domingo, 21 de agosto de 2011

DELFINA GÓCHEZ FERNÁNDEZ [4.481]


Delfina Góchez Fernández

EL SALVADOR 
Nació el 16 de junio de 1958, se caracterizaba por ser una joven tímida pero de carácter fuerte, tenía una afición al arte, en especial a la poesía y la música. 

En 1977 ingreso a la UCA y comenzó a estudiar Psicología. En lo académico, era una persona dedicada, que supo combinar sus responsabilidades académicas con las responsabilidades que el pertenecer al FUR 30 le demandaban. Su incorporación al FUR 30, organización estudiantil de la UCA perteneciente al Bloque Popular Revolucionario, había ocurrido el primer año de estudios de su carrera. 

Dentro del FUR 30 desempeñaba funciones que demandaban mucha responsabilidad, de hecho fue seguridad personal del coordinador del BPR y el día de la manifestación estaba desempeñando labores en las que su vida estaba en riesgo. 

Delfy Gochez murió el 22 de mayo de 1979, cuando una bala la alcanzó mientras realizaban una manifestación en las afuera de la embajada de Venezuela, que tenía por objetivo llevar alimentos y medicina a los compañeros que se encontraban ocupando la misma. Sin embargo, la manifestación convocada por el BPR fue violentamente reprimida por los cuerpos de seguridad. En el hecho murió Delfy, junto a dos compañeros más, no sin antes expresar, poéticamente, su amor al pueblo, su muerte a manos del enemigo y su convicción de hacer lo que debía: dar la vida por los demás. 


Soy feliz. 

Hoy conozco la felicidad. 
Hoy supe que no es que yo esté en el camino 
ni junto al camino ni con el camino. 

¡Yo soy el camino! 

Nunca me sentí tan pueblo como hoy, 
ni tan fuerte 
ni tan tanta ni tan cuánta como hoy. 

Es una sólida y concreta certeza, 
es límpida agua transparente coloreada de futuro 
tras un rojo sol bañado de esperanzas. 

Es fe inquebrantable que paraliza la duda 
y rompe el silencio que movió la sangre. 

Así concreticé mis pasos, 
aquellas inciertas –inútiles- huellas 
que volaron como hojas 
sobre el cielo fugaz. 

Proletaricé mi sangre antes congelada 
-ahora viva- 
en las simientes que palpitan. 

El instante es más humano y claro 
porque hoy más que nuca 
lo sentí respirar transparencias rojas y amarillas 
como amores revoloteando, 
iluminando canciones. 

Soy feliz 
porque a tiempo vislumbré el sendero que ahora construimos 
porque es sólida y concreta la certeza 
de que el canto de nuestra América es uno, 
porque mi mano es puño contra el enemigo 
pero siempre está cálida y abierta al compañero, 
porque el amor besó mis ojos 
y se hizo luz. 

Hoy me sentí más pueblo que nunca 
y sentí la felicidad más feliz que nunca 
porque ya no es propiedad privada 
sino de todos. 


Con gusto moriré. 

A mí me van a matar. 
¿Cuándo? No sé... 

Lo que sí tengo claro es que moriré así, 
asesinada por el enemigo. 

Como quiero seguir luchando, 
siempre estaré luchando para morir así. 
Como quiero morir junto al pueblo, nunca me separaré de él. 
Como es nuestro grito el que llegará, deberé gritarlo siempre. 
Como el futuro y la historia están con nosotros, 
jamás me desviaré del camino. 
Como aspiro a ser revolucionaria, 
mis puntos de vista y todas mis aspiraciones estarán 
a partir de ello. 

No tendré miedo nunca. 

Todo lo que haga tiene que ser un golpe al enemigo, 
en cualquier forma que se dé. 
Siempre estaré activa. 

Lo que si es seguro es que me van a matar. 

Y mi sangre regará nuestra tierra 
y crecerán las flores de la libertad. 
Y el futuro abrirá sus brazos y caluroso, 
lleno de amor, nos acogerá en su pecho. 
Nuestra madre, 
nuestra patria, 
reirá feliz al estar de nuevo con su hijo, con su pueblo, 
con el niño que lloraba un pedazo de pan 
Y que hoy crece como río. 
Con la madre que moría lentamente 
y hoy vive su lejano sueño de ayer. 
Con el eterno combatiente cuya sangre 
alimentó el día que algún día llegará. 
Sí, con gusto moriré, llena de amor. 

Quiero morir de la manera más natural en estos tiempos en mi país: 
¡Asesinada por el enemigo de mi pueblo! 




A veces, más pronto de lo que puede brotar cualquier razonamiento preventivo, me veo sumergido en cierta parte del museo familiar que no me es grato hurgar: textos y fotografías de los años previos a 1979. Aquel período y especialmente ese año está lleno de recuerdos dolorosos, concentrados en el Martes 22 de Mayo, fecha de la muerte de mi hermana Delfina, a quien siempre llamamos Delfy. 

Esta mezcla de tristeza y cólera me viene directamente de aquella época, condensada en los poemas catárticos que ella, durante los dos años previos a su asesinato, escribió. En ellos quedaron reflejados sus anhelos, temores, expectativas y crisis; todo amalgamado con la ideología que abanderó la lucha contra la dictadura que en aquel momento reprimía salvajemente cualquier intento de cambio, ya fuera éste dentro de la teórica institucionalidad del país, o bien, planteado como la sustitución radical del sistema. 

En ese incipiente corpus literario, muchas veces firmado con el seudónimo Juana María Tiempo, son tres los temas dominantes: 

a) La utopía revolucionaria, expresada en una visión romántica de la entrega a la causa libertaria y la inevitable muerte martirial en ese bregar. La mayoría de estos textos, aunque con síntomas de talento poético, están cargados de una pureza ingenua hilvanada con las consignas propias de las manifestaciones políticas del momento. Hay, no obstante, dos o tres más depurados que, en su momento, se dieron a conocer en diferentes espacios. De uno de ellos, transcribo este fragmento: 
Y mi sangre regará nuestra tierra 
y crecerán las flores de la libertad, 
y el futuro abrirá sus brazos 
y caluroso, lleno de amor, 
nos acogerá en su pecho. Nuestra madre, 
nuestra patria, 
reirá feliz al estar de nuevo con su hijo, 
con su pueblo, 
con el niño que ayer lloraba un pedazo de pan 
y que hoy 
crece en la libertad. 

b) La devoción amorosa, expresión de una relación sufrida que vivió durante sus últimos años de vida, desde su particular óptica ideológica. La lectura de estos manuscritos confesionales -a veces en verso, a veces en prosa- sólo puedo hacerla en clave personal y siempre desemboca en una impresión negativa del sujeto a quien iban dirigidos. No pienso publicar ninguno de ellos. 

c) El conflicto familiar, creciente en la medida que, por una parte, ella se involucraba más en su compromiso político y, por otra, nuestros progenitores intentaban disuadirla, dada la amenaza que aquellas actividades suponían para su joven vida. En medio del dolor familiar, uno de estos textos fue dado a conocer por mi padre en las semanas posteriores a la muerte de mi hermana. Sin embargo, creo que publicar ese o cualquiera de los demás textos de esta línea temática es clavar una dolorosa y renovada espina en quien nunca mereció tal ingratitud. 

Delfy murió tres semanas y cuatro días antes de cumplir los veintiún años, cuando una manifestación estudiantil fue acribillada por los nefastos "cuerpos de seguridad" de aquel convulso y maltratado El Salvador de 1979. Veintiocho años después, aún es difícil entender aquel cúmulo de circunstancias inarmónicas que produjeron esa tragedia. 

No obstante, hay unos inquietantes versos que ella escribió mucho antes de entrar en la creciente espiral revolucionaria. Son de 1972, a sus trece años de edad y sin otra noción literaria distinta de la intuición. Quizá esto sea, después de todo, lo más sencillo y exacto que se pueda decir al respecto. 


CONFESIÓN 

Me invaden recuerdos, 
lo dejo... 
¡tal vez por siempre, tal vez por un rato! 
Pero lo dejo. 

Mi viejo rancho donde nací, 
donde crecí... 
¡Donde tantas veces reí, 
y tantas veces lloré...! 

Mi rancho pobre y chiquito, 
lo dejo. 

Mi mamá llora mucho, 
mis hermanas y mi papá también. 
Pero yo siento que volveré. 
Me voy por unos días, pero siento que vuelvo al fin, 
aunque ellos no me recibirán, 
no me verán, 
pero me sentirán... 

Al grano: 
yo he muerto. 



Publicado por Rafael Francisco Góchez 
http://copiademimismo.blogspot.com/2007_04_01_archive.html 


Delfina Góchez Fernández, quien firmó la mayoría de sus escritos con el seudónimo Juana María Tiempo, y nació el 16 de junio de 1958. Fue la escritora que menos pudo ser apreciada de esta generación, sin embargo a sus trece años fue capaz de elaborar versos interesantes con pura intuición y al conocer que tenía la literatura en su sangre podemos afirmar que su futuro le auguraba éxitos en las letras. Era hija del poeta Rafael Góchez Sosa y hermana del escritor Rafael Francisco Góchez.



“Con gusto moriré.

A mí me van a matar.
¿Cuándo? No sé…

Lo que sí tengo claro es que moriré así,
asesinada por el enemigo.

Como quiero seguir luchando, siempre estaré luchando para morir así.

Como quiero morir junto al pueblo, nunca me separaré de él.
Como es nuestro grito el que llegará, deberé gritarlo siempre.
Como el futuro y la historia están con nosotros, jamás me desviaré del camino.
Como aspiro a ser revolucionaria,
mis puntos de vista y todas mis aspiraciones estarán a partir de ello”. 

Fragmento de Delfy Góchez.



Desde joven decidió luchar y fue por ello que se organizó en contra  del gobierno de esos años. Participó como muchos jóvenes en las diferentes protestas estudiantiles y con el valor que da la juventud se aventuró a las incontables mareas humanas que copaban las calles exigiendo un cese a la represión. Fue miembro del Frente Universitario Revolucionario (FUR 30), y una mañana del 22 de mayo de 1979 mientras aunaba su voz con otros estudiantes fue alcanzada por  una bala de un francotirador. El poeta Góchez Sosa plasmó su dolor en unos versos:


Amigos: mi hija no está muerta

Por Rafael Góchez Sosa

¿Qué no lo habéis notado, amigos míos?

¿Qué no llega hasta vosotros un resumen de armonías?

Si vosotros supiérais cómo siento
el corazón, la cabeza, la conciencia y el desvelo.

Si vosotros sintiérais lo duro
que es ir a recoger a una hija
que ellos llegaron a tirar como perro muerto.

Si vosotros sintiérais sus manos
tremendamente heladas, sus labios
deshechos,
sus pulmones quietos
y sus ojos cerrados
como dos golondrinas que pararon su alegría en pleno vuelo.

Si vosotros viérais hoy su cama sola,
su escritorio donde noche a noche
hacía sus tareas de la UCA,
su silla donde sentada sonreía a la hora del almuerzo.
Si viérais sus vestidos sencillos,
hoy, esta noche,
colgados como las horas cuando no hallan
respuesta a las campanas.

Si vosotros viérais el viejo álbum de fotos donde ella,
pequeñita y mañanera,
jugaba con la brisa como quien juega
con pedazos de esperanza.
Si observárais el baño, las tazas, su mochila,
el patio de la casa donde leía poemas
y aprendía cosas del siglo que no para.

Si vosotros supiérais que mi hija,
pequeña porción mía de espíritu y de carne,
se casaba
el sábado que viene.

Si la mirárais bien, detenidamente,
allí,
en ese ataúd que la aprisiona y liberta,
veríais en su rostro las cumbres dibujadas.

Verías la onda del mar de mayo
tratando de construir caracolas.

Miradla bien, amigos.

¡Ved que su boca quiere decirnos algo!

Sus labios casi pronuncian la palabra hermano.

El sonido que yo oigo es “¡libertad!”.
¿Lo escucháis vosotros?

No, amigos: mi hija no es una muerta muerta.

Algo de ella llega e ilumina esta noche sin cocuyos,
mientras cruje la puerta de los enamorados.
Ella está aquí y allá.
Y más allá.
Junto al obrero, junto a los campesinos.
Junto a los estudiantes.
Junto a todo aquel que lleva en las espaldas
el fierro de los explotadores.

No, mis amigos: Delfy no está muerta.

Miradla.
Recordad que algo quiere decirnos.
Si sois humanos, si hay sangre,
si tenéis historia,
vida,
no me miréis a mí.
Miradla a ella con su pequeño rostro
buscando los caminos.
Miradla a ella trasluciendo el dolor de los pobres
para causar el alba.

Mi hija, mi Delfy, no puede estar muerta,
porque en su silencio las armonías vuelan
y se acunan en el pecho de las madres, de los niños,
de los vientos y del mar.

Y se acunan en estas dos manos mías,
vuestras
para sembrar la simiente
de la patria de todos.

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