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lunes, 23 de noviembre de 2015

ANÓNIMOS ÁRABES -Poemas de amor- [17.582]


Anónimos árabes
Poemas de amor

Traducidos por Carlos Morales
de la edición francesa de«El jardín de las caricias», de  Franz Toussaint


"La voluptuosa", poema árabe de autor anónimo

Había bailado la danza más voluptuosa: la de los cuatro encantamientos.
Con la cabeza inclinada, sí, sobre sus hombros,
los brazos extendidos y los agitados dedos,
su desnudez sencilla aún acariciaba los últimos temblores del amor...
Acurrucados tras ella, y después de modular los cánticos nupciales de las dondellas de su patria, los tocadores de flautas habíanse sumido en el silencio.
Sin esperar a que su compañera se cubriera con el velo amarillo de las vírgenes,
la muchacha se dejó caer sobre la fuente
donde nadaban serenísimas las rosas
y apoyó la fiebre de su frente contra el mármol fresco...
Antes de partir, y tras felicitarla, le pregunté si amaba la voluptuosidad,
pero ella me miró con sus  ojos enormes y asombrados...
porque ignoraba lo que significaba esa palabra....



"El sueño de los lebreles", poema árabe de autor anónimo

A la sombra alargada de un ciprés, 
mis dos lebreles duermen, 
como yacen las flechas en la aljaba.

Cierra dulcemente la puerta y ven a acariciarlos: 
tu mano hará que en sus años se levante la frescura 
de un arroyo del Líbano.




"El alfarero", poema árabe de autor anónimo.

Inclinado sobre el torno, 
así como un amante que desciende sobre el tapiz donde la amada duerme, 
la arcilla contemplaba el alfarero, 
y la yesca en sus ojos se encendía...

Cerrando su mano lentamente, 
acarició la masa, 
que tembló como una espalda que recorre un largo beso ....

Un último toque, 
y la arcilla se alargó en forma de huso,
 y admiré de pronto la cajita que acababa de surgir, 
semejante a tu cuerpo cuando toda tú te yergues sobre  nuestra alfombras, extática, 
y desnuda...



"Canto de despedida", 
poema árabe de autor anónimo

El amor de una mujer es la sombra de una palma sobre la arena. 
El amor del hombre es el único simún que puede romper esa palma y fijar, así, su sombra...

¡Oh, Messauda! 
!En la noche de tu tumba recuerda el jardín solitario adonde te conduje un día!
Era un jardín engarzado entre murallas tan altas que las cimas de los árboles no podían superar,
un jardín que creía entre murallas blancas, 
como una esmeralda escondida en la flor de los magnolios...

¡Ay, Messausa, Messauda!
¡No olvides la mañana en que te doblegaste bajo el peso de mi amor,
como una palma bajo el simún!

Pero a fuerza de soplar, el simún ha cubierto ya la rama que rompiera...

¡Oh, mi larga palma, que la arena 
sea ligera y no pese ya sobre tu tumba



"La serpiente", poema árabe de autor anónimo

Se había sentado sobre mis rodillas...
Yo había deslizado mi mano bajo su túnica, 
y con voz indiferente le hablaba de los rebaños, 
de la agilidad de los perros que cuidan de los rebaños, 
de la hierba que crece...
Sus piernas eran lisas y firmes. 
Al fín me pareció advertir que la acariciaba...
“!Hay una serpiente bajo mi vestido!”
dijo entonces, ella, riendo...
“Justamente -le contesté-, la estoy buscando...”




"La bailarina", poema árabe de autor anónimo

Alta, delgada, se irguió, las manos en la nuca.
Cuando evoco esa belleza, se agita mi viejo corazón.
Había bailado algunos de los bailes de su tribu: 
la danza del Sol, que es una danza vertiginosa; 
la danza de la Luna, que es una danza mesurada; 
y la danza de la Muerte, que es una danza inmóvil. 
Pero aún no había bailado la danza del Amor...

El Sol, con su cortejo de alegrías; 
la Luna, con su cortejo de melancolía, 
y la Muerte, con su cortejo de dolor, habían bailado ante nosotros. 
Pero el Amor esperaba que arrojáramos las rosas 
sobre el tapiz de quien lo celebraba...

De pronto, dos niños la despejaron de sus velos, 
y ella, despidió a los músicos con un gesto silencioso de sus dedos.

Bailó primero con los ojos y con sus párpados alados de pestañas. 
¡Entre sus dos manos, su cabeza pesaba lo que pesaba el mundo!
Por último, su rostro se iluminó, 
dio tres pasos, arqueó su cuerpo, 
y sus manos extendió desesperadamente...
y de pronto se irguió y nos las regaló abiertas
después de aprisionar el perfume ondulado de las rosas...




"La batalla", poema árabe de autor anónimo

Traducción dedicada a
Irene Zamorano
(Marrakesh, 2006).


Habíamos agotado todas las palabras del amor.
Callamos entonces.
Un silencio profundo se extendió entre nosotros
como entre dos ejércitos dispuestos para la batalla.
  
Y libramos la más grande batalla de amor.
El ruido de los sables estaba en nuestra boca.
Los suspiros de los moribundos en nuestros estertores.
El estruendo de los carros de guerra ardía en las arterias...
Y te conservé,
contra mí,
como un estandarte destrozado.....



"El Vencido", poema árabe de autor anónimo

Quiero tan sólo torturarte a fuerza de caricias: yo no quiero ninguna.
Quiero tan sólo escuchar el mar en el hueco de tus manos, y luego, poner tus manos sobre mis ojos como un pedazo de noche.
Quiero tan sólo embriagarme de nostalgia, sosteniendo tus ojos con los míos. 
Quiero tan sólo escuchar tu voz, que las voces de mi país de nuevo me acercaran.
Quiero tan sólo acariciar sobre tu cuerpo mis recuerdos y mis añoranzas.
Y si beso tus labios, su jugo me sabrá amargo.........

Pero besé tus labios y su jugo me embriagó.
Acaricié tu cuerpo y mi mano se puso a temblar.
Escuché tu voz y las voces de las mujeres de mi país me parecieron música bárbara.
Respiré tu perfume, sí, semejante al fresco aroma que exhalan los jardines antes del amanecer, y ya no puedo inclinarme -¡no!- sobre las rosas...

Sostuve tu mirar y bajé los ojos.
Escuché el mar en el hueco de tus manos, y ese océano me devoró....



"La canción del guerrero", 
poema árabe de autor anónim

Traducción dedicada a
Irene Zamorano
(Marrakesh, 2006).

Cuántas veces, impasible, he escuchado golpear sobre mis cascos y mi coraza
las flechas y los sables,
pero nunca pude oír, sin estremecerme, el ligero susurro de su túnica
cuando su túnica se arrastraba por el suelo.

Cuántas veces, sí, en lo más fuerte del combate, escuché con indiferencia
los oscuros tambores de mis enemigos,
sus airadas proclamas de guerra,
pero nunca pude, sin llorar, la música de los cantares
de mi amada.

Cuántas veces, con el pulso sereno, he detenido la sangre que
manaba de mis heridas abiertas
y calientes,
pero nunca, nunca, pude mirar, sin que me temblaran las rodillas,
la roja flor de su boca.

Cuántas veces he sonreído al escuchar los desafíos temibles
de quienes quisieron segar el cuello de mi vida,
pero todo el poder de mi cuerpo inclina su cabeza
y se desvanece
cuando ella me abre sus brazos en la sombra....



"La arena", poema árabe de autor anónimo

Traducción dedicada a
Irene Zamorano
(Marrakesh, 2006).

Piensa en los miles de años que han sido necesarios
para que la lluvia, el viento, los ríos y la mar
hicieran de una roca esa capa de arena con la que estás jugando.

Piensa en los miles de seres que han sido necesarios
para que tu boca se queme entre mis besos.

Igual que el peregrino se abluciona con arena,
yo alzo en mis manos dos puñados de este polvo dorado con que juegas, 
y cubro mis espaldas....

http://poesia-del-torodebarro.blogspot.com.es/2009/12/mujer-embarazada-en-marraquesh-poesia.html




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POEMAS Y CANTOS ANÓNIMOS (hasta el Siglo XIX) [17.581]


POEMAS Y CANTOS ANÓNIMOS
(hasta el Siglo XIX)



A Cristo crucificado

Anónimo del siglo XVI

No me mueve, mi Dios, para quererte, 
el cielo que me tienes prometido, 
ni me mueve el infierno tan temido 
para dejar por eso de ofenderte.

¡Tú me mueves, Señor!, muéveme el verte 
clavado en una cruz y escarnecido, 
muéveme ver tu cuerpo tan herido, 
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera 
que aunque no hubiera cielo yo te amara, 
y aunque no hubiese infierno te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera, 
porque, aunque lo que espero no esperara, 
lo mismo que te quiero te quisiera.



«A una señora que aquí está...»

Anónimo (S. XV)

A una señora que aquí está,
yo la tendré o me costará.

Una señora de cuerpo gentil,
una señora de cuerpo gentil,
a la muerte me lleva sin piedad.
Yo la tendré o me costará.

Una señora de cuerpo galante,
una señora de cuerpo galante,
penando me mantiene sin piedad.
Yo la tendré o me costará.



«¿De dónde sois que tan alto venís...?»

Anónimo (finales del s. XVI)

¿De dónde sois que tan alto venís
      don Pipiripío?

Por lo despacio de vuestro cantar
y por quemaros donde no hay hogar,
debéis ser de cualquier lugar
nacido en medio del estío,
      don Pipiripío.

Ya que nos dais tanto placer,
es justo que os demos mujer,
mas me gustaría saber
de dónde sois con vuestro hechizo,
      don Pipiripío.

Con vuestra danza y vuestras mañas,
y vueltecitas tan extrañas,
debéis venir de las montañas,
donde la alondra hace su nido,
     don Pipiripío.



Disputa de Buc con su caballo

(fragmento) Anónimo (finales del s. XIV)

-«Puesto que nada quieres dar,
Buc, te conviene ayunar.»
-«¿Qué dices, caballo? ¿Que ayune?
Nunca ayuné de grado.
Ciertamente, ya ayuné
cuando no tuve qué comer,
pues no me atrevía a mostrarme,
todo el día escondido,
de tal modo estaba perseguido.
Mas luego, cuando llegaba la noche,
no creas que me quedaba en la cama.»
-«Entonces, Buc, ¿no harás bien alguno?»
-«Sí que haré: lo menos que pueda.
Dame leve penitencia
si quieres que la cumpla.»
-«Ya que limosna no quieres dar,
Buc, ni quieres ayunar,
reza entonces oraciones
y ruega a Dios de rodillas.»
-«Tal cosa, caballo, sí haré.
Mas, ¿qué oraciones diré?»
-«¿No conoces los Salmos de David?»
-«¿Cómo voy a conocerlos si jamás los vi?»
-«¿No sabes los Salmos penitenciales?»
-«Si los sé, tenme por malvado y falso.»
-«¿No sabes el Padrenuestro?»
-«Si lo sé, todo cuanto tengo es tuyo.»
-«¿No sabes el Ave María?»
-«Si lo sé, caballo, muérame de repente.»
-«¿No sabes el Creo en Dios?»
-«Si lo sé, ahorcados seamos los dos.»
-«¿No sabes el Salvum me fac?»
-«Si lo sé, arráncame la testa.»
-«¿No sabes ninguna oración?»
-«No, caballo, ¡y Dios me dé su perdón! »
-«¿Cómo has podido vivir así?»
-«De pan, de carne y de vino.»
-«Bien, pero yo te hablo de rezar a Dios.»
-«Caballo, siempre pasé sin ello.»
-«¿Y aprendiste algo así?»
-«Caballo, ¡tienes el seso de una criatura!
El arte que mi padre me enseñó
bien lo aprendí, no se me olvidó.
Otro arte ni otro saber
nunca me preocupé de aprender.»
-«Puesto que nada quieres dar,
ni te parece bien el ayunar ,
ni quieres a Dios rezar,
¿qué penitencias harás?»
-«Mira lo que he acordado,
a fin de lavar mis pecados:
Cuando desvalije o robe,
dos o tres dineros daré,
siempre que el caudal sea tal
que a mí no me cause mal;
si robo oveja o ternero,
daré el despojo, mas no la piel;
si robo gallina o capón,
las plumas y tripas daré yo;
y del pescado daré la escama:
no me busques otra solución.
No me puedes imponer más penitencia
que ésta: con ello te conformarás.»
Dijo el caballo: -«Quedo enterado.
Desde hoy, entre Dios y tú queda el pacto.
Mas no me parece que seas cristiano.»
Y dijo Buc: -«Y qué más da?
Cristiano o judío,
Bernat des Buc soy yo:
no me quita el sueño la cuestión.
Dios me dé pan, vino y carne
y encuentre yo ropa que hurtar.»



«Don clavel, válgame Dios...»

Anónimo (s. XVI)

¡Don clavel, válgame Dios,
qué bellos olores tenéis!

Don clavel, verde y florido,
mi señora os ha cogido.
¡Qué bellos olores tenéis!

Don clavel, verde y granado,
mi señora os ha segado.
¡Qué bellos olores tenéis!



«El mal de amor, pastora...»

Anónimo (segunda mitad del s. XVI)

El mal de amor, pastora,
voluntad lo ha de causar;
de lo que el querer se duele,
ni el querer lo dejará.

Tan pronto te descubrí,
del Amor supe la maña;
turbóme el corazón,
en viéndote en la montaña.
Y, queriendo, no hubo tiempo
de poderme retirar:
de lo que el querer se duele 
ni el querer lo dejará.

Bien sabe Dios que yo quise
poder aquello rehuir,
mas la voluntad primera
no lo quiso consentir.
Amar la hiciera traidora
pero no hará desamar:
de lo que el querer se duele,
ni el querer lo dejará.

Cuanto tengo ya te he dado,
pues voluntad ha vencido;
ya no está en mi libertad
no querer lo que he querido.
Si más pudiese, pastora,
cómo te lo iba a negar:
de lo que el querer se duele
ni el querer lo dejará.

Aunque ingrata tú me fueras,
no podría desamarte,
que no quiere mi querer
sino poder contentarte.
Descontento yo estuviera
si no viniera a pensar:
de lo que el querer se duele,
ni el querer la dejará.



El templo de la gloria

(fragmentos) Anónimo (principios del s. XIX)

Rodeado por la sombra formidable,
que difunde la muerte asoladora,
desterrado en una tierra inhabitable
que a sus tristes moradores cruel devora,
¿cómo cantaré la luz inagotable
del sol eterno que brilla sin aurora,
que no vio del ocaso la tumba oscura
ya torrentes derrama la dicha pura?

Sentado con los hermanos del cautiverio
en la enlutada y fúnebre ribera
de los negros ríos del Babilonio imperio,
sufriendo de los enemigos la saña fiera,
y los dardos de la burla y el vituperio,
en una tierra extraña y forastera,
¿cómo cantaré tan trágicas escenas
entre grilletes, esposas y cadenas?

¡Oh vos, que resplandecéis en las alturas
de la Santa Sion, Dios de grandeza,
abismo inagotable de dulzuras,
dad vigor y aliento a mi flaqueza!
Sumergido en un mar de amarguras,
hablar de vuestra gloria es ardua empresa,
mas yo entraré en la senda peregrina,
si vuestra preciosa luz a ella me encamina.

Renovaba una tarde la memoria
de los esforzados héroes que portaron
en sí mismos la inmortal victoria
y con ilustres hazañas decoraron
los fastos indelebles de la historia,
y de eternos laureles se coronaron,
cuando me rinde un sueño apacible
y subo a la morada inaccesible.

Por las etéreas regiones navegaba
sin rumbo, sin carta y sin guía;
una aura dulce y fresca respiraba,
ya mi corazón dilataba la alegría;
una calma benéfica reinaba,
y la pálida luna resplandecía;
y centelleando las vívidas estrellas
inmensos mares forman de luces bellas. ( ...)

(...) Entre dulces suspiros la luz admiro,
más hermosa a mis ojos que el alba bella,
encantadora luz por la cual suspiro
más que el errante piloto del mar la estrella:
¡por ti, luz eterna, por ti respiro!
¡Tú iluminas, divina maravilla,
mis extraviados pasos en noche oscura,
y en tus rayos encuentro la senda segura!

Así en mi entusiasmo dirigía
todo mi corazón a tu luz encantadora,
sumergido en patética alegría,
cuando un mármol nevado es nueva aurora
que al titubeante paso sirve de guía,
pues, en una inscripción consoladora,
se presenta la senda suspirada
con inmortales caracteres grabada.

«Oh vosotros, que errantes en tierra extraña
suspiráis por la gloria verdadera,
no habéis de buscarla en la patraña
de un mundo que da incienso a una quimera:
escalad esforzados esta montaña,
no aterre a vuestros corazones su presencia fiera ;
no dejaros engañar por falsa estrella:
esta es la senda, caminad por ella. » (...)



El vulgo comúnmente se aficiona...

El vulgo comúnmente se aficiona
a la que sabe que es doncella y moza,
porque ansí le parece al que la goza
que le coge la flor de su persona.

Yo, para mí, más quiero una matrona
que con mil arteficios se remoza,
y, por gozar de aquel que la retoza,
una hora de la noche no perdona.

La doncella no hace de su parte,
cuando la gozan, cosa que aproveche,
ni se menea, ni da dulces besos.

Mas la otra lo hace de tal arte,
y amores os dirá, que en miel y leche
convierte las médulas de los huesos.



«Infeliz, más me hubiera valido»

ANÓNIMO (primera mitad del s. XIV)

Infeliz, más me hubiera valido
     ser casada,
o tener un cortés amigo
     que haber sido monja ordenada.

A monja me metieron para mi daño:
     gran pecado
hiceron, según mi parecer;
mas a quienes aquí me metieron
     más daño
les dé Dios y los aborrezca.
Porque si yo lo hubiera sabido
-mas fui un poco necia-
ni que todo Montagut me dieran
aquí hubiera entrado.


Jarcha del siglo XI

¿Qué haré o qué será de mí?
¡ Amado, 
no te apartes de mí !
Mi corazón se me vá de mí.
Oh, Dios, ¿acaso se me tornará?
¡ Tan fuerte es mi dolor por el amado !
Enfermo está, ¿ cuando sanará ?
¿ Qué haré , madre ?
Mi amigo está a la puerta.
Si me quisieses,
oh, hombre bueno,
si me quisieses,
me darías uno.



«La canción que habéis dicho...»

Anónimo (finales del s. XVI)

La canción que habéis dicho,
      dicha está.
Señora, gracia y mercedes.

La canción que habéis dicho,
la canción que habéis dicho,
en mi corazón la tengo escrita,
      dicha está.
Señora, gracia y mercedes.

La canción que habéis cantado,
la canción que habéis cantado,
en mi corazón la tengo puesta,
      dicha está.
Señora, gracia y mercedes.



Los vientos eran contrarios..

Los vientos eran contrarios,
la luna estaba crecida,
los peces daban gemidos
por el mal tiempo que hacía,
cuando el rey don Rodrigo
junto a la Cava dormía,
dentro de una rica tienda
de oro bien guarnecida.
Trescientas cuerdas de plata
que la tienda sostenían,
dentro había doncellas
vestidas a maravilla;
las cincuenta están tañendo
con muy extraña armonía,
las cincuenta están cantando
con muy dulce melodía.

Allí hablara una doncella
que Fortuna se decía:
'Si duermes, rey don Rodrigo,
despierta por cortesía,
y verás tus malos hados,
tu peor postrimería,
y verás tus gentes muertas
y tu batalla rompida,
y tus villas y ciudades
destruidas en un día:
tus castillos, fortalezas,
otro señor los regía.
Si me pides quién lo ha hecho
yo muy bien te lo diría:
ese conde don Julián
por amores de su hija,
porque se la deshonraste
y más de ella no tenía.
Juramento viene echando
que te ha de costar la vida.'

Despertó muy congojado
con aquella voz que oía;
con cara triste y penosa
de esta suerte respondía:
'Mercedes a ti, Fortuna,
de esta tu mensajería.'

Estando en esto allegó
uno que nuevas traía:
como el conde don Julián
las tierras le destruía.



«No puedo dormir sola, no...»

Anónimo (a. 1429)

No puedo dormir sola, no.
     ¿Qué haré, desdichada,
     si no se me pasa?
¡Tanto me atormenta el amor!

¡Ay amigo, dulce amigo!
Esta noche soñé contigo.
     ¿Qué haré, desdichada?

Esta noche soñé contigo,
que en la cama estabas conmigo.
     ¿Qué haré desdichada?

¡Ay amado, mi dulce amado!
Anoche contigo he soñado.
     ¿Qué haré, desdichada?

Anoche contigo he soñado,
que te tuve bien abrazado.
     ¿Qué haré, desdichada?



«¡Oh, oh, oh, gran maravilla...! »

Anónimo ( finales s. xv)

¡Oh, oh, oh, gran maravilla!

Gran maravilla esta noche:
una virgen ha parido,
y sigue siendo doncella.

Maravilla de José,
que aún con tan enorme giba
bien que juega a la escampilla.

Maravilla, ciertamente:
que barquillos y pimientos
me han hecho jugar gonela.

Ahora,señores, escuchen,
os ruego que no os durmáis,
que algo os diré muy hermoso:

con butifarras, hermanos,
buenas leches y riñones,
¡qué bien canta la paella!



Poesía anónima de los siglos de oro

Primero es abrazalla y retozalla,
y con besos un rato entretenella.
Primero es provocalla y encendella,
después luchar con ella y derriballa.

Primero es porfiar y arregazalla,
poniendo piernas entre piernas della.
Primero es acabar esto con ella,
después viene el deleite de gozalla.

No hacer, como acostumbran los casados,
más de llegar y hallarla aparejada,
de puro dulce, creo, da dentera.

Han de ser los contentos deseados;
si no, no dan placer ni valen nada;
que no hay quien lo barato comprar quiera.



Soñaba una doncella que dormía...

Soñaba una doncella que dormía
con un galán que amaba tiernamente,
y que en él todo andaba diligente
y descuido ninguno no tenía.

Ella, aunque mal, al fín, se resistía,
diciendo:"¿Qué dirá de mí la gente?",
en efecto cumplíó con su accidente,
dando los dos remate a su porfía.

El galán la besaba y la abrazaba
con más calor que un encendido leño;
lo dulce a derramar no comenzaba,

cuando de despertó, y le dijo al sueño:
"¿Durar un poco más, qué te costaba,
pues para mí era gusto no pequeño?" 



Tres noches

Anónimo (siglo x)

Junto al camino de Chikuzen,
una cabaña abandonada.
Tres noches he dormido en ella.
La primera noche soñé
que tú dormías conmigo.
La segunda noche soñé
que nos bañábamos juntos
en la bahía de Akashi.
La tercera noche soñé
que dormía viejo y solo
en una cabaña abandonada
junto al camino de Chikuzen.



Villancico anónimo

Tres morillas me enamoran
en Jaén, 
Axa y Fátima y Marién.

Tres morillas tan garridas
iban a coger olivas,
y hallábanlas cogidas
en Jaén,
Axa y Fátima y Marién.

Y hallábanlas cogidas,
y tornaban desmaídas 
y las colores perdidas
en Jaén,
Axa y Fátima y Marién.

Tres moricas tan lozanas,
tres moricas tan lozanas, 
iban a coger manzanas
a Jaén,
Axa y Fátima y Marién.










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