miércoles, 14 de septiembre de 2011

PHILIP HAMMIAL [4.686]


Philip Hammial 



Nació en Estados Unidos en 1937 y vive en Australia desde 1972, habiendo adquirido la nacionalidad australiana. Poeta, editor y escultor. Ha publicado 22 libros de poesía, entre ellos: Pan, En el año de nuestro Señor, Masacre de la infancia y Teoría de la piel. En 2006 editó una antología de 25 poetas australianos, traducida al francés y publicada en Quebec. Su poesía ha aparecido en una veintena de antologías en Australia y también en periódicos y publicaciones de varios países. Como escultor ha realizado treinta exposiciones individuales. En su poema Posesiones nos dice: “Un hombre que lleva todas sus pertenencias en su boca se sienta en un banco del parque (está desnudo), utiliza ambas manos para apalancar sus quijadas abiertas, alarga extractos de un par de zapatos y algo de ropa, se viste y luego, protegido contra el frío que cala por la noche, llega de nuevo y saca su cena, una hamburguesa, la engulle toda”.


POSESIONES

Un hombre que lleva todas sus pertenencias en su boca se sienta en un banco del parque (está desnudo), utiliza ambas manos para apalancar sus quijadas abiertas, alarga extractos de un par de zapatos y algo de ropa, se viste y luego, protegido contra el frío que cala por la noche, llega de nuevo y saca su cena, una hamburguesa; la engulle toda.




CORREDORES

Un corredor con zapatos de cuero de pescado consigue adelantarse a través de un río de sus competidores que están usando zapatos de conejo. Pero, ¿ganará la carrera? A medida que la corriente consta de tres cruces de ríos y tres cuerpos de tierra reseca, esto es una incógnita para cualquiera…



CORNAMENTAS

llegando a casa a altas horas de la noche para encontrar las paredes de su casa cubiertas con cuernos, un hombre, una vez que supera el impacto de esta intrusión, quiere eliminarlos, pero esto resulta imposible porque no están colgados en las paredes, sino están incrustados a través de las paredes, una situación que sugiere que animales- ciervos, alces, alces del hemisferio norte, etc. - todavía podría estar unido a ellos y, si es así, que estos animales podrían estar al otro lado de las paredes, a las afueras. Así que el hombre sale a la calle, rodea la casa, ahí están, los espasmos de cola, pezuñas de estampido. Y ahora se da cuenta de que lo están esperando a que vuelva a entrar a colgar su abrigo y sombrero; ya celoso de que las criaturas sean lo que son, ¡ay de él si hace una mala elección.



LEÑA

En una noche heladísima de invierno un hombre sale a buscar su pila de leña, pero en vez de madera encuentra cortado en cuerdas y apilados cuidadosamente, su árbol genealógico. Aquí está una pierna de Lil, la madre del huesudo de su padre, y aquí está uno de los brazos de la abnegada tía Jane. Ahí, resistente y con nudos, una de las manos del tío Bob, y allá... Pero está demasiado helado para seguir con esto. Coge unos cuantos y vuelve rápido al interior.



ENCUENTRO DE UN TRUEQUE

Después de un arduo viaje, un hombre en un monociclo llega al corazón de un bosque antiguo y se encuentra con un unicornio. «¡Qué maravilloso método de locomoción que tienes", dice el unicornio. -Es que me viene una T. Seguramente tengo algo que te atrae para hacer un negocio. “El hombre no necesita preguntar. Sin dudarlo, señala el cuerno del unicornio, y el canje se hace rápidamente - los cuernos del unicornio ahora con orgullo a horcajadas en un monociclo y el hombre en un cuerno de pogo-se lo va pegando de vuelta a la civilización.




CAFÉ DEL POETA

Lo que estoy haciendo es viendo el espectáculo pasar
esta mañana en el Café Patmos.

En el centro comercial de Penrith mientras espero a mi esposa
y a mi hija en una locura de compras navideñas, 
en la Plaza - 30% de descuento en todo. En la acera
otro hombre de edad, el quinto en diez minutos, tropieza
sobre un ladrillo suelto, sonríe para cubrir
su vergüenza. Setenta veces hoy, que me tropiezo
adentro mi tumba sonreiré para cubrir
mi vergüenza? Probablemente. Mientras tanto
continuaré imaginando que esto es 1900
en París, su servidor en la cafetería del poeta León
Paul Fargue describiendo los coches estrepitosos
sobre los adoquines en el Boul Mich. Bueno,
no del todo, los coches de hoy son de color rojo de bomberos,
Holdens canario amarillo y liquido de hierbas palpitante
con el ritmo de la música techno, Romeo, máquina joven haciendo fuego
en una carrera a ningún lado. Poco romántico
como París a la vuelta del siglo, entonces
si yo fuera "el coche de París" ya estaría muerto a los 71, sólo
un año más, mi alma en un bosque. Toco madera
(El nombre de la tienda La Nueva Era esta cruzandola calle)
todavía funciona después de todos esos años, mientras espero
por mi mujer (el 50 del diciembre pasado) y a mi hija
(el 10 de marzo) para encontrar un regalo de cumpleaños
para el anciano que está enfriando sus talones en un café.



PERROS

Tomaré el perro grande.
Tú tomas el perro pequeño.
Cuando lleguemos al árbol de los ladridos lo subiré
y bajo la cuerda. Tú lo atas
alrededor del perro pequeño, lo izaré.
Si no se rompe lo usaremos
para levantar al perro grande. Si esto funciona
los tres nos sentaremos en una rama y ladramos.
Siente te libre de unirte a nosotros.
Cuantos más, mejor.



ESPERANDO POR EL CAMBIO DE LUZ 

Estornudo y de inmediato el anciano a mi lado me ofrece un pañuelo, uno sucio, lleno de mocos. Y el viejo - puaj, asqueroso, su traje me trasmite el gris brilloso de la suciedad, probablemente huele a que no se ha bañado por meses. "No, gracias-le digo, limpiándome la nariz con los dedos. "Tal vez lo que necesita es uno más grande", dice, y saca otro pañuelo, mas grande y más sucio aún que el primero. "No, gracias, de verdad, no lo necesito." Pero él no acepta un no por respuesta y sigue sacando pañuelos cada vez más grandes de los bolsillos del traje, el último es del tamaño de un mantel, que cuidadosamente lo extiende sobre la hierba en la pasarela del medio. Y entonces, por arte de magia, crea una botella de vino del malo y dos bocadillos envueltos en celofán. "Seguramente no me negará el placer de su compañía en el almuerzo, mientras esperamos el cambio la luz.”



CAMPANA

Fui abajo donde estaba la campana.
En una mesa larga había monjes doblados
sorbiendo sopa en tazones.
Repugnante. Cuando les pregunté,
¿la dejará sonar?
uno, el mayor, limpiándose la boca con la manga
de la sotana, respondió: El sonido llevará
a tu madre a casa, ¿Qué tan grande debe ser?
Era una buena pregunta, y a la cual
Yo no tenía respuesta.
Ellos ofrecieron sopa, que acepte a regañadientes,
un tazón, al parecer, sin fondo.
Cuando hayas terminado, dijo el monje viejo, haré
el sonido que lleve tu madre a casa.



GRAN DESFILE

Luces de hadas en la portada del último, en
¿Qué podría haber estado pensando?
Qué cuarenta y siete poemas acerca del combate de lucha libre
en condiciones de mal tiempo traería

un cambio fundamental
en mi condición de estrella - desde el número cuarenta y siete
en el gran desfile en la Iglesia Anglicana del Este para el número uno
en una sola vida; que absurdo, este poema
es un perfecto ejemplo de mi perenne incapacidad
Para articular alguna verdad universal, una triste realidad
que me ha garantizado en mantenerme en las filas

del montón hasta el día que muera o decida
encontrar una ocupación razonable que me pueda llevar
a la cima; de la lucha libre, con una corona, ¿por qué no?



CABALLERO

Su honor ha sido puesto en duda, insulto que no puede /que no desea dejar pasar. La armadura es pesada y complicada. Hábil en el manejo de lo que sea, le toma al criado, dos horas y media dejar listo a su amo para la batalla. Ya no es joven, los músculos se vuelven grasa, después de mucho empuje y opresión, finalmente, nuestro héroe está listo para defender su honor - una fortaleza de libros, de palabras mientras corre en la arena en un corcel blanco.
Pero el oponente, el crítico, aburrido con la espera, desde hace mucho tiempo errante de insultar algún otro escritor mucho más sensible a las tonterías.



LAS AUTORIDADES

Sin brazos y sin piernas, las autoridades se arrastran afuera del mar hacia la playa gritando órdenes desde sus bocotas como de pescados. “Pongan sus mejores y más azules ojos en las cicatrizas arrugadas donde nuestros miembros estuvieron atados. ¡Apúrense! Qué están esperando? Ya conocen las condenas por desobediencia.” Y así, como tímidas creaturas que somos, lo hacemos. Siempre lo hacemos, siempre esperando que no hayamos perdido la capacidad de hacer crecer nuevos ojos, mejores y más azules que los que desechamos.



HERMANOS

Solo en casa, tarde en la noche, haciendo lo de siempre. Estoy remando. Sentado en mi silla en la cocina, encadenado a un remo, uno de los cien esclavos asegurando que el galeón continúe moviéndose hacia adelante a través de un mar a veces calmo, a veces embravecido. Hacia adelante, a ese puerto lejano donde, según los rumores, ellos nos dejarán en libertad, finalmente, después de tantos años. Los otros, mis hermanos encadenados, sentados en sus propias sillas en sus cocinas en esta enorme expansión descontrolada de residencias públicas, todos remando sin cesar, con una fuerza inagotable y nunca sospechada.

¿Qué más lejos? ¿Cuántos días más? No puede ser una gran distancia. Pero supongamos que yo soy el único que rema todavía (el galeón parece haber la velocidad), y los otros haciendo nada más que sentarse a la mesa en sus cocinas bebiendo cervezas y masticando galletas? Esos cerdos perezosos e hinchados, por supuesto que han dejado de remar. Lo han dejado todo a mi cuenta. Algún acuerdo tácito entre ellos para dejar de remar. Ese idiota de 108, aún está remando a base a pura disciplina; es insaciable.



TÚNELES

He empezado a caminar encorvado. ¿El peso del mundo en mis hombros? De ninguna manera. Se trata de túneles. Dondequiera que vaya – afuera en el garaje en busca de una herramienta, al ir de compras al supermercado, – hay un túnel por el que tengo que pasar y jamás es de un tamaño suficiente para poder mantenerme completamente erguido. Quién pone esos túneles allí, siempre bloqueando mi camino, y no importa lo que hago (cada desviación repentina y anticipada por mi parte) ¿y por qué razón? ¿Por simple despecho? ¿Para enseñarme la humildad? Probablemente nunca lo sabré.

Traducciones de Juan Garrido Salgado

PROMETEO. Revista Latinoamericana de Poesía. Número 88-89. Julio de 2011.
http://www.festivaldepoesiademedellin.org/pub.php/es/
Revista/ultimas_ediciones/88_89/hammial.html




Brothers 

Home alone, late at night, doing what I always do. I’m rowing. Sitting on my kitchen chair, chained to an oar, I’m one of a hundred slaves making sure that the galley keeps moving forward through a sea that is sometimes calm, sometimes raging. Forward, to that distant port where, so rumour has it, we’ll be set free, at long last, after all these years. The others, my brothers in chains, sitting in chairs in their own kitchens in this huge sprawl of public housing, rowing ceaselessly, with a strength they didn’t know they possessed.

How much further? How many more days? It can’t be far. But what if I’m the only one who’s still rowing (the galley seems to have slowed down), the others simply sitting at their kitchen tables guzzling beer, munching on pretzels? Those lazy bloated pigs, of course they’ve stopped rowing. They’ve left it up to me. Some unspoken agreement among them to stop rowing. That fool in 108, he’s still flogging himself; he’s insatiable. 


Dog Carts 

And went to one of the Glory Temples for which
our city is famous & found
a sick congregation – spitting blood

& convulsing obscenely, only the shepherd
of this flock not afflicted, & outside, lined up, 
waiting – dog carts for the dead, but where

were the dogs? Out chasing
some silly fox, I assumed, & was correct
as the huntress, when I finally found her,

was sitting on a log surrounded by hounds, tails
wagging, the corpse of some poor fox 
in her lap. “Hi,” she said, “I’m

Dot Com & of course
you’ve come for the dogs.” Obediently
they followed me back to the church

& were duly harnessed & off we set
for the burial ground to which, luckily, for it
was getting dark, the shepherd knew the way. 



Honeymoon, Day Two

You can’t remember making it –
that scream she refers to
on page 98 of her memoirs (Memoirs
of a Weapon’s Buff) – executions justified
by a once & future Yes, an obsession
to safari with a difference that manifested
as a death on hold that spoke no volume. Just
a whisper published for a shot at the much flouted
Charity Sufferance with its fifty-seven dolls stuffed
in your rucksack in case you need them. As now,
when the most sensible thing to do would be
to ritually extract them one by one & pass them out
to the seven sumo wrestlers at the next table, bowing
deeply, speaking volumes: Domo arigato. Obviously
what these fatties always wanted, mothers
to a man with babes to rock to sleep. Sweet
dreams, it’s time to enter that swamp
where the most stalwart hero is referenced as
Little Butch: big boys with big smiles for a scrawny
geijin tourist. Enjoy your stay in Tokyo. Or is this
Berlin? Probably the latter judging by the atmosphere
of fight to the death that seems to pervade
every nook & cranny of this pillbox? Why
a pillbox? Surely there’s nothing to guard in the heart
of a Georgia swamp, snakes entwined around the still-
hot barrel of a water-cooled machine gun. Who
have you massacred this time? Just a dozen
or so of those big bullies, teach them to keep
their hands off, always grabbing your ass just
when you’re trying to impress Norma Jean with one
of your samurai warrior impersonations. Fingers
in her pie, will you ever? No chance at all
if you can’t get these boxing gloves off. Hopelessly
knotted laces. And now, how embarrassing, a tray
of succulent sushi arrives at your table, apparently 
ordered by the wrestlers Manipulating chopsticks
with boxing gloves is not your idea of fun, but
they love it – big belly laughs, polite of course. 
Arigato
aseholes, may you choke on one another’s pigtails.
And now, inside the fortune cookie that follows 
the sushi, is a message whose relevance
to your situation is uncanny. Take us 
to your leader. Of course they mean your wife. So
off you go, all crowded into one groaning elevator, 
pushed aside when you reach the suite to discover 
(you tried to tell them) that she’s packed her bags 
& left, gone home to mummy & daddy. 



Similitude 

If we assume that every third house is logical
it follows that there’s literature in abundance
on the subject of steamer trunks of the kind
that one might find in every fourth house. She
opens it & pulls out a dress, probably
her grandmother’s, & puts it one, an arrangement
that’s agreeable to both parties, so agreeable
in fact that suddenly there’s something that must
be said but where are the words? – too choked up
with emotion, & the opportunity passes. It’s 
as though you’ve stopped at a red light on Sunset 
Boulevard on Saturday night & the beautiful young 
woman in the back seat – how did she get there? where
did she come from? – says thanks for the ride, opens
the door & vanishes into the crowd, a somewhat
farfetched simile I’m sure you’ll agree, but since it
& hundreds of other equally preposterous similes
can be found in the literature far be it from me
to delet it in favour of some more down-to-earth
comparison – a simile that, however outlandish,
seems perfectly suited to a situation, this situation,
where there’s sure to be someone in every fifth house
who will be prepared to argue that it perfectly conveys
what the author intended it to convey. 



Fetch 

Had me a word up. One. Through water
it went by some way
I could not follow. In
the depth of me was there
the death of you? Who? Who fell
in summer, couldn’t wait for fall, skirt
up around her pretty neck, wrinkled now
with some ripe age. If I was her
I’d put a collar on & a chain
to a hand, not to fly: Beard
some ship, a bread to count, that
sort of thing that in, to quote
Martin Duwell, a blasé literary culture
like Australia’s gets a chop, tall poppy
not welcome, our verse with feet
on solid ground. Found, the car
with the least juice, scare schoolboys
gone for a spin. So farewell
my best word. Impossible now
that word to drive, chain
to a mistress (me the bucket, 
I’m sent to fetch). If I’m good
she’ll give me a choice – drown
in a dungeon or the posterity
of a roadside memorial: ribbons & flowers
on a telegraph pole. 



Prey 

Should have sent that birthday card to my sister. Did
I remember to double-lock the front door? That word –
culpable – that I used in that poem; too jarring,
& the thesaurus gone astray. opto & then
the rest of the sign metrist. Those nude photos
of my first wife – should have burned them. Socks
too thick for these shoes. In the midst 
of a vast expanse of tile on that roof: one weed, olive
green. A girl of about sixteen, why 
is she limping? That man with one leg
who picked me up hitchhiking in Ohio, wanted
me to touch his wooden leg. I refused. What
if I had? Would I be here now? Need help? – call
1800 424 017. The screech
of a fan belt. The trunk of an elm tree, open, with
a throbbing heart inside. Rubbing his hands together
to keep them warm – a roasted chestnut vendor
on the Champs Elysees. That freight I rode
with Gage on a perfect summer day – San Francisco
to Sacramento; Gage dead at 58, his paintings
in the Whitney, the Paris Biennale… Fifty-two
unread books on my list. Persistent flies, almost
swallowed one. That mole
on Paula’s thigh, how many times
did I kiss it? Those jet trails, if only
I could watch them until they fade to nothing. Gaze
for a few seconds into the eyes of a wildebeest (a
wildebeest, here, in the city?) – its breathing
my breathing. 



Tony's Museum 

Tony has opened a museum of madness. He’s persuaded the administrators to lease one of the rooms in the basement of the Museum of Natural History – a huge, high-ceilinged room in which the displays – in glass cases & cabinets – are arranged in the form of a maze. In these cases & cabinets are objects, strange, often sinister looking objects that Tony has brought back from his many forays into that place called madness. There are also maps, charts, drawings & journals, all with ‘scientific’ explanations neatly printed on white cards in a Gothic script. In one of the dead ends of the maze, behind a thick black velvet curtain, the museum visitor encounters a mob of tiny people, not dwarves, but tiny people about two feet high. They ask the visitor for an arm which, if given, will be viciously fought over, the visitor lucky to get it back again. And the admission price – only $1.50, which may explain why there are hundreds of people waiting to get in, a line that extends down a long corridor, up a flight of stairs to the entrance foyer, out into the weather – it’s pouring buckets – & down the footpath (a sea of umbrellas) to the end of the block. 






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