domingo, 23 de agosto de 2015

VIELSI ARIAS PERAZA [16.865] Poeta de Venezuela


VIELSI ARIAS PERAZA

(Valencia, Venezuela   1982). Poeta. Egresada de la Facultad de Educación, mención Artes Plásticas de la Universidad de Carabobo. Promotora de lectura. Ha publicado los poemarios Transeúnte (2005) y Los difuntos (2010), este último galardonado con mención honorífica del Premio Municipal de Literatura Stefania Mosca, Alcaldía de Caracas. Actualmente, acompaña a la poetisa venezolana Ana Enriqueta Terán, en la labor de recuperar su obra inédita.



¿Qué hazaña no cumplimos para querer volver?
¿Qué deuda dejamos pendiente
y queremos ir a cerrarla?
¿Por qué tanta insistencia?
¿Por qué queremos regresar?

¿Para qué queremos vernos
si el recuerdo pendiente nos ahoga?





Tormento

 Yo eternicé mis recuerdos,
Los volví inertes.
Los hice por siempre enhiestos.

Ellos aprendieron a quedarse
en la soledad de sí mismos. 





TAMBIÉN NOS MIRA EN TI

                                             a Víctor Arias, mi padre

Bajo el alcohol
eras el mismo niño, desvalido y hambriento
a los pies de mi abuelo.
Mi abuelo Pedro,
el que te obligaba a ir con él
a beber con su soledad.
Mi abuelo, el que no conocí,
el que te tenía durmiendo en el piso.
El que se ahogó con una espina de pescado
frente a todos, mientras comían.
Mi abuelo,
el que está sentado en el sillón rojo,
con su dureza y su culpa.

También nos mira en ti
que terminaste siendo su sombra.




CÓMO CRECE EL TIEMPO EN LA TIERRA

Abuelo: enséñame hacer conucos,
dime cómo se siembra el maíz,
cómo crece el tiempo en la tierra.

Abuelo, qué son los espantapájaros.
Qué son esos muñecos de trapo.

Abuela cómo se pega un botón.
Cómo se corta un patrón de camisa.
Cómo se teje un mantel.
Cómo se enhebra el hilo en estos nudos de la soledad.
Cómo se hace una torta.
Cómo se hace la costumbre del oficio.

Abuela, por qué pariste tantos hijos.
Quién te enseño la medida de cada uno.
Exacto y sereno.





VAMOS EN EL MISMO AUTOBÚS

No había caminos cercanos
para llegar a la escuela.

El horario de la infancia
era igual al horario de un obrero:
Vamos en el mismo autobús
y tenemos el mismo destino.

Textos tomados de la revista Poesía, Nro 153
Valencia, 2011
Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo





LA INFANCIA, LA MEMORIA, LA RUINA
Por Miguel Marcotrigiano

La poesía (el poema más bien) forjado con las secreciones de la memoria, habita en un tiempo, en un lugar y en unos hechos lejanos. También en las personas que ya no somos. Y en los que fueron. Los difuntos (Fundarte, 2010), de Vielsi Arias Peraza (Valencia, 1982), viene a confirmarlo. El libro fue distinguido con una recomendación de publicación en el Premio de Literatura Stefania Mosca del mismo año de su edición y está conformado por un solo cuerpo de treinta poemas. Estos, a la manera de fotografías desleídas, van sucediéndose hasta completar el álbum que alguna tía guardara con celo en el fondo de una gaveta.
Una nota al final del conjunto denuncia dónde y cuándo ocurrieron los poemas, bajo su forma original: “hacia 1980, en un pequeño caserío llamado El Castaño”, en algún lugar impreciso entre Valencia y Puerto Cabello. Pero incluso si damos con el sitio, ya sólo podremos asistir al paisaje que nos ofrece cualquier lugar donde se registró un hecho histórico, cuando lo visitamos en el presente (el único tiempo del que tenemos certeza).

El lenguaje y su alquimia sirven para apenas acercarnos a lo que la poeta-cronista intenta registrar. El código elusivo de los poemas apenas roza una verdad que, intuimos, está incluso fuera del alcance de la misma autora real. Los poemas parecen más bien esbozos, pinturas abandonadas, no culminadas en sus detalles, porque la memoria es igual de borrosa. La infancia, ese trastero al que Rilke nos aconseja volver cuando ya no tengamos de qué hablar, es materia prima y abono para la nostalgia hecha texto. La ruina, y los recuerdos que esta evoca, diríamos que es el hilo que conduce al lector por el recorrido propuesto.

Aunque se inscribe en una larga tradición, no sólo de la poesía sino, incluso, de la literatura venezolana en general, este trabajo sensible observa una aproximación diferente por cuanto (y esto es una apreciación absolutamente personal) el contenido afectivo parece estar ausente. Son textos secos, como el papel que cruje y se deshace en nuestras manos debido al paso inclemente de los años. En su naturaleza, el poema suele ser una combinación en proporciones variables de lo afectivo, lo sensorial y lo conceptual, mas en estos textos la desecación se ha llevado al extremo.

Tal característica quizás pudiera hallar su razón de ser en el empeño en adelgazar el lenguaje hasta lo esencial y liberarlo casi por completo de la anécdota. El epicentro, entonces, se refugia en una infancia extinguida (casi  hasta en la memoria) y en la idea de lo menesteroso, como afirma Juan Calzadilla en la nota introductoria del conjunto. La carencia es, así las cosas, punto de partida y llegada. Los objetos y los fantasmas que desandan las páginas de este libro, arrastran al lector al territorio donde ya no hay vestigio alguno de la infancia.




El Castaño

Mi pueblo era un camino de tierra largo
que terminaba en la montaña.
De lado, los techos de cinc.
De lado, las paredes de barro desmayándose.
Y Ellos, en el mismo polvo caminando.

  

Velorio

Aguardiente claro para llevar la noche,
pálidos quesos. Un camino de velas.
Algodones blancos para vestir al muerto.

No traten d explicar nada
al difunto Antonio Márquez,
            se lo comieron los gusanos.

(Poemas tomados del libro Los difuntos, de Vielsi Arias Peraza. Fundarte, 2010)






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