sábado, 17 de julio de 2010

ALEJANDRA ZIEBRECHT [252]


Alejandra Ziebrecht

Concepción, Chile 1959. Profesora de literatura y prolífera trabajadora de la cultura que ha recibido premios por su trabajo literario en Revistas e instituciones. En el año 2000, Recibe el Premio Municipal de Arte y Cultura de Talcahuano; Obtiene el Premio Mejores Obras Editadas, Adquisición de libros, del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, Género Poesía (2001); Se le otorga la Beca de Creación Literaria del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2001).Fundadora y directora de círculos literarios de las ciudades de Talcahuano y Concepción, y redactora de revistas de la Casa de la Juventud y la Ilustre Municipalidad del puerto. En 1999 funda el Centro Cultural “Miguel Hernández”, y en el año 2000 la Casa del Escritor VIII Región de Chile.

Libros Publicados

Dos Poetas (Letra Nueva, 1994)
Enrompecaída (Letra Nueva, 1996)
A Través del Espejo (Etcétera, 1999)
Diario de Infancia (Argos, Argentina, 1999)
Nochedumbre (LOM, 2000)
El Juego del Condenado (LOM, 2000)
Florilegio (Libro Virtual, Poetas Antiimperialistas de América, Canadá, 2003)
El Sueño (Ediciones Mosquito, 2009)



LA PENA

La pena
tomó posesión de mi casa
trepó el techo
cerró la puerta de escape
cubrió ventanales
oscureció el balcón
Descorrió los pestillos
del armario
Ingirió mi comida
se metió de lleno
en mis recuerdos
se acostó con cada uno
de mis amores
Con un par de sueños melancólicos
de su absoluta propiedad
se hizo ausencia y retorno
Llegada la mañana
miró en silencio
mi lecho
lustró sus zapatos vagabundos
y al emprender su viaje
sin promesas
prometió volver




LLORO EN ESTE FUNERAL DE LA EXISTENCIA

Lloro en este funeral de la existencia
cual si hubiese muerto sin haber nacido
Abrazo un cuerpo y es su ceniza
Los muertos pueblan la tierra que camino
aunque sientan que están vivos todavía



I

“Vivimos sin mañana. Eso es lo grotesco.
Con la nariz pegada a una puerta cerrada.”

Virginia Woolf

POEMA I

Comienzo a escribir porque no sé nombrar
las horas sin palabras
los signos que me acosan
la palabra mayúscula de la muerte
y su eco infatigable

                          Una prisa sin destino traza su ruta en mis cuadernos

Tan profundo es el réquiem de mi lápiz
su paisaje de curvas y de abismos

(Los rebeldes arrecifes que estrellan mis vocablos)

Soy una palabra que sostiene mi cordura
o que la desmembra en su aguda cirugía
y todo cuanto esconde mi frágil argumento
fértil y alocado se vacía de mi labio

Y nada más saber que oculto mi armadura
tallada con los signos del caos y la demencia
me hace estallar la pasión casi olvidada
                     alfarera que admira la magia en el silencio

Porque conozco la palabra
que abrió la sepultura del olvido
nadie vendrá en busca de mi sombra
ni de esta idea de ser que me condena

Porque no existe el olvido
reposarán mis ojos en la lluvia
Porque conozco la sombra que le viste
y se inclina gastada y amarilla
cual cuchillo certero para el llanto

La hora del ocaso amanecido
El minuto rebelde de la ausencia
Mi puerta que no acusa la venida
de las rebeldes causantes del insomnio

Cada símbolo abre un sitio en la memoria
y aunque no acudan a esta hora de la espera
                  sé
                               muy bien
                no
                                        estaré sola
Y aunque nadie responda
habrá una voz más íntima que pregunte

Entonces no reposan cadáveres en esta mesa
(Acaso algunos signos pálidos y entumecidos)
Irrenunciable en mi intento de perseguirlos
para un tiempo que nunca llegará

                      Guardo la palabra aún no pronunciada.





POEMA III

No tengo más que las brazas de este libro
la confusión las llamas de este libro
(Afuera gira todo sobre el mismo eje)

Torrencial me huyo con el verbo en los labios

Yo quiero ser la esencia del libro
apresar el nombre de todas las cosas
Ahora que ahuyento este ser tan cansado
que me observa abatido en su ciclo de retorno

Breve como una página secretamente huérfana
Su braza encendida es fuego y es fatiga
No hay humedad capaz de detenerla
porque todas las puertas son escombros del silencio

Así como las palabras que caen de mi lecho
abro mi boca al beso de los signos
a su incendio que es vuelo y delito

No estoy en parte alguna del deseo
porque todos los conceptos se estrellan en mi lengua
                    (Afuera los dientes trituran la noche)

La migaja del tiempo se nutre de mi mano

Escarbo ansiosa en mi último intento
por apresar el ritmo infernal de los relojes
apago la luz de todo lo venidero
                           y me quedo con la palabra sin tiempo ni cobija
Que me encuentra y me quema en las brazas del libro





POEMA IV

Por este rincón no pasará la lluvia
ni la lúdica confrontación de la noche y su neblina
No atisbaré el fuego de ningún presagio

(este rincón sólo arrastra sus fantasmas)

Estoy describiendo cuando escribo
este recodo que consagra mi apatía
El verbo que navega en mi garganta
empapado de lluvia y de neblina

                       Tantos ruidos atrapa este silencio

                                   Se consume la fiera lamiendo sus heridas

             Y quién escribe a fin de cuentas la historia
                                 y quién anuncia el ritual de las flagelaciones
                                 y quién esconde la llave de los suburbios
                                 donde la memoria alberga sus estigmas

La mano atraviesa los ritmos del pensamiento
La mano es la daga que desangra la palabra
La mano es la bestia que se nutre de la herida

En este rincón no enfrentaré a la lluvia
                                Pero sentiré el milagro de su curso




POEMA V


Puedo culpar a la noche de esta dejadez
al cansancio de mis ojos al libro que nunca debí abrir

Puedo volcar los calendarios y seguir
un rumor sordo una espía ciega

Al final de cada día y su penumbra soy la misma
Mi cabeza cae sobre el lecho y la arrastra el ruido del despojo

No equivoco el punzante instinto ni esquivo el vocablo
Todas las cosas se llaman por mi nombre
y no encuentro mi nombre cuando pienso en las cosas

La franca complacencia el grito no gritado el verso entre paréntesis
no es más que un avanzar con sigilo

Dejo mi aguja mordaz mi filosofía hecha susurro
             (este decoro que atrae la sentencia de la culpa)
Devoro los versos aprieto mis nudillos
Me guardo entera entre mi espalda y mi pecho

Si no fuera por el respiro de esta infértil soledad por esta sombra
los años serían un instante el hielo que estremece
                  el absurdo que nos hizo crear la desventura
                     las vanas quimeras una apuesta del fracaso

Si no fuera por el libro que me habita con su lumbre
me acostaría huérfana sin paisaje y sin prisa

               y juraría que soy quien culpa a la noche de volcar los calendarios

Sobre mí a mi lado y dispuesta está la burla del asombro

Cuando mi cabeza cae y siento el ruido del despojo
creo en el vértigo del sueño en todo lo ajeno a mí
                                           y busco por la casa
                   y grito para encontrarme
                               y me detengo al límite de la incertidumbre
con hidalguía de lobo desafiando a la luna

               Si no fuera porque sangran mis nudillos
                            en la última página de todo este desvelo
Cruzaría el sonido de la sílaba rezagada
como un rumor sordo una espía acechante
que ve dispuesta esta muerte tan serena.



II

Oigo una voz de rostro desmayado,
unos cuervos que informan mi corazón de luto”

Miguel Hernández

POEMA VII


El fuego que delata al insomne vendrá a jugar esta noche
Y todo parecerá desierto a la luz del desdichado
Todo salvo el nombre que oculta su memoria

Porque en la sombra todo intento se pierde en su neblina

Acaso el absoluto se atenúe en la complacencia
semejante a la quietud infinita de las tumbas
No lo advierte el insomne tan abierto su ojo
tan escueta la dicha que susurra en su oído

(Dios no sabe el milagro del que olvida su nombre)

Nadie vendrá a recostarse en su puerta nadie
Ni siquiera aquel que divisó bajo el sol
ese nadie que era un cruel olvido de la muerte

Qué insólita la risa del insomne afuera llueve la apatía de su rictus
Y todos los libros esparcidos por la cama y todo el humo
Demasiado tarde para rescatar ese faro al otro lado del lecho

Entonces es mejor indagar en lo insalvable

           El diario de la infancia los licores vertidos
                       El incendio que consumó hasta el último lamento


No vendrá el sueño es probable que apenas un letargo
algo así como un silencio dialogado con la nada
un informe sobre cómo están las cosas acá adentro


Y tanto líquido y tanta sed y tanto miedo a no sentir más miedo
Y quedarse de veras solo y tanta noche indiferente

                Y ese ruido que arrastra la penumbra

El riesgo de encender el intelecto con los pies entumecidos
la compañía inalcanzable a pesar de estar alerta

El insomne no juzga el ritmo de su latido
Porque todas las letras de su nombre son ajenas
como retazos de película
             sin color y sin trama

Entonces llora por los pasillos del ser por la utopía rota
tanto así como una sombra marcada por el beso
de infinitos labios que no alteraron su ruta

Traza la mano un incierto recorrido
Una línea de tiempo la huella del despojo
Solo como una voz que irrumpe tirado sobre el lecho

Y tantos libros esparcidos por la casa
Y tanto hielo en los labios

El insomne ignora que la memoria es inútil
cuando está la apatía de cobijarse en su alero
El sueño es una promesa demasiado distante

Los fantasmas se aprestan a comer en su mesa.




POEMA VIII

Hurgar en tus manos
(o en la sensación de ellas)
es un golpe bajo a la memoria
un sitio esquivo y remoto donde preguntarme
por este atrevido afán
de ingerir tanto barbitúrico
para dormirme en los buses
en las salas de espera
en la puerta de tu casa

Por qué destruirte destruyéndome
en este diálogo que no es con la muerte
o con tus labios
ni siquiera con la sensación
en pleno rostro de tu ausencia
El consuelo es la caja blanca
que diluye el grito y el silencio
que viene a ser lo mismo
a estas alturas de la noche

La respuesta y el sosiego
es una cápsula leve como tu lengua
que acaricia mi cuerpo desvelado

Entonces tus manos
-vértigo y deseo-
son veletas inalcanzables
X distantes de mi cuarto
La certeza que no hay nadie al otro lado del muro
una melodía que jamas atrapará mi boca
Entre las tazas de té y las cosas vanas
                 que atraen la pasión del sueño
                       que es la auténtica compañía del vacío.



POEMA IX

Este norte impuesto como la caída de mi espejo
no alcanzará a salvar mi sombra efímera
entre los destellos del día y las cosas sin sentido

No renunciaré a saberme un trazo que abriga su desvelo
Una niña que sepulta a su madre en la vereda
Un carro que persigue el látigo del deseo


Este existir impuesto por el miedo a los espejos
El miedo que es lo único capaz de mantenernos

               Porque la muerte es nada más creer que estamos vivos




EL MAR DE LOS QUE FUERON

Los compañeros escribidores
Los seductores atardecidos del cuerpo núbil
Los que sentaron a la belleza en sus piernas para golpearla
Los pacifistas en Vietnam los nuevos del rock protesta
Sus casas en Miami sus autos convertibles
Sus nuevas tendencias por la biogenética
Cada vez más comprometidos con el hedonismo
Cada vez más cercanos al libre mercado
Los poetas se olvidaron del pueblo
Y les quema los labios esta palabra
Porque la distancia es tan breve entre pueblo y desacato
Entonces el paradigma es la salida perfecta
Los sesos de Allende escurridos en la memoria ciudadana son
un paradigma
El dolor del hombre supuestamente nuevo es un paradigma
Mientras escribo sobre estas leyes recurrentes de las transformaciones
en el último rincón de una casa del tercer mundo
mis compañeros poetas brindan por otros ya cadáveres
ya historia expulsada del cuadrilátero competitivo de la nueva poesía
Lejos del sollozo y del miedo
Protegidos por la sentencia de nacer para morir
En esta noche mientras escribo
En algún lugar está Ezra Pound
En alguna cantera sigue picando la muerte Oscar Wilde
Sigue viendo pasar el tren de los heridos Miguel Hernández
Y continúan entrando en las bocas de las minas
y continúan tragados por el carbón los hombres de este pueblo
Y no hablo de paradigmas ni de tópicos literarios
Hablo de las cárceles de la muerte selectiva
Pues donde germinó una idea debe quedar su ceniza
Donde el intelecto encendió la llama áspera del miedo
debe enterrarse el intelecto
Entonces será Dios quien nos juzgue mañana no importa
Nadie entiende aquello del fin de los tiempos
Por ahora somos ateos endiosados
Por ahora nos reclama le estructura metafísica del verso
Es cuestión de recursos escribir con la propia sangre
Cada uno sabe donde están sus dactilográficas
de qué lado nos aprieta el zapato
Mientras escribo
sé que hay alguien al otro lado del verso
un cuerpo aferrado a su sombra
una niña con ojos de infinito
que no sabe descifrar su propio nombre
pero conoce cuánto pesa ser esclava del silencio
Doy por ellos mi estrofa y mi pesado cargamento
mi culpa y mi fatiga de continuar los días
mientras el trueno de los golpes cae sobre las espaldas
Cae sobre la página
Que no sabe de la sangre
Más que el humo de la hoguera




SE VISTE LA NOCHE DE LLUVIA

Se viste la noche de lluvia
en su orfandad más oculta
El viento nebuloso
se abre como un libro
A la distancia
oigo voces
Apago la luna con los labios



DUEÑA DEL MINÚSCULO PEDAZO DE TIERRA

Dueña del minúsculo pedazo de tierra
adherido a mi zapato
me transformo
en un pecado venial
el esbozo de un suspiro
a media tarde
Me desplomo
en el cajón de la rutina
con los ojos abiertos
hostigando el ventanal
tras el nocturno acomodo
de los huesos
No bailarán los hemisferios
mientras acune este óvulo ancestral
que cercenó mis alas
dejándome un pañuelo decaído
un sol hecho trizas
en este atardecer
que escobillo con recuerdos
camisa raída
que ha sudado el mundo



ESAS SANTAS MUJERES

Estas santas mujeres
pintan arcoiris con sus piernas
Son el feriado ilegal
la huelga sin pancartas
el testamento otoñal de los ebrios
la entrada al purgatorio

Ellas juzgan lo divino en lo humano
ascienden lo humano hasta su divinidad

Conocen de memoria a qué saben los cuerpos
perciben los olores
no por los ojos siempre cerrados
no por los sueños sino por la vigilia

Es que buscan y nunca encuentran
la bocanada breve del consuelo



LAS NUBES SON TRENES

Las nubes son trenes
rumbo al ocaso
y yo duermo en un nido
cercado con alambradas



ESCUCHAS TU GEMIDO DE NAÚFRAGO

Escuchas tu gemido de náufrago
En los rincones sombríos
buscas una caricia
Carroza fúnebre donde tus labios
se cierren como féretro





EL SUEÑO
Autora: Alejandra Ziebrecht
Mosquito Comunicaciones 2009.

Por Juan Mihovilovich 
Escritor

El sueño de los otros es mi propio sueño, pareciera decir Alejandra Ziebrecht, “tú existes porque te sueño, ahora sólo escribo porque sé que leerás esto más tarde cuando despiertes…” Así ella da la impresión de crear el sueño que mejor se aviene con sus urgencias de vivir, que al fin de cuentas es contraponerse a una vigilia que en nada se diferencia de aquél transito obligado por el espejismo terrenal.  El sueño avizorado en el interior como un estigma de vocablos que siempre resultan  insuficientes, semejante al agujero intangible de una bala  tras cruzar el espacio buscando su trayecto: un derrotero temporal que sirve para delinear nuestro propio itinerario.  El sueño de los justos y el sueño del peligroso oficio de vivir se confabulan para rescatar de la ilusión a las palabras y con ellas, o a pesar de ellas Alejandra Ziebrecht  re-construye el engranaje de los sentimientos, de los racionalismos breves, de la corporeidad pasajera que, paradójicamente,  resulta una dádiva misteriosa y una rúbrica.

Y es en el trayecto que todos hacemos donde ella –la poeta, bajo el discreto disfraz de señales evidentes-  hurga en los deslindes de lo imaginado, es decir, de la dolida realidad erigida para desahuciarla, del amor que pervive para recordarse, del afecto o animosidad que nutren de sonidos  o  silencios  a los seres o las cosas que vemos o  tocamos.  Y es allí, en la parodia inconclusa de lo que somos donde ella   -Alejandra Ziebrecht- escribe y describe la parábola del sueño: una idea aproximada a lo esencial de vivir soñando o de soñar el día que se viene encima trasvasijado desde otras dimensiones aparentes y que    -Oh prodigio de la creación-  nos relega al mundo que la poeta vive, o a la difusa zona  donde ella nos descubre para sacudir la oculta faz del corazón con una exigencia tan desnuda como necesaria: si de soñar se trata nada es tan simple como despertar dentro del sueño y apuntar con el invisible dedo de las palabras no dichas que  vale la pena seguir soñando, aunque como sentenciara Fernando Pessoa, el propio sueños nos castigue...




Yo me apegué al nombre

Yo me apegué al nombre
me dijeron tómalo
es tuyo
me lo pusieron como un vestido
de piel
de uñas
de ojos
para que fuera
de acuerdo a él
yo creía que grito era mi nombre
que llanto mi apellido
que palmada mi apodo
y que era la prolongación
de una mujer 
cuyo nombre era madre

el nombre de la cosa
contiene la cosa
me dijeron
entonces repudié el vestido
que no era mi nombre
pero me contenía
de prestado

tampoco era madre tu nombre
como el mío no era llanto
las dos quisimos poco
nuestras falsas identidades
       
Libro: El Sueño




Asuntos Pendientes

Qué duda cabe
después de la despedida
que ha durado siglos
consagrados a la extensión
de los cuerpos
Qué pesadilla o bestial aprendizaje
o morbo
ha sido este
convite a lo imposible
a lo gastado
de ti
y de mí
a los remiendos
Ni yo
ahora
sé por qué escribo
cuando debiera
estar sobre la cama
soñando con la muerte
esperándola
o pensando en la puta de Talcahuano
que se quemó a lo bonzo
por culpa del olvido
Como dijo la Palmenia Pizarro
por culpa del mal amor
por culpa del licor barato de la tía Yola
Qué duda cabe
Bartleby tenía razón
sólo queda tenderse sobre un césped de manicomio
con los ojos abiertos
para que nadie dude que estamos vivos
pero muertos
Que preferiríamos no hacerlo
pero igual se nos vienen las ganas de amar
de escribir sobre los muros
de una ciudad indiferente
Igual el otoño
se llevó desnuda a  la puta de Colón
su cuerpo del delito
mulata
como la Amalia Rodríguez
igual de triste
pero más pobre
infinitamente más sola
menos diva

Qué duda cabe
si los suicidas son inmortales Maupassant
no le entran balas
ni cuchillos
sólo se mueren de palabras idas
de silencio
de habitaciones encerradas
de soledad
nos incendiamos de soledad
somos brazas a medio fundir
huesos carbonizados
que dicen adiós
porque hay una hermandad de las cenizas
donde nos encontraremos
Por eso esta tarde
de bruces sobre mí
me habla de todas
Marguerite
Virginia
pero sobre todas
sobre cada una de ellas
y de mí
que me lo sufro todo escuchando a la Palmenia
pienso en la putita de Talcahuano
que rompió la noche con su grito de madera quemada
de cuerpo obrero
proletario
de fado triste
de saudade
de radio a pilas
de inmigrante
de poetisa sin libro
sin beca literaria
sin subsidio rural ni del otro
sin hoyo donde enterrarla
(qué paradójico)
Sólo el destino de las animitas es para ella
Animita de las putas de la calle Colón
flores de papel
mil grullas
y el cielo se les abre
¡Ay! no sé por qué escribo
de los adioses Vilariño
a ti te regalaron unas noches en exclusiva
es todo cuanto pudo Onetti
es todo cuanto pueden darnos
no te creas la muerte
después todo se desgaja
y por eso se escribe
sobre asuntos pendientes
como la cuenta de la luz
la sobrevivencia toda
entre los versos que no nos alimentan
las páginas sociales
y el colon irritable
en los bordes de la desesperación
pensando en la tarde que nos encontrará a tientas
buscando algo
que no se ha perdido
porque nunca estuvo
En la ausencia
como las cartas muertas de Bartlebly

Qué duda cabe

Libro: El sueño (2009)




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