sábado, 3 de septiembre de 2011

4566.- JULIO CAMPOS ÁVILA


Julio Campos Ávila. Santiago- Chile, 5 de febrero de 1939. Profesor jubilado de Educación Básica. Ha publicado sólo Raigambre (Cuentos. 1962) El regreso de Lázaro (Cuentos. Caracas 1999) y participó en 1961 en la antología Poesía Joven de Colchagua. Es miembro de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) desde 1962 por haber obtenido ese año el primer premio en el canto a la reina de la primavera. Fue electo diputado por Talca por el periodo 73-77. Salió al exilio en enero de 1974 y permaneció 14 años fuera de su patria. Aunque mantiene un cuantioso trabajo inédito ha obtenido premios de poesía, cuento y novela infantil ha sido publicado en diversos diarios, revistas y páginas digitales.








ARTE POÉTICA.

Admito que nadie, en ningún tiempo,
Conseguirá multiplicar estas palabras.
No existirán así lectores de mis voces,
Ni la reiteración de sus repercusiones.

Y aunque viví atestiguando para todos,
No logré someter el idioma de la tierra.
No conseguí descifrarlo como un árbol.
Tampoco traducir el agua de los peces
Y lo que describí, fue sólo un balbuceo,
Un leve lenguaje de nieve en primavera.







CALLE DE INVIERNO.

El invierno descendió en Lange Rötter
Y sus duros olmos cobijaron los cuervos,
A pesar de sus profusos dialectos de ira.
Llegó con sus alados jinetes inmateriales,
Esgrimiendo sus cimitarras de torbellinos,
Entre muchedumbres de nubes sigilosas,
Entre lunas o estrellas con alucinaciones.

El invierno se estableció con su mercado,
Obligándonos a rastrear sus resplandores,
Alevosamente, entre vestigios y campanas.

Pero todos nosotros, humildes, diminutos,
Residentes de otro planeta lejano y acerbo.
Refugiados usuales del fuego y la llovizna,
Nos transmutamos en sombras translúcidas
Y, solitariamente, como hace la esperanza.





POR LA CIUDAD.

¿Qué tiene la ciudad que se alza mayúscula,
Con tantos alaridos de panes elementales?
¿Es que llevo conmigo soledad sin fronteras?
¿Es que soy transeúnte de ilusiones de humo?
¿Es que pago una deuda de alucinados sueños?

¿Qué tiene la ciudad que retrocede estrepitosa,
Mientras veo una puerta que nunca ha existido?







VELA EN LA MESA.

La llama de la vela, erguida sobre la mesa,
Salpicada de sal, de sueños y de milagros,
Es, asimismo, un espejo de reminiscencia.
Sólo que refleja las historias de otro mundo,
En donde yo, quizás, me alzo con antenas.
En donde comienzo con mil ojos metálicos.
En donde existo transformado en llamarada.
A donde entro por el reino de los nombres,
Convertido siempre, en un duende invisible.








SIN SU NOMBRE.

Si no pronuncio su nombre, de manera cósmica,
No podrá florecer nunca en mitad de la llovizna.
¿De dónde recolectará las vibraciones para ello?
¿Las corrientes eléctricas, los dominios terrestres?

Si no se halla en un lugar, yo no tengo memoria.
¿Cómo podré asirla si sólo es el sueño favorecido
Por la oscuridad de los escondrijos desamparados?

Y así, con atisbos tan leves, iré creando el territorio
Donde consiga escaparme de sus angustiosas redes.








RÍO NECKAR.

En esa altitud azulina
Del total de las tierras,
Siempre existirán ríos
A la manera del Neckar.
Se sujetan en los cisnes.
Se enredan a los árboles,
Que crecen desde arriba,
Sumando luz hacia abajo.
Abriendo en este espacio,
Cada vez más insondable.
Acomodando a este curso
Hasta la estrella siguiente.
Prosiguiendo con vuelos
De las gaviotas forasteras.
Concluyendo en los círculos
Que ya iniciaron los truenos.
Incorporando de la aurora
Los pulimentados racimos,
Que colocarán sus señales
Entre corazones mágicos.

En sus ojos y en mis ojos
Subsisten igualmente ríos
A semejanza del Neckar,
Arrastrando silenciosos,
A las sombras terribles
De los sueños dormidos.






CAFÉ PICASSO.

Herr Picasso, compañero,
¿Qué hace aquí, inmóvil,
Entre la luz de Mannheim,
Dañada por los cuervos?
¿Entre el humo invisible
Del azul museo de Arte
Y allí en sus toros aéreos,
Lejos de su sol de naranja?

Claro, yo sé que para usted
No existen reinos elegidos,
Ni divisorias determinadas,
Pero me resulta muy extraño
Encontrarlo justo en el borde
De una nevisca transparente,
Cuando en el extravío helado
Del frío e inexorable destino,
Me deja ya bastantes flechas
Embraveciendo mi garganta.





CANCIÓN.

Al borde de sus pupilas me cobijo,
Aunque allí no sea ya mi territorio
Y la luna subsista sin saber entrar
A sus espejos letales en la noche.

En las terrazas solitarias, el humo
Se disuelve entre las ramas vacías
Y vuelve a mi corazón insurrecto,
Por encima de ese río somnoliento,
Para sentir la canción que encontré
En el frío aire del invierno de enero.







EL ÁRBOL.

El árbol existió allí, durante varios años,
Germinando y respirando en el cemento,
Duro, indiferente, apacible y silencioso.

Albergó, noche y día, todas las estrellas
De los desorientados ensueños errantes.

Maduró en un espacio donde nadie notó
Las habitaciones de los oscuros pájaros.

Buscó en el lenguaje más comprensible
De las lluvias melancólicas y furibundas,
La identificación de esta savia constante.

Y su poderosa estatura de titán de madera,
Atrapado en los ecos de relámpagos tersos,
Dejó sus sombras estampadas a los muros,
Como miles de manos dormidas y abruptas.





METAMORFOSIS.

Me transformo, ahora, lentamente.
No soy más un punto en el espacio,
En mitad del vacío, de la nada total.

Y en lugar de buscar, cuanto antes,
La distancia más corta que subsista
Entre nosotros, uso líneas paralelas.

Me modifico en pincelada divergente,
Ya que, uno y otro, estamos alojando
En inaguantables mundos contiguos
Y no somos réplica a igual pregunta.




POEMA I
(POETA)

El poeta, a veces, imagina, sabe o se convence,
Que puede vivir contiguo a la alta noche fugitiva,
Sin sombras o fantasmas que moren en sus ojos,
Sin grises sonidos que se conviertan en arpegios,
Sin que el dolor del mundo estacione en su pecho.

Y crea un espacio inmaculado de figuras de barro,
Sin que un rayo invariable explosione en su casa,
Sin que venga la lluvia a mordisquear los cristales,
Sin que el áspero frío del día anule cada primavera.

Pero existe el odio, un rudo habitante incorporado,
Un sucesor de espadas y moles de acero y polvo,
En respuesta a todas las ofensas que nos hostigan,
Porque llega con ciencias sorprendentes de guerra,
Detrás de cada ser temeroso, desleído en partícula,
Alcanzando, asimismo, que la flor, la hoja y semillas,
No sea el lógico sondeo del tesoro fugaz de la vida.



POEMA III
(INVIERNO)

La crueldad del invierno se desploma sin bondad,
Con ese doble lenguaje de centelleos y sombras.

Si me hallara en un cuarto de apacible chimenea
Y lo viera emerger detrás de anchos ventanales
Como algo inaccesible, inconcluso y flagelante,
No tendría la angustia que conmueve mi alma,
Cuando se captan y nos señala los desalientos,
El amasijo de sueños retorcidos como alambres.

En tanto, algunos barren los pedazos de la noche
Que queda en las ventanas como aves extrañas
Y nace por las calles sumergidas de las viviendas,
Un estrépito impetuoso que nadie escucha nunca,
Que al parecer a nadie hiere y, tal vez, nunca irrita.

Y aunque todos esperen la señal, sin respuesta,
No existen palabras que apaguen las aflicciones,
No se hallan maneras de resistir en este lodazal,
Mientras la esencial lluvia de los pobres ataca
Con sus aparentes puñales habituales y mágicos,
Sin ejecutar aprisa, sin devastar inexorablemente,
Sino de modo suave, deletéreo, aún contaminado,
Inalterable, dura e irremediablemente inabordable.




POEMA XIV
(SEPTIEMBRE)

¿Acaso esta primavera está maldita
Y sus resquicios expeditos al horror,
Motivan un temblor en nuestras vidas?

¿Es este mes un lugar de negaciones,
Y en su perfil de florecimiento brumoso,
Hay zonas de reflejos en la memoria,
De la fe tenaz en seres humanos libres
Y su honda pasión para mudar el orbe,
En un lugar de memoria y de justicia?

Ahora, es necesario expulsar la muerte
Entre todos los nombres que regresan,
Con todos los sueños, todas las manos,
Con todos los ojos, todos los recuerdos.






POEMA XXV
(INAGOTABLES)

Nos aterra pensar que esos sueños,
Murieran insostenibles y fantásticos.
¿Acaso la luz repartida sobre el pan,
Es un anhelo ingente e inadmisible?
¿O el trabajo, como primera palabra,
Es algo tan exorbitante y prohibido?
¿Y si una vara nos midiera iguales,
Podría ser monumental y desmedido?

Pero al enseñarlo, brotaron laberintos.
Nos cegaron así el núcleo de la tierra.
Nos silenciaron los juicios con puñales.
Nos desterraron a las zonas cardinales
Y brotaron las perversas servidumbres.
Sólo que no morimos allí, antes y todos
Y nos arde en el corazón una lícita llama.





POEMA XXVI
(ELEGÍA PARA UNA NIÑA ASESINADA)

¡Pobre niña mía!,
Hermanita de la humanidad que crea vida,
Triste primogénita de un sueño inconcluso,
Pareces dormir en el silencio inmensurable,
Quizá esperar un cuento nocturno de hadas,
Hoy que las bombas terroristas no explotan
Y sus aviones salvajes regresan a la guarida
Y tú has perecido con las pupilas tan abiertas,
Sobre la hierba marchita del estío en el Líbano.

¡Pobre niña mía!,
Déjame contarte de los sueños extraviados,
Sobre estrellas de paz que imaginábamos
Y los filos celestes de la libertad y la justicia.
No verás nunca en la noche emerger la luna,
Pero nosotros hablaremos de tu risa callada
Y cuando florezca la luz en los continentes
Buscaremos tu nombre tan distante y hondo,
Para levantarlo en el aire como una bandera.

¡Dulce niña nuestra, duerme en el silencio!






POEMA XXXV
(HERMANOS DE LA TIERRA)

Hermanos de la tierra, el fuego y el agua.
Provenientes ancestrales de estas lluvias.
Partidarios de las flores y de los bosques.
Descendientes de aves, peces y de fieras.
Sucesores seguros del aire y las estrellas.
Conectados a las comarcas de los sueños.
Herederos de las leyendas y de las magias.
Inextinguibles descendientes de la energía.
Supervivientes de cualquier región o límite.
Robados allí, asesinados, ardidos, burlados
Y expulsados a su vez de la última comarca.
Sin embargo, ellos aún sostienen el cielo,
Pero caen en su entorno, árboles y seres
Y son torturados, recluidos y humillados,
Se llamen Calfunao, Parojani o Sesana.
Sean mapuches, berawanes o jummas,
Bosquimanos, sentineleses o jarawas.
Del Kalahari, Canadá, Chile o Malasia,
Australia, de las islas Andamán o el orbe.
Son siempre hermanos del sol y la justicia.






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