jueves, 31 de julio de 2014

RENÉ SILVA CATALÁN [12.600]


René Silva Catalán 

(Santiago de Chile, 1971)
Egresado de la carrera de Publicidad de la Universidad de Santiago Chile, diseñador gráfico y gestor cultural, invitado a varios encuentros de poesía a lo largo y fuera del país, recibe el Primer Lugar en género Poesía en la 15º Versión del Concurso Literario de San Bernardo año 2008 con el libro “Anatemas”, que publica en 2010, Editorial Fuga. Es uno de los organizadores y coordinador nacional de Descentralización Poética.


RECUERDOS FUTUROS

Y si el corazón me continuase respirando
es que no tiene interés en cortinas
viejas de las  próximas estaciones de invierno

Dejará de amar el canto del gallo a la hora puntual
cuando el sol esconda a su parronal las ramas más ligeras
de equipaje cargadas                    de agostos intransitables

Mi voz se ha vuelto tiza escolar de chinganas
que le han quitado los ojos a la mofa del telégrafo

Me ha dado con soñar que nuestro nicho nos quedará como casa quinta
con ese organillo de Jacula que tendremos en un bar sin letrero

Pasada la última cosecha que migre a nuestros nietos tendidos
sin títulos en pueblos tranquilos y sin amas de casa

De acequias jubiladas por el bajo precio del tirgo
cancelado a la Patagonia sin onas


Allí donde duerme eterna siesta  el acento rústico y ocioso
de los ramales sin pasajeros donde nunca se detiene

el  PURO CHILE




CARNAVAL DE PRIMAVERA

En el campo travieso un trote fértil de niña      ajeno
asciende y desciende la lengua por su última tonada

Juego de azar para las uñas erectas del Rey del Tomillo
echado en ese folklore oliendo décadas a naturaleza muerta

Así son las Fiestas Patrias en el pueblo sin retén sin plato típico
con un viento raco que le quita el sonsonete a sus repollos

Con hímenes gordos y rojos de  cantoras       que más bien parecen
feriado de San Juan en marcados        a calendarios de mataderos

Caserío de futres que no cambiaron el horario de verano
a las orgías donde fueron                     cabras y pastores

De callejones gobernados por la calma y el horizonte en sus tejas
flotando por acequias de pipeño Italia a las diez
y seis horas de jornada por un mingaco de charqui

Seremos siempre la letra chica del himno nacional
entonado en los últimos párrafos de canales de regadío
de tijerales de escuelitas           que van corriente abajo

Marchando clavelinas de miembre que dieron sepultura
a las últimas pilchas del lenguaje de pala y picota

Escritas por la mano de obra barata y abundante
de todas mis nanas                  de todos tus abuelos





LAS PERIQUITAS BAR

Perdida en el ceño fruncido de botellas vacías
por su portón cruza la mitad del siglo
en solo una tarde

Aquí solo a mi puede interesarle la lluvia que corra
por sus pasillos sin darle una propina al maquillaje
de asustadas estocadas       con la cera roja en oferta

Debajo de quintales y huellas apiladas en bostezos
de tantos electores y bandidos

Acá sus mesas y manteles fueron decorados por tejos
mestizos y rancheras desdentadas

Acá solo importa la borrachera empañada en los espejos
trisados por las dudas              de un pueblo sin provincia

Acá en el baño no existe dar las gracias al borracho
contento de no vomitar a su hembra de nicotina en la pared

Aquí cada palabra está mal dicha y enredada como ovillo
de tufos lúgubres que no saben levantarse para decir basta
y tambalearse a la salida de la siguiente quincena

Acá una partida de naipes es una victoria para las temporeras
arriba de sus bicicletas pedaleando en contra del verano ceniciento

Acá solo llegan siluetas de gañanes con juramentos de parranda
con sus bolsillos llenos de brotes                     y centavos enfermos

Donde izar una copa de mistela con su borde tinto sangrando
y hacer salud por la siguiente poda 





DE REGRESO 

“Dentro de mi en lo inédito extraño, 
 una raíz de ángel no tuvo riego” 
HUMBERTO DÍAZ CASANUEVA 


Yo vengo de tu muerte 
como un telegrama 
 empuño el chuzo 
el intestino vagabundo 
su lombriz coja 

La fila está manchada me siento 
en una ortiga de la noche 
vuelco el corazón 
 he vuelto 

Con alas tono a sombra 
reviento la geometría en un grito 
tu ventana tiento 
en un charco del aire 

 los bocados del viento beben tierra 
 en un eco de papel 
 difusos 
 como el polvillo perdido en la techumbre. 





PECATTUM 

Resulta que transito como 
 hilacha en la infancia 

 Renuncio a la tregua marital 
 me confiesa un antojo de torcidos algodones 
 en el capullo 
Un abejorro encubre el regurgito 
 de noche buena 

Resulta que almaceno 
íntegra úlcera en un candelabro donde aletargan 
 infamantes campanillas cojas 

 Qué interesa entonces 
 pactar con tu mariposa oculta que 
 traga el atuendo de tu nombre yo 

 tendido en tu boca 
 ya no huelo 

 a dios. 




ANATEMAS, de René Silva Catalán

Existe un movimiento particular en la poesía contemporánea que se inicia con la publicación de Las Flores del Mal de Charles Baudelaire y que tiene como centro de su temática el ataque de la espiritualidad dogmática del cristianismo, que ha generado una extensa genealogía de nombres, entre los cuales podemos mencionar a Lautreamont, T.S. Eliot y Fernando Pessoa. Para esta corriente, la impugnación de las verdades impuestas por la Iglesia Católica es una misión ineludible a la hora de generar una nueva espiritualidad y un acercamiento inédito a Dios, que no se rija por las restricciones establecidas por los acólitos más severos de la Cristiandad.

Dentro de este movimiento podemos situar los Anatemas del poeta Silva Catalán. El objeto principal del texto es instalar un alegato -en todos los niveles- contra esta espiritualidad torcida y estéril que aún pervive en la cotidianidad de la geografía íntima de las ciudades y pueblos de Chile. El libro funciona en su negación de las verdades trascendentes de la religión católica, representándonos el cristianismo como una especie de retablo que se despliega a través de una serie de eventos, símbolos e imágenes que saturan la vida diaria de los hombres (la figura del Salvador, la Cruz, las distintas estampas de los santos, festividades tales como la noche de San Juan, la Pascua, etc), un teatro de actores muertos que ya no celebra ni asume la presencia de Dios sino que manifiesta su alejamiento de nuestra existencia.

El texto que mejor resume esta denuncia del cristianismo, como representación espuria de la que hablo, es “Dunguve”. Silva Catalán utiliza una imagen realizada en un lugar no santo (un baño) como metáfora de la divergencia que se produce entre el deber ser que propone la religión y la realidad mezquina y decadente de la práctica diaria:



“La procesión del día sigue siendo el rito
de la muchedumbre religiosa tan extraña
como un puñado de centímetros

La verdad es que los santos grafitiados
en el baño de mi junta de vecinos
seguirán siendo hippies anhelando
ser Jesucristo Superstar en los vitrales de parroquias
que ya ningún vecino visita

Todos ellos han muerto con la jubilación del diezmo
se han llevado la pensión para velas
me lo contó la banca donde ya no descansan las abuelitas
sus trenzas de tierras analfabetas

Las capillas hoy ya no conceden el mismo socorro hoy
se diseñan plásticas mis animitas
jugueteando a hacer dedo a orillas de la cinco sur”
(Dunguve, página 28)



Contra el orden de cosas anteriormente descrito, la voz poética se plantea en total rebeldía:



“Ahora ya sé quién soy
mujer madre nunca pontífice

No soy

la súplica mal leída y alucinada
del Padre Nuestro al morir no

Soy quien se arrodilla
ante el nacimiento
ante la muerte ante la resurrección
ante la bronca del pan y del vino”
(Intelectus, página 21)



La alternativa que propone Silva Catalán a este universo degradado de creencias está vertebrada por una adhesión a ciertos principios provenientes del ocultismo que afloran en las páginas de Anatemas. Son visiones utópicas, parciales reconstrucciones de un mundo al que debemos aspirar:



“Silencioso sopla su IAO sana

Esta iglesia descosida en la horqueta desayunando
mermelada casera de Gomorra
espesada anoche por mi abuela

Su pureza nos vierte
estos mares en llamas
rebalsándose de reír

Si el verano alargara hasta Mayo
es posible que despierte
todas estas imágenes”
(Sueño de verano, pág. 19)



De acuerdo al Glosario Teosófico de H. P. Blavatsky, IAO corresponde al “Dios supremo de los fenicios: “La luz sólo concebible por el intelecto”, el principio físico y espiritual de todas las cosas, “la esencia masculina de la sabiduría”. Es la luz solar ideal. [Entre los fenicios, IAO es un dios supremo cuyo nombre secreto y trilateral encierra una profunda alegoría. Es un “nombre de misterio”. Entre los caldeos, IAOS era asimismo el nombre de la divinidad suprema, entronizada sobre los siete cielos representando el espiritual principio de la luz, y era también concebido como Demiurgo. Etimológicamente considerado, IAO significa “aliento de vida” (Pág. 270, tomado de la primera traducción inglesa de 1892). El componente fundamentalmente utópico que tiene la invocación a este ser mistérico, no invalida su poder subversivo: la invitación es a realizar este sueño, aún cuando la concreción de éste sólo pueda efectuarse en la realidad que supone el éxtasis personal o la expresión poética misma.

Esta misma ligazón con los elementos del ocultismo se refleja en la frase que conforman las dos secciones del libro: IGNEA NATURA + RENOVATUM INTEGRA. Dicha frase, tal como muy bien lo expone C. Henrickson en un artículo reciente sobre Anatemas, “remite a una expresión que se podría traducir como La naturaleza se renueva completamente por el fuego –máxima alquímica y masónica que reinterpretaba la sigla INRI, puesta según la tradición a la cabeza de Jesús en la cruz”. La renovación que conlleva el fuego en la Naturaleza, supone una destrucción previa que halla eco en algunas partes del texto:



“El horizonte construyendo(se) agita
los precarios dedos predicen una
Santa huyendo
A la osamenta del arcano XV”.
(Lapsus Dei, página 17)



Recordemos que el arcano XV corresponde al Diablo, la personificación del mal y los elementos que conllevan a la aniquilación: “Arcano decimoquinto del Tarot. Aparece como Baphomet de los templarios, macho cabrío en la cabeza y las patas, mujer en los senos y brazos. Como la esfinge griega, integra los 4 elementos: sus piernas negras corresponden a la tierra y a los espíritus de las profundidades; las escamas verdes de sus flancos aluden al agua, a las ondinas, a la disolución; sus alas azules aluden a los silfos, pero también a los murciélagos por su forma membranosa; la cabeza roja se relaciona con el fuego y las salamandras. El diablo persigue como finalidad la regresión o el estancamiento en lo fragmentado inferior, diverso y discontinuo. Se relaciona este arcano con la instintividad, el deseo en todas sus formas pasionales, las artes mágicas, el desorden y la perversión” (Diccionario de los símbolos, J. E. Cirlot).

Los rasgos que hemos podido vislumbrar en Anatemas denotan ciertas características que Maurice Blanchot ha resumido en un artículo acerca de la Palabra Profética (El libro que vendrá, Blanchot Maurice, Monte Avila Editores, 1991, págs. 93-94): “Neher ha juntado los rasgos más constantes de la existencia profética: el escándalo, la impugnación. “No Paz” –dice Dios. La “No Paz de la profecía se opone tanto al sacerdocio espacial –el que sólo conoce el tiempo de los ritos y para el cual la Tierra y el Templo son los lugares necesarios de la alianza- como a la sabiduría profana. Palabra, pues, escandalosa, pero que es escándalo primero para el profeta. De repente un hombre se convierte en otro. Jeremías, suave y sensible, debe convertirse en un pilar de hierro, en una muralla de bronce, porque habrá de condenar y destruir todo cuanto ama. Isaías, decente y respetable, tiene que despojarse de su ropa: durante tres años anda desnudo. Ezequiel, sacerdote escrupuloso que nunca faltó a la pureza, se nutre con alimentos cocidos en medio de excrementos y mancha su cuerpo. A Oseas el Eterno le dice: “Cásate con una mujer de prostitución: que te dé hijos de prostituta, porque el país está prostituyéndose” y aquello no es una imagen. El matrimonio mismo profetiza. La palabra profética es pesada. Su gravedad es el signo de su autenticidad. No se trata de dejar que hable el corazón, ni tampoco de decir lo que agrada a la libertad de la imaginación. Los falsos profetas son amenos y simpáticos: bufones (artistas) en vez de profetas. Pero la palabra profética se impone desde afuera, ella es el Afuera mismo, el peso y el sufrimiento del Afuera”.

En el libro de Silva Catalán se distingue esta lucha, este esfuerzo por impugnar el estado de muerte espiritual que ha supuesto la práctica del Cristianismo a contar de su imposición sobre las religiones originarias de Latinoamérica, gesto mediante el cual la Palabra se vuelve a situar en el desierto para denunciar todos los vicios establecidos por las sociedades modernas, resituando su mirada desde una perspectiva femenina (“Ahora ya sé quién soy / mujer madre nunca pontífice”), con el objeto de rescatar esa sabiduría / légamo que permanece oculta tras las capas de civilización y catecismo.

Los mecanismos del texto permiten que la denuncia mencionada se logre, evitando la instalación de un estilo monumental o de una voz poética hipertrofiada: lo que distingue a Anatemas de otros textos con vocación profética es la conformación de un hablante cuyo tono está marcado por sus búsquedas de lo arcano, y que, al mismo tiempo, sostiene estos temas a partir de acercamientos a una cotidianidad totalmente reconocible, tal como se grafica en un texto como “Septiembre tres”:



“La gente / el bus / las estrellas/ sin horizonte
La muerte / acaso / bañarse / mi amor / te amo hija / soñando
mirarse / curioso / tengo canas / solitario / con Cristo / me duermo”.



Y es que en Anatemas se cruzan dos de las líneas que han determinado la poesía chilena del último siglo: la corriente subterránea, marcada por poetas como Omar Cáceres, R. del Valle, H. Díaz Casanueva y otros, que aspira a imponer temas de una espiritualidad más densa, y la que desciende directamente del trabajo seminal de Pezoa Véliz, que se encuentra con los dos pies firmemente establecidos en la realidad de un pueblo que sigue estando bajo el látigo del opresor. El principal mérito del texto es poder beber de estas fuentes, instalando un imaginario propio que es resultado de la combinación de estas dos líneas y no tributaria de una de ellas en particular.



RODRIGO ARROYO CASTRO [12.599]


Rodrigo Arroyo Castro 

Curicó, Chile  1981. Licenciado en artes por la Universidad de Playa Ancha. El 2008 publica "Chilean Poetry" Ed. Fuga, el 2009 "Vuelo" Ed. Inubicalistas, el 2012 la plaquette "Mausoleo" Cuadro de Tiza Ediciones y el 2013 "Incomunicaciones" Ed. Inubicalistas. Es coeditor de Ediciones Inubicalistas.




Presentación Chilean Poetry, Rodrigo Arroyo 
Por Jorge Polanco Salinas



No hemos muerto y lo deseamos, retornamos; y no a lo mismo.
Nos quitamos el pronombre la pluralidad y los dineros.
Entramos de incógnito al laberinto.

..

Pendientes,
no ha muerto el surrealismo –Artaud–

Aparecen fantasmas,
no se ha esclarecido el misterio del caballo.
Existe una sospecha; las salidas verdaderas puedan ser falsas,
de que el laberinto es una declaración de guerra, silenciosa –Thoreau- 
pasa el viento
pasa el viento.

..

Olvidamos las derrotas, un débil sonido de mi cuerpo ilumina las paredes, 
las rayamos y seguimos perdidos dibujando una silueta, 
en la pared.

..

Púas para perpetrar el simulacro 
bajo una lluvia marcada por los signos 
del castigo       de la barricada. 
El aguacero ha creado su doble. Que distorsiona la verdadera humedad del agua;
tal vez sea eso, el asunto de la lluvia, lo que nos extravíe
los falsos focos. Las nuevas imágenes, los márgenes. 

La caída es una televisión a colores transmitiendo el recorrido de una flecha
desde la ballesta, la pistola, el tanque

hacia un caballo de madera con un laberinto dibujado en su lomo.

..

El tránsito es una escritura que nos gusta por ser gratis, porque se escribe al ir 
desapareciendo, al anochecer.
Se cae esta ciudad sin nombre, hundiéndose en la niebla. Los sonidos de las palabras 
dibujan laberintos que permanecen estáticos en el aire,
antes  
de 
    caer.

...


El día que recuerdes mi palabra
volverán de a poco las sirenas,
cavarás un agujero en la cola del piano
y recordarás que el problema era el exceso de maquillaje y de hendiduras
en el rostro.
El problema era que no decían nada de los caídos
del sujeto, del predicado, del dinero.
El día que recuerdes mi palabra recordarás también
que un poema no depende de su economía de palabras,
de su olvido en la repetición o su cercanía con el cuerpo.
Un poema no depende de ser poema
poesía, poética,
comunicado
ruido de sirenas
caminata por el laberinto,
recuerdo
u orden de fusilamiento a medianoche.





En el libro de un poeta amigo se define la escritura melancólica como un ejercicio de la desesperación. Esa actitud se condice con la mirada gris que ha tomado cierta parte de la poesía contemporánea, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial y la crisis de la representación. Una tradición que pone en cuestión el lenguaje y la poesía se ha afianzado, teniendo como dato duro la historia de las sucesivas catástrofes, de la que Chile no queda fuera y su poesía tampoco. A esta escritura de la desesperación pertenece sin duda Chilean Poetry de Rodrigo Arroyo. 

Ya desde el título en inglés, emulando el segundo libro de Juan Luis Martínez, el poemario muestra una ironía y mordacidad interesante respecto de la tradición poética chilena. La violencia del inglés con que parte el libro entrega indicios de las metáforas de la violencia, plasmada en las alusiones recurrentes a fusiles y armas que acentúan los textos. La ironía emerge en su primer estrato con el consumo del inglés en nuestro país –patentizando la instauración del modelo norteamericano- como también de las implicancias que supuestamente conlleva la tradición poética chilena, casi como una señal de sarcasmo al borde del cansancio de la literatura, y quizás también del mundo social lumpenizado que configura. Tal como en otros ámbitos de la sociedad chilena actual. 

Pero no queda allí.

Rodrigo Arroyo hace eco de una tradición escéptica que se ha configurado en Valparaíso, una mirada desconfiada y opaca acerca del estatuto del poeta. Siguiendo derroteros que atraviesan igualmente a escritores como Rubén Jacob, Ennio Moltedo, Carolina Lorca, Luis Andrés Figueroa, Ismael Gavilán, Ximena Rivera, entre muchos otros hasta el día de hoy(1), el poeta no puede dejar de establecer una labor que se cuestiona a sí misma, una actitud natural del propio creador a romper con la iconoclasia del autor. Tal vez preexista una filiación en el puerto a la anarquía, que se ha arraigado de manera inconsciente a sus escritores. Vitalmente, varios poetas de Valparaíso han rehuido sistemáticamente la escenificación con el fin de privilegiar la obra. El ejemplo eximio y desesperado en términos de gesto escritural es el de Juan Luis Martínez, quien elabora una poética de la tacha del nombre y del paréntesis, volviéndose reticente –como otros poetas de Valparaíso- al ámbito público. Tal vez exista en ello un dejo melancólico frente al tiempo requerido por la obra, pero a la vez una sanidad escritural que contrasta, a pesar de la cercanía, con el facilismo mediático de Santiago (aunque es necesario recordar que la poesía chilena ha tenido como principales exponentes creadores que provienen de las regiones, salvo unos cuantos nombres que podrían ser contados con los dedos de las manos).

Juan Luis Martínez constituye, en este caso, el referente primordial de la poesía de Rodrigo Arroyo(2). No sólo en el gesto escéptico antes descrito (trasuntado en la habitual actitud crítica de Rodrigo), sino también en la relación que establece con las artes visuales. Este ámbito es fundamental, aun cuando Rodrigo no introduce como hilo articulador la poesía visual. Afirmado como tabla de naufrago a la palabra persiste en no abandonarla,  conjugando sus linderos en la página al punto de eliminar incluso la numeración. Fenómeno interesante de observar si consideramos que este poeta se ha formado en las artes visuales. A pesar de que la plástica constituye uno de sus referentes innegables, no atraviesa la barrera de la palabra introduciendo imágenes iconográficas. Así la poesía de Rodrigo alberga de soslayo un agotamiento y una desconfianza ante el uso irreflexivo de tales procedimientos; aquello se explica, por ejemplo, en el mismo libro a través de versos como los siguientes: “¿cómo dirías tu imagen sin palabras? ¿Cuándo callaremos?”

Ciertamente, la preocupación por la edición cuidada del objeto libro procede también de las artes visuales y la escritura de Martínez. La portada blanca, sin representación iconográfica, salvo el diseño ad-hoc del logo editorial, induce a pensar que Rodrigo intenta marcar una diferencia respecto a la ilustración de la palabra. Los mismos versos citados más arriba muestran dicha desconfianza. Además la portada que introduce el sello “editorial fuga” contiene una coincidencia graciosa con la poética laberíntica y enclaustrada del libro, que no se les debe haber escapado al poeta ni a los editores cuando diseñaron la figura del laberinto. Por otro lado, introduciéndonos al interior del texto, la sección intermedia de roneo y la tipografía antigua que rememora décadas pasadas, señalan al parecer una alusión material y al mismo tiempo precaria en la que se establece la palabra. Da la impresión que esta sección constituye –como el título de esta parte indica- una clase de enmudecimiento que remite a la dictadura, casi como un homenaje a las generaciones anteriores como también una advertencia de la continuidad política marcada por la derrota del proyecto histórico. De allí se desprende un gesto desesperado y crítico de la época actual,  además de la evidencia precaria que se impone a la obra artística cuando se pone en relación con el tiempo. 

En esta misma sección, casi al terminar, se encuentra una hoja doblada en cuatro partes que, en su primera pretensión, Rodrigo quería que fuese doblada a mano. No sé si habrá sido hecho así. Lo importante es que esta hoja marcada a mano intentaría de algún modo introducir la firma concreta del autor. En este sentido, existe una relación interesante entre La Nueva Novela y Chilean Poetry, puesto que en este último se pretende que la firma se halle dentro del libro, continuando la reflexión acerca de la inscripción del nombre, pero llevada ahora a la manufactura. Firma y mano aparecen efectivamente vinculadas, concretizando con este gesto la afirmación de Celan de que solo manos verdaderas escriben poemas verdaderos (Téngase en cuenta que Rodrigo es un asiduo lector de Celan, lo pude comprobar personalmente cuando quiso robarme mi edición de las obras completas). 

Este vínculo entre Celan, Martínez y Chilean Poetry de Arroyo se muestra desde ya con el epígrafe del comienzo: “Hubo que decir algo, siempre hubo que decir algo/ hubo que decir que hubo un escrito sobre la mente y luego/ hubo que decir”. La reiteración del enmudecimiento merodea la poética de estos escritores, y atraviesa el libro de Rodrigo a partir de la derrota estética, histórica y poética que articula los textos. Para muestra un fragmento:

Esta especie de mutismo no podemos ilustrarlo con una 
Tachadura, porque de una u otra forma es un duelo que nos 
 Corresponde (...) No es solo pensar lo que no hicimos. Por qué
 no estuvimos con el realismo socialista, por qué tan rápido
 se nos cayó el puño (...)
 El silencio nos golpea el rostro. Tantas son las metáforas (...)
 La ciudad inundada de signos, estética de tiempos difusos, 
 de tiempos en silencio (...)
 Asimismo, saber huir a tiempo es propio de una especie de
 mutismo que traemos adherido;
 como esconderse, y mover los hilos que las luces trazan
 sobre las palabras. No decir, encallar.

En esta encrucijada de la historia, que parece más bien un callejón sin salida, el libro propina la sensación de un agotamiento, una devastación que afecta igualmente al lenguaje. De ahí que los poemas parezcan inconclusos, marcados por una continuidad disgregada que insiste en el desborde de sí mismos, dejando a menudo al final un verso, un fragmento o una palabra solitaria. Porque pareciera que con esta estructura el poeta no desea establecer una conclusión o una síntesis, sino un puñetazo que abre la interrogación frente a la imposibilidad de salir de la encrucijada. Aquí creo leer en el laberinto de Chilean Poetry, no un rasgo metafísico del sentido del hombre al modo de la mitología griega o los cuentos de Borges, por citar dos casos ejemplares, sino un laberinto creado por la historia efectiva de Chile y su poesía. Cito: “la lluvia es solo eso un cuerpo perecible que no encuentra solución en la poesía chilena”; “algún día prohibirán acordarse de babel/ será negado que la muerte se hizo estética / durante un tiempo, un país”.

Quizás por ello se reiteren metáforas de la violencia, imágenes de guerra, fusiles y pertrechos militares. Pues persiste en el libro la sensación de un toque de queda, un efecto similar al que ocurre en La ciudad de Gonzalo Millán, pero acentuado por la derrota  decantada después de la asfixia dictatorial. Tal vez una especie de desazón postraumática. Las reiteraciones a las que recurre el libro provocan este clima de embotamiento, lograda por medio de las imágenes a las que regresa y que al final, en la sección de las correcciones de los poemas, son recreadas como una coda que prolonga la devastación. A partir de dichas reiteraciones vuelven continuamente palabras como “fusil”, “silencio”, “bombas”, “laberinto”, “balas”, entre otras, que crean una desesperación proporcionada por la historia. Esta angustia epocal, en la que pareciera no haber salida, genera las sucesivas y extrañas imágenes poéticas de Rodrigo, configurando una poética gris y desesperanzada que no se vanagloria ni contenta con la actualidad de nuestro país. Quizás por ello no puede dejar de resonar en Chilean Poetry una cierta desazón similar a la que se ven sometidas las nuevas generaciones al final de El rey Lear, cuando Edgar –el nuevo soberano- cierra su parlamento afirmando de manera angustiosa: “debemos inclinarnos ante el peso / de estos tiempos sombríos. Decir lo que sentimos / no lo que se supone que debemos decir. / quienes sufrieron más fueron los viejos / nosotros que somos jóvenes  / no viviremos ni veremos tanto”.



NOTAS

(1) Resulta interesante observar cómo en el último periodo la poesía de Valparaíso ha configurado un campo reconocido, a través de varias iniciativas poéticas que se pueden atisbar, por ejemplo, en las sendas antologías elaboradas por investigaciones serias, mostrando la escritura que se está haciendo actualmente. A ello se suma revistas como Antítesis donde publican varios poetas –principalmente jóvenes-, sin remitirse solamente a la edición de sus poemas. En este sentido se cumple lo dicho por Álvaro Bisama respecto a la densidad y la configuración de la escena literaria actual, que en el último periodo se ha afianzado con la publicación de textos sumamente interesantes.

(2) A diferencia de lo que han afirmado algunos críticos de periódico, Juan Luis Martínez no sólo constituye un referente de las nuevas generaciones de Valparaíso, sino también un referente nacional. Creo que las preguntas que caben a partir de su escritura de la clausura, consisten en: ¿cómo escribir en este mundo arrasado por la imagen? ¿Cómo la palabra poética puede seguir diciendo luego del predominio de la sobre-exposición iconográfica? 







Vuelo, de Rodrigo Arroyo
Por Enrique Winter 



Vuelo (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2009) de Rodrigo Arroyo (Curicó, 1981) camufla punzantes observaciones sobre el estado del arte, por medio de una serie de cartas de desamor, que pueden entenderse dirigidas a una mujer o a la escritura misma. La lamentable necesidad de datarlo en la dedicatoria y con ello circunscribirlo a una experiencia en el territorio más minado de todos -el amoroso-, se salva en un proyecto escritural cuya remisión a la realidad es mínima. Como si se quejara del exceso de realismo, más bien de la escasez de reflexión de la poesía actual del cono sur. Porque acá la experiencia -lo verosímil, cuando no su verdad a secas- también opera como un motor imprescindible, sólo que se vuelve un elemento menor a la hora de la lectura, en que el lenguaje es el representado, y con la suspicacia de quien ha recibido golpes: “Hay que decirlo, es por caer que las cosas dejan de estar tan arriba, / escapadas de su sentido, o lejos del abajo, nada más.”

El autor suscribe a una cierta tradición de la imposibilidad de decir, Celan mediante, y desarrolla una poesía consciente del lenguaje como un cuerpo fisurado, donde “el extravío de metáforas es quizá la muerte resonando con las olas.” No desconoce, sin embargo, los estímulos que tensionan la creencia de tallar un poco la comunicación. Arroyo admite, y descubre, que “los objetos constituyen un modelo parecido al de un río / entrando al mar por la noche.” La escritura que estos ríos inundan viene, en este caso, a relativizar la certeza de Bertoni, para quien los  sentimientos más intensos son aquellos más sencillos de expresar. Para Arroyo, el lenguaje de la tribu no resulta suficiente. A la abstracteza del desamor le tira capas de pintura, en telas que además están craqueladas. Son tantos los planos de lectura en la argumentación por vía de la acumulación de imágenes, del largo aliento del verso, de meditaciones propias de la teoría del arte e intensidades amatorias, que se requieren calma y repeticiones para asir algo del vuelo. La manera en que desencadena las asociaciones de ideas, como en Ashbery, obliga a leer a lo menos dos veces, con las perspectivas de cerca y de lejos que le asignamos a una pintura puntillista. En un mérito poco equiparado entre sus coetáneos, fusiona experiencia y reflexión hasta hacerlos indistinguibles. Y desde ahí se hace cargo, probablemente a su pesar, de hablar por la generación: “Es seguro, no volveremos a volar, hemos de regresar a la academia, / que ha huido de sí misma, de la representación, del espacio / de un espino dibujado sobre la cubierta fría de los muertos.”

En Vuelo se desplaza la dirección del deseo desde la posición tradicional de la receptora hacia la más contingente del diálogo. Se presenta un deseo a ser satisfecho por vía de la interpelación. Resulta interesante cómo la exaltación de un tormento personal no deviene aquí en expresionismo, sino en el remanso de Machado (“Hay en mis venas gotas de sangre jacobina / pero mi verso brota de manantial sereno”). Lo demandado en Vuelo expone un modo de acción contra la dinámica artificiosa de los quiebres humanos, en que las interpretaciones posteriores operan como guías de despacho, trazas llamadas a explicar razonablemente lo que se transó. Para Arroyo no cabe siquiera el cálculo: “Perderse es un invento que puedes guardar cuando no recuerdes / que fuimos un secreto tan grande en un lugar tan pequeño”. Necesita asirse a cimientos que no puedan caerse como los protagonistas. Duda del afán del mero trámite, del sentido de la experiencia en sí misma y de constatarla, en una tendencia escatológica que habría que analizar por recurrente en la poesía chilena. “No hay figura en ningún muro que me diga del vuelo que tuvimos (…) la boca se hace cobijo de piezas rotas que no pueden exhibirse”, afirma. “¿Qué recuerdo no contiene un exceso de proximidad?” es una de las decenas de preguntas que ofrece y que puede aplicarse también al poema de amor, hasta antes de este libro.

Los libros de Arroyo no tienen números de página ni títulos de poemas, porque están abiertos al picoteo de superposiciones difícilmente habitables en una lectura lineal. “Todo se camufla / entre espinos meciéndose a modo de metáfora, / sí, es turbio el aire en la ciudad; añoramos estallidos, pero las palabras / carecen de pólvora, de gas.” En ese camuflaje uno termina preguntándose por la necesidad de que aparezca el cuerpo de la musa, aunque sea la escritura. Arroyo podría escribir del solo traje y el traje mismo sería una excusa para ese espacio vacío que lo aturde, esa metáfora espacial que distancia lo dicho de la verdad, si es que hay alguna. Es paradójico como en Chilean Poetry, su primer libro, la ausencia de la contraparte quitaba pies forzados a su crítica del estado del arte, cuando en el subjetivo Vuelo esas reflexiones, sobre todo las referidas a las artes visuales, son más explícitas. El camuflaje antedicho opera como el de los militares para la guerra, y no para los ejercicios preparatorios. Y es en serio, pródigo en lugares comunes entre versos a veces gráciles, a veces malogrados. Si en La Compañera de Efraín Barquero el objeto del deseo se muestra casi entero, acá las cartas son sampleadas y se leen desde su fragmentación, como un trapecista que planea y vuelve una y mil veces sobre la misma obsesión, pues siempre es distinto el aire que le punza los pómulos, sin red por el arrojo: “pasar por una puerta tantas veces que no haya adentro ni afuera sino umbral”, “podríamos seguir página tras página como imitando un cerro de escombros / que ignorábamos al oír los ruidos de los cuerpos.” Esta narratividad a pedazos está construida como un fotograma, a partir de momentos ideales. Esto puede solucionar el poema largo, en que la digresión no es tan necesaria para un solo argumento, y lo vuelve más ágil y llevadero. Resulta fascinante que cada texto cierre, aunque no del todo, sin que transcurra el tiempo. El presente continuo y rescilente viene a remover un pasado puntual.

Ejercicios cognitivos como el que actualizó Juan Luis Martínez en “El Oído” (“El oído es un órgano al revés; sólo escucha el silencio (…)”) vuelven a estremecer en la voz de Arroyo: “Tu ojo no es ojo en el mirar; / es ojo cuando se cierra vulnerable en el cruce de nuestras voces”, vinculándonos a un acercamiento al otro, similar al de la teología negativa respecto de dios. Lo dicho es lo que no es. Por esa vía cava profundidades que impresionan, como en el poema “[Los últimos años de un boxeador…]”, que sitúa las principales líneas del conjunto. Se trata de metaliteratura con la realidad como excusa, sin aspavientos ni tendencia a aburrir sobre el ejercicio escritural propio, sino que raspando la madera de la escritura misma como lenguaje posible. Por ejemplo, “Pájaros movidos por el viento aparecen como tatuajes del cielo al momento de / colgar los guantes”, “Ensuciaba las ventanas para no caer en la red / secreta de una transparencia vulnerada” y “Una pelea es algo solitario, es pura ausencia; / un vuelo en cambio no es sino una suma de transparencias saliendo de tus / ojos, tachaduras a una voz que se calla a sí misma por no saber / cuál es su lugar en la memoria.”

Cuando la vida se interpone en un proyecto escritural -“Un día, tras salir del marco de su casa, un viejo boxeador olvida avisarnos de su / muerte”- este último queda llamado a balancearse entre traspasar su propia metafísica, como Anguita en Venus en el Pudridero, o bien limitarse a los balbuceos mejor aprendidos, sin sacarle otro lustre, como sucede con buena parte de El Bello Aparecer de este Lucero de Lihn. Vuelo se balancea entre ambos polos, porque la palabra adquiere aquí una plasticidad y una polisemia estremecedoras, a la vez que se repliega hacia un amor no correspondido, semejante a cualquier otro. Deja la sensación de que estos versos trascienden lo vivido, aunque esto sea tanto más intenso para quien lo adolece, que lo que cualquier palabra podría representar. Sólo podemos correr la persiana para observar la lucidez del que vuelve a su condición solitaria, cargado de recuerdos. Cabe preguntarse cuántas personas jamás habrán inspirado a alguien, cuántos ejercicios distintos a la escritura jamás habrán desvelado a otro.

Vuelo capta el zeitgeist o espíritu de nuestra época, no sólo en la doxa académica de distintas disciplinas -las artes visuales y la literatura a lo menos-, sino también por las frases hechas, las interpretaciones comunes frente a dolores también comunes y la manera de decir de un larismo mediado, entre otras cosas, por la precariedad urbana (“la pared está manchada con un trozo de cielo”). A partir de una metáfora particular y ya vista, Arroyo logra, por momentos, interpretar la universalidad del desencanto.




INCOMUNICACIONES, de Rodrigo Arroyo: 
Una escritura de la posibilidad

Por Carlos Henrickson



Los sucesivos traumas históricos que han alejado al poema de sus escenas primordiales -las demandas que permitían su despliegue “natural”- no lo han podido desarmar en uno de sus roles dentro de nuestro bien escéptico mundo contemporáneo: como un camino propio de conocimiento que andaría en armonioso codazo con la también traumada filosofía. Que una enorme porción de nuestro campo literario aun lo dude o quiera borrar esto de un plumazo con fines que cada cuatro años se nos demuestran menos sustantivos y más ambiciosos, es tan sólo un signo de tinieblas a las que ya tendríamos que estarnos acostumbrando.

Dentro de la escritura más reciente de Chile hay pocos que se planteen realmente estas aspiraciones superiores para la palabra poética. Rodrigo Arroyo (Curicó, 1981) ha sido ejemplar ya en sus dos libros anteriores -Chilean poetry (Valparaíso: Ed. Fuga, 2008) y Vuelo (Valparaíso: Ed. Inubicalistas, 2009) en darle a su poética el suelo movedizo -imposible- de la búsqueda de sentido, atreviéndose a una poesía sitiada por sus propias interrogantes. Los textos de Incomunicaciones (Valparaíso: Ed. Inubicalistas, 2013), de hecho, en una medida mucho más decidida que el libro inmediatamente anterior, están construidos tendiendo hacia la formulación de preguntas en que lo que está en cuestión puede llegar a ser la posibilidad misma de la palabra poética.

Un carácter que me asalta al leer Incomunicaciones es la decidida inhabitabilidad de la poesía de Arroyo. Las imágenes elegidas presentan un extremo acento en la contemplación, cuestionando la situación del hablante en una medida extrema. Esta contemplación resulta siempre fragmentaria, dejando en la sombra la posibilidad de anécdota: las imágenes tienden a no fijarse, siendo ejemplar su calidad de creación física por parte del artista (como representación plástica) y de proyección técnica. Sea obra en progreso o presencia fugaz en pantallas de video, su fragmentariedad impide una configuración completa. La única configuración posible de ese mundo contemplado desea ser cumplida en el tejido de la escritura: la poética no sólo asume el rol de sentido, sino el de una razón superior.

Uno de los grandes logros de Arroyo es lograr plantearse tal poética desde el lirismo. A diferencia de perspectivas como las de Juan Luis Martínez (con quien comparte las aspiraciones de disolución de cualquier fenomenología ingenua), Arroyo emprende la experiencia de la ausencia desde el registro emotivo, como pérdida. Así la evidencia de insuficiencia y fragmentariedad de aquello que parece enfrentarse a la capacidad de representación será inmediatamente expresado como nostalgia de una experiencia superior e inefable. En primer término -y notoriamente en las primeras secciones del libro, CONTRADICCIONES y RUINAS- esta experiencia superior será la de la integración en la naturaleza.

Las víctimas de la Historia, en este sentido, ocupan un seguro lugar en la narrativa desgarrada que subyace a la poética de Arroyo, haciéndose parte de esta naturaleza nouménica -un áporon ante la cual el ser presente sólo puede detenerse- en lo que podríamos llamar, su evidencia ausente.



Los caídos se asemejan a un ciprés 
los cadáveres, 
no son sino agua salada deslizándose entre las ruinas. 
Olas, formas que el viento dibuja sobre el agua, 
antes de hacerlas desaparecer.

¿Qué será lo que una ciudad mantiene 
como signos de la muerte pendiendo en un museo?

(De CONTRADICCIONES)



La escritura misma, entonces, deviene medio de conocimiento privilegiado -de ahí su asignación al tope de las aspiraciones de razón en esta poética-, al poder al menos encontrar la ventana por la cual contemplar lo no-dicho, haciendo de este modo a la angustia metafísica hermana de la angustia por la reconstrucción redentora de la historia. Esta puerta no necesariamente conducirá a la reconstrucción de una razón (un sentido en la escritura) -soluciones transitorias que resultan ser al fin remitologizaciones, al modo en que asumió tales retos la escena de avanzada y otros momentos posteriores-; sino decididamente a una situación perpleja, en la cual resulta central la inquietud sobre una razón posible. Toda representación en Arroyo será sólo una permanente posibilidad de existencia: la recreación de lo contemplado es un fracaso ya asumido desde la intimidad de su poética. Por ello el nihilismo:  

Buscas incendios porque es la única salida y lo sabes, 
en las llamas nos acercamos a un punto en el que más allá de toda realidad, 
lo que persiste es el modo en que todo lo nombrado 
ha perdido relación con el lenguaje

(Sección LEJANÍAS)

La intención de destrucción de la representación, paradójicamente, lleva más cerca a la escritura misma de ser razón superior. Esta razón superior, que se nos revela intencionando una sinrazón pura, termina plenamente volcada en el tejido mismo de la escritura, llevándonos a un barroco esencial, cuyo eje no es la brillantez superficial, sino la concentración de sentido en el tejido mismo del lenguaje, la falta de opacidad que remite a una zona marginada y paradojalmente central en la poesía moderna, cuyos nombres -como Mallarmé o Paul Celan- constituyen ejemplos de búsquedas que si bien van más allá del lenguaje, realizan el asalto cerradamente desde los incómodos muros que éste mismo les proyecta.

Uno de los rasgos más sobresalientes de Arroyo es que las implicaciones éticas de esta pérdida radical de sentido -su preocupación por las víctimas de una Historia cuyo desarrollo parece ser paradigma, precisamente, del desplazamiento hacia el vacío- producen como eco la toma de partido en el plano social y político: en la última sección deIncomunicaciones, llamada LUCHÍN, creo que Arroyo plantea al niño del campamento marginal de la canción de Víctor Jara, visto desde el presente, como arquetipo de una cierta pérdida que, al no ser elaborada, llegó a constituirse en puro espectro estético, marca vacía y sin sentido en los intersticios de la construcción de nuestra experiencia (anti-)social neoliberal. 


Un diálogo de niños muertos 
nos recuerda que el enemigo transformó en naturaleza muerta 
el cadáver de los héroes


En resumen, Incomunicaciones confirma, mal que pese a un dogmatismo “realista” bastante extemporáneo que de vez en cuando asoma la cabeza, y a quienes han quedado lastimados por la ácida crítica polémica de Arroyo -que no son pocos-, que nos vemos ante una de las escrituras más originales y poderosas en el actual escenario literario chileno. Aunque ya se sabe que en Chile se lee mal; si obras como ésta deben quedar como “poesía para poetas”, al menos una posteridad la recibirá: la de ese cauce siempre secreto en nuestra tradición literaria que sabe diferenciar la palabra poética del manifiesto o la confesión sentimental.

Enero, 2014