En la infancia vivimos,
                                            y después sobrevivimos

                                            -Leopoldo María Panero


Nuestros padres fueron astronautas
(aquellos que han visto el polo y desiertos a la vez)  
nuestras tardes tan largas como una salchicha
(fosa séptica y común, cuerpos en estrecho abrazo)

A fuego lento, todo descampado donde solíamos jugar
ha terminado por hervir, hacia calles más inseguras
(precisamente a falta de infancia)
ante el posible pronóstico de una plaga de pedófilos
nos dió por crecer, entre tanto, (sólo de palabra)
huérfanos, objetos sin catalogar sobre el pavimento
esculpiendo silueta para la trampa
hablando y hablando hasta vomitar en abundancia
del valor del silencio, infravalorado en cada mutación
(el correo postal, el ruido blanco de un electrodoméstico abandonado)
en nuestro galope, tan nocturno, desesperado y fugaz
(esta torpe manía por amanecer en espiral)

Ha sido quizá nuestro lustro más confuso,
(fin de la carrera espacial y ampliación del campo de batalla)
quién iba a decir que llegaríamos hasta aquí para vivirlo
(la realidad siempre supera a la ficción).




Amigos imaginarios

No existen, lo sé.
Sé perfectamente que no existen.

Mis poemas
de amor
a la naturaleza
no están hechos de papel;
porque vuelco todo ese cariño
en una botella
hasta llenarla
y enviar el mensaje al mar.

Así que tiro de la cisterna
una vez de cada tres, entonces
doy al planeta (y a mi bolsillo)
un breve respiro de 2000 mililitros,
gracias a que quizá, el baño
está ocupado
por unos compañeros de piso, a los que
no acabo de poner cara
porque hacen voto de silencio
según una religión, que desconozco
y sólo reservan sus palabras
para hablar siempre de cosas
que no existen, pero
que nunca son poemas.

Nunca son poemas.
Poemas, (por ejemplo)
sobre ahorrar voz
o derrochar líquidos.

Nunca son algo más allá que siluetas.
A pesar del lúgubre pasillo vacío
no aparentan maldad, mas allá de esa
que veo en sus huellas sobre la porcelana.

Sé perfectamente que no existen, pero
están en mayoría y quizá
quien no exista sea yo,
o peor aún este amago de poema.





Fosa común

            Hipnotizado, miré como iban apareciendo luces en las casas.
                      No era la noche, era un complot.

                               – Agustín Fernández Mallo

Entre la arboleda
intento hacer de mi cuerpo
huésped anacoreta
en la distancia, protozoos
la ciudad ahí abajo sepultada
de bruma
al unísono, por cada saudade
continúan las escenas
de afectos especiales.
Una vez en la cima, nada más
que una antena de telefonía
para registrar el acontecimiento:
me pregunto si estos papeles
con líneas de texto
generarán más energía, que
aquella empleada en su génesis.

El homínido ya camina por sí solo,
recorre todo el cortafuegos
desde el bolsillo de mi pantalón
se aprieta la tarjeta de crédito
define su paisaje mental:
            el placer es todo mío.
Un día de rebajas
al vapor de la orina
crece un microclima fugaz;
entonces desde mis botas
Bangladesh
huele el hielo de los charcos
escapar,
huelen musgo
cazadores, que
pese a los carteles de advertencia
siempre son furtivos
tras el valle
puede oírseles disparar.




Selección natural                      

mediante asfixia

cualquier condón
acaba por convertirse
en fantasma
de segunda mano

acumulando sus cuerpos
sus nombres caducan

para superarse
el progreso crece y se inmola
alcanzando algo así, como
la nación del estar bien

un día perfecto como hoy

parece más que adecuado
arrancar las teclas CTRL y Z
de ese paisaje mental tuyo,
porque cualquier comida, todas
las fotos de gastronomía
que aparezcan en internet
han sido mierda antes y después

es una alerta en gerundio

cada grifo que gotea, viene a ser
un muñeco de nieve huérfano
o que incluso nace del todo muerto
intoxicado por tantos desguaces
que aún riegan los jardines de infancia

así que permanecen en sintonía

todavía a la caza de un ritual necesario
tras el intermitente proceso del baile









-

miércoles, 22 de marzo de 2017

ÁNGEL DE PABLOS CHAPADO [20.041]



ÁNGEL DE PABLOS CHAPADO 

(1911-1983)

TEXTOS DEL ESCRITOR Y PERIODISTA SALMANTINO ÁNGEL DE PABLOS CHAPADO (1911-1983)

Crear en Salamanca tiene la satisfacción de publicar y recordar la figura del escritor salmantino-vallisoletano Ángel de Pablos Chapado, poeta, narrador y periodista, quien fuera presidente del Ateneo de Valladolid en el periodo 1950/1955. De Pablos Chapado Ingresó en el ya desaparecido diario vallisoletano Diario Regional en 1939. En 1944 fue nombrado redactor jefe de El Norte de Castilla, y posteriormente pasó a dirigir este periódico hasta su muerte. Además del periodismo literario, Ángel Chapado mantuvo durante largo tiempo una sección en Radio Valladolid, de la cadena SER.


La selección de los textos ha sido hecha por el poeta A. P. Alencart, utilizando los libros suyos, publicados en 1997 por su hijo Ángel María de Pablos. Estos libros estarán, para su consulta, en varias bibliotecas de Salamanca.






AL PASAR…

Hospicianos que pasan alineados
con los ojos cerrados al amor.
Pobres niños que son, uniformados,
 las milicias eternas del dolor.

¿Por qué van con las frentes humilladas
y los ojos sin luz y sin afán?…
¿Qué horizontes pasean sus miradas?…
¿Con qué sueñan -si sueñan-?… ¿Dónde van?…

Hospicianos patéticos e iguales
-gorras negras y azules delantales-
que pasan entre el pueblo aglomerado.

¿No sabéis, pobres niños inocentes,
que es el mundo que humilla vuestras frentes
el mismo que os contempla acongojado?

Octubre 1929





 Ángel de Pablos con su esposa e hijos





A MI AMADA

En el espejo de Isabel de Segura
y Diego Marsilla, los famosos
Amantes de Teruel

No me mientas amor si amor no sientes,
pero ámame en silencio si me amas
con ese amor que tiene de las llamas
la pureza y el ansia transparentes.

Que si es amor tu amor, no te atormentes
en la inútil porfía que proclamas
y sé agua dormida en las retamas,
no cantarina voz como en las fuentes.

Ámame así, como se amaban antes,
como Isabel amó, callando, a Diego…
Que como Diego a su Isabel -por cuanto

se amaron de Teruel los dos Amantes-
yo te amaré, mi amor, y a este sosiego
vendremos a morir, por amar tanto.




LA FIESTA DE LA POESÍA

Por primera vez, que sepamos o recordemos, va a celebrarse en España, en toda España, la fiesta de la Poesía, coincidiendo además con la iniciación de la primavera. Unos cuantos poetas de primera línea, figuras ilustres de nuestra Li­teratura, con las firmas de Jacinto Benavente y de Concha Espina en vanguardia, han lanzado un manifiesto, que se decía antes; un mensaje, que se dice ahora, a todos los poetas españoles, proponiendo la celebración anual de la Fiesta de la Poesía en todos los pueblos de habla española.

«No importa -dice el mensaje- dónde o cómo prestéis esta milicia espiritual de los versos. No importan las diferencias geográficas, la capital con eco o el pueblo sin resonancia, donde cantéis a la vida sobre su misma prosa. Tampoco importan las escuelas, las maneras o las tendencias en que se inspire vuestra voz. Sobre las externas diferencias de los «ismos», todos ellos respetables por su no­ble intención, está siempre la realidad, gloriosa y definitiva, de sentirse unidos en la poesía»…

Milicia espiritual de los versos… Estas palabras que ahora abren el mensaje de unos poetas españoles a otros poetas españoles, nos han traído a la memoria, han reavivado un sentimiento propio, una idea que ya hace tiempo expuse en una de estas Glosas de Actualidad. Decía yo entonces, en estas o parecidas palabras: «Ante el panorama del mundo, en esa encrucijada a que ha llegado la humanidad, cuando el fantasma de otra guerra, de otras calamidades y de otros horrores le­vanta su sombra y proyecta su angustia sobre todos los pueblos, ¿no será hora de lanzar sobre el mundo una ofensiva de poesía, una invasión de poesía?… Que to­dos los poetas que aún quedan en la tierra vuelvan a ser juglares y se echen a co­rrer todos los caminos, que reciten sus versos en ciudades y aldeas, en los trenes en marcha, en los aviones en vuelo, en los barcos, por la tierra, por el cielo y el mar, par que caigan las fronteras, las barreras y los telones, y los hombres vuel­van a comprender la poesía para volver a comprenderse ellos. Es la hora de los juglares, de los poetas héroes, dispuestos a morir con un verso en los labios ante el pelotón de ejecución, acusados de espionaje a favor de esa gran potencia que es la poesía…

Y en verdad, ¡qué rara y peregrina cosa es esta de la poesía!… La deseamos, la presentimos, la esperamos, muchas veces con el alma en flor; y cuando la poe­sía viene hacia nosotros quisiéramos huir, dejarla pasar, con miedo a amarla de­masiado, como el poeta a aquella niña rubia que dejó pasar, «porque tuvo miedo de amar con locura», o como aquella Galatea que

«Junto al agua se ponía y las olas aguardaba, y en verlas llegar, huía; pero, a veces no podía y el blanco pie se mojaba»…

Y así nos ocurre a veces a los enamorados de la Poesía, que la esperamos a su orilla, y en verla llegar, huimos, aunque a veces también no podamos y nos mojemos el blanco pie del alma en el agua clara de sus versos.

Las gentes suelen desdeñar un tanto a los poetas, que son éstos que se dejan mojar los pies en el mar de la poesía. Se nos suele tachar de ilusos o de locos, so­bre todo en estos tiempos de, cómo diría, de materialismo y de prosa cinemato­gráfica. Y sin embargo, cuando cae en manos de la gente un libro de versos, cuan­do cae ella misma en un recital de poesía, yo sé que sus almas piensan cosas muy distintas, yo sé que esas gentes, todos, se sienten acariciados por ese mismo fer­vor del que reza en éxtasis. ¡Qué poco pesa el cuerpo entonces!… Se diría que al­go nos ha hechizado, que algo nos vuelve elementales, y percibimos a la perfec­ción lo único que en nosotros hay de eternidad.

¡Bienhaya esta fiesta de la Poesía!… que con ella, a su conjuro, vuelva a revivir, a soñar, a cantar, la vieja poesía española, que está hoy como dormida en la latencia de las tradiciones, en las costumbres campesinas, romances, coplas, vi­llancicos, conservados de generación en generación, con rumor de tiempo y bisbi­seo de plegaria, como se conservan retablos y cristos en la penumbra, con polvo de siglos, de las iglesias parroquiales. Que el poeta vuelva a ser juglar, que diga y que cante sus versos, para hacer buenos a los hombres. Soñar no cuesta nada to­davía, está libre de impuestos, y los que soñamos podemos hacer soñar a los de­más. Que todos los poetas se den cuenta de que son soldados, en esa milicia espi­ritual de los versos. ¡Bienhaya, repetimos, esta Fiesta de la Poesía que, bajo el pa­tronazgo de San Juan de la Cruz -santo y poeta- se celebrará también aquí, en Valladolid, el próximo viernes, 21 de marzo, primer día de la primavera española!…

17-111-1952






EL POETA

Cuento

Augusto D’Aliñe era un poeta. Desde niño las amarguras y los desengaños habían ido formando su espíritu para la poesía, y cuando consagrado ya por la su­blimidad de sus versos, veía aparecérsele la vida risueña y acogedora, no podía olvidar aquellos años de bohemia, pasados en el rincón obscuro de un sórdido ca­fé provinciano, donde al son desacompasado de una orquesta grotesca, iba dejan­do caer sobre la blancura nívea del mármol, toda la sensibilidad y el ansia del co­razón de su musa. ¡Qué grato y qué de íntima emoción produce recordar lo que fue, por triste que haya sido!… De aquel café provinciano partía su gloria y su celebridad. Se acordaba perfectamente. Fue en una noche de invierno gris, cuan­do alguien, al leer aquellas líneas de letra menuda y apelmazada, escritas sobre el mármol de los veladores, acertó a descubrir el alma grande y extremadamente de­licada que palpitaba y se mecía en aquellos profundos pensamientos.

Desde entonces fue creciendo rápidamente su popularidad y sus versos cru­zaron todas las fronteras, labrando así el pedestal firme sobre el que había de mantenerse el prestigio universal de aquel nuevo astro que aparecía en el rosado horizonte del Parnaso. Pero donde culminó su encumbramiento; donde se consa­gró definitivamente, fue en la noche inolvidable para él, del recital en el teatro re­bosante de un público selecto y distinguido. Los aplausos atronadores, el aspecto deslumbrador del coliseo, la música deliciosamente sutil y delicada que, como fluida del espacio dejábase oír, le embriagaron por completo, y D’Aliñe, en aque­lla noche, se transfiguró, adquiriendo las estrofas de sus versos en aquella sala in­mensa, sonoridades extrañas en su grandiosidad. Cada poema suyo parecía un pájaro azul, que al salir de la jaula dorada que es el alma del poeta, aleteaba sua­ve en los corazones que, casi sin latir, gustaban embebidos de aquellas melodías.

Era feliz. En aquellos instantes colmábale la dicha, y radiante bajo la blanca pechera almidonada, sonreía a todos desde la cumbre sagrada de la gloria… Y sin embargo, cuando pocos minutos después colocaban en su pecho la Flor de los Juegos, sorprendí el paso de una sombra sobre su rostro encendido, al tiempo que una lágrima indiscreta dejaba en sus mejillas el surco de un misterio…


……………


¿Misterio? Sí, y misterio muy hondo. Desde la noche del recital, sospeché siempre que algo se ocultaba en la vida de aquel hombre. Mas, no logré nunca, pesar de nuestra vieja amistad, descorrer el tupido velo tras del cual se ocultaba ese algo imaginado. Hasta que un día, él mismo, llevado quizá de ese ansia de co­municación que mueve irresistiblemente a todos los que tienen secretos que guar­dar, me inició en el misterio que torturaba su vida.

Me cogió una tarde e hizo que le siguiese. Estaba extraordinariamente páli­do, parecía excitado, y la contracción de sus labios indicaba que una decisión ex­trema e inquebrantable le guiaba.

Dejamos atrás la parte moderna de la ciudad, adentrándonos en los subur­bios y arrabales. Cruzamos varias calles estrechas y sucias, y al fin Augusto se detuvo ante un caserón viejo y destartalado. Abrió, y una vez dentro, un presenti­miento vago me dijo que algo intensamente dramático iba a encontrar allí. Rei­naba el más profundo silencio, interrumpido sólo por algo así como una música celestial, una cadencia melodiosa que, poblando los ámbitos del caserón aquel, partía a no dudar de una habitación próxima. Miré a Augusto en muda interroga­ción, y éste, como única respuesta, señalóme con su brazo tembloroso un peque­ño ventanillo que en una de las paredes desnudas de la sala, se distinguía. Lo abrí ávido de descorrer el misterio que guardaba… ¡No lo hubiera hecho nunca!… In­clinado en uno de los rincones de aquel cuarto en penumbra, logré distinguir un ser. ¡No puedo llamarlo hombre!, horrible, monstruoso. Cabeza enorme y defor­mada, piernas excesivamente cortas, brazos largos, jorobado, velludo. Creí en­contrarme ante una fiera, un mono gigante, pero no, era un hombre, pues hablaba y de sus labios era de donde partían aquellas maravillosas cadencias. Retiré con repugnancia y horror la vista de aquel ser repulsivo y al clavarla en el rostro lívi­do y desencajado de D’Aliñe adiviné la mitad del trágico misterio. Aquel mons­truo, aquel aborto de la naturaleza, era su hermano. ¡Aquel ser había palpitado en las mismas entrañas en que había palpitado él, Augusto D’Aliñe!

La otra mitad me la reveló él, entre lágrimas y sollozos. Era, sí, su hermano, y aquella criatura deforme y repugnante, tenía sin embargo, un alma refinada de­dicada por entero a lamentar su desgracia, bien en música inspiradísima como la que oímos al entrar, bien en estrofas sublimes, que Augusto copiaba para dejarlas caer luego en el mármol de las mesas del café provinciano primero, en los recita­les después… Augusto D’Aliñe no era poeta. Vivía engañando al mundo. Y al oírle esta confesión, me dije maquinalmente, que el drama de aquel hombre em­pezaría cuando al morir aquel monstruo, muriese su musa… ¿Qué sería de él?…


………………………………………………………………………………………..


Los azares de la vida nos separaron y no supe más de él; pero al leer eso que han dado en llamar poesía futurista, creo adivinar que al morir su musa, no tuvo más remedio que hacer versos, requerido por el nombre que ostentaba el paraíso rosado del Parnaso. Versos que se reputaron de sublimes porque llevaban la firma de Augusto D’Aliñe, pero faltos de alma y de expresión, como salidos de un hombre que jamás hizo versos.





INTENSIDAD CULTURAL

(Fragmento de ‘Ángel de Pablos. La palabra boca abajo’,
escrita por su hijo Ángel María de Pablos)


*    *   *

Como director del Ateneo, cargo que ocupó hasta bien entrada la década de los 50, Ángel de Pablos Chapado logró sacar a la institución de su marasmo, de su despiste y de su apatía. Se entregó en vida y alma a fomentar programas cultu­rales, conferencias, recitales, exposiciones, conciertos, reuniones, parlamentos li­terarios y hasta veladas teatrales.

En el primer acto público que él organiza, ocupa la tribuna Andrés María Mateo, presidente que fue del Ateneo de Madrid, director en aquel momento de la Biblioteca del Instituto de Cultura Hispánica, escritor y periodista. Durante la presentación del orador, se presentó también la nueva singladura de la institu­ción. Y hace una declaración de principios: «Queremos recoger lo más prestigio­so de la intelectualidad vallisoletana y ayudar y encauzar a toda esa juventud que tiene y siente aficiones artísticas, inquietudes literarias»…


Pero, sobre todo, honró a la poesía y a los poetas.

El día 24 de febrero de 1950, el Ateneo de Valladolid festeja el primer cen­tenario del nacimiento de Emilio Ferrari, uno de los grandes poetas vallisoletanos de todos los tiempos. El acto, siempre en colaboración con la ahora Subsecretaría de Educación Popular, contó con el patrocinio del Ayuntamiento y se celebró, a las siete y media de la tarde, en el Teatro Carrión y por «rigurosa invitación».

El acto solemne incluyó la intervención de la Orquesta Sinfónica Municipal bajo la batuta del llorado maestro, Mariano de las Heras. «Orgía», de Turina y «La boda de Luis Alonso», de Jiménez, abrieron el recital. Después, «la eminen­te soprano vallisoletana Paulita Valverde, del Conservatorio de Madrid», inter­pretó tres poemas del autor musicadas por su nieto, el compositor Emilio Ferrari Fereal: Cantar (1), Llanto de madre y Cantar (2).

El ilustre catedrático de la Universidad de Oviedo, José María Martínez Ca­chero, disertó sobre el tema «Vida y obra del poeta Emilio Ferrari (1850-1907)».


*   *   *

El periodismo ocupó su vida, pero la poesía llenó su espíritu. Aunque em­bebido por «El Norte de Castilla», que no sabría agradecerle por cierto toda esa dedicación obsesiva, toda esa entrega y esa pasión desmedida, que le fue arrinco­nando según se distanciaba la confrontación civil y la dictadura se iba ablandan­do, nunca dejó de vivir y de sentir en poeta.

En uno de los párrafos de aquella entrevista escrita que leyó en Radio Fa­lange se hacía alusión a las corrientes poéticas de la época. Y no se mostraba muy satisfecho. «Hay demasiada arquitectura, demasiado cerebralismo. Antes, la poesía llegaba directamente, como una flecha, al corazón del pueblo. Hoy, salvo muy honrosas excepciones, la mayoría de los poetas se encierra en un academi­cismo perjudicial para la misión eterna de la poesía, que es llegar al alma por el camino azul de las más puras emociones. Demasiada filosofía quejumbrosa, de­masiado pensamiento y poco corazón, poco calor, muy poca luz»…

Poeta ortodoxo de la medida y del canon, purista de las normas y de la pala­bra, nada tiene de particular que ante el locutor que le interroga proclame una ne­cesidad rotunda: «Hay que volver a la fuente, al manantial, al aire puro, y buscar en la musicalidad del verso, en el sentimiento del poema, el camino perdido»…

como hombre universal que mira y trata a todos los seres por igual, hace su proclamación lírica por excelencia a la que no han sabido llegar ni los más ra­biosos defensores de la cultura para el pueblo. «Figúrate la importancia y la tras­cendencia que supondrá para la vida de los pueblos, y para la vida misma de ca­da uno de nosotros, que la poesía llegue a todos, la sientan todos y todos sepa­mos, por amor y gracia de Dios, ser, con ella, un poco mejores de lo que so­mos»…
propone, en esta misma entrevista, una idea que Antolín de Santiago y Juárez haría después realidad desde su delegación, bajo un título bien sugestivo, «El carro de la alegría». «Llevar por los pueblos de Castilla, en embajada de ar­te y poesía, a esos jóvenes poetas que tienen en sus manos el porvenir promete­dor de la lírica española contemporánea»…

Cuanto más buceo en su biografía, más convencido estoy del amor que sin­tió por esta tierra que le ha pagado con el olvido…

http://www.crearensalamanca.com/textos-del-escritor-y-periodista-salmantino-angel-de-pablos-chapado-1911-1983/




PROCESIÓN DE PENITENCIA Y CARIDAD

Caridad y Penitencia...
La procesión está en marcha
como una ofensiva a fondo
contra la desesperanza.

Prisioneros en la celda
de su carne lacerada
por el dolor, los enfermos
(herido el cuerpo, no el alma)
soñando con el milagro
en el hospital aguardan.

Y en la cárcel, de puntillas
tras las rejas que separan
su mundo de nuestro mundo
(cautivo el cuerpo, no el alma)
los presos también esperan
a la procesión que avanza...

La Quinta Angustia acaricia
al viento con la mirada
y el viento lleva en la tarde,
entrando por las ventanas,
su caricia a los que sufren
en el hospital en calma.
Con los brazos bien abiertos,
el cristo clavado pasa
ante los que están cautivos
y, en un milagro, derrama
su Preciosísima Sangre,
flujo que habla de esperanza
que nos promete perdón...
y también en ellos clava
Jesús sus ojos en una
caricia que se hace lágrima...
Manos amigas le llevan,
envuelto en una sábana,
de la Cruz hasta María

cuando Jesús se traslada
desde la muerte a la vida...
y mil cuerpos, hechos llagas,
entre la vida y la muerte
sueñan con una mirada,
una mirada tan sólo,
dulce, bondadosa y mansa,
que haga de la muerte vida,
que haga del dolor sonata...

De repente, dentro y fuera,
rompen todos, cuerpos y almas,
(coro, clamor, grito, llanto)
en una ronca plegaria
que se va dulcificando
al anclar en la distancia...

La procesión, poco a poco,
de los ojos se les marcha
y es, entonces, cuando sienten
que algo nuevo y hondo pasa,
que una dulzura infinita
alma y cuerpo les traspasa
para aquietar en sus pulsos
los latidos de sus ansias.

Caridad y Penitencia,
procesión de la esperanza.

Las nubecillas descienden
para hacerse todas blancas,
manos blancas de enfermera
en el hospital en calma.

Y, en el cielo, las estrellas
brillan para hacerse escala
por la que puedan los presos
evadirse en su plegaria...

D. Ángel de Pablos Chapado y D. Ángel Mª de Pablos Aguado (2003)









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domingo, 8 de enero de 2017

ANA AGUSTÍN [19.828]


Ana Agustín

Natural de Ávila y periodista de profesión, actualmente, y desde hace más de una década, trabaja en Diario de Ávila.

Desde el punto de vista literario, ha publicado un libro de poesía, Viaje en ausencia (2002) y ha recibido varios premios de poesía y periodismo, como el premio Sarmiento de poesía (Valladolid, 2004), el premio de periodismo Benjamín Palencia (Ávila, 2011) o el premio de poesía Luis López Anglada (Burgohondo, 2013). También ha dirigido varios talleres de poesía  para adolescentes y adultos y ha publicado sus poemas en diversas antologías poéticas y revistas literarias españolas. Ha formado parte de jurados literarios, así como de tertulias y recitales poéticos en diferentes puntos de la geografía nacional.



HIJOS DE LA LUZ

Amanece ahora y siempre es tiempo
de volver a la oscura languidez
de los momentos solos, de estériles valles
como el que, aún contra todo, me asombra, y me perdona.
Es posible también regresar a la humedad brillante
y pretenciosa
de fuentes y de ardidas esperanzas.
Sin embargo, me amarro a plegarias que nacen de rodillas,
a besos huérfanos de labios y de carne
que se quedan marchitos en esperas pacientes.
Miro el páramo; te veo. Miro las cimas y estás en la misma cumbre
de pecados veniales que se vuelven regatos
y limpian sus orillas al son de la corriente.
Los latidos secretos me bombean tu rostro,
me piden, a menudo,
que regrese a mi abrigo,
que me cobije en este ocaso
renacido que parece perderse en lejana mirada.
He descubierto ahora
que los hijos de la luz
han vuelto a triunfar contra todo pronóstico,
contra la sombra y la humedad prestada,
adherida a las vértebras
del tiempo y la memoria.
Hijos incandescentes que aún no saben
del rumor del agua
cuando nace,
que no han tenido tiempo
de encontrar en la noche
el refugio del alma,
que no te miran siempre, como te miro yo,
que duermo en tus pupilas…
en secreto.



LA LLEGADA DEL ALMA

Hoy creí tener el alma prendida
entre los labios.
Sentí como un suspiro confundiendo
el aliento;
pensé que la garganta arrojaba
mordazas a la intemperie
pero luego hallé pedazos de algo nuevo,
más denso…
Creí tener el alma ahí,
en medio del vaho
que la respiración me arroja
después de haber amado.
Noté que ya llegaba
y me puse nerviosa
como cuando un amante
te visita temprano,
antes de lo previsto.
Creí tener el alma hoy
muy cerca de la lengua.
Casi pude rozarla con todas
las papilas gustativas;
inventé un sabor y elegí
un idioma distinto
para poder quererla.
Pensé que era mi alma,
que llegaba despacio
y luego se enredaba entre sílabas mudas
y chocaba en paredes
que este seno no alberga
y no podía escapar
temerosa al mordisco imprudente,
automático…
Hoy, creí tener el alma
dentro de la boca.



PRESAGIOS (primera lectura)

Acabo de olvidar lo que ayer
esperaba, en un futuro simple,
porvenir sin grandes pretensiones
de contacto; y así, me cuelo
en el minuto anterior al próximo
mientras sigo prendida en el tacto
-esto lo estoy tocando mañana-
que pudiera no ser más que la idea
de un presente ya pasado. Porque hoy
ya es ayer cuando vivo tu ausencia
sobre la tela nueva que envuelve
este secreto.
Porque no tengo latido en estas manos
cargadas de compases anudados,
rotas de acariciar el frío metal
de tus palabras.



PRESAGIOS (segunda lectura)

Porque hoy ya es ayer
cuando vivo tu ausencia sobre la tela
nueva que envuelve este secreto,
porque no tengo latido en estas manos
cargadas de compases anudados,
rotas de acariciar el frío metal
de tus palabras; 
sigo prendida en el tacto
-esto lo estoy tocando mañana-
mientras pudiera no ser más que la idea
de un presente ya pasado.
Y así, me cuelo en el minuto
anterior al próximo,
porvenir sin grandes pretensiones de contacto.
Acabo de olvidar lo que ayer
esperaba en un futuro simple.




UN ALTAR DE SACRIFICIOS

En el preciso borde
de la carne reciente
he instalado un altar de sacrificios.
La superficie blanda
todos mis pecados
se extiende entre sus formas
y escribo,
no para resucitarte
ni para ver el mundo
reventando, otra vez,
contra el suelo.
Escribo,
sepultada también
en la costumbre,
para no ser parásito del tiempo.
Porque, mientras consigo
convertir mi silencio
en prolongadabúsqueda,
inútilmente muerta,
inútil,
como el dulce
sabor de una manzana
a punto de extinguirse
en tu boca desierta,
otro verso es posible
y otro nombre en el tuyo.
Ya no escribo
para sobrevivir
a este rito mortal
de respirar secretos.
Escribo para salvarme.



APRENDIENDO

…Estoy aprendiendo
a sobrevivir sin verte,
a lamerme las heridas diurnas
que tu ausencia me marca
a fuego y sangre. (Las que tengo
en la noche colman todos mis sueños).
Aprendo maneras, costumbres, esbozos de sonrisas,
hasta risas grandes, según la circunstancia.
…Estoy siendo prudente,
cabal, nada impulsiva-o poco-.
Estoy aquí tendida
en un mar de latidos
que no quieremostrarse
tal y como es;
que nace y sucumbe a la arena,
que vuelve a renacer
pero se hace espuma tibia en los tobillos y se acaba…
otra vez.
También estoycansada,
no de quererte tanto,
sino de aprender cada días
a no mostrarme entera,
a no pensar en ti,
a no buscarte siempre
en la ciudad abierta.
No quiero ya ni hablar
del amor en mis versos;
no contar conreiterado empeño
que sí que eres mío cuando invento el presente:
mi piel, mi tacto,
el bendito sentido de la vista,
la magia y el milagro
que espero cada hora.
Ni una palabra más
sobre tu nombre,
esas dos sílabas que mueven
mi mundo y loiluminan todo
y me entregan la fuerza
para seguir conquistas y confines
llenos de inciertas decisiones.
No volveré a explicar cómo es tu sonrisa,
destello preciso y real;
tu mirada, tierna y honesta; tu voz,
sonora, casi cantarina y rotunda.
Ningún verso anunciará tu llegada
o tu marcha,
tu ausencia o la espera
nerviosa del reencuentro…
No hay encomienda, sin embargo,
más estéril.
Vuelvo a tu andar cadencioso
y al cristal de tu palabra
como quien vuelve al hogar,
al lugar que le salva
de todos los pecados,
que convierte en paraíso
las calles y los bares,
los turbios abrevaderos
donde beben los hombres y las bestias.
Vuelvo a ti como vuelve
la calma detrás de la tormenta,
como sucede un día a otro
y al siguiente,
como un adicto a la locura
y al amor.
Vuelvo siempre y siempre te encuentro
entre mis cosas.



POEMA INFÉRTIL

Consumo los minutos
como si fueran sangre
o tinta devorándome las venas.
No necesito nada más
que su nombre y sus labios,
clavados en el tiempo
constante de la espera.
Este paisaje infértil
que rodea la casa,
que invade como el humo
los rincones del alma,
que deja sin sentido
todo lo que poseo,
me convierte en espectro,
que engulle la nostalgia
mientras mastica pizza
y busca en Internet
la razón de tu huída.
Solo mastico sombras
de un pasado incompleto,
pertinaz, casi cierto
que abarrota mi armario
y se mete en la ducha
y duerme aquí,
en mi lecho.



CARMEN

Las olas se enredaron en tu voz
a penas comenzada la mañana.
No pudiste evitar el precipicio
y todos los sentidos se agolparon en la misma vertiente,
en esa peligrosa pureza a palo seco,
tan virgen como la duna intacta
que se empeña en mover
sus millones de cuerpos
minúsculas esferas, microscópicos sueños.
Detectamos, muy pronto, nuestros suspiros mutuos;
conocimos, también, el aroma
envuelto en viento proveniente del sur
y la luz que se acaba donde acaban las bocas
que saben a tristeza y corazones rotos.
En aquella arista viva oí tu nombre completo,
un nombre familiar, materno como lo son los brazos
y las canciones que saben a azahar y a pan recién horneado.
Y allí, en laaparente incomodidad del borde de todo
me entretuvo también
tu mirada de nómada, tus zapatos pequeños,
tu pelo vagabundo;
me entretuvo tu acierto al mirarme de frente
y sonreir, primero, y regalarme, luego
un silencio repleto de secretos cantados.







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