viernes, 13 de enero de 2012

5637.- KLAUS STEINMETZ



Klaus Steinmetz (1961, San José, Costa Rica). Curador, dealer, galerista y escritor. Realizó estudios de administración en la Universidad de Costa Rica (UCR), y posteriormente de filosofía e historia del arte en Tubinga, Alemania. Se ha dedicado al mundo del arte, como curador, galerista, editor y crítico. Fue presidente de la fundación del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo, director de la revista Art Nexus y profesor en la Universidad Veritas. Tiene una galería de arte en Escazú. En el 2001, obtuvo el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría, en teatro, por su obra Ecos de ceniza. En poesía, ganó el X Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, por La yema del tiempo; y el IV Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón, por Morituri.






II


Fue en junio.
Llovía.
No debía llover pero llovía
y en el zoológico
las fieras se agazapaban,
lo sé.
En la médula espinal de los promiscuos
un virus convocaba una nueva cruzada,
lo sé.
En algún lugar
alguien hacía lo impredecible.
Yo en el auto me sentía protegido:
mi pequeño mazda era el único punto estático
en el universo
que a partir de allí
se expandía en todas direcciones.
Al costado de un pequeño parque
unas cuadras al norte del Paseo Colón
decidí concluir la ficción del movimiento.
Debía hacerlo.
Hay una imperceptible rajadura en el huevo
que anuncia que los engranajes
deberán girar en sentido contrario
de ahora en adelante.
Para ser en verdad lluvia,
la gota tiene que saltar al vacío.






Ahora-aquí
en medio de este silencio antropófago
recuerdo aquel momento.
No evoco causa alguna:
no la había,
no la hay nunca...
Que el efecto sea al fin
liberado de su causa.
Aunque a la causa haya que renombrarla,
buscarle un empleo alternativo.
Manejaba hacia Plaza Mayor
simplemente,
en busca de una sopa,
no iba a Damasco.
Una sopa
no el juicio final
y las almas saliendo de las tumbas
para la repartición de los cupos...
una sopa de lentejas
nada más.
¿De que me vale ser primogénito?
Hacía frío
me detuve al costado de un pequeño parque
es todo.
Sentí que había llegado el momento,
deambular bajo el aguacero,
bajo la ducha alcalina,
era el momento,
como el cachorro que sabe
que ya está bien de chupar la teta de la leona.
No que yo debiera aprender a cazar,
a hundir el hocico
en las vaporosas tripas
de otro mamífero.


No era París
pero llovía jueves.
No que yo fuera un niño
iniciando su educación sentimental.
Ni un paquidermo
rumbo al valle de los muertos.
Era primordial recorrer una acera estrecha
embutida entre casuchas de madera
en busca de una incisión
en la mediocre pureza de lo cotidiano.
Un lugar-un momento
en que todo está desnudo.
De saber sin poder explicarlo
tenía miedo.
Un agujero
una perforación
por donde se lanza el conejo blanco.
Pero no sería tan fácil.
Pasaron cuatro o cuatrocientas cuadras
mil o mil y mil metros
y yo seguía siendo el mismo,
o era la añorada sopa:
el agua goteaba de mis dedos al piso
y del pelo al piso,
de la camisa y las mejillas.
Todos corrían a guarecerse,
las manos reunidas frente al pecho.
Parecían convencidos de la virulencia del agua.
Lo letal:
nada es letal hasta que se demuestre lo contrario,
todo es letal hasta que se demuestre lo contrario.






Las opiniones del optimista y del pesimista
sobre sus posibilidades
de supervivencia.
Al final, ambos acabarán en la misma fosa.
También el político y el marinero,
Einstein y Krishnamurti.
La muerte es la única confirmación de que vivíamos.
Por eso evito la vanidad.


De La yema del tiempo, inédito, X Premio Hispanoamericano
de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz 2009.



















Mitú, Colombia
(Él)


Que hubiese un hombre
engullido por la selva.


Que la verde catedral que es la selva
fuese una catedral
en la que tropiezan los ciegos
sin herirse.


Con una sola puerta de entrada
que se cerrase
tras la víctima.


Que las hostias fuesen esmeraldas.


Que ese hombre fuese una hostia
en la misa de los herejes,
de forajidos
que se hincan al fin.


Que la selva fuese un laberinto
sin salida
y los átomos dispersos en el aire
fuesen átomos alados
con pico
y malaria
en el pico
los átomos del aire.


Que ese hombre fuese
el alimento de la selva.


Y que esa vejación
fuese la única.


Que creyendo que escapa
se deslizase
a lo largo de la hipotenusa gástrica
de la selva.


Corriendo
como uno que escapa
o cree escapar.


Que ese hombre hubiese roto el candado
que lo aferraba al árbol
mientras sus captores
soñaban con mujeres.


Que en la noche adecuada
tibia y favorable
los secuestradores
soñasen con mulatas desnudas.


Que hubiese piedras cercanas
suaves a la mano herida
pero aptas para romper
viejos candados
devorados casi
por la selva.


Candados como viejos escorpiones.


Piedras como esmeraldas.


La gran catedral vegetal.


Que hubiese noches
en que ciertos hombres
inquebrantables
se fugasen
para fenecer libres
en el intestino de la Amazonia.


Que ese hombre corriese
y luchase
y trepase por el tronco de un gigante
y comiese de su corteza
y bebiese el caldo
en la axila de las ramas,
y devorase hormigas
y larvas de hormigas
y ranas
y ancas de rana
y gusanos
y no fuese atacado
ni mordido
por aquello que se mueve
en la eterna
y húmeda
penumbra.


Que ese hombre corriese
y una media docena
de indios mercenarios
apenas superando
sus oníricas erecciones
aceptasen lo que ya saben:
que en ese laberinto
todo se extravía
todo lo ajeno se muere
o se transforma
en musgo
en sedimento
en comida
en mierda.


Que el hombre fuese musgo.


Que se transformase en sedimento.


Que fuese comida.


Mierda.


Que ese hombre saltase sobre las raíces
esquivase los grandes pilares
de madera,
las ciudades de tarántulas,
la guarida
de algún depredador
aún no descubierto por la ciencia.


Que corriese
como si volase
como si tuviese alas en los talones
como si un magneto único
lo atrajese solo a él:
la gravedad íntima
de un planeta
que es su casa.


Como si aún tuviese fuerza
para mover
las atrofiadas
articulaciones.


Como si volase.


Y sus pies ampollados
no requiriesen
apoyar la torturada planta
en el suelo escamado.


Que los hombres volasen
y por ende
ese hombre volase.


Que volase y construyese
un hogar en el dosel
de la jungla
y se sentase junto a la hembra
y le diese lombrices
que se revuelven
ante la proximidad
de su sacrificio.


Y que esa hembra estuviese
sentada sobre sendos huevos
de colores.


Que nada lo alejase de ese nido suyo
tan alto
tan oculto
tan secreto.


Que nunca callase.


Ni fuese nunca obligado
a callar.


Que llegase esa noche.


Que pudiese librarse.


Que si no pudiese
ponerse en pie,
(quebrado
retorcido
asmático
patético
sifilítico)
se dejase resbalar
por la garganta
esmeralda.


Que un hombre fuese
una serpiente
lúbrica
inasible.


Un bicho que se desplazase
reptando
entre hongos venenosos
y pequeños mamíferos
aterrados.


Que un hombre
engullese la selva.


Que fuese su dios,
su goloso dios.


O que al menos fuese
su pene desprendido
que repta.


Que el pene desprendido de dios
penetrase
la vagina de la selva
y nunca más
hallase
la salida.


Klaus Steinmetz, Morituri, Editorial Germinal,
San José, Costa Rica, 2011 (pp 61-66)



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