lunes, 31 de octubre de 2016

MARÍA TERESA ROCA DE TOGORES [19.427]



María Teresa Roca de Togores 
y Pérez del Pulgar

Hija de Alfonso Roca de Togores y Aguirre-Solarte, I Marqués de Alquibla, y de María de las Angustias Pérez del Pulgar y Ramírez de Arellano.

Nacida el 7 de septiembre de 1905 en San Juan de Luz. se casó el 11 de Abril de 1928 en Madrid con Carlos de Rojas y Moreno, VII Conde de Torrellano, XI Marqués de Beniel, Caballero de la Orden de Alcántara, Maestrante de Valencia, diplomático; nacido el 23-VIII-1891 en Alicante.

María Teresa publica su primer libro, Poesías cuando tenía quince años. el segundo libro de poemas no sale hasta 1935, Romances del Sur.

Murió en madrid en 1989 a los ochenta y cuatro años de edad.

Libros publicados:

Poesías, prólogo de Carlos Luis de Cuenca. Madrid, suc de R. Velasco, 1923.
Romances del Sur, Ávila, tipografía de Nicasio Medrano, 1935.
El Puente de Humo, Madrid, ed. de la propia autora, 1946.
Antología intemporal, prólogo del Marqués de Lozoya, Madrid, Artes gráficas Soler, 1974.



La mentira

Sé que me despreciáis; mas no os asombre
que os diga que al hacerlo de tal suerte,
despreciaréis de mí no más el nombre,
pues vivo en el espíritu del hombre,
y puedo dar la vida y dar la muerte.

¡No podéis despreciarme! que es mi sino
vagar en vuestros pechos siempre errante;
me rechazáis, mas me buscáis sin tino,
pues deparada estoy por el destino
a ser vuestra enemiga y vuestra amante.

Soy amada cual soy aborrecida,
yo sé engendrar el odio y el amor,
mi destreza jamás se vio vencida,
que en las lides más fuertes de la vida
vencer supe la dicha y el dolor.

Queréis huir de mí; pero es en vano,
necesitáis mi astucia y mi poder,
las leyes del honor tengo en mi mano,
si yo quiero, ennoblezco al más villano,
y al más noble yo puedo envilecer.

Soy el eje del mundo, y mis antojos
manejan la indulgencia y la maldad;
no debo merecer vuestros enojos
que la verdad no ofrece más que abrojos,
yo soy menos cruel que la verdad.

Sin mí no existiría la esperanza,
doy vida y realidad a la ilusión,
soy el arma mejor de la venganza,
vivo entre la caricia y la acechanza,
después de seros fiel me hacéis traición.

Yo sé resucitar la fe perdida,
que el ser en quien creéis y a quien amáis
me lleva en sus palabras escondida;
si la savia yo soy de vuestra vida,
decidme, pues, ¿por qué me despreciáis?

De Poesías, 1923




María Teresa Roca de Togores (San Juan de Luz, 1905- Madrid, 1989) inició su carrera literaria con la publicación en el año 1923 del libro Poesías en la Imprenta del Sucesor de R. Velasco. Su segundo libro, Romances del Sur, no aparecería hasta el año 1935 en Ávila en el Establecimiento Tipográfico de Nicasio Medrano, firmando la autora como marquesa de Beniel  287. El primero de estos poemarios está precedido de un prólogo de Carlos de Cuenca titulado “En confianza”, en el que, de manera continuada, el autor se refiere a la poeta como una “señorita aficionada”, calificativo que, sin duda, contribuye a restar valor a la obra. Por lo demás, y tal y como suele ser habitual en este tipo de paratextos, se exponen una serie de concepciones estereotipadas sobre la poesía de autoría femenina. Destaca, así, su “pureza”, su “carácter cristalino” y su “espontaneidad”, al tiempo que percibe una “profunditas y un vigor más bien varoniles”, lo que determina el extrañamiento del autor ante la corta edad de la joven
poeta, quince años. Al final, alude al origen noble de María Teresa Roca de Togores, lo que contribuye, en su opinión, a un realzamiento de la calidad literaria del poemario:
“De tan altas cimas no me extraña que proceda la abundante vena que brota en frescos y limpios raudales; en tan robustos y fecundos troncos, no me choca un fresco brote al recibir el injerto de la juventud y la belleza. (…)” (“En confianza”, apud. Roca de Togores 1923: 5- 9)  288.

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287 Esta autora, de origen noble, fue Condesa de Torrellano y académica de la Real Academia de Historia.
Estos datos han sido obtenidos de la Antología Intemporal, publicada en el año 1974 y precedida de un prólogo del marqués de Lozoya. Este prólogo se publicó también en ABC el 12 de diciembre de 1974.

288  El cultivo de la poesía por mujeres pertenecientes a la nobleza y a la aristocracia fue relativamente frecuente en el primer tercio del siglo XX, siendo concebida, en muchos de los casos, como una mera actividad de entretenimiento y distracción. Resulta, en este sentido, ilustrativo el título del libro de Josefa Pardo de Figueroa (marquesa de Figueroa), Solaces poéticos (1929). Entre las cultivadoras nobles de la poesía, sobresalen la Marquesa de Bolaños (de origen italiano), que tenía, tal y como destaca Francisco Fernández de Bethéncourt en el prólogo a su libro Rimas italianas y castellanas (1903), una tertulia en su casa, Regla Manjón, la Condesa de Lebrija, e Isabel María Castellví y Gordón, Condesa de Castella (1865- 1949).

La poesía de Roca de Togores evoluciona desde el Modernismo altamente retórico de su primer libro hasta el tono popular de su segundo poemario, en el que destaca la utilización de la forma métrica del romance. En Poesías, predominan, así, los versos de arte mayor –fundamentalmente alejandrinos- agrupados en estrofas clásicas y propias de la tradición culta como la sexta rima, el serventesio y el quinteto. En cuanto a los temas y motivos, destacan los característicos de la estética modernista, de manera que encontramos desde poemas que recrean escenas palaciegas ambientadas en el siglo XVIII (“A un abanico” y “A un violín”) a otros que expresan sentimientos de angustia
existencial, derivada de la fugacidad del tiempo y de la conciencia de que el sufrimiento es algo innato y consustancial a la existencia humana y que, por tanto, ha de ser aceptado con resignación: “Alma, ama el dolor; no vendas a la muerte/ la razón de tu vida, que es el arma más fuerte/ aquella que se templa, como el bien, en el mal” (1923: 69). En otros textos, como en “Noche de invierno”, predomina un cierto tono decadentista y, así, en él aparecen una serie de semas negativos que remiten a lo tenebroso, a la muerte, a las tinieblas, etc. 289. En “La mentira”, encontramos, por su parte, un monólogo dramático de la Mentira, que aparece personificada –al igual que en los autos sacramentales del Barroco-, exponiendo su universalidad, pues, como ella señala, “soy el eje del mundo, y mis antojos/ manejan la indulgencia y la maldad; (…)” (ibid. 63). En “Lloras”, siguiendo el modelo de la “Sonatina”, de Rubén Darío, encontramos la imagen típicamente modernista de la mujer que llora y suspira sin razón aparente, quedando dibujada, en consecuencia, como un ser irracional e ilógico:

¿Por qué lloras? ¿Por qué de tus pupilas
 las lágrimas descienden, cual raudal
 que al derramar sus aguas intranquilas
 esparce gemas de límpido cristal?
 ¿Por qué de tu garganta, antes sonora,
 se escapan los suspiros sin querer,
 tan tenues, cual el viento que evapora
 tus lágrimas ardientes de mujer?. 

(ibid. 87)


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289 

“Fue una noche de invierno; llamando a mi ventana 
la nieve preludiaba su constante cantar; 
sentí un frío intenso, y me acerqué a la llama 
que trémula y rojiza ardía en el hogar” 

(“Noche de invierno”, Roca de Togores 1923: 49).



El segundo poemario de María Teresa Roca de Togores, Romances del Sur (1935), se publica más de diez años después del primero, Poesías, de carácter modernista, y, en él, resulta evidente la evolución de la obra poética de la autora hacia un tipo de poesía de clara filiación popular, en la que predominan los versos de arte menor agrupados, como el título indica, en estructuras romancescas y rimando en asonante los pares 290. Estructuralmente, el poemario está dividido en cinco apartados no titulados –como la mayoría de los poemas- y conformados a su vez por diversos textos, entre los cuales no es fácil encontrar una unidad temática que justifique su agrupación. En el poemario considerado en su conjunto, es evidente la influencia de la poesía popular de García Lorca (especialmente del Romancero gitano, 1928), de manera que es posible identificar una serie de motivos comunes, al tiempo que se comparte un cierto aire trágico derivado del aura de muerte que rodea los textos.

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290  El 4 de abril de 1935, con motivo de la publicación de Romances del sur, se publica en el Heraldo de Madrid una semblanza de María Teresa Roca de Togores, realizada por Miguel Pérez Ferrero y bajo el título “María Teresa Roca de Togores y sus versos”. En esta semblanza, el autor aprovecha para presentar el libro como contrapunto a la tendencia al hermetismo que caracteriza a una parte de la poesía del momento, considerándolo, de acuerdo a una serie de características que se atribuyen generalmente a la poesía de autora, como “franco” y de una limpidez artística, sencillo, espontáneo, “sin ningún atisbo de mimetismo lorquiano” (Pérez Ferrero 8). Al final del artículo, el periodista se refiere, así, al carácter esencialmente “femenino” de los romances de Roca de Togores, justificando la utilización, para referirse a la autora, del calificativo “poetisa” en lugar de “poeta”.

Existe, por otro lado, una ambientación común en el “sur” y, así, tanto en el libro de Federico García Lorca como en el de María Teresa Roca de Togores, hay un andalucismo evidente (Gallego Morell 1993: 11- 26; García Montero 14- 26; Morris 1997; Torrecilla 2008), especialmente en los paisajes descritos, que, en el caso del libro de la poeta madrileña, son fundamentalmente marinos. Estos espacios marítimos son, así, presentados a través de la concatenación de una serie de imágenes, en las que las cosas y los elementos de la naturaleza parecen adquirir vida propia, al tiempo que las personas aparecen metonímicamente referidas por sus gestos y sus objetos. Se podría, así, hablar de una cierta influencia de la estética vanguardista: 


“Hamacas de agua
sobre piedras verdes,
en siesta del Sur 
de aves y redes. (…)

Adiós de abanicos 
y palmas calientes 
a los navegantes
que del mar no vuelven” 
(1935a: 21). 


El mar aparece dibujado como un espacio de muerte: es el lugar al que marchan los barcos que nunca vuelven, una especie de Hades y, por consiguiente, el lugar del no regreso, donde se forja la tragedia cotidiana que es percibida de un modo natural por los que permanecen en tierra: 


“De todas las que se fueron, 
no ha vuelto la ‘Santa Clara’. 
Pero en la playa de Altea 
no había quien la esperara” 

(ibid. 23). 


Los pescadores, de “uñas de plata”,  pertenecen a los espacios marinos, pues sus “raíces verdes y frías” han sido de la mar desenterradas (ibid. 22). La muerte se dibuja, así, como un abrazo final con el mar, que antes había dado la vida. Al igual que el amor tiene una doble dimensión, pues, en él, Eros y Thanatos aparecen fundidos: 


“Y un día entre esos días
sin fechas y sin plazo, 
ese mar de levante 
que te dio su furia y sus halagos,
se colgará a tu cuerpo
en un inmenso abrazo
y allí te quedarás
con los ojos abiertos a lo alto (…)” 

(ibid. 12- 13).


Una manifestación del andalucismo del libro sería también la presencia de la religión en su aspecto más folclórico y, por tanto, externo. Uno de los romances está, así, dedicado a la recreación de la Semana Santa, de manera que la imagen del Nazareno en procesión se convierte en un símbolo de la tradición religiosa española y especialmente andaluza: 

“Ya venía el Nazareno
por la calle de los Santos 
la melena mate, mate,
moreno, moreno, el hábito. 
Ya venía el Nazareno
extraído de un respaldo
de oliveras y de palmas
como un Domingo de Ramos;” 

(ibid. 25). 

En el único romance que conforma el apartado dos, encontramos una presentación de Granada, que queda condensada en la imagen de la Virgen de las Angustias, que se convierte en un emblema de la ciudad para el sujeto poético, quien, con el sólo deseo de volver a verla, ansía el regreso: 


“La luna curva y luciente
con donaire de navaja,
abre calles y plazuelas
en los muros de Granada.
Cuando vuelva a Andalucía 
ha de ser para mirarla,
mi Virgen de las Angustias,
sola en sus plantas amargas, (…)” 

(ibid. 33- 35).


Un tema que suele aparecer recurrentemente en la lírica popular es la recreación de la muerte infantil, que representa una alteración del orden lógico, temporal y, por tanto, natural de los acontecimientos. Provoca, por ello, un desasosiego especial que incita al canto y a la rememoración de la infancia truncada, de la inocencia interrumpida y rota para siempre. De ahí que en la recreación de la muerte de un niño se insista en detalles e imágenes que remiten a la pureza de quien ha muerto y que buscan la empatía bien de los lectores, bien de los oyentes. Obsérvese, así, en el siguiente poema, ambientado en un paisaje del sur, la insistencia en el carácter simbólico del ataúd blanco, y de los lazos y bolillos de la cabellera de la niña:

La llevaron en Domingo
 con palio de amanecer
 entre los campos de olivos. (…)

 En su caja blanca, blanca,
 con los bordes amarillos,
 se fué marchando del pueblo
 Josefica la del Pino,
 en un dulce suspirar
 de ojeras y zarcillos,
 desmelenada de lazos,
 crisantemos y bolillos. 

(ibid. 18- 20)

La infancia también está presente en el poemario a través de la canción infantil, forma de la tradición popular que se convierte en modelo para muchos de los textos.
Así, por ejemplo, en el apartado III, dedicado a la hija de la poeta –“A María Teresa, mi hija”-, encontramos una serie de poemas inspirados en este tipo de canciones, que se caracterizan por un lenguaje sencillo, por la proliferación de imágenes asociadas a la infancia, por la repetición de un estribillo, etc. El primero de los poemas es precisamente una canción de cuna, en la que la madre se dirige a su hijo pidiéndole que se duerma y presentándole, para ello, un entorno de total seguridad y protección:


“Duérmete, mi niño, duerme,
que todo duerme en el mundo, 
y el mundo todo te quiere,
el fuego, el gato y el cuco” 

(ibid. 39). 


En otras ocasiones, a pesar del tono infantil, existe un cierto aire de tragedia, de manera que la muerte se presiente detrás de una serie de imágenes que remiten a la inocencia, a lo naïf y, por tanto, a lo que debería ser un espacio de seguridad. La muerte, representada como un pájaro o un ángel negro, acecha, pues, siempre a los niños, que son los seres más débiles y frágiles: 


“A las siete de la tarde 
no te quedes junto al río
que un ángel negro vendrá 
a abrir tus ojos dormidos
para que bajes de noche
a los jardines del río,
a coger juncos de luna  
y el corazón de otros niños” 

(ibid. 45). 


La infancia se presenta, por lo demás, como el territorio del miedo a lo desconocido, a lo que queda fuera de los parámetros considerados normales, de manera que a veces ni siquiera la presencia protectora de la madre logra transmitir seguridad al niño: 


“Ya galopa la tormenta
por los bosques de Vizcaya.
- Madre me dá mucho miedo-.
-Duérmete hijo, no es nada-.
La Nada estaba allí puesta
en los rincones, muy pálida, (…)” 

(ibid. 47). 



[Texto: IMÁGENES FEMENINAS EN LA POESÍA DE LAS ESCRITORAS ESPAÑOLAS DE PREGUERRA (1900- 1936)
Doctoranda: Inmaculada Plaza Agudo] 











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JOSEFINA BOLINAGA [19.426]


JOSEFINA BOLINAGA  

Aunque fue conocida principalmente como autora de literatura infantil, Josefina Bolinaga publicó también poesía previamente al año 1936. Por lo demás y a pesar de ser una autora de cierto éxito en el periodo –como demuestran las noticias y reseñadas aparecidas sobre la escritora en algunos diarios de tirada nacional como el ABC y el Heraldo de Madrid y el hecho de haber ganado el Concurso Nacional de Literatura-, no he podido localizar los lugares y fechas de su nacimiento y muerte. 

Más que como poeta, la escritora fue sobre todo conocida, tanto en el periodo de preguerra como después en la posguerra, como autora de cuentos infantiles, entre los que destacan Amanecer, 1934, que se llegó a convertir antes de la Guerra en libro escolar de lectura, y Cuévano de aventuras, 1935. Publicaba, además, narraciones infantiles en la sección “Gente menuda” del suplemento Blanco y Negro del diario ABC.

El primero de los libros de poesía de Josefina Bolinaga, Alma rural, salió a la luz en el año 1925, precedido de un prólogo de Wenceslao Fernández Flórez, quien, ya desde estas primeras páginas, que generalmente deberían ser elogiosas, caracteriza el poemario como “un libro sencillo, escrito para almas sencillas”, cuya nota predominante es la ternura. Sitúa, por tanto, la obra, al margen de la “literatura con mayúsculas”, considerando que no es recomendable para quienes, como señala el autor, “gusten en literatura de manjares fuertemente sazonados” (apud. Bolinaga 1925: 6). Finalmente destaca la condición de entretenimiento que la poesía tiene para las mujeres, subrayando que “si la señorita Bolinaga fuese una señora que tuviese en su hogar tres o cuatro hijos, no hubiese escrito tales versos” (ibid. 8).

Alma rural es un libro peculiar, ya que no se ajusta de un modo exacto a las tendencias estéticas generales observables en la poesía de autoría femenina en el primer tercio del siglo XX. Así, si bien se aprecia en él la influencia de la lírica tradicional – versos de arte menor, lenguaje sencillo, estructuras paralelísticas-, no hay tanto una exaltación de lo popular como de lo rural, de manera que no se busca, a través de la poesía, la esencialidad sino la reproducción de unas formas de vida ajenas a las de la gran ciudad, cuya progresiva expansión generaba, sin duda, el rechazo de un sector de la población española, más apegado a las “esencias” tradicionales. El poemario está, por lo  demás, construido siguiendo el modelo de José María Gabriel y Galán, a quien la autora dedica el primero de los poemas, “Al eximio poeta Gabriel y Galán”, y a quien considera su maestro. La suya es, así, una poesía que, al igual que la del poeta salmantino- extremeño, ensalza la vida rural y campestre en su aspecto más tópico y superficial (frente a la actitud crítica y, a la vez nostálgica, presente en algunos de los autores tradicionalmente adscritos a la llamada “Generación del 98” como Unamuno, Azorín o Baroja), recreando escenas pintorescas y reproduciendo una forma de hablar rústica y ya claramente arcaica en un momento como mediados de la década de los veinte. La mayoría de los poemas tienen, por lo demás, un carácter narrativo, siendo frecuente la reproducción de diálogos entre personajes (generalmente entre madres e hijas, maridos y mujeres, amigas) y que son quienes precisamente reproducen la forma de hablar típica de ciertas áreas rurales españolas280:


¡Madre, cuidado en la ciudá
qué modo de bailar llevan!
M’asusté de lo que vi;
pero cuánta diferencia
del bailar de nuestros mozos
 y las mozas de mi tierra (…)
 ¡Pero, madre, en la ciudá,
 qué empujones, qué regüeltas,
 q’ajuntarse bien las caras,
 qué tocase las cabezas! 

(“Como los angelicos…”, ibid. 101- 104)


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280 Con todo, también en algunos de los poemas se ponen de manifiesto los diferentes roles de género de los hombres como proveedores y las mujeres como “ángeles del hogar” dedicadas a la crianza y al cuidado de los hijos: 

“Te lo dije muchas veces 
endenantes que casaras,
no hiciste caso a tu madre 
llevaste un hombre, Blasa, 
que en tan solico sirve
pa comer y p’a pintal” 

(“Audacia”, Bolinaga 1925: 153- 157).




El segundo poemario de Josefina Bolinaga, Flores de amor, se publicó en el año 1927, con un poema- prólogo de Luis Fernández Ardavín, a quien le interesa subrayar de un modo reiterado que se trata del producto de “un alma de mujer/ desbordando su amor en cuanto la rodea!” y que, por tanto, presenta una serie de características, tales como sencillez, inocencia, “templada inspiración”, que tradicionalmente, como vamos viendo, aparecen unidas a la creación poética de autoría femenina. Al igual que en otros casos, la obra se presenta como un “infante”, que “viene envuelto en mantillas”, llegándose incluso a equiparar la actividad literaria creadora con las labores de costura, “puntaditas de aguja en nítidas cuartillas” (apud. Bolinaga 1927: 7- 9). La obra se presenta, además, como “un canto de amor y de ternura”, que “debería llamarse ‘Maternidad’ y ser/ mejor que un libro, un cuévano de inmaculada albura”, situando a la autora bajo “las nobles sombras” de algunos poetas del siglo XIX como Gabriel y Galán, Campoamor, Grilo y Vicente Medina (ibid.).

En efecto, tal y como señala el prologuista, en este libro de inspiración popular – la mayoría de los versos son de arte menor y predominan las estructuras romancescas- y ambientado, al igual que el primero de la autora, en un entorno rural, la relación materno- filial ocupa un lugar destacado, siendo, sin duda, el tema central de una parte considerable de los poemas. Destaca, en este sentido, el segundo de los textos, “¡Sólo mío!”, en el que encontramos el estereotipo de la “madre coraje”, que ha criado sola a su hijo pequeño recientemente muerto y que se dirige al “juez de mi vida” para implorarle su resurrección. El sujeto poético expresa, así, de un modo hiperbólico su dolor y su incapacidad para asumir un acontecimiento que parece contrario a la lógica racional. Se plantea, además, en cierto modo, una lucha entre la muerte y la madre, que se enfrenta a las leyes de la naturaleza humana:


Su madre puso flores
en su vida, colmándola de ensueños
y regó su jardín con alegrías
y sembróle esperanzas en el pecho, (…)
Señor juez de mi vida,
sea usté justiciero…
Si le reclama el padre
le dice que hace tiempo
llorando dije al niño
Tu padre ya se ha muerto. 

(Bolinaga 1927: 17- 20)


En “El benjamín”, nos encontramos también el tópico de la mater dolorosa, de la mujer que sufre intensamente por el más pequeño de sus hijos que nació deforme y al cual ella entrega, por eso, más intensamente su amor: 


“Con zozobras siempre espía 
que se marchen a sus juegos 
los querubes deliciosos
sus hijitos, dioses bellos;
pues quedarse sola ansía
para hartarse bien a besos” 

(ibid. 75- 80).

Por contraposición al carácter “trágico” de estos poemas, en otros de los textos se da una exaltación del amor maternal dichoso utilizando, para ello, la fórmula de la canción infantil, de manera que se emplea un lenguaje sencillo, al tiempo que se incorporan referencias que forman parte del léxico de los niños. Es, como si de algún modo, el sujeto -madre tratase de transmitir a sus descendientes, en un lenguaje comprensible, el cariño que siente: 


“Es mi hijo 
flor de espuma, 
un trocito
de una nube primorosa, 
que es de Cielo, nieve y rosa” 

(“Fue una nube”, ibid. 28). 


De hecho, muchos de los poemas del libro parecen dirigidos a un público infantil, tal y como se puede apreciar en los romances de carácter narrativo, “Princesa, mi princesita” y “Las dos jaquitas”, o el poema “Idilio”, en los que los protagonistas son los niños. Por lo demás, en muchos de estos poemas, se pone de manifiesto la diferente socialización que reciben los niños y las niñas: así, mientras que en “¿Qué serás?”, el sujeto madre desea que su hijo tenga un “destino grande” como soldado, médico, marinero, duque o torero (ibid. 47- 48); en “Oye, muñeca”, desea para su hija que sea una “mujer bella/ como un sol de hermosa, cual una aurea estrella” (ibid. 91- 92).

En el año 1934, Josefina Bolinaga publicó Candor: Niños y flores, que es un libro de poemas para niños, descrito, en una breve dedicatoria que coloca al frente –“A los que como yo aman a los niños y por si este libro cayera en sus manos”-, como “Rima sencilla. Templada inspiración. Carencia absoluta de tópicos, ni de imágenes. Eso hallaréis en mi libro” (Bolinaga 1934: 3). En este poemario, a diferencia de lo que sucedía en los dos anteriores, un público infantil, interpelado de una manera reiterada, se convierte en el destinatario de unos poemas que tienen, en la mayoría de los casos, un carácter narrativo y están generalmente protagonizados por diferentes tipos de flores (girasol, pensamiento, tulipán, lilas, clavel, rosa, margarita, amapola, etc.) y plantas (como, el perejil, el trébol o el sándalo), que aparecen personificadas y que toman la palabra para dirigirse a unos niños que parecen escucharlas con atención y que proponen asimismo un diálogo281. Con frecuencia, a través de los parlamentos de las flores, se busca plantear a las criaturas una reflexión de tipo moral o existencial, como sucede en el caso del poema “Rosa”, en que la flor “bonita” pero perecedera aconseja la eliminación de la actitud orgullosa ante la fugacidad de la existencia: 


“Así, niños míos, 
no tengáis orgullo, 
porque las bellezas 
son cual mis capullos.
 ¡Y nunca presuma
la niña de hermosa,
puesto que ella dura 
igual que una rosa!” 

(ibid. 37- 40). 


En “Espuela de caballero”, la flor lleva a cabo una exaltación de la paz, rogando encarecidamente a los niños la huida de cualquier disputa, envidia o desunión 282.


281 Junto a los poemas, aparecen algunos cuentos infantiles de carácter narrativo: “El viaje de un capullo”, “Periquín”, “La cigüeña”, “El escarabajo de oro” y “Flor de luz”.
282 

“Vivir siempre sin envidias, 
que emponzoñan, matan, hielan. 
Es la paz amor divino
en los montes, en la aldea,
en las chozas y las ciudades,
que la Paz bendita sea.
Siempre juntos, niños míos,
y en unión honda y fraterna
vivir todos como hermanos:
escucharnos nuestras quejas,
consolar al que esté triste
rezar con el que reza” 

(“Espuela de caballero”, Bolinaga 1934: 51- 53). 

[Texto: IMÁGENES FEMENINAS EN LA POESÍA DE LAS ESCRITORAS ESPAÑOLAS DE PREGUERRA (1900- 1936)

Doctoranda: Inmaculada Plaza Agudo] 





Poemas de Josefina Bolinaga

El primer beso

   -Madre, yo una cosa
decírsela debo,
que me quita el jambre,
que me quita el sueño.
¡Una cosa grande!
¡Madre, es un secreto!
¡Venga usté a l´alcoba!
¡Venga p´allá drento!
que no l´oiga padre,
que no l´oiga agüelo.

Pues verá usté, madre...,
casi no m´atrevo
a decirla todo,
y es que endemás miedo
de que usté me riña
mucho yo le tengo.

¡No se ponga seria!
¡No m´arrugue el ceño!
Mire pa otro lao...
Que me da usté miedo...
Ahora lo digo,
ahora alcomienzo.

Ayer para el campo
se vino el Usebio,
s´acercó pa mí,
y dijo, contento...
Lo de siempre, madre:
¡Que si yo le quiero!
Le dije... que sí,
que ley yo le tengo;
s´acercó él altonces
más p´hacia mi cuerpo,
juntó la su cara
casi con mi pelo...
¡No se ponga seria!
¡No m´arrugue el ceño!
Q´altonces no sigo
este mi secreto.
   ¡Mire pa otro lao!
pus iba diciendo
Q´ajuntándose a mí
el mocico Usebio...
¡Y altonces! ¡Altonces!
¡Ay, madre! ¡Qué miedo!
Me dio en la cara
así como un beso.

¡No me riña, madre!
Q´ha sío el primero.
¡No me riña, madre!
Que más ya no vuelvo
a dejar besarme
del mocico Usebio.

- No te riño, hijica;
no me tengas miedo.
¡Cuánto que me gusta!
¡Cuánto que m´alegro
Q´a mi m´hayas dicho
eso del Usebio!
¡Pa estar con mil ojos!
¡Pa velar por ti
y pa estar yo siendo
la tu sombra siempre
que siga a tu cuerpo!

¡Cuánto que me gusta!
¡Cuánto que m´alegro
q´a mí m´hayas dicho
ese atrevimiento...!
Ya estoy mu tranquila:
No vendrá otro beso,
que tendrá tu madre
mil ojos para ello.

Porque tú no sabes
y has de tú saberlo,
q´es mucho dañino
ese primer beso.


El hondo sufrir

I

Se murió la nenita, y el padre
con el alma transida de pena,
iba tras la caja
blanco cual la cera.
¡Qué congojas tan grandes el pecho!
¡Qué latir de las sienes con fuerza!  
Iba como un ebrio
Tras la niña muerta.


II

En los campos brillaban las mieses
cual chispitas de luz y centellas,
doradas espigas
se inclinaban del peso a la fuerza.
Los cotos bravíos,
allá en la pradera,
retozando triscaban alegres
y balaban también las ovejas.
¡Todo convidaba
a la vida buena!
El ambiente cargado venía
de las madreselvas,
los zarzales, de rosas floridos,
perfumaban sencillos la tierra.
¡Qué alegre la vida,
qué hermosa, qué bella!
Y a lo lejos se oía la copla,
tan sencilla, tan fresca,
copla campesina
de suave cadencia,
que traía pensares benditos
del honrado vivir de la aldea.


III

¡Qué hermosa la vida;
vivirla, qué buena!
qué cansado subía el cortejo
por la dura cuesta.
Todos, en silencio,
caminaban de prisa y con pena,
¡qué dolor tan hondo
en la tarde aquella!
Pobre padre, pobre padre,
blanco cual la cera,
que cómo iba, ni él lo sabía,
tras la niña muerta.

Peces en la tierra. Antología de mujeres poetas en torno a la generación del 27. Edición y selección de Pepa Merlo. Fundación José Manuel Lara.      




Elogio de la biblioteca escolar

Diez años antes del mayo revolucionario, las únicas revoluciones que agitaban nuestra plácida vida escolar consistían en el reparto de la leche en polvo americana, el carro que una vez al año traía las roñas para alimentar la escuálida estufa de la escuela, y el polvo que, filtrándose por las mal machihembradas tablas del piso, […]






INTERVENCIÓN DEL PRIMER MINISTERIO DE EDUCACIÓN NACIONAL DEL FRANQUISMO SOBRE LOS LIBROS ESCOLARES.

Carmen Diego Pérez
Universidad de Oviedo

(Artículo publicado en: “Revista Complutense de Educación, 1999, vol.10, n.º 2, pp. 53-72)


RESUMEN
   
Los libros de texto utilizados en el primer nivel educativo estuvieron en el punto de mira durante la Guerra Civil española por ser un objetivo, primero a destruir y después a controlar. Qué medidas se arbitraron para conseguirlo durante el primer gobierno de Franco es el objeto de las siguientes páginas.

         
Durante la Guerra Civil española el enfrentamiento armado tuvo su parejo en la distinta concepción de la enseñanza y en los recursos educativos utilizables, especialmente los libros escolares. Cómo se arbitraron y pusieron en marcha medidas para controlar y supervisar los libros utilizados en la enseñanza primaria durante este doloroso trienio ha sido estudiado aún sólo parcialmente, bien en trabajos que analizan la política del libro escolar desarrollada por el franquismo o bien en estudios sobre algunas medidas específicas como el intento de dotar de un único libro de lectura a las escuelas – El libro de España – o la más ambiciosa de diseñar ex profeso los de todas las materias objeto de enseñanza – los del Instituto de España –. La inusual actividad desplegada en medio del conflicto armado en relación  con los libros escolares requiere aún trabajos sobre otras iniciativas tomadas por el bando que resultará vencedor y ése es nuestro propósito en las siguientes líneas.
   
A partir del 30 de enero de 1938 el Ministerio de Instrucción Pública se denominó Ministerio de Educación Nacional y ese cambio señaló el comienzo de una política educativa diferente, encauzada, hasta abril de 1939, por Pedro Sainz Rodríguez (1898-1986), periodo que analizamos en este artículo. Desde la sede provisional del Ministerio de Educación Nacional en la Escuela de Artes y Oficios de Vitoria, Sainz Rodríguez, curtido en temas educativos durante los gobiernos de la Dictadura y la República, marcó las directrices de la función del Estado respecto a la enseñanza, lanzando una serie de ideas – sugeridas en muchos casos por simpatizantes – que arraigaron profundamente. A pesar de la precariedad de medios para desarrollar su labor, consciente y orgulloso de su papel histórico, ha conservado en su archivo personal informes, cartas, notas personales, etc. que hoy permiten contrarrestar la escasez de fuentes documentales para este periodo. Entre sus papeles hay varios informes y sugerencias para diseñar un nuevo modelo educativo enviados por quienes se adherían a los generales antes de la victoria para auxiliarles “con nuestra experiencia dentro de nuestras actividades, al más pronto logro de aquellas patrióticas aspiraciones”. En varias ocasiones se señaló como “fuente de donde han surgido los males que hoy padecemos” al Ministerio de Instrucción Pública, “cuartel general de los enemigos de España”, a pesar de haber “en uno de los Gobiernos de 1935 hasta cinco ministros de la CEDA (...). Por eso si alguna actividad nacional necesita reforma honda, profunda y urgentísima es la de la enseñanza, y si en algún Ministerio hay que entrar a sangre y fuego, sin respecto a lo preexistente es el de I.P.; en todos, los errores, los derroches, las pasiones, han causado el daño de no hacer un bien; en éste eso mismo ha impedido que se haga el bien y han producido los males que padecemos”.

Comenzado el curso, el Jefe del Servicio Nacional de Primera Enseñanza firmó la orden del 18 de octubre de 1938, con una relación de libros aprobados “solamente para el presente curso de 1938 a 1939”40, que eran los únicos que podían utilizarse en las escuelas. El total de libros escolares autorizados, con indicación del precio de venta de los mismos, salvo en los originales inéditos a los que no se les señalaba, aparecían agrupados bajo distintos epígrafes siendo el primero el de temas varios que comprende 109 libros; bajo la denominación de libros de aritmética y geometría se incluyen 35; además están los 18 libros de Geografía e Historia; también 24 libros de religión e historia sagrada y, por último, 9 libros de ciencias naturales. En total quedaban aprobadas 195 obras que, por editoriales, se distribuían del siguiente modo: Hijos de Santiago Rodríguez, 31; Bruño, 23; Magisterio Español, 18; La Educación, 16; Luis Vives, 15; Sanchez Rodrigo, 10; Porcel y Riera, 7; Sociedad de María. Marianistas, 7; Producciones Naverán (inéditos) 7; Corazón de María, 5; Florencia, 4 y de varios autores 52, dos de ellos inéditos. En definitiva, los maestros podían elegir entre dos centenares de libros para seleccionar los que querían utilizar en el curso 1938-39.
        
Lógicamente no todos los libros examinados satisfacían los requisitos pedagógico, moral, tipográfico... etc., y por eso la Comisión “les consideró inaceptables para la Escuela del Nuevo Estado y por estas razones no han sido aprobados”. La relación de rechazados incluía 42 títulos. El tiempo del expurgo no había terminado. No se conservan los documentos de trabajo de esta Comisión Dictaminadora de los libros de texto que se han de usar en las Escuelas Nacionales, pero de la relación de obras no aprobadas en esta primera sesión, celebrada en Vitoria el 28 de septiembre de 1938 tenemos el motivo del rechazo, pues en la lista hecha pública en 1940 las obras iban acompañadas de una valoración. Las razones del rechazo, por orden de frecuencia, eran: antipedagógico, anticuado, deficiente presentación, carácter laico 41, e incluso, algunos por contener definiciones inexactas o erróneas – fundamentalmente éstos son los de aritmética  y de geometría –, por expresiones duras, o “gran frialdad en su Tratado de Moral”, dictamen aplicado a Enciclopedia. Grado preparatorio de Virgilio Pérez.

Nuevamente el cotejo del texto de la orden original, con lo publicado en el BOE y en el BOMEN, evidencia diferencias tanto en la reproducción de la lista de los libros prohibidos como en la de los aprobados, al matizar las prohibiciones hechas a los Inspectores.


41 Esta es la razón para prohibir Amanecer, obra de Josefina Bolinaga, editada en Burgos por Hijos de Santiago Rodríguez que había recibido el tercer Premio Nacional de Literatura en la convocatoria de 1932. Es posible que a la autora se le hiciera saber qué enmiendas o rectificaciones debía hacer, pues fue nuevamente presentado a juicio de la Comisión Dictaminadora de textos Escolares de Primera Enseñanza y fue aprobado en la orden del 27 de diciembre de 1940 (BOMEN del 10 de febrero de 1941). En 1955 lo seguía editando Hijos de Santiago Rodríguez.





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