miércoles, 3 de noviembre de 2010

1705.- ALVARO MUÑOZ ROBLEDANO


Nací en Madrid en 1965. Soy licenciado en Filología Hispánica (aunque preferiría no serlo), y, aunque sólo sea por el tiempo que llevo dedicado a ello, me considero librero profesional. Estoy casado y tengo tres hijos. Supongo que si mi vida hubiera sido más intensa no andaría escribiendo poemas.

-POESÍA:
Fotografía junto al pecio (1991).
Hoteles (1996).
Cuartel de Invierno (1999).
Salvoconductos (2006).

-ENSAYO:
Ensayos, de Michel de Montaigne (2003). Introducción, notas y traducción de los sonetos de la Boètie.








MUERTE DEL MAESTRO DE CEREMONIAS

Un frac que habían llevado cien actores alemanes
(Joel Grey)

El hueso que más duele es el reloj
(Rafael Alberti)


es imposible absolutamente imposible
y sin embargo está sucediendo
nos
está sucediendo mientras repetimos que es
definitivamente
imposible aunque sea tan sólo nuestra presencia
uno
a
uno
en este lugar
hace frío
desde hace años es lo único que sentimos
a todas horas
ahora mismo
el frío
y los apeaderos
son nuestra única ropa
el vestido de las novias los encajes
de los domingos
los sudarios
los uniformes
créanme
dormir
en este momento
es privilegio
de los locos






Últimas Palabras

Me dan miedo las últimas palabras,
sobre todo las mías,
los despachos vacíos y los perros,
la piel de las muñecas a la hora
de la comida, sus ojos de plástico
si llegasen a caer en mi cuchara,
y pienso que se burla quien dibuja
en su cuaderno un rostro hecho de mapas.
Todo esto es cierto o puede que no lo sea,
como puede no serlo un personaje
al que llamasen Álvaro Muñoz,
oculto tras dos poemas, unos cuantos errores
y cierta desmemoria por lenguaje,
paseando con mi nombre y con mi rostro
mientras yo cuento sus extravagancias,
tan pobres, a los dos o tres que fingen
escucharme, pensando ellos en tigres
y taumaturgias que no alcanzo,
y yo en las pocas líneas
que son esta ciutad, no un laberinto.

Extraído de su libro "Cuartel de Invierno"
Poeta de Cabra Ediciones. Madrid 2000





Para cien días falsos

He olvidado
aunque era imposible.
Unas cerillas húmedas,
un niño que se maquilla,
una reliquia de Cristo,
el hueso astillado y la calle
que pudiera ser un pecio
o el carrete que se veló
quedan
como únicos sintagmas,
agazapados,
relojes,
sedientos.





Pasan

Pasan trenes sin nombre.
Ni siquiera en las cédulas de sus pasajeros,
o en el sudor de un mediodía interminable.
Trenes callados como el tabaco del domingo,
pequeños,
suficientes ni siquiera para una fábula.
Su rostro de vagón,
de horas entre el gris y el libro,
horas inexplicables al niño que ya no juega,
al novio que desea, impaciente, su tristeza,
al hombre que fuma en el pasillo,
al hombre que duerme.
Pasan trenes y juegan
a ser el último, a detenerse
entre dos estaciones,
a sus asientos raídos.







CATENARIA

El turista ha caminado durante más de una hora por el pinar, sorprendido por la suavidad de la temperatura, por la facilidad con que arrastra la maleta por el sendero, por la limpieza del aire, por el silencio incrustado en la piel.
La playa que encuentra es tal y como la había deseado: el brillo turbio del aire salino y la arena, la corporeidad de la espuma, la fragilidad de los ojos y de las uñas sometidas al sol.
En ese mismo instante la excavadora recoge los últimos escombros del edificio que fue el hotel en que había reservado habitación.
Queda una trama de varillas metálicas por todo presente, una señal de tráfico junto a un camino borrado.
Paralela a la orilla está trazada la línea de algas muertas y despojos que indica el límite de la marea alta.
El turista descansa sentado en la arena.
Sabe que cuanto contempla es síntoma de una enfermedad.
Pero no la siente.

(De Catenaria,publicado en la revista de creación en Internet Ariadna: www.ariadna-rc.com, en marzo de 2007).




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