sábado, 12 de marzo de 2011

NARA MANSUR CAO [3.348]


Nara Mansur Cao 

(La Habana, Cuba, 1969), poeta, dramaturga y crítico teatral, egresada del Instituto Superior de Arte en La Habana. En 2013 obtuvo el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar por su relato “¿Por qué hablamos de amor siempre?”. Ha publicado los libros de poemas Régimen de afectos (2016), Manualidades (2011, Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén y Premio de la Crítica Literaria en Cuba 2012); Un ejercicio al aire libre (2004); y Mañana es cuando estoy despierta (2000), todos por Letras Cubanas, La Habana.

Como dramaturga publicó en 2009 Desdramatizándome. Cuatro poemas para el teatro, que reúne algunos de sus materiales para el teatro. Este libro obtuvo el Premio de la Crítica Literaria en Cuba en 2011. Este año Ediciones sinsentido dio a conocer su obra Chesterfield sofá capitoné. Sus textos teatrales han sido llevados a escena en su país, Argentina, Colombia, Estados Unidos y Puerto Rico. En 2015 la puesta en escena de su obra Ignacio & María, dirigida por Corina Fiorillo, obtuvo tres nominaciones a los Premios ACE.

Fue invitada a participar en el I Festival Internacional de Poesía de Córdoba, 2012.

Preparó para Ediciones Colihue la selección y el estudio crítico del teatro de Virgilio Piñera (2014) y los estudios críticos a los teatros completos de Antón Chéjov e Iván Turguéniev (2015). 

Es investigadora del Centro Cultural de la Cooperación, institución en la que coordina el ciclo Dramaturgias posibles e integra el Comité organizador del Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro. 


Autorretrato con collar de espinas y colibrí 

Ya llega él
mi mano mi roja visión. Más grande
como vidrio coloreado. El gran carnaval
de nuestra casa: llovizna persianas y valles
los dedos del viento y del sol. No sé qué piensa
cuando sueño en alta voz y digo los nombres
de mis amantes y las suyas.
Lamento
no marcarlos con las manchas de mi corazón.
Soy ave sin más turbación
todas las campanadas los ruidos y silbidos sexuales
nos pertenecen
La Tierra. La mayor ternura. La inmensa playa marrón.
Basura. Barro. Cartas de cartón. Dados dedos dúos
débil esperanza de hacer el amor
Pelos como hebras de algodón uñas nervios
Ya me voy conmigo. Me tiene robada.
Ya me voy llorando.

de Mañana es cuando estoy despierta, Letras Cubanas, 2000



del libro Mañana es cuando estoy despierta, 2000

NOVIAZGO (DOS DESNUDOS EN UN BOSQUE)

El erizamiento del brazo que no toco
el labio prolongándose hacia el espejo
succiones de un vientre seducido y suicida
no decir nada y acariciarme
reír por débil
oír el goteo de una mujer de brazos lánguidos
y otra de falda y muslos transparentes:
lágrimas de vidrio y la luz mortecina
de la lámpara del techo
sombreada pelvis y mi padre
que no veas mi boca
adherida al espejo, de aire leve
que no oigas tu sable
la filosa hoja cuando deja
círculos de óxido en mi vientre
nada en la sombra
frágil
y todos esos abanicos
llenos de polvo.



RETRATO DE MUJER, EN SU CUARTO

Son las seis de la tarde
otra vez
Ensayo infinitas posibilidades de salir a escena
a ser
metáfora visual
muchacha decente y unos espejuelos
unos escarabajos de oro
puntiagudos
Mi cara en el espejo no es mi cara
Mi casa en la memoria no es mi casa
Ahora
no tengo cuerpo, no me quejo
El muslo dulce lo destiendo
y goticas de sangre alumbran mis dientes
Un mantel marrón a cuadros
y tu sabor atardeciendo
Una ligera movida, una ligera mueca
Son las seis de la tarde
otra vez
otra vez más
Pero me he dormido antes
incrustada, detenida
en el tibio centro de esas silenciosas
candilejas.




NATURALEZA VIVA

Sus manos duermen donde mis espasmos
sus dedos transcurren
a largas rayas verticales
entre una piel blanca
siempre una piel blanca
Veo su mano abierta, sin uñas
cuando el aire se hace metálico:
pedacitos de huesos con lunas
sin pensamiento
Mis manos hundidas en naranjas
la mansa corteza se quiebra:
se derrama mi lágrima blanca.



GUILLERMO EN MI PENSAMIENTO

En la saliva en mis camisas huecas
en la blanda caricia de su vientre
en los nervios crayolas anaranjadas
en todos los jarros células
en mi casa mis horquetillas
en las no miradas de sus no ojos
en mis manos eclipses escapando
en la abertura de mis labios siempre
en la historia en mis orines de encaje
Guillermo en mi boca en la punta de mis cejas
en la gelatina azul sus dientes
Guillermo enfermo roto sin solapas
Guillermo lavando mi pelo con espejos
Guillermo mirándose en mi nuca desnudo
Guillermo y yo y mis pechos tan blancos
más grandes una península y mi paisaje vegetal
Guillermo el embrión mi madre mi padre
mis tres hijos todavía
Yo.




DIEGO EN MI PENSAMIENTO

No veo las formas... arañas decapitadas
Vendería todo por nada. Nada tiene espacio:
vidas ensalivadas. Los niños son los días
que no soy yo... no ahora, tampoco las niñas
No escribí una carta a Diego. No oí a nadie
Un día sin bocas perdí mis retratos
Diego es un niño. Yo soy la gran plaza pública
un árbol otoñal, las cortinas que arden,
Sin ilusiones
... y la gente quiere palomas.




del libro Un ejercicio al aire libre, 2004

SUEÑO DE MI HERMANO MUERTO

Encontré la mano de mi hermano en el campo de caña
la que tiene el dedo meñique más crecido
así que supe que era mi hermano
así que supe que mi hermano estaba muerto.
Yo también me supe muerta, con mis manos perfectas
con las diez uñas de manicure en plena guerra.
Me quedé allí, me quedo allí hasta siempre
tirada
con la mano de mi hermano en mi mano
con las manos de todos los muertos en mi mano
con las manos de todos los ahogados
muertos
con las manos de todos los desempleados
en mi mano en la mano de mi hermano.
Me quedé dormida
hace dos horas ya.
Me levanté, busqué alguna rama verde
alguna florecita silvestre
algo evidente vivo y sano.
Enterré la mano de mi hermano en un montón de bagazo
y tropecé con un pedazo de la bandera:
escribí algo con su sangre
su nombre
él, el único que tiene un nombre reconocido (------)
comencé la huida, otra vez me fui.

Comencé el caminito de la muerte pequeñita.
Yo también.
Mi hermano también.
Muerte bebé, muerte recién nacida
muerte que tiene toda una vida por delante.




DIVORCIO

Cuando los viernes al salir de la oficina no siento placer
cuando su voz a veces la olvido.
Cuando los sábados me parecen demasiado largos
y los domingos caen sobre mí
como plomos esos días sobre mi cuerpo:
pequeños animales que me caminan por el cuerpo
y su saliva huele a pasado, a lo que fui y me entristece.
Todo sale por mi boca
la tos, los cadáveres que antes fueron postres
mi cinismo.
Cuando los viernes parecen demasiado cortos
y sus pantalones tan largos.
Cuando salgo del escondite después que se ha ido.
Cuando junto a los fantasmas de otros hombres entra al baño
y los veo afeitarse y usar colonia Azzaro frente al espejo.
Cuando tengo más prendedores que amantes.
Cuando la nada es mi fértil tierra en la que siembro
y la simulación transcurre desde los sombreros
hasta los gatos que izo como banderas.




RECONCILIACIONES

Ensayar la separación
abrir una pequeña zanja en nuestra tierra común
en la aridez y la fertilidad.
Convocar al agua para que nos divida y parecer unidos:
el agua
que es otra especie de sangre
una suma de lágrimas familiares y extrañas
juguetes.
Por este dolor acuoso se consumen nuestros esfuerzos
el mejor para decir: sí puedo hacer tu voluntad
pese a todo saltaré el muro, la alambrada
y apareceré de nuevo
solitaria
para vestirme de novia.




COMEDIA SILENTE

¿Y qué tiene ella que no tenga yo?
“Di, mamá”.
Algo tendrá, un aire más sofisticado, más falso, más seductor.
¿Quién puede culparme por no tener
una visión sentimental del pasado
del futuro del romance?
“¿Tú sabes qué cosa es reina?”.
No sólo la costurera rubia y ojerosa es triste y narrativa
mamá.
Uno, yo, me pregunto si soy mi nombre:
“Yo me llamo yo”.
¿Para quién soy un nombre, un hecho, un presente?
¿Soy un hecho, un presente, un nombre?
¿Quién es quién?
La gente pasa por aquí, pasea, se perfuma
los viajeros
todo lo que puede padecer un síntoma de belleza.
Él
¿estará pensando en mí?
(“Yo sin cesar pienso en usted”.)
El sinsentido atroz de mi alma
para mí, sin mí, contra mí
la duda del viajero efímero
en su mueca silente e inhibida.





YA VES, Y YO SIGO PENSANDO EN TI

Una sensación de mala palabra, una sensación de irse de rosca
de cortarse las uñas
con una tijera de podar las matas
una sensación de pesadilla, de adoración del dolor
un viaje a la ciudad a donde no puedo volver
un pinchazo, un aborto, costillas rotas.
Hormigas en el cerebro.
Y yo sólo pienso en ti
y yo sólo pienso en ti
en tu presencia alejada, desarraigada
tú que te fuiste y ahora eres espuma
como La Sirenita original.



del libro Manualidades, 2010

EN BUSCA DEL ÁRBOL DE NAVIDAD

Esta plantica que sembramos juntas
está hecha de hojas de eucalipto y flores de jacarandá.
Nace un niño, nace un árbol. Pero qué es nacer.
Llegan los algodones para arroparlos,
tiemblan las verdes ramas todavía muy nuevas e inexpertas,
llora desconsoladamente el bebé recién nacido.
Nada lo calma, ni la teta de la madre, ni su dulce mirada
ni el terror de la madre que también nace junto a él.
Terrores, terrones de azúcar blanca, espolvoreados sobre la espuma.
Las familias se acercan a celebrar y nada parece confundirlas ahora,
hay un mensaje de amor escondido en el árbol
esperando adentro de sus regalos,
tan bellamente envueltos, con papeles, cintas y brillos.

Qué es nacer.
Para Jesús fue innovar.

“La doctrina que enseñó ........
 introdujo una fuerza en la Historia diferente de los cultos orientales
y de la filosofía griega.” .......
                                [Medardo Vitier]

Los dones ofrecidos, la ética desfigurada y el destino agónico del amor.

Le hablaré de esto a Emilia mientras la amamanto
y la consuelo míseramente por su llegada al mundo.
¿Las ramas cortadas aceptarán su temprana muerte
a causa de nuestro festejo vanidoso?
¿Nos harán entender algo?
Y qué podrían hacer, si el bosque, el jardín maternal
les va quedando tan lejos
y ahora son todos ruidos nuevos, bocinas, chirridos, golpes bajos.

Hay que abrazarse muy fuerte al hijo,
al padre, al espíritu santo y a la madre
todos los días.



HORA DE LA MERIENDA

Otra vez abuelo se muerde la lengua comiendo
mermelada de higo y queso crema.
Otra vez le saca brillo a los zapatos de Dinorah,
sus sandalias negras siempre un poco demasiado sucias
por el polvo de Víbora Park. Pero a ella le da
un poco de pena. Talco, talco, pata, pata, Emilia.
Dulces que resbalan: higos, duraznos, banana, pera
y también la calabaza y el boniato.

Cuánto temblor seguido de rutina y sueño. Cuánta hambre
y deseo de algo dulce. Cuánta aglomeración y ligereza.
Cuántas compotas y jugos. Cuántos platicos redondos
reunidos y cucharas y galleticas de plástico.
Que no brote una risa con prótesis y fatiga.
Comienza a saltar entonces la cuchara sin ton ni son.
Comienza a saltar Emilia en su butacón,
un cauce un miedo una caída, se asusta la mamá.
Río sin luna alúmbranos otra vez.
Agua demasiado caliente o demasiado fría. Plástico
que parece acero porque te pincha.
Verruga, lunar, roncha, mancha.
Emilia
se ha virado arriba la mermelada.
Abuelo grita de dolor.



UNA NIÑA, SENTADITA EN UNA CAMA, Y CINCO CADÁVERES

La noticia de su muerte le llegó al padre a las tres de la tarde. Estaba en una reunión…cuando empezaron a transmitir el comunicado, escuchó su nombre, mal pronunciado, y tardó un segundo un siglo en asimilarlo. Como una máquina ese hombre se santiguó oh redención rezo rescate de mi infancia bramido y de la infancia de su hija ahora cubierta por la muerte oh desgraciados oh qué desgraciado soy. El padre que recibe la noticia de la muerte de su hija se vuelve un niño y se santigua y se desploma su moral de hombre, de padre útil.
—Era mi hija—

Fin de los miedos sucesivos, fin del terror por gusto. Lo ha tocado en plena selva y se pregunta por su joven e inexperta e ingenua y entregada hija. No la mataron en la villa miseria los miserables sino el ejército de soldados miserables. Sólo recuerda --ahora que sabe que no la va a volver a ver, ni en la morgue siquiera-- que se trataba de una muchacha buena. Una muchacha que no sueña con una casa de dos pisos, con una piscina, un auto, caballos, jardines colgantes, joyas, París, un collar de perlas, Punta del Este, que no sueña con un príncipe o un gerente. El padre decide suspender la reunión.

—Estoy aturdido. Pensaba que era excesiva suerte, no ser golpeado, cuando tantos otros son golpeados. Sí, tuve miedo por vos, como vos tuviste miedo por mí, aunque no lo decíamos. Sé muy bien por qué cosas has vivido, combatido. Estoy orgulloso. Me quisiste, te quise. Me gustaría verte sonreír una vez más. No podré despedirme, vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te envidio, querida mía.

Una corta y dura y maravillosa vida. Qué extraño e impresionante ascetismo. Y la muerta qué le dice a su pequeña bebé que la espera en su camita. La memoria de la madre muerta quién la defiende, quién le nombra a la pequeña huérfana a su mamá. Ese consuelo dónde lo buscamos. El padre soñó volver a vivir junto a su hija, aunque fuera en habitaciones de silencio, aunque fuera callados los dos por la pena.

—Como tantos muchachos que repentinamente se volvieron adultos, anduvo a los saltos, huyendo de casa en casa. No se quejaba. Sólo su sonrisa se volvía un poco más desvaída. Hoy en el tren un hombre decía: “Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año”. Hablaba por él, pero también por mí.

Llevaba en brazos a su hija porque a último momento no encontró con quien dejarla. Se acostó con ella, en camisón. Usaba unos absurdos camisones blancos que siempre le quedaban grandes.
El 28 de septiembre, cuando entró en la casa de la calle Corro en el barrio de Floresta, María Victoria Walsh cumplía 26 años. Llevaba en brazos a su hija porque a último momento no encontró con quien dejarla. Se acostó con ella, en camisón. Usaba unos absurdos camisones blancos que siempre le quedaban grandes. El padre dice haber visto la escena con los ojos de la hija: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amaneciendo, y el cerco policial de ciento cincuenta hombres. A uno de ellos le llamó la atención la muchacha, porque cada vez que tiraba una ráfaga se reía. El padre intenta entender esa risa. La metralleta era una Halcón. ¿Será porque las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír?

—Querida Vicki, querida Vicki

El padre se pregunta si todos los que mueren como ella, tenían otro camino. La respuesta brota desde lo más profundo de su corazón: su hija pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo se afirma y es él quien renace en ella. Su muerte fue su pequeña gloria, los disparos caen sobre su cuerpo como aplausos y flores.

Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Ustedes no nos matan —dijo— nosotros elegimos morir. Entonces ella y el otro hombre se llevaron una pistola a la sien y se mataron frente a los soldados. El coronel abrió la puerta y tiró una granada. Después entraron los oficiales. Encontraron una bebé de algo más de un año, sentadita en una cama, y cinco cadáveres.



MALA PRAXIS. EL PORTERO ESTÁ DE DUELO

Hay un niño muerto que cuida a los otros niños.
Hay un bebé ahogado en su cordón y mientras Emilia respira
él hace guiños y saca el aire que la puede dañar,
la hace eructar y agarrarse las piernas
lo más empinadas posible.
Y en la coreografía se besan los labios desnudos
los dos bebés:
el bebé que no está donde lo esperaban, y Emilia.

Hay una ceremonia preparada, un ron añejado y herida
una corazonada;
están los abuelos esperando que les entreguen
el cuerpo del santo varón,
está el milagro de la felicidad en mi propio cuarto, al lado mío.
Pero también el miedo y el ángel con prismáticos
que lo ve todo y no perdona las simulaciones
ni los accidentes.

Entonces Emilia bosteza y se viene todo abajo,
donde están las vacas, los elefantes y las ballenas;
con una sola vocal los llama y les pasa la lengua
deleitada,
deleitados,
eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee.

Hay algunas mamás que no llegaron a la hora indicada,
no se dieron cuenta o no se asustaron lo suficiente
y nos dejan sus historias clínicas como legajos de buena suerte
a las otras que pudimos aprender algo en el camino,
a las que nos sucedió el milagro
y no perdimos el sueño ni nada más preciado.
(Algo que no me atrevo a escribir aquí
por si creen que me he tomado alguna atribución indebida
o una de esas bebidas con las que no pudo celebrar
como esperaba la familia de Ramón).
Hay un niño muerto que vela el sueño de Emilia
y la hace llorar, tener hambre y despertarse.
Ella lo mira, le parece hermoso;
se refleja en sus pupilas la mirada del otro niño
con más pelo y esa especie de limbo
de donde viene:
el lugar de las aguas que lo inundan todo,
frágiles y pequeños los cuerpos
a la deriva.







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