lunes, 30 de diciembre de 2013

RODRIGO CÍRIGO [10.802]


Rodrigo Alberto Círigo Jiménez 

(Ciudad de México, 1992). Es poeta, orador y traductor. Obtuvo el primer lugar en el VI Concurso Nacional de Expresión Literaria “La juventud y la mar”, por el estado de Michoacán (Semar-Conaculta, 2006). Ganador del Primer Concurso de Oratoria del Sistema Incorporado (UNAM, 2008). Primer premio en la categoría de Traducción Literaria del Concurso 39 de la revista Punto de Partida (UNAM, 2008). Mención especial en el VII Shakespeare Competition (TAMF, 2009). Miembro del jurado del International Speech Contest (TI, 2009) y del consejo editorial del periódico Reforma. En 2010 participó en el Shakespeare Schools Festival. Ha publicado en revistas impresas y electrónicas como Ágora, Boletín Editorial de El Colegio de México, Círculo de Poesía, La Cigarra, La Hoja de Arena, Opción y Punto de Partida. Forma parte de Telescopio: Antología de escritores nacidos en los noventa (Alabastro, 2013).



UN CRISTAL QUE AÚN NO EXISTE

los barcos se hunden sin cambiar su curso

el sol se desvanece
pero no abandona la claridad

los zopilotes disecados
siguen perteneciendo al aire

somos dibujos de vapor
en un cristal que aún no existe

sin número sin rostro
como manzanos que se extienden

hacia la tierra acontecida



OCULTA TRANSPARENCIA

tu piel cubierta de rasguños
ríos finísimos apariciones
tu piel fecunda el hierro
anterior a los volcanes al primer tórax
que masticaron las lombrices
el ritmo de tu piel
maderos que unen puntos
como señas de gis o como andamios
limpias agujas
rostros que se confundirán
casi hojarasca
tu piel oculta transparencia



OIGO A LOS HÉROES

                                            (Para Alonso.)

oigo las gallinas sacrificadas
oigo calzones de origami
oigo la sed y su transporte
oigo a los héroes masticando

y creo que el amor es poca cosa
cosa de puercos
como escribió lizalde

oigo el alma reducida a un termómetro
oigo el placer de un filete grasiento
oigo también tu pecho detenido
tus manos y el silencio que se instala
cuando ahogas la luz y me desvistes



UNA BOTELLA DE LYSOL

(sobre esa escena que no pertenece a Allen Ginsberg)

éste es un torso para vachel lindsay
el hombre hotel de paso
los hematomas de azafrán
el corazón aguijonado en una azotea

éste es un torso
para su “pocahontas nuestra madre”
su “ por qué voté por los socialistas”
y aquel “modesto pájaro del jazz”

éste es un torso para vachel lindsay
mientras bebe una botella de lysol
como quien mira el sol y piensa
que la felicidad tal vez dure para siempre


a.


Estar aquí no es presencia; es olvido.

Estar en la misma calle (el pasto húmedo, las palomas,
un paquete de cigarros que el sol ha desteñido).
Estar como quien reza,
en cuclillas detrás de los arbustos,
para que su espera no sea en vano.

Perpetuar, sin saberlo,
la agonía de unas piernas desnudas,
cubiertas de hierba, enfrentadas,
es justo lo que nos han advertido:
cuando cerraban las ventanas
para obligarnos a evitar la lluvia,
era éste su temor, ésta su desesperanza
(los demonios, las trampas,
la insuperable atrocidad del mundo).




b.



La imagen de un periódico

que muestra el puente derrumbado,
dibujos de vapor en los cristales,
el mar otra vez sobre las hamacas,
sólo son estaciones del olvido.

Y tu ropa doblada,
tu cuerpo hundido en el sillón;
estás fumando
y ves que afuera empieza a oscurecer.

No sabes, no sospechas:
también ha llegado la noche
al pequeño cuarto donde dormimos.
Crees que basta dejar la luz prendida
para hallar lo que buscas,
pero ya ha pasado la hora.

Es tarde para ti,
para nuestra complicidad,
para la nueva rama del granado,
pues no está aquí para ser
rama y luego flor, luego fruto;
la rama está aquí para pudrirse.

«Lo que ocurre es ya venidero»
–¿recuerdas la lección?–
eso significa que estar aquí
no es presencia ni es muerte;
es olvido, el olvido.



c.



Saliste de puntillas

para no despertarme.
De puntillas, con los zapatos en la mano,
las briznas se clavaron en tu piel
cuando cruzaste el césped.

Seguías la trayectoria de un pájaro
que fue a estrellarse en las cortinas
o el viento, la tranquilidad del viento,
o tal vez buscabas otro paquete de cigarros.

Cuando volvió a ser de día,
las pistas eran claras, inequívocas,
así que abrí el periódico
y me escondí entre los arbustos.

Las mismas palomas azules,
sobre todo la misma calle,
su semáforo descompuesto;
calle donde jugábamos a desobedecer
y a abandonarnos,
hasta que el juego dejó de ser juego
y entonces calle solitaria,
siempre vacía.

Espero aunque nadie va a regresar,
porque quizá nadie se fue
o nadie llegó; nadie estuvo nunca aquí.

El día que pases por esta calle
seremos exactamente los mismos,
pero no podremos reconocernos:
lo que ocurre es ya venidero
y estar aquí no es presencia; es olvido.




Contornos (poema circular)



Para M.R.R.H., en distancia y en anhelo.




rodamos por el pasto, en las calles,

limpiamos el amor, no esperamos;
tu boca, tus zapatitos rojos,
comienzan a explorar el subsuelo,
me arrastran hacia ti – estamos juntos

tiempo harto de ser tiempo, una luna
sorda desbarata las ciudades,
rascacielos de savia y hojarasca;
la orquídea por fin crece, riega
este cuerpo unido desde el fuego

nos enfrentamos a la distancia,
buscamos nuestro olor entre andamios,
mordemos la sed, la selva antigua,
y ya somos, de nuevo, dos tigres:
rodamos por el pasto, en las calles…




ICEBERG SIN EL TITANIC



Respuesta a un tema de H. M. Enzensberger.

(Para ellos, bajo las plantas de café.)


¿Pero quién ve el iceberg?

Los raspones       las magulladuras
los copos de nieve mutilados
Se derritió el núcleo       la raíz
los iglúes       las focas       los témpanos
el suelo entero       para siempre desnudo en medio del agua
Ese destrozo       antes del mantra del calentamiento global
selló la victoria del verano
¿Y quién habla de eso?
El iceberg va a ciegas con sus llagas
canceroso se arrastra por el océano
sanguinolento       casi un cadáver
Pero sólo hay misericordia para el barco
la mancha de aceite y óxido
extranjero entre todos los extranjeros       el invasor



ELOGIO DE LA SED



a veces me aburren sus cartas,

las fotos donde aparecemos juntos,
de modo que lo espío
con un vaso de agua en las manos:

mi novio y su olor a pan negro,
mi novio comiendo aceitunas,
mi novio vestido de perro dálmata
y sus Más, por favor, no te detengas;
mi novio un aneurisma,
un helicóptero fosforescente
desgarrando la medianoche;
sus costras, su holocausto, su cintura,

todo, pues, todo
cuidadosamente pulverizado,
disuelto en el agua que bebo a sorbos
como hacía él, cuando era mi novio



ESTAMPA DE SANTA MARÍA LA RIBERA



no pertenece al aire,

es hoja que se niega a desprenderse,
a hundirse en el pasto recién cortado;

sorda a las estaciones,
insecto bajo el ámbar,
pluma de águila en un separador,

se enfrenta al aire, lo reniega,
permanece en el aire,
malherida, inasible, la ventana




DINOSAURIO DE GELATINA



cuando ayer viste a un hombre

arrancar con los dientes
la cabeza de un dinosaurio de gelatina,
dijiste Ya no puedo más, el mundo es horrible,
y te fuiste a hacer la revolución;

tú, cuando ayer,
el héroe, el único,
el ruiseñor de Heine
antes de dios, por encima de dios,
el primer alfabeto,

dispusiste tus armas:
los volcanes activos, las jóvenes secuoyas,
el sombrero de explorador,
y sentiste lástima, cuando ayer,
antes de morderme los labios


LAS ALAS DE LOS MURCIÉLAGOS


clavamos en las alas de los murciélagos

pequeños alfileres azules
que representan las veces
que soñamos con volar,
con tener un cuarto
suficientemente grande
para nunca dormir solos

mientras, lejos de donde estamos,
después de cepillarse los dientes,
un niño se disfraza de Batman,
sube a la azotea, brinca,
sobrevuela los anuncios luminosos
y abajo llueven sus vísceras:
el murciélago, el murmullo, la muralla






.

FRANCISCO PINILLOS FIGUEROA [10.801] Poeta de Guatemala


FRANCISCO P. FIGUEROA 



EL POETA DE " LA MARIMBA"


FRANCISCO PINILLOS FIGUEROA

Nació en Guatemala, el 12 de mayo de 1882. 
Murió en La Ceiba, Honduras, donde era propietario de una farmacia, en el año de gracia de 1952. 

Siempre me intrigó conocer el misterio del segundo apellido del poeta guatemalteco-hondureño, Francisco P. Figueroa. El misterio lo resolví por casualidad, mientras devoraba el interesante  libro onomástico "Who is who in Latin America" (1945). Allí descubrí que el célebre autor del poema "La marimba", usaba como primer  apellido el  de su madre: Virginia Pinillos, guatemalteca. Su padre fue el hondureño Marcos Figueroa. Francisco Pinillos Figueroa, nació en Guatemala, el 12 de mayo de 1882.  Con el correr de los años Francisco siempre escogió ser Pinillos Figueroa. No se llevaba mal con su padre, pero él así lo quiso y se le conoce de esta manera.  Era un joven revolucionario cuando Manuel Estrada Cabrera comenzaba su tiranía. Así que el joven poeta parte adonde está su padre en Honduras y allí estudia la secundaria, y luego se recibe de licenciado en Ciencias Químicas y Farmacia en la Universidad Nacional de San Salvador en El Salvador.
Juan Elías Flefil, un compañero suyo a quien conoció en San Salvador, y al final, su antólogo, cuenta que en una oportunidad, cuando se celebraba el fin de año de 1910 y sabiendo su afición a las letras, le pidieron que escribiera algo para recitarlo en el momento del cambio de año. Francisco se apartó a una mesa de esquina del gran salón y allí compuso inspirado en los hermanos Hurtado y su marimba, quienes en ese momento tocaban un vals de moda. Fue así como compuso "La marimba", uno de los poemas más representativos del modernismo centroamericano y al mismo tiempo una composición hacia todo lo que en ese momento se estaba viviendo en su país natal, Guatemala. 
 Pinillos Figueroa solo tuvo un reconocimiento a su talento en sus 68 años de vida.  Fue en La Ceiba, Honduras, en donde se le otorgó una velada en su honor y se le hizo vestir la corona de laureles, reservada a los grandes vates. Corría 1943. Siempre tuvo problemas económicos, quizá debido a su numerosa prole. Tuvo siete hijas y dos varones, nueve en total, con su esposa, la señora Guillermina Barahona, pero supo solventarlos trabajando por toda Centro América hasta que, según su hijo Marco Francisco Figueroa, en 1949 Juan José Arévalo, que por esos años era el presidente de Guatemala y conocía  su talento, lo mandó a traer de Panamá a su patria.
De su vida particular se conoce muy poco. Algo dice el libro que fue publicado en Tegucigalpa en 1968, una compilación de algunas de sus poesías. El librito tiene 92 páginas escritas. Estas son de corte modernista, preciosista y muchos dedicados a los lugares donde vivió. Está presente Francia, los aromas de la nostalgia, la tristeza, la belleza femenina y las composiciones que hicieron famoso ese movimiento poético, versos de grandes metros, combinados a veces con otros densos y rígidos. En Guatemala es casi desconocido. Sin embargo el poema "La marimba" sí se conoce. Argentina Díaz Lozano escribió en "El Imparcial" sobre este poeta. También aparece nombrado en 1996 por Andrés Alvarado Lozano en "La Prensa" de Honduras, y más tarde, en 1999, Julio Caballeros Galindo lo recuerda por su famoso poema en su columna "Del Lector"  ren el "Periódico" de Guatemala.
Pinillos Figueroa, murió en La Ceiba, Honduras, donde era propietario de una farmacia, en el año de gracia de 1952. Hojeando su "Antología poética", publicada en forma póstuma en 1968, podemos rastrear, a manera de bitácora, los lugares donde escribió y vivió, pues acostumbraba fechar sus poemas. Por ejemplo, entre 1899 y 1914, vivió y escribió en El Salvador. Entre 1936 y 1939, su producción se vió fechada en San Pedro Sula. En La Ceiba, sus poemas se encuentran fechados entre 1933 a 1944. Mientras tanto, en Panamá, fechó sus poemas entre 1946 y 1948.
http://josegonzalezparedes.blogspot.com.es/2012/02/francisco-p-figueroa-el-poeta-de-la.html





LA MARIMBA

Lentamente,
lentamente cual si fuera
una gota que cayera
desde el mármol de la taza de una fuente,
tal preludia la Marimba una extraña sinfonía
saturada de amargura y de cruel melancolía
con sus teclas de madera…
Yo no sé qué obscuro arcano
de tristeza hay en lo hondo
de su música salvaje, que palpita allá en el fondo
de sus notas, como queja
dolorosa,
como un gemido humano,
como un dolor latente,
como algo inexplicable, infinitamente triste…
Es el alma de una raza, de una raza que no existe,
de una raza ya extinguida, libre, indómita y valiente…
Es el alma de Votán
de Atlacatl y de Lempira,
que en la música suspira,
es el alma de los indios que mandó Tecún Umán,
siempre, siempre a la victoria,
siempre al triunfo y a la gloria;
es el alma brava y fuerte
de aquel fiero luchador
que encontró gloriosa muerte
en la punta de la lanza del feroz conquistador…
Es la pobre raza extinta
de Imperio Cachiquel;
es la raza de aquel pueblo que dejó con sangre, tinta
la antes clara linfa pura del gran rio Xequijel.
Es el alma de la raza de los grandes sacrificios,
triunfadora en mil combates, triunfadora
hasta el día en que los tales con engaños y artificios,
redujeron a ignominia,
a infamante vasallaje.
Esa raza es la que llora,
que solloza de coraje,
de despecho y de impotencia en la música salvaje
de la nota plañidera
del indígena instrumento de teclado de madera.
Escuchad la sinfonía
de cruel melancolía,
escuchad qué sentimiento
el que vibra entre las notas del indígena instrumento,
nunca ríe, nunca canta;
es cual pájaro cautivo que jamás cantó alegrías,
ni jamás de su garganta
ha brotado más que el lloro
de sus tristes elegías,
en las frías
soledades de sus cárceles de oro…
¿Qué le importa a la vencida
raza muerta vuestros dones, vuestra lengua
que no entiende? ¿Qué le importa que en nombre
del Dios Bueno, del Dios-Hombre
arrasarais sus altares, si para ella es mudo el cielo,
si es su vida
sólo oprobio, cautiverio, sólo mengua?
¿Qué le importa? Ya no es de ella el rico suelo
Que regaron sus mayores con su sangre generosa
¿Qué le importa al indio eso
que llamáis pomposamente libertades y progreso
si es del amo su cabaña y sus hijas y su esposa?
¿Qué le importa? Si de aquella raza libre, brava y fuerte
que sufrió sin inmutarse los tormentos y la muerte,
habéis hecho solamente las acémilas de carga
que se arrastran, tristes, mudas, bajo el peso
de su amarga
dura suerte?...
Oh! Dejadla que solloce, que se queje a su manera,
solamente le ha quedado su marimba de madera
que le habla de sus tiempos victoriosos,
de sus templos y palacios de Iximché y de Copán…
de su rey Kikab el Grande, de su gran Valum-Votán,
de sus héroes de hierro, de sus épicos colosos,
libres, grandes bajo el sol,
que infundieron pavura,
por su arrojo y su bravura,
en el ánimo aguerrido del intrépido español!






MARGARITA PAZ PAREDES [10.800]




Margarita Paz Paredes

Margarita Paz Paredes (n. 30 de marzo de 1922 en San Felipe, Guanajuato — 
f. 22 de mayo de 1980, en la Ciudad de México), cuyo verdadero nombre era Margarita Camacho Baquedano, fue una destacada poeta y periodista mexicana. Sus poemas estuvieron enmarcados por temas relacionados con el humanismo, la filantropía y los derechos del pueblo.

Al casarse con el poeta hondureño, Rafael Paz Paredes (1911-1974), tomó los apellidos de este y calza con ellos, sus futuros y copiosos libros de poesía. El matrimonio Paz Paredes, procreó dos hijos: Sigfrido y Yamilé, esta última cultora de la palabra, como sus padres.Después de residir muchos años en México, el matrimonio se trasladó a Honduras, específicamente, al puerto de Tela, donde vivieron mucho tiempo. Posteriormente,Rafael Paz Paredes y su esposa, tomaron la decisión de separarse y seguir ambos, nuevas vidas. Rafael contrajo segundas nupcias con la hondureña, Alicia Quiñonez, con la que vivió hasta el fin de sus días. Margarita, en cambio, contrajo nupcias también con el escritor mexicano Emilio Abreu Gómez, pero aun así, ella continuó usando los apellidos Paz Paredes en sus libros.
Uno de sus libros más famosos, "Voz de la tierra", fue prologado por el polígrafo hondureño Rafael Heliodoro Valle, residente también en México, en 1946. Margarita Paz Paredes, murió en la ciudad de México, en 1980, a la temprana edad de 58 años.

Se conocen pocos datos de su vida; se sabe que estudió la carrera de periodismo en la Universidad Obrera y la carrera de filosofía y letras, junto con literatura, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Hacia 1942 escribió "Sonaja", su primera obra literaria, la cual sería el comienzo de su carrera en la escritura —donde llegó a publicar títulos de renombre como "Litoral del tiempo" y "Segundo litoral del tiempo". Su obra sigue siendo un reflejo de la vida contemporánea, aunque en un principio produjo poemas relacionados con el amor y desengaño, sin embargo, con el paso del tiempo le dio un contexto político y social. Sin embargo, no sólo abarcaba el género narrativo, sino también el lírico; esta se caracterizó por los entornos cotidianos en los que se relacionaba el ser humano, pero además, y según diversos literatos, también por la religión, el erotismo, el destino y la infancia, temáticas que se desarrollaron en la mayoría de sus obras. Dentro de sus poemas destacan "Oda a Constantini Oumanski" (1945), "El anhelo plural" (1948), "Andamios de sombras" (1949), "Canto a México" (1952), "Presagio en el viento" (1955), "La imagen y su espejo" (1962), "Señales" (1972) y "Memorias de hospital y presagio" (1979). Su poesía se caracteriza por tener una "sensualidad sutil, pero contundente"; asimismo, por reflejar la actualidad y tener un sentido de "[...] entrega y comunión".
En 1940, se afilió a un grupo de poetisas al lado de "Pita" Amor y Rosario Castellanos. Margarita fue profesora de literatura universal y española en la Universidad de Toluca y en la Escuela Normal Superior de México. Posteriormente contrajo nupcias con Ermilo Abreu Gómez, quien murió en 1971. En 1955 fue comisionada por la Organización de Estados Centroamericanos (ODECA) de realizar una antología de la lírica contemporánea de México. Además, presentó sus recitales en universidades de México y el resto de Latinoamérica, al tiempo que pudo colaborar en revistas y rotativos del país. Publicó más de 15 libros lo que le mereció varios premios y diplomas tanto en el extranjero como en el país. Margarita Paz Paredes murió el 22 de mayo de 1980, en la Ciudad de México a la edad de cincuenta y ocho años.

Llegó a publicar otras obras durante su vida, tales como:

Voz de la tierra (1946).
El anhelo plural (1948).
Retorno (1948).
Génesis transido (1949).
Elegía a Gabriel Ramos Millán (1949).
Dimensión del silencio (1953).
Casa en la niebla (1956).
Coloquio de amor (1957).
Cristal adentro (1957).
Los animales y el sueño (1960).
Rebelión de ceniza (1960).
Elegía a César Garizurieta (1961).
El rostro imposible (1965).
Lumbre cautiva (1968).
Otra vez la muerte (1976).
La terrestre esperanza (1977).
Puerta de luz líquida (1978).
Viaje a China Popular (1966) —que fue un escrito en prosa.







Pequeña isla

Adán del universo:
donde pones tu planta
la tierra se conmueve
de ocultos paraísos.
(Te anuncia una legión
de brazos incendiados.)
Eva soy, inmemorial y eterna,
ligada a ti por el suspiro
de antigua soledad, y desterrada
por el frutal capricho.

En el exilio estoy.
El alba de mis besos
palidece en la niebla.

Hacia tu encuentro he caminado siglos,
desolada y agónica
frente a sordas esfinges;
siglos preñados de preguntas,
de llanto y de silencio.

Pero de pronto,
surges en el desierto
vertiendo manantiales
para mi sed inmensa.

Los espejos solares de tus ojos
me copian. Voy desnuda
de sombras y de angustia,
y me dices palabras que alimentan
mustios cañaverales.

Otra vez vegetal, me fecunda tu savia:
los huesos me florecen, la piel se me licua
en amorosos jugos,
y el corazón agita.
su bandera incendiaria
sobre el huerto del mundo.

Ahora, ya dueña del enigma,
puedo decir el canto
del Primer Paraíso:

Surco de amor,
en ti todo germina.
Camino ya sin ti
y hacia tu búsqueda.
Mis brazos se quedaron
asidos a tu cuello.

Pequeña isla soy. Tú me descubres.
Tus abejas me invaden y, de pronto
—cera y miel— te me entrego
tibia, recién nacida.
Luego desapareces y despierto
de bruces en la onda olvidada del agua.

Es hora de morir sin ti, me oprimen
los círculos morados de la ausencia
y en el umbral del sueño desfallezco,
inmensamente triste y solitaria.
Poco a poco la tierra se conmueve,
me transmite su sangre verde, cálida,
y amanezco en resinas verticales.
Es que voy a tu encuentro, resucito
caminando descalza sobre el musgo,
el pecho descubierto,
otra vez cera y miel,
isla pequeña,
Eva antigua y eterna.

Tú sostienes la tierra y me sostienes
dichosa, en altos climas,
fuera de toda muerte, porque vivo
contigo ya sin tiempo y sin espacio;
porque te amo
desde la soledad del Paraíso
hasta el postrer exilio,
donde, llorada patria de amargura,
purificada de pasión, seremos
amantes sin espinas y sin sombras.



Valioso documento que registra la dedicatoria que Margarita Paz Paredes le hicera en su libro "Voz de la tierra" al intelectual hondureño,  Víctor Cáceres Lara, en 1946.







BÚSQUEDA

         A Luís Gallegos Valdés

I

Ahora
que encamino mis pasos hacia el alto crepúsculo,
cadáveres de sueños siembran su cal inútil
a lo largo del día.
Mi devoción frustrada no acierta ni siquiera
a imaginar un súbito color entre la sombra.
¡Esta tarde, como todas las tardes,
he perdido una estrella!

Apareció de pronto flotando sobre el río
y fue como nenúfar transitorio
su anunciación insólita.
Su nombre de rocío
dejó en mis labios avidez lacustre;
y al fin, celeste y evasiva,
se diluyó en derroche de iluminada espuma.

Vino después a mis hambrientas playas
y era un pez rutilante en mis redes de asombro;
pero sobre la arena se deshizo
su inusitada piel de azogue.




II

Decidme, amigos:
¿habéis visto mi estrella?

Por la alegría con que bañó mi aurora,
yo la busqué en la zarca sonrisa de los niños;
en el piafar ardiente del caballo;
en la congregación del pan sencillo;
en la dorada fuga
de una silvestre lagartija;
en el remanso donde las palomas
trizan a picotazos los luceros,
y en la miel inocente
con que el amor construye sus panales.




III

Avisadme
si encontráis una huella
de mi pequeña luz desvanecida.

Por el temblor que aposento en mi alma,
le percibí en el viento
— salterio alucinado para cantar tu nombre —
que encendió fuegos fatuos
en el encarcelado panteón de mi esqueleto.

La seguí en el salitre de la ola imprevista
que me acerco un instante
al ojo pavoroso del velero
perdido en la vigilia de mi oceánica noche.

Me conmovió la orquesta sensual de su llamada
y el corazón en brasas consumido en su estirpe
la espera en el secreto sacerdocio del fuego.





IV

Alerta, caminantes:
Ha caído mi exhalación en el vacío.
Prestadme vuestros mantos;
tendedlos sobre el polvo;
que su llama fugaz no se lastime
y me deje
en cenizas transida.

Vosotros, los que portáis antorchas iluminando bosques,
y mares y desiertos,
no abandonéis mi paso
que enigmas y tinieblas asaltan.

Escuchadme:
si no encuentro la brecha
donde sabias y diseminadas espinas
conducen a la rosa;
si este llanto
con su pasión de cándida ternura
no logra humedecer
el contorno inflamado de su ausencia;
antes que muera a obscuras,
sin el contraste de su leve cirio,
heridme aquí en el pecho,
sacadme el corazón, arrojadlo a la noche
y retiraos, amigos,
porque su incandescencia de volcán retenido
libertará sus vetas
incendiando la tierra, el aire, la esperanza...




V

¡He perdido mi estrella!
Si la encontráis un día,
decidle, que en su busca
este pequeño corazón de trigo
quiso ser para ella
el pulso universal del firmamento.





Carta desde un lugar cualquiera

Sucede que de pronto,
desde un lugar cualquiera
en que mi sombra terca se detiene,
la niebla de tu ausencia desgarra su cortina
de insistente aislamiento.
Son esos los instantes
que recorre mi frente
un estremecimiento cálido,
y recuerdo...
y un especial sabor de fruta
extrañamente huida
se detiene en los labios desolados.

En verdad, no me importa
lo que ocurre fuera de mí, aunque cercano,
tocándome la piel y los cabellos,
salpicándome el rostro de amargas humedades,
y poblando los ojos de fantasmas.

Ni los brazos cargados
de avariciosas dádivas;
ni la herida del pecho, eternamente abierta;
ni la voz que se ahoga en su pozo de arena,
nada de eso me importa ni me duele.

En este viaje interno, descendiendo
hasta el fondo de mí, hacia mi abismo,
en busca de una luz, de una señal perdida
que me conduzca
a la morada donde mi alma sola
reclama una respuesta
a su cansancio de indagar en vano.

Quiero apresar las letras de tu nombre
y grabarlas en mi espacio sin tiempo,
pero alguna se escapa
incomprensiblemente
de su perfecto y nítido engranaje.
Y todo queda roto,
todo disuelto en campo de ceniza.
¡Sólo una grieta ahogada en el silencio,
una desesperanza sin remedio!

Perdona que te escriba
desde un lugar cualquiera,
pero no tengo un sitio
que me invite al descanso;
perdona que no diga tu nombre
porque temo que el viento
mortal, lo desintegre.
Queda aquí, resguardado
en esa íntima, silente soledad
que me enseñó a encontrarlo
muy adentro,
encendido y constante
en la vigilia.

¡Pero si no estoy triste!
Sólo que es muy difícil, fatigoso
el descenso
a las profundidades de sí mismo.
Y nada sé de mí, nada que aclare
el enigma que ronda cada sueño,
cada fulgor que apaga la tiniebla,
la imagen impasible en el espejo.

Me quedo aquí, al principio
de esta espiral eterna,
en busca de las huellas luminosas
que guíen mis pasos al soñado hallazgo
del amor o la muerte.

© Margarita Paz Paredes