domingo, 14 de agosto de 2011

4427.- ARMANDO ROA VIAL



ARMANDO ROA VIAL (Santiago, Chile 1966): Poeta, narrador, antologador, ensayista y traductor. Ha publicado: “Cartas a la Juventud” (1993), antología; “La Invención de Chile” (1994), en coautoría con Jorge Teillier, antología; “El Hombre de Papel y otros poemas” (1994); “Ezra Pound. Homenaje desde Chile” (1995), en coautoría con Armando Uribe, ensayos y traducciones; “El Apocalipsis de las Palabras/La Dicha de Enmudecer” (1998-2002); “Elogio de la Melancolía”, (1999), ensayos; “El Navegante” (1999), traducción; “Para no morir tan despacio” (1999), relatos; “Ezra Pound. Poesía Temprana” (2000), traducción; “Zarabanda de la Muerte Oscura” (2000); “El Mito y la Sombra” (2001), novela; “Robert Browning. Poesía Escogida” (2001), traducción; “Estancias en Homenaje a Gregorio Samsa” (2001); “Macbeth”, de William Shakespere (2002), traducción; “Lecturas Anglosajonas,” (2002), traducción; “Fundación Mítica del Reino de Chile” (2002); “This be the verse” (2003), en coautoría con Marcelo Ríoseco y Diana Dunkelberger, traducción. Su obra, aparecida en diversas antologías y revistas tanto chilenas como extranjeras, aparte de haber sido finalista en el Premio Altazor 2001, ha recibido el Premio Nacional de la Crítica (2000), Mención Honrosa en el Premio Municipal de Literatura (2001) y el Premio Pablo Neruda (2002).





ACEDIA: RAVOTRIL O.5 mm.

Indoloro ateísmo de todos los dolores,
mi universo, tendido como un leproso,
ya no puede convalecer.
Nos desbordamos muerte abajo
como un océano sin amo
—intento situar el poema
directo a la vena: inoculación y contagio:
un astuto escenario
en manos de un niño travieso.
Retracción más allá de nuestro alcance:
¿se es en verdad el que se es?
Incrustado a esta corrupta servidumbre de palabras
–aunque el signo sea de naturaleza teológica—
lengua mía que pugna por dejar de hablar
—indoloro ateísmo de todos mis dolores—
enfermo imaginario soy:
si la palabra rosa es la ausencia de toda flor
la palabra muerte es la ausencia de toda aflicción.









HIPOCONDRIASIS I: TEGRETAL 1 mm.

A qué todo eso de que
“en mi principio está mi fin”
cuando somos incapaces
de unir el principio con el fin.
La sílabas de una neumonía
—aliento hecho palabra—
asedian
la palabra pulmón
manchando dos vocales en la radiografía:
pero ahora es capaz de respirar su enfermedad,
un lenguaje sin dietas saludables
para que estando en desacuerdo consigo mismo
pueda ser el que es: vapor descendiendo y ascendiendo,
cambiando siempre, uniendo el adentro del afuera
con el afuera del adentro.
Para ello es necesario marcar las distancias:
desenfocarse del espejo
para que no se sienta demasiado a gusto con tu imagen,
proscribirse del papel –aunque todo esto no sea más que literatura—,
enjaularse en los corredores del miedo
y sofocar esas ilusiones que se amotinaron al atardecer
para eludir o engañar el firmamento desvalido de los enfermos
y su bandera desplegada bajo el estandarte de un pulmón alquitranado
que ya no lleva aire a esos labios que gastaron el amor
—el amor que volaba a punta de soplos
como un trapecista inexperto entre distancias demasiado largas—.
El cementerio es más apacible que el hospital, que duda cabe.
Al aséptico blanco de la enfermera, el luto digno de la viuda.
A la dentellada humillante del médico,
la solícita caricia del gusano que saca brillo al hueso
y nos libra de la infamia de la carne.
A qué todo eso entonces.
Si queremos unir el principio con el fin, dice él,
ay muerte, vive de por vida en mí tu minuto de silencio.









HIPOCONDRIASIS II: ALDOL 1,5 mm.

Ahora pide las excusas correspondientes
para “no morir tan despacio”.
Su lógica hipocondríaca lo desdice.
Un incubador de enfermedades imaginarias
sufre ahora la traición de la realidad a su imaginación:
las pústulas eran verdaderas;
las radiografías ya no eran elucubraciones mendaces;
el anonimato de la enfermedad tomaba un nombre
en el quirófano, y el cuerpo, con aquella arquitectura menoscabada,
se transformaba en escaparate
para curiosidad de cirujanos y anatomistas,
cuyas garras hambrientas escarbaron la ebria cirrosis
y sus jirones anclados todavía en un bar,
apegados a la espuma de un vaso triunfante
para empecinamiento de la fe del santo bebedor
que aun sueña con la torre erguida de una botella final,
la bendita babel de todos sus licores,
los aromas esparcidos nuevamente
sobre la plaza despoblada de su cuerpo
para salud y bienvenida a la catadura de la muerte.









BILIS NEGRA: AMPARAX SUBLINGUAL 2 mm.

Yo pinto el rostro humano,
aunque los rasgos no digan nada.
Sobre el caballete de la enfermedad
la tela se desgarra ante el trazo que tiembla.
Mi primer plano es la falta de plano,
la deserción de las ensambladuras,
figuras fatigadas que rehúsan la caricia del pincel,
fervorosa amargura de un puñado de colores
que buscan deponer la monarquía del cuerpo
prolongada en la pintura:
rastro sin rostro
rostro sin rastro
a resguardo del cualquier patrimonio hereditario,
costumbre inveterada de un hombre vulnerable
que ignora en la muerte y su abrazo engañoso
–—un signo lingüístico del cuerpo—
el presentimiento de órdenes nuevos.
Yo pinto el rostro humano
en imágenes raudas y vacías,
en trazos indecisos donde hay gritos sin bocas
u ojos sin párpados; lloviznando astros extinguidos
para una noche que no madruga
en la aurora anochecida del poema.
Yo pinto el rostro humano
para salvar la palabra amor: saliva hambrienta
en un audaz contrabando de bocas.
Me afano en este oficio
como quien busca descalzo el zapato a esa huella
de lo que nunca queda en pie.








ANAMNESIS REMOTA

Cierro la cortina y apago la luz.
Ya no temo a la oscuridad.
La dejo tranquila: que dispare a mansalva
contra las sombras de la pared.
Tampoco temo a la noche
cuando apedrea el paisaje con unas cuantas estrellas.
Ahora vivo libre de esos mezquinos celos a la muerte.
Se sabe de los tentáculos previsores del ser humano
que desgranan sus miedos en un rosario de creencias o convenciones.
Los maquillajes son siempre equívocos,
con esa dignidad artificiosa que suele envolver a la mentira
cuando ésta es una mera compensación.
El servilismo civilizador de los hombres
es sólo un salivazo estéril llamando a la vigilia
cuando nuestros corazones se han quedado profundamente dormidos.
¿Se puede pasear un "alma hermosa
dentro de un aborto cadavérico"?
Es esta la apuesta de un domador
para quien la palabra debe ser un acontecimiento
y no el registro de un acontecimiento.
Apostar al sismo por un poco de tierra
Apostar a la tormenta por un poco de viento.
Apostar a la marejada por un poco de agua.
Apostar al incendio por un poco de fuego.
Mi pulso de enfermo,
la grieta honda del corazón,
la fiebre que a nadie entibia.
El mío es un libro que ya no puede ser abierto.
Ven y baja por mí,
recoge esta carne remisa
y adóbala para el matadero.








HIPOTENSIÓN ORTOSTÁTICA

Le hundes la mejilla
y luego meces su boca rebosante de espuma.
Nada desmiente el rito de este beso.
Lengua de mi lengua,
poderosa bebedora de palabras,
aliento entrañado de silencio.
Ay muerte,
mi hija, mi heredera:
el corazón del hombre
se ha ido de aquí.



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