viernes, 17 de enero de 2014

PACO MORAL [10.832]



Paco Moral 

(Madrid, 1961) trabaja en la Editorial Santillana como Técnico en Artes Gráficas, siguiendo una larga tradición familiar. Colaborador de la revista Onzevaras en el año 1981, publica varios artículos bajo el seudónimo de “Paco Loba”. En 1989 publica el libro de poemas Suave viene la noche, en la Colección Abraxas del Ayuntamiento de Madrid. En 2008 publica su segundo poemario, "Libro de las cartas", en Ediciones Vitruvio, al que siguen "Cuando la noche calló sobre Lisboa" (Editorial Celesta, 2012), y "Frutas y banderas" (Ediciones Vitruvio 2013). Ha sido finalista con algunas de sus obras en diversos premios de poesía, como el Alonso de Ercilla (2008), Ciudad de Badajoz (2007, 2009, 2010 y 2011) y el premio Jaén (2008 y 2010).

Fragmentos de su obra han sido publicados en algunas de las más importantes revistas literarias, tanto en edición papel (Malvís, La Poesía, señor hidalgo, Poeta de cabra, Álora la bien cercada) como en formato digital (La dama duende, Marabilia…).



Luego vino el otoño

Antes de ti llegó la presentida
quietud de las banderas incendiadas,
el púrpura del palio de los muertos,
el tiempo de mi aroma en muchos brazos,
las sombras de los bares y el destino,
la grana de la sangre de mi aliento.

Aquel septiembre ardiendo ante mi pecho,
playas de agosto, arenas de un exilio...
Y después, el otoño parecido a una novia
de blanco riguroso confundida en la niebla,
entregada y ausente, luminosa, distante.

Y en tu abrigo marrón ya tiritaba
(tan solo recordarlo me estremece)
el fulgor del deseo.






Frutas y banderas

Era un tiempo de frutas y banderas,
de edificios a medio construir,
de chiringuitos
a pie de playa, de himnos,
canciones de verano,
amores nebulosos que recuerdas
con la vaga nostalgia
de algo que no fue cierto
                            y, sin embargo,
observas hoy como la certidumbre
de la vida que alientas
y que sabes mentida.







Vuelta a la casa de la playa

Sobre el malva del tiempo,
con la pátina gris de la memoria,
el armario del cuarto atesora distancias…

Y las viejas camisas, con más de treinta años,
las palas, las pelotas, el juego de petanca,
aquel pasapurés para la fruta,
el olor de mi madre y el armario del baño,
es hoy acumularse sobre mi piel vencida
el polvo de los tiempos que ya nunca más míos.

Es volver a la casa de la playa y sentirme
preñado de nostalgia y absurdamente viejo.







La muchacha en el parque

Un camino de tierra, pocos charcos
recordando la lluvia de algunas horas antes,
la madera empapada de los bancos de enero
y un pájaro temblando en la rama de un pruno.

El mundo equidistante entre dios y la nada
y una muchacha apenas esbozada a lo lejos…
Va temblando en la tarde y su cuerpo menudo
parece una presencia más irreal que cercana
cuando pasa y le mira. Y el muchacho sonríe,
fuego en sus venas rotas, carbón en su mirada. 







MILAGRO EN UNA ESQUINA PARA UN LECTOR INCIERTO

Eres hombre o mujer, joven o viejo, y tienes
grietas sobre tu cuerpo ajado en cien batallas,
o eres quizás tan suave que resbala
la seda por tu piel como lo hacen
los rayos de la luna al reflejarse
y repetir su luz sobre el Mediterráneo.

Estarás en la casa de tus padres,
en una habitación que le has robado al sueño,
o desnuda, tumbada de costado
junto al mendaz amante que te finge
después de acariciarte, repitiendo que te ama
aún como te amaba aquella tarde oscura.

Hay tanto que decir
en un andén del metro con tu libro apretado
contra el pecho tan joven, tan falto de derrotas,
o en el banco de un parque huérfano de noviazgos,
o en un vagón de tren camino de la nada.

Puede que sea pronto,
que pases esta página dentro de algunos meses,
o bien que hayas entrado en una biblioteca
salvada de un naufragio
y hayas cogido tú al azar el libro
que yo escribiera hace doscientos años.

Son tantos los azares, tantas las coincidencias
que te han hecho llegar hasta aquí para verme,
para que nos topemos al doblar esa esquina
en la que se han citado mis palabras
con tus ojos cansados a esta hora imposible.

Nos vemos, clandestinos, 
y apenas coincidimos el lapso que has tardado
en leer el poema y pasar a otro asunto
sin presentir que yo te buscaba esta noche
sabiendo que un día habríamos de amarnos
como cómplices ciegos,
como los que se encuentran
para desencontrarse un minuto más tarde.

Mi amor duró algo más de treinta versos
y al tuyo lo mataron las urgencias.

"Frutas y banderas", Ed. Vitruvio, 2013 




SUAVE VIENE LA NOCHE

Suavemente la noche se te acerca,
como el pulso del mundo
se parece a tus labios.
Suave viene la noche,
como si una cascada de panteras
te subiera despacio
                            por la vida.
No hay dolor.
                    No queda ya dolor.
Ni sensaciones turbias
ni edificios en ruina.
La noche viene dulce
como una vieja amante que volviera,
y ya no sientes nada,
                             ni siquiera la angustia
de mirarte al espejo
y hacer muecas horribles para ponerte fea
como cuando eras niña
                                  de los cuentos.
Viene la noche tibia
y en tu piel hay heridas de noviembre,
reflejos de jarrones de Pompeya,
vestales de otro tiempo,
anillos de amatista
                          o lapislázuli
y un ardor de Vesubio en tus pezones
devorados a fuerza de derrotas.
Suave viene la noche
                             para ti,
mujer de piedra,
                       reina de mi sueño,
ahora que empieza a despuntar el día.





      
I

De noche todos los tranvías buscan gatos de témpera
para pintar sus tripas del color de los agujeros
de las puertas,
                         de los cuchillos,
                         de los profundos huecos.
De noche todos los tranvías lanzan sus redes-telas
para cazar las mariposas más tibias del invierno
como las arañas,
                         como la nieve nocturna,
                         como el furor de las bombas.
De noche todos los tranvías son pardos.


                         

IV

Cómo no amar tus diminutas manos,
si en las tardes remotas
del invierno remoto que recuerdo
abrazaron mi amor y mi deseo.
Cómo no amar tus manos seductoras,
si hay instantes que son como cenizas,
momentos pasajeros
                                de sueños imposibles,
con palabras abiertas como grutas silentes.
Y hay palabras,
                        a veces, como rocas;
volcanes infinitos de miradas,
                        caricias de tus manos
como lluvia detenida en la historia.
Manos como las tuyas,
                                    igual que bruma espesa
                                    golpeando acantilados
en unas playas/sábanas que sólo
nosotros habitábamos.


                           


VIII

Hoy he llevado a cuestas todo el día
mi eterna soledad disfrazada de hombre.
Es curioso que, a veces, la derrota,
como una nube terca que se obstina
en apagar el sol de mi deseo,
consiga lo que tú no has conseguido
a fuerza de enfrentar juntos el paso
de los sábados.
He andado como un zombi,
me he puesto la coraza de ignominia
y he bajado al mercado
sin afeitar, dispuesto a pelearme
con quien primero me saliera al paso
o me quisiera escamotear un turno.
He sopesado el daño que pudiera
causar, si me dejaran enseñarles
mi corazón herido por ciertos desengaños
vitales que ahora sufro.
Ni siquiera esta tarde delirante
me ha conmovido el duelo de los otros;
el hambre, la tortura, su verdad metafísica.
Hoy todo ha sido inútil, no estaba para nadie.
Abatido y confuso,
sin un motivo cierto que no fuera
inexplicable y vago, me retiro
a dormir y te descubro erguida
a través de la puerta del lavabo
subiéndote las medias caladas que me anulan
la voluntad, cuando cercan tus muslos
como manos aviesas.
Nunca supo tan dulce el desengaño
ni tan salado y honda la derrota.







Antinoo

Duerme, duerme,
bellísimo Antinoo,
adelfa, estatua griega,
jacinto devorado por la duda.
Tu amor está guardado
bajo tranquilas aguas,
tu cabello no espera
caricias ni perfumes
y hay sabor de cicuta
que preparan los dioses.
Recuerda sólo cifras,
espadas, torbellinos
de amor como saetas
y la quietud del mundo
recorriendo tus párpados.
Duerme, duerme,
casi recién nacido,
que el caballo del César 
ha ofrecido su lomo
y no puede el león hacerte suyo.

en "Suave viene la noche"





                   I

Cuando la noche calló sobre Lisboa
las gaviotas del Tajo
cruzaron mustias el puente que separa
la verdad y la vida,
la pereza y la nada,
el silencio y las sombras,
y fueron lentamente a posarse en el muelle
junto a un ferry cansino
vacío ya por dentro de muertos con maleta,
de espíritus sin alma,
de dioses del crepúsculo,
de cuerpos oxidados.





III

QUÉ inútil y qué sórdida
sonaría una esquela
para un hombre tan solo,
y qué ridícula
la expresión de los guardias
cuando abrieran
la maleta pensando
encontrar cocaína
y sólo vieran folios,
discos magnéticos,
apuntes,
instrucciones de software,
unos cuantos poemas
                                de soledad
                                                 y muerte
garabateados con un bolígrafo
                                             rotulador,
un libro de Cummings
y otro de Pessoa con una servilleta
atravesada en una página
con un verso marcado:
cruza las manos sobre la rodilla y mírame
[en silencio
en esta hora, compañera, cuando no puedo ver
                                         [que tú me miras.






                       Día Dos
         Una rara historia de amor

BAJO el canalón,
que escupe el agua ansiada
después de tantos meses
de rogativas,
una pareja extraña,
vestidos ambos de riguroso
                                          luto,
se amaban en silencio,
(o eso me pareció
cuando abrí la ventana
para oír sus palabras).
Ella dijo: «¿Me quieres?»
(la traducción es mía)
y el contestó: «No más
que lo que tú me quieras».
«Entonces, hasta siempre»
dijo ella posando
sus labios en los labios mojados
por la lluvia.
Luego dio media vuelta,
miró hacia la ventana
donde yo me apostaba
y me lanzó sus ojos
heridos por mil noches
de amor.
La vi (la vimos)
alejarse despacio por la acera
moviendo un cuerpo frágil
que deseé en mis brazos.
Todavía recuerdo la calle despoblada
el eco de sus pasos rebotando en la lluvia
y el vaivén increíble de sus pechos
empapados,
                   jovencísimos,
                                        deseados
bajo el oscuro suéter
cuando al poco
se volvió lentamente a mirarnos
(es cierto, me miró)
y decirnos adiós.
Aún me duele su beso,
el sabor a tabaco y a cerezas
de su boca increíble.
  






Día Catorce
Pequeña letanía en el aeropuerto

Quise llamarte, quise
decirte que esperaras
esta noche despierta
                                hasta las doce,
erguida, preparada
para el tesón ardiente
de mis manos trepando
                                por tu cuerpo.
Quise llamarte, pero
se cortó la llamada
en el momento justo
                                en que tus manos
despacio, sin urgencias,
tan firmemente suaves,
iban a comenzar
a desnudarme
(lo peor fue el retraso
de mi vuelo).

De Cuando la noche calló sobre Lisboa


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