martes, 1 de noviembre de 2011

LAURA GARCÍA DEL CASTAÑO [5.042]



Laura García del Castaño



Córdoba (Argentina) 1979.
Editó: Orquídeas, lágrimas y sangre (1996), He hablado con el olvido (1997),
Desde mi alba (1998), El grito (2004) y La palabra sembrada (Borrador editores, 2011)


Huimos de la muerte, y cuánto mayor es la velocidad de nuestra huída más tropezamos con las fatalidades de la vida.



Y qué es morir?
una alianza, una mueca, un final, un hundimiento,
un extremo donde descorchar qué?
la fe, los padres, la fatiga, los frutos?
un filo donde limpiar el barro de huésped,
la viudez del sueño, los ojos del asombro?
una fractura de una línea infinita,
una grieta
donde drenar los combates?
Una desobediencia
de asomarse y salir
a ladrarse las manos y volver
a la vida
a su recorte
a su tramo
Porque
La vida y el hombre son
fracturas de una extensa lucidez
Quizás una multitud de hombres formen la eternidad

y una multitud de vidas la foto de dios.


Celebración

Corre a celebrar el dolor como si fuese una victoria.
Allí donde late el grito sólido del hombre.
Donde se dice la muerte a grandes carcajadas.

Salta sobre todos con la omnipotencia del que habita la cima,
y se instala en cualquier parte con el significado del héroe.
Atesora la delicia de lo incompartible.
No te consagres al maltrato de lo extraño.
Nunca hables desde tu parte inmune.
Ni te hagas expulsar del llamado del amor,
que da el derecho a anochecer en cualquier parte.
Hay un caos en cada espíritu, en lo oportuno de la siembra.

No hagas que nada exista para tí.
Se un ángel con la piel en llamas,
con el interminable sueño en que descubres tu nombre.

Si abres los ojos dejarás escapar la luz,
si los cierras radicarás la oscuridad con su tempestad de alas
incontenibles.



Único enemigo

Soy el único enemigo que me queda.
A quien debo intentar devorar con el ansia de un mendigo.
Soy la que va a vencerme aunque no lo quiera.
La partida en dos, la impostora y la dueña.

Me impacienta saber que en cualquier momento cruzaré la puerta
a desmantelarme,
a lanzarme encima del último alimento.
Por eso he clausurado las entras, las lanzas y las hiedras.
Evidentemente no voy a premiarme,
ni siquiera coronarme princesa de la escarcha.



Inútil,
Por más que enrosque, embale, presione,
no encajas vertical en el olvido.
Por más que sople, estire, deforme,
mi ser se encoge con cada llanto.
No advertí hilvanar más espacio.
Tendré que abrirte, fraccionarte, desmembrarte,
en lotes de heridas semejantes.
Por suerte no lloro al picar el pasado,
ni arrimo la frente al freír tu recuerdo.





Laura García del Castaño. La palabra sembrada (Borrador editores, 2011)

Tinta entraña

Los poemas no son glorias/ apenas tensas partituras del escombro
que alguien lee/a espaldas de su intérprete/boca abajo de sus muertos.

Quién escribe baraja sus tumbas/
Quien aloja un lenguaje desaloja sus muertos/ deja los suyos/ copia los menganos.
Mezcla/ descubre el escrito escondite de su pecho/

Contar palabras del poema/es contar los barrotes del miedo del intérprete/
para luego sumarlas al estigma que ejercemos como tinta entraña/

El poema juega con nosotros al solitario y a la falsa escoba/
Recordarse en el lenguaje de otro/ es mirar dentro de la propia música/

Los pensamientos rompen sobre la escritura como el océano en las piedras/
Primero es una ola diminuta que te mira/ un soldado tieso/
luego una frase embravecida te saquea/asalta tus raíces/
dejándote clavos que imitan ser piernas de tus muelles/

Detrás de la tensa partitura/ está la entrega/
la mano gastada que nadie notaría si no la tendiera/
boca abajo de mis muertos.



Llanto de perro mudo

Llanto de perro mudo sobre fondo de anciana memoria.
Llega sin aliento
Preso y de rodillas, sin aliento.
Ese es el recuerdo.
Un rostro que aparece entre los años
como de una galera que calza el tiempo en su palma.

Pieza amputada del entero rostro de vos. Es mi olvido no posible.
Vieja niebla de papel gigante sobre breve instante.
Que mira hasta parecer sangre
Que habla del ausente fuera de su entierro
rodeando mí casa.



Siamesas

“Dos mujeres caminan por la calle /
sugiriendo efecto mariposa, terremoto y oleaje inmenso”
Andrea Cabel

Dos mujeres
Con temor a devorar
su misma carne
tejen el muro sanguíneo
del espejo,
Tiran de idéntica cuerda
Y levantan su rostro al unísono.
Antiguo dolor compartido sin partir de un viejo parto.

Dos mujeres desmoldadas
de un algo que perdía
ya mantos con huesos
de niñas rotas
vueltos a nacer
pero entre sí cocidos
por los indecibles nacimientos
del karma

Ensamblaje infantil
de una en una,
una en la otra,
otra del adentro,
una de sí misma,
que es su otra embutida
en sola salada sangre
que pasa por distintas venas
gritando
la distinta herida
de único retrato.

Una llora (de un solo lado)
la desdicha
que la otra lapidaria bebe
en el silencio.

La otra siente en el alcohol
de su ebria hermana la alegría
y canta
lo que ésta enmudece con espanto.

Pero gustan de hombre diferente,
y cortan su pelo
con peinados otros
que sueñan lucir en la cita a solas

Han seguido vivas
congestionadas por el ansia torrencial
de los desprendimientos

de su sola sombra

Solita sombra arrastrada
por los giratorios rayos
de sus acopladas luces

Morirá una en la carne de la otra
Sujeta al lomo de su pena semejante
A su hermana sin frontera.




Laura García del Castaño (Córdoba), Los demonios del mar, Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2015.

el secreto del amor

¿te hablé del amor?
¿de la crin filosa que a tu mano se enhebra?
¿cómo se ama?
¿cómo se administra una avalancha?
¿has visto una carrera de galgos?
el secreto está en la largada
me dijo un experto
en bestias de aspecto sencillo y voluntad poderosa
en rostros escuálidos
de oídos sordos y piel clarividente
el secreto de la nieve
está en apartarla hasta que duela
él es un viejo hábil
le gustan las mujeres que cambian
de gris a azul metalizado
como la reina mora
es un pastor de la conversación
un fanático de las mutaciones
que exigen derrumbamiento
un jardinero de la espera
esperar que la maleza estalle
esperar que al galgo le brote la gloria dentro
esperar que el amor flote en un vaso
como un insecto inevitable
los galgos no son perros cualquiera
son esquimales altivos
que hablan otro idioma
guerreros de flacidez absurda
ángeles de otra siembra
poco corpulentos nada creíbles
y sin embargo miran un punto
siempre hacia adelante
correr desagotando la huida
hacia una meta trazada
por un experto en mutaciones
¿te hablé del amor?
¿de su crin fabulosa que se aprieta como la nieve?
un día es un perro marrón, silvestre, cabizbajo
al otro es un galgo
alto, azul y prepotente
no 
el secreto de las carreras
está en sus mezquinas alianzas
para dejarse atrás
las cabezas se estiran
sobre la línea se traicionan
cambian
de azul metalizado a ceniza



nadie te conoce

no saben cómo
dispones la risa, moderas el hambre
controlas el celo
la voracidad de la carne
no saben dónde
clavarías la lanza
si eres quien da o quien bebe
del veneno
lo inesperado es un mundo de ciegos
mirando el mar
esta habitación, la ropa sucia
tu dolor de espalda
que rujas como un niño maldito
no sugieren nada
sobre el corazón más tierno
sobre el bonsai más soleado
se esparce el musgo
florece la catástrofe



el sabor de lo deshecho

ahora que vacilamos
como dos trozos de madera en el mar
el oleaje nos distancia
a una medida en la que podemos sentir
la resignación
una fuerza de tempestad mayor
a nosotros mismos
la respiración del destino
que nos quiebra
algo insiste entre nosotros
y con esa ansiedad
alimenta este muerto
porque lo perecedero se impregna mejor
en el vacío
lo sabemos nosotros y ese perro callejero
que desgarra
el sabor de lo deshecho



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