jueves, 1 de marzo de 2012

6005.- MIHAÏ BENIUC




Mihaï Beniuc (Rumania), nació en 1907, en Sebis, en la provincia de Bihor. Ademas de su actividad cientifica (fue profesor en la universidad de Cluj, Sibiu y Bucarest) desarrolla una rica actividad como escritor (tanto prosa como poesia, y tambien es dramaturgo y publicista). Toda su carrera poetica esta imbuida de una idea clara de responsabilidad civica con la sociedad a la que pertenece. Fue uno de los principales representantes de la cultura de la Rumania Socialista.

Su mas conocida produccion literaria empieza en 1946, cuando publica el volumen con un titulo evidente, „Un hombre que espera el amanecer”, que muestra su ideologia socialista en relacion a los tiempos que vive (el socialismo acababa de derrotar al fascismo y se disponia a crear una sociedad nueva en Rumania).

Marchara como consejero cultural a Moscu donde permanecera dos años, y a su vuelta se establece en Bucarest, donde ya es considerado un gran poeta. Sera critico literario y se enfretara a su antiguo profesor Lucian Blaga, que tuvo relaciones con antiguos intelectuales legionarios.

En 1965, poco antes de la muerte de Gherghiu-Dej, sera destituido del cargo de presidente de la Union de Escritores, que ocupo durante varios años, y sera sustituido por Zaharia Stancu. Vuelve entonces a sus clases de zoopsicologia en la Universidad de Bucarest.

En 1951 compone el libro de versos "Canto para el camarada Gh. Gheorghiu-Dej", en honor del Sec. General del PCR y en los ultimos años de su vida se dedicara a elaborar en su villa del barrio de Primaverii una serie de poemas inconclusa en honor de la Rumania Socialista, entre ellos tambien para Ceausescu, poemas que se publicaran en los principales diarios y revistas de la epoca.

Muere el 24 de junio de 1988 y es enterrado en el cementerio evangelico luterano de Bucarest.

Beniuc es uno de los grandes poetas rumanos, y de ello dieron fe grandes poetas como Rafael Alberti o Pablo Neruda. Ambos le traducen al español, el chileno como parte de una recopilación titulada "De 44 poetas rumanos", y el segundo, junto con su mujer, María Teresa León, en una edicion de su obra en un recopilatorio titulado "Poemas de Mihai Beniuc". En el prologo de su traduccion de sus poesias dicen los siguiente del poeta rumano:

„Sus libros de poesía son muchos. Un crítico, Constantino Ciopraga, dice que Beniuc, como Víctor Hugo afirmaba de si mismo, es 'poeta artesano'. Le gusta trabajar. Va convirtiendo cuanto se le acerca en materia poética. Responde a los llamamientos. Apoya la redención del hombre. Se interesa por todas las circunstancias de la vida de sus gentes... EI paisaje se le confunde con los límites y las transformaciones sociales; quiere oír cantar los gallos de las nuevas auroras, con las raíces hundidas y profundamente comprometido. Por eso hay en su poesía tantas etapas como exigió el contra canto que a su voz poética le hizo el pueblo. Mihal Beniuc, por esta permanencia fiel, es un poeta nacional, uno de los más queridos poetas de Rumania."

Es un poeta de una calidad literaria e ideologica incontestable, abanderado consecuente y coherente del socialismo. Precisamente por ello hoy se le denigra y se ocultan sus obras, a pesar de la opinion que hemos leido de otros grandes poetas sobre su obra. Para la sociedad actual, donde la cultura esta a sueldo de los intereses economicos de las minorias, un poeta de la Rumania Socialista es como si no hubiera existido.

Sus principales libros de versos. „Cantos de desesperanza“ (1938), „Cantos nuevos“ (1940), „Un hombre espera el amanecer“ (1946), „La manzana junto al camino“ (1954), „El corazon del viejo Vezuv“ (1957), „Con una hora de adelanto“ (1959)

Sus novelas mas importantes fueron Pe muche de cuţit, 1959, Dispariţia unui om de rând, 1963 y Explozie înăbuşită, 1971. Fue presidente de la Union de Escritores, y acogio a Pablo Neruda en la sede de la institucion, el Palacion de Mogosaia, cuando el premio nobel visito Rumania en 1953. Igualmente fue miembro de la Academia rumana hasta su muerte.









Antes del invierno


Este es mi tiempo, el otoñal, el último.
Ataré mi caballo del tronco de algún árbol
en el lindero de la selva oscura
y me extraviaré por los campos que huelen
a lentas flores tristes, a frases muy maduras,
a hierbas marchitadas por la helada nocturna.
Podré escuchar al grillo que intermitentemente,
solitario, afligido, guarda su violín.
Golondrinas, halcones y grullas se marcharon,
ya no hay más resplandor que el de la estrella
de la tarde, en el cielo como un lar apagado.
La alta cima, de un día a otro, estará nevada,
y yo, cerca del fuego, en mi retiro,
me pondré mi zamarra de piel, amortajando
en los recuerdos el hogar del alma.


Cual si perteneciera a la edad de la piedra,
tanto se amontonaron, con los años que pasan,
tristezas, aventuras y residuos de sueños.
Este es mi tiempo, el otoñal, el último.
El lago está más claro, pero más fría la onda.
y la hoja verde, enrojecida, gualda,
se balancea y cae como antes lo hacía.
Voluptuoso juego este de ir al descenso
en los racimos de uvas que han guardado la fuerza
y la miel de la tierra en su granos pesados.
Se canta en los lagares y cuán hermosas son
las mujeres que hacen la vendimia riendo.
Sobre el lago azulado el viento se estremece
y un inquieto temblor se extiende por las aguas
como el que al primer beso aparece en los ojos
cuando al prender la fina cintura de la amada
se siente que el gran Eras te ha vencido.
¿Todavía el otoño tiene tales encantos
cuando ves en las cumbres la nieve deslumbrante?
¡Ah!, el otoño, el otoño es aún mucho más rico,
más denso de secretos y también más profundo,
con días cual lagartos que pasean al sol,
noches de terciopelo y brillantes estrellas
que parecen aún más altas y lejanas
de este globo terrestre, cuya pequeña barca
gira rápidamente alrededor del sol,
al tiempo que nosotros, entre tantos aromas,
somos, presos del vértigo y locos de entusiasmo,
como niños que montan caballos 'de madera.
Pronto de todos modos va a descender la noche
y hacia las casas vamos llorosos, pues los padres
-o el destino- nos tienen prohibido
dar vueltas en la feria también después de muertos.
Otoño, otoño, ay, mi estación bien amada,
cuánto, cuánto te quise, pero ya envejecí
y si en los caballitos de madera
no puedo montar más, es ciertamente signo
de que les llegó a otros el turno y la ocasión
de que el gran torbellino los lleve en su locura.


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966














Caminos (fragmentos)


Yo vestiré de negro
de arriba abajo
mi soledad.
Igual que en el mes de agosto,
lloraré estrellas a montones.
Altivo dolor mío,
da tu voz, desde ahora, a las fuentes del canto,
hondamente encerradas en mi alma
como en el corazón de una montaña.
Que el cuerno de la muerte resuene nuevamente
a través de mis versos.
Os deshojáis así, os deshojáis,
últimos sueños míos,
en la magnificencia del otoño.


* * * * *


Con mis pasos ansiosos de caminos,
devano el ovillo de la distancia.
El decir "a lo lejos" me es tan caro
como una mujer.
Para mí el horizonte mueve velos de nubes,
y las cimas de las montañas me sonríen
con sus dientes de nieve.
Los bosques acarician mis mejillas
con sus dedos de ramas.
Y la onda espumosa de los ríos,
igual que un perro amigo,
mueve a mis pies la cola,
ladrando alegremente.
Mi corazón celebra, campana de la boda,
la gran fiesta del Siglo
cuando el alba despliega banderolas
de llamas y de sangre.
La savia sube, rica, por los tallos,
nuncio de una gloriosa primavera.


En el fértil y rico
terreno de mi alma,
he trasplantado
el árbol no terreno del amor entre los hombres,
y en un inmenso abrazo
rindo el espíritu y grito:
¡Vida, vida!


* * * * *


¡Oh, vosotros, los siglos, montones de ruinas!,
¿he de esperar aún el tiempo venidero,
pavo real de púrpura en lo alto de la casa,
cuando todo va a hervir, se va a quemar
y, flotando carteles y banderas,
va a transformar en lava las masas victoriosas?


Yo vestiré de negro
de arriba abajo
mi soledad.
Igual que el mes de agosto,
lloraré estrellas a montones.
Altivo dolor mío,
da tu voz, desde ahora, a las fuentes del canto,
hondamente encerradas en mi alma
como en el corazón de una montaña.
Que el cuerno de la muerte nuevamente resuene
a través de mis versos.
¡Volad, volad
en la magnificencia del otoño,
volad, sueños dorados
de las primaveras que se avecinan!


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966


















Canción de amor


Ven, canción de amor,
desde el corazón de los elementos
sobre el ala de la tormenta
con el aullido de la tempestad,
ven desde los abismos de la noche,
a caballo sobre los torbellinos
con el hervor de las aguas profundas,
que te llevan los pastores del aire
en tropeles de estrellas
ladradas por el trueno.
Ven, torbellino de fantasmas,
carro de nubes
fustigado por el relámpago
roto sobre el espinazo
de las tinieblas.
Ven, toro del crepúsculo
rasgado por el diente de la luna,
hoz surgida de las encías del celo.
Ven,
conmoción de la aurora
con la aureola del sol sobre la cabeza,
despierta
al nenúfar del lago,
la tórtola en el nido,
la voz de la fábrica en su pecho de metal,
el niño en los brazos del sueño,
desliga a los borrachos de las heces del vino,
las enamoradas de los enlazamientos de la carne,
las abejas
del calor del panal.
Ven sobre mil senderos,
nieves fundidas,
lluvias mezcladas de sol,
hierbas invasoras, esplendor de los campos,
hojas caídas,
racimos vendimiados, aplastados en el lagar,
balbuceo del mosto en los toneles,
y cristalízate de un golpe
en tres palabras
murmuradas por el hombre al oído de la amada,
envueltas en el beso,
apenas comprendidas,
frágiles y cálidas:
Estoy cerca de ti.


1966


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966
















De la sombra


Un día, por encima de los años, mi cuerpo
abandonará penas, alegrías,
la sed de ser, el sueño y los ensueños,
y despojándome de todo igual que la serpiente
de su vieja piel,
me deslizaré entre la hierba de los grandes silencios
fantasma de sátiro difunto,
y desde la insondable sombra veré la vida,
ella -con mozas gráciles y labios jóvenes,
y yo- con una copa destrozada en la mano.
Mis canciones, sonoras caracolas,
sin mí se quedarán en el ribazo,
amarillas, azules, rojas, blancas,
las finas espirales agudas hacia arriba.
En algunas, quizás,
los cangrejos de blandas espaldas
se acurrucarán
dejando sus tijeras cortadoras afuera,
temiendo a las estrellas de mar.
Otras, sin embargo,
los niños, dando saltos en la arena,
las alzarán al sol, resplandecientes,
y tal vez
sobre una,
alguna niña
apoyará el oído
para escuchar el son profundo de lo eterno,
en tanto que el ardiente ímpetu del futuro,
de una orilla a la otra,
sobre los continentes,
tejerá sus canciones nuevas sobre las ondas.
¡Ay! Y yo no estaré allí
y de los agujeros de mis órbitas
se escurrirán grandes granos de oscuridad.
Pero las caracolas rojas, gualdas, azules,
que los niños harán danzar al sol,
brillarán más hermosas,
y una muchacha encantará su oído
con la sonora caracola
oyendo el porvenir.


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966


















En mi sangre


Nada más tengo que decir,
que vengan otros, si así quieren,
a pescar en esta agua turbia.
Yo he vuelto las espaldas al poniente.


Como una peonía de corola arrancada,
miro el árbol gigante con asombro:
Veo un hombre pender de cada rama.
Yo no hubiera querido -¡no!- combatir aquí.
Vosotros, insaciables de las guerras,
¡venid, gustad sus frutos!


Sobre el mapa, el Espíritu del Mal está inclinado,
mordido en las entrañas de una sed insaciable
de espacio y sangre joven.
"¡Venid!", aúlla, oscura, la boca del abismo.


Nada más tengo que decir.
Hierven charcos de agua corrompida,
a cada paso yace alguno,
alguno del levante o del poniente.


¡Oh, hermanos míos, en mi sangre
llora la historia de mi tiempo!


1942


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966
















La guerra


Están los que juegan con su propia cabeza,
como una pelota única,
lanzada al alto,
contra la tierra,
atrapada en la mano,
golpeada con el pie,
pero no más que una sola pelota.


Otros juegan con las cabezas ajenas,
con muchas cabezas a la vez, con todas.
Las agarran al vuelo, las tiran al aire
diestramente, sin que caiga ninguna,
tan bien que el horizonte se llena de cabezas
y el cenit
y los puntos cardinales.


1966


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966


















La huida


Ten cuidado, no pierdas un instante,
el más terrible perseguidor
de ti eres tú mismo.
Huye, huye, huye de ti, huye con todas tus fuerzas
porque nada puede haber más terrible
que sentir que nos agarramos nosotros mismos, furiosos,
por los hombros, por la cintura.
¡Detente! ¿A dónde vas? Porque tú has robado
y derrochado sobre todos los caminos
todas las monedas del amor, del orgullo.
¡Responde! ¡No huyas! Aturdido
te miras en tus propios ojos como en un espejo.
Quisieras mentir, pero ninguna mentira
es posible ante tu propio yo
cuando en verdad yo ignoro si hay alguna ventaja para ella en tales circunstancias
y para el que la dice, para aquel que la escucha,
aunque fuese mejor comprendida que en otro momento.
¿O conoces quizás otra salida? Párate, de pronto,
porque tu yo te adelanta
a fuerza de correr a tus talones,
y vuélvete de prisa y da marcha atrás.


1966


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966


















La naturaleza habla


Cuando lloras, soy prado cuajado de rocío,
cuando tú ríes, soy la más feliz cascada,
a la noche, yo soy para ti luna nueva,
soy viñedo, en otoño, de sazonado fruto.
Si tú llamas, respondo lo mismo que la gruta
con una voz en ondas repetidas;
de cuanto tú me dices no olvido una palabra,
hasta cuando parezco a veces estar muda.
Cuando tu boca está cargada de amargura,
sobre tu labio exprimo el dulzor de las flores;
cuando tu corazón es un carbón,
yo pongo en tu deseo los diamantes
que cortan el cristal de las tinieblas
que te cercan y hacen levantar
una llama en las cimas de la nieve,
para que al subir veas y oigas cómo se calla
la eternidad velando tu camino
cuando estás explorando el universo.
Yo soy la cuna de tu infancia y soy
la urna de la hora de la angustia,
esa última que queda
cuando del hoy te pasas al mañana.
Sé tú el vuelo que sube de la arcilla,
sé tú la antorcha que en sí misma arde,
sé tú canto e impulso hasta el final,
sé tú el alba sin desfallecimiento
que escoge en su crepúsculo los nuevos
ojos que miran ante sí guardando,
sé tú venablo de estrellada punta
que va el amor llevando por el mundo.


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966


















La sombra de Hiroshima


Grabada en los peldaños hay la sombra de un hombre.
Estampada en la piedra estará para siempre.
Ha sido inscrita allí por los dueños del átomo.
Como cuando a la muerte un perro aúlla,
así el recuerdo ladra entre los muros,
aúlla hacia una torre negra, triste y quemada.


El hombre ya está muerto, pero la sombra grita:
¿En dónde está mi hombre? ¿ Quién lo ha matado?
Las ruinas se callan, un alambre se enreda
en un cerezo que entreabrió sus flores.
Quiere la primavera, con las piernas quebradas,
lanzarse impetuosa fuera de los escombros,


¡Hiroshima! ¡Quemados, bellos senos
de mujer, en el centro de las llamas, sangrantes!
Tus niños están huérfanos. La sombra grita: "¿ Dónde
están los despiadados que llevando
antorchas cegadoras descendieron
y destruyeron cunas, libros, palas y padres?"


¡Hiroshima! La sombra de un hombre está grabada
sobre una roca, y siempre estará ya en la piedra.
Crece la hoja, luego cae del árbol,
solamente la sombra no puede separarse.
Queda. No se acostumbra a esta ausencia de un hombre
entre los calcinados escombros de las ruinas.


"¿Eres mi hombre, dime?", les pregunta
a todos los que pasan a su lado.
Y ensombrecidos todos le responden:
"No sé, mi pobre sombra, no soy yo... "
Y la sombra contempla, mira siempre
a todo aquel que pasa cerca de ella...


Pasan los transeúntes con su sombra,
unos veloces, otros lentamente.
Queda, sola, la sombra, sin premura.
Miradla, ya sin hombre que la lleve al trabajo.
¡De todos estos seres no hay ninguno
que bajo el sol camine sin su sombra!


La sombra, centinela, está en su puesto,
para siempre jamás está velando
a fin de que no vuelva lo pasado,
de que jamás estalle la tormenta,
de que la llama nuclear no queme
la flor de nuestra humana primavera.


1956


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966


















Las llaves


He llegado a ser tu caja de caudales,
tu caja de secretas cerraduras,
y me has llenado de años,
moneda a moneda.


Ábreme, tiempo,
toma tus años,
todos,
o al menos algunos,
los últimos,
algunas decenas.


Yo te ofrezco a cambio
la plata de mis sienes,
las ricas pinturas
sobre los muros de mi alma,
mis sufrimientos
petrificados como en Pompeya,
bajo la lava, bajo las cenizas ardientes
de mi corazón,
las estatuas de mármol
-recuerdos de mujeres amadas-.
Yo te hago el don
de Castalia,
de mis lágrimas no lloradas,
y de todo,
a cambio de algunas docenas de años
que tú me has confiado,
y yo te ruego
de rodillas
que me los tomes de nuevo...


¿Por qué este silencio?
Parece como si no escuchases nada,
ni siquiera me miras...
En definitiva, esos años son los tuyos,
no los quiero;
tú me conoces, no soy un usurero,
no me gustan las riquezas.
¿Odié a los ricos
por ser yo
tan rico....
Abre,
vuelve a tomar los años,
vete, no te pido ningún alquiler,
aunque los haya alojado
en mi carne...
Tiempo, ¿estarás sordo?
¿Ya no comprendes el rumano?
No finjas, yo tengo bastante
con ser el depositario
de los centavos
de los años...
¿Pensaste que no los iba
a contar?
Pues bien, no. Al principio,
cuando todo me parecía
una burla, sí;
hoy estoy harto,
tus años pesan cada vez más,
su metal es cada día más sombrío,
su canto dentado hiere,
el águila tiene el aire de una fiera,
con cabeza de muerto.
No quiero nada más.
Me pongo de rodillas,
beso los bordes de tu eternidad,
me humillo ante ti:
no me abandones,
vuelve a tomar tus años,
no me hagas levantar la voz,
escúchame,
¡ábreme!


¡ Ah, miserable,
has perdido las llaves!


1966


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966














Tapiz


Los tapices de mis recuerdos están hechos
de lágrimas, de estrellas y de sangre.
Yo los tejí, bordándoles a través de los tiempos
ramajes con retoños de flores y de espinas,
y entre las hojas, en calientes nidos,
eduqué ruiseñores y tuve nuevos cantos.
Mis raíces tomaron, como garras, la arcilla
y al final busqué a tientas en lo desconocido
salpicado de astros y busqué
con paso alado entre las tempestades.
Yo soy como una arena de fósiles, de conchas,
de indescifrables y olvidadas páginas,
un cementerio de tumbadas piedras
con los nombres grabados en idioma extranjero.
Yo soy la queja que se esparce al viento
cuando la piedra pesa ya sobre el ataúd.
Soy el montón informe de vasijas quebradas
allí donde habitaron los más antiguos hombres.
Soy la gruta manchada por imágenes
que retratan la fauna de otro tiempo.
Con crueldad mis abuelos abatieron las bestias
trazando con los sueños y la sangre un camino
que del fondo del tiempo marcha hacia no sé dónde,
pero que sin embargo debe desembocar
en el claro de un bosque donde haga calor siempre...
Pero el rastro es muy largo y viene de muy lejos.
y parece que el claro, de pronto, está y no está,
sobre la boca abierta de una roca escarpada.
Hemos robado al sol el fuego y su secreto,
que se torna en pesada carga para nosotros
lo mismo que un peñasco suspenso en el camino
del muchacho y la joven que en sí llevan
tentadores placeres en la carne
igual que en los toneles reposan las soleras.
¿Aplastará la roca la vida y en los campos
floridos dejaremos que persista la niebla?
¿La geometría de las nuevas fábricas
consentiremos luego que se hunda
sobre los mismos que la construyeron?
La fe, con sus encantos incansables, trabaja
el llano de la duda. Hemos mandado ya
cohetes a la altura que se embriagan
con los espacios cósmicos y han ido a buscar nuevas
pruebas de que la vida ya no tiene poniente
para el hombre impulsado a vencer combatiendo.


Aquellos que en tu rostro han escupido,
se tragarán la afrenta. Fuiste dado
a innumerables hombres, te ofreciste
por su felicidad y por tu gloria,
¡tú, agudo acero, tú, mi flor suave!
Los tapices de tantos recuerdos has sembrado
de resedas, haciéndolos florecer para mí.


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966














Tú gritas


Tú gritas hacia el hombre que se esconde en ti,
él no vuelve la cabeza.
Tú le agarras por el hombro,
él sigue hacia adelante.
Tú vienes a su encuentro por caminos disimulados,
sus ojos te miran ciegos.
¿Adónde va el hombre en mí escondido?
No responde, pero sigue hacia adelante,
por un camino sin camino,
a paso igual,
a paso rápido
y coge con su mano
alguna estrella caída de tus párpados,
que traga sin masticar
y sigue hacia adelante.
Tú le pones un obstáculo,
tropieza pero no se detiene.
Tú le cavas un foso en su camino,
sin mirarlo alarga el paso
y sigue más lejos.
Tú haces rodar piedras sobre él
desde tu cima rocosa y calva.
El cae, se levanta
y continúa andando.
Tú le dejas partir solo
y lo miras alejarse
hasta perderse de vista.
Pero siempre tú oyes el ruido de sus pasos
seguro, infatigable
en la cadencia de tu corazón.
Tú corres detrás de él
sin alcanzarle.
Tú no oyes más que sus pasos, nada más que sus pasos
trotando dentro de ti a través de la noche.
¿Dónde estás, hombre mío?
Espérame, yo te sigo.
Tengo miedo, detente,
no puedo dejarte solo,
iré donde tú vayas,
no importa adónde,
no importa cuánto tiempo.
Hasta si no es a ninguna parte,
hasta si es para siempre.
Quiero ayudarte,
en tus ojos ciegos
encenderé las llamas de mis miradas,
a tus oídos pasaré mi oído,
acostumbrado a oír la tormenta a través de los silencios.
Y yo te cantaré
canciones de embriaguez y de amor,
canciones viejas,
las más nuevas canciones
para expulsar tu tedio
a través de tu viaje sin fin.


Espérame, no me dejes en estos parajes,
llévame contigo.


¿Se detuvo?
Yo posé la mano sobre mi corazón,
apenas si latía.


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966














Un día


Un día nos llamaremos, sin oírnos,
uno de nosotros no responderá más,
un pájaro caerá, el ala muerta,
y mirará, el ojo temeroso,
hacia el bosque callado.
Vuelas para alcanzar el nido,
un ala sin fuerza lame la tierra,
y de la otra caen tibias gotas-coral.
Huyes para esconderte, más, ¿de quién?
Estás solo en la soledad,
y sin embargo, un corazón latía junto al tuyo.
¿Por qué no late ya?
¡Oh, si aún nos hubiésemos querido más,
entonces puede ser...!
Te sorprendes hablando solo,
el vacío te invita,
el silencio te escucha.
¿Quién ha cubierto el espejo con un velo negro?
En la mesa dudarás,
Tal vez mañana,
sin tomar la cuchara con la mano,
pero la silla quedará vacía,
oh, tú lo sabes.
Las rutas del otoño se volverán más largas,
sin ningún deseo de llegar hasta el fin,
sin ningún deseo de regresar a casa.


1966


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966
















Un hombre espera el alba


Libreta militar, diploma de doctor
y algunos líricos tormentos.
Sobre la colina,
tranquilo,
el molino de viento.
El espejo del lago
se ensombrece en la tarde.
En una casa abandonada
llama el mochuelo.
Están lejos las estrellas.
Frescor.
¡Qué gran dicha es a esta hora
reunirse con los suyos
a la mesa
bajo la luz del quinqué!
A un extraño que pasa ladra un perro.
Solo.
Incluso los caminos llevan a las tinieblas.
Silencio.
Con diamantes -las estrellas- rasgan
el vidrio azul de la noche.
y el campo está desierto.
Un muro inacabado.
El barbecho, perfume de cicuta.
Aquí el maestro albañil
no enterró un alma en los cimientos.
Y mañana
saldrán al sol los lagartos
sobre las piedras calientes.
¡Mañana!
¡El sol!
Aquí hay un hogar de fuego.
Bajo cenizas, la brasa.
Viejos ramajes
avivan la llama.
El pasado es un tronco abatido de árbol
donde está sentado un hombre
con el rostro iluminado
por la llama.
Con el rostro iluminado,
un hombre
espera el alba.


1955


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966
















Van andando...


Con un paso ya lento o más apresurado,
sobre un camino pavimentado de milenios
se van los muertos, los vivos,
se van los vivos y los muertos.
A veces un vivo se detiene
para surgir como un muerto cerca de ti,
para marchar como un muerto junto a ti.
A veces los vivos están más muertos que los muertos,
a veces los muertos están más vivos que los vivos,
pero todos cantan
y los muertos más alegremente
porque no tienen ningún miedo a la muerte,
y los vivos más alto,
para darse valor antes de morir.
Los muertos van ligero, sin equipaje,
todo lo más una canción,
una palabra buena,
un hermoso recuerdo,
un pensamiento en un libro.
Los vivos por el contrario arrastran detrás de sí objetos domésticos,
un platillo de café,
pucheros, cucharas,
los libros polvorientos, más viejos o más nuevos,
sus manuscritos hasta la última hoja.
Además, algún vivo
se carga también con ideas,
con versos, con invenciones de otros,
muertos o vivos,
dándolos por suyos,
y hay quien en esta faena
se mata trabajando,
teme a los ladrones
o teme que los muertos le pongan algún pleito.


Pero los muertos hacen alegremente sonar sus esqueletos,
bajo la lluvia, el sol o la luna,
y siguen su camino
y dejan brotar como bandera
algún girón de vida.
Al frente va el abanderado
conocido como un gran porta-estandarte,
a su lado los generales,
con los mapas y las brújulas,
los gemelos y otros utensilios para buscar la cima más lejana
llamada porvenir.
Y la cima aparece -desaparece-,
se yergue y se retrae,
danza, se desploma,
unas veces alegre, otras sombría.
Y parece siempre alejarse.
En la columna están también los retrasados,
los que se paran bajo los árboles
por las manzanas, por las nueces, por los gorriones.
Pero ninguno intenta fugarse
porque detrás está sólo el pasado,
ilusiones cercadas por un cerco de ilusiones
y nadie querría extraviarse entre fantasmas
pues cada uno quiere ver con sus ojos el Porvenir.


1966


Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ediciones Era, S.A. 1966









6004.- PEDRO GARCÍA CABRERA


Pedro García Cabrera (Vallehermoso, La Gomera, 19 de agosto de 1905 - Santa Cruz de Tenerife, 20 de marzo de 1981), poeta y periodista español perteneciente a la Generación del 27.
Nacido en la isla canaria de La Gomera; en su pueblo natal su madre y tías tocaban la guitarra y cantaban coplas tradicionales, lo que señaló una tendencia en su poesía hacia el neopopularismo. Se trasladó a los siete años a Sevilla, donde su padre, que es maestro, va destinado, pero dos años más tarde volvió a su isla natal, desde donde más tarde marchará con su familia a Santa Cruz de Tenerife, donde estudiará bachillerato. En La Laguna estudia Magisterio, y en 1922 comenzó su actividad literaria con artículos en revistas y diarios locales.
Sus primeros poemas serían publicados en el diario Gaceta de Tenerife el año 1925. Durante los años 1926, 1927 y 1928 publicará en la revista Hespérides, en cuyo consejo de redacción entró y donde vio la luz su primera obra de relevancia, Líquenes (1928). En 1930 da a conocer su ensayo El hombre en función del paisaje, donde propone una contemplación amplia e integral del paisaje de las Islas Canarias, dejando a un lado aquellos elementos que pueden causar diferencias y protagonismos (como pueden ser el Teide, La Caldera de Taburiente, el roque Nublo o las Montañas del Fuego); él pretende que se fije la atención en los elementos comunes del paisaje y el ecosistema de todo el Archipiélago, con referencias que puedan servir para cualquier espacio insular. Ese mismo año, junto con los escritores canarios Rodríguez Doreste, López Torres y Juan Ismael funda la revista Cartones, ya de tendencias vanguardistas, y dirige la publicación decenal gomera de cuatro páginas Altavoz (1930-1931), a veces secuestrada por las autoridades, que servía de expresión a la Agrupación Juvenil Gomera. Eran alma de esta publicación Gabriel Mejías Fragoso, Ulises Herrera y Guillermo Ascanio y tenía un fuerte contenido de denuncia social a causa de su sección "Por el ojo de la llave", donde se mostraban al público con ingenio las arbitrariedades del caciquismo isleño. En abril de 1931 acude a las elecciones en las listas de la coalición republicana-socialista que derrocaría a la monarquía borbónica y será uno de los portavoces del partido socialista en el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y en el Cabildo Insular de Tenerife, además de dirigir la publicación El Socialista. Su gestión como concejal se caracterizó por la reivindicación de políticas sociales, como la construcción de casas baratas para obreros o la mejora de la educación. Colabora además activamente en la revista del Surrealismo Gaceta de Arte, (1932-1935) que contribuye a fundar junto a Eduardo Westerdahl y que le edita su segunda obra poética, la plaquette Transparencias fugadas (1934). También comienza su poemario La rodilla en el agua, aunque no se publicaría hasta 1981. En 1934, por decisión judicial es obligado a irse de Tenerife y se exilia en Tafira (Gran Canaria). Un año después conoce a André Bretón y Benjamín Peret en la II Exposición Internacional de Surrealismo celebrada en Tenerife, y suscribe un Manifiesto de adhesión a este movimiento. En esta estética escribió en 1936 el libro Dársena con despertadores, plagado de asociaciones de palabras que, según describía el propio escritor, surgieron mediante un proceso de búsqueda aleatoria cercana al "automatismo psíquico" propugnado por el movimiento vanguardista, esto es, escritura automática.

Relieve dedicado a Pedro García Cabrera en Los Cristianos, Tenerife.

Es detenido por sus ideas socialistas junto a otros políticos republicanos el 18 de julio de 1936 y es conducido primeramente a una prisión flotante y luego al campo de concentración de La Isleta (en Gran Canaria). El 19 de agosto es deportado, con treinta y siete compañeros más, en el barco correo Viera y Clavijo al campo de prisioneros de Villa Cisneros, actual Dakhla (Sáhara), experiencia que narra en su Romancero Cautivo con el poema "Con el alma en un hilo". En marzo de 1937 protagoniza una espectacular fuga, junto con un grupo de presos y de soldados que desertan del bando ‘nacional’, y tomando el correíllo ‘Viera y Clavijo’ ponen rumbo a Dakar (entonces colonia francesa). Se instala durante un tiempo en Dakar hasta que viaja a Marsella, desde donde vuelve a España en ferrocarril para integrarse en el ejército republicano en el frente de Andalucía, en el servicio de inteligencia militar. Una noche, cuando regresa en jeep de una misión desde Andújar a Jaén, el vehículo es arrollado en un paso a nivel por un tren cargado de heridos, accidente en el que mueren cuatro de sus compañeros. Él sufre graves quemaduras en las piernas; es ingresado en el hospital civil de Jaén. Trasladado posteriormente a Baza será nuevamente hecho prisionero y condenado a treinta años de prisión, siendo puesto en libertad vigilada en 1946, tras la cual contrae matrimonio, en 1948, con Matilde Torres, a la que había conocido años atrás durante su convalecencia en el hospital. En el tiempo que duró su encarcelamiento en el Sáhara y en Granada termina varias obras como Entre la guerra y tú (1936-39), Romancero cautivo (1936-1940), La arena y la intimidad y Hombros de ausencia (1942-1944), Viaje al interior de tu voz (1944-46). Estas obras permanecerán inéditas hasta la publicación póstuma de sus Obras completas en 1987. De regreso a Tenerife, consigue un empleo burocrático como jefe de contabilidad en la Caja de Previsión de la Cepsa. Se instala en Tacoronte, para pasar más tarde a Santa Cruz, en donde residirá definitivamente. Por iniciativa de Domingo Pérez Minik y de Eduardo Westerdahl, en 1949 intentan recuperar el vacío dejado por Gaceta de Arte con una nueva revista que recibe el nombre de De Arte, pero que, desafortunadamente, no pasa de su primer número, aunque permite a García Cabrera sacar a la luz un interesante ensayo titulado "Arquitectura y poesía". Al fin en 1951 publica Día de alondras, un libro inspirado en la poesía de Federico García Lorca. Con el apoyo de Ángel Acosta, en 1954, se le plasma una nueva oportunidad de manifestar sus inquietudes artísticas en uno de los primeros suplementos literarios del archipiélago, la Gaceta semanal de las artes, un cuadernillo de periodicidad semanal, que salía cada jueves dentro del vespertino tinerfeño La Tarde; se van uniendo a este suplemento Julio Tovar, Domingo Pérez Minik, Eduardo Westerdahl, Enrique Lite, y más tarde, Carlos Pinto Grote, Fernando García Ramos, Isaac de Vega y Rafael Arozarena. En septiembre de ese mismo año participa con el amigo y poeta José Domingo en el II Congreso Internacional de Poesía celebrado en Knokke, ciudad belga de la costa del Mar del Norte, con una ponencia sobre "Las fuentes de la poesía popular".
En 1959, en Madrid, publica La esperanza me mantiene. Siguen cronológicamente en 1968 Entre cuatro paredes y Vuelta a la isla; Hora punta del hombre en 1970; Las islas en que vivo, 1971; Elegías muertas de hambre, en 1975, Ojos que no ven, en 1977 y Hacia la libertad (1978), ilustrada con aguafuertes de Jesús Ortiz. Al final de los años stenta se le diagnostica un cáncer. Los últimos poemas los escribe en Suecia, convaleciente de su enfermedad. El 20 de marzo de 1981, a la edad de 75 años, fallece en Santa Cruz de Tenerife, sus Obras completas se editan en 1987 y en 1997 le fue concedida a título póstumo la Medalla de Oro por el Gobierno de Canarias. Sin embargo, no toda su obra está publicada y constantemente aparecen inéditos, como dos poemas desconocidos de Hombros de ausencia (1944), "Nochebuena del 40" y "Como el lobo del cuento".
El núcleo más importante de los escritos en prosa lo constituyen sin duda los que reflexionan sobre dos temas centrales en la órbita ideológica y estética del autor: de un lado, los referidos al arte nuevo y la deshumanización del arte; de otro, los que insisten en la necesidad de integrar en las nuevas formas los contenidos regionales, o lo que es lo mismo, el proyecto de una auténtica literatura regional.

Obras

Poesía
Líquenes (1928)
Transparencias fugadas (1934)
La rodilla en el agua (1935)
Los senos de tinta (1934)
Dársena con despertadores (1936)
Entre la guerra y tú (1936)
Romancero cautivo (1936)
La arena y la intimidad (1940)
Hombros de ausencia (1942)
Viaje al interior de tu voz (1944)
Día de alondras (1951)
La esperanza me mantiene (1959)
Vuelta a la isla (1968)
Entre cuatro paredes. (1968)
Hora punta del hombre (1969)
Las islas en que vivo (1971)
Elegías muertas de hambre (1975)
Ojos que no ven (1977)
Hacia La Libertad (1978). De esta obra existe un único manuscrito original con 10 poemas, escritos y firmados de puño y letra por Pedro Garcia Cabrera, acompañados por 10 aguafuertes de Jesús Ortiz. Colección privada de Tenerife.
Caluroso amanecer (1979)

Antologías
A la mar fui por naranjas (1979). Edirca.
Obras Completas (1987). Gobierno de Canarias.
Antología (1993). Centro de la Cultura Popular Canaria.
Poemas (2002). Ayuntamiento de Vallehermoso.
Obra completa de Pedro García Cabrera (diez volúmenes). Ediciones Idea. Próxima publicación.

Teatro
Proyecciones (1930), única obra teatral de García Cabrera.





ANTOLOGÍA BREVE DE PEDRO GARCÍA CABRERA






Navegar. Navegar. Navegar.
Enhebrar en los ojos
todos los horizontes de la mar.


Navegar. Navegar.


Tener un muestrario
de todas las olas del mar.


Navegar.
Ser liquen hinchado de mar
en el mar.


Navegar.
Navegar.


Navegar.


(Líquenes, 1928)










A la mar voy todavía


A Luis Hernández Alfonso, en Madrid


Dime tú, mar, ahora ¿a qué naranja
he de tender mi frente?
¿Debo arrancar de cuajo tus arenas,
golpear tus rumores,
escupir tus espumas,
matar tus olas de gallina de oro
que sólo ponen huevos de esperanza?
La paz te he suplicado y me la niegas,
mi ternura te ofrezco y no la quieres.
Pero algo he de pedirte todavía:
que no hagas naufragar a mi palabra
ni apagar el amor que la mantiene.


Aún mi mano en la mar, así lo espero.


(La esperanza me mantiene, 1959)














Ni a la voz de la sombra del recuerdo.
Ni frente a las piteras ni a las islas.
Ni sobre los tirantes ventisqueros
se detendrá un instante la mirada
que te humedece todos los rincones.
Un destino veloz signa tu frente.
Y has de seguir así. Tus bisturíes
afilarán las torres y las cumbres,
las aguas de la mar y las esquinas.
Y se hincarán tan hondo en tus espejos
que han de sangrarte nieve los costados.


(Transparencias fugadas, 1934)












Biografía múltiple


Tú misma un día escribirás tu historia.
Islas que tienen de coral el beso
y las raíces, pirámides de sombra
y nidos de volcanes, te dibujan
-gemelas de tus altos miradores-
en cartas ausentadas de tus ojos
que pulsan el insomnio de las velas.
Son imágenes tuyas, anagramas
de soledad de boca sin amante,
maduras de esperar, madres de mitos
con ángeles tatuados y tambores,
fieles viñetas de tu biografía.


(La rodilla en el agua, 1934-1935)








Nana de una Isla


Ella había nacido para el mar.
Las curvas de su espalda,
desde muy pequeñita,
tenían cumpleaños de olas.
Se despertaba
con rumores de playa en los costados,
con sus cabellos de alga en las arenas
y el pez de la sonrisa
nadándole los labios.
Crecíase hacia adentro,
hacia sus libertades submarinas,
que tomaban el sol abriéndole los ojos
en tirones de sueños y resacas.
Por la noche soñaba con sirenas.
Un día se fue al mar:
iba llorando soledades.
Una lágrima fue su salvavidas.
De ella tomó volcán, intimidad y contorno.
Y se quedó flotando entre las aguas.
Ahora es una isla que llaman Tenerife.


(Vuelta a la isla, 1968)














Árbol amigo, tu sombra es una mano de ternura
abierta y derramada. Tan alto y te nace a los pies
a ras de hierba, dándole sin mirar,
isla de la frescura y el beso de paloma,
toda semblante de hoja seca y no obstante
maternal hasta el fondo con la tela de araña,
con el rencor de los trozos de vidrio,
con la hebra sin fin de las hormigas
y mi propia ballesta de deseos
que ha crecido en tus brazos,
y latido en tus savias
y dormido en tus frutos
dulces como los senos del amor y del mar,
Ahora estoy tendido bajo tu sombra
y te oirás mi sangre
como te oyes el viento derramar tus madejas
y un posarse de pájaros en tu raíz de bosque.
Tan alto como estás y no te olvidas
de que tienes un poco del destino del hombre,
de que fluyas en el alma del tiempo,
que es verde por ser tuyo, porque tú te has hecho rama a
[rama,
hoja por hoja, pecho y espalda de propia vida.
Árbol amigo, ahora que tan juntos no hemos encontrado
¡qué pena que no tengas
el silencio interior de mi alegría!


(Rescate del hombre, Tacoronte 4-IX-49)












Un día habrá una isla
que no sea silencio amordazado.
Que me entierren en ella,
donde mi libertad dé sus rumores
a todos los que pisen sus orillas.
Solo no estoy. Están conmigo siempre
horizontes y manos de esperanza,
aquellos que no cesan
de mirarse la cara en sus heridas,
aquellos que no pierden
el corazón y el rumbo en las tormentas,
los que lloran de rabia
y se tragan el tiempo en carne viva.
Y cuando mis palabras se liberen
del combate en que muero y en que vivo
la alegría del mar le pido a todos
cuantos partan su pan en esa isla
que no sea silencio amordazado.


(1964)
(Las islas en que vivo, 1971)












Como un Árbol


Fue en tu pequeña mano,
en el mar de una mano,
donde sembré mi vida
como un árbol.


Tus dedos, nuestros dedos,
raíces de ternura.
Y nos creció la sombra
como un árbol.


Mis manos en las tuyas
tus dedos injertados en los míos,
nido se hizo el árbol.


Fue en tu pequeña mano,
en el mar de una mano,
en donde nos nacimos
como un árbol.
(Escrito el 22 de octubre de 1968)








Elegía de un banco


A Arnulfo Córdoba y María Luisa,
en un banquito de la Plaza San Telmo


¿Y puede ser este solar mendigo,
lleno de calles harapientas,
la plaza en la que estuvo
el banco aquel, en que el hogar de ahora
el amor puso la primera piedra?
El banco ya no existe.
Nadie más que nosotros todavía
verlo podrá, ociosamente echado
a la sombra o al sol, junto a unas casas
que en familia vivían sus colores.
Parecía de todos aquel banco,
que no tuviese soledad ni mundos
de silencio interior; pero a nosotros
siempre nos protegía, recordando
que fue árbol con nidos y que tuvo
también su juventud de ramas verdes.
Y de aquel banco público,
huésped de una placita que el mar rumoreaba,
íntimo como un surco,
feliz como una ceja,
levantábase el bosque
de nuestras confidencias,
un enjambre
de economías y proyectos,
tu ajuar de novia, pájaros en la voz,
el hormiguero de los días
con su brizna de miel entre las alas
y con su luz amarga en ocasiones.
El banco aquel, una ilusión flotante,
dejaba de ser nube,
tocaba tierra firme
al ponernos de pie para marcharnos,
color la tarde de tus ojos.
Ya el banco no está allí.
La plaza misma
está cayendo a golpes de piqueta,
la abatirá la lanza de una calle
y no tendrá una cruz que la recuerde.
Pero él sigue anidándonos y acoge
nuestros brazos de hoy en su espejo de antes,
proyectada su sombra en nuestros hijos.
Fieles a su amistad, no lo olvidamos
nosotros y la mar, cuyos rumores
ni podrán arrancarlos de la sangre
ni serán derribados por barrenos.
¡Pobre banquito nuestro!
Ojalá te hubieran enterrado
en la canción de cuna de las aguas,
tendido entre las olas
desplegadas las velas del recuerdo.
Y así a ti mismo fiel continuarías
peregrinando nubes y horizontes
en tu vaivén de tabla enamorada.


(Entre cuatro paredes, 1968)








Polución


Ahora sí que estamos en capilla.
Ningún juez ha firmado la sentencia
para dejar de ver el rostro de los días,
los cabellos del aire,
los pies de las montañas.
Las fábricas se salen con las suyas:
inmolan
lo que aún nos quedaba en el haber.
Y la muerte produce dividendos
en esta sociedad a tumba abierta
que llaman de consumo.
Hasta a la mar le duele el horizonte,
la soledad de nuestra compañía.
Está perdiendo el aire los pulmones,
la mar sus esperanzas
y los ríos sus muslos sin regazo.
Y no digamos nada de las penas
de quienes van la noche trabajando
para dar con el alba.
Haced un plebiscito.
Y que voten los árboles
con sus nidos vacíos,
las aguas con sus peces flotando a la deriva,
las desprovistas madrigueras.
Y que voten también los desiertos,
las islas, las arenas,
los cestos de basura de las calles,
el beso de los novios y los cines.
Sí, votemos por el sueño de la vida
los que estamos al borde de la muerte.


(Ojos que no ven, 1977)












Basta de ser colillas apagadas
del cenicero de los mares.
Ombligos de la sed,
sólo un placer de humanidad nos puede.
Vivimos como ardemos y pensamos,
con nuestro sentimiento de volcanes
y la melancolía de estar solas.
La pirotecnia de un amor de fondo
nos acelera el ir aunque parezca,
de tan veloz, cronómetro parado.
Esperar no es un fin.
Borrón y cuenta nueva a la molicie
de rumiar soledades.
Nuestro malotaje de esperanzas
no oculta el puño de la rebeldía.
Y hemos roto el pijama del silencio.
Ni somos descendientes
de una lengua cortada
ni queremos sudar hiel y vinagre
ni seguir siendo súbditas
de una feria de olvidos.
No deseamos otras pertenencias
que no sean las alas de los vuelos.


(Ojos que no ven, 1977)












Piloto de mi muerte


Cuando el hielo le gane la partida
a la hoguera en que ardo,
cuando ya sea mito mi existencia,
enterradme en los bordes de la mar,
donde sigan las olas defendiendo
la libertad que siempre ha fecundado
la isla de mi cuerpo,
el timón nunca roto
que dio rumbo a mis pasos
y me llenó las venas de horizontes.
Vida tendré mientras mi sueño viva
y su rumor levante mi palabra
desde los pies del agua sin fronteras
hasta las sienes de la eternidad.


(Desvirgando soledades, 8-V-79)