martes, 1 de marzo de 2011

ÁNGEL CRESPO [3.219]


Ángel Crespo

Ángel Crespo Pérez de Madrid, (Ciudad Real, 18 de julio de 1926 - Barcelona, 12 de diciembre de 1995) fue un poeta, ensayista, traductor y crítico de arte español.

Nace en Ciudad Real, el 18 de julio de 1926, dentro de una familia de medianos terratenientes. Hasta el estallido de la Guerra Civil vive entre la capital y Alcolea de Calatrava donde la madre –María de los Ángeles Pérez de Madrid y Céspedes– poseía fincas. Su padre, Ángel Crespo Crespo, era funcionario de Telégrafos.

La conexión con la naturaleza marcará su vida y se notará en su obra. Los tres años de la guerra los pasa en Ciudad Real, sin asistir a la escuela y recibiendo lecciones en casa. Un amigo de sus padres que era profesor de francés y estaba refugiado en su casa, le enseñó este idioma.

Lee a Jean Henri Fabre Sobre la vida de los animales y comulga con la naturaleza y la lectura en el pasaje propiedad de sus padres conocido como Cuesta del Jaral; le produce una gran impresión un libro sobre Mitología griega, en especial la iconografía y las leyendas de Hermes. Al terminar la guerra emprende los estudios del Bachillerato, entre lecturas de Salgari, Verne y Rice Burroughs. Lee a los clásicos castellanos y latinos, y entre sus autores favoritos se encuentran Rubén Darío, Berceo, Espronceda y el Duque de Rivas.
Comienza a escribir poesía y la publica en medios de la provincia. Traduce en tercetos encadenados fragmentos de las Geórgicas de Virgilio. Su tío Pascual Crespo le regala la antología Poesía española 1915-1931 y se siente atraído por el surrealismo y el creacionismo. Tras terminar el Bachillerato, en 1943, se traslada a Madrid a estudiar Derecho, siguiendo el deseo de su padre, en lugar de Filosofía y Letras, como le hubiera gustado.

En Madrid, descubre el Postismo en cuanto se publica su primer Manifiesto en 1945, y entra en relación con sus fundadores Eduardo Chicharro, Carlos Edmundo de Ory y Silvano Sernesi. En el Postismo encuentra una renovación con relación a la poesía que se estaba escribiendo en España en el momento, polarizada por los grupos garcilasista y tremendista, y se adhiere a él. Estudia los ismos de la Vanguardia histórica, lee a Dante y a poetas modernos franceses e italianos, se interesa por el esoterismo. Comienza a escribir crítica de arte. En 1948, en colaboración con Ory, organiza la exposición 16 Artistas de Hoy en la Galería Bucholz de Madrid.

Tras terminar la carrera de Derecho, en 1949, permanece seis meses en Tetuán para terminar el servicio militar. Es su primera estancia fuera de España, que considerará fundamental para su formación. Al volver a España, se refugia en Alcolea para preparar oposiciones a Notarías y se dedica a escribir poesía. Escribe entonces el libro que considerará el primero de su voz propia, Una lengua emerge, y lo publica en 1950. Es el primer libro de lo que se ha llamado su realismo mágico.

En 1950, ya de vuelta en Madrid, empieza a trabajar como abogado y se implica cada vez más intensamente en la vida cultural madrileña. En el mismo año, con Gabino Alejandro Carriedo y Federico Muelas funda y codirige la revista de poesía El pájaro de paja (1950-1954) y él solo, en 1951, funda y dirige la revista Deucalión (1951-1953), patrocinada por la Diputación de Ciudad Real. A lo largo de la década de los 50 continúa con la crítica de arte y publica siete libros de poesía que constituyen la etapa de su realismo mágico.

Es invitado al Congreso de Poesía de Salamanca (julio de 1953) y se convierte en una figura destacada en la renovación de la cultura española de la posguerra. En 1956 se casa con María Luisa Madrilley, de quien se separará años más tarde. Realiza su primer viaje a Portugal. En 1957 nace su hijo Ángel. Ese mismo año comienza a publicar sus traducciones de Fernando Pessoa con una selección de los Poemas de Alberto Caeiro.

Durante los años 60, Ángel Crespo, que está implicado en la lucha clandestina contra la dictadura, se preocupa por el realismo y escribe una poesía de intención comprometida, aunque rechaza la estética marxista. Para promover sus puntos de vista funda y dirige, con Gabino Alejandro Carriedo, la revista Poesía de España (1960-1963), donde publica a los poetas con cuya concepción del realismo está más de acuerdo.

En 1962 funda y dirige la Revista de Cultura Brasileña, patrocinada por la Embajada del Brasil en Madrid, que continuará dirigiendo hasta 1970 y en ella dará a conocer a los lectores españoles la floreciente cultura brasileña y difundirá las posiciones de su vanguardia, entre ellas la poesía concreta. En 1961 conoce a Pilar Gómez Bedate, con quien se casará años después.

En 1963 viaja a Italia por primera vez, con ella, y la experiencia de este viaje –que influirá de una manera determinante en su poesía– le anima a dejar su profesión de abogado y a emprender una nueva vida, lejos del acoso de la policía franquista y de las desavenencias con sus compañeros de partido. En 1964 publica en la revista Artes, de 23 de diciembre, "El caso Eugenio Hermoso", crítica muy comentada en la época acerca del pintor extremeño Eugenio Hermoso. En 1966 publica Docena florentina, libro en el que persiste el punto de vista comprometido pero que utiliza un lenguaje decididamente moderno y lleno de referencias culturales (culturalismo). En 1967 acepta la invitación de la Universidad de Puerto Rico para enseñar en su Departamento de Humanidades y se trasladará a este país junto con su nueva compañera, también invitada por la Universidad para enseñar en el programa de Literatura Comparada.

La nueva etapa de la vida de Ángel Crespo, que no regresará a España hasta que se haya implantado una Constitución democrática, es cosmopolita: teniendo siempre como base a Puerto Rico –donde se implicó a fondo en sus tareas docentes e investigadoras– y su domicilio fijo en Mayagüez, se doctoró en la Universidad de Upsala (Suecia) –con una tesis sobre El moro expósito del Duque de Rivas– y enseñó como Profesor Invitado en las Universidades de Leiden, Venecia y Washington; asimismo dio conferencias en diversos lugares y países, fue invitado como poeta a Congresos Internacionales en su calidad de humanista moderno. Traduce en verso la Divina Comedia de Dante Alighieri y el Cancionero de Francesco Petrarca, trabajos por los que recibe dos veces el Premio Nacional de traducción; se interesa por la poesía portuguesa de Fernando Pessoa, sobre el que compone algunos ensayos y traduce algunos textos. Su poesía se vuelve cada vez más aforismática.

En 1988 regresa definitivamente a España y se instala en Barcelona, donde trabaja de Profesor Invitado en la Universidad Central y la Autónoma, y finalmente es nombrado Profesor Emérito en la Universidad Pompeu Fabra. Muere en esta ciudad en 1995.

Durante los años de Barcelona alternará la vida en esta ciudad con largas temporadas en Calaceite, pueblo turolense en el que revivirá los contactos con la naturaleza de sus orígenes y donde volverá a escribir una poesía en que se refleja esta relación. Está enterrado en el cementerio de Calaceite.

En 2011 se publica su primera biografía, Humanidad y humanismo de Ángel Crespo (1926-1995), cuyo autor es Amador Palacios, especialista en las corrientes de poesía española en las que Crespo participó.

Obra

Figura clave del panorama cultural español de los años cincuenta y sesenta, el poeta Ángel Crespo fue relegado al olvido a raíz de su voluntario retiro a Puerto Rico en 1968 a causa de los críticos del Partido Comunista en el que militaba, agobiado por la situación política de aquellos años y por la lucha estética, ya que se defendía a ultranza el realismo de corte marxista y él no admitía un realismo panfletario. En 1971 publica En medio del camino, obra que recogía su poesía hasta ese momento. En 1983 publica El bosque transparente, que reúne su poesía de los años 70; en 1985, El ave en su aire. En 1996, la Fundación Jorge Guillén publicó tres volúmenes en los que está reunida su poesía publicada hasta entonces y la mayoría de la inédita hasta aquel momento. Escribió un texto autobiográficos titulado Mis caminos convergentes y, durante varios años unos diarios de los cuales se han publicado Los trabajos del espíritu (1971-1972 y 1978-1979), escritos en Suecia, Puerto Rico, Italia y España, y ricos en reflexiones personales sobre, por ejemplo, la poesía de Dante, la literatura en lenguas minoritarias o la experiencia cotidiana del autor y sus amistades.

Su obra poética no se adscribe fácilmente a ninguna tendencia, de forma que los críticos han tenido dificultades para encuadrar a Crespo en algunas de las corrientes de la poesía de posguerra. Si empezó con el Postismo en el que se encuadran sus primeros poemas, pasó a otras etapas denominadas con los marbetes de "realismo mágico", de "humanismo culturalista" y de "humanismo trascendente" o "poesía esotérica". Su verso cuenta con una rica sonoridad propia de quien poseía un oído musical excepcional, y resulta imaginativo y onírico. Emplea un rico simbolismo y se alimenta, ya desde sus mismos orígenes, de materiales de muy distinta procedencia: lo biográfico, lo cotidiano, la tradición cultural y lo mítico. La poesía es para él un modo de conocimiento, una búsqueda de lo sagrado, siempre mistérico, desde el interior del lenguaje, y contiene en su formulación artística una filosofía implícita. Crespo enfrenta las limitaciones del lenguaje para expresar una realidad intuida más allá del mismo y mediante procesos de simbolización trasciende la dimensión arbitraria y convencional del signo literario para albergar una concepción de la realidad (mundo y yo) progresivamente más amplia y unitaria. Los símbolos crespianos poseen una virtualidad religiosa pagana e iniciática como parte irrenunciable de la psique en la búsqueda del Sentido como objetivo de toda manifestación humana. Asimismo, la lírica crespiana se inscribe con facilidad en el contexto internacional de la lírica de su tiempo por asumir tradiciones culturales muy variadas. Su obra poética ha sido traducida, entre otras lenguas, al italiano, portugués, francés, griego, sueco y alemán. También fue un destacado traductor, especialmente de Dante Alighieri, de quien vertió en tercetos encadenados la Divina Comedia, pero también del Cancionero de Francesco Petrarca y del gran poeta portugués Fernando Pessoa. Se cuentan asimismo en su haber excelentes versiones de la Chanson de Roland, de las Memorias de Giacomo Casanova, Eugénio de Andrade, João Cabral de Melo Neto, Guimarães Rosa, Cesare Pavese y Maragall.

Obtuvo, entre otros reconocimientos, el premio de los Lectores y Libreros italianos por su traducción de la Comedia de Dante (que le valió también la Medalla de Oro della Nascita di Dante de la ciudad de Florencia); la Medalla de Plata de la Universidad de Venecia; el Premio Nacional de Traducción por su versión del Cancionero de Petrarca, en 1984; el premio Ciudad de Barcelona de poesía en castellano por su libro poético El bosque transparente; y el Premio Nacional a la obra de un traductor, en 1993.

Bibliografía del autor

Lírica

Meseta, 1943.
Loco de atar, (1945-1946).
Primera antología de mis versos (1942-48). Ciudad Real: Ediciones Jabalón, 1949.
Una lengua emerge, Ciudad Real, Instituto de estudios manchegos, 1950.
Quedan señales, Madrid, Nebli, 1952.
La pintura, Madrid, Ágora, 1955.
Todo está vivo, Madrid., Ágora, 1956.
La cesta y el río, Madrid, Lazarillo, 1957.
Junio feliz, Madrid., Col. Adonais, 1959.
Oda a Nanda Papiri, Cuenca, La piedra que habla, 1959.
Antología poética, Valencia: Verbo, 1960.
Puerta clavada, Montevideo, Caballo de mar, 1961.
Suma y sigue (1958-1960), Barcelona, Colliure, 1962.
Cartas desde un pozo (1957-1963), Santander, La isla de los ratones, 1964.
No sé como decirlo, Carboneras de Guadazaón, El toro de barro, 1965.
Docena florentina, Madrid, Poesía para todos, 1966.
En medio del camino (Poesía 1949-1970), Barcelona, Seix Barral, 1971 (Poesía completa con poemas inéditos).
Claro: oscuro, Zaragoza, Porvivir Independiente, 1978.
Colección de climas, Sevilla, Aldebarán, 1978.
Con el tiempo, contra el tiempo, Carboneras de Guadazaón: El Toro de Barro, 1978.
La invisible luz, Carboneras de Guadazaón: El Toro de Barro, 1981.
Donde no crece el aire, Sevilla, Vasija, 1981.
El aire es de los dioses, Zaragoza, Olifante, 1982.
El bosque transparente (Poesía 1971-1981), Barcelona, Seix Barral, 1983.
Parnaso confidencial, Jerez, Arenal, 1984.
Antología poética, Venecia, Librería Editrice Cafoscarina, 1984.
El ave en su aire (1975-1984), Barcelona: Plaza y Janés, 1985.
Primeras poesías (1942-1949), Ciudad Real, Biblioteca de Autores y Temas Manchegos, 1993.
Iniciación a la sombra, Madrid, Hiperión, 1996.
Poesía, Valladolid, Fundación Jorge Guillén, 1996 (3 vols.).
Aforismos, Madrid, Huerga y Fierro editores, 1997.
Poemas en prosa (1965-1994), Tarragona, Igitur, 1998 (Edic. de Pilar Gómez Bedate. Prólogo de Carlos Edmundo de Ory).
Oculta transparencia (Antología poética 1950-1959), Ediciones el Toro de Barro 2000, prólogo de Toni Montesinos.
La realidad entera. Antología poética (1949-1995). Barcelona: Círculo de lectores, 2005.
Antología poética (1949-1995). Barcelona, Cátedra, Letras hispánicas, 2009.

Ensayos y Estudios

Eugenio Hermoso El caso Eugenio Hermoso. Madrid, Revista ARTES Nº 62, 23 de diciembre/1964
Aspectos estructurales de El moro expósito, del Duque de Rivas. Upsala: Upsaliensis Academiae, 1973.
Juan Ramón Jiménez y la pintura, San Juan de Puerto Rico: Editorial Universitaria, 1974.
Dante y su obra, Barcelona: Dopesa, 1979; Acantilado, 1999.
Estudios sobre Pessoa, Barcelona: Bruguera, 1984.
Dante, Barcelona: Barcanova, 1985.
El Duque de Rivas, Gijón: Júcar, 1986.
Lisboa, Barcelona: Destino, 1987.
Las cenizas de la flor Gijón: Júcar, 1987.
La vida plural de Fernando Pessoa, Barcelona: Seix-Barral, 1988. Biografía del poeta portugués traducida al alemán, neerlandés, portugués e italiano.
Con Fernando Pessoa, Madrid: Huerga y Fierro editores. Primera edición, 1995; Segunda edición, 2000.

Traducciones

Fernando Pessoa, Poemas de Alberto Caeiro, Madrid: Adonais, 1957.
João Guimarães Rosa, Gran Sertón: veredas. Barcelona: Seix-Barral, 1963.
Antología de la nueva poesía portuguesa, Madrid, Rialp, 1961.
Ocho poetas brasileños, Carboneras de Guadazón: El toro de barro.
Junichiro Tanizaki, Cuentos crueles, Barcelona: Seix-Barral, 1968, retraducción desde el inglés.
Dante Alighieri, Inferno, Barcelona: Seix-Barral, 1973.
Antología de poesía brasileña, Barcelona: Seix-Barral, 1973.
Dante Alighieri, Purgatorio, Barcelona: Seix-Barral, 1976.
La poesía latina clásica (estudio y versiones anotadas de Lucilio, Lucrecio, Catulo, Virgilio, Horacio, Ovidio etc.), Barcelona: Ediciones B, 1988.
Dinis Machado, Lo que dice Molero, Madrid: Alfaguara, 1981.
Dante Alighieri, Divina comedia, Barcelona: Círculo de lectores, 1981.
Fernando Pessoa, El poeta es un fingidor (antología poética), Madrid: Espasa Calpe, 1982.
Antología de la poesía portuguesa contemporánea, Madrid: Júcar, 1982.
Francesco Petrarca, Cancionero, Barcelona: Burguera, 1988.
Turoldo, Cantar de Roldán, Barcelona: Seix-Barral, 1983.
Fernando Pessoa, Libro del desasosiego, Barcelona: Seix-Barral, 1984.
Giacomo Casanova, Memorias de España, Barcelona: Planeta, 1986.
Fernando Pessoa, El regreso de los dioses, Barcelona: Seix-barral, 1986.
Antonio Osorio, Antología poética, Zaragoza, Olifante, 1986.
Fernando Pessoa, Cartas de amor a Ofelia, Barcelona: Ediciones B, 1988.
Fernando Pessoa, Fausto, Madrid: Tecnos, 1989.
Didier Coste, XII Elegías, Calaceite/Barcelona: Noésis, 1992.


Bajo un cielo sin pájaros

Bajo un cielo sin pájaros
¿qué redención podemos
esperar -o qué canto
suspendernos sabría?

Va el sol cayendo, y su cadáver frío
no cruza un ala -y todas las auroras
gritan desde su ayer que no está muerta
la hoja postrera.
¿Pero en qué paisaje
tiñe de verde, en qué país, al viento?



Con la siniestra mano

Concededme, dioses, que escriba
con la siniestra mano, pero no
le concedáis destreza. Que ella sola
se afane en enseñarme, que las líneas

que trace sean,
como las rimas, tortuosas;
que una letra pueda leerse,
indiferentemente,
como una alabanza, un vituperio
a vuestros gestos inmortales
de dioses o de diosas;
que los versos inhábil- se entrecrucen

como vuestras miradas y silencios;
y, así, tan lentamente

como vuestras auroras y ocasos,
vaya sumando mundo
esa torpe escritura:
recobrando azul para el cielo
(que no era luz),
y el temblor de las aguas
(del pozo de los pozos), y
en todo, y lo demás, la sed perdida
(en sus cauces nacientes);
y cuando ya mis líneas quiera
enderezarse -ya adiestrada
mi torpe adrede mano-,
volváis los ojos displicentes
para que yo quiera deciros
no sabré con qué mano.



Cuando te quedas solo, eres espejo

Cuando te quedas solo, eres espejo
de lo que fuiste:
una mañana
contemplada desde el balcón
entornado; unos pasos
armoniosos que no has seguido
para no derramar tu gozo;
unas cuantas palabras
que te cambiaron más que el tiempo;
una mirada que se ahogó
como luz en tus venas;
un viaje que nunca querías
terminar; tu alma ausente
de lo que te esperaba
al quedarte tan solo.




El muro

El peregrino llega junto al muro,
ya sin aliento, apoya el él las manos
y la frente, buscando refrigerio:

mas pronto las aparta, que unas manos
y una encendida frente
lo sostienen del otro lado.



El viento se ha quedado quieto

El viento se ha quedado quieto
cabe las ramas, y me acecha
con ojos encendidos.
¿Qué me recuerda -o me recuerdas-? No
sabría adivinarlo.
Y caen las hojas
que consume la hoguera.



El pedregal

¿Son alas deshojadas, huesos, tristes
restos de algún naufragio,
trances sin nombre,
tiempo derrumbado
-o no son más que piedras?
Detrás de ellas habrá un paisaje abierto
o soledad tan sólo;
habrá un vuelo, un tumulto acre de plumas,
un fragor de olas contra el casco vivo,
o una muralla, por la que pasean
centinelas y brumas
y el mediodía se alzará lo mismo
que una rama que crece.

O tal vez no.

Me paro junto a este
pedregal: no me atrevo
a dar un paso más
hacia lo que me engaña revelándose.



El tedio

El tedio a veces es como el amor;
mana de las cavernas
del pecho, se dilata,
atraviesa la estancia y los cristales
y se difunde hasta perderse
de vista.
Y, barnizado
con su color distinto,
es más íntimo el mundo.



El tiempo se ha posado como un pájaro

El tiempo se ha posado como un pájaro
peregrino y cansado
a la sombra que doy. Ave de alas
abiertas y caídas
ahora, la cabeza inclina, y abre
el curvo pico, ya ciega a la luz
que ahora no mueve rayos.
Igual que un agua que se remansara
cuando, al formar cascada, está cayendo,
o como llama que de arder dejase
al unirse a otra llama, o como aire
que cesa de moverse a medio viento,
así el tiempo, a mitad
de sí mismo, pretende que yo aprenda
a eternizarme -y que me pare un punto
a la sombra que da bajo mi sombra.


En esta lluvia

Os palpé en esta lluvia,
no en el aire,
sino en la tierra, tras haber caído
-entre la hierba fría
y caliente, como una boca
grande y verde que no devora tiempos:
mis manos ahora huelen
a aceite de podrido
y lujuriante azahar (mis dedos,
ya planetas del árbol)
y también a una axila rosa
y al escozor de un vientre
no virgen, tras la lluvia.

Estabais allí tras el agua
-o sea, allí en la lluvia-
como jugando a ser espejos
más que su fibra ambigua,

pero era vuestro el aire.



Iban mirándome al pasar

En una cueva de un monte lejano
me refugié. Y era de día
y cantaba el agua en el agua
y el aire soñaba en el aire.

Me refugié para no huirme
y no encontrarme. Era de noche
y el monte aquel era de luz.

Nunca supe de procesiones
como aquéllas: vestían clámides
transparentes, sin fibras, iban
mirándome al pasar.

Lo que no tiene fin no se posee
ni nos posee: las miradas,
suyas y mías, eran formas
de otra forma de amor.

No hay dioses muertos si son dioses,
ni aquella cueva, ni aquel monte,
ni aquella luz, ni clámides
sin fimbrias, pues abrí
los ojos, y hasta el pecho
surgió el río del río.



Ignorancia de otoño

Para ignorar, hay que vivir.
Las manos ya se niegan
al testimonio de los días
y las noches paradas.

Maduras
pero todavía no asoman,
amargos, los gajos abiertos
que oculta tu temor.
Aún no ignoras bastante.
Temes el vuelo de ese pájaro
obstinado.
¿Transcurren, pues, las estaciones
o eres tú, tan absorto, el tiempo?

Sabes ya que la lluvia
no importa, que nada vale el plazo
de la espera.
Lo sabes
e ignorar es el alimento
del hombre -el de esta brisa
que no se sabe aire.



Jardín de Turena

La joven se sentó en la hierba,
se desnudó los pies
y amaneció más allá de la aurora.



Las sombras van cayendo como un regalo 
de los dioses

Las sombras van cayendo como un regalo de los dioses,
el más generoso, pues son
de sus incorruptibles cuerpos y de sus almas
inmortales imagen; y no
nos piden nada a cambio de este espejo
en el que todo encuentra su unidad
de nuevo, es otra vez, y cada vez,
como un latido hecho de movimiento y de quietud,
el puro pensamiento que se esconde
de sí mismo, acosado por la luz.



Los árboles crecen deprisa

Mientras iban creciendo
estos árboles, yo
daba vueltas al mapa
diario de mis sueños.-
Y cada rama era
el nombre de un país, y cada hoja
una ciudad con torres o mezquitas
y siempre con un alma
en pena.
Y en otoño
me querían llevar al otro mundo
las hojas amarillas
y una calle sin nombre y sin ventanas.



Los ojos de la corza

Viajo desde los ojos de la corza
a su interior. Un mundo de cristales
ternísimos y velos ligerísimos
acoge al primer paso de mis ojos.
Avanzo sin temor; sobrecogido,
no obstante, por lo fácil del camino
que, de ojos adelante, ya discurre
por pasadizos y pasillos suaves
al tacto de los pies que me imagino,
y porque a su través se transparentan
leves arquitecturas sinuosas,
edificios de flor carnal y ramas
que, aunque no mueve el viento, se cimbrean
al borde de arroyuelos escarlatas,
y suaves y pulidas piedras puestas
en orden de descanso y sobresalto.
Lejos quedan los ojos de la corza
en tan corto trayecto transcendidos
y, cuando vuelvo hacia ellos la mirada
-ya huésped familiar de lo aludido-,
no encuentro su salida luminosa
y me pierdo en un prado de mil prados,
hechos de tiempos idos y presentes,
vigilados por vuelos agresivos
y por olfatos que el marfil afilan.
Sigo los vericuetos de la corza,
que se han hecho mi propio laberinto,
y hallo en su centro de lucientes ojos
los suyos y los míos junto a un pozo
del que desborda el agua suya y mía.


Madrigal a Afrodita

Merced a ti la flor del aire es oro,
oro es la flor del trigo;
y la amapola roja,
rubia flor, pariente del oro.

Enloqueciendo al aire
y a lo escondido de la tierra,
haciendo caer lluvias amarillas
sobre las matrices del agua,
atas al monte con un nudo de oro.

Sube el polen los escalones
arriesgados del aire
con alas músicas, con trinos
más libres que de pájaros,
como el oro le trina al oro.

Y la cabellera te sueltas,
rubia y casta, diosa desnuda,
que acaricia al caer tu sexo:
y un espasmo corre en la espalda
bajo las olas locas de oro.

Una bandada de palomas,
grajas o ciervos, amarillos,
he visto en sueños: sus pupilas,
que me miraban fijamente,
despedían chispas de oro.



No te asomes a ese jardín

No te asomes a ese jardín
ni quieras descubrir sus rosas.
Mueren tras ese idéntico
perfume, igual color,
y la sed llena el vaso.

No te acerques a ese jardín
si quieres que aún existas
y que tu amor de siglos no se apague,
y si amas la esperanza.

Déjalas bajo el sol: búscate dentro
esa otra cosa que renace y muere,
esa flor que sospechas que hay en ti,
esa rosa que fue, pasó, nunca hubo rosas.



Ofrendas

En cada mano, el mundo deja
aquello que no tiene su medida:
lo que pesa demás, lo que es ardiente
en exceso -pues nadie
que tenga un alma puede
impasible aguardar como la estrella.

No es que no tenga luz, pero sus rayos
deben llegar a donde no ilumina
el fuego general -al subterráneo
de cada vida, al breve paraíso
que brota de su sed como un relámpago.



Paloma de Helsinki

Por miedo de que ardiese una paloma
que eclipsaba al sol con sus plumas
volando hacia las llamas
que apagaba el crepúsculo,
ya no pude escribir aquel poema
que temblando empecé
por miedo de que ardiese una paloma.




Paseata del destronado

¿En qué jardín sembrar una rosa
de Francia? ¿A que follajes
confiar una estatua de Ceres la rubia,
un bronce del Verrocchio, una matita de verbena?

¿Puede ascender sobre estos pastos
un quinteto de oboes,
o bien una gentil perdiz
que podríamos llevar al lienzo?

¡Ah! ¿Dónde crece el laurel oloroso,
dónde canta al oído el agua,
dónde unas columnas caídas
que sonrían sin una mueca?

La distancia se me convierte
en un reino redondo y cristalino,
a través del cual una mano
ofrece a mi cansancio sus sortijas.



Romper quiero tu bulto

Romper quiero tu bulto
para que al menos vengas
enojada, y la injuria
me haga escuchar tu voz
antes de aniquilarme.

Hecho añicos, deshecho
su volumen, que mide
en mí toda la distancia
y todo tiempo, en piedras
que insinúan el giro

delicado de un pie,
de un lóbulo la flor
turbadora, de un seno
la frutilla salvaje,
clamará por ti, odiosa.

Y tú vendrás, si vienes,
no con ramas de olivo,
sí con ojos, que dicen
verdes, en que quizás,
antes de que me ciegues

y enmudezcas, yo mire
la ardiente luz oscura
que me sigues negando
cuando pongo una flor
entre esos pechos duros.



Sin querer

Sin querer,
sin encontrar una niebla de olvido
que me haga extraviarme en mi presente,
que no recuerdo
porque la luz es excesiva;

sin querer,
sin desaprender esa música
lejana -y conseguir,
en el día brumoso,
escuchar al silencio lleno de alas.

Sin querer
-nunca queréis, no quiero-,
vamos impulsados por remos
de una leña que no consume
el fuego que nos arde.

Sin querer,
caminamos hacia un final
que nos aguarda indiferente
-no es cazador- con su sima de olas
sin sal y sin espumas.

Sin querer,
ignoro si es posible
recobrar el aquí que ignoro,
o, ciego y en silencio,
sumergirme en el río
que me niegue a vosotros,
sin querer.


Ula

Aquella noche te llamabas Ula
y huías ululando por la nieve.
Aquella noche escandinava
en que las alas de la nieve
entraban por debajo de la puerta
y, ateridas, se desplumaban
-yo te veía figurarte en Ula,
estremecida por el fuego,
e internarte en el bosque
en connivencia con lo oscuro.

Es verdad que no traspasaste
la puerta de la casa
-pero ésa eras la otra-
mientras, melena al viento,
Ula, con pies alados,
asustaba a la noche.

¿Cómo lograste, cómo hubiste
que aquélla fueras, que la nieve
te cambiase aquel nombre
-y que tus pies dejaran
huellas legibles: y dejases
a tu conmigo amando
de mentidor testigo?

Y entonces me mirabas: cuando ibas
alzándote ululante
-delicada Eloísa de la nieve-
mientras yo el albedrío te entregaba
de mano de mi lengua.





.

3218.- SAGRARIO TORRES






Sagrario Torres

Nació en Valdepeñas (Ciudad Real), España, en el año 1922 y murió en Madrid en el año 2006.



Vida y obra



Sagrario Torres nace en Valdepeñas el 7 de marzo de 1923 y muere en Madrid el 5 de marzo de 2006 a pocos días de su 83 cumpleaños. De muy niña queda huérfana de padre, trasladándose con su madre y hermano a Madrid. Cuando contaba 5 años de edad ingresa en un internado municipal de huérfanos de Alcalá de Henares. Comienza los estudios de bachillerato en el Instituto de la misma ciudad, que quedan interrumpidos por el estallido de la Guerra Civil en 1936. Una vez terminada ésta no realiza más estudios reglados. Únicamente lee y estudia en los libros de su hermano, sobre todos poesías, que aprende de memoria.



Comienza a escribir muy pronto poesía y prosa. En los años 40, envía colaboraciones a periódicos y revistas, frecuentando círculos poéticos donde conoce y traba amistad con artistas y escritores. Su quehacer lírico evoluciona en sincronía con el desarrollo de la poesía de su momento. En su trayectoria poética va desde la lírica bella, artística o lúdica hasta la profundización de lo universal y humano: la consideración y significación del dolor, del amor, de la vida, de la muerte, de Dios. Coincide con poetas como Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero o Luis Rosales.



En 1968, publica su primer libro "Catorce bocas me alimentan"; y le siguen "Hormigón Traslúcido" (1970), "Carta a Dios" (1971), "Esta espina dorsal estremecida" (1973), "Los ojos nunca crecen" (1975), "Regreso al corazón" (1981), "Íntima Quijote" (1986). Con anterioridad reúne tres cuadernos que contienen poesía primera y más temprana. Sagrario Torres fue declarada Hija Predilecta de la ciudad de Valdepeñas en 1985 y recibió la Medalla de Oro de Castilla-La Mancha en 2005, durante el acto institucional del Día de la Región que se celebró en Valdepeñas el pasado 31 de mayo.



SU OBRA:

Poesía


Poemas del toro (1943).
Catorce bocas me alimentan. Madrid,
Editora Nacional (1968).
Hormigón Translúcido. Salamanca
(1970).
Carta a Dios. Madrid. Alfaguara
(1971).
Esta espina dorsal estremecida.
Madrid,Oriens (1973).
Los ojos nunca crecen. Salamanca
(1975).
Regreso al corazón. Madrid, Rialp
(1981).
Íntima a Quijote. Madrid, Asociación
de Escritores y Artistas Españoles
(1986)










ROBARÍA

Robaría:
Una pareja de cabayas. Un gorila.
Un kimono nupcial.
Un molino (con molinero).
La planta de pachulí
que he visto en una finca.
Entraría a robar un petigrís
para noches de amor bajo la luna.

Robaría:
Una potente licuadora
para beber el jugo de los árboles.
Un imán gigantesco
para desmantelar los campos de batalla.

Robaría:
Inútiles diamantes y esmeraldas
y una apisonadora
que los pulverizase
para cubrir las huellas
que va dejando un bueno.

Robaría:
las cuartillas de un sabio.
.
Un telescopio. Una columna.
Una gárgola artística.
Dinero y tiempo al tiempo,
para que me enseñaran
a manejar el radar que lugo robaría.

Robaría:
Los sagrarios que quieren ser cerrados.
Los cálices que van a profanarse.
La luminosidad de los relampagos
para hacer mis bombillas.
Un bosque para los cachorrillos
de los parques zoológicos.

Robaría:
el candor a los niños.

!Ah, y el sueño a un envidioso!







Anciana En Recoletos

En el pico de un banco está sentada.
No quiere molestar. No mira al frente.
No la turban los ruidos ni la gente.
La tela que la cubre está gastada.

Es blanca su cabeza mal peinada.
Veo de su perfil sólo un pendiente,
y un zapato sin brillo, indiferente
a la media tupida y descolgada.

Esta mujer de pena y de polilla,
en silencio por cuanto la atropella,
no ve cómo se acercan los gorriones.

Da su espalda a la Diosa de la Villa,
al Palacio de Comunicaciones,
donde nunca habrá carta para ella.





Contigo Irá Mi Sombra

Bajo mi rostro a tu perfil yacente
que alumbra el lecho de tu alcoba oscura.
Un escarchado arroyo es tu figura,
y en ríos van mis ojos por tu frente.

Yo caliento tu helor inútilmente.
Párpados tuyos besa mi locura,
pómulos, labios de tu boca pura.
En fuego y frío estamos solamente.

Vienen tinieblas a envolver las luces
de tu cuerpo que asciende y que me deja
para siempre olvidada y consumida.

Contigo irá mi sombra. Cuando cruces
de nuevo un mundo de dolor y queja,
me alzaré como un monte hacia tu vida.





Íntima A Quijote

Dime:
Si yo fuese a tu alcoba
en una noche clara,
desdoblado mi oloroso cabello,
y mis dientes brillaran
al borde de tus labios,
¿cómo responderías oyéndome decir: ¡Abrázame!?
¿Romperías las leyes
del gran amor que te sujeta?

Mas, no. No te provocaré. Intento vano.

Yo sé que aunque me encuadre tu mirada,
no me pinta el pincel de tu deseo.

QUIJOTE:

Te han amado los hombres.
Yo te amo por todas las mujeres.





Un Niño Va A Nacer

Al Dr. D. Benito Rutz Quíntela, que tan
angelicalmente cura y sonríe a los niños.

¡Silencio!: Un niño va a nacer.

Que toquen campanarios. Orquestas. Catedrales.
Que se callen computadoras
yunques y turbinas,
bases de lanzamiento.

Que se olviden diplomas

pergaminos
fajines
y medallas

Un minuto de pureza en los lechos.
Parad, estambres y pistilos.
Ciegos y poderoso sementales.

Y vosotras, maravillas del mundo,
que os dieron la belleza manos que un día fueron
tan frágiles como éstas, ¡contempladle!

Que calle el universo ante el recién nacido.
Este es el heredero. Es el superviviente
del cosmos primigenio.

Es la fusión de lavas
de líquenes y limos
de fuegos y glaciares.

El triunfante de monstruos voladores,
del dragón y del saurio, del reno y del bisonte.
Ha desgajado troncos.
Ha partido quijadas y dorsales.

Este niño es de carne de piedra.
De carne de bronce.
De carne de hierro.

Su cuerpo es un pop-art ingente.
Lo navegan helechos, sirenas y centauros.
Ha venido, regresa cuajado de perfiles
y glóbulos de siglos.

¡Es suya la Creación! Todas las luminarias.
Los mares y la tierra. Las semillas.
Las flores y los frutos.
Los reptiles. Los peces. Las aves y las bestias.

¡Silencio!: Aquí hay un palpito de Dios.
Una promesa.

Un niño va a crecer: ¡Respeto!
Puede ser un cachorro de jaguar o de puma
o el lobo del poema de Rubén.

Este niño, que arroparon en mísero envoltorio,
que calentó el olor de un muladar,
pudiera hacer del mundo
un horno crematorio, o un panal.
Este niño, puede agotar un río
para llenar su mitra y bautizar.

Pequeño y vertical te está mirando,
está midiendo tu estatura gigante de Goliat.
No hay déspota que mire tan retadora,
tan aceradamente.
No te pide pistolas, balones ni aeroplanos.
¡Una canción tan sólo!
Tu mano y tu canción, tu canción y tu mano.

No esquives su mirada buscando una moneda.
No le des un juguete gastado de tus hijos.
No le vistas con esa caridad de los pingajos,
pues de miserias, lástimas y sobras
difícilmente un niño se recobra.

Te está mirando, te está pidiendo
el tiempo de los toros y la caza.
La canción de tus horas vacías.
Las tardes del café o de la tinaja.
Tu mano y tu canción. Tu canción en sus manos.

¡Acércate!
¡Agáchate!

Que juegue a pídola contigo.
Que tú seas el juguete que le asombre.
Y yo, desde este instante te aseguro,
que nunca, nunca, nunca,
este niño querrá matar a un Hombre.



3217.- ELADIO CABAÑERO


ELADIO CABAÑERO. Poeta español nacido en Tomelloso, provincia de Ciudad Real, en 1930.
Autodidacta íntegro, le dio a la lírica española toda la riqueza del vocabulario y la vitalidad de La Mancha, en cuyas llanuras trabajó como aprendiz de albañil y luego como oficial.
En 1956 se trasladó a Madrid y publicó su primer libro «Desde el sol y la anchura», con ayuda del ayuntamiento de Tomelloso. En 1958 obtuvo el accésit al premio Adonais con su libro «Una señal de amor». En 1963 recibió el Premio Nacional de Literatura por «Marisa Sabia», y en 1971 el Premio de la Crítica por la recopilación de su obra.
Obtuvo además el premio Juventud por su poema «El pan» en 1959. Albacete le otorgó el premio Gran Hotel, y en 1959 obtuvo la Flor Natural en los I Juegos Florales del Trabajo celebrados en Barcelona.
Es uno de los más importantes poetas de la generación del cincuenta.
Fue colaborador de diarios, revistas y emisoras de radio, y jurado en importantes premios literarios.
La Fundación March le concedió una pensión literaria por la publicación de «Mancha al sol».
Murió en Madrid en el año 2000





Bien sabes tú que hay alguien que se encarga...

Bien sabes tú que hay alguien que se encarga
de empozar ríos y amargar los mares,
alguien que punza y mezcla en los cantares
el brillo horrible, el ¡ay! de una descarga.

Así nos van las cosas... A la larga
el amor se retira a los lugares
donde el tiempo a la nada erige altares
y la vida a la tuera más amarga.

Sólo los vencedores del olvido,
los que no besan nunca, los que callan
entre puertas del llanto y de la muerte

ellos tan sólo aguantan encendido
su corazón, mientras que a mí me estallan
las venas en relámpagos, sin verte.

Marisa Sabia y otros poemas, 1963







Carta

A ti, allá en nuestro pueblo

Por el aire los pájaros tan sólo
van,
por el día las nubes siguen
remando cielo, lentas, como brazos abriéndose,
pero una carta vive en las cenizas
y en el escombro liso de los ojos.

Pienso en papeles blancos, dóciles,
busco claras palabras que decirte
en los oídos
ahora que un viento breve se enredará en tus manos,
manos que se reposan en las cosas
que tocas como el golpe de la nieve,
los manejables nombres:
carta de amor, manzana,
vaso de agua cerca de los labios, cosas
que amas y bendices
sus más felices formas allá lejos.

Llega un cometa tuyo y familiar
mientras escribo,
reluce rápido, toca mis rodillas
y tiemblo
como un parque al cumplir un nuevo otoño.
Mientras escribo ensancho la memoria,
me voy allá hasta el pueblo por el campo
con casas pequeñísimas y barbechos en fondo,
con arados allá a vista de pájaro,
-arados escribiendo a Dios derecho-
me entro por las viñas vareadas,
por patios blancos, limpios,
cubiertos con la parra y las bardillas,
entre mujeres, niños y gallinas,
carreteras que están quietas y llegan,
nubes que se despintan, sol que muere
igual que las bombillas de los pobres.

«Estoy aquí en Madrid con el otoño
y hasta que estén los ciervos de regreso
te espero;
no me atrevo a abrir puertas,
por si estás más hermosa temo verte.
¿Estás allí contándote milagros,
creyendo ver o viendo a Dios de súbito?
¿Sigues rezando
porque se estén las piedras quietas,
por la metralla nula y los cohetes
de las ferias pacíficas del pueblo,
pidiendo pan,
dando tu Padrenuestro a cada pobre
que aprendió a ser ateo y pasar hambre?
Tú estarás siempre por la luz del pueblo
mirando hacia el destino alto del humo,
al lento repetirse del aire en los tejados.
Yo estoy aquí sin ruido y sin quejarme,
sin este hermoso octubre en tus aceras
ni el horizonte aquel o de un analfabeto;
aquí estoy
viendo el viento que arrastra los papeles
humildes por las calles,
a punto de estar solo para siempre.»

Bendito sea el camino
por donde van los pájaros tan sólo,
alabada seas tú
porque sabes vivir a pecho abierto,
porque sabes estar con las espigas
con lo difícil que es mirar el trigo.
Alabada seas siempre,
lucientemente hermosa,
andando por tu casa de tareas
cantando con las manos ocupadas,
que bien estás soñándote
primera predilecta de la Virgen,
puesta en medio de muchos resplandores.

Qué hueco más profundo es la esperanza,
qué cubicado modo de quererte
estar aquí pensando:
«tengo que reunir unas palabras
para escribir lo poco que le escribo».
Termino ya, mi amiga, temo hablarte
de tantas cosas tuyas;
desde aquí
siento cómo el cartero del silencio
deja un ídolo humilde entre tus manos
hecho de la madera de algún chopo.

"Una señal de amor" 1958






Compañera

(Tan conocida y tan extraña)

Amanecí una vez cerca del río;
venia un ciervo tuyo
con la bella cabeza hecha un desorden,
miré y colmabas
los recipientes del sol.
Espadas del otoño
y el sereno limón de tu ventana,
retaron mi corazón fiado en su ternura.
Tapia que gana el empujón del viento,
fui vencido. Quedé solo en la noche,
quedé mirando el mar a tientas
de mi alma.

Apenas sé tu nombre, si estás lejos,
apenas si te escribo, si te refiero
y amo.
Te quiero siempre esposa reducida
para decir «mi compañera,
con tus lastres más íntimos me hundes,
la señal de la siembra hacen tus manos
cuando toco tu cuerpo;
frente a la vida estamos;
difícil alpinismo es esta historia».

Qué levantada gracia estar contigo,
compañera,
de ti depende que la luz sea clara.
Por un subir de montes a diario
voy
ajeno a los romeros para verte.
Bien sé lo que te quiero:
ciego condecorado en los dos ojos,
más humano que un pájaro con frío,
a la vida me eché para quererte,
a la vida me eché como quien roba
oro para la imagen más querida.
Hay que tener más rabia que un bandido,
más horror que un suicida
y más furia que el mar,
ser
más frío y más pacífico que el hielo
para tenerte cerca y no apurarte
como un sorbo de agua.
Se conmemora en piedras el olvido,
es demasiado el tiempo para el que ama.
Cuando un amante se retira o muere
y alguien quema unas cartas
que se pusieron amarillas pronto,
a la cuarta pregunta nos quedamos
un poco más que polvo para el viento.

A la desesperada
luchan la muerte y los enfermos pobres.
Aquí avizoro,
el descampado aguanto
como el frutal debajo del pedrisco:
Tú allá cruzas el pueblo
morena clara y rápida,
dejándote vivir y siendo hermosa
para que el agua de mi fiebre suba,
para que se me aumente el corazón,
quizá para que muera.

(Una señal de amor, 1958.)








El cielo aquel pintado con tizas de colores...

El cielo aquel pintado con tizas de colores;
el sol que se empozaba tantos jueves
para los largos temporales
"Cuando se empoza el sol en jueves,
antes del domingo llueve..."
Aquellas calles largas con carros y viñeros;
el pregonero del Ayuntamiento
y el tío del "rabiche"; el carro
del "alhigue" cuando los carnavales;
las barberías con aquellos frascos
llenos de sanguijuelas coleantes;
el miedo de las noches del invierno
desiertas por el cierzo y los fantasmas;
las uvas, las espigas, la Glorieta,
la feria, el corralazo de los títeres...
¿Era aquél Tomelloso?
¿Era yo aquél, aquel de por entonces?
No me recuerdo bien. No tengo pruebas.
Era antes de la guerra. Mucha gente
no viviría bien, seguro, pero
el tiempo de los niños es hermoso,
y aunque la vida va a su mejoría
-según dicen- y hay tantos nuevos sueños:
viajar a la luna y los planetas;
inventar pan para que no haya pobres,
nueva fe en nuevos pechos,
aquel tiempo consuela a los que fuimos
niñez y luego muerte en nuestra infancia.
Antes que lo perdiéramos,
aquel niño de todos y de nadie
jugó por todo el pueblo, entre bidones
y cubas y trujales, en las fábricas,
en las destilerías de alcohol,
donde el vino zurría y se quemaba,
mientras nosotros -aúpa- nos saltábamos
montoneras de orujo, eras de lías.

Y el campo, ¿cómo era
antes de que aquel cielo, aquellos hombres,
se fueran a la guerra para no volver nunca?
Vendimiadores tiempos,
una vez en las viñas, vendimiando, una noche
-quiero acordarme, pero ha tanto tiempo-
en la pequeña casa, acabada la cena,
todos bien avenidos se embromaron,
se tiznaron jugando al "San Alejo",
con la sartén tocaron seguidillas
y jotas a la luz de los candiles;
y luego se acostaron en-parva por el suelo,
que ya no se cabía
sino en las alambores y en la cuadra.
Eran caras alegres como nunca haya visto.
Era antes de la guerra y yo tenía
de cuatro a cinco años.
Muchos ya no volvieron para echar hato los lunes
para irse de semana, de vendimia.
El cielo no volvió ni fue ya claro.
La gente se hizo dura,
y a los niños dejaron de querernos.
Y nosotros, mis primos, mis amigos,
no volvimos tampoco de la guerra:
de repente crecimos, fuimos otros,
nos perdimos igual que se perdieron
de vista, hacia el Oeste, tantas cosas.







El encuentro

A cántaros se han hecho los mares para un niño;
con los besos no dados, el amor verdadero.
Hoy sé que por ti he sido capaz, Marisa Sabia,
de levantar a pulso, espuerta a espuerta,
un cerro o una torre,
un chorro de silencio incontenible
hasta subir al infinito y verte.

Te he visto hacia el amor, la fe y la dicha.
Y encontrarte, Marisa, el sólo verte,
ha sido el pan y el premio que ya no me esperaba
después de tantos años de amor falso,
sueño a crédito y ruina.
En la vivida feria tengo visto
brazos, piernas, caderas, pechos y ojos
más chicos y mayores que los tuyos. ¿Qué importa?
Acaso tan difíciles, otros más cariñosos.
Algunos -¿cuáles de ellos?- he logrado tenerlos,
muy fácil: por dinero o por dolor.
Tú me has costado más que todo junto,
que hasta ti he consumido los días de mi vida,
mi obrero corazón, las dioptrías restantes.

Cuento en versos las horas desde que te conozco,
y hoy, al pensar en ti, pregunto: ¿cómo eres?
Hablo sin hacer ruido: ¿dónde estabas?
O estás un poco enferma,
o tienes un examen, o te callas, o fumas
viendo tendida el río del tiempo consumirse.
Yo sigo todo un curso de fe. Tú miras, piensas;
te marchas a tu pueblo; vuelves, dices
con tu voz que se escucha venir convaleciente,
con tu raza y tu línea de judía castellana,
igual que los frutales apuntando,
las estatuas más bellas
y el color sefardí de tu garganta hermosa.

Para poder quererte y no morirme
creí en sueños, atrás, hacia adelante,
tomé oficios hermosos. ¿Cuánto hace
que aré por ti y segué, corté racimos de uva,
teché tu cuarto entonces, abrí balconerías
directamente dando a la luz de tus ojos?
Desde que el mundo fue corazonándome,
filmé a oscuras los versos que esta noche te escribo;
para poder quererte como ahora,
tomé trenes en marcha cada día;
viví por ti, gané el jornal exacto
para el café y los libros... Vuelvo a entonces:
según qué horaje hiciera, percanzaba
lumbre, lluvia o sandías,
luz candeal y agua para estar contigo.
No te extrañe esta historia:
otros que en nuestra sombra se han amado
y que quizás murieron por nosotros,
saben que esto es verdad.

Marisa, escucha, dime:
después de conocernos esta tarde,
¿no es hermoso y terrible que la muerte
alcance a destruirnos
y trasladarnos puros y borrarnos?
Mientras tanto, Marisa Castellana,
sóplame entre los ojos,
que te puedan ver más. Haz que te mire,
alcance a ver tu corazón, recuerde
y sea todo distinto.
Guizca fuerte en mi alma
y deja que te bese los labios y me muera
al tener que dejarte, ir al trabajo,
a las calles, al Metro, a las tabernas,
a las tertulias del café..., a la vida
Que me espera después de conocerte.

Marisa Sabia y otros poemas, 1963







El pan

A Salvador Jiménez, con el ofrecimiento
de mi amistad y mi poesía...

(Puesto sobre la mesa el pan premia y bendice.)

Poned el pan sobre la mesa,
contened el aliento y quedaos mirándolo.
Para tocar el pan hay que apurar
nuestro poco de amor y de esperanza.

Mirad que el pan, entre el mantel,
más blanco que el mantel de hilo blanquísimo,
tiene, como señales de su hornada,
el último calor que no da el sol al trigo.

Mientras que nos invita,
mientras que da su premio conmoviendo
de dichosos temblores nuestras manos,
podemos merecer el pan de hoy.

Poned el pan sobre la mesa,
al lado de los vasos de agua sensitiva,
por donde el sol se posa mansamente
cribando luminosos los pequeños insectos
que encuentra en esa anchura que la da la ventana.

Ved que el pan es muy amigo de los niños y de los pájaros,
con sus blancas miguitas que se esparcen pequeñas,
en donde se atarean los pobres gorriones
y las palomas zurean y aletean
en la tranquilidad de las plazas y de las fuentes,
las mañanas limpias y soleadas,
cuando están los relojes diligentes, atentos,
porque las campanadas suenan muy dulcemente.

Ved que el pan es rugoso y recogido
y tiene los colores más humildes,
y puede compararse a todas las virtudes
y hasta a los cabellos blancos y piadosos de un anciano.

Poned el pan sobre la mesa,
junto al vaso de agua...
en esos momentos los que amamos pueden llegar,
pueden llegar empujando las puertas y quedarse maravillados,
porque el pan es el mejor recibimiento
cuando los que queremos llegan a nuestra casa.

Para pensar en la mujer que amamos,
estando a solas reencendiendo su recuerdo,
el pan purifica el sobresalto y el remordimiento,
y podemos pensar en nuestros hijos
y elegirles los mejores, los más bellos juguetes,
y el pedazo de pan con la sonrisa torpe
del padre que quiere besar y abrazar mucho a su hijo
y no sabe de qué modo tocarlo.

Ay, también, los mendigos
con las manos extendidas a nuestra caridad,
que es lo mejor de ellos y de nosotros.
Mujeres
que tienen muchos pobres hijos pobres,
que los ojos les brillan mucho y los pómulos les escuecen,
que los cabellos se les enredan de bajar y subir hijos
del suelo.
Y porque los criminales y los renegados
aman el pan y a sus madres,
y porque los suicidas nunca cruzan los trigos,
y porque casi nadie lo mira sin llorar
a la hora de tener que confesar las culpas.

Poned el pan sobre la mesa,
junto al vaso de agua;
ponedlo con solemne esmero sobre la mesa
por ese sitio donde el sol dora el mantel, hilo a hilo,
y decid a los vuestros que se sienten
a rezar el Padrenuestro
de la comida en paz.







La despedida

«Adiós, hijo, ya no nos volveremos a ver.»
(«De una carta de mi padre».)

Como el olvido es malo, nunca olvido;
han pasado estos años... Ahora veo
que es necesario hablar de despedirnos,
de un documento extraño que se firma
para dejar de ver a los que amamos.

A solas pienso: «esto tan ancho sé que no es el mundo,
ni esta sed, este silencio;
la gran apuesta, la esperanza .
de la victoria entre pared y pared tampoco».

A todo esto, padre,
verás cómo no puedo despedirme.
La vida es la noticia que no se puede olvidar
más fácilmente;
verás cómo no puedo decir nada.
Vivir, seguir
esta perdida apuesta es lo que importa
aunque estemos en medio de la calle
sin nada que vender ni que ponernos.
(Entre las cosas viejas de la casa
tu tapabocas roto, tu boina,
ropas tuyas
tan cargadas de tiempo; y aquella carta
que pareciera cursi si no fuera
porque es tan de verdad.) A todo esto...

«Hay que ser generosos,
los demás están solos, necesitan
que alguien se ocupe de ellos
porque el amor más mínimo les falta;
amamos poco al hombre», tú me dices.
Leo tu carta pensando
que siempre he sido un torpe y que no he visto
cómo eras tú hasta ahora que me faltas.
Aquellos ojos en mis ojos, música
entre los dos, y aquellas manos,
no los pude apreciar porque hasta entonces
vivíamos sin un luto.

Bien recuerdo las cosas:
si íbamos a comer, estaba madre
atareada y fuerte entre nosotros;
bien lo estoy recordando...
nos iba así la vida y yo era un niño
en libertad en las calles de su pueblo
que mirando a su abuelo pensó en Dios.

No amamos bien al hombre.
Recordando aquel pan y aquella cárcel,
viéndote emocionado,
fiado en la verdad, claro, indefenso,
he vuelto a deshacer la despedida
para que ser tu hijo sea decirte
que no estás sin amor .

No me despido.
La temblorosa rúbrica de irse
hoy la recojo de tus manos, padre;
que no te olvido en la desgracia, no.
Sosténme,
sepa tu corazón, si ahora me escuchas,
que eres más bueno cada vez y que amo
la pequeña limosna de mi vida
antes de despedirnos para siempre.







La diosa

Cuando filmo en mi frente tu figura
y reúno las tardes y tu cara
en un fanal bellísimo, ya en sueños,
como en un cine mágico con niños,
todo forma un mural maravilloso:
la belleza me da, de parte tuya,
todos sus golpes en el corazón,
y entonces me parece propiamente
que amarte es convivir con una diosa.

Cuando digo tu rostro sin un ruido
en un mundo de amor. mundo del mundo,
veo, Marisa, aquel racimo virgen
-tus dos uvas solares- al apego
de su viña, latiendo palpitante
en mis manos que anidan la cosecha.

Siento tus labios que fermentan cerca
de los míos, tanteando entre las sombras
de aquel tiempo invencible, escucho luego
el dolorido corte, el ruido que hace
el cuerpo de una diosa que se entrega.

Ahora vivo contigo de memoria;
proyecto tu recuerdo, cine dulce,
que morirá conmigo, si es que mueren
las imágenes puras en su reino.

"Marisa sabia y otros poemas" 1963







La mancha al sol

La Mancha: surco en cruz, ámbito, ejido,
parador del verano, en cuya anchura
un ave humana vuela a media altura,
ya tantos años viento azul perdido.

Hacia el otoño, surco en el olvido,
uva yacente, el campo en su largura
recuenta soles, siglos, y madura
el paisaje en el tiempo repartido.

Recuerda sus molinos, al rasero
mural del horizonte todavía,
espejismos de lanza en astillero.

La Mancha frente al sol: una sandía
de corazón quemante y duradero
frente a un circo de cal y lejanía.








Ocaso

El hombre hacia el Ocaso es una hoguera
que el viento -el tiempo en crines extendidas-
arrastra a galopar lejos, sin bridas,
como un caballo oscuro, a la carrera.

Como una oculta nave timonera
repta sus aguas. No sabe qué heridas
le duelen más, qué muertes ni qué vidas,
sólo como una piedra de cantera.

Lleva un trozo de amor deshilachado
en los bolsillos, sueña el ciego anhelo
de encomendar a un hijo esta aventura.

A veces es un perro apaleado
que arrastra su dolor, pegado al suelo,
oliendo ya su propia sepultura.







Poema para una amiga muy bella

Bella te digo porque así se llaman
esas mujeres que han nacido
para la vida siempre: dulce y ácida.
Tú eres la colorada piel, la fruta,
la pierna, el pecho soberano que alzas,
pequeña porque así son los naranjos,
blanca y morena, 0 sea, cálida.

Amiga, ¿es la amistad la que nos manda
o acaso es el amor? Las dos preguntas
tienen en sí respuesta dada.
Si la verdad llegara a verse un día,
si nuestra fe se confirmara...,
pero no, amiga mía misteriosa,
que las palabras siempre engañan.
Que las palabras no sonríen nunca,
que eres tú la que ríes, dices, andas,
pones luego los ojos apartados,
muy expresivamente callas.

En estos tiempos sabe todo el mundo
guardar la ropa cuando está mojada,
hurtarse, dar olvido, fingir burla
del sentimiento porque es lágrima.
Por eso siempre estamos tan contentos,
tan campantes, tan fuertes -¡tiene gracia!-;
por dentro va la procesión, lo dicen
los gestos bruscos, las miradas.

Cuerpo de uva garnacha,
hembra de vino fuerte y alegría,
bella mujer de amor y madrugada.
Haces, querida amiga, maravillas
para evitar heridas, para
que no te vea tan hermosa, ¿sabes?
tan femeninamente en cuerpo y alma.

Y así está el pueblo de suspiros, sueños,
besos dados al rostro de la nada,
así estoy yo y así los que no quieren
confesarse que te aman.
Da miedo ver tan cerca la hermosura
cuando está viva y quema duele tanta
pasión, que así se llama, contenida
a penas duras, tiempo y trampas.

Muy bellamente estabas
cuando mis ojos una vez. Ahora
en el recuerdo vives clara.
Si se leyeran las cenizas luego,
que dicen, arden más que muchas brasas,
si alguien pusiera en claro nuestras vidas
fondo común de la desgracia.
Pero la muerte mete tanta prisa,
somos tan poca cosa, tan lejana
queda nuestra ciudad, sin nombre apenas
nosotros y los nuestros, nuestra casa...

Tus pies, tus manos y tu cara.
La tela del vestido, oh, dulces olas,
redondas islas cubre con sus aguas.
Seas amiga si la tarde, el tiempo,
corre a su puesta como el sol; hermana
si desvalidamente sufres; novia
si me recuerdas en la distancia.

Eres muy lista, mi pequeña,
eres la niña cariñosa y mala
que descubre de pronto a los mayores
todo lo que les pasa.
Temo que te sospeches cuánto he puesto
mis brazos hacia ti, cómo esperaba
volver a estar contigo, sin que nunca
me vieras cuando te miraba.

Los secretos no sé por qué se guardan;
y este secreto no interesa a nadie,
la vida es sólo cotidiana.
Pero yo escribo para ti estos versos
aunque no tengan importancia.
Mi bella amiga, ¡muchas gracias!







Tiempo arriba

¿Cómo podrás estar, querida Sabia,
sufriendo con tus ojos todo el día
tanto torvo mural, volada reja,
-comiendo como un pájaro en la nieve-
sonriendo y haciendo que no has visto
tanta pared gritando: «prohibida
la vida», sí, la gran envenenada?

¿Cómo sucede así, querida mía,
sin que quiebren las cosas más hermosas,
sin que el mar caiga al punto en la ruina,
el pan no sea ya el pan, la luz se seque,
y yo no muera o de repente tome
un camino y no sepas de mí nunca ?

Marisa Sabia y otros poemas, 1963.







Tú y yo en el pueblo...

Es todo bien sencillo. Nuestro pueblo
con sus tejados, sus barbechos surtos
en la orilla del campo, el sol colgante,
la torre de la iglesia, nuestras casas,
ya estaban desde siempre por lo visto.
Todos estaban antes, ¡qué sencillo!
Nuestros padres, los suyos, los parientes,
aquí estaban; las viñas daban fruto
al cobijo del llano, hacia septiembre;
explotaban de rojas las sandías
y los membrillos lo aromaban todo
mientras el vino nuevo ardía en las cuevas,
en las tinajas roncas y en los cántaros,
y no habíamos nacido, compañera.

Nunca se tuvo la fe suficiente
para entender a un niño. Por entonces
la vida estaba azul para nosotros.
Oh niña dulce en Tomelloso aquella,
qué tiernecito corazón el tuyo
mientras la guerra... Huelo aquellos años
como el mejor perfume. Ángel nacido
que fuiste tú, y yo el muchacho serio
que, sin saberlo, yendo por las calles
pasa frente a tu puerta y te conoce.
Ah tiempo recordable, sombra izada
como un mal sueño en nuestra juventud,
¿todo ha sido verdad? Qué gran sospecha
nuestra vida pasada allá en el pueblo:
sus fiestas de guardar, sus romerías;
las ferias de septiembre (cuando llevan
los viñeros, los pobres, a sus hijos
Con los zapatos nuevos, que no pueden
andar, ilusionados...); los inviernos
con nieve y con amigos que regresan ;
el pueblo con gramberros por las calles,
gamberros como hermanos, cariñosos,
bromistas del petardo y de los dichos
gordos y hasta poéticos a veces.

Puestos a recordar, hemos venido
de visita a este mundo insatisfecho.
En las tardes del pueblo, sueño que urde
la lejanía en soledad del mundo,
hemos amado tanto en otros seres,
en años, quizá siglos, tantas veces
te miré ensimismado, emocionado,
que hoy ya no es necesario, compañera,
amor mal recobrado, que te diga
cuánto te quise en nuestro pueblo, a solas.

Recordatorio, 1961








Último poema de amor

Ayer fue amor. (Ayer, amor, ¿qué ha sido
de la emoción aquella?). A la mañana
amaneció en mi frente un sol venido
desde muy lejos, desde tu ventana.
Hoy te hablo, amiga, en nombre de estas manos
y estos ojos perdidos de hombre ausente
que en ti soñó sus sueños más cercanos
y comprendió la vida de repente.

Amada lluvia fresca en los caminos,
tú ayer estabas en el mar, venías
a hacer los aires tuyos femeninos
desde aquel reino donde tú vivías.
Hoy pareces estar -oh, sueños vanos
de ser y estar aliado de la gente-,
hoy pareces estar convaleciente,
parapetada en mundos sobrehumanos.

Uva de piel radiante, los racimos
hacia tus labios van dando un viraje
desde la tarde aquella que estuvimos
mirando juntos hacia aquel paisaje.
¡Oh, verdades hermosas escondidas!
Tu cabeza inclinada, tu cabeza
vencida por la luz por sorprendidas
palomas y alas dulces de belleza.
Has ilustrado tantos claros días,
has paseado tanto amor... Quién sabe
si ahora te vuelves a esas lejanías
y amas tu corazón aquel, quién sabe.

Hoy quiero amar al tiempo que has tenido
alrededor cuando eras niña apenas;
fuiste entonces tanto, tanto he sido
y ahora somos pasado a manos llenas.
Hoy quiero amar la vida en tu memoria.
Deja tú que la vida represente
sus diminutos dramas y haga historia
de cosas que no son eternamente.
Deja pasar los años... No se evade
la fe con la ceniza pasajera.
No fíes de este mundo, Que traslade
la muerte nuestra sombra verdadera.
Seremos fondo y forma de energía,
cosas de tierra en sí cristalizada.
Al final todos juntos giraremos
al aire y al silencio de la nada.