miércoles, 30 de noviembre de 2011

5249.- JUAN REVELO REVELO


Juan Revelo Revelo, poeta y narrador nariñense, nació en Ipiales en 1946 COLOMBIA, cursó el bachillerato en el Liceo de la Universidad de Nariño y en 1960 obtuvo el premio de “Mejor Bachiller de Colombia”. Estudió la carrera de Ingeniería en Bogotá y la maestría de Administración de Empresas en México. Estuvo vinculado a varias empresas multinacionales de Colombia y el exterior, y después trabajó como Asesor de CINTERFOR en Buenos Aires y de la UNESCO en París, La Habana y México, país en el que vivió durante veinte años, y donde participó en los talleres literarios de los grandes maestros Juan Rulfo y Octavio Paz.

Su obra poética, narrativa y ensayística está representada en sus libros publicados e inéditos: "La Gitana Iselda", "Los Ojos del Recuerdo" (del cual se han realizado dos ediciones, la primera en México en 1979 y la segunda en Colombia en 1999). Así mismo: "Páginas al viento", "Nuevas Voces de fin de Siglo", "El baúl de Mercedes Saluzo" (novela lanzada con gran éxito en la Feria Internacional del Libro 2006), y "El prócer" próximo a publicarse. Actualmente dirige talleres de poesía y narrativa y colabora con varios periódicos y revistas de Colombia y México, tales como "El Espectador" de Bogotá, "El Colombiano de Medellín, "Vanguardia Liberal" de Bucaramanga y "El Excelsior" de México. Obtuvo el primer lugar en el “Premio Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja" (2000) y en el Concurso Nacional de Cuento “El Espectador” (2002). Su obra poética y narrativa ha sido parcialmente traducida al inglés y al francés y figura en importantes antologías, entre las que se destacan la compilación bilingüe "Latinoamerican Poetry" (1998) y "Antología de poetas y narradores nariñenses" (2004).






LA SOLEDAD

Todas las noches
La soledad abre las puertas de mi tristeza
Entra en mi apartamento
Se bebe una copa de vino
Se mete desnuda en mi cama
Me abraza... me besa... me acaricia...
Y a veces llora conmigo.
Todas las noches
La soledad quiere estar a mi lado
Y ya me estoy acostumbrando a su presencia.
En verdad es una fiel compañera
Como ninguna otra.
Me comprende
No me reprocha
Nunca se enfada y jamás me abandona.
En los últimos días he dedicado mayor cantidad de tiempo
A observarla con cuidado
Y cada vez la encuentro
Más subyugante y más hermosa.
Será que estoy enamorado de ella?...









EL REENCUENTRO

Hoy por fin la vi
Después de muchos años.
Su mirada curiosa pegada a la euforia
Y su voz –había tanto que contar-
Deshojando pétalos de luz
En la oscuridad de los recuerdos.
Hoy pensando en el arco iris de sus besos
Renazco en medio de un torbellino de emociones
Y la presiento mía nuevamente
No se por cuántas lunas
Sin importarme el tiempo que se ha ido
Como si este pellizco de vida que nos queda
Fuera un siglo para los dos
-el último posible-
para retener la felicidad
que ayer bebimos juntos.








FLORECE TU VOZ

No se ha ido tu risa
Ni la claridad de tu palabra.
Revives en cada atardecer
En cada gota de lluvia
Que moja los párpados del día.

Florece tu voz en mi soledad
Y mi memoria dibuja tu recuerdo
Que tiene la perfecta textura del amor.
No se ha marchitado la luz que sembraste en mi casa
Ni han dejado de volar los pájaros
Cerca de la ventana.
El viento nostálgico
Sigue deshojando los árboles de julio
A las cinco de la tarde como el último día.
La espera no tiene fin.
Tú estás lejos y yo sigo triste.










LOS OJOS DEL RECUERDO

Un día llegamos caminando
Huyendo del estrepitoso laberinto,
Dejamos atrás nuestras lágrimas
Y nuestros viejos recuerdos
Pero éstos nos siguieron como lobos
Aullándonos por dentro.
Buscamos un lugar dónde vivir
Para ver crecer nuestros sueños.
Conocimos otras tierras, otros cielos…
Y allí aprendimos a sacudirnos el dolor
Y a respirar profundo
Pero continuaron los recuerdos
Obstinados persiguiéndonos.
Sembramos después nuestras semillas
Y cosechamos alegrías y amarguras.
A veces fuimos náufragos sedientos
En medio de un océano enfurecido.
Otras veces nos acompañó la suerte
Y el optimismo nos llevó por el mundo
Pero todas las noches
Los recuerdos
Nos hostigaron en silencio.
Crecimos con el siglo y nos volvimos viejos
Cumpliéndose el proceso irreversible.
Se marcharon un día nuestros hijos
Mientras esperábamos la muerte.
Pero los ojos de los recuerdos
Siempre permanecieron allí
Mirándonos fijamente
Como voraces lobos hambrientos.


http://www.ipitimes.com/juanrevelo101406.htm

CARMEN IRIONDO [5.248]


CARMEN IRIONDO

Nace en Buenos Aires, Argentina. Vive en Mar del Plata desde 1972 hasta 1982, obteniendo el título de Licenciada en Psicología en la Universidad Nacional de esa ciudad en 1976.

Trabaja como psicoanalista en forma privada desde el año 1976 hasta el presente, asistiendo también a jornadas y congresos efectuados en la Argentina. Trabaja en distintas instituciones hospitalarias y psiquiátricas, asiste a seminarios de formación post-grado y escribe artículos y columnas referentes a su profesión en revistas de actualidad.

En 1977 obtiene su título de profesora de Danza Clásica y Moderna expedido por el Instituto Superior de Danzas "Beatriz Schariber", Mar del Plata. Integra en este tiempo el Coro Universitario de Mar del Plata dirigido por Horacio Lanci.

Desde el año 1982 al año 1986 estudia teatro con Augusto Fernández, en Buenos Aires. Participa en tres largometrajes y dos cortometrajes.

Es autora de las letras e intérprete de los temas del Compact Disc "Me da la Gana", editado en 1994.

En 1998 viaja a los Estados Unidos, convocada por la "Montclair State University" para leer su propia poesía traducida al inglés ante alumnos y profesores de la institución.

En la actualidad, continúa con su trabajo como psicoanalista y escribe sus próximos libros.

Premios:

- Finalista en el 4° Concurso Nacional de Poesía. (Tandil, 1995)
- Foro Cultural del Centro Médico de Mar del Plata. (Mar del Plata, 1998)
- Seleccionada en el Premio Municipal de Literatura "Osvaldo Soriano"
(Mar del Plata, 1999)

Publicó: 

Casa propia (1988)
Rara vez (1995) 
La niña pandereta (1997) 
Por el miedo te digo (2000) 
Egle y Suertes Virgilianas (2002) 
Syl  & Ted (2003) 
Animalitos del Cielo y del Infierno (2004) 
Prosas de dormida (2005) 
Vuelo de fiebre (2007) 
Llamando al picaflor por el nombre de pila (2009) 
Seamos nieve (2010) 
El rock de los limbos (2011) 
Syl & Ted edición bilingüe traducción de Rolando Costa Picazo Tilinga (2012) 
Animalitos del Cielo del Infierno y del Mar (2014) 
El carro de las letras (2015)

Pueden contactar con la autora en carmeniriondo@interlink.com.ar
O bien visitar su excelente página en www.carmeniriondo.com





SELECCIÓN DE POEMAS


CARA

Cara cara:
sendero salpicado
de pisadas
en la suela de tus ojos.
Hay círculos de encierro
y comisuras sabias.
Hay surcos socavados
en los tensos hoyuelos
del sembradío lábil
de azarosa simiente
centenaria.

Cara cara:
anochece tu párpado
la cuna bamboleante
y húmeda.
Bañada
con rocío de pestañas
mansas.
Viento de menarcas
barre la tersura
sin huella de la playa.
Hay olas gestuales
que desgastan la rompiente
espuma en tu mirar
anciano.

Cara, cara:
necesita de yeso
tu fachada
y de ilustre
tu pálida medalla.
Y de escultor que alise
tu constractura,
cara.



VIRGEN DE INVIERNO

Desflorada
cede y concede la membrana
ténue de la histeria.

De roces, ausencias,
gotas y mitades
se entrega,
se llama.

Desvirga cristales
su maledicencia.

Arranca los pétalos
que asombran su esencia
y encienden su verso.

Desflorada.
Primera.
Terca.
Mansa.
Entumecida.

Da rienda a la eterna
ilusión
despedida.



MADRE

Mi madre me dejó en herencia
un canasto de amor, para que diera.
Un conejito blanco, una arvejilla,
una bombilla, un mate, una tetera.

Me dejó entre trastos y papeles
un manual de instrucciones
incompleto.
Un rompecabezas grande,
un juego de ajedrez,
un escarmiento.

También un beso dulce,
un estropajo
para limpiar su llanto.
Un corrector de ojeras,
una manta
y una mirada triste
como nunca vi ojos
en la tierra.

Me dejó armas de veras
para que viva, luche y la recuerde.

Pero olvidó dejarme
de apurada nomás.
la llave del tesoro
y la clave del secreto.


CUIDADO

no te lleves los dedos a la boca ni los codos comiendo
los apoyes querida no te sientes torcida con el pelo
en la sopa ponte vincha una cinta no mastiques con
ruido si a la falda le falta cubrir con adecuada tela hazle
caso a tu abuela no olvidarse del agua un traguito despacio
sin el ruido que traga con la mano derecha la cuchara
a la boca no al revés que es pecado mortal que los niños
pobres que son pobres no comen y tu dejas lo mejor en el
plato hay enfermos y parias que no duermen por hambre
no te muerdas las uñas cuando te hablan los grandes no
te toques no escuches no respires no hables no les vayas
a dar el gusto de contarles son visitas de envidia que critican
por rabia y no quiero mas lágrimas sobre el budín del aire
ni me gusta que cuando diga Flaubert o Beethoven cantes
o te distraigas no hay que ser tan obtusa ni ser malas
palabras para qué habré gastado montañas de plata el
colegio debería haberte mejorado no te suenes en público
la nariz despelada ni les cuentes que escribes poesía ten
cuidado ten mucho cuidado




TE VA MIMAR LA MISMA MARGARITA

No temas te lo digo yo que soy vos
y que conozco la frazada de la cripta
te tapa con el calor de la arena soleada
te va a mimar la misma margarita
te cubre con el musgo de acariciados tallos
y si aún hay cosquillas por el miedo te digo
yo que soy vos y que pasé por tierra mi estertor
te va a mimar la misma margarita silvestre
familiar del rocío
por si la sed despierta.



LUNES I

Sobre el colchón grumoso como sopa de sémola
un día sabemos que el amor se muere.
Que la conífera muestra frente al patio una rama
de oro asomado, una estrella marchita.
De arriba abajo así mata el amor,
los besos de ceniza y el polvo de mentiras.
Se arruga la piel como roca de luna
y la mortaja vira al tenue lila



LUNES II

Húmeda aún por el beso que le dieras
reniego de tu verso y de tu boca
mientras las filas largas de soldaditos verdes
desfilan por mi vientre repitiendo
los himnos, la guerra.

El resto es la mujer. A medias, triturada,
sellada por la barra del portón de madera,
cruzada sin cruzar la fosa del castillo
donde se estancan de frío cocodrilos
abiertos, inflados por el gas imaginario




LABORES

Una brizna de hilo, eso soy cuando tiemblo,
me sorprende mi voz. Hilillo que se enhebra
en pasados remotos y cose el dobladillo con
puntadas en cruz. No sé pedirle al paño que 
ignore mis pinchazos, o a tus pestañas frágiles
que barran cada punto y limpien el error.
Ama de llaves, pido, no utilices tus dientes
para cortar el largo bordado del adiós.




LABORES II

Como si fuésemos telas a cortar,
géneros, denigrando el vacío
que sólo nosotras podemos atender
con la danza nocturna.
Ambrosía, macedonia, comamos
las palabras para fundir el miedo
a las creencias,
que tengo
que sufro
que me caen
¿que no me cuestan nada?
Se olvidaron de esa bolsa de género
estropeada, rápida y prematura
suelta de puntos justo en el borde.



LABORES III

Teje la salida con saliva nueva
teje la red de tela con ceniza no del muerto
más bien del fuego vivo, el de la lana gris
chamuscada sin querer en la cocina.
Los puntos que se sueltan se escapan
se deshacen se roban el tejido. Bolsa
o vida, dicen y disparan a enlazar los
fantasmas con hebras de trencitas,
de ochos convertidos en tiras de zigzag
Hay que tejer mujeres.
Crochet, arroz, elástico. A dos y cuatro
agujas. En redondo para abrigarte el pie
con esas medias a medias como son las
verdades y abrigar de bufandas los espectros.



ALERGENOS

Me pican las espigas de tu trigo, áspero,
amarillo. Asomaron blandísimos ayer
llorisqueando los pastos de tu infancia.
Una fila de hierba tierna, eterna, mansa
marcha de soldados infinitos muy lejos
se chocan en los surcos de terrones revueltos.
Parecen los alumnos de la escuela hace siglos
dormidos de pie cantando a la bandera blanca.
¿Se morirán de sed antes de empujar la tierra
tus brotes de frágil resistencia?
La luna sin lobo llama a la lluvia aullando
apenas penas.



Poemas de su libro El carro de las letras

El mundo era hace mucho nombres, apellidos, casas numeradas, esquinas. Conocía. Conocíamos el olor del último ladrillo y el color de la vereda tuya. Nuestra. Una nena pensaba al comenzar un viaje: ¿cómo puedo recordar un instante para toda mi vida entera? Pero no sabía aún la existencia de espías en las coronas funerarias. Y miró con fijeza desnuda la vista con sus pupilas láser de intención: una mujer subía a un colectivo, cada pierna se elevaba lentísimo, efecto de cine con sus várices salientes. Asociaba la nena un paseo por el delta, cotidianos meandros, penas, raíces en los bosques que acarician la superficie erosionada del suelo. Las piernas suben sólidas, parecen, nos parecen, fuertes y en una bolsa sobrelleva verdura que asoma por el borde raído de tela también verde en alegre verdor a la altura de su cadera gruesa y mullida. Detalles. El recuerdo de esas piernas reaseguran que estoy y seguís vivo.

*

Trato de explicármelo y reviso las plantas frente a mí para que me consuelen, ellas viven, te lo explico a vos, en el jardín pequeño de mi casa y despiertan desperezándose a distintos horarios. A veces alguna se desvanece por decepciones de primavera, otras veces, otra muere. Intento explicármelo y espero que la llovizna le haga el amor a su vecina con cuidado. ¿Por qué la madre humana abandona a su cría? Conozco a mis perras, mis ovejas, tus yeguas y sus leonas, ellas a veces se comen a sus hijos sin razón. ¿Comulgan? Soy una repetidora del efecto del habla, poeta loca, me gritan. ¿Yo poeta? Apenas deshilvano lo que cosí a la noche.

*

El avestruz esconde su negación bajo el ala torpe. No ve. Pero se desliza por el campo como se mueven los patinadores y salen de películas, de medios de hacernos creer, instantáneas. Patina digo, el avestruz, sin mover su parte superior como un buen bailarín; se desliza y supera enfermedades, cadáveres con vinchas de hambre, abandonos, agujas. Come de todo, no selecciona, come todo brote, todo zapato, no frena ni cierra su pico enardecido, patina, frena, come otra vez, piedritas, marlos de maíz, lombrices, saca la cabeza y mira. Miren al avestruz, está maquillado, los ojos se le rasgan por el viento costero. Fascina esa forma coreográfica con la que dispara al compás de un submundo. Suena, desde el centro cordial de la tierra imaginada y sus golpes.


*

La alegría es sin causa. No sé como decirlo sin mal agradecer, sin ser un perro que trae la sarna de un pasado contagioso; bañados que fueron por amos de generosidad rebosante, después, tan calientes quedaron que siguieron a una perrita de corto pelo rubio. "Ándeme yo caliente", decía Góngora, vos lo decías en voz baja. No sé cómo decirte ni hablar de un sentimiento que simula una ortiga plantada en la garganta.
No te quejes, me quejo, protesto por nada, existente lenguaje el de los tantos otros que van más cómodos con su carrocería de ombligos. Si me odio un rato todas las mañanas, te lo digo y me animo, se me va borrando esa neblina resto del color de la última pesadilla. No puedo obligarme a no soñar.

*

Escapar de la emoción. Coser las cintas de mis zapatillas de punta. Las hago mías esta noche que amenaza lúcida e insomne. Que me encierre el frío dentro de sus rejas. Para tachar la danza gestual que me asalta cuando espía. Para no explotar de amor ante un hijo que simplemente pasa por ahí, camina por mi paso. Rezo a los budas para inventarme una norma. Coser el raso y pincharme los dedos con el aguijón de ganas de bailar. Elásticos para encerrar un tobillo en apariencia vulnerable. Puntadas rítmicas, meditación y búsqueda en el horizonte imaginario. Línea de puntos. Una zapatilla, doler la presión de la madera sobre el dedo gordo, subirse a las puntas y sentir cómo se esconde el ruido real en un piso cansado al final del día.


*

Tengo que poder con la melancolía, modelar de barro una montaña hecha de tiempo, una montaña del color de las uvas moradas. Bailar pisándolas aquella danza macabra que las convierta en vino y paren de sangrar. Así, liviana, esa bebida oscura con gusto a tu madera me hará reír, pensar más leve y menear las caderas. Voy a teñirte con una capa de sangre carmín y vendrás a buscarme en tu caballo enorme. Miren, todos los tristes, cómo salto arriba de sus ancas, con la agilidad de un resorte humano. ¡Qué rápido se abrieron sus permisos! Los dioses me saludan cuando paso, ellos prefieren, ustedes bien lo saben, que estemos distraídos de goce o sentados en bancos de tragedia. Nunca tristes porque sí.



Nota 1

Lugar común: el primer poema. Experiencia primera que me ocurrió en el curso de una fiebre alta. Las fiebres antiguas eran altas, había riesgo de que subieran hasta el tope.
Se curaban en la cama y bajo la inquietud de un torbellino de escalofríos. Se comía puré de zapallo y se sudaba gozando de las sábanas empapadas. Algún paño frío podía colocarse sobre la frente mientras con ignorancia, nos tapaban hasta la nariz para que no tomáramos frío. La fiebre era una amiga perturbadora. Las percepciones se agitaban. En el calor del adormecimiento, me sentía bien y sobre todo, “buena”. La posibilidad de morir exaltaba mi heroísmo.


38.1 ºC

Quisiera que los peligros se conviertan
en fusas pequeñas fusas y notas oscuras,
moscas en la pista de cinco líneas
y al fondo de las almas, otra música.

Que sonara la flauta, agudísimo rezo
para alejar esos monstruos vestidos
en la calle con la ropa bizarra
de este tiempo de morgues en la plaza.

Pero los amos dicen que callar es mejor,
aplanar toda curva del sonido imperfecto
de los gritos calantes en el fondo del miedo.

Y yo quiero esa flauta, mi vieja flauta 
de oro, mis pájaros de infancia chillando
en cada puesta para negar el cielo.

Flauta que salvó la vida de la mujer hermosa,
de una mujer que es hija de la reina de la noche.



36.8 ºC

Trato de que me guste el otoño, pero me pican
los flecos de oro, entrever esas hojas tapizadas
de borlas de cortinados ardidos.

Trato de que me guste el crujir de la tierra,
de la hojarasca muerta debajo de mi pie.

Quiero que me guste porque el color parece
el halo de los ángeles y un árbol se quema
de púrpura con las venas de madera mojadas.

Mientras el cielo ruge claro, lento, sin calor.

Pero me estremece el tenue escalofrío,
me inquieta la caída continua de las hojas.



39.5 ºC

Boca abajo de cara a la playa, la tarde
picada por avispas que flotan en el polvo.

Las ventosas queman, están por desprenderse
con los ruidos del corcho.

Tatuada de hongos morados, de seres extraños
y mensajes redondos: anciana posmoderna
atravesada por las huellas.

Cada ventosa un vaso que baja los grados
de tu tronco caliente, árbol rugoso, corazones
grabados, temas de dictado en la escuela final.



Nota 2

Floto en la desértica cama de mi abuela. La cabecera está tapizada en una tela viejísima de terciopelo morado. Ondea esa mancha de sangre espesa en mi mirada de agua. Los escalofríos me sobresaltan.
- ¡Ay! -gimo.
Mientras respiro con dificultad imagino mis labios rojos que se agrietan.
- ¡Abuela! -llamo asustada.
No viene nadie y el silencio me distrae un instante en el mareo. El corazón lleva el ritmo adentro de mis orejas, fluísh, fluísh, fluísh.



Locura Cordis (39.5 ºC)

Su corazón, tu corazón anárquico dispara
detrás de un buen remedio: raíces de nenúfar,
palidez, buen llorar, sudores, sexo lento
para dejarse morir después de pena.

La piel anémica bordea el gran delirio
entre la fiebre abierta de azucenas blancas
y tesoros en el mar de fantasmas.

Cómo encontrar el desvío, pecado 
original por el que enferma el alma.
Morir sin dolor en la cabeza ni magras
privaciones, de talles afinados por la moda.

Cara de cera enamorada, mal de amor, nada.
Inapetencia, escritura que tiembla, vive,
Mimí en La Bohème: Hierve y tose.



Dernière Démeure (34 ºC)

Con o sin autopsia descansemos
entre las flores de la ira,
sobre la paz de nuestras ascuas
en la cajita de música.

Cuál morada prepara el colchón
para que el nombre crezca.
Tréboles abonados por terrores
nocturnos pierden la cuarta hoja.

Esos trapitos, ridículos encajes
que rodean las mejillas de hombres
grandes so pena de sentir dolor.

Abrimos la heladera muy tarde 
en la noche con un rictus,
para buscar esa nada instantánea nada
de la resurrección. 



41 ºC

Mujer súcubo de faldas húmedas, 
baja la marea en las tinieblas
y sedimenta la espuma de lavar dios sabe
qué verde pegado a las rocas.

Debajo del océano frío hay lava con agujeros
que imitan a otros planetas y a la luna,
copian el revés del cielo sin los tristes
finales de los amantes del sentido.

Haber deseado tanto tiempo la corona 
de la novia que flotaba en la costa,
Tomé el color de las aguas brasileras
y ondeaba las caderas del vidrio del viento.

Para soplar la creación antes del sismo.


los poemas pertenecen al libro inédito Vuelo de Fiebre



I

Suena una alarma dentro de mi día
ni bien me cebo un mate. Toca una
campana el celular de estreno: cada
vez más delgados, con hambre,
el aparato y yo, por falta de tiempo
de estos tiempos sin tiempo.

No es el aroma de ese mate perfecto
que me alcanza, tampoco tus palabras;
es un tifón que ataca mi memoria
del sonido a campo, a campanazos,
campaña, llamado al mediodía, campanas.
¡A comer! ¡Se enfría la comida!

En mi bolso vibrante insiste un neo timbre.
Repite, reproduce, reclama, reducción.
                        

II

Palabra vaca, palabra voz, palabra verbo.
Vac en sánscrito, palabra diosa que aburrida,
cuentan, se fue a bailar al bosque sola con la
música de ramas y frutales, distraída de sí.
A la Gran Vaca Palabra le gustaba ser libre
y jugaba entre las plantas errando al infinito.
Equivocando nortes, amando sus errores,
de golpe ciclotímica leona que devora,
palabra que se come a la palabra y contrae
en ese instante su esqueleto animal.
Todo está por verse. La que no espera
no se desespera más.


III

Ambrosía, macedonia, comamos
las palabras para fundir el miedo
a las creencias,
que tengo
que sufro
que me caen
¿que no me cuestan nada?
Se olvidaron de esa bolsa de género
estropeada, rápida y prematura
suelta de puntos justo en el borde.


IV

El horizonte se ha puesto. Rosado,
sus tules vaporosos escapan de la niebla
seduciendo a ese sol para que se zambulla
en el horizonte. Torneado por los rezos
el sol deja asomar un medio círculo filoso,
áureo, naranjado y contento. El anillo de fuego
para mi dedo libre de noviazgo. Una tenue
acuarela de un plato rojo en vuelo.
A tempo de un adagio, hoy distinto que siempre,
hundido va a su amparo.



.

5247.- DARÍO CANTON


DARÍO CANTON
Nació en 1928 en Nueve de Julio, prov. de Buenos Aires 8Argentina). Su obra literatura, bastante inclasificable en cuanto a género, como se advierte ya por sus títulos, comprende La saga del peronismo (Ediciones Ancora, Bs. As., 1964), Corrupción de la naranja (Ediciones del Mediodía, Bs. As., 1968), Poamorio (Ed. del Mediodía, 1969; hay edición bilingue inglés-castellano: Ed. Saru, Tucson, Arizona, 1984), La mesa. Tratado poeti-lógico (Editorial Siglo XXI, Bs. As., 1972; observación: el nombre del autor no aparece en la tapa ni en el interior del libro, y no por omisión), Poemas familiares (Ediciones Crisis, Bs. As., 1975) y Abecedario Médico Canton. Vademedicumnemotecnicusabreviatus (Archivo Gráfico Editorial, Bs. As., 1977). Además, entre 1975 y 1979, Canton distribuyó por correo la publicación periódica Asemal (la mesa escrito de derecha a izquierda), a la que calificó de "tentempié de poesía". En total salieron veinte números, a partir de lo cual Canton empezó a cartearse con numerosos corresponsales: el resultado de esa experiencia está recogido íntegramente en La historia de Asemal y sus lectores, volumen de 280 páginas que Grijalbo-Mondadori anuncia para marzo del 2000. (Correo electrónico del autor: canton@mail.retina.ar)










LA SAGA DEL PERONISMO


PRELUDIO

Los atributos del sexo,
hinchados,
nos dolían.
Abuelos y bisabuelos,
viejas losas,
voces de Justa, Serapio, Tiburcia,
nos decían:
¿hasta cuándo? ¿hasta cuándo?
a nosotros nos nacieron
y murieron en la espera;
que no les hagan lo mismo.
Callábamos nosotros;
callaban las mujeres y los hijos
mirándonos largamente.

Los atributos del sexo,
hinchados,
nos dolían.










17 DE OCTUBRE DE 1945

Se vieron prostitutas
por el centro,
prostitutas baratas
mal vestidas,
llegadas de Avellaneda,
pidiendo cinco pesos
a curiosos
que miraban,
asombrados,
los rostros de la tierra.


Gente de a caballo
les daba de beber
en las fuentes
de las plazas
y hacían públicamente
lo privado,
inocentes animales,
camino de la Plaza
con su mujer y sus hijos.

Todas las puertas cerradas,
todas las cortinas bajas;
sólo las calles,
sin vida,
y los gritos por las calles.
Camiones, estandartes,
camisas
con las pieles más oscuras;
suelta la pobreza,
oso torpe, ciego, manoteando,
buscando a quien herir,
golpear,
por todo lo pasado.

Acampan en la Plaza,
desmontan;
clavan la lanza en el suelo
y se sientan a esperar:
vendrá,
vendrá si tan sólo
lo queremos,
hondamente,
con toda el alma;
vendrá si obramos,
si unimos nuestros puños
a la voz,
y golpeamos,
cada vez más fuerte.
Nos oirán,
si gritamos;
nos verán,
si echamos la puerta abajo.
Aquí estamos,
hasta que venga,
hasta que salga al balcón.

Un millón de argentinos
en la Plaza,
dos, tres,
diez millones de argentinos
en la Plaza;
el joven y el viejo,
mujeres y hombres,
rostros y más rostros,
todos en la Plaza,
unidos por siempre,
unidos.

Suben los brazos y bajan,
suben los puños y bajan;
pañuelos y pañuelos que se agitan,
voces que se quedan roncas;
sudor y semen
empapan
la multitud,
la amalgaman;
miles de cuerpos
copulan,
inolvidables,
se encuentran en el abrazo.

--Compañeros, compañeros…
Un rugido atruena el aire.
¿Quién quiere silencio ahora?
Que se lo guarden los muertos.











EL REINADO

Las playas
se llenaron de argentinos:
rostros curtidos del sol,
labios resecos,
olieron por primera vez
el mar,
se hincaron ante su fuerza.
Silenciosos,
con la mudez de la tierra
que se extiende dilatada,
ante los ojos del mar
los suyos bajan,
conmovidos.
Olas y más olas
lo van ocupando todo;
empujan,
siempre empujan;
gritan,
siempre gritan;
miran,
fijamente,
el vientre del gordo,
los lentes del viejo,
las caras de todos;
siempre,
como un gran ojo encendido.














JOCKEY CLUB


Fundación

Perfumes refinados,
exquisitos,
para el regreso del campo:
hiede la bosta aún aquí.
Por debajo
de la piel
el caballero
es un gaucho irremediable:
esgrime su cuchillo
cuando tocan a degüello
y se ríe de la urgencia
de los hombres, como toros,
a vista de las mujeres;
por arriba
de la piel
el caballero
es un gentleman francés,
inglés,
ecuménico Lucio que pasea
su ocio
por los salones de Europa.










Interregno

La tierra en las botas
se limpia al entrar;
la limpian sirvientas
oscuras,
color de la tierra,
las hijas del indio
conquistado ayer;
la limpian sirvientas
muy claras,
gallegas rebrutas
soñando con aires,
airinhos distantes.

Afuera en la calle
trabajan los tanos
y medran oscuros
los rusos de mierda.












Final

El joven se ha vuelto
afeminado,
reniega del abuelo,
anticlerical furioso,
y con un gesto
de su mano dice:
pasemos a otra cosa,
dejemos el pasado.

Entre tanto,
en pleno día,
están preparando el fuego;
juntan libros,
cuadros,
sillas,
para asar el gran asado.












EVA PERON

Odio

No temas pisar los vidrios,
Eva,
los han puesto para herirte.
¿No lo crees?

los dardos que despiden,
Eva,
Los dirigen hacia tí;
¿acaso se preguntarán quién eres?

¿Dudas?
El dios que invocamos
cada día,
Eva,
es el dios
que aniquila al enemigo;
¿lo ves, ahora,
que caminas a la hoguera?










Muerte

La llevaron bien en alto,
en una tarde de sol,
su voz de acero
callada;
la ciudad la vio pasar,
sola y por última vez,
sola y rodeada de gente;

cantaba al fondo Gardel.

El espejo que miraron,
deslumbradas,
mil mujeres y una,
se empañó gradualmente
hasta borrarse,
dejó de reflejar
su imagen;

al fondo Gardel cantaba.

Sola sola con su alma,
con su cabello de trigo,
flanqueada por dos galgos
iba,
erguida,
en medio de la gente
que miraba;
mas a nadie ella veía;

seguía cantando Gardel,
cantando su tango amargo.

Iban con ella la niña,
asombrada,
la pura incrédula niña
de verse mujer y muerta;
iban con ella la joven,
con un dolor en el centro,
en el lugar de los hijos;
atrás quedaba la vieja
quejándose amargamente
por la vida que no vuelve;

se oía a lo lejos Gardel
con el aire sentencioso
del que vivió y ha sabido.

Ajenas a todo en torno
María y Eva de la mano
hermanadas, caminaban;
desnudas,
que nadie las veía;
vestidas,
que todos las miraban:
solas,
consigo mismas muy solas,
bajo el sol del invierno.


Sobre la calle
los pasos
se arrastran en procesión:
cadenas y más cadenas,
el silencio alrededor.

Como una enorme bandera
la voz de Gardel se expande,
lo cubre todo:












16 DE JUNIO DE 1955

Mediodía

Pasaban los aviones
brillando las luces de sus balas,
y en el preciso momento
dejaban caer las bombas
y volvían a pasar.

La gente abajo miraba,
corría, se guarecía;
sobre la calle los muertos,
tranquilos,
esperaban que todo terminara
para irse,
dejar expedito el paso.
Tiros de ametralladoras
en rápida descarga
se cruzaban,
dialogando.

Y otra vez,
acalorados.
Y otra más.
Callados,
al final.

La ciudad volvió a su niebla,
perturbada,
pasó la tarde tranquila.










Noche

Acordaron jugar
un partido nocturno
en las iglesias
a empezar
a las nueve de la noche;
llegaron en camiones,
las camisas entreabiertas,
el pelo revuelto por el viento.
Para entrar en calor
pelotearon un rato
y cuando se hizo la hora
tomaron posiciones en la cancha.

"Va a comenzar el partido.
Perón mueve la pelota
en dirección a Borlenghi.
Borlenghi esquiva al half
y pasa largo a la punta.
Intercepta un contrario
y rechaza, de alto.
La para el centromedio
del equipo blanco,
la baja,
insiste de nuevo por la izquierda.
Se corre el wing,
¡jugada de peligro,
defensa adelantada!
Viene el centro,
alto, cerrado;
Perón entra a la carrera
y gooooooool,
gooooooooool de Perón."

Mira el Cristo,
interesado,
como alguien que no asiste a los partidos,
que quisiera gritar,
desmaderado,
agitando los brazos,
inflar preservativos
y lanzarlos,
como globos,
en la tarde del domingo.
Mira el Cristo,
desde arriba.

Los vidrios se acumulan,
los vasos rotos, los bancos;
en el área ya no hay pasto
de tanto que se ha jugado;
de todos los costados se oye el grito
"dale blanco, dale blanco",
y en el campo los contornos
de los cuerpos
sinuosos en el amague,
precisos en la carrera,
en el pase, en el esquive,
relumbran en la noche
trazando sus arabescos.

Sobre las tribunas
algunos aquí y allá
van agitando pañuelos
mientras otros hacen fuego.

Después,
felices y sudorosos,
se juntan los triunfadores
en el centro de la cancha:
las fotos para los diarios.












FINAL

I

Salieron sacerdotes
con el paso apresurado
y jóvenes de todos los partidos
y madres
y abuelos
decidieron actuar,
llamaron a los demás.

En Córdoba fue la cita
en Córdoba y en el sur.

II

Cerrado en su cañonera
el ídolo descansa,
piensa y sueña,
el cabello emblanquecido;
de pronto
son los gritos de la gente,
en la Plaza,
y un mar de brazos
y cabezas gigantesco
vivando su nombre,
--Compañeros, compañeros…

Se escucha el tableteo
en la ciudad
de los tiros de los tanques
contra Alianza;
silencio,
otra vez el tableteo;
se pasa
la mano por la frente,
empapada de sudor,
y en la penumbra de su visión
mira,
sinsentido,
cómo una mosca se posa
en su pocillo de café.
La deja estar,
no la espanta,
y entorpecido se hunde
en la oscuridad del sueño.

III

Alerta estaban todos
al avión
que había de traerlo,
a la voz del alzamiento.
Cielo oscuro,
cielo claro,
Perón claro,
Perón vuelve,
Perón triunfa;
Perón ya viene de viaje,
ha salido,
ayer,
hoy,
mañana,
ya se acerca,
está ahora entre nosotros.

Nada;
el alma encoge,
se amolda
al tamaño de la casa,
estrecha,
más estrecha cada vez.
Tras el verano el otoño
y otra vez el verano;
las fotos en los armarios,
los carnets en los cajones,
todo igual, lo mismo todo;
sobre un 17 y otro
la lluvia siempre cayendo,
sobre un 17 y otro.

5246.- EDUARDO ÁLVAREZ TUÑÓN


Eduardo Álvarez Tuñón
Nació en Buenos Aires (Argentina), y publicó diversos libros de poesía, entre los que se destacan El amor, la muerte y lo que llega a las ciudades (1980), La secreta mirada de las estaciones (1987) y Antología poética (1976-1991). Es autor, asimismo, de una obra de teatro: La memoria y el viento (1983). En el ámbito de la novela, publicó El diablo en los ojos (1994) y El desencuentro (Editorial: Libros del zorzal. Buenos Aires. 2010). Tiene, además, un libro de cuentos: Reyes y mendigos (2005). Ha colaborado con numerosas revistas y suplementos literarios y ha sido jurado del Premio de Poesía La Nación.








LA FUGA

a Alberto Laiseca

No pretendas invadir los barcos que el tiempo ha destruido,
ni revivir objetos besados por los días:
La memoria que buscas ha partido con ellos.
Algo ha muerto con la mesa quebrada,
algo ha huido de las vencidas puertas
y es inútil hablarles de los pasos ya dados,
o de como bebías el agua por las noches :
Las calles,los ropajes y las casa no guardan lo vivido
y tu triste pregunta acerca de una tarde
es un humilde lago en el que te reflejas.
Mira nadie podrá decir "bajo este puente envejeció un hombre"
porque la muerte ha huido de la fruta que cae
y en lugar de esparcidos recuerdos,
verás la sombra de las ramas que su peso transforma
y creerás,con los muertos,que es tiempo de amor entre los árboles.
Nadie podrá decir "ha caído una fruta",
porque cuando la puedes besar ya está en el suelo,
y las adolescentes ocultan la caída,
esconden las estaciones en el cuerpo
y así la vejez de un hombre bajo un puente se pierde
en un húmedo ser que esperas en la tarde.
Como los viejos prisioneros descubro
que lo único que nos fue dado a imagen y semejanza de Dios
es su profunda soledad,
que lo que ilumina la tierra es una fuga,
que más allá del muro de los días,
lo anhelado y la muerte son una misma lluvia.
Acepta,como el viento,que el universo sólo es infinito
porque de todas las cosas parte lo que buscas.












EL CANTO DE LOS DÍAS

Hay en la tierra maestros de la espera :
oxidadas campanas,abandonadas casas,cíclicos perfumes,
que enseñan a percibir el canto de los días,
a descubrir que el tiempo,como el llanto,
une y besa en las tardes los universos rotos.
Perdónale el no retornar a la ciudad donde todo era fruto,
el no saber,como la lluvia,que solo se trataba de caer,
de llegar a la tierra para perder el lugar de la partida.
Perdónale el no volver de las barcas de las adolescentes,
y su irrepetible danza en el húmedo fuego del verano y la muerte.
La caída de un sola hoja llena de espanto al mudo corazón del bosque.
Pero el canto de los días dulcifica la ausencia entre las ramas
y compone del caos la memoria de un árbol,
al que salva el recuerdo de los vientos finales.
mira,lo repiten los viejos que pretenden guardarlo
en cuerpos como barcos de maderas vencidas :
El tiempo nació para separar la niñez de la muerte,
acostumbra en su música a todo lo perdido
y ya puedes vivir en sus secretas calles,
aunque no vuelvan nunca las primitivas puertas de la tarde.
Perdónale el cuerpo fugitivo de las estaciones,
la tristeza de llevar en su ciclo
fragmentos de un amor inesperado y bello.
Perdónale sus ojos que destiñen colores
y siéntate a escuchar el canto de los días.
Comprende : Ni el hombre puede ser distinto
al extraño y callado lugar donde termina:
Con los cementerios descubrimos
que numerosas muertes crearon nuestras vidas.

de Antología Poética (1976-1991),Editorial Fraterna,Buenos Aires,1991





5245.- MARIO SAMPAOLESI


Mario Sampaolesi nació el 16 de junio de 1955 en Buenos Aires. Entre los años 1989 y 1991 residió en París. Dirigió la revista de poesía Barataria (1992-2008). En poesía publicó: Cielo primitivo (1981, SADE); La belleza de lo lejano (1986, Amaru); La lluvia sin sombra (1992, La guillotina); El honor es mío (1992, Vinciguerra); Puntos de colapso (1999, Ediciones del Dock); Miniaturas eróticas (2003, Alción); A la hora del té (2007, Barataria); y Malvinas, poema (2010, Ediciones del Dock), libro que apareció el mismo año en edición bilingüe a través de la editorial Aius (Craiova, Rumania). También publicó la novela La vida es perfecta (2005, Alción). Tradujo del francés el poema “El cementerio marino”, de Paul Valery. Desde el año 2003 dirige el Taller de Poesía de la Biblioteca Nacional.










Leonardo experimenta con ranas

El niño corta con un estilete el cuerpo del batracio
clavado sobre la tabla de madera.
La puntual incisión divide en dos la mañana: de un lado,
los estremecimientos de esos órganos todavía
latiendo; del otro, la puerta entornada que muestra
una porción radiante del jardín.
En el frasco de vidrio de color morado -el mismo
donde algún día verterá sus lágrimas y las de la Gioconda-
la madre dispuso algunas flores blancas.
El objeto permanece sobre un estante,
perpendicular a la improvisada mesa de disección,
al lado de la ventana.
La cruda luz no le impide a Leonardo leer en el reflejo
veloz de las vísceras una anticipación de su futuro.
Visiones acuáticas, recuerdos de la rana, pasan por el cuarto.
En el origen de toda sensación está la forma.

Monet: breve condición del paisaje, Libros del Zorzal,
Buenos Aires, 2011







Dinastía de la voz

II
Era yo quien fugaba del canto de los dioses perdido en la caricia genital de la lluvia,
herido en la lujuria del pecho por las alas quemadas de un pájaro que emigra hacia otro continente
con la boca todavía cubierta por las astillas del beso
donde la música creó un bosque de vidrio para el solitario.

Llegaba hasta mí la palabra labrada en el incesante girar de la tierra,
entre los restos de una ciudad inmensa devastada por el insomnio de los hombres,
soportando la mordedura caliente del miedo,
sabiendo del deseo perdido en los jardines de la luna,
sin eternidad ni presente,
lavándome del instinto esta nube de pájaros que regresa y que anuncia el invierno.

Estoy en otro mar y en otro desierto.

Llevo en la mano un reino poblado por la llamarada azul de un plumaje de vino
donde la historia teje su polvo de hombres y países,
con la sed brillándome en el interior de la garganta como una criatura sin siglos
o una gran joya robada a la geografía de las horas,
arrastrándome frente a esos ojos que cubrieron las aguas,
soñando siempre con la majestuosa soledad del desterrado del paisaje y que llama al olvido.

El padre yace conmigo que soy yo después de la lluvia,
cuando las grullas deshacen el oro lento de su vuelo sobre las piedras ardientes,
con el solsticio de mi mano girando al impulso de las estaciones,
traficando palabras y gestos en la bellísima noche,
leyendo los signos muertos del cielo.









Antigüedad

Camino sobre cables telegráficos y no soy ningún mensaje.

Con el globo que tapó el sol también subió el niño que lo tenía esclavizado
a su mano.

Me convirtieron en un loco furioso,
de esos que raspan las paredes del viento con fósforos imaginarios.

Todo me duele hoy como a una virgen violada por las estrellas.

Y sin embargo no puedo dejar de soñar.







Identidades con la noche

1

Yo empiezo este poema sin empezarlo siquiera.
Los mendigos de estrellas murieron todos.
También las palabras dejaron de ser un lugar.

No tengo eternidad esta noche.


3

Escucho el vaivén vacío de un columpio impulsado por la noche.

El silencio no tiene edad ni memoria.


6

La vida me es ajena.
Desnudo como el campo huyo de la realidad en la manada de caballos negros
que espanta mi memoria.

Ella que era el agua,
la entrada de los barcos al puerto antes de anochecer,
las cenizas que dejó el salto del suicida sobre la terraza,
reconoció su perduración más allá del tacto.

Yo creí que vivir era desangrarse.
Y salí y toqué la piedra y vi al pájaro y me mojé con la lluvia,
porque comprendí que la piedra no es piedra sino el viento caído que deja el
pájaro cuando vuela,
porque la lluvia no es lluvia sino la sensación del vuelo que derraman los ojos
del pájaro,
porque el pájaro es mi miedo a la lluvia,
porque a pesar de todo la piedra, la lluvia y el pájaro también mueren.

Ella todavía me incendia cuando multiplica el insomnio en mis ojos con la
melodía del golpe que otorga la gota contra el vidrio como otro corazón,
donde mi soledad es espejismo tras espejismo
y la muerte el grito del fantasma que vendrá con la noche.

Página en blanco más página en blanco vivo sin vivir.

Más allá del suelo es el cansancio.


7

Me golpea una niebla espesa de hombres y máscaras
y con la llegada de una nueva estación retorno a la vejez.

Continuamente creo que la luz es la zona de traición de mis ojos,
porque miro el espejo y las manos de un ángel desconocido desfiguran mi cara.

Me encadena un vientre de vino mordido por la lluvia
y al hurgar con dagas mi memoria destruyo las guirnaldas que colgaron
los habitantes de una ilusión perdida en el desierto.

Me asfixia lo que no seré jamás.

Llegan gentíos de frío y desesperación
y yo que busqué en los ídolos negros de la indiferencia la presencia de Dios,
la caricia de óxido de la fe en las plumas caídas de un pájaro gigante,
estoy casi muerto en mi instinto de agua
porque el agua conserva los secretos de quienes la bebieron ávidamente.

Todos los días me despierto inmenso, único.
Todos los días el imposible existe porque dudo y no lo hago posible.

Salgo al naufragio de la noche y no soy el que creía ser.
Pasa alguien con una bala en la frente.

Al menos me queda la lealtad hacia el poema que nunca escribiré.


10

El silencio es mi rostro de más adentro donde olvido a los lobos porque sueño.
Pero el sueño cumplirá su destino de sueño
y yo que sólo sueño
regreso a mi sangre gastada con miedo de amar lo que no existe.

Porque cuando sueño hay un derrame de sol en mis huesos,
el mismo hombre bebiéndose el agua de su espejismo.
Entonces compruebo que el misterio no es algo que yo quiera vencer
ahora que tengo la mirada de cuando nunca se llega.

Hoy llueve también en algún lugar lejano del mundo
y en la memoria de esa lluvia galopa el caballo de madera de mi infancia
que continúa golpeándome como un vino petrificado en la garganta
cuando todos duermen y es invierno en mis dos desconocidos.

Vivo con el terror intacto y el futuro incierto lo embandera todo como un mendigo
ahorcado de la luna

Afuera llueve y es ayer, hoy y siempre.

Afuera siempre llueve más que lluvia.










Predisposición heroica

Liberadas a la vaguedad, ciertas emociones ofrecen la corrupción de su ternura
y la nostalgia se va perdiendo entre el esplendor de su fatiga

—aquellas damas con sombrillas que se paseaban al sol en algunas
narraciones francesas—

En el pasar vacilante de las páginas de un libro se buscan respuestas a preguntas
que exceden la comprensión.










En el bosque, leyendo a Wang Wei

Una y otra vez en la lectura interviene el vaivén claroscuro de las hojas de los árboles

las líneas arrasadas por una no vulgaridad
se pervierten en la penumbra de ese suspenso
que tiembla
precipitadamente
entre las alas de las moscas.

En este imprevisto paisaje,
las redes de gotas de lluvia cuelgan iluminadas.











Vaticinios sagrados

Entre las indefensas plumillas de las palmeras
el viento me deja un sentimiento no mecánico de la belleza

es un paisaje que se desdobla en panoramas más pequeños
más pequeños
más pequeños

hasta ofrecer lo lejano.

Como una nieve abstracta se escapa de mi alma.











La verde entrada del viento

Ahora que escucho el ciego latido de la superstición
vuelvo a sentir esa piadosa orfandad de la vida

será mi alma una planicie lejanamente distinta?

(la escritura se vuelve más y más irregular a medida que avanzo en el poema
la lluvia brilla contra los negros impermeables de las mujeres).



La sensación de algo hermoso entra con el viento de la tarde.










Verde rojo esmeralda

Los hombres como yo deberíamos morir asfixiados por un gas alucinante
cargados con las cadenas de las torturas hasta parecernos a nuestras sombras;
negros e informes animales ahogados por el trépano de todos los pecados
cambiando nuestras pieles por la fiebre de un oro violado de luz.

Una y otra vez he de volver al castigo emocional de estar solo;
en el movimiento circulatorio de la sangre las imágenes del pasado me intoxican,
lo sé,
las veo veía correr a través de mi piel
acribilladas por el metal idólatra de lo que desconozco.

El miedo me crea con la forma de muñeco,
con la forma de cerdo bajo el hechizo de Circe,
me llama llamaba como una señal luminosa en la noche,
tan lleno de mar que es otra aventura la aventura de soñarme.

Al fondo del precipicio las llamas queman un bosque como un corazón abandonado.
El sombrío resplandor de tu voz aplacaba la ternura de la distancia,
porque no siempre se recupera la mirada hacia el horizonte.
Una fiebre el vacío de estar muerto y existir al mismo tiempo:
la vida pasa pasaba al trasluz de la caída de las hojas de los árboles en el otoño,
y el dolor era o es una piedra disolviéndose en el estómago
y tus ojos ya no son y no eran aquella señal sobre el paisaje desolado.

Al fondo del precipicio las llamas queman un bosque como un corazón abandonado.

Te amaba en un paisaje romántico adentro de una tarjeta postal,
en una ciudad sin nombre,
adentro de mi pasado.

Y no puedo cambiar mi historia destruida por campanadas.
Añicos de esos vidrios son el sonido ensordecedor de lo que padezco:
las banderas flameando sobre los edificios me hacen percibir el viento;
es una necesidad alcohólica que calma,

el sufrimiento se encierra en su caparazón de tortuga

y la muerte es esa gran benevolencia,
la tranquilidad de flotar en el centro de un lago de aguas tranquilas,
mirando el cielo,
contando estrellas,
imaginando el frío en la piel sin sentirlo
porque uno sabe que está muerto,
muerto,
muerto.

Pero el miedo perturba la claridad como un niño que agita con la mano la superficie del lago.


Sueño una vida que no comprendo,
una vida hecha de pequeños trozos de vidrio y madera que he ido recolectando
de pequeño,
guardándolo todo en la gran bolsa de mi infancia llena de barcos a lo lejos,
de árboles bajo la lluvia en las noches de tormenta,
de amaneceres después de la lluvia
cuando los pájaros y los animales salen de sus refugios del bosque
y comen o comían sobre la tierra húmeda mis pesadillas
mis alimentos envenenados.











El sentimiento de compasión por el hombre me iguala a los otros:
es una conciencia que atrae encuentra y abandona;
es la sensación de ordenarse con las mareas,
con el oleaje,
de levantarse y hundirse absurdo como todo.

Que este sueño hecho de materiales impalpables,
invisibles,
—los deseos los pensamientos—
flote y se disperse,
se aleje soplado,
impulsado por las emociones que desencadena:
el flash del pasado, el ruido de una lluvia,
el sombrío canto del martín pescador,
el rumor marrón del río,
el deslizamiento secreto de las nubes.




El flash del pasado, el ruido de una lluvia,
el sombrío canto del martín pescador,
el rumor marrón del río,
el deslizamiento secreto de las nubes,
son imágenes que aparecen, que desaparecen:

de cara a un muro observo cómo el viento de los acontecimientos continúa soplando,
el bosque alrededor acerca su goteo silencioso,
su levísimo tacto susurrado que respira,
el paisaje del alma que pasa,
—recuerdos deseos pensamientos—
y la vida que deja de ser sueño.

Muerte, resurrección?


Todo se vuelve milagro.