sábado, 31 de julio de 2010

307.- EVA VAZ




Eva Vaz (Huelva, 1972) se dedicó durante varios años a la gimnasia rítmica, antes de licenciarse en Filosofía por la Universidad de Sevilla. Ha trabajado en el campo de la escena, el periodismo y las artes plásticas, realizando la exposición Hembras, en colaboración con Ángeles Santotomás. Actualmente dirige la empresa de gestión cultural Ex-Libris.
Ha publicado, entre otros títulos, Ahora que los monos se comen a las palomas (2001), La otra mujer (2003), Leña (2004) y Metástasis (2006). Su obra aparece en diversas antologías, como Carne picada, Poetas del extremo, La verdadera historia de los hombres, 21 de últimas y, más recientemente, Tripulantes, La venganza del Inca, Femigrama, Hankover y 23 Pandoras. Tiene en prensa una antología de su obra poética que aparecerá en la editorial Baile del Sol con el título de Frágil.


PARA GRITAR

Mi madre siempre deseó
una parcela en el campo:
"Descansar
es invertir en calidad de
vida".

Para su último hogar
improvisó un alquiler
de cinco años y flores de
plástico.

La muerte también tiene
fecha de caducidad.

Ha vencido el alquiler
y mi padre le ha comprado
su propia parcela en el campo,
en el pueblo.

La muerte también entiende
de clases.

Vuelven a encontrarse,
por arte del negocio inmobiliario.
Su última cita,
en el paraíso del cementerio municipal:
mi padre asiste al siniestro desnudo
de huesos desordenados.
Y el anillo de matrimonio.

Su esposa, mi madre,
en una paz brutal como nunca tuvo.
Todo en una bolsa de plástico.
Sin más mística:
el espanto en una bolsa de basura.

Mi padre volvió a sentar
a su amante
en el asiento del copiloto.
Con cariño. Con la tragedia
instalada en el volante.
Con arcadas. Con amor.

Depositó la bolsa,
como el que regresa del supermercado,
en la propiedad, orgullo familiar,
en una bolsa de basura
de plástico
de marca.
Tantas bocas viven
de la muerte.

Hasta mi poema vive de la muerte.
Mi ego liba de tu muerte.

Perdóname,
mamá,
has tenido una nieta.




EL CORAZÓN DE LÁZARO

Firme es esta voz que aúlla
con la ternura de los lobos.
Esto soy. Esto ofrezco.
No es poca cosa haber llegado a este poema.
Soy la que se levanta temprano
con el corazón de Lázaro entre las manos.

Yo soy la última canción.
Yo soy el acople.
Soy el tercer cigarro encendido con la misma cerilla.
La música sin el bar.
Soy el final.
Soy el diagnóstico.
Soy la que se levanta temprano
con el corazón de Lázaro entre las manos.

Firme es esta mirada de ojos enfangados
que sin querer tocar el cielo
llegaron a lo más alto:
llorarse con luto estético
la tragedia propia y la ajena.
Arrastrar todos los escombros.
Soy la siesta infinita de la suerte.
Soy la que se levanta temprano
con el corazón de Lázaro entre las manos.

Yo soy el libro empezado.
El último poema.
El primer verso.
La H muda.
El estertor.
Soy la que se levanta temprano
con el corazón de Lázaro entre las manos.

Soy el vértigo.
El ruido de los venenos, soy.
Soy un mapa sin leyenda.
La vértebra de menos.
La hoja roja.
Soy Eva Vaz, la pirueta de un nombre.
Soy la que se morirá aprendiendo
como se muere una.
Soy la que se levanta temprano
con el corazón de Lázaro entre las manos
y lo alimenta,
y lo envenena,
y lo consume.
Y lo ama.




EL HOMBRE DEL BRAZO DE ORO

Voy asistiendo a tu entierro
lento y cotidiano.
Observando la evidencia
de que la ironía
es la única respuesta
que te permites
cuando te miras por dentro.
El exceso,
cuando te miras por fuera.
La benevolencia,
cuando lloras tu caricatura.
Cuando das manotazos torpes al aire
como un espantapájaros desmesurado
y absurdo.

Y es que asisto a la certeza siniestra
de que por fin encontraste dentro de ti
el único calmante
para la fatiga de ti mismo
y tu dolor de mundo.
Para rendirte a un determinismo
estético y sedante.

En este mundo estás muy huérfano.

Y es que prefiero obviar
tu suicidio lujoso y sórdido;
tu suicidio doméstico,
hortera y elegante.
Quiero obviar el exceso
de tu propia exhibición.
Y el perdón que te concedes.

Y me pregunto quién quieres ser
probada la droga de la autocomplacencia.
Comprobada la amabilidad de tu gesto
cuando te llenas las venas de paz
y la camisa de sangre.

Si te convertiste en un hombre de corcho
o de hojalata.

Nunca supiste cuánto te amé
sin amarte.
Nunca.

Y ahora, ahora,
ponle música a estas letras.
Y canta, canta…
yo bailaré, bailaré
bailaré…
hasta el día en que
te mueras.





VOY A MORIR EN UN LUGAR
QUE NO CONOCE MI NOMBRE

Y murieron todos. Nadie.

El mundo ardió; Fueron ellos,
los pájaros,
prendieron el fuego como expertos pirómanos:
saben volar dentro de las llamas.

Desde aquí huelo vuestras vértebras
apiladas como un potaje humano:
sois torres de huesos.

Habría sido hermoso conoceros a todos.
Seguro que alguien os estaba esperando
o dejásteis encargada una tarta.
Nadie pagará vuestra hipoteca hoy:
sólo sois los amasijos que alimentan
el ego de los pájaros.

Está muy bien que hayáis muerto:
ahora sois libres,
y miradme: no tengo párpados
para cerrar los ojos.
Vivo y no soy libre.

Si este mundo se destruye,
otro mundo sería posible.
Pero soy esta jodida huella:
“Lonely soul”.

La muerte también es pura alienación.




Dos poemas de Leña :

ESCAYOLA

L llevaba diez años
de novia con M.
Ya tenían el piso.
En cuanto estuviera
amueblado
vivirían juntos.
Primero dos.
Luego tres.
Y luego cuatro.

A L le preguntaron
si quería poner escayola
en el piso.
L no sabía para qué servía
la escayola
M tampoco.

Pusieron la escayola.

Todo el mundo tiene
Escayola.


ESTIGMAS

Ella tenía una libreta
dónde recogía
los insultos de él.
Cuando discutían,
ella sacaba la libreta.
Él crujía los huesos
de sus manos.
Y comenzaban a insultarse.

En una de las escenas
a él no le dio tiempo
de crujirse los huesos.
Ella no escribió
nada
en la libreta

Se escribieron
las frases más contundentes
con la mano abierta.
Y las uñas.

Ella no sabe cómo
se escribe
eso
en la libreta.

Ahora pinta,
con maquillaje oscuro
sobre el estigma.
para que no
se note.

Su hijo utiliza
ahora
la libreta
para pintar casitas.

La maestra le ha dicho
que sus casitas
son muy raras.

No tienen ventanas.
Ni sol.




RIGOR MORTIS

Yo vi a un hombre morir.
Vi en qué momento ocurrió:
dulce y sin drama,
como el llanto de un recién nacido.
Diría que fue hermoso.

En la guerra se quedó sordo de un oído
y yo le gritaba para saber si morir era
eso. Me pareció muy poca cosa.

Fuera de la habitación oía silencios y llantos
pero yo debía quedarme allí,
sin llorar. Prometí encargarme de todo.

Me acerqué a su aliento como nunca antes
imaginé hacer. Impúdicamente respiré su calor,
su olor a colonia caliente.
Parecía un amante besándolo.

Intenté cerrar sus párpados.
No murió con los ojos cerrados.
Nos han engañado: la muerte nos coge
con los ojos abiertos.
Sus párpados eran rígidos,
como pestañas de metacrilato,
como los ojos de mis muñecas
cuando morían en mi propia cama.
Mis muñecas tenían novios, hermanos, bebés,
y también morían. Las muñecas de mis amigas
nunca morían en sus camas.

Yo le arreglé la sábana, el pelo, la posición de su cabeza.
y plegué sus brazos sobre el esternón. Correctamente.
Era un muñeco gigante: aún se dejaba hacer.

Fue un leve tejido.

La muerte rozó apenas
su pequeño corazón.



LA HISTORIA DE LA CHICA
QUE COMÍA SUEÑOS

Yo sólo tenía
un cuerpo de
once años.
Y mi entrenadora
me quería niña.

Más niña, más.
Más alto.
Más.
Más hueso.
Más cerca del cielo.
Más.

Y yo me fui acercando.
Más y más
a los infiernos.
Y allí ingresé,
tan pronto,
tan escasa y pequeña.

Me arrancó de mis
once años.
La entrenadora.
Me reclutó en aquel gimnasio
y allí dejé tres meses
de mis once años.
Entrenando.
Llorando.
Entrenando.
Soñando.
Entrenando.
Entrenando.

Custodiaba mis raciones.
La entrenadora.
Abría mi bolsita de alimentos
y la expurgaba
como una madre
despioja a sus crías.
Luego la llenaba
de triunfos inventados:
cada ayuno una medalla.
Más ayuno,
más alto,
más cerca del cielo.
Más.

Un día registró,
la Entrenadora,
mi bolsita de sueños,
y halló
chocolate.
Luego me echó
con los ojos llenos de fuego.
Y me devolvió a
la vida,
sin sueños
ni victorias.
Sin entrenadora.
Con la bolsita vacía.
Y el dolor.

Con treinta y seis kilos
ingresé en el infierno,
famélica y endeble
como pajaritos
recién nacidos.

Y la bolsita llena de gozo,
como un osario.
Toda hueso,
con once años.

No he vuelto a probar
el chocolate.
Me produce arcadas
y un dolor fino
que me hiere el pellejo
y hasta el mismo
alma.
Ahora sólo necesito
extirpar el recuerdo.
Y el chocolate no sirve.

El medacepán hace
milagros.

Ahora, con treinta años,
en la bolsita de sueños
escondo
psicotrópicos.




EL CIRCO

Estaba en el colegio
y compramos
entradas para ir
al circo.

Pasaban varias funciones.
Fuimos todos,
enloquecidos,
con la merienda y con
la risa puesta.

Excepto yo.

Me sentaron en
primera fila.
Desde ese sitio
veía todo lo que ocurría
tras la cortina

Primero salió el hombre-pellejo.
Parecía muy muy mayor.
Tiraba y estiraba
de su carne
y no siempre le volvía
al mismo sitio.

Salió un sólo payaso.
Yo había visto cómo
tras la cortina,
zarandeaba a una niña:
la trapecista,
su hija.

El payaso era muy tonto.
Nos reímos mucho
de él.

Luego, salieron las trapecistas.
Una señora muy grande y
la niña,
la hija.
La trapecista niña
lloraba,
pero no se veía
desde lejos.
Parecía más mayor
allí arriba.
Los niños aplaudían mucho
y dejó de llorar.

Después salió el domador
que era el mismo payaso.
El padre de la trapecista.

Una mujer con mucho pelo
y mucho maquillaje y muchos tacones
le planchaba el traje.
Creo que era la otra trapecista
porque no se caía de los tacones.
O la mujer barbuda.

Los leones del domador
parecían gatos
grandes
y repetían el mismo movimiento
siempre.

También salió la señora
con barbas y tacones
disfrazada como los hombres
en el entierro de la sardina.
Cantaba.
Pero yo veía que sólo
movía la boca.
Los niños se reían mucho.
más que con el
payaso.

Después de un descanso
salió un hombre que rompía
una vajilla de veinticuatro piezas
con la cabeza.
Y luego se la tragaba.
A los niños nos dio mucho
asco.

También salió una niña,
muy delgada,
doblaba sus huesos
sin dolor.
Era la trapecista.
Había dejado de
llorar.

Y ya, antes de terminar
salió la taquillera,
disfrazada de princesa.
Hizo desfilar en
el circo
a muchos animales:
ovejas negras y blancas,
burros,
zorros ,
camaleones,
perros,
cigarras
y hormigas,
pulpos,
búhos,
palomas,
ratas
y buitres.

Han pasado décadas.
Ahora es mi hija
la que
quiere ir al circo.

Irá.




ALZHEIMER

En la casa de los vecinos
se escuchan gritos desalmados
y gemidos como agujas.
La vieja tiene alzheimer
y la hija le grita:
guarra y cagona.
La vieja chilla
espantada.
Se ha cagado las bragas.

Mi abuela también
se cagaba,
y tiraba la mierda
por la ventana del séptimo,
o nos la dejaba,
como los Reyes Magos,
en el fregadero.
Mi madre le reñía a gritos
y luego lloraba.
Después, la limpiaba
y le ponía polvos de talco.
Mi abuela gemía,
media hora,
como si se le hubiese rallado
la queja.
Y luego volvía a
cagarse.
Mi madre hipando
como un pajarito,
mi padre rugiendo
como una bestia,
y yo,
huyendo horrorizada para no presenciar
el espectáculo,
o para no tener que limpiar
la mierda.



LOS AMANTES INADECUADOS

Mis amantes nunca
fueron hermosos.
Delgados, de venas exclamantes,
esculpidos en hueso,
dramáticos, tiernamente trágicos
hasta la risa.

Mis amantes eran difíciles.
Se resistían salvajemente
para luego entregarse,
resignados e imposibles,
con la soberbia domesticada,
la cabeza baja
mirando mi sexo,
destruidos por el deseo,
más poderoso que el espíritu.
Tristes.

Ninguno me dobló,
hasta que el mismo demonio
abrió mis hojas débiles
y entró
para no salir.

Me hizo fanática
de su sexo,
me desvió la lujuria
hacia el mismo centro de su boca,
concentró la sorpresa
en sus pasos arrastrados;
el placer, en el sonido
de su voz categórica,
en la gravidez de sus ojos.
Me acostumbró a sus costumbres,
me creó la necesidad de necesitarlo,
y por fin se ofreció a suministrarme
la dosis de sí mismo de la que
me hizo depender.
Luego me instaló
un tumor benigno
en el útero.

Y ahora todo es diferente,
todo es diferente.
Y ya no estoy
sola.





LA MUJER DE LOS HUESOS PEQUEÑOS

Médicos gallegos diagnostican la enfermedad en niños de 13 años
La anorexia nerviosa comienza a ser cosa de niños.
Los especialistas gallegos perciben que este trastorno
de la alimentación “afecta a niñas cada vez más jóvenes”

ADANER


Miro a Eva
con el vértigo en los huesos
y los ojos llenos de prisa.
Y pienso en todo el daño
que me hice.
En todo el daño que me hicieron.
Y abrazo a mi niña
para arrancar de la retina
tanto hielo
y tanta negación.

Recuerdo los pechos vendados
bajo el maillot,
desaparecidos tras las vendas.
Me hubiera roto
las vértebras de asfixia.

Recuerdo mi forma
de arrancar el vello
con esparadrapos.
Mis axilas no eran vírgenes
y mi sexo tenía pelusa.
Aquel vello se me clavaba en los ojos.
Aún me queda vello en la retina.

Recuerdo mi cintura fina.
Las niñas no tienen
cintura fina.
Mis curvas fueron apretadas
como un puñado de tierra.
Lloré sobre esas curvas
y clamé paz para mis hormonas.

Recuerdo la gravedad de mis huesos
mi forma sañuda de lavarlos,
salvaje e iracunda.

Recuerdo los platos pequeños.
Las trampas.
La comida volando por la ventana
o escondida en los cajones.
El hospital.
Las sondas como un prolapso
de mis venas.
El suero.
El valor energético cero del suero.
El recuento hipnótico de las gotas de suero.
La botella de suero entre las manos
mientras subía y bajaba las cinco plantas
del hospital.

Recuerdo a la vieja chillando.
Se murió a mi lado
Sus estertores aún zarandean
mi cama.

Aprendí a mentir
por no aprender cómo se muere
una niña.

Recuerdo cómo acariciaba mis costillas
y el lanugo de mi cuerpo.
El color azulado de mi piel.
La fascinación por la hermosura
de las manzanas.

Yo buscaba la inexistencia
bajo la cinta o las mazas.
El vuelo infantil bajo el aro y la pelota.
La cuerda en el hueso.

Recuerdo que no dolían los murmullos.

Recuerdo que quise morir y no supe...
pero quise.
Y yo era una niña.
Y una niña no debe ansiar
la muerte...

Todavía me toco los huesos
buscando la calma
de su vehemencia.

Era una niña.

Y ya quise...

Ahora, abigarrada
a mi cría,
no quiero.

Hoy no quiero.




LA BANCA DEFRAUDÓ 236 MILLONES DE EUROS A LA
SEGURIDAD SOCIAL

Mi madre murió
en el cielo de un quirófano.
Yo sé cuánto frío...
Sé como te lo quitan...
respirando,
respirando...

El limbo debe ser eso.

Mi madre murió allí.
Tenía las arterias demasiado pequeñas
Mi hija nació allí:
resbaló por la plancha
helada
y la sentí como un abrazo
a mi madre muerta.

Mi madre tenía las arterias estrechas.
Ahora sé por qué tenía
el corazón tan frío
y la mirada glacial

Mi madre estuvo esperando
dos años,
con el frío en los ojos
y el corazón aterido.
Con mi incomprensión
implacable.
Dos años esperando una
desembocadura amplia
para su corazón de piedras.

Pero no hubo un salario
para un cirujano
que le quitara la escarcha a mi madre,
que aligerase su turno en una lista
con muchos nombres
y muchos números,
con muchos hombres vivos.

Luego me contaron que yo estudié
con ese salario que no se dio.

Pero no me sirve la Filosofía
para dilatar
las arterias de mi madre.
No me sirvió ese salario
para comprender la estrechez
congénita
de sus arterias.
La causa de su frío.

Mis arterias también son débiles
madre...
Y a veces tengo los ojos nevados
y el corazón de hueso.

Y ahora no sé qué hacer
con todo
lo que no te dije.
Podría habértelo confesado
mientras respirabas
tu propia muerte
y perdías el frío.
O en un poema como éste
que me abrigue la conciencia.

La cría duerme
madre,
se parece a nosotras.
Se llama Eva.



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