viernes, 8 de noviembre de 2013

ORFILA BARDESIO [10.731]



Orfila Bardesio 


(18 Mayo 1922 en Montevideo; † 14 Octubre 2009)
Nació en 1922 en Montevideo, URUGUAY. Destacada poetisa y docente uruguaya. Desde niña tuvo el impulso de escribir sobre los juegos compartidos con otros niños: la alegría, la risa, el temor. Recibió una sólida educación humanista y religiosa. Estudió en la escuela pública y en la Universidad de Mujeres, dirigida por Alicia Goyena. Trabajó como docente en Secundaria y en la Biblioteca Nacional. 

En 1939 apareció su primera obra de poesía: "Voy", le siguieron "La muerte de la luna" (1942) publicado en Buenos Aires y "Poema" (1946). Tuvo buena crítica y fue acogida entre los escritores de la Generación del 45. Jules Supervielle, la alentó en su obra y fue quien la definió como "una gran poeta"; cultivaba la amistad de Clara Silva, Esther de Cáceres y su esposo Alfredo Cáceres, Joaquín Torres García, Paco Espínola.

En 1950 se casó con el poeta y escritor de cuentos infantiles Julio Fernández (1929-1974) y se trasladaron a Treinta y Tres, ciudad donde ejercieron la docencia: Orfila como profesora de Literatura y su esposo de Idioma Español. Fueron los años más fructíferos en su creación literaria, tenía una actitud autoexigente. En la temática de sus poemas surgen la naturaleza y los animales, una profunda ternura por las cosas y los seres, un amor hacia todo el universo. Le canta a la Vida, al Amor y a la Muerte.

Orfila ha declarado: "Pienso que la Poesía no es el Mar.... Es el Fuego. Si, Fuego como toda la Creación, como el Universo... Pienso que es un Amor ardiente. Una luz intensa, no de fuera, sale afuera, ilumina, quema ciertos objetos, con un arrebato que no puede sostenerse mucho tiempo".

Orfila fue la única poeta cristiana y católica de la Generación del 45, también una de las menos conocidas. Sus reflexiones religiosas se combinan con las inquietudes existenciales: mantuvo un diálogo con Dios. La figura de Jesús y la simbología cristiana nos acercan a temas bíblicos y a poetas místicos de siglos anteriores. Su trilogía "Uno", editado en tres períodos (1955, 1959 y 1971) fue galadornada en cada edición con el premio del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay.

Después de la muerte de su esposo, se radicó en Montevideo y siguió publicando: "Canción", dedicado a sus hijos en 1970, "Juego" en 1972 y su principal obra "El ciervo radiante" en 1984, donde el animal representa la figura de Jesús, de la resurrección. Escribió también un ensayo literario-religioso "La luz del ojo en el follaje" en 1989.

Ha dado numerosas conferencias y colaborado en revistas literarias nacionales y extranjeras. Notable poetisa, creativa, expresiva, llena de energía, Orfila ha escrito durante casi cuatro décadas. Su último libro "La canción de la tierra", fue publicado pocos meses antes de su muerte.

Orfila Bardesio falleció en octubre de 2009. 





El   desconocido

Oh tú, el desconocido,
a quien mis venas no recuerdan,
cuyos ojos nunca llegaron,
oh tú, el extraño,
completamente dueño de la aurora,
estrenando las piernas
en la llanura verde
como el ciervo el salto,
hundiendo en la luz los dedos,
oh tú, el de espacio limpio
como un espejo,
fuerte como el olor de la resina,
estatua con un poco de arcilla
no retirada todavía,
oh tú, el recién nacido,
mimbre esbelto de varas verdes
a la orilla del agua,
candelabro llameante,
tú que apareces de pronto
como la visión al alma,
como el movimento
al quieto, las manos
llenas de cunas,
como el pan al hambre,
ven a mi oído
rostro que nunca tuvo sonido
en mis radares,
y como sal quemando lo conocido
usa tu traje de muchas puertas,
Prometeo recién llegado,
pisa mis hojas secas
y dame como un pez, el día,
ven, camina con paso selvático
ante mi vida quemada,
manifiesta lo nuevo,
irrumpe de las sombras
con el fuego en la mano
sobre la tierra fría,
suene la luz
su flauta en mis piedras,
oh tú, el callado
como la noche de los ciegos,
avanza, avanza, Lázaro,
con tus silencios estrujados.
No dejes a mi niño, muerto.

                            Montevideo, Verano, 1998







El carro de ojos

Tú que levantas de la tierra los ríos
como hijos ondulantes,
arrojas las cenizas
con los llantos de oro del otoño
y con tu cabellera musical
llenas de chispas el silencio
tú, vencedor de la tristeza,
vencedor de la pena,
vencedor del miedo,
vencedor de los pianos
lluviosos de la muerte,
acércate a habitar el día
con un rayo en la mano,
el pecho abierto
como la playa blanca
de una gran confianza,
mientras dejas
muriendo el pasado
como toro de sombra
por el sol herido,
detente a la puerta
de la tarde inclinada
sobre el lago,
detente como un carruaje negro
ante la luz de la luna
los caballos espantados,
oh grito en llamas
corriendo sobre arena desierta,
detente.
Mírame con tu carro de ojos.

Montevideo, Verano, 1998








El cisne

Cisne, cisne, cisne,
brillo blanco,
movimiento nuevo
sobre las aguas ciegas
navegando,
luz con cuerpo,
libro ardiente,
libro que viene
desde el sueño
los sueños asombrando,
rey en llamas,
¡alúmbrenme la muerte
tus estrellas!

                                Montevideo, Verano, 1998








El salto

Tú que puedes saber
el secreto cautivo de las rocas
y descubrir lo que se oculta
en el fondo del mar,
asciende a la superficie del espejo
con cabellos de noches empapadas,
mueve tus manos
de chorros brillantes
abriendo como alas
inmensas de murciélago
tu manto majestuoso,
dinos que los peces son días
y las olas palabras coronadas,
arruga la quietud mohosa,
con una nave nueva,
con sonido oceánico
golpéanos el misterio gastado,
de nuestro miedo
no tengas piedad,
tú que puedes, de pronto,
hacer una fiesta de palomas
blancas con la espuma,
danos buenas noticias,
asómbranos con aves
de alas soleadas,
tú que puedes tejer
una serpiente que se levanta
y se hunde
sin perderse en la Muerte,
acuérdate de la niña
que venía corriendo a escucharte
y sus oídos en la arena
disputados por los mastines
del ruido,
salte del agua
el oro de los tiempos
que no fueron.

Montevideo, Verano, 1998
                
(Del libro inédito Canto al Desconocido)







ORFILA BARDESIO, (1) COMO LA POESÍA

por Héctor Rosales

¡Dame mi paso en esa catedral, / mis pies en esa tierra,
mi fuerza en sus victorias, / y déjame anidar en el secreto
aunque la luz me toque desde lejos!
O.B. (2)

Durante años, coincidiendo con el invierno y la temprana retirada del sol, siempre que visité (nunca antes de las cinco de la tarde) aquel apartamento montevideano del barrio Pocitos, yo sabía que la mayor cantidad de luz, cultura, calidez y afecto los encontraría en el domicilio de Orfila. Y así fue.

En la calle José Ellauri, muy cerca de Bvar. España, los árboles abundantes conocían la profunda mirada de la poeta, que posaba en ellos innumerables senderos para sus reflexiones, proyectos y diálogos. La vivienda respondía al universo bardesiano: dignísima sencillez, contacto permanente con libros, fotografías, música, cualquier vehículo donde la belleza y el humanismo fueran fuentes de vida, soportes del ánimo, horizontes.

Hasta allí fueron mis pasos y los de amistades muy queridas a lo largo de más de veinte años. Allí vivió y trabajó una de las cinco o seis poetas más esenciales de las letras uruguayas e hispanoamericanas y, en lo estrictamente personal y literario, una de las tres o cuatro voces que más me interesaron e interesan de aquel país, cuya poesía escrita por mujeres es de las más relevantes del idioma. Esta es una afirmación nada caprichosa, ni mucho menos “patriotera”, sino avalada por el criterio de lectores extranjeros de primer nivel, que repararon en las cualidades de autoras uruguayas con mayor tino y entusiasmo que la propia y tantas veces sorda sociedad.

En la madrugada de este miércoles 14 de octubre, en su Montevideo natal (había nacido en 1922), fallecía Orfila Bardesio. Sus hijos comunicaron sobriamente por mail la muy triste noticia. Me invadieron el silencio y los recuerdos como si el océano intentara ocupar una pequeña botella de vidrio.

El mes pasado Orfila llamó por teléfono para preguntar si recibí un libro suyo (en agosto envió un volumen editado en la década de los ochenta). Le dije que sí, que ya tenía ese título desde su publicación, y que la carta adjunta me dejó muy contento. La poeta estaba pletórica de energía desde el otro lado de la línea, nada indicaba que aquella brevísima charla sería la última que mantendríamos.

En junio, aprovechando un viaje fugaz a Montevideo (muy pocos días para ver a mis familiares más directos; pedí que no se comunicara mi presencia en tan corta ocasión), saqué tiempo de no sé dónde para visitar a Orfila.

Esa merienda final, entrañable como las anteriores, presidida con el característico té, escones caseros y/o tostadas que la anfitriona ofrecía a sus invitados, nos reencontró en un diálogo privado donde nuestra amiga compartió varias opiniones que hoy cobran implacables resonancias.

En determinado momento de la charla Orfila giró su cuerpo hacia un amplio ventanal paralelo a la calle. Sin dejar de mirar en esa dirección, comentó que meses atrás había estado releyendo poemas suyos de distintos libros y que, en general, no llegó a entender el significado de fondo que hizo posible aquellos textos...

Todavía con su cabeza orientada a las vecinas arboledas, añadió que quizás había un único poema que ella podría atribuirse, un texto que seguía considerando sustancial en toda su obra. Hizo varias pausas, bajó la mirada y luego la dirigió hacia mí para preguntarme si podía recitarlo. Algo extrañado, aunque lleno de curiosidad y gratitud, le dije: por supuesto.

Creí entenderle que el título del poema era “Retrato” (3). No explicó a qué libro pertenecía. Con lentitud, firmeza y el tono más adecuado al poema, Orfila impregnó el ambiente con los siguientes versos:



SUEÑO

Al poeta Jules Supervielle

Mi estirpe es un jardín de hojas profundas
que bajaron a besarse la sombra, con ternura.
Mi antepasado, un elefante
de escandalosa piedra y de roca animal.
— Mi antepasado fue un espacio
ensordecido por el peso—.
Mis abuelos paternos fueron robles.
Mis abuelos maternos, dos manzanos.
Mi madre, el último eslabón de la cadena,
me alumbró de un trigal.
Yo dudé ser espiga o mujer.
Lloré de no poder ser mundo,
y me crecieron largos brazos.
Lloré de no poder acostarme
a ser todo, y el surco, generoso,
entró en mi cuerpo.




¡Hace tanto que vengo!

¡Hace tanto que vengo
que todavía no he nacido!
Mi luz es de una estrella
que no ha brillado aún
y mi día es ayer.
Cuando me llaman,
mi nombre tarda siglos en llegar.
Las cabras de mi nombre no me encuentran.
— De silencio es el nombre de todo—.


Busco las manos mías, para darlas.
Para poder andar en el presente
busco mis pies entre los siglos.
Mis pasos todavía no han llegado a mis piernas.
¡Naufrago en tantos ríos
para encontrar mis lágrimas!
Si a veces digo algo,
es sólo una noticia...
¡tanta distancia me separa de la boca,
tantas palabras, de la voz!
Mis ojos, detrás mío, viajan
entre raíces y animales, apurados,
para que pueda ver cuando me muera.
Mi corazón demora.

Mi cuerpo tiene forma de paciencia
de caracol que espera ante una puerta.
Mi vida es un recuerdo
errante en la memoria de la tierra.
Mi pensamiento aguarda
despertar de su sueño en otro sueño.
Mientras tanto, alcanzadme las cosas
vibrantes del día, vosotros,
hojas de sueños diferentes.
— El día es una carta para mí—.
Vendrá la muerte enérgica
y cederá la puerta.



Apenas superada la magia de aquella audición, traté de expresarle torpemente cuánto me había gustado el poema y que lo recordaba de alguna lectura mía. Pero, al mismo tiempo, yo estaba reconociendo en esos versos, en la forma que la autora los comunicaba, un premonitorio anuncio de despedida.

La sensación ya provenía de su poemario publicado este año (4) y de la puesta al día con su memoria juvenil, con sus años de formación, en las crónicas aparecidas pocos años atrás y que la autora tituló “El pasado cultural uruguayo”. (5)

En ese presente de junio montevideano 2009 “su corazón ya no se demoraba”, sus ojos vislumbraban la puerta, la estrella brillando detrás.

Aquel poema pertenecía a una trilogía, “Uno”, galardonada en cada edición con el correspondiente primer premio del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay. En ella descubrí algunos de los mejores poemas que yo haya leído jamás. Sumando el libro “Juego” (1972), estamos ante la columna vertebral de la poesía de Orfila, y ante cuatro de los poemarios más relevantes de la historia uruguaya, aunque quizás debería decir continental o universal.

En un ensayo inédito (6), el profesor y crítico literario español Jorge Rodríguez Padrón, apuntaba al respecto:

Entre 1954 y 1971 se cumple el trayecto primordial, y central, de la obra de Orfila Bardesio: la realización de un libro escrito en tres etapas que son, a la vez, otros tantos momentos o movimientos (modulaciones) de la totalidad a la cual se refiere su breve y esclarecedor titulo, “Uno”. Todo había comenzado en “Poema” (así, en singular), y este segundo poemario a la misma idea nos acerca: escritura que busca plenitud, experiencia que no debe reducirse a una parte de la vida, ni ambicionar un lugar en la poesía de su tiempo. La propuesta resulta mucho más atrevida que eso, y más renovadora en consecuencia: crear un espacio en donde esta palabra satisfaga su necesidad de ser, centrada en sí misma y en la visión que hace el poema, o los poemas que son el poema. No separar, unirlo todo; pero sin que las unidades menores cedan un ápice en su autonomía, haciendo que confluyan en la mayor que las acoge, abierta maravilla en donde empieza a vislumbrarse el territorio total de la existencia.

La poeta más aislada de la “Generación del 45”, la más fiel a su independencia, la que permaneció durante más de setenta años escribiendo una poesía que nunca le abandonó, se ha ido físicamente hace unos días. Ella fue una de las dos personas que más cartas me escribieron (todas manuscritas) en esta vida, junto a Rolando Faget, también poeta e inolvidable amigo nuestro (nacido en 1941), que se adelantó unos meses en el largo viaje.

Pienso en ellos sabiendo que no han tenido ni tendrán la repercusión de las partidas de Idea Vilariño y Mario Benedetti (las dos figuras más notorias de aquella generación uruguaya) en este funesto 2009.

Pero vuelvo a leer la dedicatoria, la caligrafía firme de Orfila en este pasado otoño montevideano y en su último poemario: “con amistad fuerte como la poesía”.

La veo entera entre estos papeles suyos, entre sobres y libros, fotos, pájaros, tierras, cielos y abrazos. Entera en su fe y en su palabra. Poeta verdadera donde las haya. Como deseo que la encuentren, más adelante, sus nuevos lectores, quienes sabrán quererla.

Para ellos y ustedes informo de un título de Orfila, “Dieciséis odas y una canción”, publicado hace pocos años y disponible en internet. (7)

Y aquí mismo entrego unos versos recientes de la poeta, de pie en el umbral, remitidos por sus hijos en este miércoles del adiós.

En adelante, cualquier pájaro hablará de Orfila, de su largo y bello tejido vital, fuerte y hondo, como la poesía.




EL TEJIDO (8)

Ahora
que estoy
tejiendo,
los puntos
me salen
de la sangre
y de los ojos,
los números.

Ahora
que estoy
tejiendo, veo
el tiempo
dar pasos
inevitables
en las carreras,
sola,
por sus relojes
sometida
más que las aves
y los peces,
voy con lágrimas
y nadie se da cuenta
que el tejido
mide mis horas
y son pájaros
de mi vida:
lo que les doy.


Héctor Rosales
Barcelona, 18 de octubre de 2009

_________

1 Foto: Orfila Bardesio en el Parque del Rhin (Köln, Alemania), 17 de julio de 1993.

2 Fragmento del poema “Paisaje”, del libro “Juego”, Montevideo 1972.

3 Originalmente titulado “Retrato (De “Uno / Libro Segundo”, Montevideo 1959), tomado de la “Antología Poética” (Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo 1994), donde aparece con su título definitivo: “Sueño”.

4 “La canción de la Tierra”, Cal y Canto, Montevideo 2009. Hay otra edición del mismo año, publicada en Cataluña bajo el título de “La cançó de la Terra”, ed. bilingüe catalán/castellano, con traducción y prólogo de Liévana Medina.

5 “El pasado cultural uruguayo”, edición al cuidado de Liévana Medina, Montevideo 2006.

6 “Convivio”, libro inédito dedicado a las obras de Concepción Silva Bélinzon, Orfila Bardesio y Circe Maia. Sin ninguna duda: la más notable aproximación a la poética de estas autoras.

7 “Dieciséis odas y una canción”, 1ª ed. en formato pdf, Palabra Virtual, México 2005. http://www.palabravirtual.com/pdf/odas_bardesio.pdf

8 Inédito, julio de 2009.



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